36

BAZOFIA

Me encuentro con Octavia por el pasillo cuando dejo a Raven con Ragnar. Es tarde, más de medianoche. Sin embargo, ella acaba de llegar de Fobos para ayudar con la coordinación de los últimos preparativos entre la seguridad de Quicksilver, los Hijos y nuestra nueva armada, de la que le he otorgado el mando hasta que nos reunamos con Orión. Se trata de otra decisión que molesta a Marcus. Le da miedo que conceda demasiado poder a dorados que podrían tener motivos ocultos. La presencia de Mustang podría ser la gota que colme el vaso.

—¿Cómo lo lleva? —me pregunta Octavia refiriéndose a Raven.

—Mejor —contesto.

No se han vuelto a ver desde mi discurso en Fobos. Raven estaba en los barcos mientras ella coordinaba desde la seguridad de la torre de Quicksilver.

—Pero se alegrará de verte —añado.

Sonríe ante mis palabras, muy a su pesar, y creo que incluso se sonroja.

—¿Adónde vas? —me pregunta con un exceso de celo.

—A asegurarme de que Mustang y Marcus no se han arrancado aún la cabeza el uno al otro.

—Noble. Pero demasiado tarde.

—¿Qué ha pasado? ¿Va todo bien?

—Según cómo lo mires. Marcus está en la sala de guerra despotricando sobre los complejos de superioridad de los dorados, su arrogancia, etcétera. Nunca le había oído decir tantas palabrotas. No me he quedado mucho tiempo y él no me ha hecho mucho caso. Ya sabes que no me tiene tanto cariño.

—Y tú tampoco le tienes mucho cariño a Mustang —digo.

—No tengo nada contra esa chica. Me trae recuerdos del hogar. Especialmente teniendo en cuenta a los nuevos aliados que nos has traído. Simplemente pienso que es una potrilla hipócrita. Eso es todo. Pero los que te tiran de la montura son los mejores caballos, ¿no crees?

Me echo a reír.

—No estoy segura de si eso era una indirecta o no.

—Lo era.

—¿Sabes dónde está?

Octavia pone carita de pena.

—En contra de la opinión popular, yo no lo sé todo, querida. —Pasa a mi lado para unirse a Raven y me da unas palmaditas en la cabeza antes de marcharse—. Pero yo miraría en el economato del nivel tres si estuviera en tu lugar.

—¿Y adónde vas tú? —le pregunto.

Sonríe con malicia.

—Métete en tus propios asuntos.

Encuentro a Mustang en el economato, encorvada sobre una botella de metal, en compañía del tío Gustus, Kavax y Daxo. Una docena de Víboras ocupan las otras mesas, fumando ciscos y escuchando atentamente a Mustang, que está sentada con las botas sobre la mesa y utilizando a Daxo a modo de respaldo mientras les cuenta una anécdota sobre el Instituto a los otros dos ocupantes de la mesa. No los había visto al entrar debido a la corpulencia de los Telemanus, pero mi hermano y mi madre están sentados escuchando la historia.

—… y, claro, entonces grito llamando a Lincoln.

—Ese es mi hijo —le recuerda Kavax a mi madre.

—… y él aparece en la parte alta de la colina encabezando una columna de miembros de mi casa, y Lexa y Bellamy sienten que el suelo tiembla y corren chillando hacia el lago, donde se pasaron horas abrazados, tiritando y poniéndose azules.

—¡Azules! —repite Kavax con una gran carcajada infantil que hace que a los Hijos que escuchan con disimulo les resulte imposible mantener la compostura. Aunque sea dorado, es difícil que Kavax au Telemanus no te caiga bien—. Azules como arándanos, Sófocles. ¿No es verdad? Dale otra, Deanna.

Mi madre le lanza una gominola a Sófocles por encima de la mesa, y el zorro espera ansiosamente junto a la botella para devorarla.

—¿Qué pasa aquí? —pregunto sin apartar la mirada de la botella con la que mi hermano rellena las jarras de los dorados.

—La muchacha nos está contando historias —dice Gustus con un tono de voz áspero a través de una nube de humo de cisco—. Tómate una copa.

Mustang arruga la nariz a causa del humo.

—Es un vicio horrible, Gustus —dice.

Nyko mira con intención a nuestra madre.

—Llevo años diciéndoselo a ambos.

—Hola, Lexa —dice Daxo, que se levanta para darme un apretón en el brazo—. Es un placer verte sin un filo en la mano esta vez.

Me clava un largo dedo en el hombro.

—Daxo. Lamento todo aquello. Creo que estoy en deuda contigo por encargarte de cuidar a mi gente.

—Ha sido Orión quien se ha ocupado de casi todo —dice con los ojos brillantes.

Regresa elegantemente a su asiento. Mi hermano está cautivado por el hombre y los ángeles que lleva tatuados en la cabeza. ¿Cómo no iba a estarlo? Daxo pesa el doble que él, es impecable y aún más educado que un rosáceo como Matteo, del que me han dicho que se está recuperando bien en una de las naves de Quicksilver y que está encantado de saber que estoy viva.

—¿Qué ha pasado con Marcus? —le pregunto a Mustang.

Tiene las mejillas sonrosadas y se ríe de la pregunta.

—Bueno, no creo que le caiga muy bien. Pero no te preocupes, entrará en razón.

—¿Estás borracha? —pregunto con una carcajada.

—Un poco. Ponte al día.

Gira las piernas y apoya los pies en el suelo para dejar espacio en el banco a su lado.

—Estaba a punto de llegar a cuando luchaste con Lincoln en el barro.

Mi madre me observa en silencio, con una pequeña sonrisa dibujada en los labios, pues sabe el pánico que debe de invadirme en estos instantes. Demasiado impactada por el hecho de que las dos mitades de mi vida hayan entrado en contacto sin mi supervisión, tomo asiento con nerviosismo y escucho a Mustang terminar la anécdota. Con todo lo que ha sucedido, se me había olvidado lo encantadora que puede llegar a ser. Su naturaleza sencilla, ligera. Cómo atrae a los demás haciéndolos sentirse importantes, pronunciando sus nombres y dejando que se sientan visibles. Tiene hechizados a mi tío y a mi hermano, y la admiración de los Telemanus hacia ella no hace sino reforzar esa sensación. Intento no sonrojarme cuando mi madre me sorprende admirando a Mustang.

—Pero ya basta de hablar del Instituto —tercia Clarke cuando termina de explicar con todo lujo de detalles mi duelo con Lincoln delante de su castillo—. Deanna, me prometiste que me contarías una historia de Lexa cuando era pequeña.

—La de la bolsa de gas —propone Gustus—. Ojalá Loran estuviera aquí…

—Esa no —replica Nyko—. La de…

—Yo tengo una —los interrumpe mi madre. Comienza a hablar despacio, pues le cuesta pronunciar las palabras—. Cuando Lexa era una cría, tendría unos tres o cuatro años, su padre le regaló un viejo reloj que su padre le había dado a él. Era un cachivache de latón, con una rueda en lugar de números digitales. ¿Te acuerdas de él? —Asiento—. Era bonito. Tu posesión más preciada. Y años más tarde, después de que su padre muriera, Nyko se puso enfermo y no dejaba de toser. Los médicos siempre estaban faltos de suministros en las minas, así que tenías que conseguirlos por medio de los gamma o los grises. Pero todo tiene un precio. Yo no tenía ni idea de cómo iba a pagarles, y entonces Lexa llega un día a casa con la medicina y se niega a decirme cómo la ha conseguido. Pero varias semanas más tarde vi a uno de los grises mirar la hora en aquel viejo reloj.

Me miro las manos, pero siento la mirada de Mustang clavada en mí.

—Creo que es hora de acostarse —dice mi madre.

Gustus y Nyko protestan, hasta que ella se aclara la garganta y se pone de pie. Me da un beso en la cabeza, prolongándolo más de lo que lo haría normalmente. Luego toca a Mustang en el hombro y sale cojeando de la habitación con la ayuda de mi hermano. Los hombres de Gustus se marchan con ellos.

—Es una mujer muy fuerte —comenta Kavax—. Y te quiere mucho.

—Me alegro de que os hayáis conocido así —le digo y luego, dirigiéndome a Mustang, añado—: Especialmente en tu caso.

—¿A qué te refieres? —pregunta.

—A que yo no he estado presente para intentar controlarlo. Como la última vez.

—Sí, yo diría que fue bastante desastroso —apunta Daxo.

—Esta vez todo parece mejor —digo.

—Estoy de acuerdo. Así es. —Mustang sonríe—. Me gustaría poder presentarte a la mía. Te habría caído mejor que mi padre.

Le devuelvo la sonrisa, preguntándome qué es exactamente lo que hay entre nosotras. Temiendo la idea de tener que definirlo. Cuando estoy cerca de ella me siento tranquilo. Pero me da miedo preguntarle qué piensa. Me asusta mencionar el tema por si se rompe este pequeño espejismo de paz. Kavax se aclara la garganta con torpeza y rompe el momento.

—Entonces ¿la reunión con Marcus no ha ido bien? —pregunto.

—Me temo que no —contesta Daxo—. El resentimiento que alberga es profundo. Teodora ha estado más abierta y comunicativa, pero él se ha mostrado… intransigente. Radicalmente intransigente.

—Es un jeroglífico —aclara Mustang, que bebe otro trago y esboza una mueca ante la alta graduación—. Nos ha ocultado información. Se ha negado a compartir nada que yo ya no supiera.

—Dudo que tú le hayas revelado mucho más.

Esboza une mueca.

—No, pero estoy acostumbrada a hacer que los demás compensen mi silencio. Es muy listo. Y eso quiere decir que va a ser difícil convencerlo de que quiero que nuestra alianza funcione.

—¿Eso quieres?

—Sí, gracias a tu familia —contesta—. Quieres construir un mundo para ellos. Para tu madre, para los hijos de Nyko. Eso lo entiendo. Cuando… decidí negociar con la soberana, yo intentaba hacer lo mismo. Proteger a mis seres queridos. —Su dedo traza muescas sobre la mesa—. Era incapaz de ver un mundo sin guerra a menos que nos rindiéramos. —Busca mis manos desprovistas de emblemas con la mirada, me examina la carne desnuda como si contuviera el secreto de todos nuestros futuros. Tal vez sea así—. Pero ahora sí lo veo.

—¿Lo dices en serio? —insisto—. ¿Estáis todos de acuerdo?

—La familia es lo único que importa —dice Kavax—. Y tú eres de la familia.

Daxo me pone una mano elegante sobre el hombro. Incluso Sófocles parece entender la gravedad del momento y me apoya la barbilla en el pie bajo la mesa.

—¿No es así?

—Sí. —Asiento agradecida—. Lo soy.

Con una sonrisa tensa, Mustang se saca un trozo de papel del bolsillo y me lo pasa.

—Esa es la frecuencia de comunicación de Orión. No sé dónde están. Probablemente en el cinturón. Les di una directriz simple: provocar el caos. Por lo que he oído de boca de los dorados, eso es precisamente lo que están haciendo. Necesitaremos a Orión y sus barcos si vamos a derribar a Abby.

—Gracias —les digo a todos—. No pensé que fuéramos a tener una segunda oportunidad.

—Ni nosotros —apunta Daxo—. Permíteme que sea franco contigo, Lexa: hay un asunto preocupante. Se trata de tu plan. Tu intención de utilizar Garras Perforadoras para que los obsidianos invadan las principales ciudades de Marte… Creemos que es un error.

—¿De verdad? —pregunto—. ¿Por qué? Tenemos que arrebatarles sus centros de poder, ganar terreno con la población.

—Padre y yo no tenemos la misma fe en los obsidianos que pareces tener tú —dice Daxo con cautela—. Tus intenciones importarán poco si les das rienda suelta entre la población de Marte.

—Bárbaros —interviene Kavax—. Son bárbaros.

—La hermana de Ragnar…

—No es Ragnar —me interrumpe Daxo—. Es una extraña. Y después de oír lo que les hizo a los prisioneros dorados… no podemos sumar nuestras fuerzas con la conciencia tranquila a un plan que liberaría a los obsidianos en las ciudades de Marte. Las mujeres Arcos tampoco lo harán.

—Entiendo.

—Y hay otro motivo por el que consideramos que el plan presenta fallos —dice Mustang—: No se ocupa apropiadamente de mi hermano.

—Mi prioridad es la soberana —digo—. Ella es la mayor amenaza.

—De momento. Pero no menosprecies a mi hermano. Es más listo que tú. Más listo que yo. —Ni siquiera Kavax contradice sus palabras—. Mira lo que ha conseguido. Si sabe cómo disputar el juego, si conoce las variables, se sentará en una esquina durante días repasando los posibles movimientos, contraataques, externalidades y resultados. Esa es su idea de la diversión. Antes de la muerte de Aden y antes de que nos mandaran a vivir a casas diferentes, se quedaba en su habitación, lloviese o brillara el sol, y hacía rompecabezas, creaba laberintos sobre el papel y me suplicaba una y otra vez que intentara encontrar el centro cuando volvía de montar a caballo con mi padre o de pescar con Aden y Paz. Y cuando conseguía encontrarlo, se reía y me decía que qué hermana tan lista tenía. Nunca le di mucha importancia hasta que una vez lo vi después de pasar todo el día solo en su habitación, cuando pensaba que nadie lo miraba. Aullaba y se golpeaba en la cara, se castigaba a sí mismo por perder ante mí.

»La siguiente ocasión en que me pidió que encontrara el centro de un laberinto, fingí que no era capaz de hacerlo, pero no conseguí engañarlo. Fue como si supiera que lo había visto en su dormitorio. No al chico introvertido pero agradable y frágil que veían todos los demás. Sino al verdadero. —Recupera el aliento y se encoge de hombros para espantar el recuerdo—. Me obligó a terminar el laberinto. Y cuando lo hice, sonrió, me dijo lo lista que era y se marchó.

»Cuando volvió a dibujar un laberinto, fui incapaz de encontrar el centro. Por más que me esforcé, no sirvió de nada. —Cambia de posición, incómoda—. Se limitó a mirarme mientras lo intentaba, tumbado en el suelo entre sus lápices. Como un viejo espíritu maligno dentro de una pequeña muñeca de porcelana. Así es como lo recuerdo. Así es como lo veo ahora cuando pienso en él matando a mi padre.

Los Telemanus escuchan sumidos en un silencio premonitorio, tan asustados del Chacal como yo misma.

—Lexa, jamás te perdonará por vencerlo en el Instituto. Por obligarlo a cortarse la mano. A mí nunca me perdonará por desnudarlo por completo y enviártelo a ti así. Somos su obsesión, tanto como lo es Abby, tanto como lo era mi padre. Así que si crees que va a olvidarse sin más de que Raven penetró en su Ciudadela con una Garra Perforadora y te recuperó delante de sus narices, vas a lograr que muera mucha gente. Tu plan de conquistar las ciudades no funcionará. Lo verá venir desde un kilómetro de distancia. Y aunque no sea así, si conquistamos Marte, esta guerra durará años. Necesitamos atacar a la yugular.

—Y no solo eso —dice Daxo—, también necesitamos garantías de que tu objetivo no es iniciar una dictadura ni una democracia total en caso de victoria.

—¿Una dictadura? —pregunto con gesto de desdén—. ¿De verdad creéis que quiero gobernar?

Daxo se encoge de hombros.

—Alguien tiene que hacerlo.

Una mujer se aclara la garganta junto a la puerta. Todos nos damos la vuelta para ver a Holiday allí de pie, con los pulgares metidos en las trabillas del cinturón.

—Lamento interrumpir, señora, pero el Belona pregunta por ti. Parece bastante importante.