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LA BATALLA DE ILIÓN
Los tambores de las tribus rojas retumban en el vientre de uno de mis barcos, el Marea Vespertina, suenan a través de los altavoces en una interpretación marcial de la canción prohibida. Un trueno desafiante mientras avanzamos hacia la Armada de la Espada. Nunca había visto una armada tan grande. Ni siquiera cuando arrasamos Marte. Solo dos casas rivales reunieron a sus aliados por aquel entonces. Este es el conflicto de los pueblos. Y es debidamente masivo. Por desgracia, Monty y yo aprendimos de los mismos profesores. Él también conoce las batallas de Alejandro, de los ejércitos de la dinastía Han y de Trafalgar. Sabe que la mayor amenaza para un poder avasallador es la falta de comunicación, el caos. Así que no sobrestima la fuerza de su armada. La fragmenta en veinte subdivisiones móviles más pequeñas y le concede a cada pretor una relativa autonomía para favorecer la velocidad y la flexibilidad. No nos enfrentamos a un único martillo enorme, sino a un enjambre de filos.
—Es una pesadilla —murmura Octavia.
Ya me imaginaba que Monty haría algo así, pero aun así suelto una maldición al verlo. En cualquier enfrentamiento espacial, debes tomar la determinación de si quieres devastar los barcos del enemigo o capturarlos. Parece que él se ha decidido por el abordaje. Así que no podemos luchar contra ellos a brazo partido y esperar que todo salga bien. Tampoco podemos atraer su flota hacia mi trampa desde el principio. Impondrían su fuerza y matarían a los Aulladores. Todo depende de la única ventaja con la que contamos. Y no son nuestros barcos.
No son los cien mil obsidianos que tenemos metidos en naves sanguijuela. Es el hecho de que Monty cree que me conoce, y por tanto toda su estrategia estará basada en mi comportamiento habitual. De manera que decido exceder su estimación de mi locura y demostrarle lo poco que comprende realmente la psicología de los rojos. Hoy comando el Lincoln en una misión suicida hacia el corazón de su flota. Pero no soy yo quien comienza la batalla, sino Orión, que circula a toda velocidad delante de mí en el Aullido de Perséfone con tres cuartos de mi flota. Han adoptado formación de esfera, y aun las corbetas más pequeñas superan los cuatrocientos metros de eslora. La mayor parte de mis embarcaciones son naves antorcha de medio kilómetro de eslora, unos cuantos destructores y dos acorazados gigantescos. Los misiles de largo alcance salen disparados de los barcos de los dorados y también de los nuestros. Se implementan contramedidas dirigidas por ordenadores en miniatura. Y entonces la armada de Monty se pone en movimiento de repente y el negro espacio entre las dos flotas entra en una erupción de artillería antiaérea, misiles y proyectiles de cañones de riel de largo alcance. En cuestión de segundos se gastan municiones por valor de miles de millones de créditos. Orión reduce la distancia con la flota de Monty mientras los barcos de Mustang y Rómulo se arrojan contra la parte sur —vía el polo de Ío— de la formación de Monty con la intención de alcanzar la única parte vulnerable de sus barcos: los motores. Pero la flota del emperador es ágil y diez escuadrones se separan del resto y se reorientan de tal manera que son sus costados llenos de púas los que se encaran a las proas de los barcos del señor de las Lunas, procedentes del polo sur del planeta, y los barren con fuego de cañones de riel. Cien mil armas disparan a la vez.
El metal desgarra el metal. Los barcos vomitan oxígeno y hombres.
Pero las naves están hechas para soportar estos castigos. Los enormes cascos de metal se subdividen en miles de compartimentos engranados y diseñados como un panal de abejas para aislar las grietas y evitar que los barcos se purguen con un solo disparo de cañón de riel. De esos castillos flotantes salen a raudales miles de minúsculos cazas individuales. Se arremolinan formando pequeños escuadrones en la tierra de nadie suspendida entre nuestra flota y la de Monty. Algunos están cargados con diminutas bombas nucleares preparadas para destrozar buques capitales. Sondeainfiernos y taladradores entrenados durante noche y día en simuladores por los Hijos de Ares vuelan con escuadrones de azules sincronizados. Guiados por alas rápidas con rayas doradas, atacan a los pilotos endurecidos por la guerra de la Sociedad. Las fuerzas de Rómulo se apartan de las de Mustang para sumarse a las de Orión, mientras que Clarke continúa hacia el corazón de la formación enemiga, preparando el camino para mi embestida. Nos situamos a menos de trescientos kilómetros y los cañones de riel de medio alcance comienzan a funcionar. Ingentes descargas de proyectiles de veinte kilos de peso se precipitan por el espacio a una velocidad que multiplica por diez la del sonido. Los escudos de artillería antiaérea restallan sobre toda la formación dorada. Más cerca de las embarcaciones, el azul iridiscente de los escudos de pulsos palpita cuando los proyectiles impactan contra ellos y salen despedidos hacia el espacio. Mi fuerza de asalto se mantiene alejada de la batalla principal. Pronto se convertirá en una guerra de partidas de abordaje. Cientos de lanzamientos de naves sanguijuela. Los pretores agresivos vaciarán sus naves de marinos y obsidianos para hacerse con unos barcos enemigos que, según las normas de la ley naval, después de la batalla pasarán a ser de su propiedad. Los pretores conservadores acapararán hasta el último de sus hombres para que repelan a las partidas de abordaje y utilicen sus barcos como sus principales armas de guerra.
—Orión ha dado la señal —dice mi capitán.
—Poned rumbo al Coloso. Motores a toda máquina. —El barco ruge bajo mis pies—. Pelus, el gatillo es tuyo. Ignora las naves antorcha. Los destructores y las embarcaciones más grandes son el orden del día. —El navío gime cuando salimos disparados hacia delante desde la retaguardia de la flota de Orión—. Escolta bien unida. Igualad velocidad.
Dejamos atrás las embarcaciones de artillería y luego los cuatro kilómetros de eslora del Aullido de Perséfone tras emerger del frente de Orión con el enemigo como una lanza escondida que ahora se precipita hacia los cincuenta kilómetros de tierra de nadie, apuntando hacia el corazón del adversario. Los barcos de Orión disparan reflectores antirradar creando un pasillo para proteger nuestra loca aproximación. Ahora Monty se dará cuenta de lo que pretendo hacer y sus buques capitales se apartarán del mío y me abrirán paso hacia el centro de su inmensa formación mientras rocían de proyectiles mi fuerza de asalto. Nuestros escudos se iluminan de azul. Las municiones del enemigo consiguen colarse entre los reflectores antirradar y nos castigan. Devolvemos el fuego y, a nuestro paso, todos nuestros cañones lanzan una salva contra un destructor. Pierde potencia. Las naves sanguijuela salen de él en tropel para tratar de superar nuestro túnel de reflectores antirradar, pero nuestra escolta las hace pedazos. Aun así, recibimos los impactos de las armas de una docena de navíos. Nuestros escudos se tornan rojos. Van fallando por etapas, los generadores locales de estribor sufren un cortocircuito. Al instante, perforan nuestro casco en siete puntos distintos. La red panelada de puertas presurizadas se activa para aislar los niveles comprometidos de mi barco de todos los demás. Pierdo una nave antorcha. A medio kilómetro de su proa, el acorazado de Echo, el Pandora, dispara una gran cortina de proyectiles de cañón que la recorre de una punta a otra.
—Parece que mi hermana está disfrutando de mi barco —comenta Octavia.
Los cadáveres salen a borbotones del puente de la nave antorcha, pero Echo continúa disparando contra el navío, mucho más pequeño que el suyo, hasta que el núcleo atómico de sus motores implosiona. Emite dos destellos blancos antes de devorar la mitad trasera del barco. La onda expansiva desplaza lateralmente nuestra nave. Nuestro pulso electromagnético y nuestro escudo de pulsos aguantan el envite, y las luces solo parpadean una vez. Algo inmenso choca contra el mamparo de diez metros de grosor que hay delante del puente. A mi derecha, la pared se comba hacia el interior. La silueta de un proyectil de cañón de riel deforma el metal como si fuera un feto alienígena. Nuestros artilleros devastan el destructor de un kilómetro y medio que ha disparado contra nosotros y perdemos ochenta de nuestros cañones de riel contra su puente. Doscientos hombres menos. En esta fase de la batalla no hacemos prisioneros. La cantidad de violencia que puede generar el Lincoln es asombrosa. Al igual que la cantidad que sufrimos. Echo disecciona otra parte de mi fuerza de asalto.
—El Esperanza de Tinos ha caído —dice en voz baja mi oficial de sensor azul—. El Grito de Tebas va a sufrir una explosión nuclear.
—Diles a los timoneles del Tinos y el Tebas que viren cuarenta y cinco grados negativos sobre su eje y abandonen el barco —ordeno.
Los barcos obedecen y alteran su rumbo para embestir el buque insignia de Echo. Ella da marcha atrás y mis naves agonizantes continúan avanzando inofensivamente hacia el espacio. Una de ellas sufre una explosión nuclear. Aquí, en el corazón de la formación enemiga, nos superan en número de barcos y de armas. Estamos atrapados. No tenemos escapatoria. A nuestro alrededor se va formando una esfera. Solo me quedan cuatro naves antorcha. Que sean tres.
—Múltiples incendios en cubierta —informa un oficial.
—Detonación de proyectiles en el piso diecisiete.
—Los motores del uno al seis están fuera de servicio. El siete y el ocho funcionan al cuarenta por ciento de su capacidad.
El Lincoln está muriendo a mi alrededor.
Diviso el destructor de lunas de Monty.
Duplica la longitud de mi nave, triplica su contorno. Una ciudad portuaria militar flotante de ocho kilómetros de eslora. Con una enorme proa curva, como un tiburón con la boca abierta nadando de costado. Se aleja de nosotros a la misma velocidad que avanza el Lincoln. Para asegurarse de que no podemos embestirlo mientras nos castiga con su artillería superior. Monty pensaba que iba a hacerle un Karnus. A intentar empotrarme contra su buque capital con el mío. Ahora, eso es imposible. Nuestros motores están casi muertos. Nuestro casco, dañado.
—Todas las armas delanteras apuntadas contra sus cañones de riel y lanzamisiles de la cubierta superior, vamos a hacernos una sombra.
Proyecto un holo de la nave y señalo con los dedos el área de disparo. Ordeno que abran fuego mientras Octavia da instrucciones a los grupos de cazas que hemos reservado hasta el momento. Los alas rápidas salen gritando al espacio. El Lincoln rota para presentar su costado al Coloso y abrir fuego con sus cañones principales.
Da igual lo que hagamos a estas alturas.
Somos un lobo inmovilizado contra el suelo por un oso que nos está partiendo las patas una a una, arrancándonos las orejas, los ojos y los dientes, pero reservándose nuestra tripa para darse un buen banquete. Mi barco se estremece a mi alrededor. Los azules pierden la sincronización y vomitan en los fosos como las sinapsis de datos de los barcos a las que están vinculados, mueren uno a uno. Mi timonel, Arnus, sufre un ataque cuando nos destrozan los motores.
—El Bailarín de Faran ha desaparecido —dice el capitán Pelus—. Sin cápsulas de evacuación.
Llevaba la tripulación mínima, pero aun así mueren cuarenta personas. Mejor que mil. Solo me quedan dos naves antorcha de las dieciséis iniciales. Vuelan a toda prisa en torno al Pandora de Echo, a nuestra espalda, pero ese barco es un monstruo negro y descomunal. La hermana de Octavia tirotea mis naves hasta que no son más que metal muerto. Y cuando las cápsulas de evacuación brotan de los barcos inmóviles, las destroza. Octavia observa la matanza en silencio, sumándola a la cuenta pendiente de su hermana. Monty nos invita a lanzar nuestras naves sanguijuela al acercar el Coloso a mi barco muerto. Está a solo un kilómetro de distancia.
Acepto la oferta.
—Lanzad todas las naves sanguijuela contra la superficie del destructor de lunas —digo—. Ahora. Disparad los escupidores.
Cientos de trajes vacíos surgen de los tubos escupidores, tal como harían en una Lluvia de Hierro. Doscientas naves sanguijuela despegan de los cuatro hangares de mi nave, vomitadas en una oleada de feo metal. Cada una de ellas podría ir cargada con cincuenta hombres que se introducirían en las tripas del destructor de lunas. Pilotadas por control remoto por varios azules a bordo del Aullido de Perséfone, vuelan lo más rápido que pueden para franquear el peligroso espacio que separa los dos buques capitales. Pero se esfuman antes de salvar la mitad de la distancia, cuando Monty detona una serie de cabezas nucleares de bajo rendimiento.
Ha adivinado mi movimiento.
Y ahora mi flota de barcos no es más que un montón de escombros suspendidos entre los dos navíos. Las sirenas de emergencia destellan en el techo de mi puente de mando. Nuestros sensores de largo alcance están averiados.
Nuestras armas destrozadas. Hay múltiples grietas en la cubierta.
—Aguanta —murmuro—. Aguanta, Lincoln.
—Recibimos una transmisión —anuncia Virga.
Monty aparece en al aire ante mí.
—Lexa. —Entonces ve también a Octavia—. Octavia, está hecho. Vuestro barco está hundido en el agua. Decidle a vuestra flota que se rinda y os perdonaré la vida.
Está convencido de que puede ponerle fin a esta rebelión sin llevarnos a la tumba. Su arrogancia me exaspera. Pero los dos sabemos que necesita mostrarles mi cadáver a los mundos. Si destruye mi navío y me mata, jamás lo encontrarán entre los restos del naufragio.
Miro a Octavia. Ella escupe en el suelo, desafiante.
—¿Qué me respondéis? —exige saber Monty.
Le dedico un gesto obsceno con la mano.
—Que te jodan.
Monty desvía la mirada de la pantalla.
—Legado Drusus, lanza todas las naves sanguijuela. Dile al Caballero de la Nube que me traiga a la Segador. Viva o muerta. Basta con que se asegure de que resulta reconocible.
