Los personajes le pertenecen a Meyer.

Bella dama.

El tiempo no pasa entre los dos.


—Soy viudo.

—Oh.

Bella abre los ojos desmesuradamente, mientras sostiene un trapo de limpieza.

—Por mi culpa ella está muerta.

Se acerca sin timidez. Edward parece no darse cuenta la proximidad de Isabella. Mira a alguna parte, Bella cree que a su pasado.

—Era una chica excepcional, realmente. Creo que jamás conoceré a alguien como ella, inteligente, muy inteligente, toda una dama.

La mucama frunce el ceño, siente la afirmación vívida, pero no con toda la emoción de un hombre enamorado de un fantasma, es como si se refiriera a una amiga muy querida. Va a abrir la boca para decir algo, pero se calla, tiene miedo de meter la pata y decir algo inapropiado.

— ¿Hace mucho?

—Tres años.

Ella respira, bueno al menos no tuvo sexo con un hombre cuya esposa aún está tibia en la sepultura. Se da una bofetada mental, esa no es la manera Bella, no es la manera, ese hombre siente esa muerte y tú piensas siempre mal.

—Lo siento mucho.

Él voltea y le da una leve sonrisa.

— ¿Has perdido a alguien, Bella?

Mucha gente, responde mentalmente.

—Mi madre.

Contesta parcamente. Ambos se miran a los ojos, en ese momento se conectan de una forma irreversible.

—Mi madre murió cuando era un adolescente, es terrible.

—Sí, las madres no deberían morir.

—Jamás.

Por un segundo todo queda en silencio, en las afueras del hotel se escucha la sirena de una ambulancia, y el motor ruidoso de una moto. Todo es eso: un ruidoso mundo que debería descansar.

Bella se siente incómoda, tiempla sus labios y mira hacia los lados, no sabe qué hacer. Siente entre sus manos el limpión de aseo y lo pone contra su pecho, gira sobre sus talones y va hacia su trabajo. Edward tras ella tiene aquella sensación de desasosiego, pues ha sido por primera vez en muchos años íntimo con alguien.

Se llena de culpa ¿por qué le cuenta todo aquello a alguien que es casi una desconocida? Quizás en eso reside su confesión. En que la mujer es una total desconocida y no tiene con ella un compromiso real.

Por dos horas Isabella hace su trabajo, cambia las sabanas y coloca unas nuevas de lino blanco, se asegura que éstas no tengan una sola arruga al tenderlas, a él no le gustan. El olor que ellas desprenden es tan agradable, limpio y costoso. Recuerda lo que era dormir en ese tipo de sabanas, la sensación de belleza y pureza eran maravillosos, dormir así en medio de un olor hermoso era sentirse cerca de algo perfecto. Se esmera porque esa cama quede muy bien. Le debe a ese hombre su trabajo y vida. Después limpia el mobiliario e intenta no hacer ningún ruido, él lee, escribe con rapidez y su laptop tiene más de cuatro ventanas abiertas donde imágenes, música extraña y un sinfín de conocimiento está para que Edward los mire. Siente tanta curiosidad, pero aunque hubo entre los dos ese espacio donde solo eran dos personas, hombre y mujer hablando, ella con su trapero en mano se pone en posición de empleada.

Guarda todo resto de suciedad, llama a una de las mujeres que le ayudan en el piso y pide unas cortinas limpias que traen en menos de cinco minutos, limpia cada rincón con la presteza de una hormiguita trabajadora. Va hacia el enorme y costoso baño y pule baldosa por baldosa. Cambia el papel de baño, los jabones, y organiza los implementos de aseo. Teme agarrar algo personal, pero no puede evitar mirar como todo está muy limpio. La ropa del día anterior que se supone irán a la lavandería están dobladas sobre las canasta con una delicadeza casi femenina. Toma el pantalón, la camisa, y el bellísimo abrigo negro y va hacia el recipiente donde pone la ropa que debe ser lavada. Algo cae a sus pies, es su billetera, una leve sonrisa aparece, puede ser un hombre muy ordenado pero aquello de dejar su dinero o algo personal en los bolsillos es muy típico de los hombres, y mucho más de alguien que vive en soledad. Mira hacia puerta, se siente mal, no sabe si llamarlo, colocar su billetera sobre la mesa o simplemente dejarlo en el lavamanos donde él pueda verlo.

Como una chica haciendo una pilatuna agarra la costosa billetera de cuero negro, la cual tiene dos letras E. C. labradas en oro sobre el dorso. La aprieta ¡Dios! ¡Qué miedo! Tiene tantas ganas de husmear que se siente divertida y a la vez culpable ¡No seas chismosa, Bella! Se dice, eso es asqueroso, es la privacidad de ese hombre ¿qué diría si te ve haciendo eso? Seguramente me gritaría, pensó. El hombre tiene un carácter endemoniado y se arrepentirá de haberte salvado el culo, Isabella Swan.

Será una buena niña, sí señor, una buena niña que no le gusta meterse en los asuntos de los demás. Con resolución pone la billetera sobre el lavamanos de mármol gris y resopla con orgullo de sí misma.

¡Mierda! ¡Estoy orgullosa de mí!

Pero un diablillo juguetón la empuja desde su interior ¡Puto yo chismoso! Y sin medir consecuencias abre la lujosa cartera de cuero. ¡Ah! Quiere gritar, pero cierra la boca y abre los ojos ante ese tesoro que allí se encuentra, siente los ojos de su madre encima que le dicen que eso no se hace.

Lo siento, mami, mañana seré una buena niña católica.

Todo es igual a él, nada hay fuera de lugar, el compartimento interior tiene dos billetes de cien dólares, un papel de compra; cuarenta dólares por un libro, dos plumas, y un lápiz de dibujo ¿lápiz? ¡Señor que el tipo no sea también pintor! ¡Faltaba más! En los pequeños compartimentos había un sinfín de tarjetas, muchas de ellas de crédito que Isabella conocía muy bien, pues ella también las había usado en su vida anterior, una de ellas con un cupo de más de un cuarto de millón de dólares. Sabía que el tipo era rico, pero tener una tarjeta negra centurión era tan solo para gente de grandes fortunas. Pasó de largo por ella sin sentir la nostalgia o la envidia de algo que ella ya no tenía, esa época de su vida ya no existía, y le gustaba su sencilla tarjeta débito donde su dinero, aunque poco, le pertenecía. Allí estaba la tarjeta del seguro social británico; sin miramientos la observó, Edward Anthony Cullen, nacido el veinte de Julio de 1985 ¡Era muy joven! Vuelve su mirada hacia el salón, y lee los pocos datos personales que en ella están, antes de guardarla mira la foto y entorna los ojos, el primer ser humano que sale perfecto en una foto de frente ¡No es justo! Tarjetas de todo, seguros, no licencia de conductor ¡raro! Quizás como no vive en América no pensó necesitarla, iba a cerrar la billetera pensando que el cabrón hermoso era muy aburrido, pero algo le llamó la atención un bolsillo secreto ¿será que allí guarda los condones? Suspiró, era muy eficiente en ponérselos ¡Carajo! No es hora Bella, no es hora. Lo abrió con delicadeza ¡Fotos! ¿Quién guarda fotos en un mundo tecnológico? Una indescriptible sensación de ternura la invadió, ella solo tenía las fotos de sus padres. Quizás él también guardaba fotos de sus fantasmas.

Oh.

Baja sus hombros decaída, hace una hora le confesó que su esposa y mamá ya no estaban, ahora no siente esa curiosidad morbosa, ahora es algo más, ese hombre maniático tiene alma, y él se niega a ella. Sus fotos secretas, su secreta alma.

Una a una van apareciendo frente a ella, eran muchas, extraño, se dijo. La primera era de una mujer mayor, era reciente, tenía el cabello espeso, con un moderno corte y de color marrón rojizo, sonreía a la cámara y sus ojos de un color verde oscuro parecían brillar, ella sonreía y su labial que hacia juego con el cabello mostraba a alguien divertido y vibrante, lo que más le llamo la atención era su forma de estar vestida ¡wow! Blusa con escote profundo y un hermoso collar de piedras de colores, algo le dijo que esa mujer podía ser un ser divertido y alegre.

Seguramente de joven fue a Woodstock y cantó a voz en cuello una canción de The Door, ella le gustó de inmediato.

Pasa a la otra foto, pero ésta cambia la atmosfera de forma radical, no es una foto reciente; Bella mira al reverso creyendo que quizás existe una fecha pero no hay nada. Vuelve a la imagen y una imposible tristeza se traduce en la mujer, ella sonríe, pero no como la anterior, es una sonrisa triste, llena de melancolías, sus ojos parecen perderse en alguna parte y Bella no sabe por qué pero conoce esa mirada. Deja de respirar por un segundo, y su pecho resopla, es la mirada de su madre, repleta de significados tristes. La mujer sufre de esa manera oscura que solo mujeres como mamá Renée lo hacía, esa tristeza que estaba traducida en una melodía o en una vieja película. Se acerca a la foto y busca algo que la acerque a Edward, pero no hay nada allí, es una mujer de cabello muy largo y rubio y de boca delgada y aristocrática, le llama sobre todo la atención su excesiva delgadez.

¿Quién eres? Pregunta ¿por qué mujeres como ésta existían en el mundo? El mundo feo que no las merecía.

Busca a la esposa entre las fotos, debe de estar allí, hay una foto más de la mujer anciana y sigue teniendo aquella cualidad franca que le hace pensar a Isabella que un ser así, nunca puede estar solo. Debe de ser alguien repleto de amigas, pero lógicamente ésta no es la esposa, y la mujer de aspecto triste menos.

Una nueva foto aparece ¡caray! Este hombre es un ser de mujeres, de muchas mujeres ¡Ja! Con lo antipático que es, hace una mueca burlona, sabe muy bien que las mujeres obvian el malgenio de un hombre cuando éste parece un puto ángel. ¡Dios mío! ¿Soy una de esas mujeres? Madurar es la clave, pero ella levanta los hombros, no se casará con él ¡gracias a Dios! Por lo tanto la experiencia estética de tener un ogro con cuerpo perfecto solo se le da a una chica una vez en su vida.

Vuelve a pensar en la esposa muerta ¿Quién sería la heroína para casarse con ese maniático? Y de pronto apareció una chica, no era como las anteriores, es más, parecía alguien en quien un hombre como ese jamás se fijaría. Cabello oscuro y ojos del mismo color. Tenía la mano sobre su mejilla y tenía el aspecto de una chica de colegio de monjas. Su mirada era tímida y precisa ¿podría ser ella la esposa? No podía ser posible, pero con aquel hombre no se podía saber.

Lo escuchó toser, guardó las fotos en los bolsillos de su delantal y colocó rápidamente la billetera sobre el lavamanos, espero un minuto, pero Edward no se movía de la silla, estaba concentrado y parecía perderse en su escritura.

Tomó las fotos, faltaban dos más, pero se sintió mal, de pronto invadir la vida de aquel hombre la hizo sentir sucia, de mala educación y completamente una traidora. Edward la había salvado, tenía su trabajo que ella adoraba y ahora se portaba como una de esas mujeres que ella odiaba.

Sacó las fotos de sus bolsillos, no deseaba ver más, vuelve a tomar la billetera para colocar las imágenes en el lugar secreto. Está nerviosa, se muerde los labios y respira con rapidez. El diablillo que en ella habita le dice, que no es para tanto, sin embargo el ideal de mujer que tiene Bella en mente y por la cual lucha cada día la repele ¡una dama, jamás, jamás haría eso! El pensamiento la impulsa, pero ¡Mierda! Una foto cae y vuela lejos de ella y ésta se mete bajo el closet de toallas del baño.

¡Dios me odia! Y si éste hombre llega y me ve con su billetera abierta y mirando como una metiche algo que no debería, si me mata es lo menos.

Si tira al suelo y extiende su mano hasta los límites de la pared, porque si, la estúpida foto está más allá de lo que su mano pequeña puede alcanzar. Vuelve y lo intenta, pero lo único que hace es lastimarse, quiere llorar.

— ¡Isabella!

¡Mierda! Se golpea la cabeza en una de las puertas del closet.

¡No! se va a dar cuenta, me muero de vergüenza.

Se para rauda, su mano le duele por el esfuerzo, pero lo hace.

—Señor.

Él no sonríe, se quita los lentes y la mira de arriba abajo, hay algo en esa mujer que lo vuelve loco. Hay algo en ella que le parece fascinante, y ahora mucho más, en ese momento tiene las mejillas sonrosadas, un mechón de cabello sobre su frente que la hace anárquica y un brillo sensual en sus ojos que lo hace vibrar. Esa mujer, diferente a sus otras mujeres, diferente a Johana, diferente a Tania.

Tanía…

El solo pensar en ella y en cómo su deseo no ha mermado con los años lo pone triste, sin embargo la mujer frente a él era simplemente atrayente.

Es prosaica, sin educación, y no está al nivel de diosa de su amor de siempre, pero las diferencias entre ambas hacen que algo extraño y fascinante emerja en su cabeza.

—Corre las cortinas, no me gusta escribir con luz eléctrica, al menos que sea necesario.

Bella mira hacia el baño, teme que él se levante y que entienda que ha estado hurgando en su billetera.

Camina con prontitud.

Los ojos de Edward no se despegan de su cuerpo, ve una mujer en sus destellos es ella y es otra, alguien que se levanta desnuda de la cama de su amante, son días de sangre y de miedo, ella ha visto la guerra y la muerte y sin embargo su caminar es ternura y simpleza. El otro que la mira es feliz como un niño que ha visto un hermoso y exótico pájaro turquí. Bella se mueve y se levanta en las puntillas de sus pies y la otra mujer en su cabeza baila para su amante, viven un paraíso interior en una casa vieja donde todo chirrea y el sexo entre ambos hace rugir cada piedra y tabla.

— ¿Cuántos amantes has tenido, Isabella?

Se lo pregunta a quemarropa. No supo por qué lo hizo

Isabella solo piensa en la foto y en la rudeza de semejante pregunta, voltea y su cabello se suelta de su moña cayendo suavemente sobre su espalda, el sol de invierno que se filtra por las cortinas obra una extraña magia en la mente de Edward Cullen.

Es castaño con destellos rojos borgoña que resplandecen en todas partes, y los ojos marrones se tornan de un hermoso color miel, mientras que su piel blanca parece traslucida, parece que puede ver su sangre.

Bella trata de agarrarse el cabello.

Él se queda en silencio.

Ella ha tenido muchos hombres, lo sabe y es fascinante ¿la han amado?

La pregunta queda en el aire y ella lucha con su melena y corre despavorida hacia el baño y lo cierra con prontitud.

El maestro y hombre lógico en él se maldice, pero piensa en las imágenes, metáforas y símbolos que un brillo de luz sobre un cabello aparentemente insulso nacieron en él.

— ¡No soy un poeta!

Se levanta de la silla y va a tomar un vaso de vodka, al otro lado de la puerta hay otra guerra que solo Isabella entiende, se ha metido en la vida de aquel hombre, ha visto cosas de él que no deseaba saber, ha visto las fotos de quienes seguramente son su familia y él ha preguntado en ese preciso momento cuántos hombres han pasado por su vida.

Muchos…y de ninguno tiene una foto. De ninguno ha tenido un buen recuerdo.

Se coloca sus manos en su rostro y comienza a llorar ¡Dios! Tenía que sacar la foto del maldito lugar donde estaba.

Vuelve al piso, no le importa si pierde el brazo, pero debe recuperar la foto. Hace un esfuerzo monumental, alarga sus dedos hasta sentir que éstos se desprenden de su mano y toca la punta de la imagen.

— ¡Por favor!—solloza entre dientes. Vuelve a intentarlo y un fuerte dolor le recorre su brazo. Araña con fiereza para así atrapar la foto, mientras todos sus sentidos están puestos en que Edward no entre. Aguanta la respiración y alarga sus dedos de nuevo, arañando una y otra vez.

¡Sí!

Finalmente agarra la foto, ojala no se haya roto. Lentamente la atrae hacia sí, y la toma con delicadeza, se sienta agotada, recostando su cuerpo en el closet, sentada en el suelo.

Voltea la imagen y queda obnubilada por la mujer que allí está.

¿Es real? No puede ser real, alguien así no existe.

Una diosa rubia quien da la espalda a la cámara y que sin embargo mira por encima del hombro hacia atrás. Vestida de satén rosa, con un escote que llega peligrosamente a la curvatura de su cadera. Su piel es de un color miel lustroso que invita a tocarla. Bella la acerca a su cara, busca en esa mujer un defecto, algo que no armonice, pero nada. Sus ojos azules brillantes tienen un destello casi plata en su centro, y su boca roja carnosa sonríe de medio lado, como burlándose de todos aquellos que la deseen.

Una mujer para alguien como Edward Cullen, no puede ser menos.

Se queda allí por un momento que parece eterno, esa mujer perfecta debe ser alguien con una vida igual de perfecta. No ha sufrido jamás, y debe ver su existencia fluir entre alegrías, jazmines y tardes de sol. No sabe de divorcios, madres muertas o días en que no huele a cloro o desinfectantes.

La envidia.

Esa mujer debe ser respetada por un hombre como Edward Cullen, ella debe entender sus palabras y su jeringonza prepotente.

Quiere ser ella.

Una rabia sorda la infla y se levanta con rapidez, el dolor en su brazo la hace gemir. Guarda la foto en la billetera y traga la hiel que la profunda envidia hizo surgir de su estómago. Lava su cara y enrolla su cabello en la insulsa moña de siempre.

—Ya está todo—le dice media hora después.

El tono de su voz es frío, no lo mira a los ojos ¿cómo puede verla cuando él ha tenido una mujer como la de la foto?

Él está mirando la ciudad, tiene las manos en los bolsillos de su pantalón y tiene una actitud relajada, se ve gacho, y su estatura se pierde frente al azul cobalto del atardecer.

—No soy de preguntas personales, Isabella, ni siquiera en mi trabajo como periodista.

Ella no contesta, observa que no ha tocado su alimento, pero no dice nada, no está a ese nivel de intimidad.

Agarra sus cosas, mira hacia el baño, algo extraño se quedó en ese lugar, ella tirada en el suelo, intentando atrapar una foto de alguien que desconoce y que sin embargo se burla de ella, se burla desde su perfectibilidad.

—Quiero volverle a agradecer lo que hizo por mí.

Es ahora el que no contesta.

Bella camina con firmeza con su carrito de aseo.

— ¿Sabes?

La voz profunda de acento y dicción perfecta la interrumpe.

¡Déjame ir!

—Nunca he conocido esta ciudad ¿la conoce bien?

—Vivo hace poco aquí.

Él voltea, algo cambió y no sabe qué, es un día extraño, pasó lento, es como si el tiempo se hubiese detenido y no llegara nunca el final. Conoce esos días, su madre siempre hablaba de ello, desecha el pensamiento agitando su cabeza levemente.

—Dicen que es agradable, me gusta el clima.

Bella no entiende hacia donde va.

—Tener mi trabajo te hace ser un ermitaño.

Ella voltea a ver sus libros y el trabajo sobre la mesa.

—No conoce a la gente ¿no es así?—se aleja del carrito y da un paso firme al lado—se supone que los escritores deben conocerla.

Él sonríe con aquella sonrisa maliciosa—eres una pillina, Kate.

Bella se estremece, debe salir de allí, ese hombre la hace peligrar, y ella no es la mujer de imponente belleza para subyugar a Edward Cullen. No lo es.

—No soy ese tipo de escritores, no soy Bukowsky.

Ella rueda los ojos, otro nombre que no conoce.

—El hombre ha nacido para morir—Dice Edward con voz de maestro cruel—¿Qué quiere decir eso? Perder el tiempo y esperar. Esperar el colectivo. Esperar un par de tetas alguna noche de agosto en un cuarto de hotel en Las Vegas. Esperar que canten los ratones. Esperar a que a las serpientes les crezcan alas. Perder el tiempo—recuerda cuando era adolescente y su sueño era ser un forajido sin que nadie lo detuviera, pero no, no fue su vida, su padre lo obligaba a odiarlo y él necesitaba venganza.

—Tetas—Bella responde—esa palabra la conozco.

Ambos sueltan la carcajada, finalmente un viento fresco entra a la habitación del hotel y las manecillas del reloj vuelven a andar.

—Creo que no es buen tiempo para ser escritor, no el que desee ser—de tres grandes zancadas llega al escritorio, su laptop sigue prendida y toda la información que necesita reluce en la pantalla—me falta vivir.

Isabella cierra los ojos, mira hacia el techo y escupe algo que ni siquiera había pensado racionalmente.

—Lo invito a cenar.

¡Di que no! ¡Di que no! ¡Mierda! ¿Por qué no cierras tu bocota?

Edward se para y se enfrenta a ella desde su estatura, la observa profundamente, vivir, como le falta vivir.

— ¿No peligra mi virtud, Kate?

Ella frunce su nariz coquetamente ¡Ah! ¿Pero que me pasa?

—Creo que te la quite hace días.

Hace un guiño travieso.

—Deberías casarte conmigo, restaurar mi honor.

Y de nuevo el aire juguetón, claramente sexual se instala entre los dos. Están conectados, son claramente frío, oscuramente fuego, extrañamente melancolía.

Ella se muerde los labios.

Él respira un aire caliente sobre ella.

Ambos gruñen entre dientes.

—Salgamos de esta habitación, algo va a ocurrir sino salimos de aquí.

Algo como el amor, y ninguno lo desea.

— ¿A las ocho?

—Perfecto.

Bella le dice dónde encontrarla, él dice que usará su GPS.

—Usa un jodido taxi ¡por Dios!

Abre la puerta y respira el aire de ambientador de los corredores, se siente aliviada.

—Bella.

—Si—voltea con reticencia.

— ¿Qué le regalarías a alguien que amas y que lo tiene todo?

Ella…

Isabella suspira.

No lo piensa, sabe la respuesta—algo que solo a esa persona le importe, algo que le diga que la conoces y la amas.

Edward mira hacia el piso y cierra sus ojos con fuerza.

—A las ocho.

—Y no es una cita.

—No, te niegas a casarte conmigo.

Ella sonríe abiertamente.

— ¡Ja! Eres muy feo.

Sale con premura. Se siente liberada del aire enrarecido de esa habitación. Piensa en lo que ocurrió. No puede salir con ese hombre, no lo conoce, no sabe quién es, no entiende porque el destino lo puso frente a ella. De repente siente miedo, no puede enamorarse, no quiere hacerlo, su corazón no lo resistiría. Un hombre como Edward Cullen es fatal, fatal para alguien que solo ha probado mierda, él de otro material, un lento y peligroso veneno.


¡Hola! ¿Cómo están lectoras? Espero que en esta época de profunda crisis todas estén seguras, resguardadas y sanas. Son tiempos complejos, lo sabemos, tiempos de reflexión, y soledad, quizás este espacio aterrador que nos ha dado la tierra no ayude a reflexionar y ser capaz de vernos y ver a los demás. Gracias por esperar, estoy de nuevo aquí, la próxima semana otro capítulo, uno definitivo en esta historia.

Gracias por leer.