27

LA BAHÍA DE LAS CARCAJADAS

Me precipito hacia el agujero. El agua lame pacíficamente sus bordes. La capa de hielo es demasiado gruesa para poder ver a Mustang nadar bajo su superficie, pero la bengala brilla con suavidad a través del metro de hielo sucio, azul y acercándose a tierra firme. La sigo. Holiday trata de arrastrarse detrás de mí. Le grito que se quede donde está y que busque el botiquín entre el material de emergencia para curarse. Sigo la luz de Mustang con el filo casi rozando el hielo. Trazo su trayectoria durante varios minutos, hasta que al fin la luz se detiene. No ha pasado el tiempo suficiente para que se haya quedado sin respiración, pero no se mueve durante diez segundos. Y entonces comienza a atenuarse. El hielo y el agua se oscurecen a medida que la luz se sumerge en el mar. Tengo que sacarla de ahí. Estrello mi filo contra el hielo y libero un pedazo. Suelto un rugido cuando introduzco los dedos entre las grietas y lo levanto. Lo lanzo hacia atrás por encima de mi cabeza y veo el agua atestada de cuerpos pálidos y sangre. Mustang emerge a la superficie gritando de dolor. Ragnar está a su lado, azul e inmóvil, sujeto bajo el brazo izquierdo de la chica, que con el derecho lanza estocadas hacia algo pálido que hay en el agua. Clavo mi filo en el hielo a mi espalda y me aferro a la empuñadura. Mustang se agarra a mi otra mano y tiro de ella hacia fuera. Después sacamos a Ragnar con un rugido de esfuerzo. Clarke hunde las uñas en el hielo y se desploma junto a Ragnar. Pero no está sola. Una criatura blanca y similar a una larva del tamaño de un hombre bajito se ha enganchado a su espalda. Tiene la forma de un caracol en pleno esprint, aunque su lomo es de una carne dura, peluda y translúcida jaspeada por docenas de pequeñas bocas chillonas llenas de dientes afilados que se le clavan en la espalda. Se la está comiendo viva. Una segunda criatura del tamaño de un perro grande se aferra a la espalda de Ragnar.

—¡Quítamelo! —gruñe Mustang, que no para de lanzar frenéticas cuchilladas con su filo—. ¡Quítamelo de encima!

La criatura es más fuerte de lo que parece y regresa arrastrándose al agujero del hielo tratando de llevarse a Mustang con ella. Retumba un disparo y la cosa se estremece cuando una bala del revólver de Holiday la alcanza en pleno costado. De la herida comienza a brotar sangre negra. La criatura suelta un alarido y reduce la velocidad lo suficiente para que yo pueda alcanzar a Mustang y arrancársela de la espalda con mi filo. La tiro a un lado y la vemos morir entre estertores. Parto por la mitad a la bestia que acosa a Ragnar, se la quito de la espalda y la arrojo lejos.

—Ahí abajo hay más. Y algo más grande —me informa Mustang mientras se pone en pie con gran esfuerzo.

Se le tensa el rostro al ver a Ragnar. Me precipito hacia él. No respira.

—Vigila el agujero —le pido a Mustang.

Mi gigantesco amigo parece un niño pequeño tumbado en el hielo. Inicio la reanimación cardiopulmonar. Le falta la bota izquierda. Tiene el calcetín medio sacado. El pie salta del hielo con brusquedad cada vez que le presiono el pecho. Holiday se acerca a nosotros tambaleándose. Tiene las pupilas muy dilatadas por culpa de los analgésicos. Tiene la pierna envuelta en carne resonante sacada del botiquín. Pero con esos daños en el tejido profundo, no será capaz de caminar cuando se le pase el efecto de los analgésicos. Se desmorona en el suelo junto a Ragnar. Le pone el calcetín de nuevo en el pie como es debido.

—Vuelve —me escucho decir a mí mismo. La saliva se me congela en los labios, tengo las pestañas escarchadas por unas lágrimas que ni siquiera sabía que estaba derramando—. Vuelve. Aún no has terminado tu trabajo. —Su tatuaje de Aullador se oscurece sobre su piel cada vez más pálida, sus runas protectoras son como lágrimas sobre su rostro blanco—. Tu pueblo te necesita —digo.

Holiday le agarra la mano a pesar de que las dos suyas juntas ni siquiera igualan el tamaño de su ingente garra de seis dedos.

—¿Quieres que ganen ellos? —le pregunta la gris—. Despierta, Ragnar. Despierta.

El obsidiano se sacude bajo mis manos. Se le crispa el pecho cuando su corazón comienza a latir. El agua le sale a borbotones por la boca. Confuso, araña el hielo con los brazos mientras tose tratando de coger aire. Consigue respirar.

Los jadeos le hinchan el enorme pecho cuando levanta la mirada hacia el cielo. Los labios agrietados se le curvan en una sonrisa burlona.

Todavía no, Gran Madre. Todavía no.

—Estamos jodidos —dice Holiday mientras contempla los escasos suministros que Mustang ha conseguido rescatar de nuestra embarcación.

Tiritamos juntos en una quebrada en la que hemos hallado un momentáneo respiro del viento. No es mucho. Nos acurrucamos en torno al irrisorio calor de un par de bengalas termales tras haber atravesado la plataforma de hielo con vientos de ochenta kilómetros por hora que nos desgarran con sus dientes helados. A nuestras espaldas, la tormenta se oscurece sobre el agua. Ragnar la observa con mirada suspicaz mientras los demás revisamos los suministros. Hay un transpondedor GPS, varias barras de proteínas, dos linternas, comida deshidratada, una estufa y una manta térmica con la que solo uno de nosotros puede taparse. Hemos envuelto en ella a Holiday, puesto que su traje es el que está más deteriorado. También hay un disparador de bengalas, un aplicador de carne resonante y una guía digital de supervivencia del tamaño de un pulgar.

—Tiene razón —concede Mustang—. Tenemos que salir de aquí o estamos muertos.

Los dos obsidianos de Ragnar han desaparecido. Nuestras cajas de armamento han desaparecido. Nuestras armaduras, gravibotas y provisiones se han hundido en el fondo del océano. Todo aquello que habría permitido a los obsidianos destruir a sus dioses. Todo aquello que nos habría permitido ponernos en contacto con nuestros amigos en órbita. Los satélites están ciegos. Nadie nos ve. Nadie excepto los hombres que nos dispararon desde el cielo. La única bendición es que ellos también se han estrellado. Hemos visto el fuego del impacto en el interior de las montañas mientras avanzábamos a trompicones por la placa de hielo. Pero si han sobrevivido, si disponen de equipamiento, nos perseguirán, y lo único que tenemos para defendernos son cuatro filos, un rifle y un puño de pulsos con el cargador agotado. Nuestras pieles de foca están rajadas y deterioradas. Pero la deshidratación acabará con nosotros mucho antes que el frío. Las rocas negras y el cielo dominan el horizonte. Sin embargo, si nos comemos el hielo, nuestra temperatura corporal descenderá y será el frío el que acabe con nosotros.

—Tenemos que encontrar un refugio de verdad. —Mustang se echa el aliento en las manos enguantadas, temblando—. Según lo último que vi en las cartas de navegación del puente de mando, estamos a unos doscientos kilómetros de las Torres.

—Bien podrían ser mil —replica Holiday con un gruñido.

Se mordisquea el agrietado labio inferior sin apartar la mirada de los suministros, como si fueran a reproducirse por arte de magia. Ragnar nos observa discutir, desalentado. Él conoce este territorio. Sabe que no podemos sobrevivir en él. Y aunque no va a decírnoslo, sabe que nos verá morir uno a uno sin poder hacer absolutamente nada al respecto. Holiday será la primera en morir. Luego Mustang. Su piel de foca está desgarrada en el lugar en que la mordió la bestia y se le ha colado agua dentro. Después será mi turno. Y él sobrevivirá. Qué arrogantes debemos de haber parecido al pensar que podríamos conquistar y liberar a los obsidianos en una sola noche.

—¿No hay nómadas por aquí? —le pregunta Holiday—. Siempre se han oído historias acerca de legionarios abandonados…

No son historias —dice Ragnar—. Los clanes no suelen aventurarse en el hielo una vez que el otoño se marcha. Esta es la época de los Devoradores.

—No nos habías hablado de ellos —digo.

Pensé que sobrevolaríamos sus tierras. Lo siento.

—¿Qué son los Devoradores? —pregunta Holiday—. Mi antropología antártica no vale una mierda.

Devoradores de hombres —contesta él—. Proscritos deshonrados de los clanes.

—Maldita sea.

—Lexa, tiene que haber alguna manera de contactar con tus hombres para que realicen una extracción —dice Mustang empeñada en encontrar una salida.

—No la hay. La matriz inhibitoria de Asgard llena de interferencias todo este continente. La única tecnología en mil kilómetros a la redonda está precisamente allí. A no ser que el otro barco tenga algo.

—¿Quiénes son? —inquiere Ragnar.

—No lo sé —contesto—. No puede ser el Chacal. Si supiera quiénes éramos, habría mandado toda su flota tras nosotros, no solo una nave de operaciones encubiertas.

—Es Bellamy —dice Mustang—. Supongo que él también fue a Fobos en un barco camuflado, como yo. Se supone que está en la Luna. Era uno de los puntos positivos de llevar la negociación a cabo allí. Si los sorprenden actuando a espaldas de mi hermano, será tan malo para ellos como para mí. Peor, incluso.

—¿Cómo ha sabido en qué barco íbamos? —pregunto.

Mustang se encoge de hombros.

—Ha debido de olerse la distracción. Puede que nos siguiera desde el Hueco. No lo sé. No es tonto. También te pilló en la Lluvia, al pasar bajo la muralla.

—Quizá se lo haya dicho alguien —dice Holiday con un tono de voz amenazante.

—¿Por qué iba a decírselo cuando yo misma iba a bordo del condenado yate? —le espeta Mustang.

—Bueno, esperemos que sea Bellamy —digo—. Si es así, no se limitarán a calzarse unas gravibotas y salir volando hacia Asgard en busca de ayuda, porque entonces, para empezar, tendrían que explicarle al Chacal qué hacían en Fobos. De todas formas, ¿qué los ha derribado? —pregunto—. Desde la parte de atrás de nuestro barco parecía la estela de un misil. Pero no tenemos misiles.

Han sido las cajas —explica Ragnar—. Disparé una sarisa desde la parte de atrás de la bodega de carga con un lanzador de hombro.

—¿Les lanzaste un misil mientras estábamos cayendo? —le pregunta Mustang con incredulidad.

Sí. E intenté coger las gravibotas. No lo conseguí.

—Me parece que ya hiciste suficiente —dice Mustang con una repentina carcajada que nos contagia a todos, incluso a Holiday.

Ragnar no entiende dónde está la gracia. Sin embargo, mi risa se apaga rápidamente cuando Holiday tose y se ciñe más la manta. Observo las nubes negras que se ciernen sobre el mar.

—¿Cuánto tiempo queda para que estalle esa tormenta, Ragnar?

Puede que un par de horas. Se mueve con rapidez.

—Llegará al sesenta negativo —asegura Mustang—. No sobreviviremos. No con el equipamiento en este estado.

El viento aúlla a través de nuestra quebrada y por las inhóspitas laderas montañosas que nos rodean.

—Entonces solo nos queda una opción —digo—. Recogemos todo esto y atravesamos las montañas para encontrar la nave derribada. Si el que la ocupa es Bellamy, tendrá al menos un escuadrón completo de agentes de operaciones encubiertas de la Decimotercera Legión.

—Eso no es bueno —señala Mustang recelosa—. Esos grises están mejor entrenadosque nosotros para el combate invernal.

—Mejor que tú —la corrige Holiday al tiempo que se aparta la piel de foca para que Mustang pueda ver el tatuaje de la Decimotercera Legión que lleva en el cuello—. No que yo.

—¿Eres de los dragones? —pregunta Mustang incapaz de disimular su sorpresa.

—Era. El caso es que las NPC, las Normas Pretorianas de Campo, exigen que haya equipamiento de supervivencia en todas las misiones de transporte de largo alcance, suficiente para que cada escuadrón pueda abastecerse durante un mes en cualquier tipo de condiciones. Tendrán agua, comida, calor y gravibotas.

—¿Y si han sobrevivido al impacto? —pregunta Mustang escudriñando la espalda herida de Holiday y nuestro escaso armamento.

Entonces no nos sobrevivirán a nosotros —contesta Ragnar.

—Y nos irá mucho mejor si los atacamos cuando aún se están recomponiendo —comento—. Vayámonos ya, lo más rápido que podamos, y puede que lleguemos allí antes de que la tormenta descargue. Es nuestra única oportunidad.

Ragnar y Holiday se suman a mí. El obsidiano recoge el equipo mientras la gris comprueba las municiones de su rifle. Pero Mustang está dudosa. Hay algo que no nos ha contado.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

—Es Bellamy —contesta despacio—. No lo sé con seguridad. ¿Y si no está solo? ¿Y si Indra está con él?