Los personajes le pertenecen a Meyer.
Bella Dama.
Cambio De Piel.
Eran solo las seis de la tarde. Hacía un clima agradable, Isabella caminó unas cuantas cuadras desde la parada del bus hasta su pequeño apartamento.
Le gustaba eso de caminar, ser una mujer independiente le otorgó ese pequeño placer. Caminar le despejaba la mente y le daba una sensación de liviandad que le encantaba.
Abrió la nevera y tomó un poco de té helado, se soltó el cabello y se sentó en la mesa del pequeño comedor de su casa. Había sido un día extraño, una semana extraña, un año distinto. En menos de diez meses todo cambió, su madre murió, se fue de Forks, trabajó por primera vez en su vida y ahora estaba allí en su cocina, tomando de su té comprado por ella y esperando algo que aún no sabía que era. Recordó la época en que casada con Jacob se la pasaba en una especie de sopor perezoso, todo ocurría fuera de ella y lo único que hacía era observar como el tiempo pasaba y ella aún estacionada en una nostalgia por ese pasado de niña loca y desenfrenada. Recuerda también como comenzó a sentir una pequeña comezón de insatisfacción que finalmente la ahogó, y que con ayuda de la atmósfera enrarecida de la familia Black se hizo potente.
Ahora era diferente, su vida era diferente, al menos no dependía de nadie y comprendió que ser un barco varado en una misma orilla la hizo ser una mujer estúpida. Había cambiado de piel, sin embargo aún no se sentía satisfecha.
Por un momento Bella detuvo su fluir interior y todo su cuerpo pareció detenerse también ¿no sería Edward Cullen el que hizo que esa rasquiña de mujer insatisfecha volviera a salir a flote? ¡No! por supuesto que no, no le iba a dar ese triunfo a un hombre. Estudiaba antes de conocerlo, dejó de beber, empezaba a ahorrar antes de conocerlo, quería ser mejor antes de conocerlo, esa insatisfacción se debía a que finalmente a sus casi treinta años era una persona consciente ¡Gracias a Dios! Si, ese cambio era porque era una nueva Bella, había cambiado de piel.
Eso creía.
Bella suspira y ahora parece que todo lo quería arriesgar por una polla grande y dura ¡no! no era de ese tipo. Ya no. Se levanta de la silla, ¿y si en verdad es una mujer inmadura? y ¿si todo es un bla bla bla sin sentido? ¿Y si sigue siendo la mujercilla que Billy Black siempre le echó en cara? ¡Carajo! De repente un deseo de beber un vaso de whisky la ataca, pero desiste agitando fuertemente la cabeza. El hombre era un dios griego, eso estaba claro, el mejor sexo de su vida ¡ay por supuesto! pero no estaba por arriesgar lo ganado por él. Levanta la cabeza con orgullo, ella lo sabía, no tenía quince años y él era un tipo de hombre diferente, ya no estaba para hacerse ilusiones, además no le interesaba hacérselas. Deseaba algo más, más profundo, pero eso ocurriría cuando estuviese segura. No permitiría que un hombre fuese por el mundo creyendo que ella era un ser insignificante necesitado de amor ¡no lo permitiría! Fue esa mujer un día y se odió así misma.
Por un segundo cree que no ir a la cita era lo mejor, le diría que estaba cansada, que se quedó dormida, pero después entiende que debe ir como prueba de que ese hombre no está para perturbar su vida, ni para destrozar sus pequeñas victorias.
¡Que caray! Además Edward Cullen había puesto el culo por ella, y no era una chica desagradecida, sentía por el hombre una gran lealtad, y eso era una de sus pocas cualidades, ser leal. A su mente llegaron los ojos verdes aparentemente fríos que podían congelar a todos, esos gestos duros y hoscos, esa actitud de tigre solitario, esa lengua dura que desgarraba con una de esas palabrejas elegantes. Ese hombre enigmático que despertaba en ella un deseo de levantarse frente a él y darle una bofetada por todo lo que él representaba. Ese hombre era diferente. Hoy lo había entendido. Esposas muertas, tonos suaves, miradas al horizonte y un deseo de aire, se lo dijo.
Miró su reloj, faltaban una hora y media para llegar al lugar donde lo había citado ¡Demonios! ¿Qué me pongo? Sintió aquel pequeño estallido en su pecho, como cuando salía con Jacob ¡soy una chica! Tampoco voy a ir con el uniforme de trabajo. Se llevó la mano a su pecho ¿Por qué no algo bonito? Era una mujer y colocarse un labial, hacerse un lindo peinado y una bonita blusa no era algo tan horrible ¿o sí? Por supuesto que no, era para ella, lo necesitaba, necesitaba que el espejo le devolviera esa imagen de mujer joven y vibrante que era. Necesitaba amarse, y lo estaba haciendo ¿soy bonita? Se preguntó, al instante un fuerte si grita en su interior, pero unos ojos azules platas la traspasan y se burlan de ella.
Hay algo imposible en aquellos ojos congelados en el tiempo, algo que la hace sentirse ínfima e insignificante.
Solo deseó no cruzarse con un ser así en su vida. Ni siquiera Jane Dowell le llegaba a los talones a esa mujer del Olimpo. No sabía el por qué pero si esa mujer llegara a respirar su aire, la odiaría de inmediato. Sonríe con tristeza, no ha dejado de ser la mujer pueblerina con simplezas típicas de alguien que no ha conocido el mundo.
Falta media hora y Bella ya está lista, pasó casi una hora frente al espejo sin saber qué ponerse. No es un cita, se repite, quiere agradar pero no darle una señal equivocada al hombre; el diablillo burlón que vive dentro de ella la increpa ¡Ya te ha visto desnuda, querida, la señal equivocada ya se la diste! Ella rechina entre dientes, es verdad, llegó a tercera base con un hombre, sin siquiera llegar a primera, pero era sexo, no era nada más. Se coloca unos vaqueros ceñidos, con un bello suéter de cuello largo y botas, al observar su imagen inmediatamente sabe que no es la correcta, el pantalón y los zapatos altos dan la impresión equivocada, era demasiado llamativo, diciendo tácitamente ¡estoy de cacería! Y ¡Claro que no! iba a salir con un hombre, con un hombre que ese día le dijo que podía hasta ser su amigo.
Se desnuda inmediatamente, no tiene cosas lindas que ponerse, todo su guardarropa se limita a vaqueros, camisetas, tenis, y el par de botas que iba a utilizar. Los Dolce Gabana, Versace, o Dior que utilizaba siendo la esposa de Jacob quedaron en aquel enorme guardarropa de la mansión donde vivió sus años de matrimonio. Sonríe, todos aquellos miles de dólares para ser una mujer triste que se cubría con lujo y así encubrir que bajo todo eso no existía nada; nada que la llevó a ahogarse en alcohol, en llanto, viendo como su vida se deslizaba hacia el vacío.
Se estremece y el dolor en su vientre se hace presente, el dolor y la muerte.
¡Bella, es pasado, pasado! ¿No te basta toda la culpa que bebiste por años? Sacude su cabeza como siempre cuando desea desechar aquellos pensamientos que la desgarran.
Vuelve a su pequeño guardarropa, busca algo que pueda ponerse, de pronto en el fondo de su armario ve la pequeña maleta de cuero color marrón que era de su madre. Se estremece, era lo poco que trajo con ella. Alarga el brazo y toca la superficie de la maleta, que bonitos recuerdos le trae aquello, su mamá cuidaba aquel maletín, en su época era hermoso y ella lo cuidaba como un tesoro. Renée lo abrazaba con fuerza, para ella significaba esperanza, sus deseos de viajar, de andar por el mundo, de huir.
Una lágrima cae por su mejilla, aprieta sus labios con aquel gesto de resignación y baja la cabeza mientras cierra los ojos, de esa manera se conecta con ella casi en una mínima oración. Abre el maletín que huele al perfume de talco que aún persiste en cada una de las prendas que de Renée guarda ¡que buen gusto tenía! Ropa clara, vaporosa, con lánguidas caídas y que la hacían ligera como un hermoso colibrí. Siempre odió la manera de vestir de su hija; Bella, quien durante años creyó que vestir bien era ponerse de todo y que todo brillara como un árbol de navidad.
De allí saca varias prendas y ve la pequeña joya de la corona, una falda de raso color blanco hueso, de cintura alta y que caía amplía hasta las rodillas con unos elegantes bolsillos escondidos a los lados. Solo vio a su madre una vez con ella, Isabella sabía que cuidaba aquella falda al igual que su maletín con la esperanza de verse algún día caminando por Paris, cual Sabrina de la película tomando un helado de vainilla, escuchando un acordeón a lo lejos.
¿Y si…? ¡No! ¿Cómo iba a colocarse algo de su madre? ¡No lo merecía! Pero la falda era hermosa y seguramente le quedaría, no tan bonita como a Renée, pero le quedaría. ¿Me la prestas, mami? Te prometo que la voy a cuidar. Apenas con sus pantis y sostén Bella se mira al espejo, toma la falda con sumo cuidado y se la coloca, tenían la misma talla. El problema era la blusa, su madre siempre se quejó de que no había sido dotada por la naturaleza, decía que daba gracias al cielo que su hija tuviera con que rellenar un sostén. Buscó entre sus cosas y allí estaba una hermosa camisa blanca de seda, lo único de lujo que poseía.
En menos de cinco minutos estaba lista ¡zapatos! ¡Mierda! ¿Cómo no lo había pensado? Ni tacones, ni sandalias, solo tenía tenis y el par de botas ¿cómo una mujer decide comprar tenis y no un lindo par de zapatos altos? Fácil, cuando una mujer decide por la comodidad y, porque ésta inconscientemente busca no ser atractiva y quieren que la dejen tranquila ¡Bella, Bella! ¿Cómo has cambiado? Intempestivamente viene a su mente todas esas chicas ricas que entran al hotel, por lo general para reuniones o cenas entre ellas y siempre visten de tenis acompañadas con vestidos que ella no podrían comprar con su sueldo ¿por qué no? escucha en su cabeza el grito de su madre a quien le habría parecido una herejía que su hermosa falda estuviese siendo acompañada de unos prosaicos tenis ¡mamá! Suelta una risa ¡no es una cita! Se coloca unos hermosos tenis blancos tipo zapatillas, anuda su blusa, se peina su cabello largo y lo sacude, el efecto son unas hermosas hondas que la hacen ver más joven y el maquillaje es básico y simple. Va de nuevo a la maleta y saca de allí unos zarcillos en forma de aros, y vuelve al espejo. Se queda en silencio ¡vaya! Y pensar que en la época de Jake y con todo el cochino dinero nunca lució así ¿Dónde estaba el secreto? El secreto era la falda, el menos es más, el no desear aparentar algo de lo que carecía.
Falta poco, llama un taxi y piensa en la ironía de que a pesar de ser quien es Edward Cullen ella no está nerviosa, no teme meter la pata, porque ¡Dios mío! Ya la había metido con él hasta el fondo. No tiene que fingir, ni pretender nada. Se detiene en la puerta del taxi ¡Carajo! y se enfrenta a un hecho extraño en su vida: va a tener por primera vez un amigo.
Sonrió ante la idea.
Ella suelta la carcajada cuando lo ve allí perdido, él se queda mirándola con ojos empequeñecidos y su boca formando una línea recta dura ¡Ja! Al menos para que se le quite esa actitud de palo que mantiene.
Bella se acerca, su hermosa falda se mueve con ella sinuosamente y su cabello largo la hace sensual y segura.
—No es gracioso, Kate.
Pero ella suelta una carcajada, no puede evitarlo, tan guapo y culto, y parado allí en la esquina del hermoso Ponce City Market. Al lado del lugar favorito de Isabella, donde ricos, dañinos y grasosos hots dogs saturaban el olfato.
—Pues discúlpame, pero esto merece una foto.
Bella hace la pantomima de sacar un celular, pero ve el rostro de ira y terror de su cita que tiene que sostenerse para no caer producto de la risa y al mismo tiempo agarrarlo del brazo para asegurarle que era una broma.
—Eres un ser perverso—una sonrisa tímida sale de su cara—siempre vas a un paso de mí ¿no es así, chica?
— ¡Revolución! ¡Yeah!
— ¡No! ¡Dioses! Ya tengo suficiente con mis estudiantes, todos ellos intentando darme una cátedra sobre el materialismo dialéctico y las luchas de clases, Bella. Me harté de Ches Guevara y Fideles Castro que creen que porque llevan una ridícula boina, o tienen de contrabando tabacos cubanos ya son los nuevos líderes del mundo.
Isabella tiene los labios entre abiertos y la cabeza ladeada ¿qué mierda está diciendo?
— ¿Qué? Nunca entiendo nada de lo que dices ¿es tan difícil hablar como un ser humano normal?
Ella lo regaña con picardía y un poco de impaciencia, el aire está frío, pero es agradable, las farolas de parque dan un aire entrañable y la gente camina de un lado para otro charlando o simplemente de la mano.
—Pues no soy un extraterrestre—tose—británico que es casi igual, pero bueno, no todo mundo es perfecto.
Sonríe.
Bella se hace para atrás y abre los brazos.
— ¿Hiciste una broma?—se tapa la cabeza y mira hacia arriba fingiendo terror—va a explotar el mundo.
Ambos se miran, ella relaja su postura y él la observa profundamente.
—Te ves hermosa.
Bella se suspende, le gusta que fuera de las asfixiantes paredes exista esa espacio donde él no es el hombre rico que puede mandarle y que ella sea una chica cualquiera donde no media el hecho de que es una empleada.
—Gracias.
—Tu estilo es interesante.
Ella rueda los ojos—Tantas palabras y solo puedes decir eso ¿no puedes decir algo mejor? Bella te vez hermosa, guapa, increíble, sexy, follable—ella lo mira con picardía.
—Son demasiados adjetivos, no son nada Isabella, el hecho es que lo hermoso es hermoso y lo que no lo es, no lo es. Es una regla de los escritores, los adjetivos asfixian la esencia de lo que se dice.
Ella arruga la nariz y suspira con paciencia.
—Olvídalo.
Bella camina delante de él, lo hace con gracia, con aire de ¡déjame en paz porque soy espectacular! Edward soterradamente la observa, no la desea en ese momento, solo la mira cómo se mira un diamante en bruto, entre curiosidad e incertidumbre ¿qué hermosa joya podría salir de allí?
La sigue y se empareja con ella en su caminar, mete las manos a su chaqueta, las luces del parque impregnan a la atmosfera un ambiente sutil y acogedor, la gente está sentada en mesas y beben cerveza. Edward antes divertido en un momento vuelve a su actitud de piedra.
—Ay por favor, no te van a infectar.
—No estoy acostumbrado a esto.
La mujer se le para enfrente— ¿no te das cuenta que lo que puede salir por tu boca es a veces tan ofensivo?
— ¿Ofensivo?
Él arruga su ceño, sus ojos verdes resplandecen y sus labios hacen una línea recta que muestra esa parte de él que lo ha hecho tan odiado.
—Oh sí, de esa manera dices soy mejor, de sangre azul y toda esa mierda estúpida.
—Yo no lo hago.
—Lo haces, y es asqueroso.
Ambos se miran en silencio, ella tiene esa actitud terca y combativa, él tiene aquella mueca despectiva que no entiende que existen personas que pueden diferir de él y que tienen todo el derecho.
— ¿Siempre eres así?
— ¿Cómo?
—Tan franca.
Isabella lo duda. No, se contesta. Cuando joven era una miedosa disfrazada de audaz. Durante años cerró su boca y permitió injusticias, y humillaciones, omitió su pensar creyendo que no tenía nada que decir.
—Ahora si lo soy.
—Mi abuela es muy franca, eso me encanta de ella, me hace poner los pies sobre la tierra.
Recordó la fotografía de la anciana, ella era su abuela.
—Pues te digo que lo necesitas todo el tiempo.
Edward se estaciona frente a ella.
—Tengo hambre ¿Dónde quieres cenar?
Bella salta ¡está famélica! Parece que no ha comido durante días. Mira a su alrededor, su nariz se dilata frente al olor de comida chatarra que le encanta.
— ¡Dios! Pensé que no lo dirías— corre hacia una de los puestos de perros calientes que están frente al enorme restaurante de comida llamado Pepe´s. El olor a mostaza la enamora y no puede evitar que su estómago salte de alegría.
—Comida de verdad, Bella.
—Oh no—hace un falso gesto de rabia concentrada—hoy invito yo, y decreto que necesitas cosas reales en tu vida, gente que hable real, que coma cosas de verdad, que se harte, que sienta como la vida te contamina, Edward, que todo esté allí y que te ponga en peligro.
El escritor en él se paraliza, Isabella ha resumido todo el decálogo de un escritor, algo a lo que él le ha huido desde que era adolescente. Sus críticos le achacan eso, su no contacto con lo real, con lo humano, demasiada pompa, demasiado…adjetivo.
—Si me da gastroenteritis te demando, Kate.
—No me digas que tú eres de los que van al baño—vuelve a su actitud divertida.
Él no entiende la broma.
—Pensé que gente como tu jamás cagaba.
— ¡Isabella!
Ella suelta la carcajada, va hacia él y lo toma de la mano—ríe más, Edward, eso también lo hacen la gente real.
Bella ataca dos hot dogs como si estuviera a punto de morir y de último deseo le hubiesen permitido comer sin culpas. Hace sonidos de placer y saborea las salsas con deleite, su lengua pasa por las comisuras de sus labios sin entender que aquel gesto hace que el deseo en Edward palpite por toda su piel y se estacione en su entrepierna. El maestro de una prestigiosa universidad, todo intelecto y mesura odia que esto le pase, es todo racionalidad y contención y que esta mujer tenga sobre él aquel poder, poder donde no media el amor ni la pasión, sino el sexo sin adulterar, puro y animal. Alarga su mano y va hacia los labios de Isabella e intenta limpiar un poco de mostaza en sus labios, ella como un acto reflejo se asusta ante la intimidad de aquel gesto.
—Tranquila, solo quiero limpiar…—y señala sus labios. Ella lo acepta con timidez.
—No has comido nada de tu perro caliente.
Edward mira la comida como si fuese un objeto extraterrestre— ¿es higiénica?
— Mucho, esta gente tiene grandes estándares, no seas tiquismiquis.
Da un enorme bocado, esperaba vomitar al primer mordisco, pero sorprendentemente el sabor se deslizo por su paladar. Su cuerpo se estremeció ante la delicia y vuelve a dar un enorme mordisco. Los ojos marrones de Isabella hacen una pregunta.
— ¿Qué?
— ¿Por qué tanto miedo a la muerte?
Por un segundo él se paraliza, se siente atacado por una pregunta que atenta contra un lugar muy oscuro de sí mismo, pero sabe de alguna manera que ella es muy inteligente y que la pregunta la hace desde una inocencia que él desconoce.
— ¿Qué te hace pensar que le temo a la muerte?
—Porque le temes a la vida, haces tanto ejercicio, comes tan sano, no te acercas a las personas, tu manía de limpieza, de perfección. Mi madre me enseñó que cuando alguien vive en una burbuja donde nadie puede tocarte, eso es temerle a la muerte.
El hombre rehuye la mirada, da un mordisco al perrito caliente y toma un sorbo de gaseosa.
—He estado en campos de guerra, Isabella, Iraq, Afganistán, Siria, la muerte la conozco.
—Si entiendo, pero le temes, no me mientas.
Él decide enfrentarla— ¿a qué le temes tú?
—A todo, pero no puedo ir por el mundo creyendo que si me protejo voy a poder evitar que las cosas pasen.
Un movimiento elegante para levantarse, recoge las sobras de comida y las tira a un bote de basura, está haciendo frío y se arropa con fuerza.
—Quiero caminar.
—Lo siento. No debí preguntar eso.
Se siente ofuscada, quiere agarrar un cuchillo y cortarse la lengua a pedacitos ¡pedacitos!
Caminan con tranquilidad, ella intenta mostrarle la parte de la ciudad que conoce, teatros, museos, cines, todas esas partes a las cuales no tiene acceso.
—De niña solía sentarme frente a un enorme libro que había en casa, era una especie de enciclopedia, muy vieja, ya estaba el Internet, pero el libro era mágico, habían fotos de ciudades, la naturaleza, pero lo que más me gustaba era la de esas actrices de Hollywood de la época dorada, sus vestidos, su maquillaje, todas tan hermosas, todas con sus vidas perfectas.
—No tenían vidas perfectas, Isabella.
—Lo sé, pero yo solo tenía diez años, y siempre creí que yo era el ser más desgraciado del mundo.
El hombre presiente que la vida de aquella mujer está teñida de cosas terribles, sin embargo la enorme fuerza que posee la hizo ser una sobreviviente. Lo evidencia con cada cosa que hace y dice.
— ¿Sigues sintiendo lo mismo?
—No, ya no—se lleva las manos a la boca y sopla para darse calor—hay cosas que me gustaría tener, cosas de las que me arrepiento, daría todo por volver ver a mi madre y decirle que no se preocupe que estoy bien, que a pesar de todo lo que se dijo de mí, voy a lograrlo.
— ¿Cómo se llamaba?
—Renée.
—Nombre hermoso, nombre de una dama elegante.
—Oh sí. Yo fui su decepción, una niña mala y tonta que creyó cosas tontas, me equivoqué en todo—Su rostro se nubla ante el recuerdo. Edward lee en aquella cara los sinsabores de una mujer que entendió tarde que su vida había sido un rastro de malas decisiones e ideas equivocadas. Ella sonríe con melancolía—esta falda es lo único que me queda de ella.
Unas gotas de lluvia comienzan a caer, el frío se hace intenso, y la lluvia pronto hará su aparición de forma rotunda.
— ¿Quieres que tomemos café?
—Me encantaría tomar café.
—Pues vamos, conozco el lugar perfecto.
Edward calla. Teme que lo lleve a un lugar donde los manteles sean de plástico y lo atienda una camarera con un cigarrillo en la boca. Camina junto a ella, las gotas de lluvias son mínimas, augurio de que caerá una fuerte tormenta.
—Es allí—ella señala hacia un lugar, él dirige su mirada hacia allí y lo que ve lo sorprende.
—Me gusta—lo dice, mientras se dirigen a paso acelerado, ya la lluvia dejó de ser tímida y empieza a llover de verdad.
Entran y él ve una hermosa cafetería estilo años cincuenta, donde una rokcola, luces amarillas, y hermosos manteles de cuadros y flores adornan el lugar.
Isabella se sienta con desparpajo, mira la lluvia que cae y se estremece de frío. Edward sin más se quita el abrigo y se lo ofrece, cosa que ella acepta con gusto. El abrigo la envuelve y es cálido, suave y huele a él.
Una camarera muy joven se les acerca y sonríe con ánimo, preguntando que desean.
—Un capuchino, por favor—dice ella—con una enorme rebanada de pastel de cereza.
La chica voltea hacia el hombre y su mandíbula cae ante la imagen del hombre que la observa secamente. Bella sonríe.
—Lo mismo.
La camarera se aleja, pero voltea hacia el hombre y suspira impúdica. Isabella hace un gesto gracioso.
— ¿Siempre tienes esa reacción de las mujeres?
Él frunce las cejas sin entender lo que ella dice.
—Todas quieren tirarte los calzones, por amor de Dios.
— ¿Si?
—Ay por favor, no me vengas con humildades ahora, que no te creo, todas en el hotel hablan de ti, odioso pero hermoso, ese Satanás que puede llevarme al infierno si quiere, mira a Jane Lowell.
—No hablemos de ella, esa mujer la detesto. Y no Isabella, no soy de ese tipo de hombres que van por el mundo creyendo que por ser guapos pueden joder con todas.
Bella lo mira de hito, pero jodes conmigo—Me siento halagada.
—Lo nuestro es diferente, me viste desnudo y no sabía tu nombre.
—Parece el inicio de una novela.
—Es un buen inicio, el problema siempre será el final, todo es impredecible.
Impredecible, esa era la palabra que ambos los definía en ese momento.
La camarera trae los capuchinos y el pastel de cereza. Para la chica Bella no existe, no despega los ojos del adonis de cabello exótico que no está consciente del bamboleo de carnes y el coqueteo descarado. Se queda un momento observándolo como una polilla hipnotizada por la luz. Edward siente que la atmósfera está cargada y levanta su mirada a la mujer, le da una mirada de hielo tan potente que inmediatamente la chica se despabila, es como si un rayo de hielo hubiese entrado en el centro de un volcán en erupción.
Bella niega con la cabeza sutilmente ¿qué pasó entre ella y él que hace posible que en ese momento ambos se estén tomando un capuchino con un pastelito delicioso? ¿Podría ser el sexo? Porque ¡caray! El sexo entre los dos era dinamita pura; recordó como Jacob un día le echó en cara el hecho de que ella era uno de esos polvos que podían hacer adictos a un hombre, pero que después la adicción por su coño era una carga pesada que llevaba para convertirse luego en una enfermedad.
—Nena—Isabella borra aquella imagen de amargura de su cabeza—eso es todo—sonríe con amabilidad—si necesitamos algo te aviso.
La camarera se aleja con una mueca de decepción, sabe lo que la chica siente, ese hombre tiene la terrible habilidad de enfriar las ilusiones con una simple mirada gélida.
Lo ve sorber el capuchino, lo hace lentamente; se oye la lluvia golpear el pavimento. Ambos están en silencio, Isabella se para y va hacia la rokcola y pone algo en ella. Es una mujer de música pop, nada culto o clásico, recuerda que su padre era un adorador de la música, va al álbum de su memoria y busca desesperadamente una canción para el momento, y ¡Bingo! Gary BB Coleman aparece en el aparato de música, pone una moneda y The Sky is Crying suena ¡Mierda! Se siente ganadora, y pensar que durante años esa música era veneno para ella.
Ella camina lentamente, él sigue mirando la lluvia—buena elección, Bella.
Ambos escuchan la guitarra que se desliza suavemente, es la banda sonora perfecta para un día lluvioso en una noche tranquila, donde dos personas desconocidas se sienta a tomar algo dulce dejando atrás quienes son y siendo libres de todo lo que los ata al pasado.
Edward coloca sus manos sobre la mesa, se quita sus lentes y respira profundo— ¿te has arrepentido de algo, Bella?
Ella se sorprende ante la pregunta, pero le parece justa, una hora antes ella lo atacó con la pregunta de la muerte.
—De muchas cosas.
— ¿Cuáles?
Ella recuesta su espalda en la silla de cuero, por un momento mira la lluvia, por primera vez en su vida la llovizna tiene un significado diferente.
—Umm, dejar que la rabia condujera mi vida, no disfrutar de mi niñez.
—No entiendo.
—Quería vivir rápido.
— ¿Morir rápido?
—Tal vez—muerde sus labios—al final querer vivir así no trajo nada, solo era…mierda. A veces quisiera ir atrás y decirle a Bella Swan de catorce años, que no era gran cosa fugarse de la escuela, fumar demasiado, pagar por una identificación falsa para ir a un bar, besar al chico más tonto de la escuela y perder mi virginidad en los casilleros sucios de los jugadores de fútbol.
— ¿En serio?
Ella ríe, encoge sus hombros con desenfado—la historia de la típica chica americana.
—Parece una mala película.
—Querido, soy una mala película.
—No seas tan dura.
—No siento lástima de mí, hice cosas terribles y estúpidas, pero aprendí, de verdad. Lo único que quisiera ahora es…—y se ve sentada con su madre frente al televisor— abrazar a mi madre tomando un rico capuchino con pastel de cereza.
Edward se queda en silencio, también ve a su madre, pero el escenario es diferente, la añoranza es igual.
— ¿Sabes? Hay otra cosa que me gustaría mucho y de la cual me arrepiento totalmente.
— ¿Qué es?—Edward inclina su cuerpo hacia adelante, realmente le interesa lo que aquella mujer aparentemente simple tiene que decir, gente real, emociones reales dicen.
—Estudiar, habría dado todo lo que fuera por ser una gran estudiante, ir a la universidad, tantos años despreciando el colegio y ahora es para mí la salvación, me habría gustado entender lo que dices a veces, poder hablar de política, música, arte, todo eso, a veces me siento tan ignorante de todo y el mundo es eso, señor Cullen, me gustaría ser una dama, que me respetaran.
—No es tarde.
Ella suelta la carcajada—Puedo terminar mi secundaria, pero más allá no puedo, ni siquiera la universidad comunitaria Edward, y en este país eso no es nada. No tengo con que pagar una verdadera universidad.
Entre los dos emerge de nuevo un silencio.
—Lo siento—alarga la mano—Kate, Kate, mi querida Kate, dentro de ti hay una niña pequeña que necesita ser salvada.
— ¿Y tú? ¿No necesitas ser salvado?
—Isabella—sus ojos verdes relampaguean— ¿luzco como un hombre que necesita ser rescatado?, muchos dirían que soy el martillo que deshace la piedra—sonríe misterioso, va hacia un lugar escondido en su mente y su hermoso rostro cambia de forma sombría. De esa manera corta la conversación. Bella presiente que esa alma que en vive en medio de ese páramo, está urgida de prender el fuego.
Ambos miran la lluvia y escuchan la música que se desliza en el aire.
Durante dos horas Bella y Edward hablaron de cosas intrascendentes. Ambos lo necesitaban. La ciudad, perros calientes, el hotel y su rutina, la universidad donde Edward enseñaba, los países que conocía…París. Él lo necesitaba, ella aún más.
Caminaban lentamente, la lluvia había cesado y todo era tranquilo. Las calles húmedas respiraban frescas y los autos pasaban rápidamente por las avenidas.
—Compré el regalo, no fue tan difícil como creía.
Bella se imaginó diamantes, algo para esa mujer de ensueño que vivía suspendida en el tiempo. Una especie de amargura la invadió en ese momento.
—Me alegro.
—Voy a hacer a alguien muy feliz, no puedo esperar para dárselo.
—El secreto de regalar es que dar es más importante que recibir, eso decía mi mamá.
Edward no dice nada, en su pupila algo brilla, parpadea y corre hacia Isabella. Es un hombre de reflejos rápidos, pero no fue suficiente; un auto corría a gran velocidad, pasó sin ver que dos personas caminaban por la acera y sin más ni más levanta una oleada de agua sucia que cae sobre los dos, en el mismo momento en que Edward la atrapa en la cintura tratando de protegerla. Bella grita, un frío la encoge y la hace tiritar, mira hacia arriba y ve a ese hombre con ojos de rabia y tristeza, es cuando ella deja de respirar y mira hacia su ropa, la hermosa falda blanca está llena de barro, agua sucia y aceite. Se estremece y se deshace en el abrazo fuerte de aquel hombre, comienza a llorar como niña pequeña ante la tragedia de la falda de su madre.
Él la entiende, y ella en su interior vuelve a sentir que ha perdido a Renée y que como siempre la defrauda. Presiona el brazo de su acompañante y se suelta aun con lágrimas en los ojos, camina dos pasos como si estuviera ebria para recostarse en la pared de un edificio de un enorme Mall que reflejaba las imágenes de los miles de televisores que proyectaban la felicidad prefabricada.
—La voy a lavar—dice con lágrimas en los ojos—quedará perfecta—limpia el agua salada que corre por sus mejillas.
Edward asiente en silencio ¿por qué las mujeres de su vida son tan fuertes y trágicas?
—Fue una buena noche, Kate, para no ser una cita.
Bella se estremece.
—No soy Kate.
—No, eres Isabella Swan.
Ella empuña un pedazo de su falda que escurre agua, ojala un día de su vida pudiera sentir que puede sobrepasar algo, sobrepasar su tontería, su pasado inútil o la decepción que ella misma sentía. Levanta sus ojos y dirige su mirada hacia aquel hombre, siente rabia, esa rabia que aquella foto de esa mujer perfecta ha sembrado en su alma. Lo ve, a él, a Edward Cullen, hermoso, culto, un hombre inalcanzable, un hombre que solo dará su corazón a una mujer de cabello rubio y ojos azul cobalto. Ella no lo tendrá, su triunfo consiste en haberse acostado con él, tiembla, la ira sorda recorre su cuerpo ¿y por qué no? Jane Lowell con su belleza y millones no tendría algo como eso. Bella solo posee la falda de raso de su madre y esa noche con aquel hombre que pronto se irá y la olvidará.
Se lanza hacia él en medio de la noche fría y lo besa. Parada en puntillas, mojada por la lluvia y ardiendo por dentro lo muerde con furia, agarra su sexo y lo aprieta no tan fuerte que duela, no tan suave que no le dé a entender que lo desea. Es experta, lo sabe, siempre fue buena para el sexo, sexo en los casilleros, o en los asientos traseros, en los baños de los bares, o en las habitaciones de los niños buenos de Forks. Buena, aunque no sintiera nada.
Edward es sorprendido, su boca es molida y mordida por esa boca gruesa que le exige que responda como igual, sabe que ella es un pajarito vulnerable en ese momento y trata de alejarse, sin embargo ella lo retiene.
—No soy víctima, es lo que quiero, no vas aprovecharte de mí, lo quiero, lo quieres tú—hace un esfuerzo y le susurra al oído—soy tuya, ahora, después no lo seré más.
Es una tentación.
Un reto.
Jamás ha tenido una mujer de esa manera, alguien que promete eternidades y adioses al mismo tiempo. Todas sus amantes han deseado algo. No les ha dado nada, ni siquiera Johanna, ella tácitamente fue su más gran tirano; en cambio Bella era toda nostalgia, y toda lejanía.
La toma por la cintura, aprieta con fuerza, sus dedos se entierran en su carne, siente su respiración, su pulso, su cuerpo. Ese hombre que se esconde entre libros, palabras, datos, ese hombre que olvidó ser alguien con sangre en las venas, capaz de emociones, sentimientos, y apegos, que se escuda en toneladas de cultura, emerge en todo su poder. Besa con los labios, muerde con los dientes, folla como si en menos de un parpadeo de Dios el mundo fuese a acabar. No tiene miedo, solo hambre de vivir, quiere saber si puede dejar descansar de la enorme coraza que construyó para no ser lastimado.
Es la noche quizás, o son las calles frías, es la niebla, o la luna que se esconde entre las nubes. Pero los dos se encuentran desnudos en un hotel donde no los conocen, son dos desconocidos que se descubren nuevamente lejos de lo que son. Hombre y mujer, en una noche donde perros calientes, capuchinos, blues y verdades dichas veladamente los une.
Dos meses después….
Isabella se observaba en el espejo. Un vestido blanco de raso antiguo cubría su cabeza, Esme la llamaba desde el otro lado de la puerta y ella con el corazón a punto de saltar de su pecho, y entendiendo que casarse con él era un gran error, buscaba como loca una salida que le permitiera escapar de aquella trampa.
Hola queridas lectoras, un nuevo capítulo, ojala les haya gustado. Quiero decirles que en medio de este drama que el mundo vive, se es licito tener esperanza, quizás esta pandemia sea el aviso que la naturaleza nos quiso dar, decirnos que hemos sido arrogantes, vanidosos y groseros con ella, que no ha faltado más, más humildad, mas lealtad y gratitud. Es impresionante como esas cosas sencillas que antes dábamos por sentado se nos han ido de las manos, besos, abrazos, charlas, los horarios de trabajo, el aire libre, la sensación de que no estamos atrapados y que el horizonte nos pertenece, sin embargo ahora no es así. Las invito a todas a apreciar eso, la amistad, la charla, las cosas simples, amar a la naturaleza y brindarle el respeto que se merece, es una época de consciencia planetaria, donde los antiguos paradigmas están hoy en desuso y unos nuevos retos nos llaman a enfrentarnos con más amor, tolerancia y respeto.
Gracias a todas, las lectoras que dejan comentarios, a las fantasmas de mi corazón, a las que me acompañan en esta historia, ya empezamos con lo bueno ¿se imaginan ese matrimonio? Muajajajaja.
Besos y abrazos desde mi baticueva.
