43
VIVIRLO DE NUEVO
La mano de Mustang gotea sangre.
Las voces de los niños llenan el aire.
—Hijo mío, hija mía, ahora que sangráis, no conoceréis el miedo.
Una joven virgen con el pelo blanco y los pies descalzos camina sobre los paneles de metal entre las hileras de gigantes arrodillados, cargada con una daga de hierro empapada de sangre dorada.
—Ni la derrota.
Una armadura dorada grabada con las hazañas de sus ancestros. La capa del chico tan inocente como la nieve.
—Solo la victoria.
La chica hace un corte en la mano ya herida de Rómulo au Raa, que tiene los ojos cerrados.
Su armadura de dragón es tan blanca y lisa como el marfil, y con la otra mano agarra la de su hijo mayor. El muchacho no tiene más de diecisiete años, acaba de ganar este año en el Instituto de Ganímedes. Sus ojos destellan, salvajes, por la emoción del día. Ojalá su intrépida alma joven supiera lo que lo espera después de esto. Su prima mayor está arrodillada junto a él, con la mano apoyada sobre la rodilla del chico. A su lado, su propio hermano. La familia forma una cadena a lo largo del puente.
—Vuestra cobardía se evaporará.
Detrás de la chica, caminan más niños cargando con los estandartes de los dorados: un cetro, una espada y un pergamino coronado con un laurel.
—Vuestra rabia arde con fuerza.
Levanta la daga chorreante ante Kavax au Telemanus y su hija pequeña, Thraxa, una chica rechoncha, con el pelo desastrado, la cara llena de pecas, la risa de su padre y la bondad simple de Lincoln.
—Levantaos, hijos de Ilión, guerreros de oro, y llevad con vosotros el poder de vuestro color.
Doscientos pretores y legados dorados se ponen en pie. Mustang y Rómulo encabezándolos, flanqueados por los Telemanus y la Casa de Arcos. Mustang levanta la mano y se extiende la sangre por la cara. Doscientos asesinos la imitan, pero yo no. Yo lo observo todo desde un rincón con Sefi. Los cuerpos de oficiales combinados de mis aliados dorados honran a sus ancestros. Reformistas marcianos, tiranos del Confín, viejos amigos, viejos enemigos atestan el puente del buque insignia de Mustang, el acorazado Dejah Thoris, de doscientos años de antigüedad.
—La batalla de hoy va a decidir el futuro de nuestra Sociedad. Si vivimos bajo el dominio de una tirana o si forjamos nuestro propio destino. —Mustang enumera la lista de enemigos para la caza del día—. Monty au Fabii, Escipia au Falce, Echo au Severo-Julii, Ciriana au Tanus. Cardo. Son vidas buscadas.
Ya he pasado por esto, ya he sido testigo de esta bendición, y no puedo evitar pensar que volveré a presenciarla. No ha perdido ni un ápice de lustre. Ni un ápice de la majestuosidad de la que tanto gusta este pueblo extraordinario. Van a la muerte no por el valle, no por amor, sino por la gloria. Nunca hemos visto una raza como la suya, y nunca volveremos a verla. Después de meses rodeado de Hijos de Ares, veo a estos dorados más como ángeles caídos que como demonios. Hermosos, cruzando el cielo con su intenso resplandor antes de desaparecer en el horizonte.
Pero ¿cuántos más días como este pueden permitirse?
En los pasillos de nuestros enemigos, Monty recitará nuestros nombres y los nombres de mis amigos. El que mate a la Segadora, obtendrá una gloria sin fin, recompensas y fama. Me perseguirán bestias jóvenes de hombros anchos y ojos furiosos recién salidas de las salas de las escuelas del Núcleo. Preparadas para crearse un nombre.
También me acosarán los viejos legionarios grises. Los que ven mi rebelión como la gran amenaza contra la madre Sociedad. Contra esa unión que han amado y por la que han luchado durante toda su vida. Y los obsidianos me buscarán, liderados por señores que les han prometido rosas a cambio de mi cabeza. Tratarán de dar con mis amigos. Pronunciarán el nombre de Raven, y el de Mustang, y el de Ragnar, porque ellos todavía no saben que ya no está con nosotros. Querrán atrapar a los Telemanus y a Octavia, a Orión y a mis Aulladores. Pero no lo conseguirán. Hoy no.
Hoy soy yo la que caza.
Continúo contemplando a mis aliados dorados. Estoy revestido de metal militarizado.
Dos metros veinte de altura, ciento sesenta kilos de muerte con una armadura de pulsos de color rojo sangre. Llevo la falce enredada en el avambrazo derecho, justo por encima de la muñeca. En la mano izquierda llevo un puño de pulsos. Hoy voy equipado para los enfrentamientos en pasillos, no para moverme con rapidez. Sefi tiene un aspecto tan monstruoso como el mío, ataviada con la armadura de su hermano. Sus ojos transmiten odio al mirar a esta hueste de enemigos. Mis aliados tenían que verla. Tenían que verme. Saber sin el más mínimo asomo de duda que la Segadora está más viva que nunca. Muchos marcianos cayeron conmigo en la Lluvia de Hierro. Algunos me miran con odio. Otros con curiosidad. Y otros —muy pocos— me saludan. Pero la mayoría rezuman un desprecio que jamás desaparecerá. Por eso he traído a Sefi conmigo. Ante la falta de cariño, una pizca de miedo no irá mal. Tras enterarme de la noticia de que la flota de Monty ha emprendido su viaje desde Europa, me despido de Rómulo y de la camarilla de pretores que nos han ayudado a diseñar el plan de batalla. El apretón de manos de Rómulo es firme. Hay respeto entre nosotros, aunque no cariño. En el hangar, le digo adiós a Mustang y a los Telemanus. El suelo vibra a causa de las lanzaderas que llevan a cientos de Marcados como Únicos de vuelta a sus naves.
—Parece que siempre nos estamos despidiendo —le digo a Kavax después de que el gigante le diga adiós a Mustang levantándola del suelo con la misma facilidad que si fuera una muñeca y besándole la cabeza.
—¿Despidiéndonos? No es una despedida —ruge con una sonrisa llena de dientes—. Gana hoy y simplemente se convertirá en un hola muy largo. Creo que aún nos queda mucha vida por delante a los dos.
—No sé cómo darte las gracias —le confieso.
—¿Por qué? —pregunta Kavax confundido, como de costumbre.
—Por la bondad… —No sé qué más decir—. Por cuidar de mi familia cuando ni siquiera soy una de los vuestros.
—¿Una de los nuestros? —Su rostro rubicundo se entristece—. Una idiota. Hablas como una idiota. Mi hijo te convirtió en uno de los nuestros. —Desvía la mirada hacia el otro lado del hangar, donde Mustang habla con una de las nueras de Charles cerca de un transportador—. Ella te convierte en una de los nuestros. —No consigo evitar que las lágrimas me resbalen por las mejillas—. Y si mandamos al cuerno todo eso, digo que tú eres una de los nuestros. Así que eres una de los nuestros y punto.
Deja que Sófocles baje de un salto al suelo.
El animal da unas vueltas a mi alrededor y se encarama a una de mis piernas para sacar algo de una de las junturas de mi armadura. Una gominola. Thraxa, detrás de su padre, se lleva un dedo a los labios. Los ojos del gran hombre se iluminan.
—¿Qué nueva delicia has encontrado, Sófocles? ¡Vaya, una de tus favoritas! De sandía. —El zorro regresa de un salto a su hombro—. ¿Ves? También cuentas con su bendición.
—Gracias, Sófocles —digo, y estiro la mano para rascarlo detrás de las orejas.
Antes de marcharse, Kavax me estruja en un abrazo.
—Cuídate, Segadora. —Sube la rampa con dificultad—. ¿Pescas? —me grita antes de haberse alejado siquiera diez metros.
—¿Qué?
—¿Los rojos pescan?
—Yo nunca lo he hecho.
—Un río atraviesa mi hacienda de Marte. Iremos allí, tú y yo, cuando todo esto acabe. Nos sentaremos en la orilla, lanzaremos las cañas y te enseñaré a distinguir un lucio de una trucha.
—Yo llevaré el whisky —digo.
Me señala con un dedo.
—¡Sí! Y beberemos juntos. ¡Sí!
Desaparece en el interior del barco rodeando a Thraxa con un brazo y gritándoles a sus otras hijas que acaba de presenciar un milagro.
—Creo que es posible que sea el que más suerte tiene de todos nosotros —le digo a Mustang cuando se acerca a mí desde atrás para ver partir la embarcación de los Telemanus.
—¿Queda ridículo que te pida que tengas cuidado? —me pregunta.
—Prometo que no haré nada imprudente —contesto guiñándole un ojo—. Tendré a los valquirios conmigo. Dudo que nadie quiera enzarzarse con nosotros durante mucho tiempo.
Mustang mira por encima de mi hombro hacia Sefi, que espera junto a mi propia lanzadera admirando los motores de los barcos que van alejándose por el aire. Tengo la sensación de que Clarke intenta decirme algo, pero no sabe cómo hacerlo.
—No eres invencible. —Pone una mano sobre mi armadura a la altura del pecho—. Es posible que algunas de nosotras queramos tenerte cerca después de todo esto.
—Creía que no había un «nosotras» —le digo.
—Vive, y puede que cambie de idea —contesta—. Al fin y al cabo, ¿qué sentido tiene todo esto si vas y te me mueres? ¿Entendido?
—Entendido.
—¿Seguro? —Levanta la mirada hacia mí—. No quiero volver a quedarme sola. Así que vuelve.
Me da un golpe con los nudillos en el pecho y se vuelve para encaminarse hacia su nave.
—Mustang.
Echo a correr tras ella, la agarro por el brazo y la obligo a volverse hacia mí. Antes de que pueda decir nada, la beso allí mismo, rodeados por el metal y el ruido de los motores. No es un beso delicado, sino hambriento. Pego su cabeza a la mía para sentir a la mujer que se oculta bajo el peso del deber. Aprieta el cuerpo contra el mío. Y siento un estremecimiento de miedo por si esta es la última vez. Nuestros labios se separan y me dejo caer sobre ella, me mezo a su lado, le huelo el pelo y boqueo por la presión que se me ha acumulado en el pecho.
—Nos vemos pronto.
