29

CAZADORES

Cuando nos despertamos, la tormenta ha cesado. Nos envolvemos con el aislante que hemos sacado de las paredes del barco y salimos al vacío. Ni una sola nube mancha el cielo, que parece de mármol negro azulado. Nos encaminamos hacia el sol, que tiñe el horizonte de un refrescante tono de hierro fundido. Al otoño le quedan pocos días. Nos dirigimos a las Torres con el plan de encender hogueras por el camino. Esperamos que atraigan a los pocos exploradores valquirios activos en la zona. Pero también llamarán la atención de los Devoradores. Escudriñamos las montañas a nuestro paso, temerosos de las tribus caníbales y de la idea de que es posible que Bellamy —y tal vez Indra— avance sobre la nieve por delante de nosotros con una tropa de agentes de las fuerzas especiales.

A mediodía, encontramos pruebas de su comitiva. Nieve pisoteada en el exterior de un nicho de piedra lo bastante grande para albergar a varias docenas de hombres. Acamparon aquí para esperar a que escampara la tormenta. Cerca del campamento hay un túmulo de piedras apiladas unas sobre otras. En una de ellas, grabado con un filo, se lee: Per aspera ad astra.

—Es la letra de Bellamy —dice Mustang.

Al apartar las piedras, encontramos los cadáveres de dos azules y un plateado. Sus cuerpos, más débiles, se congelaron durante la noche. Incluso aquí, Bellamy ha tenido la decencia de enterrarlos. Devolvemos las rocas a su lugar y Ragnar se adelanta siguiendo las huellas a un ritmo que nosotros no podemos igualar. Avanzamos tras él. Una hora más tarde, un trueno artificial retumba a lo lejos, acompañado por el solitario ulular de los puños de pulsos. Ragnar regresa poco después, con los ojos brillantes de entusiasmo.

He seguido las huellas —anuncia.

—¿Y? —pregunta Mustang.

Son Indra y Bellamy con una tropa de grises y tres Únicos.

—¿Indra está aquí? —le pido que me confirme.

Sí. Huyen a pie a través de un paso de montaña en dirección a Asgard. Los hostiga una tribu de Devoradores. Hay un montón de cadáveres por el camino. Docenas de ellos. Los obsidianos les tendieron una emboscada y fracasaron. Cada vez hay más.

—¿Disponen de mucho equipamiento? —pregunta Mustang.

No llevan gravibotas. Solo pieles de escarabajo. Pero tienen mochilas. Han abandonado las armaduras de pulsos dos kilómetros más al norte. Se habían quedado sin batería.

Holiday mira al horizonte y acaricia el revólver de Trigg que lleva en la cadera.

—¿Podemos atraparlos?

Van cargados con muchas provisiones. Agua. Comida. Y ahora también con hombres heridos. Sí. Podemos darles alcance.

—¿Por qué estamos aquí? —los interrumpe Mustang—. Desde luego que no es para dar caza a Indra y Bellamy. Lo único que importa es conseguir que Ragnar llegue a las Torres.

—Indra mató a mi hermano —replica Holiday.

Mustang se queda de piedra.

—Trigg. El chico del que nos hablaste. No lo sabía. Pero aun así no podemos desviarnos de nuestro objetivo por venganza. No podemos enfrentarnos a dos docenas de hombres.

—¿Y si llegan a Asgard antes de que nosotros lleguemos a las Torres? —pregunta Holiday—. Entonces estamos muertos.

Mustang no está convencida.

—¿Puedes matar a Indra? —le pregunto a Ragnar.

.

—Es una buena oportunidad —le digo a Mustang—. ¿Cuándo volverán a estar así de vulnerables? ¿Sin sus legiones? ¿Sin la protección del orgullo de los dorados? Son campeones. Como dice Raven: «Cuando tienes la ocasión de liquidar a tu enemigo, lo haces». Esta será la única vez que esté de acuerdo con esa cabrona demente. Pero si podemos eliminarlos del tablero, la soberana habrá perdido dos Furias en una semana. Y Bellamy es el enlace de Abby con Marte y las grandes familias de ese planeta. Si le dejamos claro que la soberana estaba negociando contigo, romperemos esa alianza. Cortamos los lazos de Marte con la Sociedad.

—Un enemigo dividido… —dice Mustang despacio—. Me gusta como suena.

Y estamos en deuda con ellos —señala Ragnar—. Con Charles, Harper, Trigg. Han venido hasta aquí a darnos caza. Ahora los cazadores seremos nosotros.

El rastro es inconfundible. La nieve está sembrada de cadáveres. Docenas de Devoradores. Cuerpos que aún humean a causa del fuego de pulsos cerca del paso de montaña donde los obsidianos les tendieron una emboscada a los dorados. No entendieron la potencia armamentística que los dorados podían aplicarles. Cráteres enormes horadan las abruptas laderas. Las huellas más profundas señalan el paso de uros, unos animales que parecen toros peludos y que los obsidianos utilizan como montura. El paso desemboca en un ralo bosque alpino que cubre un territorio de colinas ondulantes. Poco a poco, los cráteres se tornan cada vez menos numerosos y empezamos a ver puños de pulsos y rifles desechados y varios cuerpos de grises con flechas o hachas incrustadas en ellos. Ahora los muertos obsidianos están más cerca de las huellas de los dorados y tienen heridas de filo. Hay docenas de ellos a los que les faltan miembros o que han sido decapitados limpiamente. El grupo de Bellamy se está quedando sin municiones y los Caballeros Olímpicos han empezado a trabajar de cerca. Aun así, el viento sigue restallando con los disparos que se detonan kilómetros más adelante. Dejamos atrás a Devoradores obsidianos que agonizan entre gemidos debido a los impactos de bala, pero Ragnar tan solo se detiene ante un gris herido. El hombre todavía está vivo, aunque no durará mucho más. Tiene un hacha de hierro enterrada en el estómago. Resuella mirando un cielo desconocido. Ragnar se acuclilla a su lado. Los ojos del gris dejan claro que lo reconoce cuando ve la cara descubierta del Sucio.

Cierra los ojos —le dice Ragnar mientras le coloca de nuevo el rifle descargado entre las manos—. Piensa en tu hogar.

El hombre obedece y, con un movimiento brusco, Ragnar le parte el cuello y vuelve a posarle la cabeza delicadamente sobre la nieve. Un cuerno estridente retumba a lo largo y ancho de la cordillera montañosa.

Están cancelando la caza —explica Ragnar—. Hoy no merece la pena pagar el precio de la inmortalidad.

Reanudamos la marcha. Varios kilómetros a nuestra derecha, los Devoradores montados sobre sus uros bordean los límites de los bosques, de camino hacia sus asentamientos de alta montaña. No nos ven mientras avanzamos por la taiga de pinos. A través de la mira telescópica de su rifle, Holiday ve que la partida de caza desaparece detrás de una colina.

—Llevaban dos dorados —informa—. No los he reconocido. No estaban muertos.

Todos sentimos un escalofrío.

Una hora más tarde, atisbamos a nuestras presas por debajo de nosotros, sobre una irregular extensión de nieve salpicada de grietas. Dos brazos de árboles la abrazan. Indra y Bellamy han elegido una ruta desprotegida en lugar de continuar por el traicionero bosque en el que tantos grises han perdido. Solo quedan cuatro en la comitiva. Tres dorados y un gris. Llevan pieles de escarabajo negras, cubiertas con pieles y capas extra que les han quitado a los caníbales muertos. Avanzan a un ritmo vertiginoso. El resto de su compañía ha sido masacrado en las profundidades del bosque. No podemos distinguir cuál de ellos es Indra o Bellamy por culpa de las máscaras y de que bajo las capas todos tienen una envergadura similar. Al principio pensé en que nos agazapáramos para tenderles una emboscada y tomar así la iniciativa táctica, pero recuerdo que los equipos ópticos habían desaparecido de sus estuches y deduzco que tanto Indra como Bellamy los llevan puestos. Con la visión térmica, nos descubrirían escondidos bajo la nieve. Puede que nos vieran incluso ocultos dentro de los vientres de uros o focas muertos. Así que al final le pido a Ragnar que me guíe por el sendero que ha encontrado para adelantarlos, interceptarles el camino en un paso que deben atravesar y sacarles los ojos. Jadeo junto a Ragnar y toso para expulsar el frío de mis pulmones doloridos cuando el grupo de cuatro llega a nuestro terreno elegido. Corren junto al borde de una grieta con unas improvisadas raquetas de nieve, encorvados por el peso de la comida y el equipamiento de supervivencia que arrastran tras ellos sobre unos pequeños trineos asimismo improvisados. Técnicas de supervivencia de manual de la legión, cortesía de las escuelas militares de los Campos de Marte. Los cuatro llevan visores ópticos negros con lentes de cristales ahumados. Es espeluznante cuando nos ven. No hay expresión en los ópticos ni en los rostros enmascarados. Así que da la sensación de que se esperaban que estuviéramos aquí, esperándolos al final de la extensión de nieve para interceptarles el paso. Mi mirada salta a toda velocidad de uno a otro. Resulta bastante sencillo distinguir a Bellamy por su altura. Pero ¿cuál de los otros es Indra?

Dudo entre dos dorados corpulentos, ambos más bajos que Bellamy. Entonces veo el arma de mi viejo maestro de filo colgando de su cinturón.

—¡Indra! —grito quitándome el pasamontaña de la piel de foca.

Bellamy se libera de su máscara. Tiene el pelo empapado en sudor, el rostro enrojecido. Es el único que lleva un puño de pulsos, pero, basándome en los patrones de dispersión de los caníbales muertos tras ellos, sé que se le debe de estar agotando la batería. Desenvaina su filo y los demás lo imitan. Sus armas parecen largas lenguas rojas, con sangre congelada sobre las hojas.

—Lexa… —masculla Bellamy, que no da crédito a lo que está viendo—. Te vi hundirte…

—Nado igual de bien que tú, ¿lo recuerdas? —Miro hacia la Furia—. Indra, ¿vas a dejar que sea Bellamy, el que lleve el peso de toda la conversación?

Finalmente, da un paso al frente para apartarse del otro dorado y se coloca junto al alto caballero. Se desenreda de la cintura la cuerda que la mantiene atada a su trineo improvisado. Se quita la máscara de su piel de escarabajo para dejar al descubierto su cara oscura y su cabeza calva. Brotan volutas de vapor. Escudriña las grietas que se abren paso por la nieve, las piedras y los árboles, el redil que hay en el campo, preguntándose de dónde saldrá mi emboscada. Se acuerda muy bien de Europa, pero no puede saber quiénes formaban mi tripulación ni cuántos han sobrevivido.

—Una abominación y un perro rabioso —ronronea demorando la mirada en Ragnar antes de devolverla a mí.

La piel de escarabajo que luce no tiene ni una sola marca. ¿De verdad es posible que los obsidianos no le hayan infligido ninguna herida?

—Veo que tu tallista ha vuelto a remendarte, roñosa.

—Lo bastante bien para poder matar a tu hermana —le replico incapaz de evitar que mi voz se cargue de veneno—. Una lástima que no fueras tú.

Guarda silencio. ¿Cuántas veces la habré visto matar a Harper en mi memoria? ¿Cuántas veces la habré visto arrebatarle a Charles su filo mientras yacía muerto por las hojas del Chacal y Lilath? Señalo el arma.

—Eso no te pertenece.

—Tú naciste para servir, no para hablar, abominación. No te dirijas a mí.

Levanta la vista hacia el cielo, donde Fobos reluce en el horizonte oriental. Unas luces rojas y blancas titilan a su alrededor. Es un espacio de batalla, y eso quiere decir que Raven ha capturado barcos. Pero ¿cuántos? Indra frunce el entrecejo e intercambia una mirada de preocupación con Bellamy.

He esperado este momento durante mucho tiempo, Indra.

—Vaya, la mascota favorita de mi padre. —Indra estudia a Ragnar—. ¿Te ha convencido el Sucio de que está domesticado? Me pregunto si te habrá contado cómo le gustaba que lo recompensaran después de un combate en la Circada. Una vez que la ovación se apagaba y que se había limpiado la sangre de las manos, mi padre le enviaba jóvenes rosas para satisfacer sus deseos animales. Qué ansioso era con ellos. Qué miedo le tenían. —Su voz es monótona, aburrida de este hielo, de esta conversación, de nosotros. Lo único que quiere es lo que podemos ofrecerle: un desafío. A pesar de todos esos cadáveres obsidianos a su espalda, todavía no está cansada de la sangre—. ¿Has visto alguna vez un período de celo obsidiano? —prosigue—. Te lo pensarías dos veces antes de quitarles las cadenas, roñosa. Tienen apetitos que no puedes ni imaginarte.

Ragnar da un paso al frente sujetando uno de sus filos en cada mano. Se desata la piel blanca que les quitó a los Devoradores y deja que caiga al suelo a su espalda. Es extraño estar aquí rodeados por el viento y la nieve. Despojados de nuestros ejércitos, de nuestras armadas. Lo único que protege nuestras vidas: unas pequeñas espirales de metal. La enormidad de la Región antártica se ríe de nuestro tamaño y prepotencia al pensar en la facilidad con que podría apagar el calor de nuestros minúsculos pechos. Pero nuestras vidas significan mucho más que los frágiles cuerpos que cargan con ellas. El paso al frente de Ragnar es una señal para Holiday y Mustang, que están entre los árboles.

Apunta bien, Holiday.

Tu padre me compró, Indra. Me avergonzó. Me convirtió en este demonio. En una cosa. El niño que había en mi interior huyó. La esperanza se desvaneció. Dejé de ser Ragnar. —Se lleva una mano al pecho—. Pero hoy soy Ragnar, y lo seré mañana, y para siempre jamás. Soy hijo de las Torres, hermano de Sefi la Silenciosa, hermano de Lexa de Lico y de Raven au Barca. Soy el Escudo de Tinos. Sigo mi corazón. Y cuando el tuyo ya no lata, Caballero infame, te lo arrancaré del pecho y alimentaré con él a los grifos de…

Bellamy otea las rocas escarpadas y los árboles raquíticos que bordean el campo de nieve a su izquierda. Entrecierra los ojos cuando su mirada recae sobre un montón de madera partida junto a la base de una formación rocosa. Entonces, sin previo aviso, empuja a Indra hacia delante. La mujer se tambalea y, justo detrás de ella, en el lugar que la Furia ocupaba hace un instante, la cabeza del gris que les quedaba estalla en mil pedazos. La sangre salpica la nieve al tiempo que el crujido del rifle de eco retumba entre las montañas. Más balas desgarran la nieve en torno a Bellamy y Indra. La Furia se coloca detrás del tercer dorado para utilizar su cuerpo a modo de refugio. Dos balas impactan contra su piel de escarabajo y penetran en el resistente polímero. Bellamy rueda sobre su espalda y aprovecha los últimos restos de energía de su puño de pulsos. La ladera de la montaña entra en erupción. Las piedras resplandecen. Explotan. La nieve se evapora. Y bajo ese estrépito se percibe el ruido de una cuerda de arco que dispara. Indra también lo oye. Se mueve con rapidez. Se gira bruscamente mientras una flecha disparada por Mustang desde el bosque avanza hacia su cabeza a gran velocidad. No la alcanza por escasos centímetros. Bellamy dispara contra la posición de Mustang en la colina, donde los árboles vuelan por los aires y las rocas se sobrecalientan. No sé si la ha alcanzado. No puedo permitirme perder un solo segundo tratando de averiguarlo porque Ragnar y yo aprovechamos la distracción para atacar, con los ojos entornados, haciendo que la falce adopte su forma curvada. Acortando la distancia sobre la nieve. Con el puño de pulsos brillando en la mano, Bellamy se vuelve en el instante en que me abalanzo sobre él. Dispara el puño. Es un disparo débil que esquivo lanzándome al suelo y rodando hasta levantarme como un volteador de Lico. Dispara de nuevo. El puño de pulsos no reacciona, la batería se ha agotado tras el ataque contra la montaña. Ragnar le lanza a Indra uno de sus filos, como si fuera un gigantesco cuchillo arrojadizo. Da vueltas y más vueltas en el aire. Ella no se mueve. El arma la alcanza. El impacto vuelve a la Furia de espaldas. Durante un momento, creo que la ha matado. Pero entonces mira de nuevo hacia nosotros sujetando el filo por la empuñadura con la mano derecha.

Lo ha atrapado.

Un miedo oscuro me invade cuando todas las advertencias de Charles respecto a ella se apelotonan en mi mente. «Nunca luches contra un río, y nunca luches contra Indra».

Los cuatro nos lanzamos a la batalla convirtiéndonos en un burdo amasijo de látigos que restallan y hojas que entrechocan. Nos revolvemos, nos retorcemos y nos doblamos. Nuestros filos son más rápidos que lo que nuestros propios ojos pueden registrar. Indra trata de alcanzarme las piernas con una estocada diagonal cuando apunto hacia las suyas; Ragnar y Bellamy apuntan el uno al cuello del otro con rápidas embestidas que lanzan sin siquiera mirar. Todos con idéntica estrategia. Es tan raro que estamos a punto de matarnos mutuamente en el primer medio segundo. Sin embargo, cada envite falla por un pelo. Nos separamos. Tambaleándonos hacia atrás. Con sonrisas ariscas dibujadas en los rostros: una extraña afinidad al recordar que todos hablamos el mismo idioma marcial. El de esa odiosa estirpe humana de la que Marcus me habló antes de que me tallaran, aquellos entre los que vivió Charles sin dejar de despreciarlos ni un segundo.

Soy la primera en romper la grotesca tregua.

Lanzo una rápida serie de estocadas contra el costado derecho de Bellamy y lo aparto de Indra para que Ragnar pueda atacarla en solitario. Detrás de Bellamy, Mustang se levanta de entre los escombros. Corre a toda prisa por la nieve con un enorme arco obsidiano entre las manos. Todavía está a cincuenta metros de distancia. Con el filo en forma de látigo, fustigo dos veces las piernas de Bellamy y luego lo convierto en hoja cuando él lanza un ataque diagonal contra mi cabeza. El golpe hace que me vibre el brazo cuando lo intercepto a medio camino con la curva del filo. Él es más fuerte que yo. Más rápido que la última vez que luché con él. Y ha practicado los enfrentamientos contra la hoja curvada. Ha entrenado con Indra, sin duda. Salgo disparada hacia atrás. Me tambaleo, caigo al suelo y entre sus piernas veo a la Furia y al Sucio destrozándose el uno al otro. Ella lo alcanza en el muslo izquierdo. Otra flecha susurra en el aire. Se estampa contra la espalda de Bellamy. Su piel de escarabajo resiste. Desequilibrado, lanza de nuevo un poderoso ataque de ocho movimientos. Me proyecto hacia atrás justo cuando el filo atraviesa el aire allá donde estaba mi cabeza. Me despatarro en la nieve, a solo unos centímetros del borde de una inmensa grieta. Me levanto a toda prisa, pues Bellamy no me da tregua. Bloqueo otra estocada descendente tambaleándome sobre el abismo. Salto hacia atrás y me impulso con todas mis fuerzas desde el borde para aterrizar a salvo en el otro lado, sirviéndome de mi agilidad para evitar su arremetida. Detrás de él, Indra se zafa de la hoja de Ragnar y le rebana los tendones de la corva.

Lo está despellejando vivo.

Bellamy me persigue, tras saltar la grieta, y me lanza ataques descendentes. Intercepto la hoja. Me habría rajado desde el hombro hasta la cadera contraria. Le arrojo una roca a la cara. Consigo ponerme en pie. Él amaga con lanzar una nueva estocada desde arriba, pero gira la muñeca y golpea para sajarme las rodillas. Me hago a un lado y esquivo el filo de milagro. Transforma su arma en látigo, me fustiga las piernas y consigue que pierda el equilibrio. Me caigo. Me da una patada en el pecho. Todo el aire de mis pulmones escapa de golpe. Me pisa la muñeca para que no pueda mover el filo y está a punto de atravesarme el corazón con el suyo. Su rostro es una máscara de determinación.

—¡Detente! —grita Mustang. Está a veinte metros de distancia, apuntando a Bellamy con su arco. Le tiembla la mano por el esfuerzo de mantener la cuerda tirante—. Te aniquilaré.

—No —dice él—. Te…

La cuerda del arco emite un chasquido. Él levanta el filo para desviar la flecha. Falla, puesto que es más lento que Indra. La punta de hierro serrado le perfora la garganta y le sale por la nuca. Las plumas le arañan la parte baja de la barbilla, por debajo del hoyuelo. La sangre no sale disparada. Solo hay un borbollón carnoso, húmedo. Se desploma de espaldas.

Golpea el suelo con fuerza. Lucha por respirar.

Sufre espantosas arcadas. Patalea cuando agarra la flecha con las manos. Jadea en busca de aliento, con los ojos a pocos centímetros de los míos. Mustang corre hacia mí. Logro ponerme en pie para alejarme de Bellamy, cojo mi filo de la nieve y lo apunto contra su cuerpo destrozado.

—Estoy bien —digo apartando la mirada de mi antiguo amigo mientras la sangre forma un charco debajo de su cuerpo y él lucha por su vida—. Ayuda a Ragnar.

Más allá, vemos al Sucio y a Indra dando vueltas el uno alrededor del otro junto al borde de una grieta. En torno a ellos, la nieve está teñida de sangre. Y toda procede de Ragnar. Pero aun así el obsidiano planta cara a la mujer Caballero mientras una canción furiosa brota de su garganta. Cae a plomo sobre ella. La abruma con sus doscientos cincuenta kilos de masa humana. Saltan chispas de sus hojas. Es ella la que cede ahora ante él, incapaz de igualar la rabia del desterrado príncipe de las Torres. Los talones le resbalan sobre la nieve. Le tiembla el brazo. Se dobla hacia atrás para apartarse de Ragnar. Se dobla como un sauce. La canción de Ragnar aumenta de intensidad.

—No —murmuro—. Dispara contra ella —le pido a Mustang.

—Están demasiado cerca…

—¡Me da igual!

Dispara una flecha. El proyectil pasa a pocos centímetros de la cabeza de Indra. Pero eso no importa. Ragnar ya ha caído en la trampa que le ha tendido la mujer. Mustang aún no se ha dado cuenta. Terminará por verla. Es una de las muchas que Charles me enseñó. Una artimaña que es imposible que Ragnar conozca porque nunca ha tenido un maestro de filo. Tan solo dispone de su rabia y de la experiencia de años de lucha con armas sólidas, no con el látigo. Mustang carga otra flecha. Y Ragnar le lanza a Indra un ataque descendente con el ímpetu de un herrero. La Furia levanta su hoja rígida para interceptar la de él. Luego activa la función de látigo. Esperando encontrarse con la resistencia de la fibra de polieno sólida, todo el peso de Ragnar recae sobre el aire vacío. Es lo bastante atlético para desacelerar el movimiento y que su hoja no se clave en el suelo; contra un oponente inferior se habría recuperado con facilidad. Pero Indra fue la mejor alumna de Charles au Arcos. Se gira hacia un lado, transforma de nuevo el látigo en hoja y emplea su inercia para lanzarle una estocada lateral a Ragnar justo cuando termina de dar la vuelta. El movimiento es simple. Lacónico. Propio de las bailarinas que Mustang y Monty iban a ver a la casa de la ópera de Agea mientras yo estudiaba con Charles, realizando un giro fouetté. Si no viera que su hoja se tiñe de rojo y proyecta un delicado arco carmesí sobre la nieve, podría convencerme de

que ha fallado.

Pero Indra no falla.

Ragnar intenta darse la vuelta y plantarle cara, pero sus piernas lo traicionan. Se desploma. Su herida bostezante parece una sonrisa ensangrentada sobre el blanco de su piel de foca. Indra le ha seccionado la médula a la altura de la parte baja de la espalda y le ha asestado otro corte en el vientre, cerca del ombligo. Mi amigo cae en el borde de una grieta. Su filo se aleja resbalando sobre el hielo. Aúllo de rabia, con sobrecogedora incredulidad, y cargo contra Indra al tiempo que Mustang dispara su arco y echa a correr conmigo. Indra consigue evitar las flechas de Clarke y acuchilla a Ragnar en el estómago dos veces más. Está tirado en el suelo sujetándose la herida con las manos. Su cuerpo convulsiona. La hoja entra y sale con facilidad. Indra vuelve a adoptar la posición de ataque, preparándose ahora para mí, cuando se le abren los ojos de par en par. Da un paso atrás, maravillada por algo que hay en el cielo, por encima de mi cabeza. Mustang lanza dos flechas muy seguidas. La cabeza de Indra experimenta una sacudida. Se revuelve para alejarse de nosotros y, de espaldas, se acerca peligrosamente al borde de la grieta. El hielo cede bajo sus pies y cae hacia el abismo. La Furia agita los brazos como si fueran molinos, pero es incapaz de recuperar el equilibrio. Me mira a los ojos y, junto con el hielo, se hunde de cabeza en la oscuridad.