Los personajes le pertenecen a Meyer.

Capítulo V.

Los amantes.


Hay algo extraño en el mundo de los amantes casuales que es ambiguo, difícil, trágico y libertario a la vez. En la pupila y en los sentidos se retienen las sensaciones, los sabores, los sonidos, las imágenes profanas de aquel sexo descarnado, sucio, que no tiene ningún compromiso, que permite el desfogue, la no culpa, la sensación de morder la manzana y no tener miedo al pecado, es más, se abraza con fuerza y no hay nada que detenga a los amantes. Sin embargo está el otro lado, no hay conversación, el momento es efímero, la intimidad no existe, y cuando los jadeos, los orgasmos, y el placer termina, aquel infierno compartido, y aquella rebelión simplemente no fue nada.

Ese es el mundo de los amantes casuales, aquellos que no tienen cadenas en el corazón, lo que son llamitas al viento, los que no tienen ayeres, a los que el mañana, la memoria simplemente olvida.

Una tragedia.

Un alivio.

Isabella y Edward son dos animales que en el suelo de la prístina habitación se revuelcan. Él la retiene por un momento, toma sus caderas y la levanta para penetrarla con fuerza, ella grita y todo es dolor, placer, locura. Él se lanza como caballo sin riendas y explota su útero, apuñala cada uno de sus músculos, él jadea, suda, ella lo araña, lo muerde, se burla, lo alienta. Edward sale de ella y la voltea. No se aguanta la tentación de palmear ese culo fuerte, quiere morderlo y hacerlo menos rebelde, decirle a ese culo que él es el rey. Lo hace, le da dos fuertes palmadas, y ella en medio segundo voltea y lo cachetea, ambos sueltas una carcajada y Bella se pone boca abajo. Sabe que su culo es el rey, su culo respingón, respondón que ya ha afirmado su dominio sobre el deseo de aquel hombre, lo mueve con gracia y así le dice que no la domina, que él no es suficiente para hacerlo, entonces, el hombre que ha sido retado se lanza a éste y lo muerde, ella sigue riendo porque sabe que así ese hombre no la ha dominado.

Los besos, se pierden entre la fuerza, entre la penetración, y el desespero, ninguno de los dos piensa en que en ese preciso momento en que él vuelve a ser parte de su carne, hay algo que se está formando entre los dos, solo existe ese animal bicéfalo que se araña, que se caldea, un animal que está hambriento, que entre cada afuera y adentro quiere más, quiere todo, ambos son seres rotos, que en aquel conjugar desean construirse.

Descansan cinco minutos, no hay nada entre aquel silencio, solo el sonido de ambos tratando de respirar. Ella solo piensa en que debe correr al almuerzo con sus amigas, que quizás mañana no tenga empleo, que su madre la observa desde alguna parte comprobando todo lo malo que de ella se hablaba en el pueblo. Piensa que está siempre destinada a fracasar. Edward es palabras, es lógica, y entre aquello se instala la incomodidad de que el placer bestial le ha ganado a sus años en que siempre lo racional tuvo la primacía.

Sin embargo ninguno puede detenerse.

En una ráfaga se miran a los ojos, y vuelven. Edward envuelve su brazo en la cintura y la arrastra hacia él, los dos se buscan, algo se preguntan, pero no permiten palabras, él ama a otra, ella simplemente no quiere amar. Pero ahora, en ese momento ella lo busca y va hacia sus labios. Intentan un beso, pero éste se pierde en el afán. Bella arquea su cuerpo, es un bocado que se ofrece al apetito recién descubierto de Edward. Él aun con su mano sosteniendo su cuerpo entiende el regalo y con su lengua recorre el cuello de aquella extraña mujer, que no se llama Kate, pero siendo esa Bella de nombre exótico le da lo que no puede tener con Tanía y lo que jamás Johana le pudo dar. Saborea, siente como ella palpita. Por un momento se regodea al ver el cuerpo delgado que vibra como un hermoso violín, la toma lentamente. No está enamorado pero siente que es su obligación ser un buen amante, darle a esa mujer extraña algo que a ninguna ha dado, tiempo, deleite, respeto por su cuerpo. Va hacia sus pezones y lo muerde, algo dulce y tierno, para después halar con fuerza, causar dolor y calmarlo con su lengua y saliva, ella gime y su vientre se contrae en un placer, en un gemir, en un detener de células que luego explotan. La levanta un poco y ella lo entiende, se sienta sobre sus piernas, está desesperada por sentirlo dentro de ella, porque él borre de su mente, miedos, madres, ex esposos, y fracasos, pero Edward detiene el caballo loco que en ella cabalga, y toma su espeso cabello oscuro. Jamás tuvo una amante morena, ella es diferente. Su cabello se siente poderoso entre sus manos, espeso. Lo envuelve y le dice que se detenga, por un momento Bella se rebela, pero él sigue sosteniéndolo, le dice sin palabras que no está para anclarla, que quizás está para liberarla, como ella está ahí para liberarlo por igual.

A Isabella le tiembla el cuerpo, hay algo de una furia que ella guarda en su interior, pero Edward la sostiene, su brazo en su espalda, su mano en el cabello.

—Tranquila, tranquila.

En un esfuerzo monumental Edward se levanta junto con ella quien para no caerse enreda sus piernas en su cintura, lo abraza, y es cuando se dirige a la silla de su escritorio y allí él suelta por un momento y con un movimiento sutil pero contundente la sienta de espaldas a él, la pega a su pecho y hace que recueste su cabeza en el hombro. Vuelve a aquel cuerpo violín y acaricia sus muslos, el sudor de ambos lubrica y sus pieles brillan a la luz del mediodía. El sexo de Edward punza, es duro y poderoso. Bella se deja penetrar. Edward se desliza suavemente, disfruta pulgada a pulgada aquel ayuntamiento, ella quiere correr, él no. Edward quiere gozar la lentitud, Bella solo quiere llegar al olvido, pero las manos de aquel hombre la detienen, la seducen, ella se mueve en aquel baile, es un vaivén lento, donde intentan llevar el mismo ritmo, y es tan fácil ir ambos en armonía, ella salta, da vueltas, él mantiene su brazo de hierro sobre su cintura, Bella seduce con su cabello, mientras que él interpreta una pieza de violín. Bella se deja ir, cierra los ojos y se deja llevar por la marea, una y otra vez, ambos están en el océano y éste es suave, profundo e hipnótico.

Edward no duerme, solo recuesta su cabeza sobre la almohada, ella sabe que a él no le interesa fingir, ambos entienden que están más allá de la amabilidad. Bella lo observa, tiene el cobertor hasta la cintura, no es un hombre tímido en su desnudez, sin embargo, se cubre por un ejercicio de elegancia. Pero él es hermoso y lo sabe.

— ¿Nunca has tenido problemas para conseguir mujeres? ¿Eh?

Ella sonríe con una mueca ladeada.

—El problema nunca fue conseguirlas.

Su voz tiene aquel timbre grueso y duro que hace que su acento británico suene mucho más fuerte, abraza a la almohada, pero no abre los ojos. La escucha buscar su ropa, colocarse sus feos zapatos e ir apresuradamente a mirarse al espejo para arreglar su frondoso cabello.

Ella se para en la mitad de la habitación y respira con fuerza, trata de regular cada una de las terminaciones de su cuerpo, y estabilizar sus músculos.

Ninguno de ellos se mira, ella asiente y suspira.

—Necesito que más tarde arregles mi habitación.

Bella baja la mirada—sí señor, en una hora vendré.

—No estaré aquí.

—No lo estaré esperando.

Ella se para frente a la puerta, hace un gesto con la cabeza, rotundo, y sale de allí siendo Bella Swan, la mucama.


—Cora ¿qué te dijo el médico?—eso fue una pregunta en tono de advertencia.

La aludida entorna los ojos y aparta el enorme pedazo de pastel de chocolate que la llama desde los mundos de la grasa y el azúcar.

—Okey.

—Nos preocupamos, amiga—Emily moja sus papitas en la salsa de tomate mientras que está atenta a lo que pasa en la calle, hoy no almorzaron en el hotel.

—Lo sé, chicas—agarra una hoja de lechuga mientras que Bella parte pedazos de su pechuga de pollo hervida—pero es tan difícil—unas lagrimitas se asoma en las orillas de sus ojos—no quiero ser una perdedora y este cuerpo—se observa con desprecio—es mi enemigo.

—No digas eso, cariño—Bella por amor a su compañera ha pedido un almuerzo igual al de Cora, aunque se muere de hambre y quiere atacar un enorme bistec, el sexo siempre la deja hambrienta y repleta de energía, en su interior cuenta que tras aquella batalla campal en la habitación de aquel hombre ha dejado más de cinco libras ¡Dios, esto se llama hacer ejercicio! Ojala Cora tuviera semejante personal trainer, se carcajea interiormente, pero su rostro es serio y circunspecto.

—Pero es verdad, amigas, mi cuerpo es mi enemigo, estoy aterrada, si subo de peso no podré seguir trabajando, el seguro ya me advirtió, y en el hotel no podrán mantenerme como empleada, el trabajo es demasiado pesado y me canso con facilidad—muerde con fastidio la verdura—¿y cómo mantendré a mi papá sino trabajo? ¡Me odio!—rompe en llanto—estoy aterrada, cansada de luchar con esto, llevo años en esta pelea, pero ¡no puedo! En este momento me muero por comerme un pollo frito, una hamburguesa y estoy que te mato Emily por esas papas.

—Lo siento, Cora—Emily limpia sus labios con la servilleta.

—Pero no es tu culpa.

— ¿Qué podemos hacer? Cora, estamos para ayudar.

—Lo sé, Bella, pero esta lucha es mía, lo que pasa es que siempre fallo, cuando mamá se fue lo único que me quedaba es la comida, mi papá estaba tan agobiado, que yo solo comía, durante años ha sido mi consuelo, cuando estoy triste como, cuando estoy contenta como, cuando veo televisión como, esa es mi vida, no fui al baile de graduación porque todas comían normal, y yo no deseaba que nadie me viera lo hambrienta que siempre estoy, mi primer novio era un chico gordo como yo, y él no colaboraba, si me quedaba a su lado ya estaría muerta, después he pasado de hombre en hombre, muchos de ellos eran grandes chicos, pero era yo, yo la del problema. Ayer el médico me dijo que si sigo así no llegaré a los cuarenta.

Isabella toma la mano de su compañera, sabe lo difícil que es vivir en un mundo donde se es la propia enemiga. Se ve a sí misma en el caso de Cora, para ella no fue la comida, era el alcohol, entender a su compañera era también el acto de reconocer como huir de la vida y refugiarse en algo que destruía era la forma de hablar de odio, el odio hacia sí misma.


— ¿Estás segura?

—Sí, hoy confirmó que desea la entrevista, solo te digo Edward, el hombre irá armado hasta los dientes, sabe que deseas atacarlo, para nadie es un secreto que durante los años como analista político has intentado mostrar lo ineficiente que el senador es sobre su política exterior.

—Es un imbécil.

Sofhia su secretaria por años entorna los ojos del otro lado del mundo, sabe que intentar convencer a su jefe que no haga algo que le dañaría su carrera es tiempo perdido, lo único que siempre espera de él es que sea un poco más prudente, cosa que no es posible, el hombre es un kamikaze y nada lo detiene.

—Sofhie, mi abuela ¿ya te llamó?

— ¡Sí! Esme es un amor, la adoro.

— ¿Me adoras a mí, Sofhie?

Una carcajada suena rotunda al otro lado del mundo. Han sido años juntos, pero hace solo uno que Sofhia comenzó a apreciar a Edward, ambos tienen algo en común que los une.

—No me presiones.

— ¡Ja!

—Está como loca con lo de la celebración, quiere algo perfecto, y tú sabes que cuando algo se le meta entre ceja y ceja no lo deja ir.

Edward no sonríe, su abuela era un ser extraordinario, ella podía tener esperanza ante cualquier cosa, a pesar de todo lo que había sufrido, jamás dejaba de sonreír, era la única que siempre tuvo esperanza con él. Esme siempre estuvo allí, nunca lo dejó desistir y siempre lo presionó para que él pudiese salir del mundo de rabia y odio que sintió desde pequeño.

—Quiero que la ayudes con todo, Sofhie, es importante para ambos, lo sabes.

—Por supuesto, Edward, entiendo lo que es, para todos es importante.

Ambos se quedan en silencio, la secretaria entiende que para su jefe expresar alguna emoción es complejo, es un hombre complejo, al que no le interesa demostrar ninguna emoción. Para ella es difícil saber si en alguna parte de su anatomía hay algo que pueda fracturarse.

No se despiden, él cuelga con un simple hasta pronto, dejándole miles de tareas que realizar, ella desde la oficina en la universidad trata de lidiar con todo, aunque no puede negar que el año sabático que él decidió tomar ha sido para ella un alivio, para todos, de hecho. El mejor maestro de la universidad, él más temido y respetado ¿Ha sido joven este hombre algún día? Ella cree que no, su padre no se lo permitió.


Él mismo le abre la puerta, Bella se sorprende, sin embargo los ojos de aquel hombre en ese momento son diferentes, ya no brillan por el hambre y el deseo, son gélidos y no dicen nada, tiene los lentes de leer y está vestido de negro impecable. No hay palabras y ella entra a la habitación como la mucama. Edward le da la espalda y ella no intenta dirigirle la palabra, ya el deseo fue consumido por ese día, ya las ganas de morderlo y devorarlo se han extinguido con el trascurrir de la tarde. De un momento a otro todo los separa, y ella no le duele, siente un alivio al saber que no tiene nada en común con Edward Cullen, quizás la soledad, las ansias de la piel y el deseo de olvidar en un momento.

Sobre la mesa de la habitación tiene su almuerzo, parece que hace poco se lo trajeron y él bebe agua en un hermoso vaso de cristal, ha abierto las ventanas y observa la ciudad de Atlanta en silencio.

Bella va hacia la cama y sin emoción la tiende. No es una mujer culta, pero es alguien intuitivo, es una cama que guarda una memoria, por primera vez entiende que ella ha dejado todo atrás en ese momento en que desnuda se ha tendido en ella y ha permitido de forma libre que ese hombre frio la posea. Siente una terrible soledad cuando confronta sus deseos de mujer joven que añora una cama con un hombre que esté en ella y que después del amor, venga el amor. Quiere sexo, pero quiere compañía, conversación, calor e intimidad. Se escucha a lo lejos la sirena de una ambulancia y si, como la mujer intuitiva que es, el sonido desesperado de una emergencia, una tragedia, un accidente, quizás la muerte, encienden en ella un dolor de nostalgia. Es hora de dejar ir los sueños y entender que ha tenido sexo con un hombre que no le importa.

Cambia las sabanas, pone cobertores limpios, la funda de las almohadas son también cambiadas y en menos de cinco minutos la cama es un terreno limpio donde todo ha sido borrado.

Edward respira, escucha a la mujer tras él, a diferencia de ella, el deseo se mantiene latente y se odia por eso, no porque Isabella sea una mujer que lo haga sentir menos, es él, él que ha permitido lo ilógico en su vida. Sobre la pasión, la razón. Sobre el desenfreno, la contención. Sobre el deseo, su meta de no permitir que lo instintivo maneje su vida. Pero la mujer que deambula de un lado a otro tiene para él la magia del olvido, un olvido que él necesitaba, pero que lo hace perder su norte.

Voltea y la ve a ella agachada limpiando por debajo del mueble principal de la alcoba, ambos se conectan, pero evaden la mirada. Él camina con la lentitud y elegancia de un gato y se sienta en el comedor y agarra el periódico, frente a él está el alimento, verduras hervidas, pechuga de pollo en salsa curry, aceitunas, un huevo cocido y el vaso de agua a medio llenar. Isabella concentrada se hace silenciosa a su alrededor, limpia con la eficiencia de una máquina, el baño es dejado inmaculado para un hombre que no parece humano, todo está limpio, sus cosas puestas de forma uniforme, no hay nada allí que parezca merecer mucho trabajo, pero ella lo limpia una vez más. Entre la puerta observa la habitación y el silencio es la norma, Bella se pregunta ¿qué hay más allá de un hombre de mirada helada y orden obsesivo sobre las cosas? ¿Existe algo más? Solo en el momento de la discusión con Jane mostró un poco de sentimientos que pudiesen quebrantarlo.

Al salir del baño, él se ha parado de la mesa, dejando la mitad de la comida en el plato, ahora está sentado frente al escritorio, tiene el periodico en su mano y lee con detenimiento. Bella limpia la mesa y pone los alimentos en el carrito de los alimentos para que más tarde el camarero los recoja.

—Deja eso ahí.

Ella se detiene.

—Limpia mi escritorio.

El tono de su voz es diferente, Bella lo observa ¿Por qué aquel timbre de voz suena para ella tan demoledor?

Se acerca.

—Espero que no me hagas lo que hiciste la otra vez.

Ella se dirige a él con la mirada, no puede dejar de rebelarse, su naturaleza lo apremia.

— ¿Hay necesidad? No has sido tan pendejo en estos días.

Los ojos verdes echan chispas, no está divertido, está ahora en control de sus emociones y su racionamiento.

—Aburres, Bella.

La mujer levanta su ceja, podrían decir todo de ella, menos que era alguien aburrida.

—No me conoces.

—Es cierto, no lo hago.

Bella sonríe, no hay amargura, sus respuestas le dicen que no la conoce y no le interesa hacerlo. Lo observa, sus lentes le dan un aire diferente, parece mayor, un hombre centrado en sí mismo y con una cantidad de pensamientos y palabras que ella desde su ignorancia no sabría nunca abarcar. Pero que es sexy el condenado, sexy como él solo. Lo ve cruzar la pierna elegantemente, lo hace lento, consiente de su elegancia y de sí mismo. El periódico descansa sobre su rodilla y pasa la página con la misma lentitud que lo hizo con la pierna. Lee y a ella le da mucha curiosidad, nunca en su vida se ha leído un periódico, le parece aburrido y una perdedera de tiempo, por un segundo se detiene en ese pensamiento ¡qué triste suena eso! ¿Cómo puede mantener ese tipo de pensamiento cuando ahora se resiente de lo tonta que ha sido?

—Su escritorio está lleno de papeles ¿cómo se supone limpio?

—Con cuidado.

¡Ay, como lo odia en ese momento!

Isabella mira el escritorio, si toca algo seguramente va a desordenarlo todo y no desea hacerlo, tiene esa sensación de que irrespetara su trabajo, al menos tiene eso claro.

—Dígame qué puedo tocar.

—Soy zurdo, Isabella, siempre trabajo con mi mano izquierda, todo debe estar al menos a diez centímetros de mí, mis plumas, mis papeles, mi celular, la botella de agua debe estar enfrente, pero no tanto para que el agua no haga chisgueteo, los libros de consulta deben estar a una esquina y mi laptop a mano para consultar o escribir, no es difícil.

Ella abre la boca, es un maniático y fanático del orden.

—Es decir que eres un psico rígido, estreñido.

— ¿Es decir que no puedes tener la boca cerrada?

—Si mal no recuerdo no le gusta mi boca cerrada.

Edward cierra su periódico y levanta su hermoso rostro, tirando su espalda hacia atrás. Arregla su corbata y coloca su mano sobre su mejilla.

—Esa lengua tuya debe colocarte en muchos problemas.

—Suficientes—lo dice retadora.

—Si fueses mi estudiante te reprobaría.

—Pero no lo soy, así que su aprobación es de lo menos interesante, señor Cullen.

Edward siente que su entrepierna pringa, está excitado con la mujer, sin embargo no está para dejarse llevar por su instinto. Se golpea la pierna para así encaminar su deseo hacia otra parte. Sabe que Isabella lo reta como una forma de rebelión personal, eso lo inquieta ¿cómo esta mujer puede ser tan intrigante? No lo entiende.

— ¿Terminaste tu secundaria?

—Eso no le importa.

—No te estoy atacando.

—Parece una pregunta para atacar.

—Te sientes atacada porque resientes que no eres una mujer culta.

¡Mierda!

—Estoy en la nocturna.

— ¡Qué bien!

—No se burle.

—No lo hago, Bella, de verdad, el estudio es algo maravilloso.

Isabella baja la guardia, su cuerpo se relaja un poco y su gesto se dulcifica.

Edward lo percibe, hay un encanto infantil que no puede clasificar, esa mujer dura, un animal en la cama, puede tener ese rastro de inocencia que se traduce también en un maravilloso sonrojo.

— ¿Tú?—Bella pregunta bajando su rostro.

— ¿Yo?

—Sí, un tipo culto e inteligente.

—Vaya, tu primer cumplido.

Ella se pone seria, levanta su rostro y lo observa sin parpadear.

— ¿Cuántos idiomas habla?

—Técnicamente siete.

— ¿Siete?—su voz es aguda por la sorpresa, ella escasamente sabe el propio.

—Tuve un maestro que hablaba doce, eso era intimidante.

—Usted sabe que es intimidante, lo aprovecha, debe sentirse bien creer que está por encima de todos, que puede con una palabra matar.

Edward se quita los lentes en un movimiento rápido, ella lo ha descubierto sin mucho esfuerzo, todos sus años de estudio y disciplina para no amedrentarse, para que nadie lo refutara.

—Chica lista.

—Lo disfruta ¿verdad? Saber que con todo eso, idiomas, libros, gran lenguaje puede joder a todos, debe sentirse superior.

Superior, era esa la palabra que lo definió siempre, su escudo.

De un momento para otro la excitación se perdió, pero se siente desnudo frente a ella, como no lo ha estado en sus dos encuentros sexuales. Su gesto se endurece y coloca de nuevo sus lentes, su mandíbula es dura como si fuese un muñeco de madera remachado desde por dentro, abre el periódico con parsimonia y vuelve a leer. Todo es medido, controlado, lo que aparenta es inversamente proporcional al cúmulo de emociones violentas que palpitan en su interior. Isabella comprende y vuelve a su trabajo, limpia, siguiendo las órdenes que él le ha dado, todo lo hace en silencio mientras él lee. Ella se muerde los labios, la curiosidad es más fuerte y se acerca a él, ambos en ese momento son conscientes de la cercanía de cada uno, pero los dos fingen que están en dos polos opuestos.

Sin darse cuenta Isabella lo roza, ambos se quedan quietos, pero ella vuelve a moverse y se agacha a recoger los papeles del portapapeles y él instintivamente la olfatea. Edward percibe la esencia natural de una mujer que no utiliza perfumes, y quien seguramente sus utensilios de aseo son de los más comunes, pero que la alquimia sexual de su cuerpo convierte en algo especial. Ella no se da cuenta porque Edward es un cuervo oscuro que se mueve sin que el aletear de sus alas sean percibidas.

Edward agarra una de sus plumas y hace clic dos veces, toma el enorme cuaderno donde escribe, la mesa se mueve con fuerza, el acto de escritura no es sutil como todo lo que hace, escribe con rapidez, la silla la descorre y la acerca dejando a Bella en estado de estupor ¿qué hace? Ella se pregunta, se aleja varios centímetros, está perdida en ese momento, lo ve de espaldas a ella, lo ve quitarse la chaqueta y llenarse de impaciencia y sudor.

— ¡Demonios!—tacha con fuerza lo que escribe, y vuelve y retoma con furia la escritura. Isabella siente que debe hacer algo, toma la jarra de agua y se acerca con suavidad y le sirve, él toma todo el contenido del vaso, y ella vuelve a llenarlo.

Todo cambia, Bella maravillada queda allí ¡un escritor! Debe ser algo impresionante tener todo ese poder. Es simplemente fascinante, todos esos genios que ella desconoce y que están en las enciclopedias y de los que hablan sus maestros deben ser como ese hombre y ella la simple Bella Swan está allí. De pronto se siente invasiva y da varios pasitos silenciosos hacia el carrito de aseo y se dispone a salir de la habitación.

—Isabella.

Ella para su huida.

— ¿Señor?

—Gracias.

No entiende, siempre lo ofende y parece que siempre gana esas contiendas donde su propósito es decirle que no es gran cosa, sabe que sus palabras lo lastiman.

—Discúlpeme, no quise decir eso de que se siente superior.

—No—él no voltea, si ella lo viera sabría que tiene ese gesto de algo profundo que solo su abuela y Johana han visto, algo que él odia, pero que lo hace humano—necesito que siempre me digas la verdad.

— ¿Por qué las gracias?

—Por el agua, y porque mi habitación está perfecta.

Ojala que él le hubiese dicho la verdad, esas gracias dadas eran porque algo extraño y anárquico estaba en su interior desde que ella había llegado a él, y en el momento en que olfateo su perfume, y toco su piel, esa barrera entre él y el lenguaje se iba derribando cada vez más.

Bella no dijo nada, salió en silencio. Él la escuchó irse.

Edward siente el empuje brutal en su espalda, está lleno de palabras, sabe entonces que lo que escribe estaba mal, que el protagonista que no tenía un centro debía ser vuelto a escribir, por primera vez en su vida de escritor Edward Cullen entiende el poder de volver a comenzar. Saco la candela y quemó dos años de escritura.

Jamás se había sentido tan libre.


Hola amigas, lectoras, lectoras fantasmas, gracias por estar aquí, las poquitas que leen esta pequeña historia, son todas muy amables, espero que tengan una linda vida. Siempre tan amables, sepan que escribo esto pensando en que cada una tenga el pequeño momento de alegría que se merecen. Mi corazón con todas.