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LA ÚLTIMA ÁGUILA

Bellamy está tumbado sobre la camilla médica reforzada en el centro de la enfermería de los Hijos de Ares, esposado a los barrotes. En el mismo lugar en el que vi morir a mi gente por las heridas que sufrieron para salvarme de sus garras. Cama tras cama de rebeldes heridos en Fobos y en otras operaciones en el Térmico llenan la sala. Los ventiladores zumban y pitan, los hombres tosen. Pero lo que más noto es el peso de las miradas. Las manos se tienden hacia mí mientras paseo entre las hileras de camastros y catres que atestan el suelo. Las bocas susurran mi nombre. Quieren tocarme los brazos, sentir a un humano sin emblemas, sin la marca de los señores. Se lo permito en la medida de mis posibilidades, pero no tengo tiempo de visitar los extremos de la sala. Le pedí a Marcus que le diera una habitación privada a Bellamy. Sin embargo, lo han colocado entre los amputados, justo en el centro de la enfermería principal, adyacente a la gran carpa de plástico que cubre la unidad de quemados. Ahí puede ver y ser visto por los colores inferiores y experimentar el peso de esta guerra de la misma manera que ellos. Noto que ha sido la mano de Marcus la que ha intervenido en esto. Le ha dado a Bellamy un trato equitativo. Sin crueldad, sin consideración, el mismo que a los demás. Me dan ganas de invitar a una copa al viejo socialista. Varios de los chicos de Gustus, un gris y dos exsondeainfiernos envejecidos, ocupan unas sillas de metal y juegan a las cartas junto a la cama de Bellamy. De sus espaldas penden pesados achicharradores. Se ponen en pie de un salto y saludan cuando me acerco.

—Me han dicho que ha estado preguntando por mí —les digo.

—La mayor parte de la noche —contesta con aspereza el más bajo de los rojos lanzándole una mirada a Holiday, que está detrás de mí—. No te habríamos molestado… pero es un maldito Olímpico. Así que pensé que deberíamos hacer circular el aviso por la cadena de mando. —Se acerca tanto a mí que percibo el olor a mentol del tabaco sintético que tiene entre los dientes sucios—. Y esa escoria dice que tiene información, señora.

—¿Puede hablar?

—Sí —gruñe el soldado—. No dice mucho, pero la flecha no le ha afectado el habla.

—Tengo que hablar con él en privado —le digo.

—Tenemos que prepararlo, señora.

El médico y los guardias trasladan la camilla de Bellamy hasta la farmacia, situada en el fondo de la habitación, donde guardan los medicamentos bajo llave. Dentro, entre las hileras de cajas de plástico, nos dejan a solas. Me observa desde la cama, con un vendaje blanco alrededor del cuello y un levísimo alfilerazo de sangre entre la nuez y la yugular en la parte derecha de la garganta.

—Es un milagro que no estés muerto —digo. Él se encoge de hombros. No tiene tubos en los brazos ni pulsera de morfón. Frunzo el entrecejo—. ¿No te han dado analgésicos?

—No es un castigo. Han votado —dice muy despacio, con mucho cuidado de no desgarrarse los puntos del cuello—. No había suficiente morfón para todos. Falta de suministros. Según me han dicho, los pacientes votaron la semana pasada que los medicamentos fuertes se les administraran a las víctimas de quemaduras y a los amputados. Lo consideraría un gesto noble si no se pasaran toda la noche gimiendo de dolor como cachorritos solitarios. —Guarda silencio—. Siempre me he preguntado si las madres oyen a sus hijos llorando por ellas.

—¿Te oye la tuya?

—Yo no lloraba. Y no creo que a mi madre le importe mucho cualquier cosa que no sea la venganza. Signifique eso lo que signifique a estas alturas.

—¿Has dicho que disponías de información?

Voy directo al grano porque no sé qué más decir. Siento una camaradería inquebrantable hacia este hombre. Holiday me preguntó por qué lo había salvado, y yo podría aspirar a nociones de valor y honor. Pero la verdadera razón es que estoy desesperada porque vuelva a ser mi amigo. Ansío su aprobación. ¿Me convierte eso en una estúpida? ¿Es la culpa la que habla? ¿Es su magnetismo? ¿O es solo esa vanidosa parte de mí que únicamente quiere que la gente a la que respeto me quiera? Y está claro que a él lo respeto. Posee honor, un tipo de honor corrompido, pero verdadero. Mi lucha está más clara que la de él.

—¿Fue ella o fuiste tú? —me pregunta con cautela.

—¿Qué quieres decir?

—¿Quién impidió que los obsidianos me sacaran los ojos y me arrancaran la lengua?

—Fuimos las dos.

—Mentirosa. No creía que fuera a dispararme, si te digo la verdad. —Levanta una mano para tocarse el cuello, pero las esposas se lo impiden y lo devuelven a la habitación con un sobresalto—. Supongo que no podrás librarme de ellas, ¿verdad? Es horrible cuando te pica algo.

—Creo que sobrevivirás.

Se ríe como diciendo que tenía que intentarlo.

—Entonces ¿es ahora cuando te comportas como un ser moralmente superior por haberme salvado? ¿Por ser más civilizada que los dorados?

—Puede que te torture para extraerte información —digo.

—Bueno, eso no es precisamente honorable.

—Tampoco lo es permitir que un hombre me meta en una caja durante nueve meses después de haberme torturado durante otros tres. De todas maneras, ¿qué demonios te ha llevado a pensar que me importa una mierda el honor?

—Cierto. —Frunce el entrecejo y las arrugas de su frente hacen que parezca tan deslumbrante como una escultura tallada por Miguel Ángel—. Si crees que la soberana hará algún tipo de intercambio, te equivocas. No sacrificará nada en absoluto por salvarme.

—Entonces ¿por qué la sirves?

—Es mi deber.

Me pregunto hasta qué punto siente lo que dice. En sus ojos atisbo la soledad, el anhelo por una vida que debería haber sido, y el destello del hombre que quiere ser por debajo del hombre que cree que tiene que ser.

—De todas maneras —digo—, creo que ya nos hemos hecho suficiente daño el uno a la otra. No voy a torturarte. ¿Tienes alguna información o vamos a seguir mareando la perdiz otros diez minutos?

—¿Te has preguntado ya por qué la soberana estaba negociando la paz, Lexa? Seguro que se te ha pasado por la cabeza. No es típico de ella reducir los castigos excepto que se vea obligada a ello. ¿Por qué iba a mostrarle clemencia a Clarke? ¿Y al Confín? Sus flotas triplican en número a las de los rebeldes de los señores de las Lunas. El Núcleo está mejor abastecido. Rómulo no puede igualar a Monty. Ya sabes lo bueno que es. Entonces ¿por qué iba a enviarnos a negociar la soberana? ¿Por qué arriesgarse?

—Ya sé que quería sustituir al Chacal —contesto—. Y no puede tolerar una rebelión a gran escala en el Confín mientras intenta darle a él un buen tirón de orejas y combatir a los Hijos de Ates. Intenta limitar sus escenarios de guerra para poder concentrar todo su peso en un problema cada vez. No es una estrategia complicada.

—Pero ¿sabes por qué quería eliminarlo?

—Mi fuga, los campos de concentración, las alteraciones en el procesamiento de helio… Podría hacer una lista de cien razones por las que nombrar archigobernador a un psicópata podría resultar gravoso.

—Todo eso es verdad —me interrumpe Bellamy—. Incluso convincente. Y son los motivos que le presentamos a Clarke.

Doy un paso hacia él, pues capto la insinuación de su voz.

—¿Qué es lo que no le dijisteis?

Duda, como si todavía estuviese cuestionándose si debería contármelo. Al final, lo hace:

—A principios de este año, nuestros agentes de inteligencia descubrieron discrepancias entre los registros trimestrales de producción de helio enviados al Departamento de Energía y al Departamento de Gestión de Minas y los informes de rendimiento de nuestros agentes en las propias colonias mineras. Encontramos al menos ciento veinticinco casos en los que el Chacal declaró falsas pérdidas de helio debidas a la intervención de los Hijos de Ares. Intervenciones que no existieron. También aseguró que los ataques de los Hijos de Ares habían destruido catorce minas. Ataques que nunca tuvieron lugar.

—O sea que está esquilmando los recursos —digo encogiéndome de hombros—. Sin duda, no es el primer archigobernador corrupto de los mundos.

—Pero no los revende en el mercado —apunta Bellamy—. Está creando desabastecimientos artificiales mientras almacena el helio.

—¿Lo almacena? ¿Cuánto ha acumulado hasta el momento? —pregunto tensa.

—¿Con el excedente de las catorce minas y de la Reserva Marciana? A este ritmo, dentro de dos años tendrá más que si sumamos las Reservas Imperiales de la Luna y Venus y la Reserva de Guerra de Ceres.

—Eso podría significar mil cosas distintas —digo en voz baja al tiempo que me doy cuenta de lo enorme que es esa cantidad de helio. Tres cuartos de la sustancia más valiosa de los mundos. Y bajo el control de un solo hombre—. Le está tendiendo una trampa a la soberana. ¿Sobornando a senadores?

—Cuarenta hasta el momento —responde Bellamy—. Más de los que pensábamos que tenía. Pero los ha involucrado en otro asunto. —Intenta incorporarse un poco sobre la camilla, pero las esposas que le rodean las muñecas apenas le permiten adoptar una posición distinta—. Voy a hacerte una pregunta, y necesito que me digas la verdad. —Me reiría de la situación si no viera lo serio que está—. ¿Robaron los Hijos de Ares un almacén en un asteroide del espacio profundo en marzo, varios días después de tu fuga? Hace unos cuatro meses.

—Sé más concreto —le pido.

—Uno de los menores de la familia Karin. Designación S-1988. Un asteroide sin valor, de base de silicato. Con un potencial minero cercano al cero. Se parece un poco al lunar de la cadera izquierda de Mustang. —Le brillan los ojos—. ¿Te parece lo suficientemente concreto?

—Eres un imbécil —digo.

—Ciertamente —contesta, y de algún modo hace que su respuesta resulte encantadora—. Pero al grano…

Revisé todas y cada una de las operaciones tácticas de Raven mientras me recuperaba en manos de Becca. Encontré varios ataques contra bases militares de la Legión en los cinturones de asteroides, pero nada ni remotamente parecido a lo que está diciendo Bellamy.

—No. Que yo sepa no hubo ninguna operación en el S-1988.

—Demonios —farfulla casi para sí—. Entonces no nos equivocamos.

—¿Qué había en el almacén? —pregunto—. Bellamy…

—Quinientas cabezas nucleares —contesta lóbregamente.

La sangre de su vendaje se ha extendido hasta alcanzar el tamaño de una boca abierta.

—Quinientas —repito, y mi propia voz me parece algo lejano, vacío—. ¿Cuál era su rendimiento explosivo?

—Treinta megatones cada una.

—Destructoras mundiales… Bellamy, ¿por qué existen, siquiera?

—Por si el Señor de la Ceniza tenía que repetir lo de Rea alguna vez —contesta él—. El depósito está entre el Núcleo y el Confín.

—Repetir lo de Rea… ¿Es a esa persona a quien sirves? —le pregunto—. ¿A una mujer que almacena cabezas nucleares suficientes para destruir un planeta, solo por si acaso?

Hace caso omiso del tono de mi voz.

—Todas las pruebas señalaban a Ares, pero la soberana pensaba que era otorgarle demasiado mérito a Raven. Hizo que Moira lo investigara personalmente y la Furia pudo seguir la pista del barco del secuestrador hasta una desaparecida empresa naviera que un día perteneció a Industrias Julii. Si es cierto que los Hijos no las robaron, entonces es el Chacal quien tiene las armas. Pero no sabemos qué está haciendo con ellas.

Permanezco allí inmóvil, aturdida. Mi mente trata de descubrir a toda prisa qué uso podría darles el Chacal a tantas bombas atómicas. Según el Pacto, el ejército de Marte tan solo puede tener veinte en su arsenal, para la guerra barco a barco. Todas con menos de cinco megatones.

—Si esto fuera verdad, ¿por qué ibas a contármelo? —le pregunto.

—Porque Marte también es mi hogar, Lexa. Mi familia lleva allí tanto tiempo como la tuya. Mi madre sigue en Marte, en nuestra casa. Sea cual sea la estrategia a largo plazo del Chacal, la soberana opina que utilizará las armas en nuestro planeta si se ve entre la espada y la pared.

—Tienes miedo de que podamos vencer.

Al fin caigo en la cuenta de lo que le preocupa.

—Cuando era la guerra de Raven, no. Los Hijos de Ares estaban condenados al fracaso. Pero ¿ahora? Fíjate en lo que está sucediendo. —Me mira de arriba abajo—. Hemos perdido la contención. Abby no sabe dónde estoy. Si Indra está viva o no. No tiene ojos en este asunto. Puede que el Chacal sepa que intentó traicionarlo en favor de su hermana. Ese hombre es un perro salvaje. Si lo provocas, morderá. —Baja la voz—. Puede que tú seas capaz de sobrevivir a ello, Lexa, pero ¿y Marte?