30

EL SILENCIO

Indra ya no está. La grieta es profunda, y sus paredes se estrechan cada vez más hacia la oscuridad. Me acerco a Ragnar corriendo mientras Mustang escudriña la ladera de la montaña y las nubes con el arco a punto. Solo le quedan tres flechas.

—No veo nada —me dice.

Segadora—murmura Ragnar desde el suelo.

Le palpita el pecho. Resuella pesadamente.

La sangre oscura le sale a borbotones a través del estómago abierto. Indra podría haber acabado con él rápidamente con las dos estocadas que le asestó cuando ya estaba en el suelo. Sin embargo, ha preferido infligirle heridas que lo hagan sufrir durante su agonía. Presiono la primera herida y me mancho de rojo hasta los codos, pero hay tanta sangre que ni siquiera sé qué hacer. Una pistola resonante no puede arreglar lo que ha hecho Indra. Ni siquiera puede mantenerlo unido. Noto el escozor de las lágrimas en los ojos. Apenas soy capaz de ver. De la herida brotan volutas de vapor. Siento en los dedos helados un cosquilleo provocado por la calidez de la sangre. Ragnar empalidece al ver la sangre con una expresión abochornada en el rostro mientras susurra disculpas.

—Podrían ser los caníbales —dice Mustang refiriéndose a la distracción de Indra—. ¿Puede moverse?

—No —contesto débilmente.

Mustang baja la mirada hacia él, más estoica que yo.

—No podemos quedarnos aquí —asegura.

Hago caso omiso de sus palabras. He visto morir a demasiados amigos para dejar marchar a Ragnar. Yo lo induje a luchar con Indra. Yo lo convencí de que volviera a su casa. No permitiré que su vida se escape entre mis dedos. Le debo al menos eso. Aunque sea lo último que haga, sea estúpido o no, lo defenderé. Encontraré alguna forma de sanarlo, lo llevaré a un amarillo. Aunque vengan los caníbales.

Aunque me cueste la vida. No lo abandonaré.

Pero pensarlo no lo convierte en realidad. No me concede poderes mágicos. No importa cuál sea el plan que trace, parece que el mundo se alegra de desbaratarlo.

Segadora—consigue repetir Ragnar.

—No desperdicies las fuerzas, amigo mío. Vamos a necesitarlas todas para sacarte de aquí.

Era rápida. Muy rápida.

—Ahora ya no está —le digo, aunque no puedo estar completamente segura de ello.

Siempre soñé con tener una buena muerte. —Se estremece al darse cuenta de nuevo de que se está muriendo—. Esta no me parece buena.

Sus palabras hacen que un sollozo se arrastre desde mi pecho hasta mi garganta.

—No pasa nada —digo con un tono de voz espeso—. Todo irá bien. En cuanto te remendemos. Becca te arreglará como es debido. Te llevaremos a las Torres. Solicitaremos una evacuación.

—Lexa… —dice Mustang.

Ragnar parpadea varias veces con ímpetu, tratando de enfocar la vista. Levanta una mano hacia el cielo.

Sefi…

—No. Soy yo, Ragnar. Soy Lexa —le contesto.

—Lexa… —insiste Mustang con aspereza.

—¿Qué? —le espeto.

Sefi…

Ragnar señala con un dedo y sigo la dirección que indica hacia el cielo. No veo nada. Solo las nubes ligeras que el viento cambiante trae desde el mar. Solo oigo el ruido de las arcadas de Bellamy, el crujir del arco de Mustang y a Holiday que cojea hacia nosotros por la nieve. Entonces, cuando un depredador alado de tres mil kilos atraviesa las nubes, veo por qué Indra trató de huir. El cuerpo de león. Las alas, las patas delanteras y la cabeza de un águila. Las plumas blancas. El pico curvado y negro. La cabeza del tamaño de un rojo adulto. El grifo es enorme, y tiene la parte interior de las alas pintada con rostros chillones de demonios azul cielo. Cuando la bestia aterriza sobre la nieve delante de mí, veo que las alas miden diez metros de ancho. La tierra tiembla. Tiene los ojos de un color azul pálido y glifos y guardas blancos pintados a lo largo del pico negro. Sobre su lomo viaja una humana delgada y terrible que toca un cuerno blanco con gran tristeza. Más cuernos retumban por encima de las nubes y doce grifos más se abalanzan sobre el paso de montaña, algunos se aferran a las escarpadas laderas de piedra que nos rodean y otros se posan en la nieve. La primera de estos jinetes montados sobre grifos, la que ha hecho sonar el cuerno, está cubierta de pies a cabeza en una piel blanca y sucia y lleva un yelmo de hueso coronado con un único penacho de plumas azules que le caen hasta la nuca. Ni uno solo de ellos mide menos de dos metros.

—Nacida del Sol —dice una de ellos en su perezoso dialecto mientras se apresura a colocarse junto a su silenciosa líder.

La que ha hablado se quita el yelmo para revelar una cara tosca, llena de cicatrices y pendientes, antes de dejarse caer de rodillas y llevarse una mano enguantada a la frente como señal de respeto. La huella de una mano azul le cubre la cara.

—Vimos la llama en el cielo…

Le falla la voz cuando ve mi falce.

Los otros jinetes se quitan los yelmos y desmontan a toda prisa cuando ven nuestro pelo y nuestros ojos. Me doy cuenta de que no hay un solo hombre entre ellas. Los rostros de las mujeres están pintados con enormes huellas de manos de color azul cielo, con un ojo pequeño dibujado en el centro de cada una de ellas. Sus largas trenzas de pelo blanco les caen por la espalda. Los ojos negros de todas las obsidianas nos observan desde detrás de unos párpados caídos. Los pendientes de hierro y hueso traspasan narices, perforan labios y agujerean orejas. La única que queda por quitarse el yelmo y arrodillarse es la jinete principal. Da un paso hacia nosotros, sumida en un trance.

Hermana —consigue articular Ragnar—. Mi hermana.

—¿Sefi? —repite Mustang sin apartar la mirada de las negras lenguas humanas que la mujer lleva colgadas a modo de trofeo en la cadera izquierda.

No lleva guantes. Tiene los dorsos de las manos tatuados con glifos.

¿Me conoces? —pregunta Ragnar con un tono de voz áspera. Una sonrisa vacilante aparece en sus labios temblorosos cuando la amazona se acerca—. Tienes que conocerme. —La mujer cataloga las cicatrices de Ragnar desde detrás de su máscara, con los ojos oscuros y muy abiertos—. Yo te conozco —prosigue él—. Te conocería aunque el mundo careciera de luz y nosotros estuviéramos marchitos y viejos. —Se estremece de dolor—. Aunque el hielo se hubiese derretido y el viento guardara silencio. —Ella se aproxima despacio, paso a paso—. Yo te enseñé los cuarenta y nueve nombres del hielo…, los treinta y cuatro alientos del viento. —Sonríe—. Pero solo eras capaz de recordar treinta y dos.

Ella no le da nada, pero las demás mujeres susurran su nombre y nos miran como si por ir en compañía de Ragnar y estar en posesión de una hoja curvada se hubieran figurado quién soy. Mi amigo continúa, empleando sus últimas fuerzas en conjurar su voz.

Te llevé sobre mis hombros a ver cinco Roturas. Y te dejé trenzarme el cabello con tus cintas. Y jugué con las muñecas que hacías con piel de foca y le tiré bolas de hielo al viejo Pieorgulloso. Soy tu hermano. Y cuando los hombres del Sol Lloroso nos llevaron a mí y a una selección de nuestra parentela a las Tierras Encadenadas, ¿recuerdas qué te dije?

A pesar de su herida, el hombre desprende poder. Esta es su tierra. Este es su hogar. Y él es tan inconmensurable aquí como lo era yo con mi Garra Perforadora. La fuerza de la gravedad de Ragnar atrae cada vez más a Sefi. La mujer se desploma sobre sus rodillas y se quita el yelmo de hueso. Sefi la Silenciosa, afamada hija de Alia Gorrión de Nieve, es salvaje y majestuosa. De rostro severo. Anguloso como el de un cuervo. Sus ojos son demasiado pequeños, están demasiado juntos. Tiene los labios finos, morados a causa del frío y permanentemente fruncidos como si estuviera pensando. Lleva el pelo blanco rapado en la parte izquierda de la cabeza, y trenzado y largo hasta la cintura en la derecha. En la parte izquierda de su pálido cráneo, destaca el azul lívido del tatuaje de un ala rodeada de runas astrales. Pero lo que la hace única entre el resto de las obsidianas, y lo que hace que la admiren, es que su piel no tiene ni una sola marca o cicatriz. El único adorno que luce es una barra de hierro que le atraviesa la nariz. Y cuando parpadea al mirar la herida de Ragnar, los ojos azules que tiene tatuados en el dorso de los párpados me taladran con su mirada. Tiende una mano hacia su hermano, pero no para tocarlo, sino para sentir el aliento que humea ante su nariz y su boca. No es suficiente para Ragnar. Mi amigo le agarra la mano y la aprieta con fuerza contra su pecho para que Sefi pueda sentir sus débiles latidos. Se le llenan los ojos de lágrimas de alegría. Y cuando también las de Sefi comienzan a rodar por las mejillas de la mujer y esculpen senderos sobre su pintura de guerra azul, a Ragnar se le quiebra la voz.

Te dije que volvería.

Sefi aparta la mirada de él para seguir las huellas de Indra hacia la grieta. Chasquea la lengua y cuatro valquirias apuntalan cuerdas en la nieve y descienden hacia la oscuridad para buscar a la Furia. El resto se quedan escoltando a su líder de guerra y vigilan las montañas con sus elegantes arcos recorvados a punto.

—Tenemos que llevarlo volando a las Torres —le digo en su idioma—. A vuestro chamán.

Sefi no me mira.

Es demasiado tarde. —La nieve se acumula sobre la barba blanca de Ragnar—. Dejadme morir aquí. En el hielo. Bajo el cielo abierto.

—No —mascullo—. Podemos salvarte.

El mundo me parece muy lejano e insignificante. La sangre abandona a Ragnar, pero ya no hay tristeza en él. Sefi la ha ahuyentado.

Morir no es tan importante —me dice, aunque sé que no lo siente tan profundamente como querría—. No cuando se ha vivido. —Sonríe, tratando de consolarme incluso en estos momentos. Pero luce la injusticia de su vida y de su muerte en la cara—. Eso te lo debo a ti. Pero… queda mucho por hacer. Sefi. —Traga con dificultad, con la lengua seca y pesada—. ¿Te encontraron mis hombres? —Ella asiente, aún encorvada sobre su hermano, con mechones blancos que ondean al viento tras liberarse de la trenza. Ragnar me mira—. Lexa, sé que piensas que las palabras bastarán —me dice en jerga áurea para que Sefi no pueda entenderlo—. Pero no será así.

Esto era lo que no me había contado. Por eso iba tan callado en la lanzadera. Por eso cargaba con el miedo sobre sus hombros. Se dirigía a su casa para matar a su madre. Y ahora me da permiso para hacerlo. Le lanzo una mirada a Mustang. Ella también lo ha oído, y su rostro refleja su congoja. Tanto por mi sueño loco y destrozado de un mundo mejor como por mi amigo moribundo. Ragnar vuelve a estremecerse de dolor y Sefi se saca un cuchillo de la bota, reacia a verlo sufrir durante más tiempo. Su hermano niega con la cabeza y me señala a mí. Quiere que sea yo quien lo haga. Sacudo la cabeza como si pudiera despertarme de esta pesadilla. Sefi me mira con fiereza, desafiándome a contradecir la última voluntad de su hermano.

Moriré con mis amigos —dice Ragnar.

Aturdido, dejo que mi filo se deslice hasta mi mano y lo sujeto sobre su pecho. Por fin hay paz en los ojos húmedos de Ragnar. Tengo que emplearme al máximo para ser fuerte por él.

Le transmitiré tu amor a Costia. Te haré una casa en el valle de tus padres. Estará al lado de la mía. Búscame allí cuando mueras. —Esboza una gran sonrisa—. Pero no soy buen albañil. Así que tómate tu tiempo. Nosotros te esperaremos.

Asiento como si aún creyera en el valle.

Como si todavía pensara que nos está esperando a él y a mí.

—Tu pueblo será libre —digo—. Te lo prometo por mi vida. Y nos veremos pronto.

Sonríe y levanta la vista hacia el cielo. Sefi le pone a toda prisa su propia hacha entre los dedos a Ragnar, para que pueda morir como un guerrero, con un arma en las manos, y asegurarse así un lugar en los salones de Valhalla.

No, Sefi —le dice él dejando caer el hacha y cogiendo nieve con la mano izquierda mientras que aprieta la de su hermana con la derecha—. Vive para más.

Me hace un gesto con la cabeza.

El viento nos fustiga.

La nieve cae.

Ragnar contempla el cielo, donde las gélidas luces de Fobos continúan brillando mientras yo le atravieso quedamente el corazón con el metal. La muerte llega como el anochecer, y no me doy cuenta del momento exacto en que la luz lo abandona, de cuándo su corazón deja de latir y sus ojos dejan de ver. Pero sé que se ha ido. Lo siento en el frío que me invade. En el aullar del viento solitario, hambriento, y en el espantoso silencio de los ojos negros de Sefi la Silenciosa.

Mi amigo, mi protector, Ragnar Volarus, ha abandonado este mundo.