Los personajes le pertenecen a Meyer.

Capítulo VI.

Una copa de champaña.


El uniforme esta vez era negro, un smoking tanto para hombres como para mujeres, lo único que los diferenciaba era que ella llevaba tacones y los meseros un corbatín de color borgoña ¡Le encantaba! Su culo relucía y se sentía linda vestida de esa manera, además era un alivio vestir algo diferente al aburrido uniforme de color rosa pálido—color que odiaba—el cual durante meses parecía ser lo único que usaba. De una mujer vanidosa, amante de la ropa, Bella había pasado a ser una simple mujer con zapatillas baratas, vaqueros descoloridos, y camisetas viejas. No podía negar que extrañaba esa parte de su vida.

—Todos saben que es la fiesta final de la convención, es muy importante, vendrán todos los grandes periodista, presentadores, y hasta políticos.

La señora Mitchell estaba vestida con un hermoso vestido rojo, la cual la hacía ver hermosa, aunque su melena era de un rojo cobrizo, su traje no opacaba su cabello. El señor Volturi a su lado se mostraba sereno y tranquilo, sin embargo estaba nervioso, esa fiesta era la clausura de la convención y del éxito de ésta dependía el buen nombre del hotel.

— ¿Vendrá el presidente?—pregunta el manager del piso siete.

La señora Mitchell, una demócrata confesa rueda los ojos, todos ríen, nunca ha acallado su poca simpatía por el presidente.

—Gracias a Dios, no.

— ¡Señora Mitchell!—Aro la reprende aguantando una sonrisa en sus labios.

—Por favor, Aro—muy pocas veces lo llamaba por su primer nombre, todos sabían que eran mejores amigos, pero frente a sus empleados mantenían una relación de jefe subalterno para así no llevar el mensaje de que entre ellos dos existía una amistad que permitía ciertos lazos permisivos—durante veinte años sufrimos al señor Trump ¿no recuerdas la vez que intentó comprar el Mona Lisa? Estuvo una semana y nos dejó locos con su arrogancia, un tipo que solo comía pollo frito y dejaba las camas llenas de grasa y salsa de tomate.

—Pero nunca fue grosero, Tracy, lo que pasa es que estábamos acostumbrados a otro tipo de presidente.

La señora Mitchell, que se llama Tracy, cosa que Isabella ni sabía, hace una morisqueta, guarda su opinión sobre el presidente y hace un gesto con la mano de olvido, cosa que la mucama entiende como un símbolo de "no me importa el peluca vieja ese" Bella le fascina eso de su jefe, es una mujer que es capaz de la ironía y el sarcasmo con un simple gesto y aun así verse muy elegante.

—En fin…para la gente nueva que va a estar por primera vez en esta fiesta, le pedimos por favor estar atentos, saben muy bien que ganaran un dinero extra, pero les damos las gracias, es algo enorme lo que van a ver, gente famosa, periodistas, actores, escritores, músicos, políticos, a esta fiesta vienen a hacer contactos, negocios, y piden que no se les moleste, ninguno deben llevar celular, no pedir autógrafos, mantenerse alejados, pero no tanto para estar atentos a lo que necesiten, varios estarán en el buffet otros llevaran lo de tomar, varios de nosotros estaremos atentos a los que se pasan de copas.

Aro comienza a nombrar los puestos de cada uno de los trabajadores, Cora y Emily estarán al lado de la comida, cosa que a la primera no le gusta, de por sí la dieta es un enorme sacrificio, para que ahora la pongan al lado de la tentación, pero sus compañeras la alentaron con la idea de que esto es una prueba de voluntad y que se si la pasa sin meter dedo en pastelitos y postres, puede que esté salvada. Emily le juró a Bella que estará atenta a que su amiga no meta la pata. Bella estará atenta a las bebidas, sirviendo y recorriendo la fiesta para tener a todos satisfechos. Si para Cora la comida es una tentación, para Isabella el licor es el infierno mismo. Lleva años sin beber un trago, pero eso no quiere decir que día a día los ecos de éste no la llamen desde lo profundo de su alcoholismo, es también una prueba para ella.

Son las ocho de la noche, y el gran salón blanco estaba decorado con grandes velas del mismo color, suaves cortinas doradas, mesas enormes separadas a dos metros cada una, todas decoradas con rosas rojas, tulipanes y peonias. En el centro una fuente artificial que emana pequeñas gotitas de agua la cual acompañada con juegos de luces que dan la sensación de agua diamantina, todo ello regido desde la altura con una lámpara que cae en espirales de piedras cristalinas.

Isabella respira profundo, una mujer simple como ella, quien a pesar de haber estado casada con un hombre millonario jamás salió de los pocos kilómetros de Forks y cuya luna de miel fue en una cabaña en el bosque. Parpadea con lentitud y una nueva revelación viene a su cabeza. Jacob jamás tuvo intención de mostrarla ante el mundo corporativo que él y su padre manejaban, ella le avergonzaba. Suspira, quizás tenían razón ¿Quién quiere una esposa que no ha terminado la secundaria y que jamás entendió por qué tantos jodidos cubiertos para comerse un puto postre? Una esposa cuya única referencia era Keeping up with the Kardashian. Baja la mirada, y sonríe melancólica.

Sabía que siempre quise conocer Paris…nunca me escuchó.

¿Por qué se casó contigo? Ella se pregunta.

La respuesta queda en el limbo cuando comienzan a entrar los invitados. En menos de una hora el salón está lleno de gente y mucha de ella es famosa, salen en la tv, en el cine, y en las revistas, ella como buena mujer de provincia solo los observa entre la admiración, el respeto, o el simple fanatismo.

Emily, Cora, Irene López, los meseros y demás tratan de tener cara de palo, sin embargo se hacen guiños o susurros chistosos.

"¿Viste? Es demasiado flaca, con razón dicen que la cámara engorda"

"¿No es esa la que fue amante de un senador?"

"¡Dios mío! Y ¿si le pido una foto?"

La señora Mitchell, quien durante diez años ha lidiado con ese tipo de situaciones, da una mirada profunda a cada uno y levanta la ceja en señal de regaño amoroso. Todos saben que deben cumplir, y callan sus admiraciones, críticas y fanatismos, tras cada uno de éstos hay sueños, envidias, y el hecho terrible de que piensan que cada invitado es para los que ganas dos mil dólares al mes, el símbolo de lo que todos quieren ser.

Bella mira hacia arriba, sonríe para sí misma y entiende que la época de creer que tras una pantalla existe el paraíso ha pasado.

—En mi mesa se acabó el champaña.

La mucama levanta la mirada y ve a Jane Lowell con ojos de furia profunda, escondidos en un hermoso maquillaje oro rosa, su vestido tiene el mismo tono y le queda perfecto. Bella presiente que la mujer la detesta.

—Se lo llevaré a su mesa, señorita.

Jane alarga la mano y muestra una copa vacía, dejando ver una manilla de diamantes que cuelga coqueta en su muñeca.

—Sirve.

Lo hace con deferencia, la mujer no le quita los ojos de encima.

—Espero que lo que ocurrió con el señor Cullen no haya sido motivo de chismes entre ustedes.

Bella aspira con paciencia, tiene la botella en la mano y levanta su barbilla con orgullo, ruega que su mal genio no le juegue una mala pasada.

—No recuerdo que ocurrió en su habitación, señorita.

—Todas ustedes son una chismosas—Jane hace caso omiso a la respuesta de la mucama, quiere ofender y que Isabella conteste con rabia, pero solo logra una mirada fría sobre ella.

—Le llevaré el champaña a su mesa, se lo aseguro que estaré atenta a que su copa siempre esté llena.

La mujer gime, está medio ebria con tan solo dos copas de licor, signo de que ya es una alcohólica, Isabella lo sabe, se emborracha con el aroma.

—No soy una borracha.

Jane da un saltito, es una mujer de pataletas y tonterías.

—Yo no le he dicho.

— ¡Lo has insinuado maldita p…!—está a punto de gritar, y es en ese momento que alguien llega por detrás y la toma del brazo.

Es Edward Cullen vestido de negro, todo, absoluto, con su cabello húmedo hacia atrás, la sombra de una barba a medio rasurar y su hipnótico olor natural. Solo Isabella lo presiente.

De un solo tirón la arrastra hacia la mesa, mientras que sus tacones rastrillan el piso. Las formas y los gestos de Edward son gélidos y no existe emoción en su rostro, la lleva hasta la silla y con un aspecto de fingida delicadeza hace que Jane se siente. Bella observa veladamente cómo se inclina ante la mujer y con su estatura intimidante se acerca a su rostro, algo le dice ¡ojala supiera leer los labios! Bella lo piensa, pero no hay que ser demasiado observador para comprender que sus palabras no son delicadas y que lo que le dice la amedrenta. Isabella inclina su cabeza a un lado, existe algo misterioso en el cabrón ese, es tan estirado y medido, pero tiene un dejo peligroso que ella nota, es como si bajo esa fachada de hombre culto, que habla como un millón de idiomas y con ese acento pomposo y ridículo existiera algo más que se esfuerza en ocultar.

Edward se levanta y estira su cuerpo como un bailarín de flamenco, agarra su corbata negra e impaciente mira hacia los lados. Isabella espera que sus ojos se posen sobre ella, pero no, es como si mirara al vacío. No, no vino a salvarla del matoneo estúpido de Jane, solo evitó un escándalo.

La banda contratada para alegrar la noche comienza con una música aburrida que hace que nadie quiera bailar ¿Dónde está Maroon Five o una música movida para que todos muevan sus culos estirados un rato? La mucama guarda su risa por un segundo pero es el rostro de Emily quien hace gestos de fastidio la que logran que la risa contenida salga de su boca. Emily seguramente desea una buena salsa o algo de la música latina que ella escucha a todo volumen siempre y que a Isabella le encanta. Ambas ruedan los ojos ¿por qué la gente adinerada está en contra de la diversión? Repiensa la afirmación, el exceso de diversión en su vida la hizo una perdedora, pero ¡Vamos! ¿Qué tienen contra la buena música?

Cora sirve la comida y se nota el esfuerzo que hace para no tirarse sobre el bufete, ha bajado unas libras en los últimos días y su salud ha mejorado, pero su autoestima sigue por los suelos, y es agotador para todas sus compañeras hacerla sentir bien, cuando ella, evidentemente siente por sí misma tanta auto compasión. Isabella agarra una de las bandejas y camina por el salón sirviendo el licor, va hacia la mesa del bufete y toca a Cora levemente con su mano para hacerla sentir bien.

—No te preocupes, jefe, no voy a hacer nada.

—Lo sé, cariño, lo haces bien.

Emily la matan sus zapatos y en un intento de no estar tan cansada se coloca tras los manteles de la mesa y se quita aquellas torturas.

— ¡Dios! Y faltan horas.

—Sigue aquí, Emily, así no se darán cuenta.

—Me alienta el hecho de que nos van a pagar bien, necesito comprarle unos libros a mi niño, y unas camisetas, los chicos crecen rápido.

—Vas a ver que la señora Mitchell y el señor Volturi van a ver tus ganas de trabajar y en pocos meses te darán un ascenso.

Cora hace un gorjeo, recoge sus hombros, mientras que sus ojillos brillan.

— ¡Sí! Podría hasta pagarle educación privada a mi muchacho.

Ambas se silencian y Emily posa su mirada sobre Edward Cullen.

—Oye, ese hombre está más bueno que el pan, amiga.

Isabella sabe a quién se refiere pero se hace la desentendida.

—No me parece gran cosa.

—Ay por favor, Bella, no me digas que tienes mal gusto, porque el hombre es hermoso.

—Demasiado pálido, diría yo.

Emily hace un miñoco provocativo y muerde sus labios con ansia viva—pues querida con ese blanquito yo haría cosas tremendas.

Isabella rueda los ojos, ella ha hecho cosas tremendas con él, y ¡santa madre! Si se confesara, seguramente todo el infierno sentiría vergüenza.

—Pues tiene cara de ser malo en la cama.

—No, por favor, no digas eso, dicen que los ingleses son desabridos ¿no podría ser este la excepción?

Bella mueve la cabeza, haciendo que los sueños de Emily sobre Edward Cullen mueran al segundo. Afianza sus tacones que no la cansan y vuelve a su puesto llenando las copas de vino Merlot para todos.

Una copita…

La vieja Bella lucha en su interior, esa Bella borracha, amiga de la juerga y de perderse para no estar consciente de sí.

Una copita, no nos hará daño.

Ruega por la fuerza para que esa vieja Bella no la traicionara, necesita pasar esa época de su vida. Esa mujer que fue antes arruinó muchas cosas, sobre todo la educación señorial que su madre le intento dar y que al final la llevó a rendirse. Una pequeña sombra oscurece sus ganas de triunfar, esa sombra de la decepción de Renée que la atormenta, y como la terrible hija que fue, ella, la vieja Isabella parece querer siempre ganar, es como si todo aquel resentimiento que tuvo por su madre se mantuviera, aún la niña tonta que no comprendía las razones de la muerte de su padre quisiera castigarle. No había podido dejar atrás ese tiempo en que odiaba a todos y ella, solamente ella fuese la víctima.

Lo más terrible, era que su mamá siempre lo supo, y nunca dijo nada.

Por un momento levanta la mirada y mira a todas esas personas de la fiesta. Ropa elegante, champaña, gente culta, buena conversación. Todo eso que madre se merecía y que nunca tuvo.

Bella deja correr una lágrima que limpia rápidamente y sigue sirviendo el licor. Que fácil era dejarse vencer, que fácil era beber aquella copita que la antigua ella azuzaba en su interior. Voltea y va hacia donde Cora quien tiene su misma expresión, su mismo deseo de derrota.

Edward intenta mantener una charla amigable con algunos colegas, al menos con los que soporta, algunos intentan sonsacarle información, o las fuentes que utiliza para sus crónicas y reportajes, otros preguntan sobre la gente a quien ha entrevistado y cómo hace para llegar hasta ellos. La respuesta es simple y repleta de la prepotencia que lo caracteriza.

—Saben que no haré preguntas idiotas, por eso me buscan.

Algunos de sus colegas bufan otros simplemente se alejan porque no lo aguantan. Pero nadie sabe el enorme esfuerzo que hace para estar en aquella fiesta, nunca ha sido bueno para los eventos sociales, jamás ha sentido empatía por alguien más allá de su pequeño círculo familiar. Es un hombre extremadamente tímido, solo su abuela y Johana lo sabían. Recuerda como su padre lo ha mostrado como un mono de feria en los últimos años, ufanándose de sus triunfos y del hecho de que es Edward Cullen, cosa que ha detestado con todo su corazón, sin embargo, el permitir que su padre se achaque sus éxitos es la manera sutil de su venganza, sabe que el viejo en su interior se resiente de los triunfos de su hijo bastardo. También detesta la feria de hipocresías que en estos eventos se ve, y que al final todos van por una razón, menos la indicada.

Él solo quiere ir a escribir.

Está embebido por la escritura como hacía muchos años no lo estaba, en la habitación del hotel lo espera una historia de amor que apenas aparece en el horizonte de la escritura ¿Quién creería que el frío Edward Cullen se atrevería a escribir una historia de amor? La saga por la que era famoso tuvo una historia de amor poderosa, que sin embargo a lo largo de los cinco libros él le quedó a deber, esa era la crítica más fuerte que se le habían hecho, para él escribir una historia de amor entre toda la cronología, mundos inventados, tierras oscuras era simplemente imposible. Además, él un cínico por naturaleza siempre creyó que escribir sobre el amor era prostituir lo que escribía. Las mujeres de sus historias eran lejanas, sin poco atractivo y repletas de adjetivos que no las llevaban a ninguna parte, esa era su crítica, para él era política, guerra, misticismo donde las mujeres actuaban por deseo, ambición o codicia. Cuando volvió a escribir, a plantearse una nueva novela volvió a los viejos vicios, vicios que lo hicieron famoso y respetado en un sector de los lectores, pero que en algunos sectores más heterodoxos lo hicieron cobarde y se atrevieron a llamarlo pomposo y acartonado, él sabía que podía hacerlo mejor, pero simplemente mantenía su estilo tan solo por temor a que lo llamaran cursi. Su nueva novela debía ser una historia de amor en plena India, una lucha de tradiciones, religión y costumbres donde la familia, el honor, la violencia y hasta el mismo lenguaje fuese el colofón para contar lo que deseaba: un hombre, una mujer, una tragedia.

—Señor ¿más vino?

La voz lo sorprendió, estaba en balcón mirando la ciudad.

—No.

La voz de Bella le pareció una intromisión a sus pensamientos, por lo tanto escucharla le causó rabia.

— ¿Está seguro?

Ella le sonrío ¿Quién era esa mujer? ¿Qué juego cósmico hizo que ella llegara a su vida y de un momento a otro sintiera tanto, y que aquellos sentimientos para él tuvieran algo parecido a la compasión y a la furia?

—No sabía que te tenía que repetir las cosas dos veces, Isabella.

Su contestación fue terriblemente grosera y fría, pero no se disculpó.

Bella calló, miró su ropa de trabajo, que aunque bonita la distinguía como una trabajadora más del hotel.

— ¿No se cansa de ser tan odioso?

— ¿No te cansas de ser tan molesta?

Isabella reprime ¡Un jódete, idiota! No podía hacerlo delante de todos, además el hombre era el centro de atención de todo el mundo, no debía darse el lujo de estampillarle una cachetada en su paliducho rostro.

—Si necesita algo de beber, por favor, dígalo señor.

—Serás a la primera que diga ¿no estás aquí para servir?

Bella se empina en sus tacones, ni en sueños podría llegarle tan siquiera a sus hombros, pero su actitud era altiva y orgullosa.

—Ser agradable no le constaría, se lo aseguro.

—No soy un hombre agradable, no se me necesita agradable, Isabella.

—Entonces ¿por qué me salvó de Jane?

Una mueca cínica se dibujó en su rostro, haciéndolo parecer como si fuera su rostro tuviese una máscara guasona y ofensiva.

—Por favor, querida, bájate de la nube, no eres una doncella para que seas salvada, ni yo soy un príncipe en busca de honores y prebendas—se acerca—no busco la flor de tu doncellez, querida, si mal no lo recuerdo esa ya la tuve…varias veces, y no eres la virgen pura que me dará el cielo.

La cara pequeña y delgada de Isabella se puso sería, en ese momento su lengua viperina y ofensiva no tenía la respuesta para la grosería, tan solo mostró como las palabras hirientes de aquel hombre fueron dardos directos que dieron en el blanco. Su rostro era tristeza y melancolía. La barbilla de ella tembló y sus ojos fueron acuosos y vulnerables.

En la cabeza de Edward la voz de su abuela resonó:

Maldito estúpido ¡así no se trata a una mujer! ¿Qué pasó con todo lo que te enseñé?

Pero antes de que él pudiese disculparse, la mucama había dado tres grandes pasos para alejarse de él, dejándolo con la palabra "disculpa" en los labios.

Caminó, pero la figura de Jane se interpuso en su camino, ésta ya estaba ebria y no medía las consecuencias.

—Lo que me has dicho en estos días es asqueroso, lo que dijiste hace unos minutos fue grosero.

Edward iba a hacerle el quite, pero ella lo retuvo agarrando su brazo con fuerza y enterrándole las uñas.

—Te dije que no deseaba hablar contigo, Jane.

—Por favor, deja de ser quisquilloso.

Edward se le enfrenta con ojos de tigre encerrado.

—No somos amigos, Jane.

—Eso es porque no has querido, tú y yo, sería algo grandioso, podría conseguir que llegarás a todos en la Casa Blanca, las mejores entrevistas, reportajes, libros ¡el poder!

Con un movimiento certero y preciso, Edward quita la garra que lo atrapa, se planta ante la mujer y la observa con indiferencia.

—Ya tengo el poder.

—Nunca es suficiente.

—Eres tan hija de tu padre—empequeñece su mirada— no necesito nada de ti, hace una hora te salvé del ridículo, no por eso me voy a arrepentir de lo que te dije hace unos días, Jane—la música suena y una tonada para bailar revolotea en la atmósfera, toma a la mujer de la cintura y la abraza y finge con ella bailar—soy un hombre rencoroso, y me sostengo en lo que te dije, aún escucho el llanto de Johana contándome lo que le hiciste—la mujer emite un gritillo por lo bajo—fue asqueroso y aun así lo intentaste conmigo, porque sé lo que deseabas, y si Johana estuviera viva, seguirías odiándola, la odias ahora más, y eso Jane, es algo que cobro, no me jodas, porque te jodo y no de la manera que sueñas.

—Maldito.

La suelta, busca a Bella entre la gente, Jane lo entiende, ha visto esa mirada con Johana, con Tania.

— ¿Te follas la sirvienta?

El hombre, maestro de literatura y periodismo político en Oxford, rompe con la fachada de hombre que no permite que nadie lo saque de su terreno seguro y muestra lo que su padre de él desprecia.

—Follo a todas las que me da la gana.

— ¿A Johana?

—Oh sí.

Una risa burlona sale de la mujer—Nunca a Tania.

Edward no contesta, recorre a la mujer con la mirada, le brinda aquel verde potente de desprecio, de asco, de nada. Se acerca a ella, Jane da un paso hacia atrás, un día escuchó de Johana que Edward era violento cuando menos se esperaba, pero él la sorprendió con un beso en la mejilla, un beso helado, repleto del veneno de la indiferencia.

— ¿No es triste que haga el amor a la mujer más insignificante de todas y que a ti solo te de un beso de despedida, Jane?

Años, años en que el llanto de Johana en una noche de lluvia en la campiña hiciera que él se acercara a ella, años en que esa niña vulnerable sintió que fue traicionada y violentada por su debilidad, años en que él intentó que la herida que Jane Lowell infringió en ella fuese cerrada, y ahora, finalmente pudo lograr su cometido.

Johana, su esposa, finalmente fue vengada.


Hola chicas, capítulo cortico, en los próximos días vendrá uno nuevo, en dos, quizás tres capítulos revelaré con más definición hacia dónde va está historia, estén atentas, porque a modo de spoiler tendremos a Mister Edward en Inglaterra con un integrante nuevo en su familia, que emoción, me como las uñas cuando pienso en eso.

Mil gracias a todas las nenas que comentan, a las lectoras fantasmas, a todas las que se pasen por aquí. Besitos mordelones.