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LOS SEÑOR ES DE LAS LUNAS

El hogar del hombre más poderoso de las lunas galileanas es un lugar sencillo, sinuoso de jardines pequeños y rincones tranquilos. Situado a la sombra de un volcán inactivo, tiene vistas a una llanura amarilla que se extiende hasta el horizonte, donde otro volcán arde y el magma se arrastra hacia el oeste. Aterrizamos en un pequeño hangar cubierto al lado de una formación rocosa, el segundo de dos barcos. El otro es una esbelta embarcación de carreras que Orión se moriría por pilotar. Junto a ella, una hilera de varias motos voladoras cubiertas de polvo. Nadie acude a atender nuestro navío cuando desembarcamos y nos encaminamos hacia la casa por un camino de piedra blanca incrustado en el polvo de azufre. Se curva hacia un lateral de la casa. La pequeña propiedad al completo está envuelta en una discreta burbuja de pulsos. Nuestros escoltas se sienten cómodos en este entorno. Franquean —en fila y por delante de nosotros— la verja de hierro que lleva al patio sembrado de hierba de la casa. Se quitan las botas hespéridos cubiertas de polvo y las dejan justo al lado del camino de entrada, al lado de un par de botas militares negras. Mustang y yo intercambiamos una mirada y nos quitamos las nuestras. Tardo más que el resto en librarme de mis voluminosas gravibotas. Cada una de ellas pesa casi nueve kilos y tiene tres hebillas paralelas en torno a la pantorrilla para sujetarme las piernas. Es extrañamente reconfortante sentir la hierba entre los dedos de los pies. Soy consciente de que me apestan los pies. Me resulta raro ver las botas de una docena de enemigos apiladas junto a la puerta. Es como si me hubiera colado en algo muy íntimo.

—Por favor, espera aquí —me dice Vela—. Clarke, Rómulo desea hablar a solas contigo primero.

—Gritaré si estoy en peligro —digo con una sonrisa cuando veo que Mustang duda.

Me guiña un ojo antes de marcharse detrás de Vela, que ha notado la sutileza de nuestro intercambio. Tengo la sensación de que a esa mujer no se le escapa apenas nada, aun menos de lo que juzga. Me quedo sola en el jardín con la canción de unas campanillas de viento que cuelgan de lo alto de un árbol. El patio ajardinado es un rectángulo perfecto. De unos treinta pasos de ancho. Unos diez desde la verja delantera hasta los pequeños escalones blancos que llevan a la entrada principal de la casa. Las paredes de enlucido blanco son lisas y están cubiertas de finas plantas trepadoras que se cuelan en la casa. Unas pequeñas flores naranjas brotan de las enredaderas e inundan el aire de un olor silvestre, abrasador. La casa forma meandros, las habitaciones y los jardines se despliegan los unos a partir de los otros. La casa no tiene tejado. Aunque no es que existan muchas razones para tenerlo. La burbuja de pulsos protege la propiedad de las inclemencias del clima. Aquí fabrican su propia lluvia. Unos pequeños nebulizadores riegan los pequeños cidros cuyas raíces resquebrajan el fondo de la pequeña fuente de piedra blanca situada en el centro del jardín. Un breve vistazo a un lugar así fue lo que condujo a mi esposa al patíbulo.

Qué extraño le habría parecido este viaje.

Y también, en cierto modo, qué maravilloso.

—Puedes comerte una mandarina si te apetece —dice una vocecilla a mi espalda—. A padre no le importará.

Me doy la vuelta y veo a una niña de pie junto a otra verja que comunica el patio principal con un camino que serpentea hacia la parte izquierda de la casa. Debe de rondar los seis años. Sujeta una pala pequeña entre las manos y lleva las rodillas de los pantalones manchadas de tierra. Tiene el pelo muy corto, la cara pálida, los ojos un tercio más grandes que cualquier niña de Marte. Se aprecia la blanda longitud de sus huesos. Como un potrillo recién nacido. No he conocido a muchos niños dorados. Las familias de Únicos del Núcleo suelen protegerlos del escrutinio público por miedo a que los asesinen, así que los esconden en haciendas o colegios privados. He oído que el Confín es diferente. Que aquí no matan a los niños. Pero a todo el mundo le gusta fingir que no matan a los niños.

—Hola —la saludo con amabilidad.

Utilizo un tono de voz frágil, extraño, que no he vuelto a usar desde que vi a mis sobrinas y sobrinos. Me encantan los niños, pero últimamente me siento muy ajena a ellos.

—Tú eres la marciana, ¿verdad? —pregunta impresionada.

—Me llamo Lexa —contesto con un gesto de asentimiento—. ¿Cómo te llamas tú?

—Soy Gaia au Raa —responde orgullosa, como si fuera adulta, pero solo al pronunciar su nombre—. ¿De verdad eras roja? Oí hablar a mi padre —me explica—. Se creen que porque no tengo esto… —se acaricia la mejilla con un dedo para trazar una cicatriz imaginaria—, tampoco tengo oídos. —Señala con la cabeza las paredes cubiertas de enredaderas y sonríe con picardía—. A veces trepo.

—Sigo siendo roja —contesto—. No es algo que haya dejado de ser.

—Ah. Pues no te pareces a ellos.

No debe de ver holos si no sabe quién soy.

—Puede que no tenga que ver con mi aspecto —sugiero—, sino más bien con lo que hago.

¿Es demasiado complicado explicarle algo así a una niña de seis años? No tengo ni la menor idea. La pequeña pone cara de asco y me temo que he cometido un error.

—¿Has conocido a muchos rojos, Gaia?

Niega con la cabeza.

—Solo los he visto en mis estudios. Padre dice que no es apropiado mezclarse con ellos.

—¿No tienes sirvientes?

Suelta una risita antes de darse cuenta de que hablo en serio.

—¿Sirvientes? Pero si no me los he ganado. —Se da de nuevo unos golpecitos en la cara—. Todavía no.

Me pone de mal humor pensar en esta niña corriendo por los bosques del Instituto para salvar la vida. ¿O será ella la que persiga?

—Y no te los ganarás nunca si no dejas en paz a nuestra invitada —dice una voz grave y ronca desde la entrada principal de la casa.

Rómulo au Raa está apoyado contra el marco de la puerta. Es un hombre sereno y violento. De mi altura, pero más delgado y con la nariz rota por dos sitios. Tiene el ojo derecho un tercio más largo que el mío, contenido en un rostro estrecho, furioso. Su párpado izquierdo está atravesado por una cicatriz. Una bola lisa de mármol azul y negro me mira desde donde debería estar el globo ocular. Tiene los labios carnosos apretados, y en el superior luce otras tres cicatrices. Lleva el pelo dorado oscuro recogido en una larga coleta. Excepto por las viejas heridas, su piel es de perfecta porcelana. Pero lo que atrae de este hombre no es tanto su aspecto como lo que transmite. Percibo su inalterable tranquilidad. Su seguridad natural, como si hubiera estado siempre a la puerta. Como si me conociera desde que nací. Es sorprendente lo bien que me cae desde el momento en que le guiña un ojo a su hija. Y también lo mucho que deseo que el sentimiento sea mutuo, a pesar de que sé que es un tirano.

—Entonces ¿qué te parece nuestra marciana? —le pregunta a la niña.

—Es gruesa —contesta Gaia—. Más grande que tú, padre.

—Pero no tan grande como un Telemanus —apunto.

La pequeña se cruza de brazos.

—Bueno, es que nada es tan grande como un Telemanus.

Me echo a reír.

—Ojalá fuera verdad. Conocí a un hombre que para mí era casi tan grande como yo lo soy para ti.

—¡No! —exclama Gaia con los ojos abiertos como platos—. ¿Un obsidiano?

Asiento.

—Su nombre era Ragnar Volarus. Era un Sucio. El príncipe de una tribu obsidiana del polo sur de Marte. Se llaman a sí mismos los valquirios. Y los gobiernan unas mujeres que montan grifos. —Miro a Rómulo—. Su hermana está conmigo.

—¿Que montan grifos? —La idea deslumbra a la niña. Aún no ha llegado a ese punto en sus estudios—. ¿Dónde está Ragnar ahora?

—Murió, y lo disparamos hacia el sol mientras veníamos a visitar a tu padre.

—Oh. Lo siento… —dice con la bondad ciega que al parecer tan solo conservan los niños—. ¿Por eso estabas tan triste?

Me estremezco, pues no era consciente de que resultara tan obvio. Rómulo se da cuenta y me ahorra tener que responder.

—Gaia, tu tío te estaba buscando. Los tomates no van a plantarse solos, ¿o sí?

La niña baja la cabeza y me dice adiós con la mano antes de marcharse deshaciendo sus pasos por el sendero. La veo desaparecer y me doy cuenta con cierto retraso de que mi hijo tendría ahora su edad.

—¿Lo habías preparado tú? —le pregunto a Rómulo.

El joviano baja al jardín.

—¿Me creerías si te dijera que no?

—Últimamente no me creo mucho de lo que me dice nadie.

—Eso te mantendrá con vida, pero no te hará feliz —afirma con seriedad.

Habla con el ritmo entrecortado de los hombres criados en las academias de gladiadores. Sin afectación, sin insultos ronroneados ni juegos. Es una franqueza refrescante, aunque distante.

—Este era el refugio de mi padre, y el de su padre antes de él —dice Rómulo, que me indica que tome asiento en uno de los bancos de piedra—. Me pareció un lugar oportuno para discutir el futuro de mi familia. —Arranca una mandarina del árbol y se sienta en el banco de enfrente—. Y el tuyo.

—Me parece un enorme esfuerzo malgastado —digo.

—¿A qué te refieres?

—Los árboles, la tierra, el césped, el agua. Nada de todo esto encaja aquí.

—Y el hombre nunca debería haber dominado el fuego. Precisamente en eso reside su belleza —contesta con un tono de voz desafiante—. Esta luna es un horror, odiosa. Pero nosotros la hicimos nuestra por medio de la ingenuidad. De la voluntad.

—¿O simplemente estamos de paso? —le pregunto.

Sacude un dedo para mostrar su desaprobación.

—La inteligencia es una cualidad que nunca se te ha atribuido.

—La falta de inteligencia —lo corrijo—. Me han dado lecciones de humildad. Y eso da mucho que pensar.

—¿Lo de la caja fue verdad? —pregunta Rómulo—. Hemos oído rumores a lo largo del último mes.

—Fue verdad.

—Indecoroso —dice con desprecio—. Pero deja clara la calidad de tu enemigo.

Su hija ha dejado pequeñas huellas de barro sobre el camino de piedra.

—Gaia no sabía quién era.

Rómulo se concentra en pelar la mandarina en delicadas tiras. Lo satisface que me haya fijado tanto en su hija.

—Ninguno de los niños de mi familia ve holos hasta que cumple los doce. Todos contamos con la naturaleza y la educación para modelarnos. Podrá ver las opiniones de otra gente cuando tenga las suyas propias, nunca antes. No somos criaturas digitales. Somos de carne y hueso. Es mejor que lo aprenda antes de que el mundo dé con ella.

—¿Es ese el motivo por el que no tenéis sirvientes aquí?

—Sí hay sirvientes, pero no necesito que hoy te vean. Y no son de ella. ¿Qué tipo de padre querría que sus hijos tuvieran sirvientes? —pregunta repugnado por la idea—. En cuanto un niño cree que tiene derecho a algo, cree que se lo merece todo. ¿Por qué crees que el Núcleo se ha convertido en una especie de Babilonia? Porque nunca se le ha dicho que no.

»Mira el Instituto al que asististe. ¿Esclavitud sexual, asesinato, canibalismo de compañeros dorados? —Niega con la cabeza—. Propio de bárbaros. No es lo que los ancestros querían. Pero los nucleínos son tan insensibles a la violencia que han olvidado que tiene que tener un propósito. La violencia es una herramienta. Se supone que debe impactar. Cambiar. Sin embargo, ellos la normalizan y la celebran. Y crean una cultura de la explotación en la que están tan autorizados al sexo y al poder que cuando se les dice que no, desenvainan una espada y hacen lo que les parece.

—Tal como han hecho con tu pueblo —señalo.

—Tal como han hecho con mi pueblo —repite—. Tal como le hacemos al tuyo.

Termina de pelar la mandarina, aunque más bien parece que le esté arrancando la cabellera. Divide la pulpa bruscamente por la mitad y me lanza una de las partes.

—No pienso idealizar lo que soy —continúa—. Ni justificar la subyugación de tu pueblo. Lo que les hacemos es cruel, pero necesario.

De camino hacia aquí, Mustang me contó que este hombre utiliza como almohada una piedra del mismísimo foro romano. No es una persona amable, al menos no con sus enemigos, que es lo que soy yo, a pesar de su hospitalidad.

—Me cuesta hablarte como si no fueras un tirano —digo—. Te sientas aquí y piensas que eres más civilizado que los de la Luna porque sigues tu código de honor, porque haces gala de tu moderación. —Señalo la sencilla casa—. Pero no eres más civilizado —le aseguro—, solo más disciplinado.

—¿Acaso no es eso la civilización? ¿El orden? ¿Rechazar el impulso animal en favor de la estabilidad?

Se come la fruta a comedidos mordiscos. Yo dejo la mía sobre la piedra.

—No, no lo es. Pero no estoy aquí para debatir de filosofía o política.

—Gracias a Júpiter. Dudo que estuviéramos de acuerdo en algo.

Me observa con detenimiento.

—Estoy aquí para hablar de lo que los dos conocemos mejor: la guerra.

—Nuestra vieja y fea amiga. —Lanza una mirada hacia la puerta de la casa para asegurarse de que estamos solos—. Pero, antes de que pasemos a ese ámbito, ¿puedo hacerte una pregunta de carácter personal?

—De acuerdo.

—¿Sabes que mi padre y mi hija murieron en tu Triunfo en Marte?

—Sí.

—En cierto sentido, es lo que dio comienzo a todo esto. ¿Viste cómo sucedía?

—Sí.

—¿Fue como dicen?

—No me atrevería a suponer quiénes lo dicen ni qué dicen.

—Dicen que Echo au Severo-Julii le pisó la cabeza a mi hija hasta reventársela. Mi esposa y yo deseamos saber si es verdad. Es lo que nos contó uno de los pocos que consiguieron escapar.

—Sí —contesto—. Es verdad.

La mandarina le gotea en los dedos, olvidada.

—¿Sufrió?

Apenas recuerdo ver a la chica en aquel momento. Pero he soñado con esa noche cien veces, las suficientes para desear que mi memoria fuera más débil. La muchacha de cara plana llevaba un vestido gris con un broche del dragón relampagueante. Intentó dar la vuelta a la fuente corriendo. Pero Vixus le sajó los tendones de las pantorrillas al pasar a su lado.

La chica se arrastró por el suelo, sollozando, hasta que Echo la remató.

—Sí. Durante varios minutos.

—¿Lloró?

—Sí. Pero no suplicó.

Rómulo se queda mirando la verja de hierro mientras los remolinos de polvo de azufre bailan por la llanura yerma que se extiende más allá de la tranquilidad de su casa. Conozco su dolor, la horrible y apabullante tristeza de amar algo hermoso solo para verlo hecho trizas por la dureza del mundo. Su hija creció aquí, amada, protegida, y luego salió a correr una aventura y conoció el miedo.

—La verdad puede ser cruel —dice—. Aun así, es la única cosa de valor. Te doy las gracias por ello. Yo también tengo una verdad. Una que creo que no te gustará…

—Tienes otro invitado —digo. Se queda sorprendido—. Hay unas botas en la puerta. Abrillantadas para un barco, no para un planeta. Hace que el polvo se pegue a ellas de una manera terrible. No me siento ofendido. Lo supuse al no reunirte conmigo en el desierto.

—Entiendes por qué no pienso tomar una decisión a ciegas o impetuosamente.

—Sí.

—Hace dos meses, no estuve de acuerdo con el plan de Clarke para negociar la paz. Se marchó motu proprio con el apoyo de los que se habían asustado por nuestras pérdidas. Yo creo en la guerra solo en cuanto herramienta política efectiva. Y en aquel momento no pensaba que estuviéramos en una posición de fuerza para sacar algo de nuestra guerra sin conseguir al menos una o dos victorias. La paz era otra forma de subyugación. Mi lógica era sólida, nuestras armas no. No obtuvimos esas victorias. El emperador Fabii es… eficiente. Y el Núcleo, por más que desprecie su cultura, genera muy buenos asesinos con muy buenos suministros y apoyos logísticos. Estamos luchando cuesta arriba contra un gigante. Ahora, tú estás aquí. Y con la paz puedo lograr algo que no conseguí con la guerra. Así que debo ponderar mis opciones.

Quiere decir que puede utilizar mi presencia como palanca para exigir a la soberana mejores condiciones de las que le habría ofrecido si la guerra hubiera seguido adelante. Es descaradamente interesado y egoísta. Sabía que era un riesgo que corría cuando tomé este rumbo, pero tenía la esperanza de que, después de un año de guerra con Abby, estuviera crispado y quisiera vengarse de ella. Pero, al parecer, por las venas de Rómulo au Raa corre una sangre especialmente fría.

—¿A quién ha enviado la soberana? —pregunto.

Se recuesta contra el respaldo con expresión divertida.

—Adivina.