Los personajes le pertenecen a Meyer.
Capítulo IV
Un salto al vacío.
Cuando despertó con aquel sabor de metal y mierda en su boca, Edward se detestó a sí mismo. Tantos años intentando ser ese hombre impoluto y ¿ahora? Tanta lucha para que una palabrilla tan cursi e insignificante como "alma" lo rindiera en la lona ¡que completa tontería! ¿Alma? Y parafraseando a Shakespeare se pregunta ¿qué es el alma? Acaso si no la tuviera eso cambiaría quien era, su esencia, su lucha, sus años en que rasguñó la montaña para llegar a la cima ¿alma? ¿Dónde demonios está? ¿Quién la puede describir? Le habría gustado que como algún filósofo dijo ésta fuera una glándula, al menos tendría una entidad real, no esa metafísica absurda que habla de todo aquello que somos y que sin embargo es inabarcable para el lenguaje humano, y él era todo lenguaje, toda observación, un mundo sin adjetivos que solo describen pero que no muestran nada ¿alma?
Cierra los ojos y se mete a la ducha fría, está centrado, calmado, todo máquina, no va a dejar que nadie lo derribe ¿qué se cree esa mujercilla pequeña en decirle semejante aseveración repleta de vulgaridad? Se demora más de dos horas en el baño, su obsesión por el aseo después de una crisis es compulsiva, se afeita para que su piel sea blanca y que no muestre que en ella ha habido dolores y lágrimas, se enjabona varias veces para quitarse de encima las huellas de todo lo que luchó, su ropa prístina para que no delatara su inseguridad de que alguien vea esa parte de sí mismo que lo hizo exiliado del amor. Sus dientes limpios para que nadie sintiera que él podía destrozar a punto de crueldad y verbo.
Sonríe frente al espejo.
No le gusta lo que ve.
Parpadea y por un segundo cree que se odia.
Va hacia sus papeles, la asistente que la cadena de noticias le ha asignado acaba de confirmar que el senador conservador Curtis Charles acaba de concederle una entrevista, ha estado tras él por dos años, el hombre es un republicano a ultranza que defiende el porte de armas entre los ciudadanos, cosa que le repugna. Siente que debe prepararse para despedazar al tipo en la prensa mundial, ahora más que nunca cuando los tiroteos continuos en el país están a la orden del día. Respira, debe volver a él, debe dirigir su frialdad a quien pueda defenderse con argumentos, no con sentimentalismo mediocres que solo buscan ofender.
— ¿Alma? Qué tontería.
Pone algo de Vivaldi, lo calma y va hacia su computador. Ve en su celular un mensaje de su abuela que le recuerda por enésima vez el regalo que debe comprar, no, no se le olvida. En ese momento dar ese regalo es lo único que lo ánima, quiere algo que sea grandioso, algo que lo haga ganar frente a la gente que pretende arrancarle lo único que tiene.
Va hacia el closet donde su ropa se encuentra, demasiada para un viaje corto, pero no puede ir sin sus corbatas, blazer, pantalones, todos a juego. Los arregla compulsivos, en rango de colores e importancia.
Tiene hambre.
¡Tiene hambre! Un ardor se estaciona en el centro de su estómago, quiere comer carne, huevos y una coca cola ¡no! ¿Desde cuándo no come tanta porquería? Siente que al pensarlo su sangre es pesada y aceitosa, sin embargo el deseo estacionado en su cuerpo es una necesidad latente, casi como el deseo de tener sexo. Tose con fuerza ¿sexo? ¿Hace cuánto no se coge a una mujer como si no fuera ese hombre que piensa en enfermedades y bacterias? Como un golpe eléctrico piensa en el Edward Cullen adolescente que no le importaba un pepino nada, y que utilizaba su cara como carnada ¿Cuándo dejó de ser un hombre para convertirse en ese idiota que veía el sexo como una función necesaria pero harto engorrosa? Piensa en Johanna y luego como si un soplo de viento se le escapara, piensa en Tania.
Tania y el olor de su perfume lavanda lo hipnotiza.
— ¡Es un idiota!
Emily se carcajea sonoramente mientras ambas caminan al hotel, no han desayunado y se detienen en un puesto de perros calientes, que queda a unas calles del Palatino. Bella adora esos perritos con mucha salsa de tomate y mostaza, recuerda como de niña iba a la matiné con su padre y éste la atiborraba de comida ¡era todo tan divertido! Esperaba que la semana corriera rápido para que el domingo llegara y así tener ese día con su padre.
— ¡Dios, esto es delicioso!—saca un billete de cinco dólares y le dice al vendedor que le empaque dos más.
—Está bueno.
Bella muerde y entre dientes dice—lo mejor.
—No, tonta, Edward Cullen, yo me lo como con papitas.
—Ni que me pague, el tipo es un culo.
Inmediatamente se arrepiente, intenta no decir groserías, pero no puede, entiende que es su falta de lenguaje lo que la obliga a decir palabrotas. Se lame los dedos ¡Dios, si mamá me viera! ¡Soy un cerdo! Emily no se ha fijado, pero ella sí, que es lo que importa, ese camino entre ser una maleducada y una dama parece ser más largo que el camino a la luna.
—Vamos Isabella—Emily la llama por su nombre completo, le gusta que la llamen así—es el hombre más guapo que hemos visto, que porque sea un idiota no le quita lo hermoso, además no lo quiero como marido, una noche con él y le apago el audio y adiós mon amour.
—Pues ni para una noche, el cretino ese se cree bajado del cielo—entorna los ojos—ya tuve uno de esos en mi vida, mucha carita, mucho cuerpote y un idiota completo y querida a ese lo llamé marido más tiempo del que hubiese deseado.
Siguen caminando, van despacio y disfrutan del aire de la mañana.
—El papá de Rickie ese si era un idiota, su cerebro se conectaba cuando su pene funcionaba, y eso no era gran cosa, le tuve un hijo y aunque mi chico sea lo mejor, te lo juro que me arrepiento de haberle dado ese troglodita como padre. Además Bella, el tipo es feo como trabajar un domingo, así que yo no he tenido un adonis de amante, y me lo merezco—Emily baila gracioso frente a ella. Se silencia, no quiere decirle a su amiga que hombres como Jacob o Edward Cullen son demasiado vanidosos para fijarse en chicas reales y pobres como ellas, y que si algún día lo hacen es porque ellos necesitan mujercitas sin una pizca de educación o autoestima para sentirse mejores.
Antes de llegar al hotel Bella se detiene ante la hermosa boutique de ropa de grandes diseñadores, está ahorrando unos dólares porque quiere comprarse un vestido muy caro para su cumpleaños o para su graduación de la secundaria. Solo sabe que quiere que sea blanco de tela suave y cara que tenga todo eso que ella desea: clase, sofisticación y que le venda el sueño de que tiene la fuerza para ser una gran dama. En su cabeza se ve sentada en un sillón de mimbre, tomando té helado en un jardín donde ella sea el centro de las miradas. Una dama como su mamá quien sentada en los bancos de la iglesia aún con una enfermedad terminal era el corazón de la comunidad, ni siquiera la encopetada de su suegra con todos sus millones tenía el respeto que mamá Swan lograba, lo único malo de Renée era la vulgar de su hija.
Ella, quien ahora sueña poder tener un poco del halo inalcanzable de esas mujeres que de niña veía en la televisión y que su mama adoraba: Grace Kelly, Audrey Hepburn o la favorita de Renée Ingrid Bergman.
Paris vino a su cabeza, y una lágrima escondida en su alma florece por esa mujer enterrada en un pueblo pequeño sosteniendo con dignidad su vida, mientras en la oscuridad de su vieja y fea casa soñaba con una caminata bajo la luna en una vieja ciudad de Europa.
Llegan en punto de las siete de la mañana, Aro y la señora Michell dan las instrucciones a los cientos de empleados del hotel, dentro de dos días se hará una fiesta para finalizar la convención de medios, por lo tanto tendrán que trabajar horas extras, cosa que a ninguno le disgusta porque saben muy bien que eso será más dinero. Además, todos los empleados del hotel adoran su empleo y a sus jefes, quienes siempre exigen, pero respetan.
Bella y las demás chicas llegan a sus casilleros y se colocan sus uniformes, como la manager del piso cinco, Isabella debe planear cada una de las rutinas y proveerlas de los utensilios que se necesiten, es un trabajo de precisión y mucho cuidado, pues los huéspedes son quisquillosos con sus cosas. También debe controlar el acceso de quienes no son ni huéspedes ni empleados. Hoy la policía hará un cateo por todo el lugar, pues los ladrones de joyas y de arte se hospedan en ese tipo de hoteles, para sí pasar desapercibidos. Cora ha faltado al trabajo, su peso le ha jugado una mala pasada y entró a urgencias por problemas de presión. Están agotadas de decirle que merme su ingesta de alimentos, pero la pobre mujer sufre ansiedad y no puede evitarlo, ojala con el susto que pasó reaccione, todas sus compañeras están dispuesta a estar pendientes de su dieta.
Emily debe cubrir a Cora y Bella quien se hizo cargo de la habitación del "imbécil" ya está sobrecargada, aun así toma a cargo dos habitaciones más, es su manera de ayudar, todas ellas se cubren y así el seguro no le quitará un porcentaje del sueldo a Cora quien no está para ver mermado su dinero.
Desde que Edward Cullen se hospeda en el hotel, Isabella ve su día como el último en el hotel. Sabe muy bien que aunque el señor Volturi la apoye en algún momento el poder de aquel huésped será más grande y que su revolución puede ser aplastada por una llamada telefónica, es más, no entiende el por qué no ha sido mandada al paredón.
Durante dos horas Isabella organiza cada una de las agendas de los empleados a su cargo, es la hora de la mañana y la mayoría de los huéspedes duermen o están en sus habitaciones, por lo tanto el trabajo se expande a otras áreas del hotel. Debe estar pendiente de sabanas limpias, de almohadas, de los proveedores y de la limpieza de los almacenes, gimnasio, pabellones, restaurantes y cocinas. Ella está en lavandería y mientras espera, sigilosa abre el primer capítulo de la saga del imbécil, le gusta la portada eso sí, no sabe qué esperar de un libro como ese, es más, nunca ha sabido que esperar de ningún libro, casi siempre se dormía en la primera página, el que lee para la escuela es una lucha diaria. Respira y el olor a nuevo es maravilloso, va hacia las contraportadas y allí está una pequeña reseña de la obra y una pequeña biografía del autor, acompañada de una foto ¡Mierda es que el tipo es bello! Se ve muy joven, más joven de lo que es ahora. Se acerca a la imagen y detalla las facciones duras y la mandíbula recia, la foto no le hace toda la justicia que debería. Dibuja una sonrisa, recuerda que lo vio como Dios lo trajo al mundo. Su corazón se detiene un segundo frente a la imagen de semejante espécimen, si no fuera un engreído, un grosero y todo lo que ella detesta podría hasta soñar con él, pero es imposible, solo cuenta los días para que éste se vaya y no volverlo a ver jamás.
La biografía no dice nada, solo de donde es, sus estudios ¡que son muchos! y su trabajo como periodista y escritor, bueno, piensa Isabella ¿qué más se tiene que decir? El tipo es una ostra, aburrido y estreñido, suelta una risita y se tapa con el libro para que nadie la escuche, aunque está sola.
Tiene terror a leer, sabe por qué, un hombre culto, lenguaje difícil, muchos idiomas, y ¿ella? Nada.
El primer capítulo tiene un nombre extraño: Las pezuñas de Kyriacos.
¿Qué diablos? Una saga de cinco libros sobre caballos ¡que tonto! Sin embargo entre el sonido de las enormes lavadoras industriales y estar pendiente de la hora para el jabón y los líquidos perfumados, Bella comienza a leer. Las dos primeras líneas vienen en una extraño lenguaje, en los pies de páginas lee que es un lenguaje inventado por el mismo autor ¿qué? ¡Es el colmo! ¿No les basta el inglés y como seis más que sabe? ¿Tiene que joder al lector con semejante petulancia? Sin embargo como un reto íntimo empieza a leer, no va a dejar que ese asno le gane. La historia comienza, si, exacto describiendo las pezuñas de un enorme animal, como esté ha pisado la hierba de todos los caminos donde la sangre de guerreros ha manchado las flores y las aguas cristalinas de los ríos, sus cascos son los acordes de las batallas legendarias donde su jinete niño-hombre ha tenido que dejar su alma en cada guerra, y donde solo el honor de mantener una estirpe muerta lo mantiene.
No ha entendido nada de lo que ha leído, sin embargo las imágenes vienen a ella, una tras otra, el caballo blanco, el viento furioso que su fuerza desprende, los gritos de la batalla, la soledad y la noche. Su padre amaba los caballos, ella les tenía miedo. Sigue leyendo y lo que lee es vivo, repleto de fuego, es como si escuchara grandes tambores retumbar. Nada parecido a lo que leyó en día anterior.
Quiere seguir leyendo pero el sonido de las lavadoras ha cesado y debe recoger cada uno de ellas para llevarlas a planchar. Entierra el libro entre las sabanas, sin embargo la imagen del animal blanco la persigue, y apenas lleva dos páginas.
—El señor Volturi recibió mi queja—la mujer le habló mirándola por encima del hombro. Bella dirigió una mirada de piedra a su interlocutora y no demostró que el solo hecho de abrir la boca ya entendía quién era ella—tenía las manos sucias y sudaba demasiado, eso puede dañar mi ropa.
Quería golpearla, sacarle los ojos y agarrar su ropa y tirarle cloro.
— ¿Usted es americana?—la huésped preguntó.
—Sí.
Bella agarra su carrito de limpieza y entra tratando de no voltear para no golpear a la mujer en la cara.
— ¿De dónde?
¡Dios! ¿Acaso no hay descanso?
—De América, señora ¿no es todo un continente, Argentina hasta Alaska?
Bueno, eso sí lo aprendió en la escuela. La mujer de unos treinta años, de cabello platino y ojos azules la observa sin entender bien el insulto vedado que acaba de recibir.
—Me refiero aquí.
— ¿Estados Unidos? Soy de Washington.
—A eso me refería.
Isabella adora la habitación, es su favorita junto a la azul. Está decorada al estilo victoriano, colores pastel, papel de pared con hermosas flores, objetos de madera antiguos, y porcelanas de bailarinas. Es la habitación más costosa de todo el hotel, y es una delicia estar allí. Estar allí es sentirse una princesa, sabe que no lo es. Toma el limpión y la inquietante amargura de siempre la posee.
La mujer le sonríe en una mueca despectiva, la observa de pies a cabeza, su mirada lo dice todo, es un desprecio sin lástima incluida. Isabella aspira con paciencia, ya ha tenido esa experiencia antes, aun así no puede evitar cierta envidia, los zapatos de aquella tonta es el sueldo de ella en meses.
—La mucama que estaba antes no supo arreglar mi ropa, es de diseñador ¿sabes? París, Nueva York, Milán, son tesoros, así que no dejo que nadie la toque, al menos eres limpia—suelta una risita creyéndose chistosa, Bella sueña darle el cloro y quitarle con un cuchillo el falso bronceado de su cara llena de botox—necesito que la arregles por diseñador y colores, en una hora vendrá un amigo y quiero que todo esté perfecto ¿te dijo el señor Volturi que necesito quien nos sirva el almuerzo?
La mucama iba a decir que no, ese no era su trabajo, pero ante los imprevistos que había tenido en esos días, no estaba para decir que no, quizás, un poco de raticida a la tonta esa y podría hacer que se le cayera la lengua.
— ¿Ya pidió su almuerzo?
—Oh no—saltó en sus zapatos—tiene que ser especial. Iré yo misma a la cocina, mi invitado es alguien exquisito.
—Mm—Bella contesta con indiferencia—me imagino. Voltea y rápidamente comienza su labor de limpieza. La huésped al ver como la mujer se sumergía en los quehaceres que le correspondían toma su celular y espera que le contesten. Finalmente alguien del otro lado y escucha un chillido de gata que la aturde, la perorata es insustancial, la ropa, la clases de yoga, su nueva cuenta en Instagram, las fiestas, el yate que va a comprar, la pelea con su ex marido por la custodia del perro, el viaje a Paris, su papi el asesor presidencial que la inoportuna con sus reclamos, el prospecto del nuevo novio.
— ¡Lo quiero en mi cama! No puedo esperar para ver la cara de Sharon cuando lo luzca en la cena en la Casa Blanca, se pondrá verde de la envidia…. ¡bah! Johanna ya no está —la conversación sigue y sigue y a la media hora la mujer cuelga, pasa por un lado y con mirada clínica recorre a la mucama y su limpión. Bella sabe que es una mujer que no ha hecho nada en su vida y se siente con autoridad de juzgar su trabajo—bueno querida parece que naciste para esto.
Bella se detiene y por un segundo ve en su cabeza la sangre de la inútil correr por la habitación.
La mujer se desnuda, no tiene vergüenza de hacerlo, se sabe magnifica y como toda mujer hermosa muestra su figura ante otra mujer. Abre el closet y saca de allí un pantalón blanco y una blusa de color marfil de cuello bandeja, algo dice entre dientes y se aleja a cambiarse. Bella piensa que ella tiene mejor culo y sin ir al gimnasio ¡Ja! Toma eso perra, al instante se castiga, es una dama, quiere ser una dama, se imagina siéndolo, y la palabra perra debe estar desterrada de su vocabulario.
A los diez minutos la mujer se planta frente al espejo, le gusta lo que ve, dirige su mirada a Bella quien está agachada en una de las licoreras tratando de limpiar con la mini aspiradora.
— ¿Qué te parece?
No sabe que contestar—está bien, señorita.
A la susodicha no le gusta la respuesta parca, busca que la insignificante mucama la alabe.
—Me veo perfecta, tú no sabes de esto, querida.
¡Perra a la décima potencia! el cirujano debe ser millonario, se dice.
Sonríe con displicencia—usted lo sabe mejor que yo, señorita.
Pocos minutos después de autocomplacencia la mujer sale dando taconazos, no sin antes volver a inspeccionar la habitación y asegurarse que todas su joyas estén aseguradas por la caja de seguridad.
Finalmente respira, comienza de verdad a hacer la limpieza, olvidando la mirada de desprecio de la rubia. Bella comprende el por qué su amiga estaba desesperada por no trabajar en esa habitación. La verdad estaba a salvo de ese tipo de ofensas, años con Jacob y había sido inmunizada frente al ultraje.
Se va hacia el guardarropa y se coloca unos guantes de látex nuevos. Abre el closet y se queda pasmada. La cantidad de ropa es impresionante ¡tanto trapo para un viaje! Sin embargo aquello es el sueño de una mujer pobre como ella. Se quita los guantes y con miedo a que algo ocurra toca las telas, seda, cachemira, linos, tejidos, vestidos primorosos, chaquetas, desde lo más elegante hasta lo más casual, nada por menos de trecientos dólares. Se aleja, algún día tuvo eso y la hicieron sentir mal por creer que no lo merecía. Compara sus jeans y camisetas de algodón con aquel lujo y ostentación. Sin pensarlo agarra un vestido de color azul turquí veraniego de corte recto y manga al codo, era tan hermoso que no dudo en imaginarse con éste. Lo aprieta con fuerza y se imagina una vida donde pueda gozar del hecho de no cargar sobre sus hombros mil cruces, no sueña con ser mantenida, ya lo fue, sueña un momento de sosiego, donde caminar descalza por su casa y saber que tras la puerta exista alguien que le ayude a soportar cada día.
No quiere ser una princesa, pero al menos quiere tener un domingo donde un vestido, un paseo, una tarde frente al río o el mar, o simplemente tomar café con galletas sea un placer.
Vuelve a mirarse al espejo con el vestidito azul y se ve a sí misma con aquel caminando despreocupada por el mundo, oliendo a perfume caro y dejando su melena al viento.
Pero sabe que no puede. Bella es una mujer que entiende que la época de soñar ha pasado para ella.
Coloca el vestido en el lugar preciso, y cerrando los ojos a sus ilusiones organiza el impresionante guardarropa.
Es cerca del mediodía y debe ir a la habitación del insoportable. No quiere. La confrontación con el hombre la dejó agotada y triste, prefiere quedarse con la rubia vanidosa que tener que respirar el aire de Edward Cullen cuya presencia la hace sentir mal.
Alguien toca a la puerta y es el servicio quien trae el almuerzo. Ella le sonríe al camarero y establecen una pequeña conversación sobre las cosas del hotel y los planes para quedarse allí, es un buen trabajo y hay posibilidades de ascender, a los minutos aparece la mujer y ambos trabajadores se quedan en silencio.
Después de una inspección a todo su guardarropa la huésped a la cual Bella ni siquiera le sabe el nombre comienza a observar el reloj.
—Espero que no me deje esperando—dice entre dientes.
Isabella se lava las manos, y comienza junto al mesero a arreglar la mesa para el almuerzo. Se sienten libres de la mirada de quien ocupa la habitación, pues ésta solo respira si algo pasa tras la puerta.
Intenta llamar al celular, pero del otro lado nadie contesta. Finalmente alguien llama y la mujer desesperada se mira en el espejo, retoca su melena rubia y hace que Bella abra la puerta.
La mucama sonríe, se dice que eso de estar desesperada por un tipo como una gata en celo también les pasa a las mujeres ricas, mas la sonrisa termina en el momento en que unos ojos verdes la traspasan de parte a parte y la clavan en el suelo.
—Kate.
Idiota.
—Señor.
Edward Cullen se queda en el pórtico, esperando que la rubia le permita pasar. Bella ve en el hombre una frialdad de hielo que le pone los pelos de punta, la odia, sabe que de alguna manera aquella batalla ella la ganó y que lo dejó con aquella actitud de gélida estatua.
— ¡Edward!—la huésped salta, tratando de aparentar que desde la mañana ha estado como si tuviera garrapatas en todo su cuerpo tan solo porque lo ve a él como una presa de caza.
—Jane—da un paso adelante y antes de que él reaccione, Jane se le abalanza—pero que sorpresa.
¡Ay Dios! Pobre mujer, piensa Isabella. La categoría patética también puede ser aplicada a las que parecen tenerlo todo.
Edward recibe un beso en su mejilla, el labial queda en su cara, Jane de forma coqueta lo limpia, mientras él observa de reojo a la mucama quien se aleja hacia la mesa.
—Espero que tengas más tiempo para mi hoy.
Ambos se sienta en la mesa, frente a frente. Edward pone uno de sus codos en ella, y posa su mano sobre su mejilla, sonríe de medio lado y su posición es la de siempre, perfecta, estudiada y repleta de coreografía. Es fascinante, ambas mujeres están hipnotizadas por él, Bella piensa que es un alcornoque hermoso, Jane piensa en lo lindo que se verá su retrato de matrimonio en la revista People.
Jane levanta la mano y da la orden de servir, el camarero y Bella se hacen cada uno al lado que le corresponde y sirven la entrada, Jane intenta hacer conversación, Edward observa a Isabella con la ceja levantada y con una actitud de burla y malicia.
—Espero que te guste, entiendo que te fascina la comida hindú, Edward, es pollo tikka.
Él no contesta, sin embargo mira el plato no con hambre sino estudiándolo concentradamente.
—Sabes que me gusta, Jane.
Lo dice con seducción, Bella jura que la mujer tuvo un orgasmo, no puede aguantarse y lo mira por encima del hombre de la mujer y se ríe, él capta su burla.
—Estoy aquí para complacerte.
¡Ja! Un segundo y se desnuda.
—Seguro que si—le guiña un ojo y Bella empequeñece los ojos y hace un gesto de fastidio.
Toma el tenedor y el cuchillo y se lleva una pequeña porción de pollo a la boca, los sabores dulces y especiados se derriten en su paladar y sin poderlo evitar Edward hace un sonido que pone a las dos mujeres en alto.
¿Puede ser este idiota más sexy? ¡No es justo!
— ¿Te gusta?
—Casi todo lo que hay en esta habitación me encanta, Jane.
— ¿Casi todo?
El hombre frunce su ceño y da a la mujer una observación profunda que solo él puede esclarecer.
Elegante se limpia sus labios y coloca un poco de pollo en su tenedor y se lo ofrece a la mujer quien lo recibe intentando no parece ridícula allí—espero que comas también.
—Un poco de ensalada, estoy a dieta.
—Siempre preocupándote por verte perfecta, Jane.
La mucama escucha la aseveración y presiente un insulto vedado tras ella.
Jane parpadea, Bella puede adivinar en aquel gesto la inseguridad de Jane frente a su belleza. Baja la cabeza, si, estar insegura también es problema de mujeres ricas.
—Pensé que me llamarías desde la última vez.
Él se distrae o finge hacerlo al enfocarse en la vista que da desde su posición frente a la ciudad.
—He estado muy ocupado, Jane, lo sabes.
—Oh sí, tú libro.
Solo Isabella se dio cuenta que la nueva sonrisa de burla, iba dirigida a Jane. Algo extraño existía entre esos dos.
No son amantes. Lo sabe, aunque la mujer se moriría por serlo.
—He tenido que viajar e investigar.
—Hubiera podido acompañarte.
—Te hubieras aburrido, es la parte más oscura de la India, no hay hoteles como estos.
— ¿No te parece terrible eso? Tener que lidiar con esa gente.
En ese momento algo cambia en el ambiente, Edward muestra su fastidio frente al comentario y clava su mirada en Jane con furia. La mujer se pone nerviosa y toma algo del vino que está frente a ella. Isabella y el camarero sienten que algo no muy agradable va a ocurrir.
— ¿Qué quieres decir con esa gente?
Jane mira hacia los lados, no ha entendido quien es el hombre que está frente a ella.
—Tú sabes.
— ¿Pobres?
—Bueno, no es mi culpa.
Bella está sofocada, aprieta la botella de vino, quiere estrellarla contra la cabeza de Jane. Una hora y ya se ha imaginado las mil y una torturas contra aquella mujer.
Edward es controlado y bebé del vino lentamente.
La va a matar, piensa Bella.
—No, tienes la suerte de ser esa minoría que no sabe que es tener hambre, bueno al menos que seas anoréxica—Edward no sonríe.
Ella lo es, Bella lo entiende.
— ¡Dios! Eres como mi padre, siempre hablando de esas cosas, tengo que sentirme culpable por todos ellos ¿o qué?
—Tener conciencia al menos—tira el tenedor a un lado—el Lowell lo sabe.
— ¡Por favor! he vivido entre políticos toda mi vida y su discurso sobre la pobreza en el mundo no es sino una fachada.
—No pensé que fueras una cínica, Jane, estúpida quizás, pero no cínica.
Isabella abre los ojos, y el camarero tose secamente. Edward levanta su preciosa barbilla y mira a la mucama.
— ¿Por qué siempre contigo me siento juzgada todo el tiempo, Edward? No entiendo tanta alharaca—Jane comienza a hablar con su voz de pito—esa es la vida, hay gente pobre, y hay gente rica, sentirme culpable por nacer en este lado del mundo y que pueda comprar lo que quiera no me hace una mala persona, estoy harta de la moralidad de pelagatos de mucha gente, este es el siglo XXI, si eres pobre, que pena, si eres rico que horror, pero no es conmigo ¿entiendes? Existe gente como mi padre, organizaciones, además—la mujer se sulfura— ¿Por qué te interesa? Entiendo que seas periodista y bla bla bla, pero ¿qué tengas que untarte de la mierda? No lo comprendo.
Las tres personas que están observándola callan ante semejante despropósito, la mujer no tiene filtro y menos cuando todo se le sale de las manos.
Jane observa a Edward quien tiene un gesto contenido, su barbilla tiembla y sus manos están a cada lado de la mesa.
—Tú padre ¿va a darme la entrevista?
Bella quiere gritar, en su vida había sentido que una bomba nuclear estaba a punto de estallar, las aletas del hombre se dilatan, y su pupila ahora es negra.
— ¿Yo qué sé? ¡Maldita sea! ¿Viniste por eso?
Edward se recuesta en la silla, el hambre se le ha quitado de forma intempestiva.
—Nunca he deseado ser grosero contigo, Jane.
—No te he dado motivos.
—Me has dado todos los motivos.
— ¿Cuáles?
—Johanna.
— ¡Por favor! Johanna y tú eran un caso perdido.
Bella presiente que la conversación va hacia lugares que ni ella ni el mesero tienen que escuchar. Inmediatamente hace un movimiento para retirarse junto con su compañero de trabajo, el hombre entiende y ambos dan un paso atrás.
— ¡Quédense!
Una voz dura y ronca sale de aquel hombre que siempre aparentaba calma y frialdad. La orden sin concesiones clava a Bella y al mesero en el suelo.
— ¿Vas a humillarme delante de estos dos?
Edward no deja de mirar a Bella, ésta no parpadea, sin ni siquiera hablar, Isabella asiente levemente y algo profundo ocurre entre los dos.
—Tú humillaste a Johanna siempre.
— ¡Eso no es cierto!
—No voy a repetir la historia, no soy de ese tipo de hombres, y no es necesario, Johanna lo hizo, se vengó de ti.
— ¡Por favor! Johana era…
Edward se para intempestivamente, tira la servilleta y su rostro es un poema de furia.
— ¿Era qué?
Da dos pasos adelante, Bella asustada se mueve con él. Algo muy terrible va a pasar si no lo detiene.
— ¿Era qué?—repite y su voz parece golpear cada cosa en la habitación—termina la oración.
Isabella no lo piensa, lo toma del brazo con todas sus fuerzas, los músculos de éste van a explotar, siente la tensión y la ira. Jane abre los ojos, algo pasa con ella, se remueve en su silla, da una ojeada a la mucama y la observa con fastidio, sin embargo el agarre fuerte de la mucama la envalentona.
—Era una poca cosa, sin ninguna gracia, lo único que valió la pena fuiste tú—respira—no te merecía, tú estabas para algo mejor, alguien como yo, ni siquiera fue capaz…—pero inmediatamente calla.
Bella es arrastrada por la mole de músculos, da una súplica silenciosa al mesero quien pasmado no reacciona. A pocos centímetros de la mujer, él es toda furia, respira sobre ella, y su aliento es caliente.
—Nunca en mi vida, Jane—habla despacio, con aquella intencionalidad peligrosa de alguien que está al borde del abismo—ni en mis peores pesadillas he tenido la intención de tocarte, hasta respirar tu aire me pudre, no tienes nada que ofrecer, no le llegas a los talones a Johanna ¡Jamás! No merecías ni siquiera que ella te mirara.
— ¡Ja!
Isabella escucha la terrible exclamación de la mujer, sabe que esa simple palabra es el desprecio absoluto por aquella mujer que ambos nombran y que está ausente.
Estúpida cabeza de chorlito, piensa, pero al mismo tiempo entiende que el hombre de hermoso cabello cobre quiere decapitarla, y sabe que enfrentarse a ese tipo de gente es una completa tontería.
—Por favor, señor—la voz de Isabella sale en un oxigeno delgado y casi inaudible, aprieta su brazo y lo sacude un poco—no pierda su tiempo—Edward voltea, su mirada es de aquel tigre ciego que muerto de hambre y dolor quiere atacar a tientas. Parpadea—no vale la pena, no lo vale—Su voz es tranquila, por un segundo le sonríe como una dulce niña pequeña.
— ¡Y ahora te defiende una sirvienta! Primero la boba de Johanna y ahora…tienes un gusto pésimo en mujeres, Edward, cariño, parece que en eso no eres muy inteligente.
Isabella cierra los ojos y cuenta hasta tres, no quiere agarrar el cuchillo y quitarle el cuero cabelludo a la mujer.
Edward traga en seco, vuelve a su máscara de dureza total, se desprende suavemente de la mano que lo ataja y se arregla la chaqueta negra que lo cubre, agarra la copa de vino y bebé rápidamente. Con un movimiento robótico va con la mirada hacia Jane.
—Me desprecio a mí mismo por aceptar este chantaje, Jane, vine aquí tratando de conseguir una entrevista con tu padre, traicioné a Johanna y su memoria, nunca podrás ser como ella—e intempestivamente va de nuevo hacia su rostro haciendo que la mujer saltara—y eso lo sabes, siempre lo has sabido—se yergue en su estatura—adiós y espero no tenerme que topar contigo, compartir el mismo planeta con alguien como tú, es mi castigo, el tuyo querida—sonríe con un cinismo triste— es ser tú.
La mujer se transfigura y Edward ha ganado su batalla, si para Isabella Swan había rebelión, para él y quizás para Johanna las últimas palabras proferidas fueron las capitulaciones de una guerra de años atrás. El hombre sirve otro trago de vino y hace un brindis silencioso y sin mediar palabras sale con la elegancia medida de siempre, sin mirar atrás.
Jane insegura y llorando toma la copa de vino y desea lanzarla sobre el ofensor, sin embargo Isabella la agarra de su muñeca y la aprieta con fuerza—se acabó señora, se acabó.
No hay nada más. Jane cae sobre la silla rendida y hunde su rostro en sus manos. Isabella siente la necesidad de ir tras aquel hombre y así lo hace, no sabe por qué, pero lo sigue. Lo ve caminar con la cabeza erguida, por un segundo aquel ritmo suave, de pasos seguros la hace creer que el hombre es duro pedernal y que lo que ocurrió allí ya se ha olvidado, pero no es así, en un momento el hombre con la fuerza de su puño golpea la pared, es entonces que Bella ralentiza sus pasos y llega hasta él. Edward aguanta el dolor, Bella toma su mano que sangra y la sostiene.
—La quería matar.
—Lo sé.
El hombre respira, está temblando de una ira concentrada. Abre los ojos y éstos ahora son claros y diáfanos.
—Kate, Kate, Kate—una mueca torcida en medio del dolor hace que ella se estremece— ¿podrías ayudar a este hombre a llegar a su habitación?
Ella asiente.
Lo toma de su brazo, pero antes envuelve su mano en un trapo limpio. Lo lleva en el elevador y llegan hasta su habitación, antes de abrir la puerta, Edward la detiene—si no hubiera sido por ti, Kate, yo la habría estrangulado, te debo las gracias.
Ella trata de sonreír.
—Bueno, ya era hora.
Edward guiñe un ojo—no abuses, Kate, no doy las gracias tan a menudo.
—Yo no salvo pendejos con frecuencia, tampoco.
Una risa argentina sale de la garganta de aquel hombre, y es algo digno de escuchar.
Ella prende la luz de la habitación, son las dos de la tarde, pero está a oscuras, ella quiere descorrer las cortinas, pero él le ordena que no.
—Tiene que curarse, quizás se fracturó los dedos.
—No, es un raspón, sé cuándo hay fractura, estoy acostumbrado.
— ¿A golpear paredes?
—No tienes ideas, Kate.
Se sienta en la silla de su escritorio, Isabella trae agua en una palangana y limpia la herida en silencio, él la observa con ojos entrecerrados. Alza su brazo izquierdo y va hacia su cabello, ella se aparta recelosa.
Ambos se observan, ella aspira entrecortado.
Él observa la boca carnosa.
Ella el hombre hermoso y lastimado.
Él sigue el ritmo de aquella respiración que se refleja en sus pechos, ella siente que todo su cuerpo hormiguea y late.
—En las guerras—dice Edward con voz ronca— algunas mujeres hacían el amor con los hombres que iban a morir, Kate.
—Usted no está herido de muerte.
—Eso no lo sabes, quizás estoy herido en lo más profundo, aunque para algunos no tenga alma.
—Sigo pensando lo mismo, me sorprenda que sangre.
—Soy un soldado Kate—la desnuda con los ojos—herido, mañana quizás podría morir.
—No haría el amor con usted.
—No haríamos el amor, querida, no somos ese tipo de pareja, y no comenzamos en un encuentro amoroso, no es el destino ¿acaso eres virgen?
Ella abre y cierra los ojos tratando de entender lo que ocurre.
—No.
—Yo tampoco.
Y de nuevo el silencio.
—Es usted un idiota.
—Completamente—él se para de la silla.
Ella da dos pasos hacia atrás.
—Me cae mal.
—No espero menos—Edward da otro paso.
—Todos lo odian.
— ¿Quién dice que no lo merezco, Kate?
—No soy una puta.
—Nunca te trataré como tal—está a centímetros de ella, respira con suavidad e intenta ir de nuevo hacia su cabello— ¿Deseas que te amen? No pierdas, pues, el rumbo de tu corazón. Solo aquello que eres has de ser y aquello que no eres, no. Así, en el mundo, tu modo sutil, tu gracia, tu bellísimo ser, serán objeto de elogio sin fin y el amor… un sencillo deber.
— ¿Qué?
—Poe—enrosca sus dedos en el cabello marrón y lo huele suavemente.
— ¿Quién?
—No importa—Edward se acerca hacia su rostro, roza con su nariz la suave mejilla. Bella se estremece ¿hace cuánto no la besan? ¿Hace cuánto no siente que alguien la toca? ¿Hace cuánto desea un momento en que pueda sentir que siente?
Abre su boca, quiere decir que no, estampar una bofetada en la cara del cabrón y gritar que ella es una dama, pero no, no lo es; es una mujer que ha olvidado lo que se siente serlo.
—Si—lo dice en un susurro.
Pero ya es tarde, el sí fue dicho con sus ojos, minutos antes, y el beso que la consume ya la ha atrapado.
Hola, gracias por leer, esto poco a poco se va a ir volviendo una cosilla loca. Gracias de nuevo a las chicas que comentan, leen y están presentes.
