31
LA REINA PÁLIDA
Estoy paralizada por el dolor. Soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea cómo reaccionará Raven cuando se entere de que Ragnar ha muerto. En que mis sobrinas y sobrinos nunca volverán a trenzarle un lazo en el cabello al Gigante Simpático. Parte de mi alma se ha marchado para no regresar. Él era mi protector. Nos daba mucha fuerza. Ahora, sin él, me aferro a la espalda de una valquiria mientras su grifo se alza alejándose de la nieve ensangrentada. No siento asombro cuando planeamos por encima de las nubes sobre unas enormes alas batientes, ni cuando diviso las Torres Valquirias. Solo siento aturdimiento.
Las Torres son un lomo retorcido y vertiginoso de picos montañosos tan absurdos en su abrupta elevación desde las llanuras árticas que solo un dorado loco a los mandos de un motor Lovelock, con cincuenta años de manipulación tectónica y un Sistema Solar de recursos, podría conspirar para crearlas. Probablemente solo para ver si eran capaces de hacerlo. Docenas de torres de piedra se entrelazan como amantes despechados. La neblina los envuelve en un sudario. Los grifos anidan en sus picos, los cuervos y las águilas en las zonas más bajas. Sobre una elevada pared de roca, siete esqueletos cuelgan de unas cadenas. El hielo está manchado de sangre y excrementos de animales. Este es el hogar de la única raza que alguna vez ha supuesto una amenaza para los dorados. Y nosotros llegamos manchados con la sangre de su príncipe desterrado. Antes de marcharnos, Sefi y sus amazonas registraron la grieta en la que cayó Indra; no encontraron más que huellas de botas. Ni cadáver. Ni sangre. Nada para calmar la rabia que arde en el interior de Sefi. Creo que se habría quedado durante horas encorvada sobre el cuerpo de su hermano si no hubieran oído los tambores que retumbaban en la distancia. Devoradores que habían hecho acopio de fuerzas y pretendían desafiar a las valquirias por la posesión de los dioses caídos. La ira teñía el rostro de Sefi cuando la mujer se acercó a Bellamy con el hacha en la mano. Es uno de los primeros dorados que habrá visto sin armadura en toda su vida. Puede que sea el único, sin contar a Mustang. Y yo creo, manchado con la sangre de su hermano, que lo habría matado allí mismo, sobre la nieve. Y sé que yo se lo habría permitido, y que Mustang habría hecho lo mismo. Pero se contuvo, chasqueó la lengua dirigiéndose a sus valquirias y envainó su hacha indicándoles que montaran. Ahora Bellamy va atado a la silla de una valquiria que vuela a mi derecha. La flecha no le ha seccionado la yugular, pero es posible que la muerte venga a por él aun sin el beso del hacha de Sefi. Aterrizamos en un nicho alto, excavado en el tramo superior de una torre que parece un sacacorchos. Los esclavos de clanes obsidianos enemigos, con los ojos abrasados por un hierro candente hasta la ceguera, reciben a nuestros grifos cuando tomamos tierra. Tienen las caras pintadas de amarillo por su cobardía. Unas puertas de hierro chirrían a nuestra espalda cuando las cierran para aislarnos del viento. Las amazonas bajan de un salto de sus monturas antes de que aterricemos para ayudar a trasladar a Ragnar lejos de nosotros, hacia el interior de la ciudad rocosa. Se produce un alboroto cuando varias docenas de guerreros armados irrumpen en el establo de los grifos y se enfrentan a Sefi.
Gesticulan frenéticamente en nuestra dirección.
Tienen un acento más cerrado que el del Nagal que aprendí con las cargas de Becca y durante mis estudios en la Academia, pero entiendo lo suficiente para deducir que el recién llegado grupo de guerreros grita que deberíamos estar encadenados, y algo relacionado con que somos unos herejes. Las mujeres de Sefi les devuelven los gritos, les dicen que somos amigos de Ragnar y señalan febrilmente el dorado de nuestros cabellos. No saben cómo tratarnos, y tampoco a Bellamy, a quien varios de los guerreros apartan de nosotros como perros que luchan por un pedazo de carne. La flecha sigue clavada en su cuello. Tiene los globos oculares hinchados. Aterrorizado, me tiende una mano cuando los obsidianos comienzan a arrastrarlo por el suelo. Consigue agarrarse a la mía y sujetarla durante un instante, pero desaparece por un pasillo iluminado por antorchas, cargado por media docena de gigantes. El resto se arremolinan en torno a nosotros, con enormes armas de hierro entre las manos. El hedor de sus pieles es denso y nauseabundo. Tan solo se tranquilizan cuando una anciana corpulenta con un tatuaje en forma de mano en la frente se abre camino entre sus filas para hablar con Sefi. Es una de las caciques de su madre. Señala hacia el techo con grandes movimientos de las manos.
—¿Qué dice? —pregunta Holiday.
—Hablan de Fobos. Ven las luces de la batalla. Creen que los dioses se están peleando. Los de aquí piensan que deberíamos ser prisioneros, no invitados —le contesta Mustang—. Deja que se lleven tus armas.
—Y una mierda. —Holiday da un paso atrás con su rifle. Lo agarro por el cañón y la obligo a bajarlo al tiempo que les entrego mi filo—. Esto es increíble, maldita sea —masculla ella.
Nos engrilletan los brazos y las piernas con unas enormes esposas de hierro, teniendo mucho cuidado de no tocarnos la piel ni el pelo. Luego los guardias de las Torres nos empujan hacia un túnel, lejos de las valquirias de Sefi. Pero cuando iniciamos la marcha veo que Sefi nos observa con una expresión extraña y dividida en su rostro blanco. Después de ser arrastrados por varias docenas de escaleras escasamente iluminadas, nos meten de un empujón en una celda sin ventanas, excavada en la roca y con una atmósfera sofocante y cargada de humo. Fuegos de grasa de foca en braseros de hierro. Me tropiezo con una baldosa levantada y caigo al suelo. Mis cadenas golpean la piedra. Siento la rabia. La impotencia. Todo ocurre muy deprisa, y me siento tan zarandeada que ni siquiera sé dónde tengo la cabeza. Pero soy capaz de pensar lo suficiente para darme cuenta de la futilidad de mis acciones, de mis planes. Mustang y Holiday me miran sumidas en un pesado silencio. Mi gran plan solo lleva un día en marcha y Ragnar ya está muerto.
—¿Por qué no la dejaste matarlo? —pregunta Holiday.
No respondo. Mustang habla con más suavidad.
—¿Estás bien?
—¿Tú qué crees? —le replico con brusquedad.
Ella no dice nada, pues no es la clase de persona frágil que se ofende y lloriquea que solo trata de ayudar. Conoce demasiado bien el dolor de la pérdida.
—Necesitamos trazar un plan —digo mecánicamente tratando de apartar a Ragnar de mi mente.
—Ragnar era nuestro plan —replica Holiday—. Él era todo el puñetero plan.
—Podemos salvarlo.
—¿Y cómo demonios piensas hacerlo? —pregunta la gris—. Ya no tenemos armas. Y no parecen encantados de vernos. Lo más probable es que se nos coman.
—Estos no son caníbales —la corrige Mustang.
—¿Estás dispuesta a apostarte una pierna, señorita?
—Alia es la clave —aseguro—. Todavía podemos convencerla. Resultará difícil sin Ragnar, pero es la única manera. Convencerla de que su hijo murió intentando traerle la verdad a su pueblo.
—¿Acaso no lo oíste? Te dijo que las palabras no bastarían.
—Todavía pueden funcionar.
—Lexa, tómate un minuto —sugiere Mustang.
—¿Un minuto? Mi gente muere en órbita. Raven disputa una guerra, y depende de que nosotras le llevemos un ejército. No podemos permitirnos el lujo de tomarnos un maldito minuto.
—Lexa… —trata de interrumpirme Mustang.
Pero yo sigo adelante, revisando metódicamente nuestras opciones, asegurando que debemos dar caza a Indra, reunirnos con los Hijos. Ella me pone una mano en el brazo.
—Lexa, para.
Titubeo. Pierdo el hilo de por dónde iba. El consuelo de la lógica se me escapa entre los dedos y me sumerjo de lleno en la emocionalidad del momento. Tengo sangre de Ragnar bajo las uñas. Lo único que mi amigo deseaba era venir a casa con su pueblo y sacarlo de la oscuridad como me vio a mí hacer con el mío. Yo lo privé de esa elección al liderar el ataque contra Indra. No lloro. No hay tiempo para eso, pero me quedo aquí sentada con la cabeza entre las manos. Mustang me acaricia el hombro.
—Al final sonrió —me dice con suavidad—. ¿Sabes por qué? Porque sabía que lo que estaba haciendo era lo correcto. Estaba luchando por amor. Has convertido a tus amigos en una familia. Siempre ha sido así. Conocerte convirtió a Ragnar en un hombre mejor. Así que tú no hiciste que lo mataran. Lo ayudaste a vivir. Pero ahora eres tú la que tiene que vivir. —Se sienta a mi lado—. Sé que quieres creer en la bondad de la gente. Sin embargo, piensa en el tiempo que te costó llegar a Ragnar. Ganarte mi confianza o la de Roan. ¿Qué puedes hacer en un día? ¿En una semana? Este lugar… no es nuestro mundo. No les importan nuestras normas o nuestra moralidad. Si no escapamos, moriremos aquí.
—Crees que Alia no nos escuchará.
—¿Por qué iba a hacerlo? Los obsidianos solo valoran la fuerza. ¿Y dónde está la nuestra? Incluso Ragnar pensaba que tendría que matar a su madre. No nos prestará atención. ¿Sabes cómo se dice «rendición» en nagal? Rjoga. ¿Y «subyugación»? Rjoga. ¿Y «esclavitud»? Rjoga. Sin Ragnar para liderarlos, ¿qué crees que sucederá si los dejas en libertad en la Sociedad? Alia Gorrión de Nieve es una tirana de sangre negra. Y el resto de los caciques no son mucho mejores. Puede que incluso nos esté esperando. Aunque hayamos pirateado los sistemas de monitorización de los dorados, ellos saben que Alia es su madre, así que podrían haberle dicho que lo esperara. Podría estar informándoles de todo ahora mismo.
Cuando de pequeña me fijaba en mi padre, pensaba que ser un hombre consistía en tener el control. En ser el dueño y señor de tu propio destino. ¿Cómo podría cualquier niña saber que la libertad se pierde en cuanto te conviertes en adulto? Las cosas empiezan a importar. A oprimirte. Te constriñen lentamente, inevitablemente, crean una jaula de inconvenientes, deberes, plazos, planes fracasados y amigos perdidos. Estoy cansada de la gente que duda. De la gente que elige creer que sabe lo que es posible gracias a lo que ha ocurrido antes.
Holiday suelta un gruñido.
—Escapar no va a ser tan fácil.
—Paso uno —dice Mustang mientras se libera de sus esposas.
Ha utilizado una pequeña esquirla de hueso para forzar la cerradura.
—¿Dónde has aprendido a hacer eso? —inquiere Holiday.
—¿Crees que el Instituto fue mi primera escuela? —pregunta ella a su vez—. Te toca. —Acerca las manos a mis esposas—. En mi opinión, podemos abalanzarnos sobre ellos cuando abran la… ¿Qué pasa?
He apartado mis manos de ella.
—Yo no me voy.
—Lexa…
—Ragnar era mi amigo. Le dije que ayudaría a su pueblo. No huiré para salvarme a mí misma. No permitiré que su muerte sea en vano. La única forma de salir de aquí es con ellos.
—Los obsidianos…
—Los necesitamos —digo—. Sin ellos, no puedo enfrentarme a las legiones doradas. Ni siquiera con tu ayuda.
—De acuerdo —admite Mustang sin combatir el argumento—. Entonces ¿cómo pretendes hacer cambiar de opinión a Alia?
—Creo que voy a necesitar que me ayudes con eso.
Horas más tarde, nos conducen hasta el centro de una cavernosa sala del trono hecha para gigantes. Está iluminada por lámparas de grasa de foca que vomitan humo negro a lo largo de las paredes. Las puertas de hierro se cierran con estrépito detrás de nosotras y nos quedamos solas ante un trono ocupado por el ser humano de mayor tamaño que he visto en mi vida. Nos observa desde el extremo más alejado de la sala, más estatua que mujer. Nos aproximamos a ella con torpeza, encadenadas. Arrastramos las botas por el suelo negro y resbaladizo hasta que llegamos ante Alia Gorrión de Nieve, reina de los valquirios.
Sobre su regazo yace el cuerpo de su hijo muerto.
Alia nos fulmina con la mirada desde las alturas. Es tan colosal como Ragnar, pero vetusta y malvada, como el árbol más viejo de una especie de bosque primigenio. De esos que resecan la tierra, les impiden el paso de la luz del sol a los árboles más pequeños y los ven marchitarse, amarillear y morir sin hacer nada más que alzar aún más sus ramas y hundir sus raíces con más fuerza. El viento le ha cubierto la cara con una armadura de piel muerta y callos. Tiene el pelo fosco y largo, del color de la nieve sucia. Está sentada sobre un cojín de pieles metido dentro de la caja torácica del esqueleto del que debe de ser el mayor grifo jamás tallado. La cabeza del grifo nos grita en silencio por encima de la de ella. Las alas están desplegadas contra las paredes de piedra y deben de medir unos diez metros de ancho. Sobre la cabeza de la mujer descansa una corona de cristal negro. A sus pies está su legendario cofre de guerra, que en tiempos de paz se cierra con un enorme artefacto de hierro. Tiene las manos nudosas empapadas de sangre. Este es el reino de lo primario y, aunque sabría qué decirle a una reina sentada en su trono, no tengo ni la más maldita idea de qué decirle a una madre que está sentada con el cadáver de su hijo en el regazo y que me mira como si fuera una especie de gusano que acaba de salir arrastrándose de la taiga. Parece que no le importa mucho que yo me haya quedado sin lengua, la de ella ya es lo bastante afilada.
—En nuestras tierras hay una gran herejía contra los dorados que gobiernan las mil estrellas del abismo.
Su voz retumba como la de un cocodrilo viejo. Pero no es su idioma, es el nuestro. Alta jerga dorada. Una lengua sagrada que pocos conocen en estos territorios, generalmente los chamanes que conversan con los dioses. Los espías, dicho de otro modo. La fluidez de Alia sorprende a Mustang. Pero a mí no. Yo sé cómo ascienden los humildes bajo el poder de los grandes, y esto no hace más que confirmar lo que sospecho desde hace tiempo. Los puñeteros gamma no son los únicos esclavos privilegiados de los mundos.
—Una herejía difundida por profetas malvados con fines malvados. Ha culebreado entre nosotros durante todo un verano y un invierno. Envenenando a mi pueblo, y a las gentes del Confín, de la Torre del Dragón, de las Tiendas Ensangrentadas y de las Cuevas Tintineantes. Envenenándolos con mentiras que faltan al respeto de nuestro pueblo. —Se echa hacia delante desde su trono; los puntos negros de su nariz son enormes y las arrugas trazan barrancos en torno a sus ojos de brea—. Mentiras que dicen que un hijo Sucio regresará y traerá con él a una mujer que nos sacará de esta tierra. Una estrella de la mañana en la oscuridad. He buscado a esos herejes para enterarme de sus murmuraciones, para ver si los dioses hablaban por medio de ellos. No era así. El mal era lo que hablaba por medio de ellos. Así que he dado caza a esos herejes. Les he roto los huesos con mis propias manos. Les he arrancado la carne y los he dejado sobre las rocas de las Torres para que las aves del hielo los devoren como si fueran carroña.
Los siete cuerpos que colgaban de las cadenas en el exterior. Los amigos de Ragnar.
—Esto lo hago por mi pueblo. Porque amo a mi pueblo. Porque los hijos de mis entrañas son pocos, y los de mi corazón muchos. Porque sabía que la herejía era mentira. Ragnar, sangre de mi sangre, jamás regresaría. Volver significaría romper los juramentos que nos hizo a mí, a su pueblo, a los dioses que nos vigilan desde las alturas de Asgard. —Baja la mirada hacia su hijo muerto—. Y entonces me desperté en esta pesadilla. —Cierra los ojos, respira hondo y vuelve a abrirlos—. ¿Quiénes sois vosotras para traer los restos del mejor nacido a mi torre?
—Me llamo Lexa de Lico —contesto—. Estas son Clarke au Augusto y Holiday ti Nakamura. —Alia ignora a Holiday y se vuelve rápidamente hacia Mustang. A pesar de sus casi dos metros, parece una cría en esta habitación tan grande—. Acompañamos a Ragnar en misión diplomática en nombre del Amanecer.
—El Amanecer. —No le gusta el sabor de la palabra extranjera—. ¿Y quién eres tú para mi hijo? —Mira mi pelo con más desdén del que un mortal debería sentir por un dios. Aquí hay algo más profundo en juego—. ¿Eres la ama de Ragnar?
—Soy su hermana —la corrijo.
—¿Su hermana? —repite burlándose de la idea.
—Su hijo juró servirme cuando se lo arrebaté a un dorado. Él me ofreció sus manchas y yo le ofrecí la libertad. Desde entonces, ha sido mi hermano.
—¿Ha…? —Le falla la voz—. ¿Ha muerto libre?
Su forma de decirlo corea esa comprensión más profunda. Y Mustang se da cuenta.
—En efecto. Sus hombres, los que tienes colgados de las paredes exteriores, te habrían dicho que yo encabezo una rebelión contra los dorados que os dominan, que te arrebataron a Ragnar, igual que hicieron con tus otros hijos. Y también os habrían dicho, a ti y al resto de tu pueblo, que Ragnar era el mejor de mis generales. Era un buen hombre. Era…
—Conozco a mi hijo —me interrumpe—. Nadaba con él entre los témpanos de hielo cuando era un niño. Yo le enseñé los nombres de la nieve y de las tormentas, y lo monté sobre mi grifo para enseñarle el espinazo del mundo. Se aferró a mi pelo con las manos y cantó de alegría mientras atravesamos las nubes del cielo. Mi hijo no tenía miedo. —Recuerda ese día de un modo muy distinto al de Ragnar—. Conozco a mi hijo. Y no necesito que una extraña me hable de su espíritu.
—Entonces deberías preguntarte, Reina, qué lo haría regresar aquí —interviene Mustang—. Qué lo haría enviar aquí a sus hombres, si volvería en persona si supiera que eso significara romper el juramento que os hizo a ti y a su pueblo.
Alia no abre la boca mientras examina a Mustang con su mirada de ojos hambrientos.
—Hermano. —Vuelve a mofarse de la palabra mirándome a mí de nuevo—. Me pregunto si utilizarías a tus hermanos de la manera en que lo has hecho con mi hijo. Trayéndolo aquí. Como si él fuera la llave que libera a los gigantes del hielo. —Echa un vistazo alrededor de la sala para que yo me fije en las hazañas grabadas en la piedra que se alza hasta una altura de quince hombres por encima de nuestras cabezas. Nunca he conocido a un artista obsidiano. Tan solo nos envían a sus guerreros—. Como si pudieras utilizar el amor de una madre contra ella misma. Así son los hombres. Huelo tu ambición. Tus planes. Yo no conozco el abismo, oh, caudillo de mundo, pero conozco el hielo. Conozco las serpientes que culebrean en los corazones de los hombres.
»Yo misma interrogué a los herejes. Sé lo que eres. Sé que desciendes de una criatura inferior a nosotros. De un rojo. He visto rojos. Son como niños. Pequeños elfos que viven en los huesos del mundo. Pero robaste el cuerpo de un aesir, de un nacido del Sol. Te consideras una destructora de cadenas, pero en realidad las creas. Quieres atarnos a ti. Utilizar nuestra fuerza para engrandecerte. Como todos los hombres.
Se inclina sobre mi amigo muerto para fulminarme con la mirada, y entonces veo lo que esta mujer respeta, por qué Ragnar pensaba que tendría que matarla y hacerse con su trono, y por qué Mustang quería escapar. La fuerza. Y se pregunta dónde estará la mía.
—Sabes muchas cosas de él —admite Mustang—. Sin embargo, no sabes nada de mí y aun así me insultas.
Alia frunce el entrecejo. Está claro que no tiene ni idea de quién es Clarke y ninguna gana de hacer enfadar a un dorado de verdad, si es que Mustang lo es. Su seguridad en sí misma flaquea solo un instante.
—No he elevado ninguna queja contra ti, nacida del Sol.
—Claro que sí. Al sugerir que ella alberga malos deseos para tu pueblo, también insinúas que yo estoy confabulada con ella. Que yo, su acompañante, estoy aquí con las mismas intenciones malignas.
—Entonces ¿cuáles son tus intenciones? ¿Por qué acompañas a esta criatura?
—Para ver si merecía que la siguiera —contesta Mustang.
—¿Y lo merece?
—Todavía no lo sé. Lo que sí sé es que millones de personas la seguirán. ¿Conoces ese número? ¿Puedes siquiera alcanzar a comprenderlo, Alia?
—Conozco el número.
—Me has preguntado por mis intenciones —prosigue Mustang—. Te lo diré sin rodeos. Yo también soy caudilla y reina, como tú. Mis dominios son más extensos de lo que puedes llegar a entender. Tengo barcos de metal en el abismo que transportan a más hombres de los que has visto en tu vida. Que pueden partir en dos la montaña más alta. Y estoy aquí para decirte que no soy una diosa. Que esos hombres y mujeres de Asgard no son dioses. Son de carne y hueso. Como tú. Como yo.
Alia se pone en pie despacio, levantando a su enorme hijo en los brazos con facilidad. Lo acerca a un altar de piedra y lo deposita sobre él. Vierte aceite de una pequeña jarra sobre un paño y luego lo envuelve sobre el rostro de Ragnar. Luego besa el paño. Con la mirada clavada en él.
Mustang la presiona.
—Esta tierra no puede dar fruto. Está gobernada por el viento, el hielo y la piedra yerma. Pero sobrevivís. Los caníbales merodean por las montañas. Los clanes enemigos ansían vuestro territorio. Pero sobrevivís. Vendéis a vuestros hijos e hijas a vuestros «dioses», pero sobrevivís. Dime, Alia. ¿Por qué? ¿Para qué vivir cuando solo lo hacéis para servir, para ver cómo se marchitan vuestras familias? Yo he visto desaparecer a la mía. Me los han ido robando uno por uno. Mi mundo está destrozado. Igual que el vuestro. Pero si sumáis vuestras fuerzas a las mías, a las de Lexa, tal como deseaba Ragnar…, podemos crear un mundo nuevo.
Alia se vuelve hacia nosotros, atormentada. Se planta ante nosotros con pasos lentos, mensurados.
—¿Qué te daría más miedo, Clarke au Augusto, un dios o un mortal con el poder de un dios? —La pregunta queda suspendida entre ambas mujeres, creando una distancia que las palabras no pueden salvar—. Un dios no puede morir. Así que no tiene miedo. Pero los hombres mortales… —Chasquea la lengua detrás de sus dientes manchados—. Cuánto miedo les da que llegue la oscuridad. Cuán horriblemente lucharán para permanecer en la luz.
Su voz corrompida me hiela la sangre.
Lo sabe.
Mustang y yo nos damos cuenta en el mismo terrible momento. Alia sabe que sus dioses son mortales. Un nuevo miedo bulle desde lo más profundo de mi ser. Soy una estúpida. Hemos recorrido toda esta distancia para quitarle la venda de los ojos, pero ella ya ha visto la verdad. Por alguna razón. De alguna manera. ¿Se lo revelaron los dorados porque es reina? ¿Lo descubrió por sí misma? ¿Antes de vender a Ragnar? ¿Después? No tiene importancia. Ya se ha resignado a este mundo.
A la mentira.
—Hay otro camino —digo con desesperación, consciente de que Alia ya había realizado su juicio contra nosotras antes de que entráramos siquiera en esta sala—. Ragnar lo vio. Vio un mundo en el que vuestro pueblo podía abandonar el hielo. En el que podía forjarse su propio destino. Uníos a mí y ese mundo será posible. Os proporcionaré los medios para tomar el poder que os permitirá cruzar las estrellas como vuestros ancestros, caminar sin ser vistos, volar entre las nubes con unas botas. Podréis vivir en la tierra que elijáis. Donde el viento sea cálido como la carne y la tierra sea verde en lugar de blanca. Lo único que tenéis que hacer es luchar conmigo como lo hizo tu hijo.
—No, mujercita. No se puede luchar contra el cielo. No se puede luchar contra el río, el mar o las montañas. Y no se puede luchar contra los dioses —replica Alia—. Así que cumpliré con mi deber. Protegeré a mi pueblo. Os enviaré a Asgard encadenados. Dejaré que los dioses de las alturas decidan vuestro destino. Mi pueblo seguirá viviendo. Sefi heredará mi trono. Y yo enterraré a mi hijo en el hielo del que nació.
