38

LA CUENTA

—¿Quinientas cabezas nucleares? —susurra Raven—. Menuda mierda, maldita sea. Dime que estás de coña. Venga.

Marcus está sentado en silencio a la mesa de la sala de guerra, masajeándose las sienes.

—Es mentira —gruñe Holiday desde la pared—. Si las tuviera, las habría usado.

—Dejemos las deducciones para aquellos que realmente han conocido al tipo, ¿te parece? —interviene Octavia—. Finn no funciona como un ser humano normal.

—Eso está jodidamente claro —confirma Raven.

—Aun así, es una pregunta con fundamento —señala Marcus, molesto por la presencia de tantos dorados, en especial por la de Mustang, que está de pie a mi lado—. Si las tiene, ¿por qué no las ha utilizado?

—Porque ese tipo de ataque le hará casi tanto daño como a nosotros —respondo—. Y porque si las usa, la soberana tendrá la excusa perfecta para destituirlo.

—O porque no las tiene —dice Quicksilver con un tono de voz desdeñoso. El plateado flota ante nosotros, formado por holopíxeles azules que titilan sobre un panel de visualización—. Es un ardid. Belona sabe lo que te importa, Lexa. Está manipulando tus sentimientos con ideas de olvido. Es mentira. Mis técnicos habrían detectado ondas de gran tamaño si estuviera trasladando misiles. Y seguro que yo me habría enterado de que se estaba enriqueciendo plutonio si la soberana los hubiera construido.

—A no ser que se trate de misiles viejos —digo—. Hay muchas antiguallas desperdigadas por ahí.

—Y estamos en un Sistema Solar muy grande —interviene Mustang con tranquilidad.

—También mis orejas son muy grandes —insiste Quicksilver.

—Eran —dice Octavia—. Te las están reduciendo mientras hablamos.

Los líderes de la rebelión están sentados en semicírculo frente a un holoproyector que muestra el asteroide S-1988. Es un pedazo de roca estéril, parte de la subfamilia Karin de la Familia Coronis. Está en el Cinturón Principal entre Marte y Júpiter. Los asteroides Coronis son la base de operaciones mineras de envergadura por parte de un consorcio energético dirigido desde la Tierra. También albergan varias áreas de descanso astrales para contrabandistas y piratas, especialmente el 208 Lacrimosa, donde Raven repostó en su viaje desde Plutón hasta Marte. Los lugareños llaman al refugio de contrabandistas Nuestra Señora de los Dolores, donde la vida cuesta menos que un kilo de helio helado y un gramo de polvo de demonio, o eso dice él. Se muestra extrañamente discreto respecto a ese lugar y al tiempo que pasó allí. Las reuniones en las salas de guerra de los dorados se celebran en círculo o en rectángulo, porque es más probable que las personas que se miran a la cara entablen discusiones intelectuales que las que se sientan al lado. A los dorados les encanta que así sea. Yo pruebo una táctica diferente, hacer que mis amigos se enfrenten al problema en el holoproyector. Así, si quieren discutir entre ellos, tienen que estirar el cuello para hacerlo.

—Es una lástima que no contemos con los oráculos de la soberana —dice Mustang—. Le pondríamos uno en la muñeca y veríamos lo honesto que es realmente Bellamy.

—Siento que no dispongamos de los recursos a los que está acostumbrada, domina —dice Marcus.

—No me refería a eso.

—Podríamos torturarlo —sugiere Raven.

Está en el medio de la mesa limpiándose las uñas con una hoja. Octavia está apoyada contra la pared detrás de ella, dando un respingo de enfado con cada trozo de uña que cae sobre el tablero. Marcus está a la izquierda de Raven. El holograma de un metro de alto de Quicksilver brilla a su derecha, casi delante de mí. Tras haber declarado la libertad de la ciudad de Fobos en nombre del Amanecer, actúa como gobernador de la misma y ahora está encorvado sobre un montoncito de ostras del tamaño de un pulgar desbullándolas con un cuchillo de platino y colocando las conchas en cinco pilas parejas.

Si está inquieto por las represalias del Chacal contra su estación, no lo parece. Sefi suda bajo sus pieles tribales mientras pasea en torno al perímetro de la mesa como un animal enjaulado y poniendo nervioso a Marcus.

—¿Queréis la verdad? —pregunta Raven—. Pues dadme diecisiete minutos y un destornillador.

—¿Tenemos que mantener esta conversación con ella aquí? —pregunta Octavia refiriéndose a Mustang.

—Está de nuestro lado —contesto.

—¿Estás segura? —pregunta Marcus.

—Fue crucial a la hora de reclutar a los obsidianos —insisto—. Nos ha puesto en contacto con Orión.

Me comuniqué con la azul después de hablar con Bellamy. Avanza a toda prisa con el Lincoln y un considerable remanente de mi vieja flota para reunirse conmigo. Me parece imposible que vaya a volver a ver a la malhumorada piloto de nuevo, o el barco que fue el primer sitio que sentí como mi hogar desde Lico.

—Gracias a Mustang, disponemos de una verdadera armada. Ha conservado mi mando. Ha mantenido a Orión al timón. ¿Habría hecho todo eso si no compartiera nuestros mismos objetivos?

—¿Y cuáles son?

—Derrotar a Lune y al Chacal —contesta ella.

—Eso no es más que el principio de lo que queremos —dice Marcus.

—Está trabajando con nosotros —subrayo.

—De momento —replica Octavia—. Es una chica lista. Puede que quiera utilizarnos para acabar con sus enemigos. Para situarse en una posición de poder. Tal vez quiera Marte. Quizá desee más.

Parece que fue ayer cuando mi consejo de dorados estuvo debatiendo si Octavia era digna de confianza. Monty dio la cara por ella cuando nadie más estaba dispuesto a hacerlo. Tengo la sensación de que Octavia no se ha percatado de esta ironía. O tal vez recuerde que hace un año Mustang expresó su desconfianza respecto a las intenciones de Octavia y haya decidido pagarle con la misma moneda.

—Odio estar de acuerdo con los Julii —dice Marcus—, pero en esto tiene razón. Los Augusto son jugadores natos. No ha nacido ni uno solo que no lo sea.

Al parecer, Marcus no se ha sentido impresionado por la falta de transparencia de la que Mustang ha hecho gala antes. Mustang ya se esperaba esta situación. De hecho, solicitó quedarse en su habitación, lejos de la reunión, para no desviar la atención de mi plan. Pero para que esto funcione, para que haya alguna manera de que al final podamos unir todas las piezas, tiene que haber cooperación. Todos esperan que yo defienda a Mustang, lo cual demuestra lo poco que la conocen.

—Estáis siendo bastante ilógicos —les espeta ella misma—. No pretendo ofenderos al decirlo, simplemente quiero constatar un hecho. Si os deseara algún mal, habría avisado a la soberana o a mi hermano y habría puesto un dispositivo de localización en mi nave. Ya sabéis hasta dónde estaría dispuesta a llegar Abby con tal de encontrar Tinos. —Mis amigos intercambian miradas atribuladas—. Pero no lo he hecho. Sé que no confiaréis en mí. Pero sí confiáis en Lexa y ella confía en mí. Y, dado que ella me conoce mejor que ninguno de vosotros, creo que es la que está en mejor lugar para tomar la decisión. Así que dejad de gimotear como condenados críos y pongámonos manos a la obra, ¿eh?

—Si tenéis una sierra eléctrica, podría hacerlo en aproximadamente tres minutos… —continúa Raven.

—¿Quieres cerrar la boca de una vez, maldita sea? —le ladra Marcus. Es la primera vez que lo veo perder los nervios—. Cualquier hombre mentiría como un bellaco, diría cualquier cosa que quisieras oír si le estás arrancando las uñas de los pies. Eso no funciona.

Él mismo fue torturado por el Chacal. Igual que Evey y Ontari.

Raven se cruza de brazos.

—Bueno, esa es una generalización injusta y gigantesca, Abuelito.

—Nosotros no torturamos —sentencia Marcus—. No hay más que decir.

—Ah, sí claro —dice Raven—. Nosotros somos los buenos. Los buenos nunca torturan. Y siempre ganan. Pero ¿cuántos tipos buenos acaban con la cabeza metida en una caja? ¿Cuántos llegan a ver cómo le cortan la espalda por la mitad a sus amigos?

Marcus vuelve la vista hacia mí en busca de ayuda.

—Lexa…

Quicksilver desbulla una ostra.

—La tortura puede ser efectiva si se aplica correctamente, con información susceptible de ser confirmada y en un ámbito restringido. Como cualquier otra herramienta, no es la panacea; debe usarse de la manera adecuada. Personalmente, no creo que podamos permitirnos el lujo de trazar líneas morales en la arena. Hoy no. Dejad que Barca lo intente. Que arranque unas cuantas uñas. Unos cuantos ojos si es necesario.

—Estoy de acuerdo —dice Teodora sorprendiendo al consejo.

—¿Qué me dices de Matteo? —le pregunto a Quicksilver—. Raven le destrozó la cara.

A Quicksilver se le resbala el cuchillo sobre una nueva ostra y se le clava la punta en la palma de la mano. Con una mueca de dolor, se chupa la sangre.

—Y si no se hubiera desmayado, os habría dicho dónde encontrarme. Según mi experiencia, el dolor es el mejor negociador.

—Estoy de acuerdo con ellos, Lexa —interviene Mustang—. Tenemos que estar seguros de que dice la verdad. Si no, estamos permitiendo que dicte nuestra estrategia, lo cual es un movimiento de contraespionaje clásico. Tú habrías hecho lo mismo.

En efecto, es precisamente lo que intenté hacer con el Chacal hasta que empezó la tortura.

Octavia, que hasta ahora ha guardado silencio sobre el asunto, rodea la mesa a grandes zancadas y se planta en medio de la holoproyección, de manera que el espacio negro y las estrellas bailan sobre su piel. Sus irregulares mechones de pelo blanco se agitan ante unos ojos de mirada furiosa cuando se quita la camisa gris. Deja al descubierto su cuerpo musculoso y flexible y un sujetador de compresión. Media docena de cicatrices de heridas de filo trazan líneas diagonales de unos diez centímetros sobre su vientre plano. Hay al menos otra docena en el brazo con que maneja la espada. Unas cuantas más en su rostro, cuello y clavícula.

—De algunas estoy orgullosa —dice señalándose las cicatrices—. De otras no.

Se da la vuelta para mostrarnos la parte baja de su espalda. Tiene una franja de carne cerosa y derretida donde su hermana la marcó con ácido. Se vuelve de nuevo hacia nosotros y levanta la barbilla, desafiante.

—Vine aquí porque no tenía otra opción. Me quedé a pesar de que las tuve. No me hagáis arrepentirme de ello.

Es sobrecogedor apreciar su vulnerabilidad.

No creo que Mustang fuera capaz de bajar así la guardia en público. Raven mira con intensidad a la altísima mujer mientras esta vuelve a ponerse la camisa y se vuelve hacia el holo. Tiende ambas manos hacia el asteroide para aumentar el holograma.

—¿Podemos verlo con mejor resolución? —pregunta.

—La imagen fue tomada por un dron de la Agencia Censual —le contesto—. Hace casi setenta años. No tenemos acceso a los registros militares actuales de la Sociedad.

—Mis hombres lo están intentando —apunta Quicksilver—. Pero no son muy optimistas. Ahora mismo nos estamos enfrentando a una legión de contraataques de la Sociedad. Un condenado maelstrom.

—Ahora nos vendría muy bien tener a tu padre a mano —le dice Raven a Mustang.

—Nunca me habló de nada parecido —contesta ella.

—Mi madre sí, una vez —dice Octavia pensativa—. A Echo y a mí. Algo acerca de unas peligrosas bolsitas sorpresa que los emperadores podrían recoger en el viaje si el Confín se descarriaba.

—Eso encaja con lo que dice Bellamy.

Octavia se vuelve hacia nosotros.

—Entonces creo que Bellamy está diciendo la verdad.

—Yo también —le digo al grupo—. Y torturarlo no resuelve nada. Le cortamos los dedos uno a uno, ¿y si sigue diciendo que es verdad? ¿Seguimos cortando hasta que diga que no lo es? Sea como sea, es un riesgo.

Obtengo unos cuantos gestos de aprobación, aunque a regañadientes. Me siento aliviada por haber ganado al menos una de las batallas, aunque también un tanto recelosa al ver lo salvajes que pueden volverse mis amigos.

—¿Qué ha sugerido que hagamos? —pregunta Marcus—. Estoy seguro de que el Belona tiene una propuesta.

—Quiere que celebre una holoconferencia con la soberana —contesto.

—¿Por qué?

—Para establecer una alianza contra el Chacal. Nos proporcionan información y nosotros lo matamos antes de que detone alguna de las bombas —digo—. Ese es su plan.

Raven deja escapar una risita.

—Lo siento. Pero es que sería divertidísimo verlo. —Levanta la mano izquierda y la mueve como si hablara—: «Hola, vieja zorra oxidada, ¿te acuerdas de cuando secuestré a tu nieto?». —Levanta la mano derecha—. «Claro que sí, buena mujer. Justo después de que yo esclavizara a toda tu raza». —Niega con la cabeza—. No tiene ningún sentido hablar con esa florecilla. No hasta que llamemos a su puerta con una flota a las espaldas. Deberías mandarnos a los Aulladores y a mí a por el bueno del Chacal. No puede apretar el botón si le falta la cabeza.

—Los valquirios se ocuparán de esa misión con los Aulladores —dice Sefi.

—No. El Chacal se esperaría un ataque personal —digo mirando a Mustang, que ya me ha advertido de que no siga ese rumbo—. Nos conoce demasiado bien para que las cosas que ya hemos hecho en el pasado lo pillen por sorpresa. No pienso malgastar vidas entrando en el juego de su conocimiento de nuestras fuerzas.

—¿Tienes a alguien dentro de su círculo personal, Regulus? —le pregunta Marcus a Quicksilver.

Sorprendentemente, los dos parecen caerse muy bien.

—Sí. Hasta que vuestros grises liberaron a Lexa. Finn hizo que su jefe de inteligencia purgara su círculo más cercano. Todos mis hombres están muertos, encarcelados o cagados de miedo.

—¿Qué opinas, Augusto? —le pregunta Marcus a Mustang.

Todas las miradas se vuelven hacia ella.

Clarke se toma su tiempo para contestar.

—Creo que la razón por la que habéis conseguido sobrevivir durante tanto tiempo es que los dorados están tan obsesionados con el ego individual que se han olvidado de cómo conquistaron la Tierra. Todos ellos creen que pueden gobernar. Con la vuelta de Orión y el botín de Raven, ahora vuestra principal fuerza estriba en vuestra armada y en un ejército de obsidianos. No ayudéis a la soberana. Sigue siendo la enemiga más peligrosa. Si la ayudáis, se concentrará en vosotros. Sembrad más semillas de discordia.

Marcus asiente para mostrar su acuerdo.

—Pero ¿estamos seguros de que el Chacal realmente utilizaría las cabezas nucleares contra el planeta?

—Mi hermano solo deseaba una cosa: la aprobación de mi padre. No la consiguió. Así que lo mató. Ahora quiere Marte. ¿Qué crees que hará si no lo consigue?

Un silencio amenazador invade la sala.

—Tengo un nuevo plan —anuncio.

—Eso espero, maldita sea —le susurra Raven a Octavia—. ¿Podré esconderme dentro de algo?

—Estoy segura de que algo te encontraremos, querida —le contesta ella.

Asiento. Ella sacude una mano.

—Bueno, pues entonces oigámoslo, Segadora.

—Hipotéticamente, supongamos que tomamos la mitad de las ciudades de Marte —digo. Me pongo de pie y selecciono un gráfico de la mesa que muestra una marea roja inundando el globo de Marte, apoderándose de ciudades, haciendo retroceder a los dorados—. Digamos que, cuando Orión se sume a nosotros, destrozamos su flota en órbita a pesar de que nos duplican en número. Imaginemos que aplastamos a sus ejércitos. Que, con la ayuda de los valquirios, apartamos a los obsidianos de sus legiones y hacemos que se unan a nosotros. Que aprovechamos la marejada de la propia población. Las máquinas de la industria de Marte se paralizan por completo. Hemos rechazado los incontables refuerzos de la Sociedad, la insurrección reina en las calles y hemos acorralado al Chacal después de años de guerra. Porque nos llevará años. ¿Qué ocurre entonces?

—Las máquinas de la industria no se detienen en Marte —contesta Octavia—. Siguen funcionando. Y seguirán produciendo hombres y material aquí.

—O… —digo.

—El Chacal detona las bombas —contesta Marcus.

—Cosa que creo que también hará contra los obsidianos y nuestro ejército si seguimos adelante con la operación Marea Creciente —añado.

—Llevamos meses preparando la operación —protesta Marcus—. Con los obsidianos podría funcionar. ¿Quieres echarla por tierra sin más?

—Sí —respondo—. Este planeta es la razón por la que luchamos. A lo largo de la historia, la fuerza de los ejércitos rebeldes siempre ha residido en que tienen menos cosas que proteger. Pueden vagar, moverse, y son imposibles de localizar. Nosotros tenemos mucho que perder aquí. Demasiadas cosas por proteger. Esta guerra no se ganará en unos días o semanas. Durará una década. Marte sangrará. Y, al final, preguntaos, ¿qué heredaremos? El cadáver de lo que una vez fue nuestra casa. Debemos luchar esta guerra, pero defenderé que no la disputemos aquí. Propongo que abandonemos Marte.

Quicksilver tose.

—¿Abandonar Marte?

Sefi da un paso al frente para dejar las sombras de la habitación de piedra y rompe su silencio.

—Dijiste que protegerías a mi pueblo.

—Nuestra fuerza está aquí, en los túneles —prosigue Marcus—. En nuestra población. Ahí es donde recae nuestra responsabilidad, Lexa. —Le lanza una mirada a Mustang para dejar claras sus sospechas—. No olvides de dónde vienes. Por qué estás haciendo esto.

—No lo he olvidado, Marcus.

—¿Tan segura estás? Esta guerra es por Marte.

—Es por más que eso —replico.

—Por los colores inferiores —dice en un tono de voz cada vez más alto—. Hay que ganar aquí y después propagarse por la Sociedad. Aquí es donde está el helio. Es el corazón de la Sociedad, de los rojos. Ganar aquí, después propagarse. Así era como pretendía hacerlo Ares.

—Esta guerra es por todos —lo corrige Mustang.

—¡No! —exclama Marcus con un tono de voz posesivo—. Esta es nuestra guerra, dorada. Yo ya la estaba disputando cuando tú aún estabas aprendiendo a esclavizar seres humanos en tu…

Raven me mira con enfado mientras nuestros amigos se enzarzan en una trifulca. Le hago un pequeño gesto de asentimiento y ella desenvaina el filo y lo estampa contra la mesa. El arma se incrusta en el tablero y se queda allí temblando.

—La Segadora intenta hablar, comemierdas. Además, todo este asunto de los colores me aburre. —Mira a su alrededor, satisfecha con el silencio en que se ha sumido la sala. Asiente casi para sí y mueve la mano con dramatismo—. Segadora, por favor, continúa. Estabas llegando a la parte emocionante.

—Gracias, Raven. No caeré en la trampa del Chacal —aseguro—. La forma más sencilla de perder cualquier guerra es dejar que el enemigo dicte los términos del enfrentamiento. Debemos hacer lo que el Chacal y la soberana menos se esperen de nosotros. Crear nuestro propio paradigma para que sean ellos quienes jueguen a nuestro juego. Los que reaccionen a nuestras decisiones. Debemos ser osados. Ahora mismo hemos encendido una hoguera. Hay rebeliones en casi todos los territorios de la Sociedad. Si nos quedamos aquí, significa que estamos contenidos. No permitiré que sea así.

Transfiero la imagen de mi terminal de datos a la mesa para que el holograma de Júpiter flote en el aire. Sesenta y tres lunas minúsculas motean su perímetro, pero los cuatro enormes satélites jovianos dominan su órbita. Esas cuatro lunas de mayor tamaño —Ganímedes, Calisto, Ío y Europa— reciben el nombre colectivo de Ilión. En torno a ellas se encuentran dos de las flotas más grandes del Sistema Solar, la de los señores de las Lunas y la Armada de la Espada.

Raven está tan satisfecha que parece estar a punto de desmayarse.

Por fin le estoy dando la guerra que ni siquiera ella sabía que quería.

—La guerra civil ente Belona y Augusto ha puesto al descubierto más líneas de falla entre el Núcleo y el Confín Externo. La flota principal de Abby, la Armada de la Espada, está a cientos de millones de kilómetros de distancia del respaldo más cercano. Es la flota más grande del Sistema Solar. Abby envió a nuestro buen amigo Monty au Fabii a meter en cintura a los señores de las Lunas, y él ha destrozado a toda armada que se ha enfrentado a ellos; aun cuando contaban con la ayuda de Mustang, los Telemanus y los Arcos, Monty ha derrotado al Confín. A bordo de esos barcos hay más de dos millones de hombres y mujeres. Más de diez mil obsidianos. Doscientos mil grises. Tres mil de los mejores asesinos vivos, Marcados como Únicos. Pretores, legados, caballeros, comandantes de escuadrón. Los mejores dorados de sus Institutos. Echo au Severo-Julii ha reforzado esa flota. Y es el instrumento de miedo gracias al que la soberana somete los planetas a su voluntad. Esa flota, como su comandante, no ha sido derrotada jamás.

Guardo silencio durante unos segundos para que mis palabras calen y todos se percaten de la gravedad de mi propuesta.

—Dentro de cuarenta días, destruiremos la Armada de la Espada y le arrancaremos el corazón palpitante a la máquina bélica de la Sociedad. —Saco el filo de Raven de la mesa y se lo lanzo a su dueña—. Y ahora, contestaré a vuestras malditas preguntas.