26
EL HIELO
Todo está oscuro y frío cuando nos sumergimos en el mar. El agua ha entrado a raudales por la despedazada parte trasera del yate y gorgotea a través de la docena de agujeros abiertos en el puente de mando. Ya estamos debajo de las olas, y el poco aire que nos queda se escapa formando burbujas hacia la penumbra. La membrana contra impactos se ajustó con fuerza en torno a mi cuerpo cuando chocamos, y se expandió para proteger mis huesos. Pero ahora me está matando, me arrastra hacia el fondo junto con el barco. El agua es como un montón de agujas congeladas que se clavan en mi cara. Sin embargo, la piel de foca me protege el cuerpo y consigo desgarrar la membrana con mi filo. La presión está a punto de reventarme los oídos mientras busco a Mustang desesperadamente. Está viva y trabaja en la huida. La luz que lleva en la mano se abre camino en la negrura del puente de mando inundado. Empuña el filo, pues ha tenido que sajar la membrana como lo he hecho yo. Me impulso hacia ella a través de la cabina anegada. La parte trasera del barco ha desaparecido. Tres pisos de embarcación arrancados y flotando en algún punto de la oscuridad con Ragnar y Holiday en su interior. Un latigazo cervical me impide mover el cuello. Absorbo el oxígeno de la máscara que me cubre la nariz y la boca. Mustang y yo nos comunicamos en silencio; utilizamos las señales de los escuadrones de lurchers grises. El instinto humano nos empuja a escapar del naufragio lo antes posible, pero el entrenamiento nos recuerda que debemos contar nuestras respiraciones. Pensar con frialdad. Aquí dentro hay suministros que podríamos necesitar. Mustang busca en el puente de mando el equipo de emergencia estándar mientras trato de encontrar la mochila de mi equipamiento. Ha desaparecido, junto con el resto del equipo que llevábamos en la bodega de carga para que los obsidianos tomaran Asgard. Clarke se me suma portando una caja de plástico con material médico del tamaño de su torso. La ha sacado de un armario situado detrás del asiento del piloto. Inspiramos por última vez y dejamos el oxígeno atrás. Nadamos hasta el borde del casco desgarrado, donde termina el barco y comienza el océano. Es un abismo. Mustang apaga su luz cuando ato nuestros cinturones con un fragmento de la membrana contra impactos que he cogido de mi asiento. Diseñadas para mantener a los obsidianos atrapados en su continente helado, las criaturas talladas que hay por aquí se alimentan de hombres. He visto fotos de esas cosas. Translúcidas y de colmillos afilados. Con los ojos saltones. La piel pálida, surcada por venas azules. La luz y el calor las atraen. Nadar en aguas abiertas con una linterna llamaría la atención de los engendros de las profundidades. Ni siquiera Ragnar osaría hacerlo. Incapaces de ver más allá de nuestras propias manos estiradas, nos apartamos del cadáver del yate en el agua negra. Luchando por superar cada metro agónico. No distingo a Mustang a mi lado. Nos movemos con lentitud en el agua gélida, los brazos y las piernas nos arden mientras se arañan con la oscuridad; pero mi mente se muestra determinada y segura. No moriremos en este océano. No nos ahogaremos. Me lo repito una y otra vez, con odio hacia el agua. Mustang me da una patada en el pie y altera nuestro ritmo. Intento recuperarlo de nuevo.
¿Dónde está la superficie? No hay sol que nos salude, que nos diga que ya estamos cerca.
Resulta tremendamente desorientador. Mustang vuelve a golpearme la pierna. Solo que esta vez siento que el agua que hay por debajo de nosotras se agita cuando algo grande, rápido y frío nada en las profundidades. A ciegas, lanzo un tajo con mi filo, pero no le doy a nada. Es imposible contrarrestar el pánico. No paro de acuchillar la oscuridad de los dos kilómetros de océano que se extienden por debajo de mí y de sacudir tan desesperadamente las piernas que me empotro de cabeza contra la corteza de hielo que cubre el aire y casi pierdo el conocimiento. Noto que Mustang me pone una mano en la espalda. Me tranquiliza. El hielo es como una piel opaca y gris que se extiende sobre nuestras cabezas. Le clavo mi filo. Oigo que Clarke hace lo mismo a mi lado. Es demasiado grueso para atravesarlo. La agarro por un hombro y trazo un círculo con la otra mano para indicarle mi plan. Me doy la vuelta para que mi espalda quede pegada a la suya. Juntas, casi ciegas y sin oxígeno, cortamos un círculo en el hielo. No me detengo hasta que noto que el hielo cede ligeramente. Pesa demasiado para empujarlo sin tracción. Tiene demasiada fuerza de flotación para tirar de él solo con los brazos. Así que nado hacia un lado para que Mustang pueda destrozar con su filo el cilindro que hemos cortado. Pica el hielo hasta crear un agujero lo suficientemente grande para empujar la caja con material de emergencia a través de él. Después lo cruza ella y me tiende una mano para ayudarme. Tras lanzar una última embestida ciega hacia la oscuridad, la sigo hasta la superficie. Nos derrumbamos de cabeza sobre el hielo, duro como una piedra.
El viento aúlla sobre nuestros cuerpos temblorosos.
Estamos al borde de una placa de hielo entre una costa salvaje y el inicio de un mar negro y frío. El cielo palpita con un azul oscuro y metálico, dado que el Polo Sur está atrapado en dos meses de crepúsculo que le sirven de transición hacia el invierno. La costa montañosa, lóbrega y escarpada, debe de estar a unos tres kilómetros ocupados en su totalidad por hielo y perforados por icebergs. Restos de un naufragio arden en las montañas de la costa. El viento procedente del mar abierto choca contra ellas anunciando que se acerca una tormenta, fustigando las olas hasta convertirlas en un flagelo de sal y espuma que sacude el hielo como la arena que azota el desierto. Unos cincuenta metros más cerca de tierra firme, un chorro de agua se eleva por el aire como un géiser cuando alguien dispara un puño de pulsos por debajo del hielo. Aturdidos y helados, corremos hacia Holiday cuando la gris consigue liberarse, Mustang algo más rezagada por el peso de la caja de material médico.
—¿Dónde está Ragnar? —grito.
Holiday levanta la vista hacia mí, con el rostro contraído y pálido. Le mana sangre de una de las piernas. Un fragmento de metralla le atraviesa el muslo. La piel de foca la ha protegido en gran parte del frío extremo, pero no ha tenido tiempo de ponerse ni los guantes ni la capucha. Se hace un torniquete en la pierna y mira de nuevo hacia el agujero.
—No lo sé —contesta, y ahoga un grito.
—¿No lo sabes?
Desenvaino mi filo y me acerco al agujero dando tumbos. Holiday se interpone en mi camino.
—¡Ahí abajo hay algo! Ragnar me lo ha quitado de encima.
—Voy a bajar —anuncio.
—¿Qué? —grita Holiday—. No se ve absolutamente nada. No conseguirías encontrarlo.
—Eso no lo sabes.
—Morirás —asegura.
—No lo abandonaré.
—Lexa, detente. —Tira el puño de pulsos, desenfunda el revólver de Trigg de la cartuchera que lleva en la pierna y dispara delante de mis pies—. Para.
—¿Qué haces? —clamo por encima del viento.
—Te pegaré un tiro en la pierna antes de permitir que te suicides. Y eso es lo que vas a conseguir si te metes ahí debajo.
—Vas a dejarlo morir.
—Él no es mi misión.
Su mirada es dura. Práctica y analítica. Muy diferente a mi forma de luchar. No me cabe duda de que apretará el gatillo para salvarme la vida. Estoy a punto de abalanzarme sobre ella cuando Mustang pasa a toda velocidad a mi izquierda. Demasiado rápido para que yo pueda decirle algo o para que Holiday la amenace antes de zambullirse a través del agujero con un filo en la mano derecha y una bengala brillando con fuerza en la izquierda.
