Los personajes le pertenecen a Meyer.

Capítulo VII.

Quijote


Esa noche no había dormido, la sensación de culpa lo asfixiaba ¡odiaba el sentimiento de la culpa! Como hombre intelectual; la culpa era un rezago de una moral que para él ya estaba muerta ¡culpa! Sin embargo, como hombre intelectual también entendía el concepto de responsabilidades éticas, eso lo entendía muy bien, era su caballo de batalla como periodista, maestro y escritor.

Idiota.

Lo repetía una y otra vez al pensar en el rostro de Isabella cuando él con su verbo venenoso la ofendió.

No sentía nada por la mujer, pero el hecho de haberla tratado de semejante manera le recordó a su abuela, madre, esposa y Tanía, sobre todo le recordó a su madre. Ninguna mujer debía ser tratada de esa manera. El rostro de su padre se le vino a la mente. El maldito viejo se había esmerado por tratar a su madre como una basura, él se juró que no lo haría jamás con ninguna mujer, pero lo hizo, y fue entonces cuando su padre apareció en su cabeza, sentado en su enorme escritorio, con la pipa de oro, fumando un ripio de un olor especiado, elegante, fino, siendo todo un hijo de puta.

¡No podía dejar que él lo venciera!

Esperó a que Bella apareciera para terminar de arreglar su habitación del hotel. No llegó. Quizás el hecho de que más de la mitad del hotel había sido desalojado, o porque la enorme fiesta terminó casi a la madrugada. Quizás ella no tendría su turno de trabajo.

Llamó a su abuela, quien contaba las horas para que él volviera, y quien por enésima vez le recordó el regalo, la fiesta de cumpleaños y le dio un discurso que no era necesario sobre la enorme importancia del acontecimiento familiar que en los próximos días se realizaría.

—Abuela, no soy un desalmado, y sabes que cada año ese día es el más importante para mí, aunque no lo creas tengo corazón.

—Yo sé que lo tienes, por eso, no puedes arriesgarlo en perderlo.

—Deja de ser melodramática.

La escuchó bufar, podía adivinar el gesto de ella tras el teléfono.

—Edward Cullen, detesto ese tipo de afirmaciones, por eso es que los ingleses tenemos tan mala fama ¿acaso tener sentimientos reales y gritarlo a los cuatro vientos es un gesto de incultura? ¡Mierda!

—Abuela.

—Vas por ahí con veinte años de educación, con millones de libros leídos, idiomas, viajes y todo eso, y crees que puedes pasar sobre la emoción, el dolor, la alegría y los sentimientos de la gente como te da la gana, y con una frase lapidaria invalidarlo todo.

Un carraspeo seco sale de su garganta, sabe de lo que ella habla. La mayor parte de su vida ha hecho de la palabra y la expresión la huida perfecta para las emociones más básicas. Su esposa Johana no logró derribar ese muro de intelecto en el que se sumió para así parecer ante todos, sobre todo ante su familia un majestuoso cínico, una hermosa estatua sin emociones.

Solo Tanía había logrado que toda emoción escondida pudiera salir un poco a flote, ni siquiera…

—Tú sabes a quien he amado, Esme.

—Lo sé mi amor—su voz es suave y tranquila—Debes decirlo más seguido, muy pronto eso te constará muy caro, querido, que no sea demasiado tarde.

¿Cómo decirle que temía a esas emociones que lo hacían ser vulnerable? Serlo era demostrar cuan desamparado había estado toda su vida.

Se fijó en la hora, once de la mañana, toda su rutina interrumpida, tan solo porque la culpa de veinte años de educación para pisotear, había sido virulentamente expuesta en unas pocas palabras.

Comenzó a escribir con serenidad al principio, pero la historia bullía en su cerebro como si enormes bolas de fuego venidas desde los cielos se estrellaran contra su cabeza. Diálogos, imágenes, geografías, palabras de amor, sensaciones, olores, los colores titilaban en la visión interior que un escritor debe tener. Los perfumes, el sabor, oh el sabor se derramaba en su paladar, el sabor de la mujer que el personaje amaba, el sabor de su saliva, o de su piel húmeda mojada por la lluvia, ella sabía a miel, a durazno, piña dulce, el sonido de su voz, las inflexiones de su acento, la O que se alargaba y la I que susurraba.

¿De dónde salía aquella historia? ¿Por qué las voces explotaban en su interior? No era una historia repensada y analizada como fueron sus otras novelas, no, ésta era diferente, torrentes, mareas, fuego quemante.

Abuela ¿es esto lo que desea de mí?

¿Era esta la historia que él deseaba contar? Su yo analítico decía que nunca ganaría un Nobel con una historia que hablaba de como su amante dormitaba sobre su mano derecha y cómo era hipnotizador el simple ritmo de su respiración.

Cursi, ilógico, y estúpido.

Pero la historia estaba allí, en él, y los dos amantes lo observaban, narrándole a él, un hombre con temor de emociones, todas las emociones contenidas en el simple respirar de los amantes.

La vida estaba allí.

La vida de las palabras, esa que él se negaba como Edward Cullen.

De pronto un espasmo en su estómago y un retorcijo, era hambre, hambre que desde hacía una semana parecía no mermar, era como si su cuerpo fuese el de un hombre que durante treinta años hubiese vivido en una cueva y su único alimento hubiesen sido las raíces amargas que dentro de ella crecía y que después de aquella larga reclusión en la oscuridad, un día cualquiera saliera al mundo y descubriese que en éste existieran todos esos sabores que su memoria había olvidado.

Se levanta, era tarde ¿Isabella? y las palabras asquerosas que le dijo lo torturan. Llama a recepción y le informan que su comida había estado lista pero que él no había confirmado.

—Y no se molestaron en llamar ¿qué si hubiese sido asesinado? O ¿un ataque al corazón?—la voz de Edward era metálica, aparentemente calmada, pero que denotaba una gran furia interna—mi hedor abría delatado mi cadáver putrefacto.

La mujer se quedó en silencio por un segundo, trece años en el hotel y las veces en que el muy insoportable y hermoso Mister Cullen llamaba era para poner una queja que paralizaba a todos con el miedo de un despido masivo. No lo llamaron porque las veces anteriores desató un infierno sobre el hotel. Decir que el señor Cullen era un imbécil redomado era ofrecerle un halago.

—Le ofrezco mis disculpas, caballero.

—La cena, cinco minutos.

Un por favor no le habría costado, pero no le dio la gana de decirlo. Mil trecientos dólares por día le daba el derecho de exigir; un sopapo imaginario golpeó su cabeza, era su abuela Esme, diciéndole que así ella no lo crío, era innoble.

¡Gracias a Dios, tú madre no está! estaría muy triste por quien te has convertido.

¡Su madre! Apenas la recordaba, una imagen de una hermosa mujer de cabello rojo sentada en el porche, silenciosa, enamorada de la niebla, tratando de entender el mundo, oculta del sonido de las cosas.

Por ella, solo por ella, él era lo que era, por nadie más. Por la madre que se fue, por la del corazón roto, por esa madre del silencio, él un día levantó una espada invisible y decapitó con orgullo y prepotencia las cabezas de todos los que se regodearon en su vulnerabilidad de lirio.

A los diez minutos tocaron a su puerta, esperaba con ansiedad a Isabella, deseaba pedirle disculpas ¡al menos puedo hacerlo!

Pero la sorpresa fue mayúscula cuando la mujer que entró junto con el camarero era una muy diferente.

—Su cena, señor, se le pide disculpas por el inconveniente.

La mujer que le habló era alguien de unos treinta años de edad, con evidente sobrepeso. Por un momento la presencia de las dos personas lo incomodó. Se metió las manos en su chaqueta y de frente a los dos trabajadores les brindó una mirada agresiva. La camarera parecía nerviosa, y mientras servía no atinaba a mirarlo a los ojos, ojos que Edward describiría como dos pequeñas nueces que se perdían entre aquel rostro regordete, al igual que sus labios delgados que parecían desaparecer por el tic de sumirlos hasta solo ser un diminuto pellizco.

— ¿Desea que le arregle la habitación, señor?

Sabía que la mujer estaba intimidada. Cora ya lo conocía, días antes ella había estado en esa misma habitación y él con su terrible mal humor y displicencia la asustó, por eso ella rogó que no se le volviera a asignar al señor Cullen. Además que la belleza física del hombre era terrible para ella, éste le recordaba la poca autoestima de la que gozaba y como la adolescente que aun en ella persistía; hombres como ese la enfrentaban con la realidad que para ella significaba el espejo y la báscula. Sin embargo él no la recordaba, para Edward el mundo era un sinfín de cosas y personas a las que no prestaba atención, eran solo aire.

— ¿La otra mucama?

La pregunta fue hecha a quemarropa, Cora comenzó a temblar, y en medio segundo se desató un llanto que hizo que Edward abriera los ojos desmesuradamente. Dirigió su mirada al camarero quien parecía no saber qué hacer, si ayudar a la pobre amiga, o quedarse quieto para no desatender sus funciones de terminar de servir la cena.

El llanto de la pobre Cora se convirtió en una búsqueda de oxígeno y de hipos intermitentes que hacían que sus hombros saltaran hacia arriba.

— ¡Dios!—dijo él lleno de impaciencia— ¿Qué carajos dije?

Pero la mujer seguía llorando.

—Fue despedida esta mañana, señor, una de las huéspedes la acusó de robo—el camarero contestó con voz monofónica y sin pensarlo fue y abrazo a Cora sosteniéndola de los hombros y sacando un pañuelo para limpiarle los mocos.

Al segundo Edward toma una jarra de agua, sirve un vaso sin dilaciones se lo da de beber a la mujer ¿cómo qué robo? ¡Isabella no era una ladrona! Era una mujer recalcitrante, contestataria, rebelde, con una boca de camionero, y alguien a quien nadie podría pisotear ¿pero ladrona? ¡No! ¡Debía ser un error!

— ¿Qué ocurrió?

La pobre mujer levanta su cara hinchada y su naricilla roja está húmeda por el llanto, Edward puede adivinar que tras aquella expresión se encuentra una mujer extremadamente dulce, él le sonrió y ella se asustó más, la vio estremecerse para arrancar en una nueva oleada de llanto.

— ¿Ahora qué hice?

— ¿Cómo te llamas?

—Cora—la respuesta vino del camarero—su nombre es Cora y está muy triste porque Bella era una de sus mejores amigas, todos estamos furiosos por semejante despido, sabiendo muy bien que las cámaras de seguridad tienen grabado que la mujer que la acusa de robo tenía su pulsera en la fiesta, y aun así la despidieron.

¡Jane!

¿Por qué le importa? ¿Por qué debe meterse en un lio que no le atañe? ¿Por qué siente aquella furia que lo carcome por dentro?

Jane, una pequeña araña mediocre.

Jane representaba todo aquello que odió desde niño, todo aquello que lo hizo ser lo que es ahora, por lo que su madre murió.

Era su momento de hacer justicia, de nuevo.


Bella no ha llorado, no ha dicho una sola palabra, está sentada frente al televisor de su pequeño apartamento, se abstrae en miles de pensamientos, permite que toda su vida sea recordada frente a una tasa de café fría que sirvió al medio día, tiene aún su uniforme del hotel, y oye sin escuchar y ve sin observar.

Su corazón late pausadamente, pero cada palpitar es un dolor potente que no le permite respirar.

Durante años Bella Swan fue una mujer encerrada en un pueblo, cuya comunicación con el resto del mundo era la enorme carretera interestatal que la conectaba con el resto de la península y que la llevaba directo a la ciudad de Seattle. Sin embargo siempre estuvo encerrada, viviendo la vida de una mujer indolente, niña adolorida por la muerte del padre, y por el silencio digno de la mamá que ante todos manejó su duelo y su vergüenza en un completo silencio. Recuerda que se la pasó culpando a Renée por todo y sin entender cuan impresionante era aquella mujer. Recuerda lo triste que se sintió al entender lo mal que la había juzgado.

Fue su divorcio de Jacob y la pérdida de un hijo la que logró que descubriera quien era su madre, que le perdonó todo lo que hizo y que la acompañó en un doloroso proceso, al final descubrió que era una mujer llena de miedos, y que su progenitora era un ser poderoso que le enseñó la dignidad y como ser fuerte sin hacer alardes de ello. Su madre fue ese amor que descubrió en sus veintes y que añoraba por sobre cualquier cosa, recuerda cómo se enamoró de su amor por el cine, por el té helado, por los carruseles, por el perfume, por las viejas comedias de la t.v, por abrir un libro de viajes y señalar hermosos lugares para soñar y por Humphrey Bogart y Casablanca ¡Cómo deseaba que ella estuviera allí y la hiciera sentir bien con tan solo escucharla! Renée que le dio fuerzas para salir del pueblo, enfrentarse al clan Black y tener esperanzas de nuevo.

¿Ahora?

De nuevo enfrentada a la catástrofe de no tener trabajo ¿qué le quedaba? No podía llorar, no ahora, de nada valdría.

No podía volver a Forks, no podía dar marcha atrás, pero no tenía fuerzas para nada en ese momento, empezar de cero era algo que simplemente la frustraba ¡el mundo era tan injusto! Tener que volver a enfrentar la infamia tan sólo porque era una mujer sin nada, odiaba ser vulnerable, detestaba cada cosa que le hacía recordar como al ser una mujer pobre y sin educación la dejaba desarmada. ¿Cuándo creyó en su vida que estaría tan sola? El celular timbraba, pero ella no contestó, seguramente serían sus amigos del hotel quienes al saber de su despido mostraron su tristeza y descontento, al menos eso tenía: buenos amigos, pero no quería contestar, ni quería importunar.

Se arrastró hacia el baño y soltó su cabello, se miró al espejo y solo vio a una mujer de casi treinta años con grandes ojeras, boca reseca y con los ojos agotados, un agotamiento profundo que solo ella podía ver, era el agotamiento de la soledad.

Se lava el rostro y peina su cabello, come algo de tallarines y apaga el televisor. Volver a Forks ¡jamás! Quizás abra el viejo libro de viajes y apunte a alguna parte, allí irá, no puede tener miedo, ya no es hora de temer a nada.

Un sonido la sorprende, son golpes en la puerta, golpes intensos y repetitivos. Contando cada paso se acerca a la puerta, mira por el ojo avizor que le dice quién es y casi se va para atrás, en su vida pensó que algo así le pasaría.

Abre la puerta con rapidez, mientras que ella intenta no parecer el zombie de hace algunos momentos.

—Bella—el hombre saluda.

—Señor Volturi.

El viejo administrador del prestigioso hotel le sonríe amablemente, no se mueve de su sitio, es un caballero y espera que le hagan una invitación. Isabella se siente atontada, no sabe qué hacer y por medio segundo ambos parecen perdidos, es entonces que ella reacciona colocando su mano en el pecho.

—Pase por favor.

— ¿No es molestia? Te llamamos al celular, pero no contestabas.

—No quise contestar, eso es todo, señor.

El hombre da un paso adelante, horas antes él mismo había hecho formal el despido, lo que le pareció injusto y terrible. Decisión que hizo que amenazara a los administradores del hotel por renunciar, sin embargo los dueños de éste estaban al igual que Volturi con las manos atadas y renunciar no hubiese hecho la diferencia. Ahora, él mismo pondría la cara para enmendar el terrible error que se cometió.

— ¿Puedo sentarme?—señala una de las sillas que acompaña la mesa del comedor.

—Claro que sí—la respuesta fue seca, al instante ella se dio cuenta que su voz sonaba lejana y que quizás ésta daba la impresión de tener una disposición a la rabia o al odio, cosa que era totalmente incorrecta. Entendía que el hombre hacia su trabajo, es más, le agradecía, el manager del hotel siempre la había protegido y enseñado.

—No me odies, querida.

—Oh no—ella corre y se sienta frente a él—le agradezco todo.

—Debes entender querida, que yo al igual que tú soy un trabajador, durante treinta y cinco años he estado en ese hotel, comencé como botones, camarero, asistente de limpieza, y nunca en mi vida me había tocado hacer lo que hice hoy; he despedido mucha gente, pero nunca por razones tan injustas.

—Yo no robé nada, en las cámaras se ve como ella tenía la estúpida pulsera ¡usted la vio!

—Todos la vimos, Isabella, pero el padre de la señorita Lowell es uno de los hombres más importantes de la política en el mundo ¿sabe lo que eso significa? Un dedo sobre nosotros y en menos de un mes todo estaría muerto y serían casi quinientos empleos, y miles de personas que dependen del hotel.

—Lo sé.

Repentinamente la mano del hombre toma la de Isabella, sonríe con picardía.

—Pero no te preocupes—la sonrisa se hace más amplia— ¿puedes perdonar a este viejo italiano amante del drama por no haber comenzado con una buena noticia? Por eso también vine yo personalmente.

Ella parpadea, ladea su cabeza hacia el lado derecho, no entiende, solo está cansada.

—El error ha sido enmendado, querida, el hotel te ofrece disculpas y mañana mismo puedes volver a retomar tu trabajo, es más, el hotel te ofrece una semana de descanso con todo pago, Isabella.

El corazón de Bella late rápidamente y siente unos leves retorcijones en su estómago—no entiendo.

—Hubieras visto, querida—el viejo se levanta, en su mente escucha los acordes de una ópera, es el acto principal, respira con fuerza—el mismo senador llamó a la junta, se humilló frente a todos, y luego me llamó a mí, hubiera dado todo para verlo personalmente, se disculpó en nombre de su hija, dijo que todo había sido un terrible error ¡diablos! Fue algo digno de escuchar, digno de ver como Jane Lowell fue sacada del hotel por la puerta trasera ¡Dios mío, Isabella!

Bella no atinaba, los gestos teatrales de Aro eran agrandados y su estatura regular se tornó en majestuosa cuando narraba los hechos, pero en su cabeza, ella no podía comprender nada de lo que ocurría.

—Señor Volturi, por favor más despacio.

—Oh—se sienta de nuevo y toma su mano—Esto no es nada, te lo voy a contar todo.

Aro toma un poco de agua, el color ha vuelto al rostro de Isabella, y por un segundo mira hacia arriba, da las gracias a su ángel de la guarda, y se jura que esta segunda oportunidad le dará a su mamá todos los motivos de orgullo.

—Edward Cullen, Isabella, ese hombre te rescató.

Y así comienza la historia. En las horas de la tarde un ecuánime y frio Edward, se presentó a la oficina de Aro Volturi, su voz gélida y su perfecto acento que no denota ninguna emoción posible pidió que le mostraran las pruebas por las que su mucama, la única que él soportaba, la que aunque no hacía las cosas perfectas como él las pedía, al menos se acercaba a lo que él deseaba.

—Al menos tiende la cama de forma decente—dice con tono suficiente— no tengo porque aguantarme otra mujer que no entiende que las sabanas debes estar sin una arruga y que comprende mi necesidad de no tener que oler desinfectantes con olor a jazmines.

Volturi cuenta como Jane acusó a la mucama de que días antes se le había perdido su brazalete favorito, uno que papá Lowell le regaló el día en que finalmente se divorció de Spencer Troy, famoso golfista profesional. Jane cuenta que la mucama ese día aprovechándose de los nervios de la pobre mujer agarró el brazalete y sin que nadie se diera cuenta se lo llevó. Historia harto ridícula y sin ningún contexto o prueba, es más sin un ápice de imaginación para narrar bien una mentira. Sin embargo Isabella contrarrestando dice que el brazalete estaba en la muñeca de Jane la noche misma de la fiesta, y al decirlo las cámaras revelan que efectivamente Jane lo llevó toda la noche. El enfrentamiento entre Volturi y la señorita hija del senador hace que ésta llame a su papi y que inmediatamente el senador vaya a instancias más altas, y pasando por sobre las pruebas. Bella Swan una mucama cualquiera, una entre miles, una basura blanca, una desconocida vaya a parar a la calle.

Edward con ese aire displicente que lo hace aterrador, agarra su celular y frente a la mirada de Volturi y la señora Mitchell llama al senador. Volturi observa como el maestro de Oxford University, llamado la piraña del periodismo en el mundo, hace un repaso sobre sus uñas, mientras espera con paciencia que el senador en persona le conteste.

Toma un vaso de whisky seco que la señora Mitchell le sirve, a la que por cierto no le da las gracias. Es impecable, un solo hilo de sus cabellos cobre se salen de su puesto, bebé, repasa la oficina, vuelve a sus uñas y finalmente el senador Lowell contesta la llamada, en el rostro del señor Cullen aparece una sonrisa, pero es una sonrisa cínica repleta de significados, que solo el dueño de ella entiende. La señora Mitchell no sabe porque pero toma la mano de su viejo amigo y jefe, de pronto la voz suave y contenida surge. Parece hablando del clima, oh si la política, oh si demócratas, el Brexit, es inminente que la primera ministra va a renunciar, la ultraderecha se ha tomado Latino américa y ésta hace peso sobre las nuevas ideas socialistas que parece han inflamado los ánimos de todos.

—Vaya ¡la gente menos favorecida pidiendo derechos y justicia!—y ahí ataca con esa misma voz suave que despedaza a sus entrevistados y estudiantes. La atmósfera cambia en pocos segundos, no hay piedad con el senador Lowell, lo amenaza con un artículo contundente donde ciertos trapos sucios salen a la luz—tengo fotos senador, ciertos documentos que sugieren la venta de armas a oriente—se escucha como el hombre grita al otro lado, amenaza también, pero el rostro del periodista no cambia—sabes muy bien que puedo destrozar la vida de tu niña ¿recuerdas a mi esposa? No fue divertido senador, no tienes porqué arriesgarte tan solo porque tu hija quiere meterse en mi ¡puta ropa interior!—las últimas tres palabras las grita fuerte, los dos administradores del hotel chocan sus miradas.

Un fuerte improperio se escucha al otro lado de la línea, Edward ha regresado a su actitud impasible, hace un gesto de fastidio y dice—necesito que la mujer recupere su trabajo, no voy a permitir que la inútil de tu hija siga haciendo destrozos por la vida tan solo porque cree que es mejor que todos, es una mujer de treinta y dos años, que madure ya, al menos métela a un maldito curso de pintura y que deje su obsesión con mi familia—Edward se aleja de los dos administradores y va hacia la ventana—puedo joderte por muchas cosas, eres un tipo a quien puedo admirar Lowell, pero esa manera de tratar a la gente no lo voy a permitir, es así que dentro una hora quiero escuchar que la mujer ha vuelto a su trabajo, no te pido que tu hija se disculpe, pero al menos sácala de mi vida o cómprale un marido.

Algo dice el senador detrás de la línea, no hay un solo gesto, al final el periodista cuelga la llamada y se queda en silencio viendo el panorama frente al hotel.

—Vivimos en un mundo duro—los mira directamente, sus palabras son suaves y tienen un dejo introspectivo—parece que no cambia.

Alarga su estatura, coloca sus manos en los bolsillos de su pantalón—señor Volturi, comuníquese con la mujer para que ella regrese al trabajo.

Camina resuelto hacia la puerta.

— ¿Por qué le importa, señor Cullen?—la pregunta viene de la señora Mitchell quien levanta la ceja y lo observa de forma sospechosa.

Se escucha un fuerte suspiro.

—Podría decirle señora Mitchell que estoy harto de ver como el poder solo quiere aplastar a la gente, decirle que durante toda mi vida he sido testigo de este tipo de atropellos, decirle que no me gusta ver la injusticia, pero también puedo decir que la mucama ¿cómo se llama?

—Isabella.

—Ella limpia mi habitación con cuidado y ha soportado que yo sea un cabrón.

Los dos trabajadores se quedan en silencio.

—Me quedaré tres semanas más, así que no estoy para soportar a alguien que no conozco.

Isabella escucha la historia, quiere llorar. Nunca pensó que ese hombre haría eso por ella. Pone sus manos en su pecho y algo en ella explota, empieza a temblar en un sofoco que no puede reprimir.

—Ya querida—Aro la abraza y así la consuela—a la hora el senador llamó a los dueños del hotel y todo volvió a ser lo de antes.

—Me gusta mi trabajo.

—Lo sabemos.

—Nunca robaría a nadie, nunca.

El abrazo del hombre mayor se hizo muy fuerte—vete a dormir, descansa que ha sido un día terrible para ti, mañana vuelves Bella, y comenzaremos de nuevo—la toma de su cara—no sé cómo ha sido tu vida mujer, presiento que no fue fácil, pero presiento que estás para cosas grandes, así que pon buena cara, y se la galletita fuerte que eres, todos están esperándote.

—Gracias, señor—la voz se le quiebra por la emoción, viene a su mente un recuerdo de su padre en su niñez, cantando a su lado, jugando con su muñeca favorita o simplemente despidiéndose de ella en su primer día de escuela. Lo sabe, lo ha sabido siempre, es una huérfana, y la voz de Aro Volturi le recuerda cuan sola se siente y cuanta falta le hace sus padres en su vida.

La soledad es una cuota amarga que ella ha debido pagar.

A las siete de la mañana los casilleros son una algarabía, Cora, Emily, y las demás trabajadoras hacen fiesta porque creían que su jefe y amiga no volvería, fue tan solo un día, pero el despido injusto y el saber lo vulnerables que eran ante muchas cosas, hizo que todos fueran conscientes de quienes eran para el mundo del poder. Todos hacen chistes e intentan alegrar a una Bella que necesitaba tras una noche de desvelo risa y el abrazo de quienes eran su familia. Cora la abraza y como la mujer sensible que es, alarga el abrazo largo rato, Emily amenaza ir por el culo de Jane Lowell, cosa que todos apoyan y al final se prometen ir a un bar y celebrar el fin de semana.

Bella solo está feliz de regresar.


Él no sonríe, sus ojos verdes brillan y tienen una chispa que oculta secretos que ella quisiera conocer ¡el hombre la salvó! No sabía si besarlo, o pegarle una cachetada, todo al mismo tiempo, se veía a sí misma como una de esas mujeres de las viejas películas que su mamá amaba.

Ella está en los límites de la puerta y Edward frente a ella la observa con aquel aire frío que es parte de lo que ese hombre quiere aparentar.

—Isabella.

Su nombre es dicho en cuatro sílabas susurradas, ella tiembla levemente y una lágrima pequeña corre por su mejilla. Hay un silencio entre los dos, él saca su pañuelo y limpia el rostro de aquella mujer, hace muchos años hizo lo mismo por Johana.

—Es usted un hombre raro. Gracias señor Cullen.

Su voz es un murmullo infantil, no quiere mostrar cuan vulnerable es, pero no puede evitarlo, da un paso al frente con ojos tímidos, es entonces cuando Edward sonríe con una mueca torcida y le guiña un ojo—bueno, señorita Swan, pensé que me daría una cachetada por lo de la fiesta y me diría ¡cabrón, odioso!

Bella levanta su rostro y se sorprende al ver aquel gesto de niño divertido, algo en ella se estremece ¿Quién demonios es ese hombre?

—Me salvó, lo hizo.

Edward parpadea, del gesto sonriente pasa al gesto melancólico que al igual que el anterior solo muestra a poca gente, es un hombre que camina en dos mundos, y eso para alguien como Isabella es aterrador.

—Soy Quijote.

Ella ladea la cabeza— ¿El de los molinos de viento?

El maestro de Oxford baja la mirada lánguidamente, recuerda a alguien entrañable dibujando en un cuaderno un hombre viejo mirando el horizonte mientras en éste se ven los enormes molinos.

¡Cómo ha traicionado aquella mujer!

—El poeta.

Bella no entiende, pero algo emotivo la emociona y sin saber cómo agradecer se lanza hacia su salvador y lo abraza—es usted un héroe—por un momento ambos se quedan en silencio. Edward escucha el pequeño sollozo de quien lo abraza, varias veces en su vida ha estado en esa posición, tratando de consolar a mujeres como Isabella Swan.

—Shiiis, tranquila—da palmaditas sobre la espalda—entonces ¿ya no soy un cabrón?—trata de aligerar el momento con una voz tranquila y relajada.

—Bueno, yo no diría eso.

Él suelta la carcajada—sigues siendo mi Kate.

Hay un silencio entre los dos, Bella levanta su rostro — ¿por qué lo hizo?

Suspira, aleja a la mujer de forma dulce—podría decirte que soy ese Quijote que va peleando por los que no tienen voz, Bella, podría decirte que soy un adalid de la justicia.

—Por favor, en palabras que entienda.

Edward se acerca y agacha su cabeza al nivel de la mucama—me encanta eso de ti, no tengo porque sorprenderte con mi lenguaje.

—Pues si no entiendo una coma de lo que dice.

Lo ve alejarse hacia el escritorio, sentarse en la silla y descansar su anatomía en ella. Está agotado de una forma que va más allá de lo físico, lo entiende, así también está ella, agotada por todo.

—Odio que la gente joda a los desfavorecidos, detesto que alguien que tiene poder crea que puede pisotear a los demás, puedo ser un dolor en el trasero Bella, todos en este hotel dan fe de eso, exijo excelencia, puntualidad, es el trabajo, así soy con todos, sobre todo conmigo mismo, pero…—levanta su mirada—no esto, no la humillación sistemática, no sobre gente que parece no tener voz, así que estas son mis pequeñas venganzas Bella, mis pequeñas grandes venganzas y Jane y su padre me las debían, detesto esa mujer, también lo hice por eso, ¿ves? No soy tan altruista.

Bella se acerca, no entiende la palabra, pero si el contexto de todo aquel monologo.

— ¿Por qué quiere aparentar que es malo y odioso?

Una carcajada amarga sale de su pecho.

—Soy un amargado odioso, Isabella, no aparento nada.

—No es así, es un buen hombre.

—No lo soy.

El hombre clava su mirada en ella, la recorre con lentitud entre deseo, inquietud. La mira inquisitivo, registrando cada cosa que en Bella la hace especial y extraña para un hombre como él, la observa como un escultor que busca tras el mármol la forma deseada.

—Soy tan terrible que en este momento en que podemos ser amigos, solo quiero follarte—aquella confesión los sorprende, es más la palabra al final lo sorprende más, hacía muchos años no la decía, no porque ésta tuviese esa carga de palabra soez, era porque no la sentía en su interior, sentir ese deseo tan abrumador que hacía que sus testículos doliera, su cuerpo se inflamara y que resoplara como un animal enjaulado y hambriento.

Ella da un paso hacia adelante, sus ojos marrones le responden con fuego. Desea al hombre con la misma intensidad que él la desea, no puede negar que desde que tuvo sexo la primera vez con él algo en su cuerpo cambió, pero sobre todo algo en su interior se fue transformando. Tener sexo con un extraño, con alguien que no conocía y con quien evidentemente no tenía nada en común la hizo probar una libertad que no sentía desde los dieciocho años.

Sin embargo él se para intempestivamente y levanta su mano diciendo con ella alto.

—Bella, Bella, Bella ¡Demonios! Acabas de decirme que soy un buen hombre y quiero serlo, ahora das un paso hacia mí y te me ofreces así.

—Somos dos personas adultas, nunca me obligaste a nada.

—Pero ahora estás vulnerable, y no voy a aprovecharme de eso, aunque me duele no estar contigo y morder ese culo impertinente.

—Puedes morderlo—sonríe picara, su rostro es todo inocencia perversa— así se hará más visible todo mi agradecimiento Mister Cabrón arrogante.

Ambos sueltan una carcajada, se dan cuenta que desde que se conocen pueden reír como dos jóvenes, entienden que pueden sentirse libres y cómodos con el otro.

—Déjame ser decente hoy, Bella.

—Prefiero cuando no lo es—pero Edward solo le contesta con un gesto misterioso y extenuado.

Bella relaja su cuerpo, va hacia las cosas de limpieza y las coloca en el centro de la habitación.

—Bueno al menos permíteme limpiar esta habitación.

—Ay por favor, eres la única que puede entenderme.

— ¿Qué? ¿Van a venir los gérmenes y van a devorarte?

—Pues no creas que no—se coloca sus lentes que lo estacionan en esa imagen del profesor, escritor y periodista, toma uno de sus libros y apunta algo en éste.

Ella rueda los ojos y dice entre bromas—pobre de la mujer que se case contigo.

Él se paraliza por un momento, piensa en Johana y cierra los ojos con dolor.

— ¿Isabella?

Ella voltea, no se ha dado cuenta de la guerra interior que sucede en el corazón de ese hombre.

— ¿Si?

—Soy viudo.

—Oh.

Bella abre los ojos desmesuradamente, mientras sostiene un trapo de limpieza.

—Por mi culpa ella está muerta.


Hola chicas, aquí el nuevo capítulo, lo juro que me esfuerzo para que sea cortico ¡caray! Pero mi ADN dice ¡Sacha escribe largo! Y ¡Zas! Estos capítulos se vuelven extensos, pero lo bueno es que en dos veremos a nuestros protagonistas haciendo de las suyas, aténganse todas, el viaje comienza ¡Yupi!

Gracias a todas por sus bellos comentarios, a las que dejan RR un beso hasta la luna y más allá, a mis adoradas lectoras fantasmas mil y mil gracias. Hasta la próxima.