40
MAR AMARILLO
El mar Amarillo de Ío lame mis botas negras.
Grandes dunas de arena cargada de azufre con escarpadas cumbres de piedra de silicato que se extienden hasta donde alcanza la vista. La superficie marmolada de Júpiter ondula en el cielo azul acerado. Con un diámetro ciento treinta y tres veces mayor del que parece tener la Luna desde la superficie de la Tierra, tiene el aspecto de la ingente y maligna cabeza de un dios de mármol. La guerra asola sus sesenta y siete lunas. Las ciudades se encogen bajo escudos de pulsos. Los cascarones ennegrecidos de hombres en caparazones estelares atestan las lunas mientras los escuadrones de luchadores se baten en duelo y persiguen transportadores de tropas y suministros entre los frágiles anillos de hielo del gigante gaseoso.
Es todo un espectáculo para la vista.
Estoy de pie en una duna, flanqueada por Sefi y cinco valquirias, con una armadura de pulsos recién pintada de negro esperando la lanzadera de los señores de las Lunas. Nuestra nave de asalto descansa a nuestra espalda, con los motores al ralentí. Tiene forma de tiburón martillo. Es gris oscuro. Pero los valquirios y los estibadores rojos le pintaron la cabeza durante nuestro viaje desde Marte y ahora tiene dos ojos saltones y azules y una boca abierta llena de dientes voraces y ensangrentados. Entre sus ojos, Holiday está tumbada bocabajo, escudriñando a través de la mira de su rifle las formaciones rocosas del sur.
—¿Veis algo? —pregunto, y la máscara de respiración hace que mi voz restalle.
—Nada —contesta Raven por el intercomunicador.
Payaso y ella exploran el pequeño asentamiento que hay a dos kilómetros de distancia con sus gravibotas. No los distingo a simple vista. Jugueteo con mi falce.
—Vendrán —digo—. Mustang fijó el lugar y la hora.
Ío es una luna extraña. La más interior y pequeña de los cuatro grandes satélites galileanos. Es un poco más grande que la Luna. Nunca fue su destino que las máquinas de terraformación doradas la transformaran por completo. Es un infierno del que Dante estaría orgulloso. El objeto más seco de todo el Sistema Solar, abundante en vulcanismo explosivo, depósitos de azufre y calentamiento de marea interior. Su superficie es un lienzo de llanuras amarillas y naranjas rotas por las inmensas fallas de cabalgamiento de su terreno inestable. Los espectaculares acantilados escarpados se elevan desde las dunas de azufre para arañar el cielo. Unas enormes manchas de verde concéntrico motean sus regiones ecuatoriales. Dado que cultivar cosechas y criar ganado tan lejos del sol resultaba complicado, la Corporación de Ingenieros de la Sociedad cubrió millones de acres de la superficie de Ío con campos de pulsos e importó tierra y agua suficientes para tres vidas en cosmocamiones. Engrosó la atmósfera del planeta para filtrar la radiación masiva de Júpiter y utilizó el calentamiento de marea interior del planeta para alimentar unos enormes generadores que producen bastantes alimentos para toda la órbita de Júpiter, exportar al Núcleo y, aún más importante, al Confín. Ío es la granja con el granero más grande de Marte a Urano, con una gravedad suave y tierra barata.
Adivinad quién hizo todo el trabajo.
Más allá de las Burbujas se encuentra el mar de Azufre, que se extiende de un polo al otro, tan solo interrumpido por lagos de magma y volcanes. Puede que no me guste Ío. Pero respeto a la gente de esta tierra. Ni siquiera los hombres y mujeres que viven bajo las Burbujas son como los humanos de la Tierra, la Luna, Mercurio o Venus. Son más duros, más flexibles, tienen los ojos ligeramente más grandes para absorber la escasa luz a seiscientos millones de kilómetros del sol, la piel más pálida, son más altos y capaces de soportar mayores dosis de radiación. Estas personas se consideran muy similares a los dorados de hierro que conquistaron la Tierra y consiguieron que el hombre viviera en paz por primera vez en la historia del planeta.
Hoy no debería haberme vestido de negro.
Con los guantes, la capa y la chaqueta debajo.
Creía que íbamos a la parte opuesta a Júpiter de Ío, donde los campos de nieve de dióxido de azufre llenan la luna de costras. Pero el equipo de operaciones de los señores de las Lunas exigió un nuevo lugar de encuentro en el último momento y nos ha situado al borde del mar de Azufre. Ciento veinte grados centígrados de temperatura.
Sefi sube para situarse a mi lado y escudriñar el horizonte amarillo con sus nuevos ópticos. Sus valquirias y ella se han adaptado rápidamente al equipamiento bélico, pues estudiaron y entrenaron día y noche con Holiday durante nuestro viaje de mes y medio hasta Júpiter. Practicaron abordaje de embarcaciones, técnicas de armas de energía y lenguaje de signos gris.
—¿Cómo llevas el calor? —le pregunto.
—Es extraño. —Solo lo siente en la cara. El resto de su cuerpo se beneficia de los sistemas de refrigeración de la armadura—. ¿Por qué vive aquí la gente?
—Vivimos donde podemos.
—Pero los dorados eligen, ¿verdad?
—Sí.
—Yo desconfiaría de los hombres que eligen un hogar así. Aquí los espíritus son crueles.
El viento y la escasa gravedad levantan la arena del suelo en columnas temblorosas.
Mustang piensa que es de Sefi de quien yo debería desconfiar. En nuestra travesía hasta Júpiter, ha visto cientos de horas de holometraje. Ha estudiado nuestra historia como pueblo. Sigo el rastro de la actividad de su terminal de datos. Pero lo que preocupa a Mustang no es que a Sefi le gusten los vídeos y experienciales de bosques tropicales, sino que haya dedicado incontables horas a analizar holos de nuestras guerras, en especial de la aniquilación nuclear de Rea. Me pregunto qué pensará Sefi de ello.
—Un consejo sensato, Sefi —le contesto—. Un buen consejo.
Raven aterriza espectacularmente ante nosotras, rociándonos de arena. Se quita la espectrocapa.
—Vaya maldito agujero de mierda.
Me limpio el polvo de la cara, fastidiada.
Tuvo un comportamiento insoportable durante todo el viaje hasta aquí. Riéndose, gastando bromas pesadas y colándose en la habitación de Octavia cada vez que pensaba que nadie la veía. La mujercita está enamorada. Y por lo que parece, el sentimiento es mutuo.
—¿Qué opinas? —le pregunto.
—Que todo este sitio apesta a pedo.
—¿Esa es tu valoración profesional? —pregunta Holiday por el intercomunicador.
—Sí. Hay un asentamiento Waygar al otro lado del pico. —Su piel de lobo se agita al viento y hace tintinear las pequeñas cadenas que la unen a su armadura—. Un montón de rojos encorvados y gafotas trasladando herramientas de destilación.
—¿Has examinado la arena? —le pregunto.
—No es mi primera escoria, jefa. No me gusta esta mierda del cara a cara, pero parece que está despejado. —Le echa un vistazo a su terminal de datos—. Creía que los luneros serían puntuales. Pero esos mariquitas llevan treinta minutos de retraso.
—Probablemente estén siendo cautelosos. Deben de pensar que tenemos apoyo aéreo —le digo.
—Sí. Porque seríamos unos malditos cabezas de chorlito si no lo hubiéramos traído.
—Recibido —dice Holiday a través del intercomunicador para mostrar su acuerdo.
—¿Por qué iba a necesitar apoyo aéreo cuando te tengo a ti? —pregunto señalando las gravibotas de Raven.
Detrás de ella, en el suelo, hay un maletín de plástico gris. Contiene un lanzador de misiles sarisa rodeado de espuma. El mismo que Ragnar utilizó contra la nave de Bellamy. Si surge la necesidad, tengo un caza psicótico de tamaño Trasgo.
—Mustang dijo que vendrían —insisto.
—Mustang dijo que vendrían —se burla Raven con una vocecilla infantil—. Más les vale.
La flota no puede ocultarse ahí fuera durante mucho más tiempo sin que la detecten.
Mi flota espera en órbita desde que Mustang se fue en su lanzadera a Ilión, la capital de Ío.
Cincuenta naves antorcha y destructores agazapados, con los escudos apagados y los motores parados sobre la yerma luna de Sinope, mientras las flotas más numerosas de los dorados navegan por el espacio cerca de los satélites galileanos. Si se aproximan más, los sensores de los dorados nos detectarán. Pero escondida, mi flota es vulnerable. Con un solo pase, un mísero escuadrón de alas rápidas podría destruirla.
—Los luneros vendrán —afirmo.
Pero no estoy segura de ello. Son un pueblo frío, orgulloso y estrecho de miras, estos dorados jovianos. Apenas ocho mil Marcados como Únicos llaman hogar a las lunas galileanas de Júpiter. Todos sus Institutos están aquí. Y lo único que los lleva al Núcleo son las labores sociales o, en el caso de los más adinerados, las vacaciones. Puede que la Luna sea el hogar ancestral de su pueblo, pero a la mayoría de ellos le resulta ajena. La metropolitana Ganímedes es el centro de su mundo. La soberana conoce el peligro de que el Confín se independice. Me habló de lo difícil que le resultaba imponer su poder a lo largo y ancho de mil millones de kilómetros de imperio. Su verdadero miedo nunca fue que la Casa de Augusto y la de Belona se destruyeran entre sí. Fue la posibilidad de que el Confín se revelara y partiera la Sociedad por la mitad. Hace sesenta años, al comienzo de su reinado, hizo que el Señor de la Ceniza acabara con la luna de Saturno, Rea, cuando su gobernador se negó a aceptar la autoridad de Abby. Ese ejemplo se ha mantenido durante sesenta años. Pero nueve días después de mi Triunfo, los hijos de los señores de las Lunas que permanecían retenidos en la Luna, en la corte de la soberana, como garantía de la cooperación política de sus padres, desaparecieron. Los espías de Mustang en la Ciudadela los ayudaron. Dos días más tarde, los herederos del fallecido archigobernador Revus au Raa, que fue asesinado durante mi Triunfo, robaron o destruyeron la totalidad de la Flota de Guarnición de la Sociedad en su muelle de Calisto, con la colaboración de los Cordovan de Ganímedes. Declararon la independencia de Ío y presionaron a las otras lunas, más poderosas y pobladas, para que se unieran a ellos.
Poco después, el infamemente carismático Rómulo au Raa fue elegido soberano del Confín.
Saturno y Urano se unieron al cabo de poco tiempo, y la Segunda Rebelión de la Luna comenzó sesenta años y doscientos once días después de la primera. Obviamente, los señores de las Lunas esperaban que la soberana se quedara atrapada en Marte durante una década, tal vez más. Si a eso se le suma cierta insurrección de los colores inferiores en el Núcleo, puede entenderse por qué asumieron que Abby no sería capaz de dedicar los recursos necesarios para enviar una flota del tamaño suficiente a seiscientos millones de kilómetros para aplastar su rebelión emergente. Se equivocaron.
—Captamos señales —anuncia Guijarro desde su puesto en los controles del sensor de la lanzadera—. Tres barcos. A doscientos noventa kilómetros.
—Por fin —farfulla Raven—. Aquí llegan los malditos luneros.
Tres naves de guerra emergen del espejismo de calor del horizonte. Dos cazas negros tipo Sarpedón —pintados con el dragón blanco de cuatro cabezas de los Raa, que sujeta un rayo joviano entre las garras— escoltan una lanzadera tipo Príamo —gorda y color canela— que luce un símbolo que conozco demasiado bien. Un zorro dormido de múltiples colores. La nave aterriza ante nosotros. Se forman remolinos de arena y la rampa se abre desde el vientre del barco. Siete siluetas ágiles, más altas y desgarbadas que yo, la recorren hasta llegar al suelo. Todos dorados. Sobre la nariz y la boca llevan máscaras de respiración orgánicas, de kril, hechas por los tallistas. Parecen la piel mudada de una langosta, con una pata extendiéndose hacia cada oreja. Su equipamiento de combate color canela es más ligero que la armadura del Núcleo y está adornado con pañuelos de colores vivos. Llevan a la espalda largos cañones de riel con culatas de marfil personalizadas. Los filos cuelgan de sus caderas. Los ópticos que les cubren los ojos son de color naranja. Y en los pies llevan hespéridos, unas botas ligeras que utilizan aire condensado en lugar de la gravedad para mover a su usuario. Los hacen saltar sobre la tierra como piedras sobre un lago. No alcanzan mucha altura, pero con ellas puedes moverte a casi sesenta kilómetros por hora. Su peso es alrededor de un cuarto del de mis botas, la batería les dura un año y no se calientan, de manera que son indetectables para la visión térmica.
Son asesinos. No caballeros. Holiday reconoce la distinta variedad del peligro.
—No está con ellos —dice a través del intercomunicador—. ¿Algún Telemanus?
—No —contesto—. Espera. Ya la veo.
Mustang sale de la nave y se une a los ionianos, que la superan por mucho en altura. Va vestida igual que ellos, pero desarmada. En compañía de otra mujer ioniana —esta con los hombros encorvados hacia delante como un guepardo—, Mustang se suma a nosotros en la cima de la duna. El resto de los ionianos se quedan junto a la nave. No es una amenaza, solo una escolta.
—Lexa —dice Mustang—, siento el retraso.
—¿Dónde está Rómulo? —pregunto.
—No va a venir.
—Mierda —protesta Raven—. Te lo dije, Segadora.
—Raven, no pasa nada —la tranquiliza Clarke—. Esta es su hermana, Vela.
La altísima mujer nos mira por encima de una nariz totalmente plana. Tiene la piel pálida y el cuerpo adaptado a la baja gravedad. Resulta difícil verle la cara tras la máscara y las gafas, pero parece tener poco más de cincuenta años.
Su voz es monocorde hasta el extremo.
—Te transmito los saludos de mi hermano, y su bienvenida, Lexa de Marte. Soy la legado Vela au Raa.
Sefi da vueltas a nuestro alrededor examinando a la extraña dorada y el curioso equipamiento que lleva. Me gusta cómo habla la gente cuando Sefi la rodea. Me parece algo más honesta.
—Bien hallada, legatus. —Asiento cordialmente—. ¿Vas a hablar en nombre de tu hermano? Albergaba la esperanza de exponerle mi caso en persona.
Se le arruga la piel en torno a las gafas.
—Nadie habla en nombre de mi hermano. Ni siquiera yo. Desea que te reúnas con él en su domicilio privado de los Páramos de Karrack.
—¿Para que podáis atraernos hacia una trampa? —interviene Raven—. Tengo una idea mejor. ¿Y si le dices al capullo de tu hermano que cumpla con su maldita palabra antes de que coja ese rifle y te lo meta por el culo para que parezcas un pincho moruno de florecilla esquelética?
—Raven, para —lo increpa Mustang—. Aquí no. Con esta gente no.
Vela mira a Sefi mientras esta da vueltas y se fija en el filo que la obsidiana lleva en la cadera.
—Me importa una mierda y un pis quién sea esta. Ella sabe quiénes somos nosotros. Y si no le resbala un chorrito por la pierna cuando está cara a cara con la maldita Segadora de Marte es que tiene menos cerebro que un montón de pelusa de ombligo.
—Ella no puede venir —dice Vela.
—Comprensible —contesto.
Raven realiza un movimiento grotesco.
—¿Qué es eso? —pregunta Vela señalando a Sefi con la cabeza.
—Eso es la reina de los valquirios —respondo—. Hermana de Ragnar Volarus.
Vela desconfía de Sefi, y hace bien. Ragnar es un nombre conocido.
—Ella tampoco puede venir. Pero en realidad me refería a ese pedazo de metal en el que habéis llegado volando hasta aquí. ¿Se supone que es un barco? —Resopla con desdén y levanta la barbilla—. Construido en Venus, claro está.
—Es prestado —explico—. Pero si quieres hacer un intercambio…
Vela me sorprende con una carcajada antes de ponerse seria una vez más.
—Si deseáis presentaros ante los señores de las Lunas como una delegación diplomática, debéis mostrar respeto hacia mi hermano. Y confiar en el honor de su hospitalidad.
—He visto a muchos hombres y mujeres dejar a un lado el honor cuando les resulta inconveniente —replico con mordacidad.
—Esto no es el Núcleo. Esto es el Confín —responde Vela—. Recordamos a los ancestros. Recordamos cómo deberían ser los dorados de hierro. No asesinamos a los invitados como esa puta de la Luna. O como ese tal Chacal en Marte.
—Aun así —insisto.
Vela se encoge de hombros.
—La decisión depende de ti, Segadora. Tienes sesenta segundos para tomarla.
Vela da un paso atrás mientras delibero con Mustang y Raven. Le hago un gesto a Sefi para que se acerque.
—¿Opiniones?
—Rómulo preferiría morir a asesinar a un invitado —dice Mustang—. Sé que no tienes ningún motivo para confiar en esta gente. Pero el honor es realmente importante para ellos. No son como los Belona, que solo presumen de ello de boquilla. Aquí la palabra de un dorado significa tanto como su sangre.
—¿Sabes dónde está la residencia? —le pregunto.
Niega con la cabeza.
—Si lo supiera yo misma te llevaría allí. Dentro tienen equipamiento para detectar radiación y dispositivos de localización electrónicos. Te han estudiado. Tendremos que apañárnoslas solas.
—Estupendo.
Pero esto no tiene nada que ver con la estrategia. Aquí no hay juego a corto plazo. Mi gran jugada era llegar al Confín sabiendo que cuento con una influencia que la soberana no tiene. Esa influencia me mantendrá la cabeza sobre los hombros mejor que el honor de cualquier persona. Sin embargo, ya me he equivocado en otras ocasiones, así que esta vez busco confirmación y escucho.
—¿Se aplican también a los rojos las normas que regulan el tratamiento de los invitados? —inquiere Raven—. ¿O solo a los dorados? Eso es lo que necesitamos saber.
Le lanzo una mirada a Vela.
—Es una buena pregunta.
—Si te mata a ti, me mata a mí —dice Mustang—. No pienso separarme de tu lado. Y si lo hace, mis hombres se volverán contra él. Los Telemanus se volverán contra él. Incluso las nueras de Charles se volverán contra él. Eso es casi un tercio de su armada. Es una reyerta que no puede permitirse.
—Sefi, ¿tú qué piensas?
Cierra los ojos para que sus tatuajes azules puedan ver los espíritus de este páramo.
—Ve.
—Danos seis horas, Raven. Si para entonces no hemos vuelto…
—¿Me masturbo entre los arbustos?
—Devástalo todo.
—Eso sí puedo hacerlo. —Entrechoca su puño con el mío y me guiña un ojo—. Feliz misión diplomática, niñas. —Le tiende el puño a Mustang—. Tú también, caballito. Estamos juntas en esta mierda, ¿no?
Clarke le golpea alegremente los nudillos con los suyos.
—Toda la maldita razón.
