Los personajes le pertenecen a Meyer.
Capítulo II
¿Revolución?
—Uff
Está agotada, le duele su cuerpo y no aguanta las piernas, sin embargo llega rápido a su diminuto apartamento, se baña, cepilla su cabello y corre a la nocturna. Extraña tener un auto ¡Como amaba los autos hermosos y veloces! Cada vez que conducía se sentía libre de todo. Recuerda el descapotable rojo que Jake le dio ¡hermoso! Conducirlo era un verdadero placer, sentir el viento en su rostro, escuchar el ruido del motor, oírlo rugir era lo máximo. Años después tenerlo era un pequeño lujo que ella en su pobreza trataba de sostener. Lo único que le había quedado de su vida como esposa florero.
La escuela donde asiste es pequeña pero acogedora, repleta de gente que como ella necesitaba deshacer esa época donde estudiar era perder el tiempo, y donde clases como matemáticas, química o literatura era una pérdida de tiempo.
Sus compañeros, la gran mayoría son gente grande, mucho más que ella. Gente que trabajaba ocho o nueve horas o que venían de otros países ansiando locamente terminar sus estudios para conseguir el sueño americano. Sonríe y se sienta en las sillas delanteras, no más en las sillas de atrás. Años después comprendió que los maestros sabían que los chicos que se sientan escondidos en las partes posteriores de los salones por lo general son los perdedores de la vida, ejemplo ella, quien en los pocos días en que asistió al colegio se sentó atrás demostrando a todos su poco interés en estudiar. Se resiente, esos años donde con cara de fastidio observaba a sus maestros como unos viejos aburridos que desperdiciaban su vida enseñando tonterías.
Ahora, era diferente. Adelante, poniendo atención, tomando nota, escuchando a sus maestros, intentando con algebra y geometría, intentando entender términos extraños y con un diccionarios como su mejor amigo. De esa forma recupera ese algo de sí misma que perdió siendo una adolescente: inocencia y frescura ¡le encanta sentirse así! Repleta de una juventud y llena de proyectos. Para Bella estudiar en esa etapa de su vida le trae alegría y buen humor.
Le encanta conversar con sus compañeros e ir media hora a un bar cerca de la escuela, sin embargo el temor de beber como antes la insta a ser reservada en esos lugares. Por momentos ve como el licor va de mesa en mesa y siente ese deseo de tomar una botella y perderse en ella. La vieja sensación de levedad y de perder la realidad era una de las cosas por las que amaba beber. Ahora a la luz de la madurez y de las duras pruebas de la vida, sabe que escapar de la realidad nunca funcionó ¡Pero Dios! A veces lo necesitaba.
Los chicos la invitan y vuelve a ser el centro de atención, igual que en la escuela de adolescente, le gusta, pero ya no con el ego del poder de ser hermosa, tiene veintiocho años y los escarceos tontos con la belleza ya no le interesan, tan solo le gusta saber que a pesar de todo aún le agrada a los hombres, sin embargo si alguno tiene un interés sexual sobre ella huye despavorida, porque así, bonita, perdió su autoestima en los años de matrimonio y tener sexo se volvió para Bella en una fuente de dolor y angustia.
Llega a casa, si es que ese pequeño cucurucho puede llamarse así, pero no le importa, es limpio, nadie la conoce, y puede dormir tranquila sin deberle nada a nadie. Al llegar se prepara un emparedado, peina su cabello, toma chocolate caliente y plancha su uniforme con juicio. Está aprendiendo a tener rutinas pequeñas que la mantienen centrada y llena de fe en sí misma, a pesar de todo.
El ritmo es frenético, parece que todo el planeta se instaló en el hotel, todos van de un lado para el otro y Bella como jefe de piso debe manejarlo el caos. Ha memorizado la enorme agenda para el evento y se mueve de un lado a otro.
— ¿Sábanas?
—Sí, en la habitación 306 y 402 son de lino, en la habitación 309 de seda, igual que los fundas de las almohadas.
—Bien—responde concentrada en la agenda— ¿revisaste lo del agua?
La mujer suspira, entorna los ojos y responde como un niño ante la lección de la escuela—mineral, con gas o sin gas o Evian, no entiendo, agua es agua, Bella.
—Sí, pero se debe hacer. Ellos pagan nuestro sueldo.
—Es verdad, además de la colegiatura de mis niños.
Esta era la mínima parte del trabajo, se sorprendió los miles de entresijos, detalles y caprichos de muchos de los huéspedes, sobre todo el mundo íntimo que cada uno guardaba. De manos de la señora Michell escuchó que dos de los más reputados periodistas, hombres casados y sin tacha moral, siempre reservaban una tercera habitación.
— ¿Tercera?
La mujer mayor la observa sin pestañear—no puedes ser tan inocente, Isabella.
—Son amantes.
—Durante veinte años.
Escuchó que uno de los dueños de las grandes cadenas de noticias, siempre traía a una amante, cada año más joven que la anterior. Que la periodista estrella de la BBC vomitaba todo lo que comía y que sin embargo a la media hora se ataca con papitas fritas y batidos de chocolate, que la vicepresidente de otra de las cadenas amaba robar los utensilios de aseo, de las orgias de un comentador deportivo, o de como el viejo poderoso de un gran periódico ofrecía a las aseadoras miles de dólares por hacerle sexo oral.
—Hemos despedido a diez, Bella.
—No lo haría, señora.
—Claro que no querida, lo sé.
Bella pestañea, el recuerdo de "su talento" la hace sonreír solapadamente ¡esos tiempos donde vivir su sexualidad era jugar! Se siente hipócrita ante la dama de enfrente. Muerde sus labios con vehemencia, pero su intenso rubor la delata. La mujer la mira fijamente.
—Eres una mujer joven, Isabella, no te avergüences, pero querida, te voy a decir un secreto, las damas siempre sonríen tras la cortina.
La chica abre sus ojos desmesuradamente ¿qué quiso decir? Su mamá era una dama, siempre. Pensar en ella haciendo las mismas cosas que ella hizo la asusta ¿ Renée tenía una vida secreta que no conoció? Es entonces cuando la imagen de su madre con aquel gesto indefinible la llenó de inquietud
¿Fuiste una mujer feliz sexualmente mamá? ¿Papá te hizo feliz?
Tenía diez años cuando Charlie murió ¿cómo iba a saberlo? Los años después de su muerte fueron un ruido construido para no estar consciente de su ausencia.
—Hay demasiado trabajo ¡Dios mío!—Cora sentada en los casilleros se reciente—mis pobres pies me duelen, faltan dos habitaciones más, uno de los huéspedes se quejó de que la luz en su ventana entra directamente sobre su cama y tengo que ir a cambiar por segunda vez sus sabanas ¿¡qué demonios!? ¿Acaso tiene diarrea?
Todas se carcajearon, era el mínimo momento en que podían descansar. Cora es la más nueva del grupo, mucho más que Bella.
—No te quejes, Cora, en la habitación 389 hay una mujer que clasifica su ropa cada vez que entro en ella, botones, zapatos, medias, cree que todos aquí son ladrones, hoy me preguntó si tengo ascendencia latina solo por mis ojos marrones ¡es una idiota racista!—dice Emily—eso es porque el imbécil de Trump hizo valido odiar a todos, maldito viejo loco.
Isabella se conduele, ha trabajado como una loca esa semana, sin embargo no tanto como Cora y Emily o como las demás camareras y servicio de piso, ser manager la absuelve de ciertos compromisos, ayuda cuando todo está copado, pero no tiene que hacerlo.
—Te ayudo Cora, me siento culpable, chicas, en serio, yo lleno planillas, hago pedidos, les distribuyo sus quehaceres y utensilios, pero no se compara a lo que hacen.
—Por favor, Bella—otra de las camareras interviene—eso es mucha responsabilidad, nadie está diciendo que no, te ganaste esto.
— ¡Siii!—las siete camareras de los piso asienten.
—Es un mes de locos, lo sabemos.
—Me gusta ayudar.
Ayudar era la filosofía de su madre, y ella quiere ser igual.
—Cora, tienes los pies hinchados, es solo una hora, descansas, te das un baño y luego continuas, somos un equipo, chicas, luego me ayudaran a mí, por favor.
La mujer quien sufre de un grave problema de tiroides suspira, de verdad necesita esa hora de descanso, sus pies lo piden.
—De verdad te lo agradezco, cariño, en serio.
—No te preocupes.
Mira su reloj son las 4:30 de la tarde, y es la hora más tranquila, la mayoría de los asistentes a la convención están fuera. Por lo tanto se aprovecha para hacer limpieza y cambiar sabanas y licorería. Hay casi veinte cámaras a lo largo del piso y le molesta ser monitoreada todo el tiempo, comprende que es por los huéspedes y el dinero y joyas que cada uno guarda en las cajas fuertes de sus habitaciones. Mira hacia una de ellas y se estira con dignidad. Toma la llave maestra y abre la puerta entrando con su carrito de limpieza. Es la habitación azul, una de las más lujosas del hotel y su huésped es un hombre simpático quien ella ha visto en la T.V siendo analista político, cosa que Bella compara con la matemática cuántica. No entiende lo que Cora dice de él, parecía un hombre sin pretensiones o tonterías. Al entrar el olor de una colonia penetra en su nariz ¡Huele bien! Huele a hombre rico, todo está impecable y la licorera está intacta, se le hace raro, pues el viejillo en dos días amenazaba con acabar las reservas de whisky y vodka del hotel. Está medio oscuro y camina vacilante para abrir las ventanas y dejar entrar el aire. Ama esa habitación, el color azul es su favorito y todo el mobiliario parece evocar un lindo día en el océano. Abre las ventanas y sale a la pequeña terraza del hotel, respira con fuerza, le gusta su trabajo.
— ¿Qué demonios hace usted en mi habitación?
Bella salta de susto, trastabilla en el borde y una mano fuerte toma su muñeca evitando que ella caiga cinco pisos abajo. Una fuerza la arrastra, todo es tan rápido que el momento la ciega, algo la detiene y ella se sacude cuando la visión vuelve.
Un hombre desnudo frente a ella, total y completamente desnudo.
—Yo…—abre y cierra los ojos como una muñeca vieja.
— ¿Es tonta o qué?
Isabella está completamente anonadada, no solo por el miedo, por la sorpresa, sino porque ese hombre desnudo es lo más hermoso que ha visto en su vida. Sin embargo levanta su barbilla y se niega detallar la anatomía del extraordinario ser que tiene en frente. Sólo ve su rostro, un rostro con un gesto de ira concentrada y unos extraordinarios ojos color verde tigre.
—Usted no es el señor Jacovich.
Un gesto de ironía dibuja en su rostro.
—Obviamente no.
Ambos quedan en silencio, Bella sigue con su actitud de piedra. Un sofoco recorre su espina dorsal y éste se manifiesta en sus mejillas, el hombre se acerca como un felino, ella quiere gritar, sus pequeños vellos están erizados y su piel arde hasta el dolor. A pocos centímetros lo puede sentir, su respiración es errática y la humedad de un hombre que acaba de salir de la ducha transpira a través de su piel. Es muy alto y la observa desde su inmensidad. Él alarga su cuello y la olfatea.
¿Me está oliendo? ¡Dios mío, me olfatea como un animal!
Algo en su pecho duele.
Y un grito se esconde en su garganta.
—No me toque—su voz es carrasposa y grave.
— ¿No has visto un hombre desnudo, niña?
Ella voltea y lo enfrenta.
—No le importa.
— ¡Vaya! Eres toda una Kate.
Isabella no entiende ¿Kate? ¿Qué mierdas?
—La fierecilla domada—la mujer lo observa— ¿Shakespeare?—es un hombre impaciente—no, tú no sabes ¿verdad? ¿Hablas mi idioma?
La impresión de la belleza del hombre es borrada por su tono de cabrón egocéntrico, además su acento es extraño.
—Pues usted habla como si tuviera una puta papa en la boca ¡idiota!
—Hablas muy bien, boca sucia.
— ¡Cabrón! ¡Vístase! No tengo porque verlo.
El sujeto borra su expresión burlona y se pone enfrente de ella, por un segundo Isabella alcanza a ver su enorme sexo y el ardor vuelve con fuerza huracanada.
¡No veas! ¡No veas! Ojala tuviera un cuchillo y le cortaba las bolas, por grosero.
—Nadie te informó que detesto que entren cuando estoy aquí, odio el ruido y el olor de limpiador y cera.
—No sabía que estaba.
—Su trabajo es saber, la mujer que vino antes lo sabía, cambio las sabanas dos veces, al menos era respetuosa.
—Todos los huéspedes están fuera, yo pensé.
—Su trabajo no es pensar.
Bella muerde sus labios, está deseando descuartizarlo y dar la carne a los perros. Decide enfrentarse al cabrón y darle una patada en las bolas si es necesario.
— ¿Mi trabajo no es pensar? Pues mi trabajo no incluye ver idiotas desnudos que piensan que pueden insultar a todo el mundo cuando les da la gana, mi trabajo no es aguantar humillaciones y malos tratos, así que si lo ofendí discúlpeme, pero usted tiene que disculparse conmigo, no es mi culpa que sea un hijo de perra prepotente y pendejo—su carácter sale a flote, tanto tiempo intentando no decir malas palabras, sin embargo ese hombre la pone en pie de guerra, de su cabeza salen mil insultos, pero solo se le ocurre uno, pues el tipejo respira sobre su cara, y ¡Demonios! Su aliento es divino—y que quizás no tiene sexo porque nadie quiere acostarse con un tipo que seguramente solo usa su lengua para ofender y no para lo importante ¿Quién aguantaría a un odioso? apuesto que ni un gato lo amaría.
El hombre gruñe. Sus ojos centellean fuego puro y sus labios se repliegan como sinónimo de ira. Lo ha sacado de sus casillas.
— ¿Cómo se atreve?
No contesta, si lo hiciera sapos y culebras saldrían por su boca, Dios sabe que ella puede ofender hasta el dolor, fueron años de golpear y defenderse, años en que luchó para que gente como ese hombre no la hicieran sentir menos. Nunca ganó una sola batalla, pero se defendió con lo único que podía hacer: su boca ignorante y grosera. Pero ahora debía sobrevivir, era cuestión de saber escoger sus peleas.
Se encoge y da un paso atrás, da la espalda y camina rápidamente hacia su carrito de limpieza, no voltea a mirar, no quiere ver como un hombre hermoso como ese puede ser una bestia que la humillaba con su presencia.
— ¿No va a disculparse, pequeña Kate?
El sonido burlón la asfixia, el hombre ha atacado su inseguridad más profunda: ser una mujer sin educación.
—Prefiero que me ataque una jauría de hienas, señor.
Abre la puerta y escucha tras ella una risa seca y malvada. Se recuesta en la pared y una lágrima cae por su rostro, en un minuto todos sus sueños se han ido al traste, la van a despedir. Y de nuevo está en el mismo punto del principio, siendo esa perdedora sin futuro que Billy Black y su hijo auguraron.
Se armó con la coraza de siempre y se encaminó hacia la siguiente habitación para asear, al menos podría irse con algo de dignidad.
Está sola en los casilleros, cuenta los segundos antes de que la llamada del señor Volturi la increpe.
El teléfono de servicio llama y sabe que es para ella.
—Bella, baja a la oficina, por favor.
—Sí señor.
El gerente del hotel la espera sentado en su oficina. El lugar es un oasis de tranquilidad y buena vibración, toda ella está repleta de la personalidad afable y risueña de su jefe. Siente que algo la desgarra por dentro, no va a volver, no hay oportunidades en la vida, ella es como una pieza de ajedrez que no tiene libertad y está determinada por la voluntad de alguien más, no puede escapar de lo que es, una tragedia pequeña que solo a ella le importa.
Aro tiene esa sonrisa impertérrita, pone sus codos sobre la mesa y cruza sus manos en una especie de ruego.
— ¿Qué pasó, Bella?
La voz tranquila la desarma y es como si meses de tratar de ser fuerte fueran derribados por aquella sutil calidez y compasión.
Comienza a llorar y se deja caer sobre la silla, gimotea como una niña pequeña.
—Sólo entré a limpiar la habitación, pensé que el señor Jacovich era el que lo ocupaba—decía entre sollozos.
—Oh pequeña, fue mi culpa, no informé a tiempo que el señor Jacovich hizo cambio de habitación, alguien lo convenció por nuestra salud mental. ¿Fue tan terrible?
—No debí insultarlo, mi madre estaría decepcionada, como siempre.
Aro saca un pañuelo y se lo ofrece. Ella suena sus mocos en éste y limpia sus lágrimas.
—Mister Cullen, es un hombre difícil, te lo dijimos.
Ella para de llorar ¿era ese el señor Cullen? Se supone que debía ser un ogro deforme y panzón.
— ¿Es…es él?
—Edward Cullen, el monstruo de nuestras pesadillas Bella.
—Estoy jodida.
—Lo estás—no ha dejado de sonreír con ternura.
— ¿Va a despedirme?
Aro ladea la cabeza y levanta las cejas como si dijera "todo es irremediable"
—Debería.
— ¡Dios!
El viejo toma las manos de la chica y las lleva a su pecho—ha hecho despedir a mis mejores trabajadores, Isabella, él puede, pero no, está ofendido y echa baba por la boca, sin embargo no se te va a despedir, parece que está vez quiere algo más.
— ¿Algo más? No voy a disculparme es un animal, grosero.
—Por lo que me contó tu vocabulario no fue muy propio.
Ella calla.
—Me caes bien, cariño, has sido capaz de decirle lo que ninguno por aquí, así que peleé con él con uñas y dientes. Les dije a los socios que no era justo que siempre que Edward Cullen venía pasaba cosas terribles tan solo porque el cabrón piensa que puede tirar mierda a todos, y que si te ibas yo me iría también.
— ¿De verdad?
Nadie había hecho eso por ella.
—Así es.
Vuelve a llorar ¡Odia ser una chica llorona! Nunca lo fue, ahora es tan vulnerable que hasta el leve susurro del viento la lastima. Es la soledad, el no tener a nadie. Ser un bebé frente al mundo. Está agotada de luchar, un día, un solo día para ser débil es liberador. Se recuesta en el hombro del viejo.
—Gracias.
—Querida, solo hay una condición que Mister Cullen puso.
—Se lo repito no voy a disculparme.
—No, él quiere que seas tú quien limpie su habitación y lleve su comida.
— ¡No! por supuesto que no.
—Por supuesto que sí, vas a demostrarle que eres más fuerte, vas a darle una lección a ese inglesito egocéntrico y estirado, por mí y por todos los que ha pisoteado—el viejo se acerca—es tú lucha Isabella Swan, la tuya y la de todos, por ti Bella ¿no crees que es hora que todos estos riquillos aristócratas dejen de creer que la revolución francesa no existió?
¿Revolución?
La palabra le gusta.
— ¿No es donde guillotinaban a la gente?
El viejo sonríe macabro.
—Exacto, querida, exacto.
Ambos comienzan a carcajearse, Bella se guarda el pañuelo, y da un manotazo sobre el flequillo descuidado que cae sobre su frente.
—Revolución—asiente con su barbilla mordiéndose los labios.
—Revolución.
Gracias por leer. A las chicas que tan amablemente comentaron mil gracias, poco a poco vamos hacia la historia. Son todas muy amables.
