28

BANQUETE

La tormenta estalla mientras trepamos por un brazo rocoso de la montaña. Pronto somos incapaces de ver nada más allá de nuestro propio grupo. La nieve de un gris acerado nos carcome. Tapa el cielo, el hielo, las montañas tierra adentro. Agachamos las cabezas y entornamos los ojos tras los pasamontañas de piel de foca. Nuestras botas arañan el hielo bajo nuestros pies. El viento ruge con la misma fuerza que una cascada. Me encorvo para protegerme de él, pongo una bota detrás de otra, atada a Mustang y Holiday con una cuerda, como hacen los obsidianos, para no perdernos los unos a los otros en la ventisca. Ragnar explora el camino por delante de nosotras. No consigo entender cómo se orienta. Ahora vuelve hacia nosotras, dando zancadas sobre las piedras con gran facilidad.

Nos hace gestos para que lo sigamos.

Es más sencillo decirlo que hacerlo. Nuestro mundo es pequeño y furioso. Las montañas nos acechan tras la blancura. Sus lomos jorobados son el único refugio contra el viento. Gateamos sobre piedras negras y escarpadas que nos rajan los guantes mientras el aire intenta arrojarnos por barrancos y grietas sin fondo. El agotamiento nos mantiene con vida. Ni Holiday ni Mustang ralentizan la marcha y, después de más de una hora de espantoso trayecto, Ragnar nos guía hacia el interior de un paso de montaña y la tormenta nos da un respiro. Más abajo, ensartado en la cresta de una montaña más baja, está el barco que nos disparó desde el cielo. Siento una punzada de simpatía hacia la embarcación. Las líneas que recuerdan a las de un tiburón y la cola como un brote estelar destellante indican que una vez fue una de las largas y elegantes embarcaciones de carreras de los afamados astilleros de Ganímedes. Pintada de carmesí y plata, orgullosa y osada, por unas manos amorosas. Ahora es un cadáver, resquebrajado y ennegrecido, empalado bocabajo en un pico árido. Bellamy, o quienquiera que viajara a bordo del navío, no lo ha disfrutado mucho. El tercio posterior del barco ha quedado a medio kilómetro de distancia del cuerpo principal, en la ladera de la montaña. Ambos fragmentos parecen vacíos. Holiday estudia los restos a través de la mira de su rifle. No hay ningún signo de vida ni movimiento en el exterior.

—Parece que algo va mal —dice Mustang acuclillada a mi lado.

El rostro de su padre me mira desde el filo que lleva en el brazo.

El viento sopla contra nosotros —dice Ragnar—. No huelo nada.

Su mirada de ojos negros escudriña los picos de las montañas que nos rodean, saltan de roca en roca buscando peligro.

—No podemos arriesgarnos a que nos acorralen con rifles —señalo sintiendo que el viento arrecia de nuevo a nuestras espaldas—. Tenemos que salvar la distancia a toda prisa. Holiday, tú nos cubres.

La gris cava una pequeña trinchera en la nieve y se tapa con la manta térmica. El resto la cubrimos con nieve de manera que lo único que sobresale es su rifle. Ragnar se desliza por la ladera para investigar la parte trasera del barco mientras Mustang y yo nos dirigimos hacia el segmento principal. Las dos avanzamos agachadas sobre las piedras, cubiertas por el renovado vigor de la tormenta, incapaces de ver el barco hasta que estamos a quince metros de él. Recorremos el resto de esa distancia reptando sobre nuestras barrigas y encontramos un agujero irregular en la popa, donde el misil de Ragnar destrozó la mitad trasera del fuselaje. Parte de mí esperaba encontrarse con un campamento de colores bélicos y dorados preparándose para darnos caza. Sin embargo, el barco es un despojo epiléptico, pues la electricidad va y viene. El interior del navío es hueco y cavernoso, casi demasiado oscuro para ver algo cuando se apagan las luces. Algo gotea en la penumbra mientras avanzamos con dificultad hacia el centro de la embarcación. Huelo la sangre antes de verla. En la cabina de pasajeros, aproximadamente una docena de grises yacen muertos, estampados contra el suelo que se alza sobre nuestras cabezas por las rocas que alancearon el barco. Mustang se arrodilla junto al cuerpo de un gris destrozado para examinar su vestimenta.

—Lexa.

Le retira el cuello de la camisa y me señala un tatuaje. La tinta digital aún se mueve a pesar de que la carne está muerta. Legión XIII. O sea que son la escolta de Bellamy. Manipulo el conmutador de mi filo trazando con el pulgar la forma del nuevo diseño deseado. Lo aprieto. El filo serpentea en mi brazo y abandona su apariencia de falce en favor de una hoja más corta y ancha que me hará más fácil lanzar estocadas en este entorno angosto. No detectamos ningún signo de vida mientras avanzamos, y mucho menos de Bellamy. Solo el viento que gime a través del esqueleto del barco. Una extraña sensación de vértigo nos invade al caminar sobre el techo y levantar la mirada hacia el suelo. Los asientos y las hebillas de los cinturones cuelgan hacia abajo como si fueran intestinos. El navío vuelve a la vida con una convulsión e ilumina un mar de terminales de datos, platos y paquetes de chicles rotos bajo nuestros pies. Las aguas residuales se filtran por una grieta en la pared de metal. La nave vuelve a morir. Mustang me da unos golpecitos en el brazo y señala un mamparo hecho añicos a través del que se atisban lo que parecen marcas de arrastre sobre la nieve. Las manchas de sangre parecen negras bajo la luz escasa. Clarke me hace otro gesto. ¿Un jabalí?

Asiento. Un jabalí debe de haber encontrado los restos y ha comenzado a darse un banquete con los cuerpos de la misión diplomática. Me estremezco al pensar en el noble Bellamy sufriendo ese destino. Un horripilante ruido de succión nos llega desde las profundidades del barco. Seguimos caminando, presintiendo el horror de la escena antes de penetrar en la cabina de pasajeros delantera. En el Instituto aprendimos a distinguir el sonido de los dientes en la carne cruda. Pero, aun así, es un espectáculo terrible, incluso para mí. Los dorados cuelgan del techo cabeza abajo, atrapados por sus membranas de impacto, con las piernas inmovilizadas por los paneles retorcidos. Debajo de ellos, se encorvan cinco pesadillas. Tienen el pelaje oscuro y apelmazado, una vez blanco, pero ahora lleno de sangre seca y mugre. Mordisquean los cuerpos de los muertos. Sus cabezas son las de unos osos inmensos, pero los ojos negros que lo escudriñan desde las cuencas oculares de esas cabezas son de una inteligencia fría. Erguido sobre dos patas, el más grande de la manada se vuelve hacia nosotros. Las luces del barco vuelven a encenderse. Unos brazos pálidos y musculosos, cubiertos con grasa de foca para protegerse del frío, teñidos de sangre tras despellejar a los dorados muertos, se mueven bajo las pieles de los osos. El obsidiano es más alto que yo. Lleva una hoja de hierro curvado cosida a la mano. Unos huesos humanos ensartados con tendones resecos a modo de coraza. Un aliento cálido surge bajo el hocico del cráneo osuno que lleva a modo de casco. Lento y mesurado, el profundo ululato de un maligno canto de guerra brota desde detrás de sus dientes ennegrecidos. Han visto nuestros ojos y uno de ellos grita algo ininteligible.

La embarcación jadea y las luces se apagan.

El primer caníbal se abalanza hacia nosotros a través del abarrotado pasillo, y los demás lo siguen. Son sombras en la oscuridad. Sacudo hacia delante mi filo pálido y perforo su cuchillo de hierro, su coraza y su clavícula hasta clavárselo en el corazón. Me hago a un lado para que no choque contra mí. La inercia hace que me sobrepase y se dirija hacia Mustang, que se aparta y le corta la cabeza limpiamente. El cuerpo del obsidiano se derrama por el suelo entre estertores. Un gruñido audible y una lanza con la punta de hierro e irregular sale volando desde el brazo de otro de los caníbales. Me agacho para esquivarla y levanto el puño izquierdo para desviarla hacia el techo, justo por encima de la cabeza de Mustang. Entonces, el obsidiano que tengo detrás se estrella contra mí cuando me levanto. Es tan alto como yo. Más fuerte. Más criatura que hombre. Me abruma con el frenesí de una mente perdida y me inmoviliza contra la pared para intentar desgarrarme con unos dientes ennegrecidos y afilados como agujas. Las luces del barco destellan e iluminan las úlceras que le rodean la boca. Tengo los brazos sujetos a los lados. Me muerde la nariz. Vuelvo la cara justo antes de que me la arranque. Entonces me hunde los dientes en la carne de la base de la mandíbula inferior. Grito de dolor. La sangre me corre por el cuello. Vuelve a lanzar un mordisco, esta vez apunta a mi cara. Me está comiendo vivo cuando las luces se apagan de nuevo. Con la mano derecha, trata de rasgar la piel de foca con un cuchillo, para clavármelo entre las costillas y llegar al corazón. El tejido resiste.

Entonces el caníbal pierde fuerza, se retuerce y su cuerpo cae al suelo cuando Mustang le secciona la médula espinal desde atrá proyectil negro pasa a toda prisa ante mi cara e impacta contra Mustang. La hace caer al suelo. De su hombro izquierdo sobresalen las plumas de una flecha. Gruñe y se revuelve en el suelo. Me aparto de ella a gran velocidad para lanzarme contra los tres obsidianos que quedan. Entre ellos hay una mujer que prepara otra flecha, el segundo levanta una pesada hacha, el tercero sujeta un enorme cuerno curvado que se lleva a la boca a través del yelmo osuno. Entonces desde el exterior del barco nos llega un terrible aullido.

Las luces se apagan.

La oscuridad se agita con una cuarta forma.

Siluetas sombrías que se atacan unas a otras.

Metal que corta carne. Y cuando las luces se encienden una vez más, Ragnar sujeta en una mano la cabeza de uno de los obsidianos mientras extrae su filo del pecho de otro. La tercera caníbal, con el arco cortado por la mitad, saca un cuchillo y trata de clavárselo mil veces a Ragnar. Él le secciona un brazo, pero aun así ella consigue apartarse, furiosa, inmune al dolor. Ragnar la persigue y le arranca el yelmo. Debajo hay una mujer joven. Con la cara pintada de blanco y las fosas nasales como rendijas, parece una serpiente. Unas cicatrices rituales forman una serie de barras bajo sus ojos. No puede tener más de dieciocho años. Farfulla algo cuando ve la inmensidad de Ragnar, que es alto incluso para un habitante de su propio pueblo. Entonces la mirada enloquecida de la chica se topa con los tatuajes de su rostro.

Vjirnak —dice con un tono de voz ronco. No siente miedo, sino una alegría febril—. Tnak ruhr. Ljarfor aesir!

Cierra los ojos y Ragnar le corta la cabeza.

—¿Estás bien? —le pregunto a Mustang cuando me acerco a ella corriendo.

Ya se ha puesto de pie. La flecha sigue clavada en su clavícula.

—¿Qué ha dicho esa chica? —me pregunta—. Tu nagal es mejor que el mío.

—Era un dialecto que no he entendido. Era demasiado gutural. Ragnar sí lo sabe.

Hijo sucio. Mátame. Volveré como dorada —nos explica—. Comen lo que encuentran. —Señala a los dorados con la cabeza—. Pero comer la carne de los dorados es convertirse en inmortal. Vendrán más.

—¿A pesar de la tormenta? —inquiero—. ¿Sus grifos pueden volar con este tiempo?

Tuerce los labios en una mueca de asco.

Estas bestias no montan en grifo. Pero no. Buscarán refugio.

—¿Qué hay de la otra parte del barco? —pregunta Mustang, que quiere seguir adelante—. ¿Suministros? ¿Hombres?

Ragnar niega con la cabeza.

Cadáveres. Municiones para el barco.

Envío a Ragnar a sacar a Holiday de su posición. Mustang y yo nos quedamos con la intención de registrar la embarcación en busca de equipamiento. Pero yo me quedo de pie, inmóvil, en el osario de los caníbales aun después de que Ragnar salga de nuevo a la nieve. Puede que estos dorados hubieran sido enemigos, pero este horror hace que la vida parezca demasiado barata. En este lugar hay una ironía cruel. Es aterrador y malvado, pero no existiría si los dorados no lo hubieran creado para instaurar el miedo, para establecer esa necesidad de su férreo dominio. Mustang se incorpora tras examinar a uno de los obsidianos y hace un gesto de dolor debido a la flecha que aún lleva incrustada en el hombro.

—¿Te encuentras bien? —pregunta al percatarse de mi silencio.

Señalo las uñas rotas de uno de los dorados.

—No estaban muertos cuando empezaron a despellejarlos. Solo atrapados.

Asiente con tristeza y estira la palma de una mano. Me muestra algo que ha encontrado en el cadáver del obsidiano. Seis anillos de clase del Instituto. Dos cipreses de Plutón, una lechuza de Minerva, un rayo de Júpiter, un ciervo de Diana y otro que le quito de la mano, grabado con la cabeza de lobo de Marte.

—Deberíamos buscarlo —sugiere Mustang.

Levanto las manos hacia el techo para estudiar a los dorados que cuelgan cabeza abajo de sus asientos. Les faltan los ojos y las lenguas, pero veo, a pesar de lo destrozados que están, que ninguno de ellos es mi viejo amigo. Registramos el resto de la nave invertida y encontramos varios camarotes pequeños. En el vestidor de uno de ellos, Mustang encuentra una caja de cuero muy ornamentada que contiene varios relojes y un par de pendientes de perlas engastadas en plata.

—Bellamy ha estado aquí —asegura.

—¿Esos relojes son suyos?

—Los pendientes son míos.

Ayudo a Mustang a sacarse la flecha del hombro en el camarote de Bellamy, lejos de la matanza. No emite ni un solo ruido cuando rompo la punta y, sujetándola a ella contra la pared, tiro de la flecha agarrándola por la parte trasera. Mustang se hace un ovillo sobre sí misma y se deja caer en el suelo, dolorida. Me siento en el borde del colchón que ha caído desde el techo y la observo retorcerse. No le gusta que la toquen cuando está herida.

—Termina —dice al levantarse.

Utilizo la pistola resonante para ponerle parches relucientes en el agujero que tiene justo debajo de la clavícula, tanto por delante como por detrás. Detienen la hemorragia y ayudarán a regenerar el tejido, pero Mustang seguirá sintiendo la herida y eso la ralentizará durante días. Vuelvo a cubrirle el hombro desnudo con la piel de foca. Ella misma se sube la cremallera delantera antes de parchearme también la herida de la mandíbula. Su aliento llena el aire. Se acerca tanto a mí que puedo oler la humedad de la nieve que se ha derretido sobre su pelo. Me apoya la pistola resonante en la mandíbula y aplica una fina capa de microorganismos sobre la herida. Estos se reparten poco a poco por los poros y se tensan para crear un revestimiento antibacteriano con un aspecto similar al de la carne. La mano de Mustang se demora en mi nuca, con los dedos enredados entre las hebras de mi pelo, como si quisiera decirme algo, pero no encontrara las palabras. Sigue sin encontrarlas cuando Ragnar y Holiday regresan. Al oír que la gris grita mi nombre, le doy un apretón suave en el hombro sano de Mustang y la dejo sola. Falta la mayor parte del equipamiento del barco. Varios juegos de ópticos han desaparecido de sus estuches. La armería está vacía por completo, puesto que su contenido se ha esparcido por las montañas cuando el navío se partió en dos y la bodega de carga quedó abierta. El resto lo han destrozado los obsidianos o se ha deteriorado a causa del impacto. Lo único que consigo obtener del transpondedor y del equipo de comunicación es electricidad estática. Ragnar deduce que Bellamy y el resto de su partida, unos quince hombres, se marcharon varias horas antes de que nosotros llegáramos a la nave. Se han llevado todos los suministros. Es probable que los Devoradores se abalanzaran sobre ella en cuanto se estrelló, si no Bellamy no habría dejado atrás a esos dorados para que se los comieran. Para respaldar esta teoría, Mustang encuentra varios cadáveres de Devoradores más cerca del puente de mando, lo cual quiere decir que Bellamy y sus hombres estaban siendo atacados cuando se marcharon. La nieve ha ocultado casi por completo los cuerpos. Amontonamos los restos más recientes en la nieve por si acaso vienen a visitarnos depredadores aún más peligrosos que los Devoradores. Tras recorrer todo el barco en busca de suministros, hago que Mustang y Holiday nos encierren dentro de la cocina. Sellan las dos entradas herméticamente sirviéndose de los soldadores que hemos encontrado en el cuarto de mantenimiento de la embarcación. Puede que se hayan llevado todas las armas y equipos para el frío del barco, pero la cisterna está llena y el agua que contiene aún no se ha congelado. Y las despensas de la cocina están atestadas de comida. Estamos aceptablemente calientes en nuestro refugio. El aislamiento térmico retiene dentro nuestro propio calor. La luz ámbar de dos lámparas de emergencia baña la habitación en un naranja cálido. Holiday utiliza la corriente intermitente para cocinar un banquete de pasta con salsa marinara y salchichas en los fogones eléctricos de la cocina. Mientras tanto, Ragnar y yo organizamos una expedición a las Torres y Mustang revisa las provisiones para llenar con ellas las mochilas militares que ha encontrado en un almacén. Me quemo la lengua cuando Holiday nos trae a Ragnar y a mí unos enormes platos de pasta. No me había dado cuenta del hambre que tenía. Ragnar me da un codazo suave y sigo su mirada para observar en silencio a Holiday cuando le acerca un plato también a Mustang y se marcha despidiéndose con un ligero gesto de la cabeza. Mustang sonríe para sí misma. Los cuatro nos sentamos a comer sin decir una palabra. Escuchando el repiqueteo de nuestros tenedores contra los platos. El viento que ulula en el exterior. Los remaches que gimen. La nieve gris acerada se acumula sobre las pequeñas ventanas circulares, pero no antes de que distingamos unas siluetas extrañas que se acercan por la blancura para llevarse los cuerpos que hemos dejado fuera.

—¿Cómo fue crecer aquí? —le pregunta Mustang a Ragnar.

Está sentada con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en la pared. Yo estoy tumbada a su lado, con una mochila en medio, sobre uno de los colchones que Ragnar ha metido en la habitación para forrar el suelo. Voy por mi tercer plato de pasta.

Era mi hogar. No conocía ninguna otra cosa.

—Pero ¿y ahora que sí sabes lo que hay fuera?

Sonríe con amabilidad.

Era un patio de recreo. El mundo del exterior es inmenso, pero muy pequeño. Hombres que se meten en cajas. Que se sientan tras escritorios. Conducen coches. Barcos. Aquí, el mundo es pequeño, pero no tiene fin.

Se pierde en mil historias. Al principio le cuesta compartirlas, ahora parece disfrutar sabiendo que lo escuchamos. Que nos importa. Nos cuenta que de niño nadaba entre los témpanos de hielo. Que era un niño torpe. Demasiado lento. Que sus huesos iban más rápidos que el resto de su ser. Su madre lo llevó por primera vez al cielo en su grifo cuando otro niño le pegó una paliza. Lo hizo agarrarse a ella desde atrás para enseñarle que eran sus propios brazos los que impedían que se cayera. Su propia voluntad.

Voló alto, cada vez más, hasta que el aire se enrareció y empecé a sentir el frío en los huesos. Mi madre esperaba que me soltara. Que me debilitase. Pero no sabía que me había atado una muñeca a la otra. Es la vez que más cerca he estado de la muerte de la Gran Madre.

Su madre, Alia Volarus, Gorrión de Nieve, es una leyenda entre su pueblo por su veneración hacia los dioses. Hija de un nómada, se convirtió en guerrera de las Torres y fue ganando prominencia a medida que asaltaba a otros clanes. Su devoción por los dioses es tal que cuando llegó al poder entregó a cuatro de sus propios hijos para servirlos. Solo se quedó con una para sí, Sefi.

—Me recuerda a mi padre —dice Mustang en voz baja.

—Pobres diablos —masculla Holiday—. Mi madre me hacía galletas y me enseñaba a descamar lucios.

—¿Y tu padre? —le pregunto.

—Era de los malos. —Se encoge de hombros—. Pero era malo en un sentido aburrido. Una familia distinta en cada puerto. Un legionario estereotípico. Yo heredé sus ojos. Trigg los de mi madre.

No llegué a conocer a mi primer padre —dice Ragnar refiriéndose a su padre biológico.

Las mujeres obsidianas son polígamas. Pueden tener siete hijos de siete padres diferentes. Esos hombres quedan después obligados a proteger a todos los demás descendientes que ella engendre.

Fue a convertirse en esclavo antes de que yo naciera. Mi madre jamás pronuncia su nombre. Ni siquiera sé si aún está vivo.

—Podemos averiguarlo —asegura Mustang—. Tendríamos que buscar en el registro del Consejo de Control de Calidad. No será fácil, pero lo encontraremos. Averiguaremos qué ha sido de él. Si es que quieres saberlo.

La idea lo deja perplejo y asiente despacio.

Sí. Me gustaría saberlo.

Holiday mira a Mustang de una manera muy distinta a como lo hacía hace tan solo unas horas, cuando salimos de Fobos. Me sorprende lo natural que resulta todo esto, que nuestros cuatro mundos se fusionen.

—Todos conocemos a tu padre, pero ¿cómo es tu madre? Parece de hielo.

—En realidad es mi madrastra. No le importo en absoluto. Bueno, es que solo le importa Finn. Mi verdadera madre murió cuando yo era pequeña. Era cariñosa. Maliciosa. Y estaba muy triste.

—¿Por qué? —insiste Holiday.

—Holiday… —intervengo.

Nunca he forzado a Mustang a hablar de su madre. Es un tema sobre el que ha preferido mantenerme en la ignorancia. Una cajita cerrada con llave en su alma que nunca comparte. Salvo esta noche, al parecer.

—No pasa nada —dice. Se lleva las rodillas al pecho, se las rodea con los brazos y prosigue—: Cuando yo tenía seis años, mi madre estaba embarazada de una niña. El doctor le dijo que habría complicaciones en el parto y recomendó una intervención médica. Pero mi padre dijo que, si la criatura no era lo bastante fuerte para sobrevivir al nacimiento, no merecía vivir. Podemos viajar de unas estrellas a otras. Moldear los planetas. Pero mi padre dejó que mi hermana muriera en el vientre de mi madre.

—Pero ¿qué demonios…? —farfulla Holiday—. ¿Por qué no le aplicaron terapia celular? Teníais el dinero necesario para pagarla.

—Por la pureza del producto —contesta Mustang.

—Eso es una locura.

—Así es mi familia. Mi madre nunca volvió a ser la misma. La oía llorar en mitad del día. La veía mirar por la ventana durante horas. Entonces, una noche salió a dar un paseo por Caragmore, la hacienda que mi padre le entregó como regalo de boda. Él estaba en Agea trabajando. Mi madre no regresó a casa. La encontraron entre las rocas, debajo de los acantilados marinos. Mi padre decía que se resbaló. Si siguiera vivo, aún diría que se resbaló.

—Lo siento —dice Holiday.

Yo también.

—Esa es la razón por la que estoy aquí, ya que os lo preguntáis —continúa Mustang—. Mi padre era un titán. Pero se equivocaba. Era cruel. Y si yo puedo ser distinta —me mira a los ojos—, lo seré.