42
EL POETA
Monty au Fabii está sentado a una mesa de piedra en un huerto que se extiende a un costado de la casa, terminándose un postre de tarta de queso con bayas de sauco y café. El humo de un amenazante volcán enano se eleva hacia el horizonte del crepúsculo con la misma indolencia que el vapor de su tacita de porcelana. El emperador deja de observar las volutas de humo para vernos entrar. Está imponente con su uniforme negro y dorado: esbelto como una espiga de trigo estival, con los pómulos altos y los ojos cálidos, pero el rostro distante e inflexible. A estas alturas ya podría lucir una docena de insignias de guerra en el pecho. Pero su vanidad es tan profunda que considera la afectación un signo de grosera decadencia. La pirámide de la Sociedad, que vuela con alas de emperador a uno y otro lado, le marca ambos hombros; una calavera dorada con una corona le sobrecarga el pecho: el emblema de la brigada del Señor de la Ceniza. Monty deja su taza sobre la mesa con delicadeza, se seca los labios con la esquina de la servilleta y se pone en pie, descalzo.
—Lexa, ha pasado una eternidad —dice con una elegancia tan cortés que casi podría convencerme a mí mismo de que somos un par de viejos amigos que se reencuentran tras una larga ausencia.
Pero no me permitiré sentir nada por este hombre. No puedo consentir que obtenga el perdón. Octavia estuvo a punto de morir por su culpa. Titus no se salvó. Ni Charles. ¿Y cuántas personas más habrían fallecido si yo no hubiera dejado que Raven abandonase la fiesta antes para buscar a su padre?
—Emperador Fabii —contesto con un tono de voz neutro.
Pero tras mi fría bienvenida se oculta un corazón doliente. En su rostro, sin embargo, no hay ni el más mínimo rastro de pesar. Quiero que lo haya. Y, al darme cuenta de eso, me percato de que aún quiero a este hombre. Él es un soldado de su pueblo. Yo soy un soldado del mío. No es el villano de su historia. Es el héroe que desenmascaró a la Segadora. Que derrotó a la flota Augusto-Telemanus en la batalla de Deimos la noche posterior a mi captura. No hace estas cosas por sí mismo. Vive por un objetivo tan noble como el mío. Su pueblo. Su único pecado es amarlo demasiado, como es típico en él.
Mustang me mira con preocupación, consciente de todo lo que debo de estar sintiendo. Me preguntó por él durante la travesía desde Marte. Le dije que Monty no significaba nada para mí, pero las dos sabemos que no es verdad. Ella está conmigo ahora. Me sirve de anclaje entre estos depredadores. Sin Mustang podría enfrentarme a mis enemigos, pero no me aferraría tanto a mí misma. Sería más oscura. Estaría más llena de ira. Doy gracias por tener a mi lado a personas como ella para afianzar mi espíritu. Si no fuera así, me temo que mi propia alma huiría de mí.
—No puedo decir que sea un placer volver a verte, Monty —le dice ella para desviar la atención de mí—. Aunque me sorprende que la soberana no haya enviado a un político para tratar con nosotros.
—Lo hizo —replica Monty—. Y le devolvisteis a Moira convertida en un cadáver. La soberana se sintió muy dolida por ello. Pero tiene fe en mis armas y en mi juicio. Al igual que yo tengo fe en la hospitalidad de Rómulo. Gracias por la comida, por cierto —le dice a nuestro anfitrión—. Nuestra cantina es lamentablemente militarista, como podrás imaginar.
—Son las ventajas de ser el dueño de un granero —contesta Rómulo—. Los asedios nunca te hacen pasar hambre.
Nos hace un gesto para que tomemos asiento. Mustang y yo ocupamos los dos que hay frente a Monty, mientras que Rómulo se sienta a la cabecera de la mesa. Las otras dos sillas que hay a su derecha y a su izquierda están ocupadas por el archigobernador de Tritón y una anciana encorvada que no conozco y que luce las alas del emperador.
Monty me mira.
—Me alegra saber, Lexa, que al fin estás participando en la guerra que tú misma comenzaste.
—Lexa no es responsable de esta guerra —replica Mustang—. Tu soberana sí.
—¿Por imponer el orden? —pregunta Monty—. ¿Por obedecer el Pacto?
—Vaya, esto es nuevo. La conozco un poquito mejor que tú, Poeta. Esa arpía es una criatura ruin y codiciosa. ¿Crees que la idea de matar a Harper fue de Indra? —Espera una respuesta. No la obtiene—. Fue de Abby. Fue ella quien le dijo que lo hiciera a través del intercomunicador que llevaba en la oreja.
—Harper murió por culpa de Lexa —asegura Monty—. De nadie más.
—El Chacal presumió ante mí de haber matado a Harper —le digo—. ¿Lo sabías? —Monty no parece impresionado por mis palabras—. Si la hubiera dejado en paz, Harper habría sobrevivido. Pero él la mató en la parte trasera del barco mientras los demás luchábamos por nuestras vidas.
—Mentiroso.
Hago un gesto de negación con la cabeza.
—Lo lamento, pero la culpa que sientes en esas tripas delgaduchas no va a desaparecer. Porque es la verdad.
—Me convertiste en un asesino en masa contra mi propio pueblo —dice Monty—. Mi deuda para con mi soberana y la Sociedad por mi papel en la guerra Augusto-Belona todavía no está saldada. Millones de personas perdieron la vida en el asedio de Marte. Millones de personas que no tendrían por qué haber muerto si yo hubiera descubierto tu treta y cumplido con mi deber hacia mi pueblo.
Le tiembla la voz. Conozco la mirada perdida de sus ojos. La he visto en los míos cuando me despierto de una pesadilla y me miro en el espejo bajo la pálida luz del cuarto de baño de ese salón de la Luna. Todos esos millones de personas le gritan también a él en la oscuridad, preguntándole por qué. Prosigue:
—Lo que no soy capaz de entender, Clarke, es por qué abandonaste las conversaciones en Fobos. Unas conversaciones que habrían curado las heridas que dividen a los dorados y nos habrían permitido concentrarnos en nuestra verdadera enemiga. —Me mira con dureza—. Esta mujer quería que tu padre muriera. No desea nada más que la destrucción de nuestro pueblo. Lincoln murió por su mentira. Tu padre murió por culpa de sus estratagemas. Está utilizando tu corazón en tu contra.
—Ahórratelo.
Mustang resopla desdeñosamente.
—Estoy intentando…
—No me trates con paternalismo, Poeta. Aquí el llorón eres tú, no yo. Esto no tiene nada que ver con el amor. Tiene que ver con hacer lo correcto. Y eso no guarda ninguna relación con las emociones. Guarda relación con la justicia, que se apoya en los hechos. —El señor de la Luna cambia de postura, incómodo ante la mención de la justicia. Mustang vuelve la cabeza hacia él—. Ellos saben que creo en la independencia del Confín. Y saben que soy reformista. Y saben que soy lo bastante inteligente para no mezclar ambas cosas o confundir mis sentimientos con mis creencias. Al contrario que tú. Así que, teniendo en cuenta que aquí tus jueguecitos retóricos van a caer en oídos sordos, ¿podemos ahorrarnos la indignidad de enzarzarnos en duelos verbales y hacer nuestras propuestas para terminar esta guerra de una manera u otra?
Monty la fulmina con la mirada.
Rómulo esboza una ligera sonrisa.
—¿Tienes algo que añadir, Lexa?
—Creo que Mustang lo ha explicado todo a la perfección.
—Muy bien —contesta Rómulo—. Entonces expondré mi punto de vista y después os dejaré exponer el vuestro. Ambos sois mis enemigos. Una me ha atormentado con huelgas de trabajadores. Propaganda antigubernamental. Insurrección. El otro con guerra y asedios. Y, sin embargo, aquí, en el borde de la oscuridad, lejos de las fuentes de poder tanto del uno como del otro, me necesitáis a mí, a mis barcos y a mis legiones. Imagino que captáis la ironía. Mi única pregunta es esta: ¿quién puede darme más a cambio? —Mira primero a Monty—. Emperador, comienza, por favor.
—Honorables señores, mi soberana lamenta este conflicto entre nuestro propio pueblo, al igual que yo. Se generó a partir de las semillas sembradas en disputas previas, pero puede terminar ahora si el Confín y el Núcleo recuerdan que hay un mal mayor, más pernicioso, que las pendencias políticas y los debates sobre los impuestos y la representación. El mal de la democracia. Esa noble mentira de que todos los hombres nacen iguales. La habéis visto despedazar Marte. Finn au Augusto ha librado esa batalla noblemente allí en nombre de la Sociedad.
—¿Noblemente? —pregunta Rómulo.
—Eficazmente. Pero aun así la infección se ha extendido. Esta es nuestra mejor oportunidad de destruirla antes de que logre una victoria de la que tal vez no seamos capaces de recuperarnos jamás. A pesar de nuestras diferencias, todos nuestros ancestros cayeron sobre la Tierra en la Conquista. En recuerdo de ello, la soberana está dispuesta a cesar todas las hostilidades. Solicita la asistencia de tus legiones y armada para aplastar la amenaza roja que pretende acabar con el Confín y el Núcleo.
»A cambio, después de la guerra retirará la guarnición de la Sociedad de Júpiter, pero no de Saturno ni de Urano. —El archigobernador de Titán resopla con desdén—. Se involucrará en conversaciones de buena fe en relación con la reducción de impuestos y las tarifas de exportación del Confín. Os concederá las mismas licencias para la minería en el Cinturón de las que disfrutan actualmente las empresas del Núcleo. Y aceptará vuestra propuesta de representación igualitaria en el Senado.
—¿Y la reforma del proceso de elección del soberano? —pregunta Rómulo—. Ella nunca debería haber llegado a ser emperatriz. Es una funcionaria electa.
—Revisará el proceso de elección después de que se hayan nombrado los nuevos senadores. Además, los Caballeros Olímpicos serán nombrados por votación de los archigobernadores, no por orden de la soberana, tal como solicitasteis.
Mustang echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada breve y dura.
—Lo siento. Llamadme escéptica. Pero lo que estás diciendo, Monty, es que la soberana dirá que sí a todo lo que Rómulo pueda querer hasta que recupere una posición en la que pueda decir que no. —Suelta el aire por la nariz cómicamente—. Confiad en mí, amigos, mi familia conoce bien el hedor de las promesas de la soberana.
—¿Y qué hay de Echo au Julii? —pregunta Rómulo tomando nota del escepticismo de Mustang—. ¿La entregarás ante nuestra justicia por el asesinato de mi hija y mi padre?
—Lo haré.
Rómulo está satisfecho con los términos y conmovido por los comentarios de Monty acerca de la amenaza roja. No ayuda que sus promesas parezcan bastante plausibles. Es práctico. No promete demasiado ni demasiado poco. Lo único que puedo hacer para combatirlas es asumir el hecho de que yo les ofrezco una fantasía. Y peligrosa, además. Rómulo me mira, a la espera.
—Dejando el color a un lado, tú y yo tenemos algo en común. La soberana es una política, yo soy una mujer de espada. Mis tratos son de ángulos y metal. Como los tuyos. Esa es la sangre que corre por mis venas. Mi única razón de ser. Fíjate en cómo ascendí entre vuestras filas sin ser uno de los vuestros. Fíjate en cómo conquisté Marte. La Lluvia de Hierro con más éxito desde hace siglos. —Me inclino hacia delante—. Señores, yo os proporcionaré la independencia que os merecéis. No medias tintas. No transitoria. La independencia permanente de la Luna. Nada de impuestos. Nada de veinte años de servicios al Núcleo para vuestros grises y obsidianos. Nada de órdenes de la Babilonia en que se ha convertido el Núcleo.
—Una promesa osada —comenta Rómulo, que muestra la profundidad de su carácter al soportar la ofensa que debe de sentir ante una roja que le promete concederle la independencia.
—Una promesa disparatada —precisa Monty—. Lexa solo es quien es por las personas que tiene a su alrededor.
—Toda la razón —dice Mustang alegremente.
—Y sigo teniéndolos a todos a mi alrededor, Monty. ¿A quién tienes tú?
—A nadie —contesta Mustang con él—. Solo a nuestra querida Echo, que se ha convertido en la marioneta traidora de mi hermano.
Sus palabras dan en el blanco de Monty y Rómulo. Retomo mi discurso para los señores de las Lunas.
—Tenéis el mayor astillero de la historia de los mundos. Pero empezasteis la guerra demasiado rápido. Sin barcos suficientes. Sin combustible suficiente. Pensando que la soberana no podría enviar una flota hasta aquí con tanta rapidez. Os equivocasteis. Pero la soberana también ha cometido un error: el resto de sus flotas, sin excepción, están en el Núcleo defendiendo lunas y mundos del ataque de Orión. Pero Orión no está en el Núcleo. Está conmigo. Sus fuerzas se han unido a los barcos que le robé al Chacal para formar la armada con la que destruiré la Armada de la Espada desde el cielo.
—No tienes suficientes naves para eso —asegura Monty.
—Tú no sabes lo que tengo —digo—. Y no sabes dónde lo escondo.
—¿Cuántos barcos tiene? —le pregunta Rómulo a Mustang.
—Suficientes.
—A Monty le gustaría que creyerais que soy un incendio incontrolado. ¿Acaso parece que me falte control? —Hoy no, al menos—. Rómulo, tú no tienes ningún interés en el Núcleo, al igual que yo no lo tengo en el Confín. Este no es mi hogar. No somos enemigos. Mi guerra no es contra tu raza, sino contra los gobernantes de mi planeta. Ayúdanos a derrotar la Armada de la Espada y obtendrás tu independencia. Dos pájaros de un tiro. Aun en el caso de que no consiga imponerme a la soberana en el Núcleo después de que venzamos al Poeta aquí, aun en el caso de que pierda dentro de menos de un año, causaremos tal daño que Abby tardará toda una vida en reunir las naves, el dinero, los soldados y los capitanes necesarios para cruzar de nuevo los mil millones de kilómetros de oscuridad.
Los señores de las Lunas beben mis palabras. Es posible que ya me los haya ganado. Monty resopla.
—¿De verdad creéis que esta autodenominada liberadora abandonará a los colores inferiores del Confín? Solo en las lunas galileanas hay más de ciento cincuenta millones de «esclavizados».
—Si pudiera liberarlos, lo haría —admito—. Pero no puedo. Lo reconozco y me parte el corazón, porque son de los míos. Pero todo líder debe hacer sacrificios.
Mi afirmación obtiene gestos de asentimiento de los dorados. A pesar de que soy el enemigo, respetan mi lealtad hacia mi pueblo, y también el dolor que debo de sentir. Es extraño percibir tal veneración en las miradas de mis enemigos. No estoy acostumbrada a ello.
Monty también ve esos gestos.
—Conozco a esta mujer mejor que ninguno de vosotros —asegura—. La conozco como si fuera mi hermana. Y es una mentirosa. Diría cualquier cosa con tal de romper los vínculos que nos unen.
—Al contrario que la soberana, que nunca miente —le espeto con sarcasmo, y arranco unas cuantas carcajadas.
—La soberana cumplirá el acuerdo —insiste Monty.
—¿Igual que hizo con mi padre cuando planeó matarlo en la gala el año pasado? —pregunta Mustang mordazmente—. Yo era una de sus lanceras y Abby lo planeó justo delante de mis narices. Y ¿por qué? Porque mi padre no estaba de acuerdo con su política. Imaginaos lo que les haría a unos hombres que realmente se han enfrentado a ella en una guerra.
—Cierto, muy cierto —dice el archigobernador de Tritón golpeando los nudillos contra la mesa.
—¿Y por eso es mejor confiar en una terrorista chaquetera? —pregunta Monty—. Lleva seis años conspirando para acabar con nuestra Sociedad. Toda su existencia es un engaño. ¿Cómo vais a fiaros de ella? ¿Cómo podríais pensar que sois más importantes para una roja que para un dorado? —Monty niega tristemente con la cabeza—. Somos áureos, hermanos y hermanas. Somos el orden que protege a la humanidad. Antes de nosotros, el propósito de la raza era destruir el único hogar que había conocido. Pero impusimos la paz. No permitáis que Lexa os manipule para volver a traer la Edad Oscura que ya fue. Eliminarán todas las maravillas que hemos creado para llenar sus panzas y saciar sus deseos. Tenemos la oportunidad de detenerla aquí, ahora. Tenemos la oportunidad de unirnos una vez más, como siempre hemos debido estarlo. Por nuestros hijos. ¿Qué mundo queremos que hereden?
Monty se lleva una mano al corazón.
—Soy un hombre de Marte. No le tengo más aprecio que vosotros al Núcleo. Los apetitos de la Luna llevan saqueando mi planeta desde mucho antes de que yo naciera. Eso debe cambiar. Y cambiará. Pero no gracias a la espada de Lexa. Ella quemaría la casa para reparar una ventana rota. No, amigos, esa no es la manera de hacerlo. Para cambiar a mejor, debemos mirar más allá de la política actual y recordar el espíritu de nuestra Edad de Oro. Los áureos, unidos por encima de todo.
Cuanto más se alargue esta reunión, más probable será que Monty los convenza de su patriotismo. Tanto Mustang como yo lo sabemos. Yo también sabía que al venir aquí tendría que sacrificar algo. Albergaba la esperanza de que no fuera lo que estoy a punto de ofrecerles, pero sé por la expresión de los rostros de los señores de las Lunas que el mensaje de Monty ha dado en la diana. Temen un alzamiento. Me temen a mí. Es el gran miedo de los Hijos de Ares, el gran error que cometió Raven al hacer público mi proceso de talla y arrastrar a los Hijos a una guerra de verdad. En las sombras, podíamos dejar que se mataran entre ellos. No éramos más que una idea. Pero Monty los ha hecho pensar en la idea que une a todos los señores de la historia: ¿y si los esclavos toman posesión de mi propiedad?
Cuando mi tío me entregó la falce, me dijo que me salvaría la vida a cambio de perder algún miembro. Es algo que les dicen a todos los mineros para que sepan desde el primer día que ponen un pie en la mina que el sacrificio merece la pena. Ahora mismo voy a hacer un sacrificio por el que puede que jamás se me perdone.
—Os entregaré a los Hijos de Ares —digo en voz baja. Nadie me oye por encima del continuo discurso de Monty. Solo Mustang—. Os entregaré a los Hijos de Ares —repito esta vez más alto.
El silencio invade la mesa. La silla de Rómulo cruje cuando este se echa hacia delante.
—¿Qué quieres decir?
—Os he dicho que no tengo ningún interés en el Confín. Ahora lo demostraré. Hay más de trescientas cincuenta células de los Hijos de Ares operando en vuestros territorios —contesto—. Nosotros somos vuestras huelgas en los muelles. Somos los sabotajes en sanidad y la razón por la que las calles de Ilión se llenan de mierda. Aunque me entregues hoy mismo a la soberana, los Hijos te sangrarán durante un millar de años. Pero yo te entregaré todas y cada una de las células de Hijos de Ares del Confín, abandonaré a los colores inferiores de aquí y trasladaré mi cruzada al Núcleo, no volveré a atravesar el Cinturón de Asteroides en toda mi vida si me ayudas a acabar con su maldita flota.
Al pronunciar esas últimas palabras, señalo con un dedo acusador a Monty, que parece horrorizado.
—Eso es una locura —dice el Poeta al notar el efecto que han causado mis palabras—. Está mintiendo.
Pero no miento. He dado órdenes a las células de los Hijos de Ares para que evacúen el Confín. No muchos lo conseguirán. Miles de ellos serán capturados, torturados, asesinados.
Así es la guerra, y el peligro del liderazgo.
—Señores, el emperador os está pidiendo que os dobleguéis —replico—. ¿No estáis ya cansados de eso? ¿De humillaros ante un trono que está a seiscientos millones de kilómetros de vuestra casa? —Asienten—. La soberana dice que soy una amenaza para vosotros. Pero ¿quién ha bombardeado vuestras ciudades? ¿Quién ha masacrado a un millón de vuestros habitantes? ¿Quién retenía a vuestros hijos como rehenes en la Luna? ¿Quién asesinó a tu padre y a tu hija en Marte? ¿Quién quemó toda una luna? ¿Acaso fui yo? ¿Fue mi pueblo? No. Vuestra mayor enemiga es la codicia del
Núcleo.
—Eso sucedió en una época distinta —protesta Monty.
—Fue la misma mujer —gruño, y miro al dorado saturniano sentado a la izquierda de Rómulo, absorto en mis palabras—. ¿Quién quemó Rea? La soberana lo ha olvidado porque su trono le da la espalda al Confín. Pero tú ves el cadáver vidrioso de esa luna todas las noches en tus cielos.
—Rea fue un error —dice Monty, que cae en la trampa que Mustang me ha ayudado a preparar—. Un error que no debe repetirse jamás.
—¿Jamás? —pregunta Mustang para terminar de envolverlo en la red. Se vuelve hacia Vela, que observa la escena desde los escalones de la casa en compañía de varios dorados ionianos más—. Vela, amiga mía, ¿podrías traerme mi terminal de datos, por favor?
—No entréis en su juego —advierte Monty.
—¿En mi juego? —repite Mustang con un tono de voz inocente—. Mi juego son los hechos, imperator. ¿Se pueden utilizar los datos objetivos en esta negociación o solo se permite la retórica? Personalmente, no confío en ningún hombre que tema los hechos. —Vuelve a mirar a Vela, sonriendo a causa de sus propias pullas—. Puedes manejarlo tú misma, Vela. La contraseña es L17L6363.
Mustang se echa a reír ante mi sorpresa.
Vela mira a su hermano.
—Podría enviarle un mensaje a Barca.
—Desactiva mi conexión —sugiere Mustang.
Rómulo le hace un gesto de asentimiento a su hermana. Vela la desactiva.
—Por favor, mira en las carpetas de datos, caché número tres.
Vela obedece. Al principio, la dorada entorna los ojos tranquilos, confundida por lo que está viendo. Luego, mientras lee, se le separan los labios y la piel de los brazos se le pone de gallina. El resto de la pequeña concurrencia observa su reacción con creciente ansiedad.
—Revelador, ¿verdad, Vela?
—¿Qué es? —exige saber Rómulo—. Enséñanoslo.
Vela le lanza una mirada de odio a Monty, que está tan confundido como todos los demás, y le acerca el terminal a su hermano. Rómulo consigue que su rostro permanezca impasible mientras lee los datos y selecciona la información pasando los dedos sobre la pantalla. Estoy utilizando la información de Bellamy en contra de su señora, convirtiendo el regalo del Caballero en una flecha que apunta directamente al corazón de la soberana. Sin embargo, Mustang y yo pensamos que sería mejor hacerles pensar que la información procede de sus agentes, pues le otorgaría a la mentira la credibilidad de la relación de Clarke con Rómulo.
—Proyéctalo —dice Rómulo al lanzarle el terminal de datos a Vela.
—¿Qué es esto? —pregunta Monty enfadado—. Rómulo…
Le fallan las palabras cuando una imagen del asteroide S-1988, parte de la subfamilia Karin de la Familia Coronis en el Cinturón de Kuiper entre Marte y Júpiter, brota en el aire. Rota lentamente sobre la mesa. La corriente verde de datos que aparece debajo detalla el destino de la soberana. Es una serie de comunicados de la Sociedad falsificados que pormenorizan el envío de suministros a un asteroide sin base. Los datos continúan fluyendo, revelando directivas de alto nivel de la Sociedad para «repostar» en el asteroide. Luego muestran las imágenes del barco que hice que se separara de nuestra flota principal para investigar el asteroide mientras los demás nos dirigíamos a Júpiter. Los rojos de mi tío flotan por el oscuro almacén. Los pequeños propulsores de sus trajes guardan silencio en el vacío. Pero sus contadores Geiger, que están sincronizados con sus cascos, crepitan por la cantidad de radiación del lugar. Una cantidad de radiación mucho mayor que la que emiten las cabezas nucleares de cinco megatones que se permite utilizar en el combate espacial.
Rómulo mira a Monty con fijeza.
—Si lo de Rea no debía repetirse, ¿por qué vació tu flota un depósito de armas nucleares antes de venir a nuestra órbita?
—Nosotros no visitamos el depósito —dice Monty, que aún está intentando procesar lo que ha visto y todo lo que implica. Las pruebas son convincentes. Todas las mentiras entran mejor si se sirven con un buen acompañamiento de verdad—. Los Hijos de Ares lo saquearon hace meses. La información está falsificada.
Opera con la información equivocada. Y eso quiere decir que la soberana ha mantenido la traición del Chacal muy en secreto. Y ahora está pagando el precio de confiar en tan poca gente. Monty no está preparado para este debate, y se nota.
—O sea que sí existe ese depósito —señala Rómulo.
Monty se da cuenta de lo devastadora que ha sido su confesión. Rómulo frunce el entrecejo y prosigue:
—Emperador Fabii, ¿por qué habría de existir un depósito de armas nucleares secretos entre la Luna y estos territorios?
—Es información clasificada.
—Debes de estar de broma.
—La Marina de la Sociedad es responsable de la seguridad de…
—Si fuera por seguridad, ¿no existiría entonces una base más cercana? —pregunta Rómulo—. Eso está cerca del borde del Cinturón de Asteroides, en la ruta que una flota de la Luna utilizaría cuando Júpiter está en su órbita más cercana al sol. Como si fuera un alijo preparado para que un emperador lo recogiera de camino a mi casa…
—Rómulo, ya sé lo que parece…
—¿Ah, sí, joven Fabii? Porque da la sensación de que consideras que la aniquilación es una opción contra unas personas a las que llamas hermanos y hermanas.
—Está claro que esta información está falsificada…
—Excepto por la existencia del depósito.
—Sí —admite Monty—. Existe.
—Y las cabezas nucleares. ¿Con tanta radiación?
—Es por razones de seguridad.
—Pero el resto es mentira.
—Sí.
—Es decir, que en realidad tú no viniste a mi casa con armas nucleares suficientes para convertir nuestras lunas en cristal.
—En efecto —confirma Monty—. Las únicas cabezas nucleares que llevamos a bordo son para el combate naval. Un rendimiento de cinco megatones máximo. Rómulo, por mi honor…
—El mismo honor que demostraste cuando traicionaste a tu amiga… —Rómulo me señala—. Cuando traicionaste al honorable Charles. A mi aliado, Augusto. A mi padre, Revus. Ese honor que te llevó a quedarte mirando mientras una matricida sociópata que acepta órdenes de un parricida sociópata le pisoteaba la cabeza a mi hija.
—Rómulo…
—No, emperador Fabii. No creo que continúes mereciendo la confianza de referirte a mí por mi nombre de pila. Dices que Lexa es una salvaje, una mentirosa. Pero ella ha venido aquí con el corazón en la mano. Tú con mentiras. Ocultándote detrás de tus modales y educación…
—Archigobernador Raa, tienes que escucharme. Hay una explicación si…
—¡Basta! —grita Rómulo, que se pone en pie de un salto y estampa su enorme mano contra la mesa—. Basta de hipocresía. Basta de estratagemas. Basta de mentiras, llorón adulador del Núcleo. —Comienza a temblar de rabia—. Si no fueras mi invitado, te lanzaría mi guante y te cortaría la virilidad en el Sangradero. Tu generación perdida ha olvidado lo que significa ser dorado. Habéis abandonado vuestra herencia para amamantaros de la teta del poder, ¿y por qué? ¿Para qué? ¿Para lucir esas alas en tus hombros? Imperator. —Resopla al pronunciar la palabra—. Eres un crío. Me da pena que exista un mundo en el que tú decides si un hombre como Charles au Arcos vive o muere. ¿Es que tus padres nunca te enseñaron nada? —No, no lo hicieron. A Monty lo criaron los tutores, los libros—. ¿Qué es el orgullo sin honor? ¿Qué es el honor sin verdad? El honor no es lo que dices. No es lo que lees. —Rómulo se golpea el pecho—. El honor es lo que haces.
—Entonces no hagas esto… —dice Monty.
—Lo ha hecho tu señora —replica Rómulo con indiferencia—. Si no conseguía forzarnos a agachar la cabeza, nos prendería fuego. Otra vez.
Mustang intenta sin éxito contener una sonrisa mientras Monty ve cómo los señores de las Lunas se le escapan entre los dedos. La refinada voz de Fabii se tiñe de oscuridad. Y me hace añicos el corazón. Pensar que esa voz me defendió una vez. Ahora protege algo mucho menos tierno. Una Sociedad que no se preocupa por él en absoluto. Siempre me había preguntado por qué Titus seleccionaría a Monty para la Casa de Marte. Hasta el momento de su traición, siempre me había parecido la más bondadosa de las almas. Pero ahora el emperador muestra su ira.
—Archigobernador Raa, escúchame con gran atención —dice—. Te equivocas al creer que vinimos aquí con la intención de destruiros. Venimos para preservar la Sociedad. No sucumbas a la manipulación de Lexa. Eres mejor que eso. Acepta los términos de la soberana y puede que tengamos paz durante otros mil años. Pero si escoges su camino, si incumples nuestro armisticio, no habrá clemencia. Tu flota está en las últimas. La de Lexa, dondequiera que esté escondida, no puede ser más que una coalición de desertores en embarcaciones prestadas.
»Pero nosotros somos la Armada de la Espada. Somos la mano de hierro de la Legión y la furia de la Sociedad. Nuestras naves apagarán las luces de vuestros mundos. Sabes lo que soy capaz de hacer. No dispones de ningún capitán que me iguale. Y cuando tus barcos ardan, los caballeros del Núcleo entrarán en tropel en tus ciudades encabezando columnas voladoras y llenarán el aire con tanta ceniza que vuestros hijos se asfixiarán.
»Si traicionas a tu color, al Pacto, a la Sociedad (que es lo que estarías haciendo), Ilión arderá. Te daré a conocer la ruina. Perseguiré a todas y cada una de las personas que hayas conocido en tu vida y exterminaré su simiente de los mundos. Lo haré con pesar en el corazón. Pero soy un hombre de Marte. Un hombre de guerra. Así que debes saber que mi ira no tendrá fin. —Extiende una mano delgada. La boca del lobo de la Casa de Marte está abierta en un aullido silencioso y hambriento—. Acepta mi mano amistosamente por el bien de tu pueblo y por el bien de los dorados. O la utilizaré para construir una era de paz sobre las cenizas de tu casa.
Rómulo rodea la mesa para situarse frente a Monty. La mano de este último sigue tendida entre ambos. Rómulo empuña el filo que llevaba enredado a la cadera y hace que adopte su forma rígida. Su hoja está grabada con imágenes de la Tierra y de la Conquista. Su familia es tan antigua como la de Mustang, como la de Abby. Utiliza esa hoja para abrirse la mano y chupar la sangre escarlata de la herida antes de acercarse y escupírsela a Monty a la cara.
—Esto es un duelo a muerte. Si alguna vez volvemos a vernos, tú serás mío o yo seré tuyo, Fabii. Si alguna vez volvemos a respirar en la misma habitación, uno de los dos dejará de hacerlo. —Es una declaración formal, fría, que tan solo requiere una cosa de Monty. Él asiente—. Vela, acompaña al emperador a su lanzadera. Tiene que preparar su flota para la batalla.
—Rómulo, no puedes dejar que se vaya —dice Mustang—. Es demasiado peligroso.
—Estoy de acuerdo —digo, aunque por otra razón. Yo le perdonaría esta batalla a Monty. No quiero su sangre en mis manos—. Mantenlo prisionero hasta que se acabe la batalla, y luego libéralo sin lastimarlo.
—Esta es mi casa —dice Rómulo—. Así es como nos comportamos. Le prometí un salvoconducto. Y cumpliré mi palabra.
Monty se limpia la sangre y la saliva con la misma servilleta que utilizó para la tarta de queso y se aleja de la mesa en pos de Vela hacia los escalones que llevan al interior de la casa. Se detiene allí antes de volverse para enfrentarse a nosotros. No tengo claro si se dirige a mí o a los dorados allí reunidos, pero cuando pronuncia sus últimas palabras sé que serán para la eternidad:
Hermanos, hermanas, todos,
lamentad que esto haya llegado a pasar.
Junto a vuestra tumba lloraré,
pues yo fui quien vuestra vida terminé.
Monty hace una leve reverencia.
—Gracias por tu hospitalidad, archigobernador. Nos veremos pronto.
Cuando Monty abandona la reunión, Rómulo le da instrucciones a Vela para que lo retenga hasta que yo abandone Ío sana y salva.
—Convoca a mis emperadores y pretores —le dice a uno de sus lanceros—. Los quiero en holos dentro de veinte minutos. Tenemos que planear una batalla. Lexa, si quisieras conectar a tus pretores…
Pero mis pensamientos están con Monty.
Puede que no vuelva a verlo jamás. Que nunca tenga la oportunidad de decirle todas las cosas que se arremolinan ahora mismo en mi pecho.
Pero también sé lo que podría significar para mi pueblo dejarlo marchar.
—Ve —me dice Mustang leyéndome el pensamiento.
Me levanto de golpe, me disculpo y consigo alcanzar a Monty cuando termina de atarse las botas en el jardín. Vela y varios dorados más lo acompañan hacia la verja de hierro.
—Monty. —Titubea. Hay algo en mi voz que lo obliga a volverse para mirarme mientras me acerco—. ¿Cuándo te perdí? —le pregunto.
—Cuando Harper murió —contesta.
—¿Tenías intención de matarme aun cuando creías que era dorada?
—Dorada. Roja. No importa. Tu alma es negra. Harper era buena. Zoe era buena. Y tú las utilizaste. Eres la ruina, Lexa. Les consumes la vida a tus amigos y los dejas destrozados y exangües a tu paso, te convences de que cada una de esas muertes merece la pena. De que cada una de esas muertes te acerca más a la justicia. Pero la historia está plagada de personas como tú. Esta Sociedad no está libre de culpa, pero la jerarquía… Este mundo es el mejor que el hombre puede permitirse.
—¿Y eres tú quien tiene el derecho de tomar esa decisión?
—Sí. Así es. Pero vénceme en el espacio y entonces será tuyo.
