39
EL CORAZÓN
Marcus viene a buscarme mientras ultimo los preparativos para embarcar con Raven y Mustang en la lanzadera que nos llevará hasta la flota en órbita. Tinos es un hervidero de actividad. Cientos de lanzaderas y transportadores reunidos por Marcus y los líderes de sus Hijos de Ares parten a través de los enormes túneles hacia el Polo Sur, donde aún tendrán que trasladar a obsidianos jóvenes y viejos desde sus hogares hasta la seguridad de las minas. Pero los guerreros viajarán hasta la órbita para sumarse a mi flota. En veinticuatro horas, reubicarán a ochocientos mil seres humanos en el que será el mayor esfuerzo de la historia de los Hijos de Ares. Me arranca una sonrisa pensar en lo feliz que sería Titus sabiendo que el mayor empeño de su legado es salvar vidas en lugar de quitarlas. Tras cubrir la evacuación con la flota, me marcharé a toda prisa hacia Júpiter. Marcus y Quicksilver se quedarán atrás para seguir con lo que han empezado y retener al Chacal en Marte hasta que comience la siguiente fase del plan.
—Es increíble, ¿verdad? —dice Marcus contemplando el mar azul de los destellos de motor que pasan junto a nuestra estalactita de camino al gran túnel del techo de Tinos.
Octavia está muy cerca de Raven junto al borde del hangar abierto, dos siluetas oscuras que observan la esperanza de dos pueblos mientras se aleja flotando en la oscuridad.
—La Armada Roja va a la guerra —suspira Marcus—. Jamás pensé que este día llegaría.
—Titus debería estar aquí —comento.
—Sí, así es. —Marcus esboza una mueca de dolor—. Creo que es mi mayor pesar. Que no pudiera vivir para ver a su hija llevar su yelmo. Y para verte a ti convertida en lo que siempre supo que eras.
—¿Y en qué me he convertido? —pregunto mientras me fijo en un Aullador rojo que salta dos veces con sus gravibotas para salir disparado desde el borde del hangar hasta la bodega de carga abierta de un transportador de tropas que pasa ante nosotros.
—En alguien que cree en la gente —contesta con delicadeza.
Me vuelvo para mirar a Marcus, contenta de que haya venido a verme en mis últimos momentos aquí, entre mi propia gente. No sé si volveré alguna vez. Y si lo consigo, me temo que me verá como a una mujer diferente. Una mujer que lo traicionó a él, a nuestro pueblo, el sueño de Costia. Ya he pasado por esto. Ya me he despedido de él en una plataforma de aterrizaje. Ontari estaba con Marcus, y también Becca, cuando me dijo adiós en aquella torre de Yorkton. Y aquí está otra vez, despidiéndose porque me marcho a la guerra. ¿Cómo es posible que sienta tanta nostalgia de un pasado tan terrible? Puede que simplemente esa sea nuestra naturaleza, desear siempre cosas que fueron o que podrían ser en lugar de las cosas que son y que serán.
Es más difícil tener esperanza que recordar.
—¿Crees que los señores de las Lunas nos ayudarán de verdad? —pregunta.
—No. La estratagema será hacerles creer que se están ayudando a sí mismos. Y después largarnos antes de que se vuelvan contra nosotros.
—Es un riesgo, muchacha, pero a ti te gusta correrlos, ¿no es verdad?
Me encojo de hombros.
—Y además es la única opción que tenemos.
Unas botas patean la plataforma de metal a mis espaldas. Holiday sube por la rampa cargando una bolsa de equipamiento en compañía de varios nuevos Aulladores. La vida sigue, y me arrastra con ella. Hace siete años que Marcus y yo nos conocemos, y sin embargo parece como si hubieran pasado treinta para él. ¿Cuántas décadas de guerra habrá soportado? ¿De cuántos amigos que yo no he llegado a conocer, a los que ni siquiera ha mencionado, se habrá despedido? Gente a la que él quería tanto como yo quiero a Raven y Ragnar. Hace tiempo tuvo una familia, aunque raras veces habla de ella.
Todos tuvimos algo alguna vez. A todos nos han robado y quebrado de una manera distinta. Por eso formó Titus este ejército. No para unirnos, sino para salvarse a sí mismo del abismo que abrió en su interior la muerte de su esposa. Necesitaba una luz. Y la creó. El amor fue su grito al viento. Igual que en el caso de mi esposa.
—Charles me dijo una vez que si él hubiera sido mi padre me habría criado para ser un buen hombre. No hay paz para los grandes hombres, decía. —Sonrío al recordarlo—. Debería haberle preguntado quién pensaba que creaba la paz para todos esos hombres buenos.
—Tú eres una buena mujer —me asegura Marcus.
Mis manos están llenas de cicatrices, son bestiales. Cuando las cierro, los nudillos adquieren un familiar tono blanquecino.
—¿Ah, sí? —Río—. Entonces ¿por qué quiero hacer cosas malas?
Él suelta una carcajada y yo lo abrazo con fuerza. Su brazo bueno me rodea la cadera. Su cabeza apenas me llega al pecho.
—Puede que Raven se haya puesto el casco, pero tú eres el corazón de esto —le digo—. Siempre lo has sido. Eres demasiado humilde para verlo, pero eres una mujer tan grande como el propio Ares. Y, aun así, sigues siendo buena. Al contrario que esa rata sucia y bastarda. —Me aparto de él y le doy un golpe en el pecho—. Y te quiero. Solo para que lo sepas.
—Oh, maldita sea —masculla con los ojos llenos de lágrimas—. Creía que eras una asesina. ¿Te has colado por mí, muchacha?
—Nunca —digo guiñándole un ojo.
Me da un empujón.
—Ve a decirle adiós a tu madre antes de marcharte.
Lo dejo gritándoles órdenes a un grupo de Hijos marinos y me abro paso entre el bullicio. Choco el puño con Guijarro, a quien Muecas empuja en una silla de ruedas hacia una rampa de embarque. Saludo a los Hijos de Ares que reconozco. Le devuelvo los insultos a Payaso, que camina con una tropa de Aulladores. Mi madre y Mustang dejan de hablar de repente en cuanto llego. Las dos parecen emocionadas.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Nos estábamos despidiendo —contesta Mustang.
Mi madre da un paso hacia mí.
—Dio trajo esto de Lico. —Abre una pequeña caja de plástico y me enseña la tierra que contiene. Levanta la mirada hacia mí y esboza una sonrisa—. Vuela hacia la noche, y cuando todo se torne oscuridad, recuerda quién eres. Recuerda que nunca estás sola. Las esperanzas y los sueños de tu gente van contigo. Recuerda tu hogar. —Tira de mí hacia abajo para besarme en la frente—. Recuerda que te queremos.
La abrazo con fuerza y me aparto para ver las lágrimas que le inundan los ojos duros.
—Estaré bien, mamá —le aseguro.
—Lo sé. Sé que no crees que merezcas ser feliz —me dice—. Pero te equivocas, niña. Te lo mereces más que cualquier otra persona. Así que haz lo que tengas que hacer, y después regresa a casa conmigo. —Toma mi mano y la de Mustang—. Volved a casa las dos. Y luego empezad a vivir.
La dejo atrás, confusa y emocionada.
—¿A qué venía todo eso? —le pregunto a Mustang.
Ella me mira como si yo debiera saberlo.
—Tiene miedo.
—¿Por qué?
—Porque es tu madre.
Subo por la plataforma de aterrizaje de mi lanzadera con Raven y Octavia, que se han unido a Mustang y a mí al pie de la misma.
—Sondeainfiernos… —grita Marcus antes de que lleguemos al final.
Me doy la vuelta y me encuentro al anciano nudoso con el puño levantado en el aire. Y detrás de él, todos los ocupantes del hangar de la estalactita me miran, cientos de marineros de cubierta sobre cintas transportadoras mecanizadas, pilotos, azules, rojos y verdes sobre las rampas de sus barcos o en las escaleras que llevan a sus puentes de mando con los cascos en la mano, pelotones de grises, rojos y obsidianos en formación, cargados con los equipos de combate y los suministros —con la guadaña cosida en los hombros, pintada en las caras— y embarcando en las lanzaderas con destino a mi flota. Hombres y mujeres de Marte, todos ellos. Luchando por algo más grande que ellos. Por nuestro planeta, por su pueblo. Siento el peso de su amor. Siento las esperanzas de toda esa gente esclavizada que vio a los Hijos de Ares alzarse para tomar Fobos. Les prometimos algo, y ahora debemos cumplirlo. Uno a uno, los miembros de mi ejército levantan las manos hasta que un mar de puños se cierra como hizo el de Costia cuando sujetó el hemanto y cayó ante Augusto.
Siento un escalofrío cuando Raven, Octavia, Mustang e incluso mi madre levantan sus puños a una.
—Rompe las cadenas —grita Marcus.
Alzo mi propio puño lleno de cicatrices y entro en silencio en la lanzadera para sumarme a la Armada Roja que parte hacia la guerra.
