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LOS AFORTUNADOS
Camino de un lado a otro por mi puente como un lobo enjaulado que ve su comida justo al otro lado de los barrotes. Mi bondad, oculta de nuevo bajo el rostro salvaje del Segador.
—Virga, ¿están los Aulladores en posición? —pregunto.
Detrás y debajo de mí, la mínima tripulación de azules charla en su foso estéril, con los rostros iluminados por las holopantallas. Los implantes subdérmicos palpitan cuando se sincronizan con la nave. El capitán Pelus, un caballero escuálido que era teniente a bordo del Lincoln cuando abordé el barco, espera mis órdenes.
—Sí, señor —dice Virga desde su puesto—. Las armas de largo alcance podrán disparar contra los elementos de vanguardia de la flota enemiga dentro de cuatro minutos.
El arrogante poderío de los dorados se despliega en la negrura del espacio. Un mar interminable de esquirlas blanquecinas. Daría cualquier cosa por ser capaz de estirar la mano y destrozarlas. Mis buques capitales se dividen en tres grupos en torno a nuestros poderosos acorazados sobre el polo norte de Ío. Mustang y Rómulo comandan sus fuerzas cerca del sur. Y juntos, a ocho mil kilómetros de distancia, vemos a la flota del Señor de la Ceniza atravesar el vacío que separa Europa de Ío para enfrentarse a nosotros.
—Cruceros enemigos a diez mil kilómetros —anuncia un azul.
No hay preámbulo para mi flota. Al contrario que los dorados, no realizamos ningún rito o bendición antes de la batalla. En comparación con ellos, parecemos insulsos y simples. Pero en mi nave reina la fraternidad. La he visto en las salas de máquinas, en los puestos de artillería, en el puente de mando. Un sueño que nos une y nos hace valientes.
—Ponme a Orión —digo sin volverme.
Un holo de la azul malhumorada y con sobrepeso cobra vida delante de mí. Está a medio centenar de kilómetros, en las tripas del Aullido de Perséfone, uno de mis otros tres acorazados, sentada en una silla de mando sincronizada con todos los capitanes de barco de mi flota excepto los de la fuerza de asalto. Gran parte del éxito de la misión de hoy recae sobre ella y la flota pirata que ha reunido durante los meses que han pasado desde que nos vimos por última vez. Ha saqueado compañías navieras del
Núcleo y ha traído azules a su causa, los suficientes para ayudar a los Hijos a dotar de una tripulación de hombres y mujeres leales a los barcos que le robamos al Chacal.
—Menuda flota —dice una impresionada Orión refiriéndose a la de nuestro enemigo—. Ya sabía yo que no tenía que haber contestado a tu llamada. Me lo estaba pasando bien con eso de ser pirata.
—Ya me he dado cuenta —digo—. Tu camarote es lo bastante estrafalario para hacer sonrojar a un plateado.
El Lincoln ha sido su hogar durante el último año y medio. Se ha adueñado de mis viejos aposentos y los ha llenado hasta los topes con los botines de sus saqueos. Alfombras de Venus. Cuadros de colecciones privadas de dorados. Hasta me encontré un Tiziano metido detrás de una estantería.
—¿Qué quieres que te diga? Me gustan las cosas bonitas.
—Bueno, sácanos hoy de esta y te encontraré un loro para el hombro. ¿Qué te parece?
—¡Vaya! Pelus te ha dicho que estaba buscando un loro, ¿verdad? Es un buen hombre, este Pelus. —El capitán escuálido inclina elegantemente la cabeza hacia un lado a mi espalda—. Es jodidamente difícil encontrar loros cuando no puedes atracar en ningún planeta. Encontramos un halcón, una paloma, un búho. Pero ningún loro. Si consigues que sea rojo, me encargaré de pegarle un cañonazo al puente de mando de Echo au Severo-Julii.
—Pues que sea un loro rojo —digo.
—Bien. Bien. Supongo que ahora debería empezar a centrarme en la batalla. —Se ríe para sí y acepta un té del ayuda de cámara que hay en su puente—. Solo quiero darte las gracias, Lexa. Por creer en mí. Por darme esta oportunidad. Después de hoy, los azules no tendrán señores. Buena suerte, chica.
—Buena suerte, almirante.
Se desvanece. Me vuelvo para mirar la proyección del sensor central. La lectura táctica flota ante los ventanales como un globo a escala del sistema de Júpiter. Cuatro minúsculas lunas interiores orbitan en torno al planeta, más cerca que los cuatro enormes satélites galileanos. Clavo la mirada en Tebe, la más exterior de ellas y la más cercana a Ío. Es una masa pequeña. Apenas más grande que Fobos. Hace tiempo que esquilmaron sus minerales preciosos y ahora alberga una base militar que voló por los aires en los inicios de la guerra.
—Sesenta segundos para que los intercomunicadores de los Aulladores se desconecten —dice Virga desde su puesto justo cuando Octavia entra en el puente.
Lleva una gruesa armadura dorada con una falce roja pintada en el pecho y en la espalda.
—¿Qué demonios haces aquí? —le pregunto.
—Tú estás aquí —contesta inocentemente.
—Deberías estar en el Górgona.
—¿Esto no es el Górgona? —Se muerde el labio—. Vaya, debo de haberme perdido. Me limitaré a seguirte a todas partes para que no vuelva a pasarme. ¿Correcto?
—Te ha enviado Raven, ¿verdad?
—Su corazón es una pequeña masa negra. Pero puede romperse. Estoy aquí para asegurarme de que eso no ocurra cuidándote con mucho mimo. Ah, y también quiero decirle hola a Monty.
—¿Y qué hay de tu hermana? —le pregunto.
—Primero Monty. Luego ella. —Me da un codazo—. Yo también sé jugar en equipo.
Me vuelvo hacia el foso.
—Virga, ponme en contacto con los Aulladores.
—Sí, señora.
El intercomunicador que llevo en la oreja crepita. Activo el yelmo de mi armadura. El dispositivo transparente de mi visera me muestra las etiquetas de mi tripulación, rangos, nombres, todo lo que está almacenado en el registro central de la nave. Conecto la función de holo del intercomunicador y un collage semitranslúcido de las caras de mis amigos aparece sobre el paisaje del puente de mi nave.
—¿Qué pasa, jefa? —pregunta Raven, que lleva la cara pintada de rojo, pero teñida de azul por la luz de su pantalla de visualización—. ¿Quieres un besito de despedida o algo así?
—Solo quería comprobar que estáis todos bien acurrucaditos.
—Tu gente podría habernos hecho un escondite más grande —masculla ella—. Aquí dentro la cara te queda pegada al culo.
—¿Quieres decir que a Roan le habría gustado? —pregunta Octavia.
Ella también se ha conectado al panel, así que oigo su voz a través del enlace.
Me echo a reír.
—¿Y qué no le gustaba?
—Vestirse, sobre todo —contesta Mustang desde su puente.
Ella también lleva puesta su armadura de batalla. Totalmente dorada, con un león rojo rugiendo a la altura del pecho.
—Y estar sobrio —añade Octavia.
—Esta luna huele a mierda real —farfulla Payaso desde su propio caparazón estelar—. Peor que un caballo muerto.
—Estás en un traje herméticamente sellado —le recuerda Holiday. Oigo el estrépito metálico y los gritos de la gente a su espalda, en el hangar de mi nave. Lleva una enorme huella de mano azul en la cara. Se la ha otorgado una de sus obsidianos—. Es muy probable que no sea la luna.
—Ah. Entonces debo de ser yo —dice Payaso. Husmea el aire—. Oh, oh. Soy yo.
—Te dije que te ducharas —masculla Guijarro.
—Decimoséptima Regla de los Aulladores. Solo los florecillas se duchan antes de una batalla —sentencia Raven—. Me gustan los soldados salvajes, apestosos y sexis. Estoy orgullosa de ti, Payaso.
—Gracias, señora.
—¡Threka! Ponle el seguro —grita Holiday—. ¡Ahora! Lo siento. Estos malditos obsidianos se pasean por ahí con los dedos en los jodidos gatillos. Hacen que me cague del miedo.
—¿Por qué nos reímos y hablamos como niños? —brama Sefi a través del intercomunicador.
Habla tan alto que me tiemblan los tímpanos.
—¡Me cago en la puta! —chilla Raven.
El volumen de Sefi provoca un coro de improperios.
—¡Baja el volumen de salida! —le espeta Payaso a la reina.
—No entiendo…
—La salida…
—¿Qué es la salida?
—Lo de Silenciosa no termina de ser un apodo muy apropiado, ¿no? —dice Octavia.
Mustang suelta una carcajada.
—Sefi, agáchate —ladra Holiday—. No llego. Agáchate.
La gris ha encontrado a Sefi en el hangar y la ayuda a bajar el volumen de salida. La reina obsidiana duerme con su nuevo puño de pulsos todas las noches, pero va un poco retrasada en sus estudios sobre el equipamiento de telecomunicaciones.
—Bueno, como preguntaba la grandullona, ¿había alguna razón para este pequeño tête-àtête? —dice Holiday.
—Tradición, Holi —contesta Raven imitando el acento de la chica—. La Segadora es una tonta sentimentaloide. Probablemente vaya a soltarnos un discurso.
—No hay ningún discurso —la corrijo.
Mi extraña familia gimotea y me abuchea.
—¿No vas a aconsejarnos que nos encolericemos, que bramemos contra la muerte de la luz? —pregunta Raven.
Pero la broma me resulta extraña, pues sé que es lo que Monty habría dicho. Se me vuelve a formar un nudo en la garganta. Siento muchísimo amor por esta panda de inadaptados y perjuros. Muchísimo miedo. Ojalá pudiera protegerlos de esto. Encontrar una forma de ahorrarles el infierno que se avecina.
—Pase lo que pase, recordad que nosotros somos los afortunados —digo—. Hoy tenemos que marcar la diferencia. Pero sois mi familia. Así que sed valientes. Protegeos los unos a los otros. Y volved a casa.
—Tú también, jefa —dice Raven.
—Rompe las cadenas —recita Mustang.
—Rompe las cadenas —repiten mis amigos.
El rostro de Raven se convierte en un rugido cuando grita:
—Aulladores, adelante…
—Auuuuuuu.
Aúllan como locos, tronchándose de la risa.
Una a una, sus imágenes desaparecen y me quedo en la soledad de mi yelmo. Respiro y elevo una plegaria silenciosa a quienquiera que me esté escuchando. Para que los mantenga a salvo. Retraigo de nuevo el yelmo hacia el cuello de mi armadura. Mis azules me observan desde sus pantallas. Un pequeño grupo de marinos rojos y grises espera junto a la puerta para escoltarme hasta el hangar. Las cuerdas de muchas vidas de muchos mundos se entretejen aquí, en este momento, alrededor de las mías.
¿Cuántas se deshilacharán? ¿Cuántas terminarán hoy mismo? Octavia me sonríe y me parece que ya soy demasiado afortunada para que este día acabe en dicha. Ella no debería estar aquí. Debería estar al otro lado del vacío, al timón de un crucero de batalla enemigo. Sin embargo, está aquí, con nosotros, buscando la redención que pensaba que jamás podría obtener.
—Una vez más en la brecha —me dice.
—Una vez más —repito. Me dirijo a la tripulación—. ¿Cómo os sentís?
Silencio incómodo. Intercambian miradas nerviosas. No tienen muy claro cómo responder. Entonces una joven azul con la cabeza rapada se levanta de un salto de su panel de control.
—Estamos listos para matar a esos malditos dorados…, señora.
Se echan a reír, la tensión se ha disipado.
—¿Alguien más? —vocifera Octavia.
Le responden con un rugido. Marinos de tan solo dieciocho años y otros tan viejos como lo sería mi padre ahora patean el suelo con sus botas de tacón de acero.
—Conectadme con toda la flota —ordeno—. Emitidlo por una frecuencia abierta para Quicksilver. Aseguraos de que los dorados puedan oírme para que sepan dónde encontrarme.
Octavia me hace un gesto con la cabeza.
Estoy en el aire.
—Hombres y mujeres de la Sociedad, os habla la Segadora.
Mi voz resuena por el intercomunicador principal de todos y cada uno de los ciento doce buques capitales de mi flota, en los miles de alas rápidas, en las naves sanguijuela, en las salas de máquinas y en las áreas sanitarias donde los médicos y las enfermeras recién designadas caminan entre camas vacías con sábanas blancas y limpias esperando la avalancha. Dentro de treinta y ocho minutos, Quicksilver y los Hijos de Ares la escucharán y se encargarán de propulsar la señal hacia el Núcleo. Que continuemos vivos o no para entonces dependerá de mi baile con Monty.
—En la mina, en el espacio, en la ciudad y en el cielo, hemos vivido nuestras vidas con miedo. Miedo a la muerte. Miedo al dolor. Hoy, solo sentimos miedo a fracasar. No podemos hacerlo. Nos alzamos en el límite de la oscuridad sujetando la única antorcha que le queda al hombre. Esa antorcha no se apagará. No mientras siga respirando. No mientras vuestros corazones latan en vuestros pechos. No mientras nuestros barcos continúen suponiendo una amenaza. Que sean otros los que sueñen. Que sean otros los que canten. Nosotros, los pocos elegidos, somos el fuego de nuestro pueblo. —Me golpeo el pecho—. No somos rojos, ni azules, dorados, grises u obsidianos. Somos la humanidad. Somos la marea. Y hoy reclamamos las vidas que se nos han robado. Construimos el futuro que se nos prometió.
»Proteged vuestros corazones. Proteged a vuestros amigos. Seguidme a través de esta noche aciaga y os prometo que la mañana nos aguardará al otro lado. Hasta entonces, ¡rompe las cadenas! —Me desenredo el filo del brazo y hago que adopte la forma de mi falce—. Todas las embarcaciones, preparaos para la batalla.
