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MATADIOSES

Arrastramos los cuerpos de siete dioses, dos muertos y cinco hechos prisioneros, a nuestras espaldas. Yo llevo puesta la armadura de Odín. Sefi la de Tyr. Mustang la de Freya. Las hemos encontrado al saquear la armería de Asgard. La sangre mancha la piedra del pasillo. Los pies resbalan y tropiezan mientras Sefi tira de uno de los dioses agarrándolo del pelo. Sus valquirias remolcan a los demás. Hemos vuelto a las Torres en una lanzadera robada de Asgard. Habíamos recorrido todo el lugar con sigilo, sirviéndonos de los códigos de Loki para acceder a la armería y enfundarnos en la panoplia de guerra antes de buscar al resto de los dioses. Encontramos a dos de ellos en el servidor de Asgard, comandando a un grupo de verdes que intentaban expulsar a los piratas de Quicksilver de su sistema. Con su nuevo filo, Sefi le cercenó el brazo a uno y dejó al otro inconsciente, aterrorizando a los verdes. Dos de ellos levantaron el puño en mi dirección a modo de silencioso reconocimiento de sus simpatías hacia el Amanecer. Con su ayuda, encerramos al resto en un almacén y luego los dos simpatizantes verdes me pusieron en conexión directa con la sala de operaciones de Quicksilver. No pudimos comunicarnos con el propio Quicksilver, pero Octavia nos transmitió la noticia de que la estratagema de Raven ha funcionado. Algo más de un tercio de la flota de defensa de Marte está bajo el poder de los Hijos de Ares y los azules de Quicksilver. Miles de soldados de las mejores tropas de la Sociedad están atrapados en Fobos, pero el Chacal contraataca con dureza, haciéndose personalmente con el mando de los barcos restantes y recurriendo a las potencias del Cinturón de Kuiper para reforzar su mermada flota. Al resto de los dorados los localizamos en los niveles más bajos gracias al mapa de los sensores biométricos de la estación. Una estaba practicando con el filo en las salas de entrenamiento. En cuanto me vio la cara, dejó caer el arma en señal de rendición. A veces la reputación es algo muy útil. A los dos dorados que quedaban los encontramos en las salas de monitorización, cambiando de una cámara a otra. Acababan de descubrir que las imágenes provenían de un archivo de hace tres años. Ahora, todos nuestros cautivos dorados llevan esposas magnéticas y están atados unos a otros por medio de largos fragmentos de cuerda sacados del grifo de Sefi, amordazados, lanzando miradas hacia las Torres como si los hubiéramos arrastrado hasta la boca del mismísimo infierno. Los obsidianos de las Torres se nos acercan en tropel por los pasillos. Se apresuran desde todos los rincones para presenciar el extraño espectáculo. La mayoría de ellos solo habían visto a sus dioses de lejos, como destellos de oro que relampaguean sobre la nieve de primavera al triple de la velocidad del sonido. Ahora llegamos mezclados con ellos, con nuestros escudos de pulsos distorsionando el aire, y los cañones de pulsos de nuestra lanzadera derriten las enormes puertas de hierro que protegían del frío el hangar de los grifos. Las puertas se funden hacia dentro, tal como sucedió en el Lincoln cuando Ragnar me ofreció sus manchas. No era así como pretendía atraer a los obsidianos hacia mi influencia. Quería utilizar las palabras, actuar con humildad, vestir una piel de foca, no una armadura, y ponerme a su merced para demostrarle a Alia que apreciaba el valor de su pueblo. Que respetaba su opinión y estaba dispuesto a ponerme en peligro por ellos. Quería poner en práctica lo que predicaba. Pero incluso Ragnar sabía que era una empresa descabellada. Y ahora no tengo tiempo para la intransigencia o las supersticiones. Si Alia no quiere seguirme a la guerra, la arrastraré hasta ella, aunque patalee, aunque grite, como hice con Charles antes que con ella. Para que los obsidianos me escuchen, debo hablarles en la única lengua que conocen.

La de la fuerza.

Sefi dispara su puño de pulsos por encima de mi cabeza hacia las puertas que llevan al santuario de su madre. El hierro antiguo se comba. Las bisagras dobladas y retorcidas chirrían. Pasamos ante un ejército de gigantes postrados que atestan ambos lados de los pasillos cavernosos. Tanta fuerza debilitada por la superstición. Una vez, cuando eran más fuertes, intentaron cruzar los mares. Construyeron inmensas knarr para trasladar muchos guerreros. Los monstruos tallados que los dorados habían sembrado en las aguas destrozaron todas y cada una de las embarcaciones, cuando no fueron los propios dorados quienes las hicieron desaparecer del océano. El último barco se hizo a la mar hace más de doscientos años. Nos topamos con Alia mientras celebra un consejo con sus famosos setenta y siete caciques. Se vuelven hacia nosotros, sentados entre enormes braseros humeantes. Son guerreros de gran tamaño, con el pelo blanco hasta la cintura, los brazos desnudos, cadenas de hierro alrededor de las cinturas y enormes hachas a las espaldas. Sus ojos negros y sus anillos tachonados de metales preciosos brillan en la penumbra. Pero ver que unas puertas de hierro de trescientos años de antigüedad se iluminan con un resplandor naranja y se derriten repentinamente los deja demasiado anonadados para siquiera hablar o arrodillarse. Me detengo ante ellos, arrastrando todavía los cadáveres de los dorados detrás de mí. Mustang y Sefi empujan a sus dorados apresados hacia delante haciéndolos tropezar. Se desploman contra el suelo y tratan de ponerse en pie con grandes esfuerzos, empeñándose contra toda razón en mantener alguna dignidad en esta sala ahumada, rodeados de gigantes salvajes.

—¿Acaso son dioses? —rujo desde detrás de mi yelmo.

Nadie contesta. Alia se mueve despacio entre los caciques, que van abriéndole paso.

—¿Acaso soy yo una diosa? —gruño, y esta vez me quito el casco.

Mustang y Sefi hacen lo propio. Alia ve a su hija con la armadura de sus dioses y da un respingo. El miedo susurra entre sus labios. Se para cerca de los cinco dorados atados y amordazados, que al fin han logrado incorporarse. Miden más de dos metros, pero por más encorvada y vieja que esté Alia, sigue sacándonos una cabeza. Clava la mirada en los hombres y mujeres que una vez fueron sus dioses antes de desviarla hacia su última hija.

—Hija mía, ¿qué has hecho?

Sefi no dice nada, pero el filo que lleva en el brazo sisea atrayendo la atención de todos los obsidianos. Una de sus más destacadas figuras lleva el arma de los dioses.

—Reina de los valquirios —le digo como si no nos hubiéramos visto nunca—. Me llamo Lexa de Lico. Hermana de sangre de Ragnar Volarus. Soy la caudillo del Amanecer que se alza contra los falsos dioses dorados. Todos habéis visto los fuegos que se propagan alrededor de la luna. Los ha provocado mi ejército. Más allá de esta tierra, en el abismo, una guerra causa estragos entre esclavos y señores. Vine aquí con el más grandioso de los Hijos de las Torres para traerle la verdad a vuestro pueblo. —Señalo a los dorados, que me miran con el odio de toda una raza—. Ellos lo derribaron antes de que pudiera revelaros que sois esclavos. Lo que decían los profetas que envió era cierto. Vuestros dioses son falsos.

—¡Mentirosa! —exclama alguien.

Es un chamán con las rodillas torcidas y la espalda encorvada. Masculla algo más, pero Sefi lo manda callar.

—¿Mentirosa? —sisea Mustang—. He estado en Asgard. He visto dónde duermen vuestros inmortales. Donde follan, comen y cagan. —Hace girar el puño de pulsos que tiene en la mano—. Esto no es magia. —Activa sus gravibotas y se eleva en el aire. Los obsidianos la miran asombrados—. Esto no es magia, es una herramienta.

Alia ve lo que he hecho. Lo que le he mostrado a su hija y lo que ahora le he traído a su pueblo, lo quiera ella o no. Poseemos el mismo tipo de crueldad. Me dije a mí misma que sería mejor persona. He roto esa promesa. Pero ya brillará la vanidad otro día. Esto es la guerra. Y la victoria es la única nobleza. Creo que eso es lo que Mustang buscaba aquí, con los obsidianos. Tenía miedo de que yo permitiera que mi propio idealismo liberara algo que no pudiera controlar. Pero ahora ve el compromiso que estoy dispuesta a asumir. La fuerza que estoy dispuesta a ejercer. Eso es lo que busca

en una aliada, aparte de que sea capaz de construir. Quiere alguien lo bastante inteligente para adaptarse.

¿Y Alia? Ve cómo me mira su pueblo. Cómo miran mi hoja, todavía manchada por la sangre de los dioses: como si fuera una especie de reliquia sagrada. Y también sabe que podría haberla hecho cómplice del crimen de los dorados. Podría haberla acusado ante su gente. Pero en lugar de eso le ofrezco la oportunidad de fingir que es la primera vez que oye hablar de esto. Lamentablemente, la madre de mi amigo no acepta la oferta. Da un paso hacia Sefi.

—Yo te llevé en mi vientre, te parí, te crie, ¿y esta es mi recompensa? ¿La traición? ¿La blasfemia? Tú no eres una valquiria. —Mira a su pueblo—. Todo esto son mentiras. Liberad a nuestros dioses de los usurpadores. Matad a los blasfemos. ¡Matadlos a todos!

Pero antes de que el primer cacique pueda siquiera desenvainar su hoja, Sefi se acerca a su madre y la decapita con el filo que le he dado. La cabeza cae al suelo, con los ojos todavía abiertos. El enorme cuerpo de la mujer permanece erguido. Poco a poco, se inclina hacia atrás y se desploma con gran estrépito. Su hija se acerca a la reina caída y escupe al cadáver. Se vuelve hacia su gente y habla por primera vez en veinticinco años.

—Ella lo sabía.

Su voz es grave y peligrosa. Apenas un susurro. Aun así, se apodera de la sala con la misma firmeza que si rugiera. Entonces la gran Sefi les da la espalda a los dorados y atraviesa de nuevo la manada de caciques de camino al trono de grifo donde el legendario cofre de guerra de su madre lleva diez años sin abrirse. Una vez allí, se agacha, coge el candado entre las manos y emite un gruñido gutural, similar al de una bestia salvaje, mientras tira del hierro oxidado hasta que le sangran los dedos y la cerradura se hace añicos. La tira al suelo y abre el cofre, del que extrae la vieja piel de escarabajo negra que su madre utilizó para conquistar la Costa Blanca. Saca también la capa de escamas rojas del dragón que su madre mató de joven. Y levanta en alto su inmensa hacha de guerra de dos cabezas, que es negra. El resplandor ondulante del duroacero refleja la luz. Sefi regresa hacia los dorados arrastrando la hoja por el suelo a su espalda.

Le hace un gesto a Mustang, que les quita las mordazas a los falsos dioses.

—¿Eres un dios? —pregunta la obsidiana.

Su tono de voz es muy distinto del de su hermano, es directo y frío como una tormenta de invierno.

—Te abrasarás, mortal —contesta el hombre—. Si no nos liberas, Aesir vendrá desde el cielo y hará que llueva fuego sobre tu tierra. Lo sabes bien. Extinguiremos tu descendencia de los mundos. Derretiremos el hielo. Nosotros somos los poderosos. Somos los Marcados como Únicos. Y este milenio pertenece…

Sefi lo mata con un único y poderoso tajo.

La sangre me salpica la cara. Ni siquiera me inmuto. Sabía lo que ocurriría si los traía aquí.

También sabía que no habría manera de mantenerlos como prisioneros. Los dorados crearon este mito, pero ahora debe morir.

Mustang se acerca un poco más a mí; es su forma de decirme que acepta todo esto. Pero no aparta la mirada de los dorados. Recordará esta matanza durante el resto de sus días. Es su deber y el mío hacer que llegue a significar algo. Parte de mí lamenta la muerte de estos dorados. Incluso al morir hacen que estos otros mortales de mayor tamaño parezcan aún más bajos. Los Únicos permanecen erguidos,

orgullosos. No tiemblan durante sus últimos instantes en esta sala llena de humo, tan lejos de aquellas haciendas en las que de niños montaban a caballo, aprendían la poesía de Keats y las maravillas de Beethoven y Volmer. Una mujer dorada de mediana edad se vuelve para mirar a Mustang.

—¿Vas a permitir que nos hagan esto? Yo luché por tu padre. Te conocí cuando eras una niña. Y caí en su Lluvia.

Me fulmina con la mirada y comienza a recitar en voz alta y clara un poema de Esquilo que los Marcados como Únicos utilizan en algunas ocasiones como grito de guerra:

Nuestro coro anudemos,

pues que está decidido

que vamos a entonar

nuestra musa de horrores

y a proclamar de qué suerte

reparte nuestro conjunto

los destinos de los hombres.

Nos consideramos rectas

justicieras; contra el hombre

que tiene limpias las manos

no se precipita nunca

nuestra cólera.

Uno por uno, caen bajo el hacha de Sefi.

Hasta que solo queda la mujer, con la cabeza bien alta, sus palabras resonando con claridad.

Me mira a los ojos, tan segura de su derecho como yo lo estoy del mío.

—Sacrificio. Obediencia. Prosperidad.

El hacha de Sefi corta el aire y la última de los dorados de Asgard se derrumba en el suelo de piedra. Sobre su cuerpo se cierne la princesa de las valquirias, rociada de sangre, terrible y antigua en su justicia. Se agacha y le arranca la lengua a la dorada con un cuchillo de hoja curva.

A mi lado Mustang se agita, incómoda.

Sefi sonríe al notar la inquietud de Mustang y se aleja de nosotras para acercarse a su madre muerta. Le quita la corona a la mujer y sube los escalones hasta el trono, con el hacha ensangrentada en una mano y la corona de cristal en la otra. Se sienta en el interior de la caja torácica del grifo y allí se corona a sí misma.

—Hijos de las Torres, la Segadora nos ha llamado para que nos unamos a ella en su guerra contra los falsos dioses. ¿Qué contestan los valquirios?

A modo de respuesta, sus súbditos levantan sus hachas de penachos azules por encima de sus cabezas para entonar el canto de guerra obsidiano. Incluso los caciques de la caída Alia se suman. Es como si el propio océano restallara a través de los pasillos de piedra de las Torres, y siento los tambores de guerra retumbar en mi interior, helándome la sangre.

—¡Entonces cabalgad, Hjelda, Tharul, Veni y Hrogamy Valkirye! ¡Cabalgad, Faldir, Wrona y Bolga, hacia las tribus de la Costa de Sangre, hacia el Páramo Sombrío, el Espinazo Roto y el Paso de la Bruja! Cabalgad por igual hacia amigos y enemigos y decidles que Sefi habla. Decidles que los profetas de Ragnar decían la verdad. Que Asgard ha caído. Que los dioses están muertos. Que los viejos juramentos se han roto. Y decidles a todos los que quieran oírlo: los valquirios cabalgan hacia la guerra.

Mientras el mundo da vueltas a nuestro alrededor y el éxtasis de la guerra invade la atmósfera, Mustang y yo nos miramos la una a la otra con los ojos sombríos y nos preguntamos qué es lo que acabamos de desencadenar.