Los personajes le pertenecen a Meyer.
Capítulo III
¿Perfecto Tsunami?
La palabra que definía a Edward Cullen era: perfección. No podía soportar que su mundo no fuera un cúmulo de cosas que se manejaran bajo los cánones de la armonía. Su ropa debía estar perfecta, su habitación perfectamente organizada, sus libros, cada uno por autores, fechas de publicación, y en estricto orden alfabético; sus comidas debían ser reguladas, sus horarios debidamente cronometrados. La hora de levantarse, la hora de hacer ejercicio—dos horas estrictas—su desayuno cuidado, su almuerzo y una cena frugal que le daba la sensación de que su cuerpo estaba bien alimentado, sin ninguna toxina que lo alterara. A los quince años entendió que si no tenía una rigidez en su vida, no podría alcanzar lo que deseaba: una perfecta venganza.
Se impuso a sí mismo disciplina férrea, mortal control sobre lo que le rodeaba y una mirada despiadada sobre todo aquel que no permitiera su cometido. Sin embargo hoy, a los treinta y cuatro años de edad, Edward Cullen tenía una buena vida a pesar de todo, sin embargo su deseo de perfección tenía grandes baches, muchos de ellos lo desviaron de la precisión que deseaba, otros simplemente lo desgarraban por dentro.
—Tiene que ser el mejor regalo del mundo.
—Él va amarlo, Edward.
— ¿Crees que lo entienda?
—Por supuesto.
Edward respira, se quita sus lentes y cierra los ojos, está agotado de leer, ha escrito una de sus dos columnas habituales y lucha con garra frente a su nueva nóvela, ésta última simplemente es un esfuerzo titánico para superarse a sí mismo. Algo de ella se le escapa y no sabe el porqué. Ha leído cientos libros sobre el tema, ha viajado al lugar donde la trama se desarrolla, conoce la historia del país, sabe hablar hasta el idioma local para que nada quede a la deriva, sin embargo siente que a la trama le falta corazón. Es un desafío al cual se quiere enfrentar con la fuerza de su portentoso intelecto. Las clases como maestro no le causan tanto malestar, ni exigen de él más allá de lo que un maestro debe dar, aunque lo da todo, está en ese punto en que ninguno de sus estudiantes lo desafían, tiempo aquel donde era él quien desafiaba a los maestros, desafío que le granjeó enemigos, pero también ser el docente más joven de Cambrige Universidad, pero sobre todo ese triunfo fue el primer escalón para castigar a quien debía castigar.
— ¿Vas a venir muy pronto?
—No lo sé, Esme, estoy en Atlanta para lo de la convención, tengo que negociar una entrevista muy importante sobre políticas del medio ambiente, son miles de cosas a la vez.
—No te atrevas a no venir para su cumpleaños, no te lo perdonaría jamás.
—Tú sabes que no lo haré.
—Edward, no te atrevas—el tono de Esme es contundente—es una oportunidad de oro.
— ¿Tú crees que deseo esto, Esme?
—Eres demasiado duro, y no es culpa de nadie lo que pasó, así que ya basta, ellos quieren que desistas.
—Ellos quieren que yo me sienta culpable por lo de su hija, nunca entenderán lo que pasó, ni siquiera entenderán que ella me amaba.
—Cariño, le diste a Johana lo mejor de ti, lo sé, solo que siempre te culparan por todo.
Hay un silencio entre los dos. De continente a continente ambos se conectan, siempre ha sido así.
—Te necesito aquí.
La mujer suelta una carcajada.
— ¿A quién estás torturando? Escuché que tus estudiantes hicieron fiesta por los meses sabáticos que te tomaste.
—La gente es mediocre, eso es todo.
— ¿Puedes bajar del Olimpo un segundo?
—Sabes cómo pienso, Esme. No puedo dejar de ser lo que soy, he llegado muy lejos entendiendo que mis estándares son ir hasta el cielo.
—Yo sé cuál es tú cielo, Edward. Tania, tú hermano y tu padre no se lo merecen, a Jasper y a Anthony les diste una lección que nunca superaran, y te sigues vengando logro a logro ¿puedes parar?
—No.
—Edward, Tanía juega siempre, cariño, ese es su poder ¿Cuándo te vas a dar cuenta? Por dos años pudiste controlarlo todo con ella, Johana estaba ahí, pero…
—No más, Esme—la interrumpe con voz de hierro—sabes que no voy a discutir esto contigo.
—Esa mujer es una maldición.
— ¡Abuela!
La mujer al otro lado del teléfono, sabe que aquel tono de voz, y decirle abuela, es el síntoma de que algo terrible va a pasar, la conoce mejor que nadie. Tose incomoda ¡odia a Tania! Tantos años haciéndose el mejor, un atleta desde lo intelectual y física, y esa mujer lo maneja con su desprecio.
—Siempre será lo mismo, Edward.
El gruñe, no desea escuchar. Solo quiere algo de tranquilidad y el nombre del amor de su vida, lo tortura. No hay un día en que no la ame, la desee y sueñe con ella como un adolescente. Sin embargo controla cada latido, cada respiración y cada pensamiento. No puede darse el lujo de estar en constante incertidumbre. Odia amarla, odia ser el que siempre pierde.
—Estaré en casa, Esme, compraré el mejor regalo y será una fiesta inolvidable.
—Llámalo, será muy feliz, eso es lo único que él desea.
A los diez minutos cuelga el teléfono, se sienta frente a su escritorio y comienza de nuevo la rutina, sim embargo siente que la enorme cicatriz que en su corazón supura, hoy es una llaga que duele.
Necesita furia y fuego.
Necesita liberar, desquitarse y sentir que está más allá de cualquier sentimiento.
Se mete a la ducha, deja que el agua helada corra por su piel, quiere aplacar cada una de esas emociones que lo carcomen desde que tenía siete años.
Es ese día que desnudo como un niño esa mujer pequeña y vulgar llega a su vida.
La ve de espaldas en el balcón de su habitación, algo en ella le llama la atención, no es su estatura, ni su cabello oscuro, es quizás una sensación de que algo trascendental ocurre en ese segundo en que la mujer aspira el oxígeno y observa el horizonte.
Cuando la interpela, ella se debilita y por un momento entiende que si no la toma de su muñeca, la mujer caerá al vacío.
Todo en ese momento es tensión, algo de esa mujer lo agrede y no sabe qué es, quizás su acento, su forma de mirarlo a los ojos directamente, el hecho de que en menos de tres minutos le ha faltado al respeto, lo han insultado con palabras soeces ¡odia la vulgaridad! Detesta que ella no entienda quien es él, que se haya entrometido en su espacio, que lo desafíe ¡demonios! ¡Es fascinante! Una gata verdadera, una Kate insumisa y salvaje.
A la media hora está en el centro de convenciones, todos sus colegas periodistas lo increpan en el deseo de saber ¿cómo consigue sus fuentes? ¿Cómo logró ser un periodista relevante a su corta edad? ¿Qué hace para sacarles verdades a los líderes del mundo? ¿Qué lo hace a él tan despiadado?
Se aburre, odia estar en medio de la multitud, no le interesa ese tipo de mercancía sobre su trabajo, detesta el poder que está tras cada uno de los medios de comunicación y para muchos de los que está allí es una presencia incomoda que los increpa sobre una ética férrea de trabajo. Entiende que siendo odiado por la mitad de sus colegas es un eslabón que la prensa mundial quiere mantener, para así dar la imagen de que aún existe decencia en el periodismo.
Camina hacia el bar, solo una copa de vino, un buen Pinot sería perfecto. Se sienta en el bar, e inspecciona el lugar con ojo crítico, han cambiado la vidriería, y las mesas ostentan unos dorados que le dan un aire vintage al lugar, le encanta el hotel, aunque no lo dirá nunca. No siente que debe halagar a la gente tan solo por hacer su trabajo.
¡Es un imbécil pomposo! Lo sabe, pero serlo lo ha hecho un sobreviviente.
El mesero, un anciano le sonríe, él no le responde, pero al hombre parece no importarle.
— ¿Lo mismo de siempre, señor Cullen?
—Sí.
Al poco rato una copa de vino pende sobre su mano. Se mira en la vidriera del bar. Se observa casi hasta la obsesión, no hay nada de él que no sea milimétricamente estudiado, sin embargo hoy la sensación de que algo falta lo acosa. Frente a esas emociones, el Edward Cullen frío y racional pierde, y solo ve su niñez, su adolescencia atípica y las miradas de indiferencia que lo acribillaron durante años.
Bebé de su copa sin titubear, odia sentir que a pesar de todo sigue siendo aquel niño asustado, deseoso de ser amado y repleto de miedo por ese halo oscuro que siempre venía por él los viernes en la noche.
Solo Esme lo amaba. De resto nadie.
Piensa en Johana, y un remordimiento azota su sangre como fuego.
Por primera vez en muchos años, su metódica rutina cambia, al volver a pedir otro vaso de Pinot.
Cierra los ojos, y la ausencia de ese algo que nunca ha tenido lo lastima más que cualquier cosa, el cabello rubio que cae sobre su espalda, el vaivén delicioso de esa mujer cuando camina, los ojos azules que graciosamente declinan ante una palabra.
Sus labios se abren levemente, y el nombre de Tanía aparece en la punta de su lengua.
Saca el dinero de su billetera Cartier de color azul, pura elegancia, pura estupidez, dice ese niño rebelde de quince años que odia todo eso que su padre ama. Pero allí está, él de treinta y cuatro años vestido de pies a cabeza con ropa de marca, tan solo para palear su vieja sensación de envidia y de que es menospreciado.
Sale del bar y el aire se ralentiza a lo lejos ve a la pequeña Kate, la insignificante ratón que lo desafía, ella trata de pasar desapercibida, con su carrito de aseo, su utensilios, y su mundo pequeño, algo maligno y emocionante se prende en su espíritu, quiere ir tras ella y decirle que su coleta más alta le da más estatura, que esos zapatos blancos de plástico son lo más feo que ha visto y que su labial coral no le queda a aquella hermosa boca.
Mete sus manos a los bolsillos, algo se incendia dentro, empequeñece sus ojos y dibuja sobre su rostro una mueca cínica.
Se dirige con paso firme hacia la oficina de Aro Volturi.
—Esto va a ser malditamente divertido.
La habitación está vacía. Respira ¡Gracias a Dios! Da un paso hacia ésta, y se maldice ¡no es hora de tener miedo! ¡Que ese cabrón pomposo se joda! ¿Quién es él?
Todo es impecable, ni parece que haya dormido en la cama. El olor fuerte de la loción se impregna en su piel, el perfume es una caricia suave que no quiere sentir. Todo está a media luz y el azul de la habitación la relaja, y no quiere estar relajada, quiere estar alerta porque de pronto aquel idiota salta sobre ella y desea estar preparada para arrancarle los ojos o sus bolas si viene caso. No puede evitar carcajearse pensando en que los periódicos dirán:
Mujer corta las bolas de un hombre. Tan solo porque éste no le gustó como tendió su cama….
¡Ja!
Espera dos minutos y el insufrible y divino cabrón no está.
Lentamente observa el panorama ¿este hombre no es humano? No hay zapatos en el piso, ni toallas, ni siquiera una muda de ropa desperdigada. En media hora cambia las sábanas, el señor Volturi le da indicaciones precisas sobre los "gustos" particulares de Edward Cullen. Todo debe ser de seda o lino francés ¿qué diablos? Las toallas deben ser de microfibra y todas blancas, cada uno de sus utensilios de aseo debidamente puestos en orden, el agua especial, odia el olor a canela, jazmín o pino. La habitación debe permanecer en un ambiente fresco, no se puede prender el aire hasta más allá de veintidós grados y todo debe estar en un lugar indicado.
De pronto algo no está en orden: su escritorio. Recuerda que el hombre es periodista, maestro y escritor, ella se reciente, está luchando con un pequeño libro y este hombre escribe, y ella escasamente puede deletrear tres sílabas seguidas. Agarra con fuerza uno de los limpiones y mira hacia los lados, se muerde sus labios y mira con curiosidad y miedo los papeles y libros que allí están.
Historia de la India, El dios de las pequeñas cosas, hijos de la medianoche y tres libros más, un diccionario que ella no se atrevió a tomar, pero su portada era de cuero, dos grandes resmas de papel, y siete lápices y plumas que al parecer eran de color marrón. Se aparta, el universo que ese hombre representa está a millones de años de su comprensión. Pero no puede evitarlo, y temiendo por todo pero deseosa de saber que había allí y cómo escribía aquel hombre, lee. Lo hace ávidamente, describe colores, ambientes, temperaturas, ¿la India? Es un lugar tan lejano para ella, otro planeta. Pocas veces ha viajado, lo hizo con Jacob de luna de miel y fue una experiencia de la que tiene pocos recuerdos, solo el sexo desaforado que con él tenía que al final la dejaban agotada e insegura. Retoma la lectura y lee sin entender la mitad de lo que dice, palabras que ella jamás ha escuchado y que suena a otro idioma. Se sienta en la silla y continúa leyendo, algo la conmueve y no sabe el porqué, quizás es su letra alargada y elegante, que escribe a mano con tinta marrón, que a los lados tiene notas sobre cosas que ha olvidado y que debe corregir ¡hasta tiene dibujos! A pesar de no entender, de las descripciones alargadas y llena de extensos adjetivos, Bella se siente conmovida, hay un mundo ahí, un mundo de un hombre que ella pensó no podía existir. Hay una frase entre todas que ella entendió:
Cuando todo está perdido, cuando todo ha fallado, ni siquiera la muerte es consuelo, lo único posible es empezar, tomar un nuevo nombre, y entender que la lucha temiendo a perder es lo que queda. No es esperanza, no es fe, es fuerza.
Y le hablaba a ella.
Sólo a ella.
Cierra los ojos y de nuevo el olor a loción masculina la enerva. Tiene el pedazo de papel en sus manos, y vuelve a leer, no puede ser posible que ese culo pomposo pueda hablarle. Está segura que todo lo que escribe es un juego de palabras de alguien que no sabe nada sobre la lucha, la derrota y la tristeza. Era un tipo rico, que se deleitaba con el sufrimiento de los demás y que conseguía toda esa belleza pomposa robando las emociones de los demás. Era un vampiro emocional, término que lo escuchó de la tonta hermana de Jacob que vivía leyendo cosas de autoayuda. Rueda los ojos, la pobre mujer pegada de ese padre maldito.
Lee de nuevo la frase, y la voz de consuelo que ésta le dio la primera vez que leyó, ahora, le da rabia ¿qué derecho tenía? ¿Qué sabia él de nada? Un tipo que lo tiene todo y que piensa que el mundo está para servirle.
—Estúpido niño rico.
Se para furiosa sin medir fuerza y a la vez que rompe el papel donde está todo escrito, la tinta marrón elegante que tiene al lado de su escritorio se riega sobre el resto de sus papeles.
— ¡Mierda! ¡Mierda!—grita desesperada— ¡Dios no! ¿Por qué me odias? —por un momento vio como los ojos verdes aterradores de tigre hambriento la despedazan, en un segundo se ve en la calle, perseguida por ese hombre o en la cárcel, o algo mucho peor—no quiero ser una de esa chica de The orange is the new black ¡no!
Intenta organizar y limpiar pero el desastre se incrementa, ha manchado el escritorio, la silla, los papeles están por el suelo y todo es un terrible y apocalíptico desastre. Se rinde, sentada en el suelo como una niña pequeña ve lo que ha hecho. Se levanta derrotada, no puede hacer nada. Da una mirada sobre todo el lugar y el desconsuelo del principio nace sin que ella lo reconozca una sensación de absurdo y de algo irremediable. No sabe porque pero comienza a reírse, al principio es una risa leve, pero segundos después la carcajada sale de su pecho y todo su cuerpo se mueve como si un titiritero halara desde muy arriba.
Recuerda por qué aceptó volver a la habitación del monstruo de las pesadillas del Palatino Hotel.
—Revolución.
Las historias de todos a quienes maltrató, de todos aquellos que se aterraban ante sus demandas absurdas, de todos aquellos que él miraba como cucarachas miserables.
Recorre de nuevo la habitación, por un momento se queda allí quieta, con la mente en blanco. Al segundo entorna los ojos hace un gesto de burla, va hacia la cama y la desarregla, tirando la almohada al suelo ¡Dios! ¡Cuidado que el niño no se contamine!
Agarra su carrito de aseo, prende su celular y pone la radio, y comienza a limpiar una nueva habitación. Sabe que ese hombre va a gritar con todas sus fuerzas ¡Bah! Atacando la Bastilla es como se comienza todo, bueno, al menos eso fue lo que leyó en Wikipedia.
Espera todo el día, sin embargo nada pasa, sabe que el idiota ha vuelto y que lleva horas encerrado. Aro Volturi no pregunta nada, y la señora Michell está al tanto, ambos se muestran impávidos, y divertidos, aunque sobre los dos exista la sombra del despido, entienden que es hora de darle una lección a Edward Cullen.
Sabe que no ha pedido nada para comer.
Escondida estratégicamente espera a que baje hacia el restaurante. Finalmente ve al sujeto, y no puede dejar de admirarlo.
¡Es una cosa maravillosa!
¿Qué te pasa, Isabella? Es un pendejo, que es hermoso, si, lo es, pero es un tipo odioso ¿recuerdas que te la pasabas suspirando por Jack? Amabas su cabello largo y sus ojos oscuros, te sentías tan orgullosa de que fuera tu novio ¿no aprendiste la lección? Los tipos hermosos, son un desastre, y este es una Tsunami, un terrible y espantoso Tsunami.
Retrocede a su adolescencia, y se ve sentada en el Ferrari negro de su novio, tan orgullosa, sintiendo que el mundo le pertenecía, creyendo que todos la envidiaban y que por eso merecía pisotearlos. Jack, Jack, Jack, ojala no se hubiera fijado en él, quizás ahora sería feliz, quizás ahora tendría una buena vida, quizás el alcohol no la habría contaminado.
Quizás, todo habría sido diferente.
Sabe que como mucama tiene acceso a la cocina del hotel, entra sin dar advertencia de nada y camina con tranquilidad hacia una pequeña puerta de servicio. El restaurante tiene escasamente tres clientes, todos los periodistas y gente de los medios cena en el buffet del centro de convenciones.
Está sentado solitario, viste un traje de dos piezas de color azul hielo, con una corbata color azul noche, sus modales son refinados, pero Bella percibe sus movimientos como si éstos fueran una coreografía. Solo bebé agua, y observa su celular concentrado, su ceño es fruncido y más allá de eso no parece haber nada más.
Es un hermoso maniquí.
Un mesero se le acerca y él niega con la cabeza, le sirven otro vaso de agua y lo toma con despacio, No espera a nadie, no habla con nadie. Vuelve a su celular y parece buscar algo en él, se detiene y como por arte de magia sonríe. Y es maravilloso. No quiere dejar de verlo sonreír, pero lo ve levantar la cabeza y buscar algo ¡carajo! ¿Será que sintió su mirada sobre él? Bella se sonroja y se recuesta en la pared.
¿Qué te pasa? No eres una chiquilla viendo el chico popular de la escuela. Ese hombre representa tu pasado Bella.
Resuelta sale de la cocina y va hacia los casilleros, debe ir a la escuela, eso es lo único que importa. Pero antes de irse, va a la librería que queda en el primer piso del Palatino y compra los libros de Edward Cullen. Los Caballeros del Centauro.
Al día siguiente ella entra a la habitación, son las diez de la mañana y la habitación está a oscuras, camina a tientas para dar espacio al aire. El olor a perfume continúa y la humedad de un baño a vapor continúa. Todo es silencio, pero en un segundo entiende que ese hombre está allí y la observa, ella traga hielo, sabe que es hora de enfrentarlo. Abre las ventanas.
—Dígame, Kate ¿tengo hoy que salvarla? Porque no estoy para tener compasión.
Ella no mueve un músculo, voltea y sonríe.
—Buenos días, señor. Pensé que no estaba en este momento, me retiro—todo esto lo dice con un gesto malicioso que a él no se le escapa.
Edward no se mueve, su rostro es de madera y no hay un solo gesto que lo delate, sin embargo sus ojos son tormentas.
—Ayer estuvo aquí.
—No sé a qué se refiere.
—Pequeña Kate, no es usted una mentirosa, se muere por decirme de su pequeño acto de rebeldía.
Isabella abre los ojos en clara presunción de inocencia.
— ¿Yo, señor? Soy solo una mucama.
El hombre estira su mano y saca del bote de la basura los papeles repletos de tinta.
— ¡Dañó mi trabajo! ¡No tendió mi cama! ¿Sabe lo que significa?
—Que puede tenderla usted, señor.
Edward respira repleto de impaciencia, finalmente se quita el gesto de no sentir nada y sus labios se repliegan contra los dientes
—No tiendo camas.
—Pues debería para que se le quite lo pendejo.
En un segundo el tigre salta sobre su presa, Bella no tiene tiempo y queda bajo la estatura de su enemigo.
— ¿Usted quién es, usted que es?
—Solo soy su mucama—saca su voz de su pecho con una fuerza inusitada— ¿no era lo que quería?
— ¿Sabe lo que significa arruinar mi trabajo?
Bella se para recto, levanta su barbilla y abre sus ojos desafiantes.
—No era tan bueno lo que escribió.
— ¿Cómo se atreve?
— ¿Por qué? ¿Acaso una mujer ignorante como yo no puedo decir que lo escribió es una completa tontería?
Edward respira, su mandíbula está desencajada y aspira a bocanadas. Ninguno de sus estudiantes lo había desafiado de esa manera, ni los más listos. Se aparta y gira sobre su eje, la mujercilla esa parece no temer, quiere descalificarla, decirle que no tiene la formación, el vocabulario, el conocimiento, todo el bla bla pomposo con el que atacaba a todos. Ella dice la verdad, no era bueno lo que escribió, necesitaba a alguien sin la visión nublada por arrogancias enciclopédicas, era tan cierto, una verdad sin tapujos, sin compasión. Una verdad que él mismo se negó a aceptar, pero que simplemente estaba allí.
Sin embargo no se va a rendir.
Va a la licorera y saca un trago de whisky, la mujer no se mueve, ella está esperando ganar esta primera batalla, no la guerra, sabe que el hombre enfrente tiene todo para vencer, pero no se va a rendir, enfrentarse a él, es enfrentar años en que todos pensaban que Bella Swan era una mujer incapaz de triunfar en algo.
Edward vuelve hacia ella, no se ha calmado, pero detiene su impulso asesino. Bebé de su vaso, respira con fuerza y el aliento es azúcar, anís, y colonia.
— ¿Y dónde se supone que falle, Kate?
—No soy Kate, no me llame por ese nombre.
Él se carcajea amarga, ¡pequeña salvaje, ignorante! ¿Y aun así quiere su opinión?
— ¿Terminaste al menos la secundaria?
Bella se despabila, frunce su ceño y sin mediar en nada, ni siquiera sin ser consciente de que esta batalla con el odioso de Cullen sería su guillotina, le da un puntapié en su espinilla tan fuerte que hasta a ella le dolió. Edward rechina, pero no se dobla, agarra la mano de la mujer y la estrella en su pecho, ambos están sincronizados aire con aire, no saben además, que sus corazones laten al unísono.
Hay un fuego que arde.
Hay historias parecidas.
Existen caminos que se encuentran, sin embargo no están para escuchar los signos de dos vidas que están irremediables destinadas a ser una sola.
Las miradas chocan.
Hay furia entre los dos.
Ambos titubean, la fuerza de la gravedad los tiene atrapados, sus labios parecen chocar.
Edward por primera vez flaquea—Tienes agallas.
—Más que usted, sí—algo en su mente se prepara—las mismas agallas que le faltan para ponerle corazón a lo que escribe.
Él la suelta.
—La escritura no es cuestión de corazón.
—Quizás por eso no sentí nada, solo son frases pomposas, demasiados adjetivos, palabras que no van a ninguna parte, soy una mujer ignorante, no terminé la secundaria, pero al menos tengo lo que a usted le falta.
Edward hace una mueca cínica.
—¿Y eso qué es?
Ella respira.
—Alma.
El hombre se silencia, se aparta hacia la oscuridad del cuarto y se queda en silencio.
Bella lo ve apartarse, algo se fractura dentro de ella, no es una mujer malvada, su madre jamás lo fue, y ella lo ha sido, lo ha lastimado.
Agarra su carrito, abre la puerta y se aleja temblando.
Entiende que la guerra es cuestión de crueldad. Que quizás no tiene el odio suficiente para ser quien infrinja heridas, que para ganar hay que convertirse en un ser malvado, y ella no lo es.
Esa noche por primera vez en años, Edward se emborracha hasta perder la razón, esa noche siente todo lo que ha perdido en aquel camino de odios, revanchas y despechos.
Tiene alma, tan solo que para él ha sido su desgracia.
Gracias por leer.
Son todas muy amables por dejar sus comentarios, ser lectoras fantasmas y gustarles lo que escribo.
Hasta un próximo capítulo.
