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EN TIERRA DE NADIE
El cielo es del color de la sangre bajo una uña muerta cuando nos alejamos volando de las Torres. Esta vez somos prisioneras, encadenadas boca abajo a fétidas sillas de montar de piel, como si fuéramos maletas. Se me humedecen los ojos cuando el viento de la baja troposfera los acuchilla. El grifo bate las alas, su musculosa espalda se ondula al sacudir el aire. Volamos de costado y veo que las amazonas alzan los rostros enmascarados hacia el cielo para ver la borrosa luz que es Fobos. Pequeños destellos de blanco y amarillo enturbian el cielo en penumbra mientras los barcos batallan por encima de nuestras cabezas. Rezo en silencio por la seguridad de Raven, la de Octavia y la de los Aulladores. Las palabras no han funcionado con la madre de Ragnar, tal como Mustang dijo que sucedería. Y ahora vamos de camino a Asgard, un regalo para los dioses para asegurar el futuro del pueblo de Alia. Eso es lo que ella misma le dijo a Sefi. Y su silenciosa hija agarró mis cadenas y, con la ayuda de la guardia personal de la reina, nos arrastró a mí, a Mustang y a Holiday hasta el hangar donde esperaban sus valquirias. Ahora, horas después, sobrevolamos una tierra creada por dioses airados en su juventud. Dramática y brutal, la Región antártica fue diseñada como castigo y prueba para los ancestros de los obsidianos que osaron alzarse contra los dorados en el segundo centenario de su reino. Un lugar tan salvaje que menos del sesenta por ciento de los obsidianos alcanzan la edad adulta, según las cuotas del Consejo de Control de Calidad. Esa desesperada lucha por la vida les priva de la oportunidad de la cultura y el progreso social, igual que a las tribus nómadas de la primera Edad Media. Los granjeros se cultivan.
Los nómadas hacen la guerra.
Sutiles signos de vida salpican la inmensidad baldía. Manadas itinerantes de uros. Fuegos en las cordilleras montañosas, que destellan tras las grietas de las enormes puertas de las ciudades obsidianas, excavadas en la roca, mientras sus habitantes reúnen suministros y se apiñan tras sus murallas en vísperas de la larga oscuridad del invierno. Volamos durante horas. Me sumo en un duermevela, con el cuerpo exangüe. No había cerrado los ojos desde que compartimos un plato de pasta con Ragnar en nuestro acogedor agujero en el vientre de aquella nave sin vida. ¿Cómo pueden haber cambiado tantas cosas tan rápido?
Me despierto con el bramido de un cuerno.
«Ragnar está muerto». Es el primer pensamiento que ocupa mi mente.
No es la primera vez que la pena me despierta.
Otro cuerno resuena mientras las amazonas de Sefi se acercan unas a otras para adoptar una formación conjunta. Ascendemos entre un mar de nubes de color gris ceniza. Sefi arqueada sobre las riendas delante de mí. Espoleando a su grifo hacia una oscuridad descomunal. Nos liberamos de las nubes para avistar Asgard suspendida en el crepúsculo. Es una montaña que los dioses arrancaron del suelo y colocaron a medio camino entre el abismo y el mundo de hielo que se extiende a sus pies. Sede de los aesir. Donde el Olimpo era una brillante celebración de los sentidos, esto es una siniestra amenaza contra una raza conquistada. Una serie de escalones de piedra, precarios y aparentemente sin apoyo, se alzan desde las montañas que hay más abajo. La Vía de las Manchas. El camino que todo joven obsidiano debe tomar si desea ganarse el favor de los dioses, obtener honra y abundancia para su tribu convirtiéndose en sirviente de la Gran Madre Muerte. Más abajo, el Valle de los Muertos está atestado de cadáveres. Montículos congelados de hombres y mujeres en una tierra donde la carroña nunca se pudre y solo la laboriosidad de los cuervos consigue crear verdaderos esqueletos. Es un trayecto solitario, y debemos seguirlo si los obsidianos pretenden acercarse a la montaña. Esto es lo que hace falta para asustar a un obsidiano. Ahora siento ese miedo en Sefi. Ella nunca ha recorrido este camino. Ningún Sucio puede permanecer entre las gentes de las Torres o de las otras tribus. Todos son seleccionados por los dorados para el servicio. Su madre jamás le habría permitido someterse a las pruebas.
Necesitaba que una hija se quedara para ser su heredera.
Al contrario que el Olimpo, Asgard está rodeada de medidas de seguridad. Emisores electrónicos de frecuencias agudas que harían que los tímpanos de un grifo se pusieran a sangrar a dos kilómetros de distancia. Más cerca, un escudo de pulsos de carga alta que haría hiperoscilar la estructura molecular de cualquier hombre o criatura llevando a ebullición el agua de nuestra piel y nuestros órganos. Magia negra para los obsidianos. Pero hoy los sensores están apagados por cortesía de Quicksilver y sus piratas informáticos, y las cámaras y los drones que monitorizan nuestra aproximación no nos ven, sino que muestran imágenes grabadas hace tres años, exactamente igual que los satélites. Solo hay una forma de solicitar audiencia con los dioses, y es siguiendo la Vía de las Manchas a través del Templo de Bocasombría. Aterrizamos en la cima del imponente pico montañoso que hay debajo de Asgard, donde la Vía de las Manchas está amarrada a la tierra. Un templo negro se corva sobre la escalera como una vieja arpía posesiva. El tiempo ha causado estragos en él. Su fachada se despedaza contra el viento. Me bajan de la silla y me desplomo sobre el hielo. Tengo las piernas dormidas después del largo viaje. Las valquirias esperan a que me levante con ayuda de Mustang.
—Creo que ha llegado la hora —dice.
Asiento y dejo que las valquirias nos empujen en pos de Sefi hacia el templo negro. El viento entra a raudales por las bocas de las trescientas treinta y tres caras de roca que gritan desde la fachada principal del templo, apresadas bajo la roca negra, con una mirada salvaje en unos ojos desesperados por ser rescatados. Entramos por debajo del arco negro.
La nieve se acumula sobre el suelo.
—Sefi —digo.
La mujer se vuelve despacio para mirarme.
No se ha limpiado la sangre de su hermano del pelo.
—¿Podría hablar contigo? ¿A solas?
Las valquirias aguardan a que su silenciosa líder asienta antes de hacer retroceder a Mustang y a Holiday. Sefi se adentra en el templo. Yo la sigo tan rápido como me permiten las cadenas hasta un pequeño patio abierto al cielo. Me estremezco a causa del frío. Sefi me mira bajo la extraña luz violácea, esperando pacientemente a que comience a hablar. Es la primera vez que se me ocurre pensar que ella siente tanta curiosidad por mí como yo por ella. Y eso también me llena de confianza. Esos pequeños ojos oscuros son inquisitivos. Ven los resquicios de las cosas. De los hombres, de las armaduras, de las mentiras. Mustang tenía razón respecto a Alia. Ella jamás nos escucharía. Yo lo sospechaba antes de que entráramos en su sala del trono, pero tenía que intentarlo. De todas maneras, aunque nos hubiera escuchado, Mustang nunca habría confiado en que Alia Gorrión de Nieve liderara a los obsidianos en nuestra guerra. Habría ganado una aliada y perdido otra. Pero Sefi… Sefi es la última esperanza que me queda.
—¿Adónde van? —comienzo—. ¿Te lo has preguntado alguna vez? Me refiero a los hombres y mujeres que tu clan les entrega a los dioses. Me parece que no te crees lo que te dicen. Que los ensalzan como guerreros. Que les conceden innumerables riquezas al servicio de los inmortales.
Espero a que me conteste. Por supuesto, no lo hace. Si no consigo persuadirla aquí, podemos darnos por muertos. Pero Mustang cree, al igual que yo, que tenemos una oportunidad con ella. Al menos una oportunidad mayor de la que nunca tuvimos con Alia.
—Si creyeras en los dioses, no habrías hecho voto de silencio cuando Ragnar ascendió. Otros lo vitorearon, pero tú lloraste. Porque tú lo sabes…, ¿no es así? —Doy un paso hacia la mujer. Mide poco más que yo. Es más musculosa que Octavia. Su rostro pálido es casi del mismo tono que su pelo—. Sientes la oscura verdad en tu corazón. Todos los que abandonan el hielo se convierten en esclavos.
Frunce el entrecejo. Intento no perder mi ímpetu.
—Tu hermano era un Sucio, un Hijo de las Torres. Era un titán. Y él ascendió para servir a los dioses, pero no lo trataron mejor que a un perro. Lo obligaron a luchar en fosos, Sefi. Apostaban contra su vida. Tu hermano, el que te enseñó los nombres del hielo y el viento, que fue el mejor Hijo de las Torres de su generación, era propiedad de otro hombre.
Levanta la vista hacia el cielo, donde las estrellas parpadean a través del crepúsculo amoratado. ¿Cuántas noches habrá mirado hacia arriba preguntándose qué habría sido de su hermano mayor? ¿Cuántas mentiras se habrá dicho a sí misma para ser capaz de dormir por la noche? Ahora, conocer los horrores que Ragnar sufrió hace mucho peores todas esas veces que alzó la mirada hacia las estrellas.
—Fue tu madre quien lo vendió —prosigo aprovechando la oportunidad—. Vendió a tus hermanas, a tus hermanos, a tu padre. Todos aquellos que se han marchado en un momento u otro han viajado hacia la esclavitud. Como mi pueblo. Sabes lo que decían los profetas que envió tu hermano. Yo era una esclava, pero me he levantado contra mis señores. Tu hermano se levantó conmigo. Ragnar volvió aquí para que vinieras con nosotros. Para sacar a tu pueblo de la servidumbre. Y murió por ello. Por ti. ¿Confías lo bastante en él para creerte sus últimas palabras? ¿Lo quieres lo suficiente?
Vuelve a mirarme con el blanco de los ojos enrojecido por una ira que parece haber estado latente durante mucho tiempo. Como si hiciera años que conoce la duplicidad de su madre. Me pregunto qué habrá oído, escuchando durante dos décadas y media. Me pregunto incluso si su madre le habrá contado la verdad. Sefi va a ser reina. Tal vez ese sea el rito de paso. Transmitir el conocimiento de su verdadera condición. Hasta es posible que Sefi escuchara nuestra audiencia con Alia. Hay algo en la manera en que me mira que me hace pensar eso.
—Sefi, si me entregas a los dorados, su reino continúa y tu hermano se habrá sacrificado para nada. Si el mundo es de tu agrado, entonces no hagas nada. Pero si crees que está destrozado, que es injusto, arriésgate. Deja que te muestre los secretos que tu madre te ha ocultado. Permite que te muestre cómo son tus dioses mortales. Deja que te ayude a honrar a tu hermano.
Se queda mirando la nieve que revolotea sobre el suelo, perdida en sus pensamientos.
Entonces, con un comedido gesto de asentimiento, saca una llave de hierro de su capa de montar y se acerca a mí.
La escalera de la Vía de las Manchas está helada y sufre el azote de las ráfagas de viento.
Se revuelve endemoniadamente hacia el cielo a través de las nubes. Pero no es más que una escalera. Subimos los peldaños sin cadenas, disfrazados de valquirias: máscaras de montar hechas de hueso y pintadas de azul, capas de montar y unas botas demasiado grandes para mis pies. Tres mujeres que se han quedado atrás para vigilar al grifo a la entrada del templo nos lo han prestado todo. Sefi encabeza la comitiva, y otras ocho valquirias van por detrás. Para cuando llegamos al final de los peldaños y vemos el complejo de cristal negro de los dorados que corona la montaña flotante, me tiemblan las piernas. Hay un total de ocho torres, cada una de ellas propiedad de uno de los dioses. Rodean un edificio central, una pirámide de cristal oscuro, como si fueran los radios de una rueda, conectados por puentes estrechos unos veinte metros por encima del suelo nevado e irregular. Entre nosotros y el complejo de los dioses hay un segundo templo con la forma de un gigantesco rostro que grita; este es tan grande como el castillo de Marte. Delante del templo hay un pequeño parque cuadrado en cuyo centro se eleva un árbol negro y nudoso. Sus ramas arden. Unas flores blancas descansan entre las llamas, indiferentes al fuego. Las valquirias intercambian susurros, temerosas de la magia que lo hace posible. Con cuidado, Sefi arranca una de las flores del árbol. Las llamas le chamuscan los bordes de los guantes de piel, pero consigue hacerse con el pequeño capullo blanco con forma de lágrima. Cuando lo toca, se expande y se torna del color de la sangre antes de marchitarse y convertirse en cenizas. Nunca he visto nada igual. Tampoco es que me importe un bledo la teatralidad de todo esto. Hace demasiado frío para eso. Una huella roja ensangrentada florece en la nieve ante nosotros. Sefi y sus valquirias se quedan totalmente inmóviles, con los brazos estirados y los dedos crispados en un gesto de defensa contra los espíritus malignos.
—Solo es sangre escondida en la roca —dice Mustang—. No es de verdad.
Aun así, las valquirias se sienten sobrecogidas cuando en el suelo comienzan a aparecer más huellas que nos guían hacia la boca del dios. Se miran unas a otras, aterrorizadas. Incluso Sefi se arrodilla cuando llegamos a la escalera que se inicia en la base de la boca del templo. La imitamos y apretamos
la nariz contra la piedra cuando la garganta se abre y de ella brota un anciano marchito. Tiene la barba blanca y los ojos violetas y lechosos por la edad.
—¡Estáis locos! —aúlla—. Completamente locos por haber subido la escalera en vísperas del invierno. —Golpea todos y cada uno de los escalones con su báculo mientras baja. Su voz saca todo el jugo posible a sus palabras—. Huesos y sangre helada es lo único que debería quedar. ¿Habéis venido a solicitar una prueba de las manchas?
—No —bramo en mi mejor nagal.
Someternos ahora a la prueba de las manchas no nos valdría de nada. Solo veríamos a los dioses cuando nos realizaran los tatuajes faciales. E incluso Ragnar pensaba que sobrevivir a la prueba de los Sucios era algo para lo que yo no estaba preparada. Solo existe otra forma de atraer a los dioses hacia mí. Un cebo.
—¿No? —repite el violeta confuso.
—Venimos a solicitar una audiencia con los dioses.
En cualquier momento, una de las valquirias podría delatarnos. Le bastaría con una palabra. La tensión se me acumula en los hombros. Lo único que hace que mantenga la cordura es que sé que Mustang está lo bastante comprometida con el plan para estar arrodillada a mi lado en lo alto de esta maldita montaña. Eso tiene que significar que no estoy loco del todo. O al menos eso espero.
—¡O sea que, en efecto, estáis locos! —exclama el violeta, que comienza a estar aburrido de nosotros—. Los dioses vienen y van. Visitan el abismo, el mar al pie de las montañas. Pero no conceden audiencias a los hombres mortales. Solo los Sucios son merecedores de su amor. Pues ¿qué es el tiempo para esas criaturas? Solo los Sucios pueden soportar el frenesí de su presencia. Solo los hijos del hielo y la noche más oscura.
Bueno, esto empieza a ser un maldito fastidio.
—Un barco de hierro y estrella ha caído del abismo —digo—. Llegó con una cola de fuego. Y se precipitó contra los picos cercanos a las Torres Valquirias. Ardiendo por el cielo como la sangre.
—¿Un barco? —pregunta el violeta, que ahora, tal como suponíamos, está muy interesado.
—Sí, de hierro y estrella.
—¿Cómo sabéis que no fue una visión? —pregunta el violeta con astucia.
—Tocamos el hierro con nuestras propias manos —contesto.
El violeta guarda silencio, dándole vueltas a la cabeza frenéticamente detrás de esos ojos maníacos. Apostaría algo a que sabe que sus sistemas de comunicación no funcionan. Que sus señores estarán ansiosos por saber lo de la nave derribada. Es posible que las últimas imágenes que haya visto sean las de mi discurso antes de que Quicksilver lo desconectara todo. Ahora este violeta servil, este actor ambicioso desterrado a los páramos para interpretar una pantomima ante unos bárbaros ilusos, posee información que sus señores no conocen. Tiene algo de valor y, cuando se da cuenta de ello, entorna los ojos con avaricia. Ahora ha llegado su momento de tomar la iniciativa y ganarse el favor de sus señores.
Qué triste es la fiabilidad de la codicia para convertir a los hombres en tontos.
—¿Tenéis pruebas? —pregunta con avidez—. Cualquiera podría decir que ha visto caer un barco de los dioses.
Dubitativa, temerosa del engaño que tramo, pero sintiendo desprecio por el sacerdote, Sefi saca mi filo de su bolsa. Está envuelto en piel de foca. Lo deposita en el suelo con forma de látigo. El violeta sonríe, tremendamente satisfecho. Intenta alzarlo con un trapo sacado de su bolsillo, pero Sefi lo recupera tirando de la piel de foca.
—Esto es para los dioses —gruño—. No para sus cachorros.
