Los personajes le pertenecen a Meyer.
Capítulo V.
La Petite Mort.
Aspira.
Respira.
Su pecho se mueve al ritmo de algo prohibido, su corazón late como jamás lo ha hecho. Se escucha a sí misma, escucha su respiración. Su cuerpo vibra y debe correr.
Trata de arreglar su falda humilde de simple mucama, en el ascensor grita y tapa su boca para que las cámaras no la chequen ¡Mierda, él se quedó con mis putos pantis! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! Algo estalla en su interior y quiere carcajearse con fuerza. Sacude su cabeza para despejar la hora más increíble, alucinante y sucia que ha tenido en su vida ¡se siente viva! Y está cagada de miedo.
¡Tuve sexo con el pendejo hermoso! Vuelve a reír. Alguien para el elevador y ruega porque el rubor que la embarga no se le note ¡Diablos! Que no se note que tuve sexo, piensa mientras espera a la persona que va a subirse al ascensor. Una anciana de unos ochenta años entra acompañada por un chico joven que la sostiene. Bella cierra la mandíbula con fuerza e intenta tener cara de palo, pero su cuerpo es todo movimiento y toda aceleración, aún siente el poder de los orgasmos que aquel idiota espectacular cometió en su cuerpo ¡Tres! Tres putos orgasmos ¿quién es él? Una jodida máquina de follar ¡Diablos! ¿Quién diría que semejante palo estirado podía hacer eso con la lengua? ¡Joder! ¡Joder!
— ¡Joder!
Lo dice en voz alta y la anciana voltea y la mira como si Bella hubiese nombrado el diablo con todo el infierno en medio. Bella voltea y hace lo que siempre hacía cuando su madre la sorprendía en una de aquellas terribles faltas cuando era una adolescente: sonríe como una buena niña y bate sus pestañas diciendo "Soy virgen y no sé cómo luce la verga de un hombre erecto. Lo juro que pronto seré canonizada" mientras su boca se relamía como gatita frente al tazón de leche ¡Dios! Una imagen profana viene a su cabeza y confirma que es una puta irreductible. La anciana empequeñece su mirada y ahí algo en ella que le dice a la mujer joven que lo sabe todo, todo lo que ella hizo, todo lo que su cuerpo siente, todo eso que la tiene al borde del abismo.
La anciana sale del elevador, Isabella cuenta los segundos para que la puerta se cierre y no tenga que sentir como la abuelita la juzga desde la nostalgia de ese cuerpo que alguna vez sintió lo que ella en ese momento la hace vibrar. Algo se suspende y la anciana voltea y la mira, no de forma cómplice, sino con cierta avaricia y melancolía.
No sabe el por qué pero esos ojos claros sobre ella la intimidaron y el hecho de no tener ropa interior se hace presente en toda la intensidad del momento.
De nuevo se cierra la puerta del elevador, y es cuando Bella respira profundo y entiende que debe volver a la realidad. Aprieta el botón de detenido para y cierra los ojos intentando dejar esas horas donde estuvo en un universo alterno, teniendo sexo con un desconocido, con un hombre del que no sabía nada, por el que no sentía nada.
Llega a su pequeña oficina—si es que una mesa rústica con una silla simple en la esquina de los casilleros se pudiese decir oficina—y se sienta calmada, debe enfocarse, debe ser madura, no tiene quince años para estar como púber ante su primer beso. Agarra la Tablet que utiliza para agendar la labor de la gente a su cargo y comienza a planear el resto del día.
—No pienses Bella, no ahora, ya no eres esa chica.
Esa chica que descubrió el sexo a una corta edad y creyó que solo eso era lo único importante, sexo que la llevó a casarse con Jacob creyendo así que el matrimonio se reducía estar las veinticuatro horas del día en la cama, que los cuentos de hadas y el por siempre feliz era la idea fiel de un mundo en que finalmente Isabella Swan podría tener todo lo que una niñez desamparada le había quitado.
Poco a poco van llegando cada una de las mucamas, Isabella asume su papel de jefe inmediato, espera impaciente a que sea la hora de salir, teme que en cualquier momento alguien la sorprenda y la aviente al agua, pero nada pasa. La señora Michell le informa que al día siguiente Cora se reintegrará al trabajo. La mujer está preocupada sinceramente por la salud de la mucama y Bella y las demás chicas le prometen que intentaran vigilar la ingesta de alimentos de Cora.
Antes de irse la señora Michell se le acerca con una sonrisa elegante y franca. Bella no puede dejar de notar que la mujer huele delicioso y que su nuevo uniforme de color azul marino le queda muy bien, es alta y delgada, y exhala un aire de tranquilidad que la hace ser respetable. No como ella quien no tiene bragas y aún tiene en su piel el perfume y sudor de Edward Cullen.
— ¿Cómo te ha ido con el señor Cullen?
¡Dios! Hablando del rey de Roma.
— ¿Cómo me ha ido? ¿Por qué?—pregunta con miles de alertas avizoras.
—Tranquila, Isabella ¿algo ha ocurrido?
Bella aguanta la exhalación y sonríe como niña buena ¡Voy a achicharrarme en el puto infierno! ¡Lo siento mamá!
—No, nada, pero como él se queja de todo.
—Lo sé, es especial.
¡Ni se imagina! Aguanta la risa y mete sus manos en los bolsillos del uniforme.
—No se ha quejado, cosa que me impresiona, por lo general siempre que se queda aquí nos vuelve locos con sus quejas por todo, se ha dado cuenta que eres una trabajadora excepcional.
Bella parpadea, el tiempo se suspende y se ve a sí misma desnuda, agitada, boca abajo con su trasero al aire y él penetrándola con furia mientras mordía su oreja.
—Kate, te mueves delicioso, no puedo dejar de tener sucios deseos contigo.
—Debe ser.
—Es alguien difícil de complacer.
¡Ja!
Ella arrodillada, con gesto de malicia y hambre lo amenaza con tragar todo su sexo de un solo bocado.
—Apuesto que ninguna te ha hecho ver la estrellas, cabrón.
Recuerda cómo se relamía ante él, recuerda ver la chispa de lujuria y ansiedad que tenía cuando su lengua amenazaba toda la punta de su verga.
— ¿Siempre hablas tanto, Kate? O solo te ufanas de tus talentos.
Recuerda cómo ella se paró agitada y furiosa, y batió su culo en gesto arrogante. ¡Nadie podía decir que ella no era buena, en lo que se sabía excelente!
—Idiota.
El cuerpo de él estrellándose contra su espalda y arrinconándola contra la pared.
—Tienes un genio endemoniado.
Su voz agitada, su cuerpo alto y delgado, su sexo duro, sus manos fuertes y rudas ¡maldito sexy!
—Y tú eres un cerdo.
La risa.
—Y tú tienes una boca pecadora.
La voltea y la pone frente a frente, ella no ha visto nada igual, un rostro perfecto con gesto de ansia y hambre. Se siente poderosa, tiene a ese hombre famélico de ella, es solo ese día, pero lo tiene, por ese momento le pertenece.
Toma su sexo entre las manos y lo acaricia, lo escucha gemir ¡Dios y que sonido tan bello!
Lo agarra con fuerza y el movimiento lo sorprende, algo dice entre dientes y al final ruega.
Bella es una buena chica y en ese momento entiende que debe darle a ese pobre hombre algo que haga que la recuerde para siempre.
—Tienes que dar las gracias, Cullen.
—Maldita sí, voy a darte todas las gracias que quieras, Kate, pero dame tu boca ya ¡lo necesito!
Bella vuelve, tiene los ojos de par en par frente a la señora Michell quien balbucea algo sobre Cullen.
— ¿Perdón?
—Jane Lowell, lo siguió hasta acá, es la segunda vez que lo hace, la mujer es una idiota.
—Es una niña rica, eso es todo.
—Sí, pero no tiene derecho a humillar a la gente ¿cómo te fue con ella?
—Le aseguro señora, que no le puse cuidado.
—Me alegra, Bella, a veces es difícil con ese tipo de huéspedes.
El resto del día pasa para Isabella como una exhalación, al final se pone sus ropa y sale con Emily corriendo del hotel, por un momento mira hacia atrás con su corazón desbocado. Su sexo arde con deseo, ese hermoso cabrón la ha regresado a ese punto de su vida donde su cuerpo la gobernaba y donde el ansia de adrenalina era lo único que la sostenía.
¡Dios, ayúdame!
Se despierta y salta de la cama, ha pasado por su cuerpo un ferrocarril y siente que puede correr veinte kilómetros en una hora, quiere gritar, quiere comer como si no hubiese un mañana, ir al gimnasio y golpear la pera de boxeo hasta que su cuerpo no le deje nada.
¡Esa mujer! ¿Quién demonios es? ¿Qué ocurrió en su mente lógica que de un momento a otro la deseo como no ha deseado a nadie? ¿Lo que hizo con su cuerpo! ¡Lo que él hizo con el de ella! Tantos años de su vida en total control y viene esta pequeña chica y lo pone de rodillas como si no fuera Edward Cullen el siempre correcto, racional y lógico que luchó por años para que nada pudiese afectar su planeada vida.
—Kate, Kate.
Mira la cama y en ella está la revolución de dos horas en que dejó de pensar en su ira, en que se permitió ser esa persona que él ha arrinconado en el fondo. Allí está desnuda, como una gata, amenazándole con su cuerpo limpio, con su mundo secreto y con el hecho de que para ella, él importa nada.
Es totalmente liberador.
Se muerde sus labios y tiene en ellos el recuerdo de su hambre de descubrimiento y de olvido.
¿Hacia cuantos años no tenía sexo con una mujer de esa forma? Sin miedo, sin ansias, sin compromiso.
Si ella estuviera allí, si Kate estuviera…
¡Diablos! Ni siquiera sabía su nombre.
Un aire liberador se abate sobre Edward, todas quieren decir su nombre, todas quieren dar su número de teléfono o contar su vida al medio segundo, todas esperan una próxima cita, y ella solo quería mamar su verga y asesinarlo lentamente, un crimen sin testigos, ni rastros.
Le encanta.
Le asusta.
No quiere ser ese chico emocionado que descubre que existen mujeres que se van sin dejar huella y que no pretenden un compromiso, esas mujeres tempestad que arrasan los cuerpos de los hombres y los dejan con esa sensación de que algo ocurrió y no saben qué.
Se mira al espejo y está tan desnudo por fuera como por dentro. Tiene treinta y cinco años y durante quince años ha luchado por que su vida sea ese cúmulo de cosas que lo hacen poderoso, intelecto, belleza física, dinero ganado con sus propias manos, prestigio, fama y temor, y ahora esa pequeña diablilla lo deja así, como si nada de lo vivido fuese importante.
¡No! ¡No! ¡No! ¡Treinta y cinco años y no puede perderlo todo por una espectacular cogida, tanto que ha odiado a la gente que por sexo abandona todo y él, el impertérrito Edward Cullen en el precipicio ¡Nunca!
Camina hacia la ducha, cepilla sus dientes y se baña por una larga media hora. El agua caliente es agradable, muy agradable y el vapor lo envuelve en una atmosfera de sopor y alienación. Va hacia ella la de siempre, la que es su sueño, la que es el objeto de sus deseos; rubia, alta, digna, repleta de cosas hermosas, su musa: Tania. La escucha hablar con aquel hermoso acento de clase alta de Londres ¡Cómo la ha amado! A su memoria viene el recuerdo del sonido de sus pasos, o el movimiento fino de sus caderas envueltas en azahares y con olor a lilas y rosas ¡es tan inteligente y repleta de cosas maravillosas! Todos los días de su vida piensa en ella, en lo que puede lograr en él ¿cómo no amarla? ¿Cómo no creer que aquel ser alado no sea la perfección es su más alto grado? Toma su verga con fuerza y su mano va de la punta hacia la base.
—Tania, Tania.
Está erecto y el deseo bombea cada uno de sus músculos, haciendo un esfuerzo se imagina el objeto de su obsesión frente a él desnuda, tan dispuesta a dejar que él haga con su cuerpo lo que desee, abierta y lubricada, gimiendo y diciendo su nombre. La ve, sus ojos azules y su cuerpo de gacela. Bombea, bombea con fuerza y el orgasmo se dirige al centro mismo de su cerebro y todas sus terminaciones nerviosas alumbran como grandes chispas de fuegos pirotécnicos, todo en ese momento es lenguaje, metafísica, lugares, historias, sustantivos y verbos. Nunca ha sido así, nunca la ha deseado más.
—Oh…oh sí…
Quiere algo de ella, algo perverso, algo que le diga a él que ella le pertenece, si, su boca pequeña y rosa en su verga enorme y caliente.
—Dámelo, mi amor…
El movimiento se hace fuerte, alucinante, es un viaje sideral, una toma cósmica de una droga mágica. Ya viene, ya…viene, viene….
Abre sus ojos y la ve, ve unos ojos marrones dulces y maliciosos.
—Cabrón, sabes divino.
¡Joder! El orgasmo lo aniquila de una forma total, tirándolo contra la pared del baño dejándolo con sus brazos laxos y con la sensación de que algo en el espacio tiempo ocurrió en su vida y todo tiene que ver con la pequeña, sucia y divertida mucama.
Esa noche escribió como jamás lo había hecho en su vida, y comió como un adolescente después de un extenuante día de escuela.
Estaba furioso.
Y más excitado que nunca.
Bella corrió hacia su apartamento, quería llegar lo más rápido posible, creía que si finalmente llegaba estaría a salvo de todo, era como una chica quien creía que todos estaban señalando ¡actúo como una recién desvirgada, caray! Pero era que realmente se sentía así, casi tres años sin sexo y volver hacia él fue aterrador y maravilloso. Siempre escuchó que aunque se dejara de hacer por años el cuerpo tenía memoria, era como andar en bicicleta, nunca se olvida. Estalla de risa ¡Dios! ¡Y que bicicleta! Aún estaba en estado de shock. Edward Cullen, vaya, vaya, vaya ¿podía ser más guapo ese pendejo pomposo? ¿Quién podría creer que semejante pedante era un dios del sexo? ¿Con que eso también da los libros? Convencida estaba que leería más de seguido. Se mordió sus labios con traviesa modosidad y perversidad. Sentada en la cama con un vaso de Coca Cola y un nuevo perrito caliente, solitaria Bella Swan repasó de nuevo todos los eventos ocurridos ese día y se maravillaba porque parte de la vieja ella, había vuelto con todo y sus deseos carnívoros, sin miedo a nada, aventurera y perra ¡Ja! Era triunfo sobre los años en que creyó que después de ser una patética mujer abandonada por su flamante marido millonario, dieciocho centímetros de verga y hermoso como nunca se había visto en Washington y sus alrededores; ella, la don nadie, había sido follada por alguien que ni Jacob Black podría igualar. Su autoestima lesionada por tanto tiempo se recomponía, y sus entrañas rotas estaban ajustándose para entender que aún era una mujer, sin embargo no podía entender qué fue lo que pasó en aquella habitación, no era tan inteligente para intuir como dos seres que un día se odiaron, dos días después estaban desgarrándose la ropa como dos caníbales.
Fue hasta el baño soltó su cabello y recordó que el idiota aún tenía sus pantis. Desnuda en la tina—pequeño lujo que podía darse—Isabella se enfrentaba a un hecho profundo de madurez, debía ser cuidadosa, debía saber que no podía ser la misma loca inmadura de su adolescencia. Entendió que Edward Cullen era un polvo fugaz en su vida y que no estaba en ella y en él volver a repetir el acto de rebeldía que ambos sostuvieron. Ella se acostó con un hombre que nunca soñó, él tuvo sexo con una mujer que no estaba a su altura, quizás y eso si lo comprendió; que siendo tan diferentes como lo eran, ambos vieron libertad en estar desnudos el uno frente al otro.
—Dios mío ¿qué estoy haciendo? Tanto tiempo intentando cambiar y sigo siendo esa Bella que no piensa en las consecuencias de sus actos.
Aun así, fue un acto liberador. Un momento en que ella pudo escapar de todas las obligaciones autoimpuestas, un fugaz momento en que ser joven, bonita, era su derecho.
Pero no volvería a pasar ¡No señor! Edward Cullen era un imbécil y ella debía tener el control, no permitiría que un hombre por muy hermoso que fuera, tuviera de nuevo el control de su destino, ya no era tiempo de volver atrás.
Esa noche durmió como no lo había hecho en años, finalmente esas horas de repaso cruel sobre su historia no la atormentaron esa noche. Aunque no lo quisiera admitir, Cullen, el pendejo, obró un milagro sobre ella, no solo quitó su ropa, sino que quitó los últimos vestigios de autocompasión que durante años la hicieron sentirse menos.
Se levantó a las siete de la mañana, su turno comenzaba a las diez y tranquila y calmada alcanzó el tomo de aquel primer libro de la saga que ese hombre había escrito y leyó el capítulo donde el hermoso jinete de cabello azabache, dueño de Kiryacos describe como la muerte de la madre ha roto su corazón en mil pedazos. El niño frente al cadáver de alguien a quien amaba más que a nada y como el cuerpo despedazado de quien era todo para él es el recuerdo que ha marcado su existencia.
Oh madre, la aldea te recuerda cuando un día en que el sol canicular atormentaba con su tiranía de fuego la piel de los hombres, viniste del país de los espejos flotantes y eras mustia y eras agua. Llegaste con tu boca eco que podía leer entre los aires del viento el futuro incierto de la gente que temía tus ojos de dos colores y tu voz oscura y ronca, madre sempiterna que vives en cada fluir de mi sangre guerra ¿pudiste leer en los aires fluctuantes de la tierra de fuego como tu muerte vendría en el único día en que el sol como acto de compasión a sus esclavos se ocultó entre las nubes? Ese día en que el cielo lloró sangre, el día en que yo, tú hijo de cabello maldito se convirtió en asesino de bestias. Madre te amo ¿puedes rogar a los demonios que te encadenan que tienes un hijo que aún necesita de tus brazos para que así arrulles sus lamentos y sus quejas? Diles que daré mi alma tan sólo por sentir como tu perfume da de nuevo esencia a mi alma casi muerta.
Bella cerró el libro con fuerza ¡Cuánto daría porque su mamá volviera! Un día con ella en el cine, caminando por la playa, charlando de cosas tontas, riendo por nada, haciendo planes inútiles que las hacían tan felices, aunque ambas supieran que ninguno sería posible.
París y su madre, esos tiempos donde era feliz con ella y no lo agradecía.
— ¡Chica! ¿Y ese labial rojo? —es Cora quien a pesar de lo enferma, siempre está de buen humor.
—Oye sí, no te lo quise preguntar Bella, pero se te ve divino.
Isabella mira hacia los lados, y se encoge los hombros, se puso labial rojo porque sí, porque es su favorito y porque maldita sea le queda guay.
—Bueno, me queda lindo—dice con inocencia mientras se coloca su delantal y las feas zapatillas de trabajo.
—Te queda precioso, amiga.
—Ojala yo tuviera todo lo que tienes, Isabella—dice Cora quien la enfermedad ha mermado y a quien el doctor le recomendó una dieta estricta—ojala fuera una mujer delgada y bonita como tú.
Emily y Bella se miran a los ojos, saben ambas lo duro de tener una baja autoestima y como la sociedad se la pasa recordando a las mujeres el "pecado" de no ser perfectas. Ambas corren hacia la mujer y la abrazan haciendo sonidos de arrullo; Bella ama eso, ama estar por primera vez enamorada de sus amigas, de niña jamás las tuvo. Su madre le decía que la amistad de las mujeres era un campo minado pero que cuando la encontrabas era un país de complicidades, murmullos, chistes obscenos y un millar de historias comunes.
—No digas eso, Cora, eres una mujer muy guapa ¡basta ya de pendejadas! ¿Cómo es que dicen estereotipos? ¿Sí?—las dos mujeres asienten— pues eso, no creo que esos palillos de las modelos sean gente sana y feliz ¿Quién puede serlo cuando no come como un ser humano normal?
—Pues tú comes como un cerdo, y mírate—dice Cora entre sonrisas.
—Pues amiga porque tengo metabolismo de gusano—ella trata de alegrarla—odio todo eso de estúpidas mujeres intentando acomodarse a lo que dice una sociedad, dietas, ejercicios para matarse, creer que ser flacas te van a dar todo—Bella se sienta en la silla de su mesita improvisada en el casillero, mientras recoge su espeso pelo—Cora, fui reina de la escuela ¿sabes? La chica popular y te digo no era porque estuviera en el equipo de matemáticas, a los dieciséis era todo lo que una niña mala era, pero siempre creí que yo iba a llegar muy lejos, y nena, no fue así, un ex marido estúpido, un divorcio de porquería y ni una vez pisé el campus de una universidad y todo eso porque creí que ser flaca de culo genial era todo lo que yo necesitaba, así que deja de medirte por eso, lo que tienes es que cuidarte con la salud, dejar de creer en mierda barata que venden en la televisión, todas esas perras están locas y con hambre, así que te cuidas y en unos meses estarás con tus curvas sexys follando a Timmy—Isabella guiña un ojo—se muere por ti, linda.
Emily grita y aplaude, adora a Bella y su boca sucia y sin tapujos, todos saben que Timmy se muere por Cora pero los dos son tan estúpidos y tímidos que no han dado el primer paso, así que tuvo que ser la boca suelta de Bella para que finalmente lo que todos secreteaban tuviera voz.
— ¡No! Bella ¿qué dices?—Cora se sonroja, salta graciosa, su cuerpo se mueve al ritmo de su excitación y vergüenza.
— ¿Qué digo? Pues que es hora, todos saben que te gusta el chico, así que a cuidarse—vuelve a pararse, abraza a la mujer por los hombros—y si quieres vamos las tres y te compramos sexy puti bragas, mi amor.
Todas sueltan la carcajada, Cora y Emily celebran a su jefe, quien aunque menor que ellas, había tenido una vida que intuían tremenda, pero que a pesar de todo aún mantenía un espíritu juguetón y leal.
—Y ¿tú, Bella? ¿Tienes a alguien?
Isabella se hace la desentendida mientras se alista para hacer la agenda del día, suspira y sube los hombros en signo de indiferencia.
—El mundo no está preparada para mi sabor.
—Harás muy feliz a un hombre, Isabella.
La aludida sonríe con nostalgia, no fue capaz de hacer feliz a Jacob, no está preparada para tener que enfrentar su miedo más agudo: quizás no esté hecha para amar a nadie.
—Talvez esté hecha para hacer feliz a una chica ¿se apuntan?
Emily sale con su carrito y Cora no para de reír.
—Esas alusiones lésbicas ya me están poniendo nerviosa, Bella—dice Emily quien ya está al borde de la puerta.
—Vamos mi amor—Bella la sigue—sabes que somos la una para la otra, no huyas de mí, cariño.
—Estás loca.
—De amor, por ti—saca la lengua en un gesto gracioso y le da una mirada que se supone es lasciva.
—Nos vemos al mediodía, chicas—Emily no voltea porque sabe que estallará de risa—Cora, vas con nosotras.
Y así comienza el día para Isabella, son las once del día y ya ha puesto todo en marcha. Ha ocultado su desazón. No quiere toparse con el idiota, pero algo la llama en lo más profundo.
Y lo más profundo viene a ella, y está vestido de negro con elegantes lentes oscuros y un hermoso abrigo de color negro.
Se encuentran en el elevador principal, ella quiere evitarlo, pero sabe que si lo hace, le dirá a él que tiene el control, le dirá que el día de ayer fue importante para ella, y no quiere darle ese poder.
Da un paso al frente, el elevador tiene dos personas más. Se coloca al lado izquierdo mientras él está en la esquina del lado derecho, en el fondo. No se atreve a mirarlo, sin embargo el olor a loción está impregnado el lugar, ella se niega a sentir. El ni siquiera respira. No hay nada en ese momento entre los dos, allí no hay historia, no hay nada que los una, tan solo un día en que los dos se encontraron y rasguñaron soledades. No hay palabras, ni historias, no son el ideal del otro, ni ambos han deseado encontrarse en un punto donde puedan confluir en un lugar común.
Sin embargo el recuerdo de ese momento que los unió está allí, lo quieran o no.
Solo tienen eso.
Extrañamente los dos en silencio esperan que los dos huéspedes que ocupan el ascensor salgan.
Edward cierra la puerta, hay un silencio. Las cámaras se ciernen sobre ambos de forma peligrosa. Suben hasta el último piso, y el silencio continúa.
Están los dos, en ese punto donde los caminos parecen borrosos.
Isabella espera algo, se atreve a mirar hacia atrás y se topa con el hombre de aspecto frío, que no la ve tras esos lentes oscuros.
No quiere ser esa mujer ansiosa y repleta de vanidad que piensa que tras una mamada apoteósica piensa que posee a un hombre y que puede manejarlo por la promesa de otra mamada que superara la primera.
Se vuelve sobre su eje, y aprieta el botón que la lleva al quinto piso. El timbre anuncia que la puerta se va a abrir, y da un paso hacia la salida, pero la mano elegante y delgada detiene la apertura del elevador.
—A veces…. —y la voz es susurrante y con el aquel acento fuerte y aristocrático—las heridas son más profundas de los que uno cree, Kate, los soldados pueden curarse en su superficie, pero algunas simplemente están ahí y sangran.
Ella no modula una palabra.
—Es un record, Kate, dar las gracias más de dos veces—Bella siente que él respira en su oído—gracias, diablilla.
La puerta se abre, Isabella sale del ascensor, pero coloca su mano en la puerta, dos segundos y Edward siente la necesidad de quitarse los lentes. Sus ojos son de un verde oscuro y siguen teniendo esa cualidad gélida que siempre tienen ante una extraña e incómoda sensación de incertidumbre.
— ¿Me devolverá mis pantaletas?
—Kate ¿no me permitirás mi pequeño trofeo de guerra?
Bella sonríe con malicia.
—Los trofeos de guerra se tienen cuando existe una victoria, señor.
—Oh ¿con que está en verdad es una revolución? ¿Entonces eres mi enemiga?—la sonrisa maliciosa se refleja en sus labios— ¿no he ganado?
—No todavía.
Ambos observan sus labios.
Hay un presentimiento de besos que no se han dado.
—Bueno, Kate tenemos días para esta confrontación, pero eres un mal adversario—se coloca sus lentes y allí está el hombre racional y frío.
— ¿Por qué?
—Si esto es una guerra, al menos debo saber el nombre de mi enemigo.
Él se arrincona en el elevador, desabrocha su abrigo, hace una invitación.
—Isabella. Bella—observa con detenimiento el pequeño espacio del cuello en que unos pequeños vellos sobresalen y la cadena con una diminuta ancla de oro parece parte de su piel.
—Te confieso, no me hacía ilusión que te llamarás Kate, Isabella es exótico. Bella.
—En cambio yo te puedo llamar, cabrón—guiñe un ojo.
¿Le guiñé el ojo? ¡Mierda! ¿Qué me pasa?
—Me han llamado de peor manera, Isabella—una maravillosa fila de dientes blancos se adivina en sus labios—Tendré tus pantis como suvenir, dame eso para recordar que siendo vencido fue una maravillosa derrota.
Bella tiembla, sus entrañas arden ante la ansiedad. Cierra la boca y hace que su barbilla tenga ese gesto de terquedad heredada de su padre, Charlie.
— ¿No vas a dar la pelea?
Sus ojos chispean con fuego, hay un lenguaje cifrado entre los dos.
— ¿Quieres que muera? Diablilla sanguinaria.
No contesta, su pie derecho lo hace por ella cuando se adelanta de nuevo hacia el elevador.
Él gime entre dientes. Presiona el botón hacia su piso, él se adelanta y ella espera, al segundo ella se encamina por el corredor hacia su habitación. La puerta está medio abierta. Bella no mira hacia las cámaras cualquier movimiento y todo se irá al traste, pero en ese momento no le importa, nada importa.
Edward la espera recostado en la pared con las manos en los bolsillos— ¿Vas a darme la petite mort?
— ¿De qué diablos hablas?—lo repasa con hambre.
—Es…—no termina la frase porque Isabella se ha abalanzado sobre él y de un tajo arranco los primeros botones de su costosa camisa.
— ¡Dios!
—Cállate, ya, cabrón. No necesito que hables—y muerde como gata su cuello dejándole la primera herida de guerra entre los dos.
Hola chicas, espero que hayan disfrutado el capítulo, gracias por leer. Nos leemos en el próximo.
