TERCERA PARTE

GLORIA

Lo único que tenemos es ese grito al viento, nuestra forma de vivir.

Nuestra forma de avanzar. Y nuestra forma de mantenernos en pie antes de caer.

KARNUS AU BELONA

35

LA LUZ

Durante los siete días siguientes a la muerte de Ragnar, viajo por el hielo con Sefi, hablando con las tribus masculinas del Espinazo Roto, con los Valientes Ensangrentados de la Costa Norte, con mujeres que llevan cuernos de carnero y montan guardia junto al Paso de la Bruja. Volando al lado de la valquiria gracias a las gravibotas, llegamos para anunciar la noticia de la caída de Asgard.

Es… dramático.

Sefi y un montón de sus valquirias han empezado a entrenar con Holiday y conmigo para aprender a usar las gravibotas y las armas de pulsos. Al principio son torpes. Una de ellas se estrelló contra la ladera de una colina al doble de la velocidad del sonido. Pero cuando treinta de ellas aterrizan con sus tocados agitándose al viento, la parte izquierda de la cara pintada con la huella de la mano azul de Sefi la Silenciosa y la derecha con la falce del Segador, la gente tiene tendencia a escuchar. Nos llevamos a la parte del león de los líderes obsidianos a la montaña conquistada y los dejamos pasear por las estancias donde sus dioses comían y dormían; les mostramos los cadáveres fríos y embalsamados de los dorados asesinados. Al ver a sus dioses abatidos, la mayoría de ellos, incluso los que conocían tácitamente su verdadera condición de esclavos, aceptaron nuestra rama de olivo. Los que no lo hicieron, los que nos denunciaron, fueron derrotados por su propia gente. No solo por los dorados, sino por líderes como Alia. Dos de esos caciques se arrojan desde lo alto de la montaña al no poder soportar la vergüenza. Otra se abre las venas con una daga y se desangra en el suelo de los invernaderos. Y aun otra, una mujercilla particularmente psicótica, lo observa todo con gran malicia cuando la llevamos al centro de datos de la montaña, donde tres verdes le informan de los planes de un golpe contra su gobierno y le enseñan un vídeo de la conspiración. Le prestamos un filo, le facilitamos un vuelo de vuelta a casa y dos días más tarde añade veinte mil guerreros a mi causa.

A veces me topo con la leyenda de Ragnar.

Se ha extendido entre las tribus. Lo llaman el Orador. El que vino con la verdad, el que trajo a los poetas y sacrificó su vida por su pueblo.

Pero con la leyenda de mi amigo también crece la mía. Mi símbolo de la falce arde a lo largo y ancho de las laderas de las montañas para saludarnos a las valquirias y a mí cuando volamos para reunirnos con nuevas tribus. Me llaman la Estrella de la Mañana. La estrella por la que se guían los jinetes de grifos y los viajeros cuando circulan por los páramos en los meses oscuros del invierno. La última estrella que desaparece cuando la luz diurna regresa en primavera. Es mi leyenda lo que comienza a unirlos. No su sentido de la familiaridad. Estos clanes llevan generaciones en guerra. Pero yo no tengo ninguna historia sórdida en estas tierras. Al contrario que Sefi o el resto de los grandes caudillos obsidianos, yo soy su campo de nieve virgen. La tabla rasa en la que pueden proyectar todos los sueños disparatados que tengan. Como dice Mustang, soy algo nuevo, y en este viejo mundo impregnado de leyendas, ancestros y todo lo que vino antes, algo nuevo es algo muy especial. Aun así, a pesar de nuestros avances reuniendo a los clanes, las dificultades a las que nos enfrentamos son ingentes. No solo debemos impedir que los díscolos obsidianos se maten unos a otros en duelos de honor, sino que muchos de los clanes han aceptado mi invitación a cambio de ser trasladados. Debemos traer a cientos de miles de ellos desde sus hogares de la región antártica hasta los túneles de los rojos para que estén fuera del alcance de los bombardeos de los dorados. Y todo esto tratando de que el Chacal permanezca sordo y ciego a nuestras maniobras. Desde Asgard, Mustang ha sido la encargada de dirigir las acciones de contraespionaje con ayuda de los piratas informáticos de Quicksilver. Se trata de enmascarar nuestra presencia y proyectar al cuartel general del Consejo de Control de Calidad en Agea informes consistentes con los almacenados en las semanas anteriores. Dado que no hay manera de trasladarlos sin que alguien se dé cuenta, Mustang, una aristócrata dorada, ha concebido el plan más audaz en la historia de los Hijos de Ares. Un único y masivo movimiento de tropas sirviéndose de miles de lanzaderas y cargueros de la flota mercantil de Quicksilver y de la armada de los Hijos de Ares para desplazar a la población del polo en tan solo doce horas. Un millar de naves sobrevolando el Mar Meridional, quemando helio para posarse sobre el hielo ante las ciudades obsidianas y bajar sus rampas para los cientos y miles de gigantes envueltos en pieles y hierro que llenarán sus cascos de viejos, enfermos, guerreros, niños y el fétido hedor de los animales. Entonces, bajo el cobijo de los barcos de los Hijos de Ares, se dispersará a la población por el subsuelo y la mayor parte de los guerreros serán enviados a nuestras naves espaciales de la órbita. No creo conocer a ninguna otra persona en los mundos que pueda organizarlo con tanta celeridad como ella. Al octavo día tras la caída de Asgard, parto con Sefi, Mustang, Holiday y Bellamy para reunirme con Raven y supervisar los últimos detalles de la migración. Las valquirias se traen a Ragnar con nosotros en el vuelo, envolviendo su cuerpo congelado en telas ásperas y aferrándose a él con fuerza, aterrorizadas, mientras nuestra nave avanza justo por debajo de la velocidad del sonido unos cinco metros por encima de la superficie del océano. Lo observan todo sobrecogidas cuando penetramos en los túneles de Marte a través de uno de los muchos puntos de acceso subterráneo de los Hijos. Los centinelas de los Hijos, ataviados con pesados anoraks y pasamontañas, nos saludan con los puños en alto cuando entramos en los túneles. Medio día de vuelo subterráneo más tarde, llegamos a Tinos. Es un hervidero de actividad naviera. Cientos de barcos se acumulan en los puertos de las estalactitas y circulan por el aire. Y da la sensación de que toda la ciudad contempla nuestra lanzadera mientras avanza entre el tráfico para aterrizar en su hangar, consciente de que no nos transporta únicamente a mí y a nuestros nuevos aliados obsidianos, sino también al destrozado Escudo de Tinos. Sus rostros sollozantes pasan ante nuestras ventanas como un borrón. Los rumores ya circulan entre los refugiados. Vienen los obsidianos. No solo para luchar, sino para vivir en Tinos. Para comerse su comida. Para compartir las ya atestadas calles. Marcus dice que este lugar es un polvorín a punto de estallar. No puedo decir que no esté de acuerdo.

Los Hijos de Ares se muestran adustos. Se reúnen en silencio en torno a mi nave cuando se abre la rampa de aterrizaje. Soy la primera en recorrerla. Raven me espera junto a Marcus y Becca. Me estrecha en un abrazo asfixiante. Mantiene los hombros lo más cuadrados posible, como si esas paletillas huesudas pudieran sostener por sí mismas las esperanzas de los miles de Hijos de Ares que llenan la plataforma de atraque para ver regresar al Escudo de Tinos a su hogar de adopción.

—¿Dónde está? —pregunta Raven.

Me vuelvo para mirar hacia mi lanzadera y Sefi y sus valquirias bajan a Ragnar por la rampa. Los Aulladores son los primeros en saludarlas. Payaso le dedica unas palabras respetuosas a Sefi mientras Raven pasa junto a mí para situarse ante las valquirias.

—Bienvenidas a Tinos —les dice—. Soy Raven au Barca, hermana de sangre de Ragnar Volarus. Estos son el resto de sus hermanos y hermanas. —Hace un gesto en dirección a los Aulladores, que van vestidos con sus capas de lobo. Raven les tiende la piel de oso de Ragnar—. Él llevaba esto cuando acudía a la batalla. Con vuestro permiso, me gustaría ponérsela ahora.

—Eras hermana de Ragnar. Eres mi hermana —dice Sefi.

Chasquea la lengua y sus valquirias le ceden a Raven la custodia del cuerpo de Ragnar. Mustang me lanza una mirada de soslayo. La generosidad de Sefi me resulta una señal prometedora. Si fuera una criatura codiciosa, habría dejado el cadáver de Ragnar en sus tierras y lo habría quemado en una pira funeraria obsidiana. Sin embargo, me dijo que sabe dónde está su verdadero hogar: con aquellos que lucharon a su lado, que lo ayudaron a volver junto a su pueblo. Mustang se acerca a mí cuando los

Aulladores envuelven el cuerpo de Ragnar con su capa y lo cargan entre la multitud. Los Hijos les abren camino. Las manos se alzan para tocar a Ragnar.

—Mira —me dice Mustang señalando las delgadas cintas negras que los Hijos se han trenzado en las barbas y el cabello.

Su mano encuentra mi dedo meñique. Un ligero apretón me envía de vuelta al bosque donde me salvó. Hace que sienta calor incluso cuando vemos que Raven abandona el hangar con el cuerpo de Ragnar.

—Ve. —Me da un leve empujón en dirección a mi amigo—. Marcus y yo tenemos planificada una conferencia con Quicksilver y Octavia.

—Necesita una escolta —le digo a Marcus—. De Hijos en los que confíes.

—Estaré bien —replica Mustang poniendo los ojos en blanco—. He sobrevivido a los obsidianos.

—Se la asignaré a los Víboras —contesta Marcus mirando a Mustang sin la bondad que estoy acostumbrado a ver en sus ojos. Hoy la muerte de Ragnar le ha arrebatado la energía. Lo veo más viejo cuando le hace un gesto a Gustus para que se acerque y señala la lanzadera—. ¿El Belona está a bordo?

—Holiday lo tiene en la cabina de pasajeros. Sigue teniendo el cuello hecho trizas, así que necesitará que Virany le eche un vistazo. Trátalo con discreción. Dale una habitación individual.

—¿Individual? Este sitio está abarrotado, Lexa. Ni siquiera los capitanes tienen habitaciones individuales.

—Tiene información de inteligencia. ¿Quieres que le peguen un tiro antes de que pueda transmitírnosla? —le pregunto.

—¿Es esa la razón por la que lo has mantenido con vida? —Marcus mira a Mustang con escepticismo, como si ella ya estuviera comprometiendo mis decisiones. No se le pasa por la cabeza pensar que a ella le habría costado menos que a mí dejar morir a Bellamy. Marcus suspira cuando ve que no me echo atrás—. Estará a salvo. Te doy mi palabra.

—Búscame después —me dice Mustang antes de que me marche.

Le sonrío, pues me siento más segura con ella aquí.

—Lo haré.

Me encuentro a Raven desplomada sobre Ragnar en el laboratorio de Becca. Enterarte de la muerte de un amigo es una cosa, pero ver la sombra de lo que ha dejado atrás es muy distinto. Yo odiaba ver las viejas botas de trabajo de mi padre tras su muerte. Mi madre era demasiado práctica para tirarlas. Decía que no podíamos permitírnoslo. Así que yo misma lo hice un día y ella me estiró de las orejas y me hizo recuperarlas.

El olor a muerte de Ragnar es cada vez más fuerte.

El frío lo conservaba en su tierra natal, pero Tinos ha sufrido cortes de electricidad y las unidades de refrigeración tienen un papel secundario respecto a los purificadores de agua y los sistemas de reciclaje de aire en la ciudad que se extiende a nuestros pies. Becca lo embalsamará pronto y hará los preparativos para el funeral que Ragnar pidió. Permanezco sentada en silencio durante media hora, esperando a que Raven hable. No quiero estar aquí. No quiero ver a Ragnar muerto. No quiero regodearme en la tristeza.

Pero me quedo por Raven.

Me apestan las axilas. Estoy cansada. La exigua bandeja de comida que me ha traído Dio está intacta excepto por la galleta que mastico casi sin enterarme. Pienso en lo ridículo que está Ragnar tumbado sobre la mesa. Es demasiado grande para ella, los pies le cuelgan del borde. A pesar del olor, Ragnar tiene un aspecto pacífico. Hay cintas rojas como frutos invernales entreveradas en el blanco de su barba. Tiene dos filos enredados en los brazos, que descansan cruzados sobre su pecho desnudo. Los tatuajes que le cubren los brazos, el pecho y el cuello parecen más oscuros en la muerte. La calavera que Raven y yo también lucimos tiene un aspecto muy triste. Cuenta su historia a pesar de que el hombre que la lleva tatuada está muerto. Todo es más vívido excepto la herida. Es tan inocua y delgada como la sonrisa de una serpiente a lo largo de su costado. Los agujeros que Indra le hizo en el estómago parecen muy pequeños. ¿Cómo es posible que unas cosas tan pequeñas se lleven un alma tan gigantesca de este mundo?

Ojalá Ragnar estuviera aquí.

La gente lo necesita más que nunca.

Raven tiene los ojos vidriosos y acaricia los tatuajes del blanco rostro de Ragnar con los dedos.

—¿Sabes? Quería ir a Venus —murmura con una voz tan suave como la de una niña. La voz más suave que le he oído en mi vida—. Le enseñé un holovídeo de un catamarán de los de allí. En cuanto se puso las gafas, sonrió como no he visto a nadie hacerlo. Como si hubiera encontrado el paraíso y se hubiese dado cuenta de que no tenía que morir para llegar a él. Se colaba en mi habitación en mitad de la noche para cogerme prestado el equipo de holos, hasta que un día simplemente le regalé esa maldita cosa. Valen cuatrocientos créditos, a lo sumo. ¿Sabes qué hizo para devolverme el favor? —

No lo sé. Raven levanta la mano derecha para mostrarme su tatuaje de la calavera—. Me convirtió en su hermano. —Le da a Ragnar un puñetazo lento y cariñoso en la mandíbula—. Pero este gordo idiota tenía que correr hacia Indra en lugar de huir de ella.

Las valquirias siguen explorando los páramos en busca del Caballero Olímpico, sin éxito. Su rastro se adentra en la grieta antes de quedar cubierto por la sangre negra y congelada de alguna criatura. Espero que algo la encontrara y se la llevara a su cueva de hielo para acabar lentamente con ella. Pero lo dudo.

Una mujer así no se desvanece sin más.

Cualquiera que haya sido el destino de Indra, dará con un modo de comunicarse con la soberana o

el Chacal.

—Fue culpa mía —digo—. Mi mierda de plan para eliminar a Indra.

—Ella mató a Harper. Ayudó a asesinar a mi padre —masculla Raven—. Acabó con docenas de nosotros mientras estuviste encerrado. No fue culpa tuya. Si yo hubiera estado allí, también me habrías perdido. Ni siquiera Ragnar podría haberme impedido que la atacara. —Raven pasa los nudillos por el borde de la mesa, que le deja pequeñas marcas blancas sobre la piel—. Siempre intentaba protegernos.

—El Escudo de Tinos —digo.

—El Escudo de Tinos —repite con la voz entrecortada—. Le encantaba ese apodo.

—Lo sé.

—Creo que antes de conocernos siempre se había considerado una espada. Nosotros le permitimos ser lo que quería. Un protector. —Se enjuga los ojos y se aparta de Ragnar—. Bueno. El pequeño principito está vivo.

Asiento.

—Lo hemos traído en la lanzadera.

—Una pena. Dos milímetros.

Coloca dos dedos muy juntos para ilustrar lo cerca que se quedó la flecha de Mustang de la yugular de Bellamy. Después de que Sefi enviara jinetes a las diferentes tribus, yo me la llevé, junto con muchos de sus caciques, a Asgard a bordo de la lanzadera para que vieran la fortaleza. Me llevé también a Bellamy y los amarillos de Asgard le salvaron la vida.

—¿Por qué lo mantienes con vida, Lexa? Si crees que va a darte las gracias por tu generosidad, te espera algo muy distinto.

—No podía dejarlo morir sin más.

—¿Por qué no?

—No lo sé.

—No me vengas con chorradas.

—Puede que piense que el mundo sería un lugar mejor con él dentro —digo con indecisión—. Mucha gente lo ha utilizado, le ha mentido, lo ha traicionado. Todo eso lo ha definido. No es justo. Quiero que tenga una oportunidad de decidir por sí mismo qué clase de persona quiere ser.

—Ninguno de nosotros conseguimos ser lo que queremos —masculla Raven—. Al menos no durante mucho tiempo.

—¿No es esa la razón por la que luchamos? ¿No es lo que acabas de decir sobre Ragnar? Lo convirtieron en espada, pero nosotros le dimos la oportunidad de ser un escudo. Bellamy merece esa misma posibilidad.

—Eres gilipollas. —Pone los ojos en blanco—. El mero hecho de que tengas razón no quiere decir que tengas razón. De todas formas, a las águilas se las odia tanto como a los leones. Alguien intentará reventarlo por aquí. Igual que a tu chica.

—Mustang está con los víboras. Y no es mi chica.

—Lo que tú digas. —Se deja caer sobre uno de los sillones de cuero robados de Becca y se pasa una mano por la cresta de la cabeza—. Ojalá se hubiera llevado a los Telemanus con ella. De haber sido así, habríais jodido bien a Indra. —Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás—. Eh, oye —dice recordando algo de repente—, te he conseguido unos cuantos barcos.

—Ya lo he visto, gracias.

—¡Por fin! —Suelta una risita—. Una señal de que estamos marcando la diferencia. Veinte naves antorcha, diez fragatas, cuatro destructores y un acorazado. Deberías haberlo visto, Segadora. La Armada de Marte llenó Fobos de legionarios, vació todas sus naves y nosotros les robamos las lanzaderas de asalto, las pusimos en marcha con los códigos correctos y las hicimos aterrizar en sus propios hangares. Mi escuadrón no tuvo que disparar ni una sola vez. Los chicos de Quicksilver piratearon incluso los sistemas de megafonía de los barcos de la armada. Todos escucharon tu discurso. Casi se produjo un motín antes de que subiéramos a bordo, rojos, naranjas, azules e incluso grises. El truco del sistema de megafonía no volverá a funcionar. Los dorados aprenderán a desconectarse de la red para que no podamos pirateárselos, pero esta vez les ha hecho mucho daño. Cuando se nos sumen el Lincoln y el resto de los barcos de Orión, tendremos una verdadera fuerza para atacar a esos florecillas.

Es en los momentos como este cuando sé que no estoy sola. A la mierda con el mundo, siempre y cuando yo siga teniendo a mi pequeña y sarnosa ángel de la guarda. Ojalá a mí se me diera tan bien cuidar de ella como a ella se le da cuidar de mí. Una vez más, ha hecho todo lo que podría haberle pedido y más. Mientras yo congregaba a los obsidianos, ella le ha hecho un buen agujero a la flota de defensa del Chacal. Ha inutilizado un cuarto de la misma. Ha forzado al resto a replegarse hacia la luna exterior de Deimos para reagruparse con las reservas del Chacal y esperar refuerzos adicionales de Ceres y la Lata. Durante un breve espacio de tiempo, mantuvo la supremacía naval sobre todo el

hemisferio sur de Marte. La Reina Trasgo. Luego se vio forzada a retirarse para acercarse más a Fobos, donde sus hombres eliminaron a los marinos partidarios del régimen allí atrapados pidiéndoles a los escuadrones de Rollo que les cortaran el suministro de aire y los lanzaran al espacio exterior. No me engaño. El Chacal no nos permitirá quedarnos con la luna. Puede que no le importen sus habitantes, pero no puede destruir las refinerías de helio de la estación. Así que pronto atacará de nuevo. Eso no afectará a mis esfuerzos bélicos, pero el Chacal se quedará atascado luchando contra la turba que hemos despertado. La batalla acabará con sus recursos sin comprometerme a mí. La peor situación posible para él.

—¿En qué estás pensando? —le pregunto a Raven.

Tiene la mirada perdida en el techo.

—Me preguntaba cuánto tiempo quedará para que seamos nosotros los que estemos tendidos en la camilla. Y también por qué tenemos que ser nosotros quienes corremos peligro. Ves vídeos y oyes historias y piensas en la gente normal. En los que han tenido la oportunidad de tener una vida en Ganímedes, en la Tierra o en la Luna. No puedo evitar sentirme celosa.

—¿Crees que no has tenido ocasión de vivir? —le pregunto.

—No como se debe.

—Y ¿cómo se debe?

Se cruza de brazos como si fuera una niña que contempla el mundo real desde un fuerte y se pregunta por qué no puede ser tan mágico como lo es ella.

—No lo sé. Debe de ser algo muy distinto a ser un Marcado como Único. Quizás un florecilla, o puede que incluso un color medio feliz. Solo quiero poder mirar algo y decir: eso es seguro, eso es mío, y nadie va a intentar arrebatármelo. Una casa. Niños.

—¿Niños? —pregunto.

—No sé. No me lo había planteado nunca hasta que murió mi padre. Hasta que te secuestraron.

—Hasta Octavia, querrás decir… —Le guiño un ojo.

—Cállate —replica.

—¿Os habéis…?

Me interrumpe y cambia de tema.

—Pero estaría bien ser solo Raven. Tener a mi padre. Haber conocido a mi madre. —Se ríe de sí misma con más dureza de la que debería—. A veces pienso en volver al principio y me planteo qué habría ocurrido si mi padre hubiera sabido que el Consejo iba a intervenir. Si se habría escapado con mi madre, conmigo.

Asiento.

—Siempre pienso en cómo habría sido la vida si Costia no hubiera muerto. En los hijos que habría tenido. En cómo los habría llamado. —Sonrío distraídamente—. Me habría hecho vieja. Había visto a Costia hacerse vieja. Y la habría querido más con cada nueva cicatriz, con cada nuevo año, a pesar de que ella fuera aprendiendo a despreciar nuestra pequeña vida. Habría enterrado a mi madre, puede que a mi hermano y a mi hermana. Y si hubiera tenido suerte, un día, cuando el pelo de Costia se hubiera vuelto gris, antes de que comenzara a caérsele y ella empezara a toser, oiría un rechinar de rocas sobre mi cabeza montada en la perforadora y ese sería el fin. Ella me habría mandado a los incineradores y habría esparcido mis cenizas; después, nuestros hijos habrían hecho lo mismo. Y los clanes dirían que éramos felices y buenas y habíamos criado a unos hijos magníficos, maldita sea. Y cuando esos hijos murieran, nuestro recuerdo se desdibujaría, y cuando sus hijos murieran, desaparecería alejándose por los largos túneles como el polvo en que nos convertimos. Habría sido una vida insignificante —digo encogiéndome de hombros—, pero la habría disfrutado. Y todos los días me pregunto si, en caso de que me ofrecieran la posibilidad de volver, de ser ciega, de recuperar todo aquello, ¿la aceptaría?

—Y ¿cuál es la respuesta?

—Siempre he pensado que hacía todo esto por Costia. Me movía con la determinación de una flecha porque tenía esa idea única y perfecta en mi cabeza. Esto era lo que ella quería. Yo la quería a ella. Así que convertiré su sueño en realidad. Pero eso es una tontería. Yo vivía la mitad de una maldita vida. Convirtiendo a una mujer en ídolo, convirtiéndola en mártir, en algo en lugar de en alguien. Fingiendo que era perfecta. —Me paso la mano por el pelo grasiento—. Costia no lo habría querido así. Y cuando vi los Huecos, lo supe sin más. Es decir, supongo que mientras hablaba me di cuenta de que la justicia no tiene nada que ver con arreglar el pasado, sino con arreglar el futuro. No estamos luchando por los muertos. Lo hacemos por los vivos. Y por los que aún no han nacido. Por la oportunidad de tener hijos. Eso es lo que tiene que llegar después de todo esto. Si no, ¿qué sentido tiene?

Raven permanece sentada, pensando en silencio en lo que acabo de decir.

—Tú y yo seguimos buscando la luz en la oscuridad, esperando que aparezca. Pero ya lo ha hecho. —Le toco el hombro—. Somos nosotras, chavala. Por muy rotas y destrozadas que estemos, por muy estúpidas que seamos, nosotras somos la luz, y nos estamos expandiendo.