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DIOSES Y HOMBRES

El sacerdote nos escolta a través de la boca del templo, donde esperamos arrodillados en una antecámara de roca negra situada en el interior de la montaña. La boca de piedra se cierra con estruendo detrás de nosotros. Las llamas bailan en el centro de la sala, lamiendo el techo de ónice en una columna de fuego. Los acólitos deambulan por el templo cavernoso salmodiando en voz baja, cubiertos con capuchas de arpillera negra.

—Hijos del Hielo —susurra finalmente una voz divina desde la oscuridad.

Es un sintetizador, como los de nuestros demoniyelmos, que separa la voz por estratos de manera que parecen una docena unidas. La invisible mujer dorada ni siquiera se molesta en poner acento. Habla su idioma con la misma fluidez que yo, pero siente desprecio por las personas a las que se dirige.

—Traéis noticias.

—Así es, nacida del Sol.

—Habladnos del barco que habéis visto —dice otra voz, esta vez masculina. Menos arrogante y más juguetona—. Puedes mirarme a la cara, hijito.

Aún de rodillas, levantamos furtivamente la mirada del suelo para ver a dos dorados que desactivan sus espectrocapas. Están de pie, muy cerca de nosotros, en la sala oscura. Las llamas del templo danzan sobre sus metálicas caras de dioses. El hombre lleva una capa. La mujer, presumiblemente, no ha tenido tiempo de ponerse la suya, tan impacientes como estaban por atendernos. Ella interpreta el papel de Freya y él va vestido de Loki. El semblante metálico de este último representa a un lobo. Los animales huelen el miedo. Los hombres no. Pero los que matan lo suficiente son capaces de sentir las vibraciones de ese silencio en concreto. En estos momentos percibo las de Sefi. Los dioses son de verdad, piensa. Ragnar se equivocaba. Nosotros nos equivocábamos. Pero no dice nada.

—Dejó un rastro de sangre en el cielo —murmuro con la cabeza baja—. Emitió grandes rugidos y se estrelló contra la ladera de la montaña.

—No me digas —murmura Loki—. ¿Y está de una pieza o hay muchos trocitos pequeñitos, hijo?

Es arriesgado decir que hemos visto caer una nave, pero no se me ocurría ningún otro truco que apartara a los dorados de sus holopantallas en mitad de una rebelión, más allá de sus sistemas de seguridad y su guarnición de grises, para reunirse aquí conmigo. Son Marcados como Únicos, atrapados aquí, en la frontera, mientras su mundo cambia más allá de estos muros. Antiguamente, este puesto se habría considerado glamuroso, pero ahora es una especie de destierro. Me pregunto qué crímenes o fracasos traerían a estos Marcados como Únicos aquí, a hacer de niñeras de los páramos.

—Los huesos de la nave ensucian la montaña, nacido del Sol —explico bajando de nuevo la mirada hacia el suelo para que no insistan en que me quite la máscara que oculta mi rostro. Cuanto más me humille, menos curiosidad despertaré—. Tan destrozado como un barco de pesca al que un destructor hubiera atacado por la popa. Astillas de hierro, astillas de hombres sobre la nieve.

—¿Astillas de hombres? —pregunta Loki.

—Sí. De hombres. Pero con caras blandas. Como de piel de foca a la luz de la lumbre. —Demasiadas metáforas—. Pero con los ojos como ascuas. —No puedo parar. ¿De qué otra manera hablaba Ragnar?—. Con el pelo como el dorado de vuestro rostro.

Las máscaras de metal de los dorados permanecen impasibles, pues se comunican entre ellos a través de los intercomunicadores que llevan en los cascos.

—Nuestro sacerdote asegura que tenéis un arma de los dioses —dice Freya con un tono de voz autoritario.

Sefi saca la piel de foca una vez más, con el cuerpo tenso, preguntándose cuándo disiparé la magia de los dioses, tal como le prometí. Le tiemblan las manos. Los dos dorados se acercan más y la ligera vibración de los escudos de pulsos se hace evidente. Si lo toco, me fríen. No tienen ningún miedo. No aquí, en su montaña.

Acercaos más. Acercaos, estúpidos cabrones.

—¿Por qué no se la habéis llevado al líder de vuestra tribu? —pregunta Loki.

—¿O a vuestro chamán? —añade Freya con suspicacia—. La Vía de las Manchas es larga y difícil. Subirla entera para traernos esto…

—Somos nómadas —responde Mustang cuando Freya se agacha para examinar la hoja—. No tenemos líder. Ni chamán.

—¿Ah, sí, pequeña? —pregunta Loki por encima de la cabeza de Sefi. Se le ha endurecido la voz—. ¿Y entonces por qué veo los tatuajes azules de las valquirias en los tobillos de esa?

Se lleva la mano al filo que tiene en la cadera.

—La expulsaron de su tribu —digo—. Por romper un juramento.

—¿Está marcada con el emblema de alguna casa? —le pregunta Loki a Freya.

La mujer estira la mano hacia la empuñadura del arma que reposa delante de mí cuando Mustang se echa a reír amargamente captando su atención.

—En el mango, buena mujer —le dice en jerga áurea mientras se quita la máscara que le cubre el rostro y la lanza al suelo sin despegar las rodillas de él—. Encontrará un pegaso en pleno vuelo. Emblema de la casa de Andrómeda.

—¿Augusto? —balbucea Loki al reconocer la cara de Mustang.

Aprovecho su sorpresa y me deslizo hacia delante. Para cuando se vuelven hacia mí, ya le he arrebatado el filo a Freya de debajo de la mano y activado el conmutador, de manera que se ha convertido en el curvado signo de interrogación que ha ardido en las laderas de las colinas, se ha rebanado en las frentes y ha matado a tantos miembros de su raza. El mismo que habrán visto en sus holopantallas mientras yo soltaba mi discurso.

—Segadora… —consigue articular Freya al tiempo que levanta su puño de pulsos.

Le hago un tajo en el hombro, luego en la cabeza a la altura de la mandíbula y finalmente lanzo el filo contra el centro del pecho de Loki. La hoja se frena cuando impacta contra el escudo de pulsos, paralizada en el aire durante medio segundo hasta vencer su resistencia. Finalmente, lo atraviesa. Pero ha perdido fuerza y la armadura que hay debajo aguanta. Se incrusta en el peto de la armadura de pulsos. Inofensiva. Hasta que Mustang da un paso al frente y le asesta una patada lateral a la empuñadura del filo. La hoja perfora la armadura y ensarta a Loki. Ambos dioses caen. Freya de espaldas, Loki de rodillas.

—Máscaras fuera —ladra Mustang cuando Loki rodea con las manos el filo que le sobresale del pecho. Le da un manotazo para que no pueda alcanzar su terminal de datos—. Nada de intercomunicadores.

Holiday le quita el filo que lleva en la cadera cuando su escudo de pulsos se cortocircuita. Yo me hago con la hoja del cadáver de Freya.

—Ahora.

Sefi y sus valquirias, aún arrodilladas, se quedan mirando con los ojos como platos el charco de sangre que va acumulándose bajo el cuerpo de Freya. Le quito el casco de la cabeza a la mujer para dejar al descubierto la cara machacada de una joven Marcada como Única con la piel oscura y los ojos almendrados.

—¿Se te parece esto a una diosa, Sefi? —pregunto.

Mustang deja escapar una breve carcajada oscura cuando Loki se quita la máscara.

—Lexa. Mira quién es. ¡El próctor Mercurio!

El Marcado como Único de rostro regordete como el de un querubín que trató de reclutarme para su casa en el Instituto antes de que lo hiciera Titus. La última vez que nos vimos hace cinco años, quiso batirse en duelo conmigo en el pasillo mientras mis Aulladores arrasaban el Olimpo. Le disparé en el pecho con un puño de pulsos. No dejó de sonreír en todo el rato. Ahora que el metal le atraviesa el pecho, no sonríe.

—Próctor Mercurio —digo—. Tienes que ser el dorado con peor suerte que haya conocido en mi vida. Dos montañas perdidas ante un rojo.

—Segadora. Tienes que estar de coña. —Se estremece de dolor y se ríe de su propia sorpresa—. Pero si estás en Fobos.

—Negativo, buen hombre. Esa es mi diminuta cómplice psicótica.

—Demonios. Demonios. —Mira la hoja que tiene en el pecho y gruñe al sentarse de culo, resollando—. ¿Cómo… es posible… que no te hayamos visto?

—Quicksilver ha pirateado vuestros sistemas —respondo.

—Estás aquí… por…

Le falla la voz cuando ve que las valquirias se levantan para arremolinarse en torno a la diosa muerta. Sefi se inclina sobre Freya. La pálida guerrera le acaricia el rostro con los dedos a la mujer mientras Holiday le quita la armadura.

—Por ellos —digo—. Claro que estoy aquí por ellos, maldita sea.

—Oh, demonios. Augusto —dice nuestro viejo próctor volviéndose hacia Mustang con una risa sardónica—. No puedes hacer esto…, es una locura. ¡Son monstruos! ¡No puedes dejarlos salir de aquí! ¿Sabes lo que ocurrirá? ¡No abras la caja de Pandora!

—Si son monstruos, deberíamos preguntarnos quién los hizo así —replica Mustang en la lengua de los obsidianos para que Sefi pueda entenderla—. Y ahora, ¿cuáles son los códigos de acceso a la armería de Asgard?

El hombre escupe.

—Tendrás que pedírmelos con mejores modales, traidora.

Mustang contesta con una frialdad mortífera:

—La traición es una cuestión de fechas, próctor. ¿Tengo que preguntártelo de nuevo? ¿O empiezo a recortarte las orejas?

Junto al cuerpo de Freya, Sefi unta un dedo en la sangre y la prueba.

—No es más que sangre —digo acuclillándome a su lado—. No es icor. No es divina. Solo humana.

Le tiendo el filo de Freya para que lo coja. Se estremece al pensarlo, pero se obliga a rodear la empuñadura con los dedos, con las manos temblorosas, esperando que la fulmine un rayo o electrocutarse como les sucede a quienes tocan un escudo de pulsos con las manos desnudas.

—Este botón de aquí retrae el látigo. Este otro controla la forma.

Sostiene el filo contra el pecho reverencialmente y levanta la mirada hacia mí.

Sus ojos furiosos me preguntan qué forma debería darle. Señalo el mío con la cabeza, tratando de estrechar lazos con ella. Y lo consigo. Aunque solo sea de esta forma marcial.

Lentamente, su filo adopta la forma de la falce.

Se me eriza el vello de los brazos cuando las valquirias intercambian risas. Vibrando de entusiasmo, sacan sus hachas y sus largos cuchillos y nos miran a Mustang y a mí.

—Quedan cinco dioses —dice Clarke—. ¿Cómo les gustaría conocerlos, señoritas?