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SONDEAINFIERNOS

Miro a los azules que aún ocupan sus puestos.

La mayoría de ellos ya estaba aquí cuando tomé este barco. Cuando lo rebauticé. Se convirtieron en piratas con Orión, en rebeldes conmigo.

—Ya lo habéis oído todos —digo—. Buen trabajo. Habéis hecho que el Lincoln esté orgulloso. Ahora despedíos, id a vuestras lanzaderas y yo os veré dentro de poco. No hay de qué avergonzarse.

Me saludan y el capitán Pelus abre las escotillas del fondo del foso. Los azules inician su descenso por el estrecho hueco hasta el atracadero, donde debería haber cápsulas de evacuación. Sin embargo, las hemos sustituido por lanzaderas fuertemente blindadas. Mi cápsula de escape está empotrada en un lateral del puente de mando. Pero Octavia y yo no vamos a escapar. Hoy no.

—Hora de marcharse, pequeñina —dice Octavia—. Ya.

Le doy unos golpecitos al marco de la puerta del puente.

—Gracias, Lincoln —le digo al barco.

Un amigo más perdido por la causa. Sigo a Octavia y a los marinos a toda velocidad por los pasillos vacíos. Las luces rojas palpitan. Las sirenas ululan. Los golpes reverberan a través del casco mientras avanzamos. A estas alturas, las naves sanguijuela de Monty ya estarán invadiendo el Lincoln. Abriendo agujeros en sus laterales e introduciendo en su interior partidas de abordaje de grises y obsidianos encabezadas por caballeros dorados. En lugar de encontrarme a mí, se toparán con un barco abandonado. Un círculo de metal fundido late en la pared del pasillo junto al graviascensor en el que montamos. El color naranja se hace cada vez más intenso, hasta adquirir la tonalidad del sol.

Los tambores siguen sonando a través de los altavoces. Pum. Pum. Pum.

Octavia deja una mina detrás de nosotros, a modo de regalo para la partida de abordaje.

La oímos estallar diez pisos por encima de nosotros cuando el graviascensor nos deja en el nivel menos tres, en el hangar auxiliar. Aquí espera mi verdadera fuerza de asalto. Treinta lanzaderas de ataque con las rampas bajadas. Azules realizando comprobaciones de vuelo en los paneles de control. Mecánicos naranjas trabajando sin descanso para optimizar los motores, llenar los tanques de combustible. Cada barco transporta a cien valquirios ataviados con armaduras inteligentes. El mismo número de rojos y grises los acompañan para ejecutar tareas armamentísticas especiales. Los obsidianos golpean el suelo con sus hachas de pulsos y sus filos a mi paso y entonan un atronador cántico de mi nombre. Encuentro a Holiday en el centro del hangar, junto a Sefi y una camarilla de sus valquirias. Serán mi escuadrón personal. Con ellas, rezando en un pequeño corro, están los sondeainfiernos que le pedí a Marcus. Miden menos de la mitad que las obsidianas.

—Han abordado el barco —informo a Holiday. Ella hace un gesto con la cabeza a un escuadrón de rojos, que se apresuran a cubrirnos las espaldas—. Estamos a menos de un kilómetro de distancia.

—No… —dice Holiday con una carcajada alborozada—. ¿Tan cerca?

—¡Lo sé! —exclamo entusiasmado—. Han pensado que llevábamos bombas nucleares. Han intentado atraernos con los motores muertos para que quedáramos dentro del alcance de la onda expansiva si las lanzábamos.

—Así que ahora les damos un besito —le dice Octavia con un ligero ronroneo—. Con lengua.

Holiday asiente con su cabeza de bloque de hormigón.

—Entonces dejemos de parlotear.

Sefi saca un puñado de setas secas de una mochila.

—¿Pan de Dios? —pregunta—. Veréis dragones.

—La guerra ya da bastante miedo, querida —contesta Octavia. Y, en un aparte, añade—: Una vez me pasé colocada con esa mierda una semana entera, en el Térmico, con Bellamy. —Se da cuenta de cómo la miro—. Bueno, eso fue antes de conocerte. Y ¿lo has visto alguna vez sin camiseta? No se lo digas a Raven, por cierto.

Holiday y yo también rechazamos las setas.

Oímos un repiqueteo de disparos de armas automáticas en un pasillo justo al otro lado del hangar.

—¡Ha llegado la hora! —les grito a los tres mil obsidianos de las lanzaderas de ataque—. Afilad vuestras hachas. Recordad vuestro entrenamiento. ¡Hyrg la, Ragnar!

—¡Hyrg la, Ragnar! —rugen.

Quiere decir «Ragnar vive». La reina de los valquirios me presenta su filo e inicia el canto de guerra obsidiano. Se extiende por la negra nave de asalto acorazada. Un sonido aterrador, horroroso, que esta vez está en mi lado. He traído a los valquirios a los cielos, y ahora les doy rienda suelta.

—Octavia, ¿estás bien? —pregunto preocupada por la cercanía de Echo.

¿Está mi amiga distraída a causa de su hermana?

—Estoy condenadamente bien, pequeñina —contesta ella—. Cuídate ese culito tan bonito que tienes. —Me da una palmada en el trasero antes de echar a caminar de espaldas, lanzarme un beso repugnante y arrancar a correr hacia su lanzadera—. Estaré justo detrás de ti.

Me quedo sola con los sondeainfiernos.

Están fumando ciscos y me miran con sus maliciosos ojos enrojecidos.

—El primero que llegue gana el maldito laurel —digo—. Poneos los cascos.

Estos hombres no necesitan que les diga nada más. Asienten y sonríen. Partimos. Me elevo unos treinta metros con mis gravibotas para aterrizar encima de una de las cuatro Garras Perforadoras que le confiscamos a la empresa que se encarga de extraer el platino de las minas en el interior del Cinturón de Asteroides. Están colocadas en fila sobre la plataforma del hangar, con una distancia de cincuenta metros entre cada una de ellas. Son como manos que intentan atrapar algo, con la cabina de mando donde debería estar el codo y las doce brocas de taladro de la plataforma en la posición de los dedos. Rollo las ha modernizado todas para que tengan propulsores en la parte de atrás y gruesas placas de blindaje a ambos lados. Me introduzco en la cabina de mando, adaptada a mi corpulencia y mi armadura, y coloco las manos sobre el prisma de control digital.

—Encendedlas —digo.

Un familiar tamborileo de energía atraviesa el taladro y hace vibrar el cristal que me rodea.

Sonrío como un loco. Puede que lo esté. Pero sabía que no podía ganar esta batalla sin alterar el paradigma. Y sabía que Monty jamás caería en una trampa ni permitiría que lo arrastráramos hacia un cinturón de asteroides por miedo a exponer su fuerza a una emboscada. Así que solo me quedaba un recurso: ocultar mi emboscada en un defecto de carácter. Siempre me aconsejaba que diera un paso atrás, que buscara la paz. Claro que creía que sabía cómo vencerme. Pero hoy no estoy luchando como la mujer que conoció, como una dorada. Soy una maldita sondeainfiernos con un ejército de mujeres gigantes y ligeramente psicóticas a mis espaldas y una flota de buques de guerra de última generación tripulados por piratas, ingenieros, técnicos y antiguos esclavos cabreados. ¿Y Monty cree que sabe cómo enfrentarse a mí? Me echo a reír cuando mi asiento tiembla en la Garra Perforadora. Me invade una especie de poder adormecido, enajenado. Una partida de abordaje enemiga irrumpe en el hangar utilizando el mismo graviascensor que nosotros. Se quedan mirando las inmensas Garras Perforadoras y se evaporan cuando la lanzadera de Octavia les dispara a quemarropa con un cañón de riel.

—Recordad las palabras de nuestra líder dorada —les digo a los sondeainfiernos—. Sacrificio. Obediencia. Prosperidad. Esas son las mejores cualidades de la humanidad.

—Y una mierda —dice uno a través del intercomunicador—. Yo le enseñaré cuál es la mejor cualidad de mi humanidad.

—Calentad taladros —ordeno. Uno a uno, ofrecen confirmación—. Cascos arriba. ¡A quemar!

Giro el interruptor de rotación de mi Garra Perforadora en el sentido de las agujas del reloj.

Más abajo, el taladro zumba. Muevo las dos manos hacia delante en el prisma de control. Mi mundo tiembla. Me castañetean los dientes. La plataforma de metal se hunde debajo de mí. El metal derretido se despega. Me hundo diez metros en el barco. He atravesado la plataforma en cinco segundos. Y la siguiente también. Vuelvo a caer y atravieso del todo el suelo del hangar. Veo el metal mordisqueado alrededor de la cabina de mando. Entonces atravieso la siguiente cubierta. Y la siguiente. El calor se acumula en torno al taladro mientras avanzo por el barco dejando atrás a las valquirias. Si bajas el ritmo, el taladro se atranca; si bajas el ritmo, mueres. Y esta velocidad es el pulso de mi pueblo. Aceleración que fluye hacia más aceleración.

Mi Garra Perforadora está adquiriendo una velocidad endiablada. No para de atravesar cubiertas. Asesina el metal con dientes de carburo de wolframio derretido. Atisbo imágenes fragmentadas de las otras Garras Perforadoras que desgarran las entrañas del barco mientras caemos por los escasamente iluminados barracones. Todos los taladros resplandecen por el calor y después impactan

contra la siguiente plataforma. Es un espectáculo glorioso, terrible. Atravesamos una cantina. Un tanque de agua. Luego un pasillo donde una partida de abordaje trata de alejarse de los escombros y se queda mirando los taladros megalíticos que trepanan el barco como las manos fundidas de un hilarante dios de metal.

—¡No bajéis el ritmo! —rujo.

Todo mi cuerpo convulsiona en el asiento.

He perdido el control, voy demasiado rápido, el taladro está demasiado caliente. Y entonces… la nada. Agujereo la panza del Lincoln. El silencio del espacio me invade. Ingrávida. Floto como una lanza en el agua en dirección al inmenso Coloso. Las naves sanguijuela que se aproximan al Lincoln pasan a mi lado a toda prisa, una de ellas tan cerca que distingo los ojos abiertos de par en par del capitán en el puente de mando. Otra se estampa directamente contra la boca sobrecalentada de mi taladro. Se desintegra en cuestión de segundos. Los hombres y los desechos de la nave salen despedidos dando volteretas. Los otros taladros salen por debajo de las entrañas del Lincoln y se precipitan hacia el destructor de lunas. A nuestro alrededor, la batalla brama. Explosiones azules, enormes campos de artillería antiaérea. El grupo de Mustang recorre a toda velocidad los bordes de las formaciones de Monty, intercambiando con ellas violentas ráfagas de proyectiles. Raven aún está escondida, a la espera.

Siento la confusión de los artilleros enemigos. Estoy en el centro de sus equipos de asalto de naves sanguijuela. No pueden disparar. Sus ordenadores ni siquiera identificarán la clasificación del barco. Les parecerá un pedazo de escombro con la forma de un brazo de codo para abajo. Dudo de que los del puente sepan siquiera de qué se trata si no lo ven con sus propios ojos.

—Poned en marcha los motores —digo.

Los motores de la Garra Perforadora modernizada comienzan a funcionar a mi espalda y me empujan contra la negra superficie del Coloso. Dándose cuenta de que supongo una amenaza, un alas ligeras me rocía con varias ráfagas de proyectiles de ametralladora. Las balas del tamaño de un pulgar impactan silenciosamente contra el taladro. El blindaje resiste. Pero no sucede lo mismo en la Garra Perforadora que viaja junto a la mía. Una ráfaga de proyectiles de cañón de riel lanzada desde un cañón de cinco metros de longitud desde lo más alto del destructor de lunas perfora la cabina de mando y mata al sondeainfiernos que la ocupaba. La Garra Perforadora estalla. Una de sus brocas se estampa contra el cristal de mi cabina y lo resquebraja. Otra docena de disparos destrozan la nave sanguijuela que tenía al lado. Puede que Monty no sepa qué son los proyectiles de treinta metros que proceden de mi navío, pero aun así está dispuesto a matar a su propia gente para impedir su acercamiento.

Una mancha de metal gris avanza hacia mí.

Una bala de cañón de riel disparada desde el Coloso agujerea tres naves sanguijuela delante de mí antes de golpear la parte baja de mi Garra Perforadora, la altura de la «muñeca». Atraviesa el taladro de abajo arriba, perfora el suelo de mi cabina de mando, entre mis piernas, pasa a escasos centímetros de mis pelotas y de mi pecho y está a punto de arrancarme la cabeza. Me echo hacia atrás y el proyectil

impacta contra la viga de metal de la cabina. Hace añicos el cristal y comba el soporte hacia el exterior como si fuera una pajita de plástico que se derrite. Ahogo un grito, medio inconsciente por culpa de la transferencia de energía cinética.

Unos puntos blancos invaden mi campo de visión.

Me sacudo para tratar de recuperar los sentidos.

Me he desviado del rumbo. Este transporte no está diseñado para virar. Estoy a punto de empotrarme contra la cubierta del destructor de lunas. No me salva el instinto, sino mis amigos. Los motores de la Garra Perforadora dependen del control informático de los azules del barco de Orión. Alguien da marcha atrás con los propulsores en el último momento y evito el choque. Choco contra el respaldo de mi asiento, la Garra Perforadora frena y luego aterriza con suavidad sobre la superficie del Coloso. Me sacudo en mi asiento, riendo de miedo.

—¡Maldita sea! —vitoreo a mi lejano salvador, quienquiera que sea—. ¡Gracias!

Pero la Garra Perforadora en sí es toda manual. Que los azules intentaran manipular los mandos sería como si tratase de montar un tirachinas en torno a un planeta. Mis manos bailan sobre los controles recuperando mi viejo modo de trabajo. Reactivo el taladro utilizando los motores para clavarme como una uña a la superficie del barco. El metal resopla. Los pernos crujen. Y comienzo a carcomer la capa superior del blindaje, esa que decían que ninguna nave sanguijuela podría atravesar.

La presión silba en torno a mi taladro.

Aumento las revoluciones moviendo las manos a toda prisa sobre los mandos, cambiando las brocas del taladro a medida que se sobrecalientan y aprovechan las unidades refrigeradas. El espacio desaparece. Hurgo en el buque. No excavo en línea recta, sino trazando un túnel hacia la parte delantera del barco. Una cubierta. Dos cubiertas. Horado salas y barracones, generadores y tuberías de gas. Es la cosa más espantosa y salvaje que he hecho en mi vida. Rezo por no toparme con un almacén de municiones. Hombres, mujeres y escombros salen volando hacia el espacio a través del agujero que he excavado, como si fueran hojas otoñales barridas de los varios niveles de cubierta en los que penetro. Los mamparos sellarán la herida, pero los que queden atrapados entre los mamparos y el túnel pueden darse por muertos. Cuando ya he penetrado trescientos metros en el barco, mi Garra Perforadora se avería. Las brocas se han gastado y el motor se ha sobrecalentado. Estiro la mano para retirar la cubierta exterior de la cabina y salir de la Garra, pero se me resbala la mano en la palanca. Me examino el cuerpo a toda prisa, pero mi armadura no está perforada. La sangre no es mía. Cae por la pared derecha de la cabina de mando, coagulada en torno al proyectil circular de cañón de riel que agujereó las tres naves sanguijuela para empotrarse en la viga de apoyo de mi Garra Perforadora. Mechones de pelo y un fragmento de hueso destacan sobre la sangre pegajosa. Dejo la Garra Perforadora y me introduzco en el vacío del túnel que he excavado. El barco ya no pierde aire. Ahora reina la calma, pues ya han purgado la presión y los mamparos de emergencia se han cerrado para poner en cuarentena el casco comprometido. El generador de gravedad de esta sección de la nave debe de estar dañado. El pelo me flota dentro del casco. Levanto la mirada. Al final del túnel, donde he perforado el casco, hay un pequeño agujero que deja ver las estrellas. El cadáver de un hombre pasa dando vueltas lentas por delante de él. Una sombra lo atrapa cuando el buque insignia de Echo navega por encima de él, interceptando el sol que se refleja en la superficie de Júpiter. Igual que el hombre, me quedo sumida en la oscuridad. Sola en las entrañas del Coloso. Mi intercomunicador es una avalancha de parloteos bélicos. Octavia está despegando desde nuestro hangar. Orión y los señores de las Lunas están en el aire, alejándose de los polos de Ío en dirección a Júpiter. El buque insignia de Mustang sigue soportando el ataque del barco de Monty mientras Echo conduce al resto de su flota en pos de los Telemanus y los Raa, que se están retirando.

Raven continúa a la espera.

Treinta metros por encima de mi cabeza, algo sale de uno de los niveles que he atravesado y se asoma al túnel de veinte metros de ancho. Mi yelmo identifica un arma activa.

Me elevo volando y activo mi escudo de pulsos.

Me topo con un joven gris que me mira tras la visera de plástico de una máscara de oxígeno de emergencia. Flota en el aire, aferrado con una mano a un trozo de pared de metal destrozada. Está cubierto de sangre. No es suya. El cuerpo de uno de sus amigos flota a su espalda. Está temblando. Mi taladro debe de haber atravesado a todo su pelotón, y después el espacio habrá absorbido sus cadáveres hasta dejarlo aquí solo. Mi terror se refleja en sus ojos. Levanta su achicharrador y reacciono sin pensar. Le atravieso el corazón con el filo, lo convierto en un despojo. Muere, joven y con los ojos como platos, y se queda allí flotando, erguido, hasta que le pongo una bota en el pecho para poder extraer mi hoja de su cuerpo. Nos apartamos el uno del otro. Pequeñas gotas de sangre se despegan de mi filo para danzar en la ausencia de gravedad. Los generadores de gravedad vuelven a funcionar y mis pies golpean el suelo. La sangre los salpica. El cuerpo del gris cae con gran estrépito. La luz entra a oleadas por la boca del túnel, a mi espalda. Me aparto del hombre muerto y alzo la vista para atisbar una lanzadera entrando desde el espacio. La siguen más. Todo un desfile de naves de asalto comandadas por Octavia. Las siguen varios alas rápidas, pero las armas instaladas en la parte trasera de las naves de asalto les disparan ráfagas de proyectiles de partículas de alta energía del tamaño de un puño. Los destrozan. Vendrán más. Centenares más. Debemos movernos con rapidez. La velocidad y la agresividad son las únicas ventajas de las que disponemos. El navío de Octavia frena en seco en el túnel, justo por encima de mi Garra Perforadora.

Las valquirias salen en tropel para unirse a mí. Otras naves vacían su carga en distintos niveles.

Holiday y varios rojos con armadura de batalla avanzan con los obsidianos, cargando con equipos de irrupción por la habitación sin aire hacia la puerta del mamparo que nos aísla del resto del barco. Empujan el taladro térmico contra el metal. Comienza a ponerse rojo.

Activan una burbuja de pulsos sobre la escotilla de metal para que cuando irrumpamos no activemos más mamparos.

—Irrupción completa en quince segundos.

Octavia está de pie a un lado, escuchando una charla enemiga.

—Equipos de respuesta en camino. Más de dos mil unidades mixtas.

También está conectada con el mando estratégico del barco de Orión, así que puede obtener datos sobre la batalla a partir de las enormes matrices de sensores del buque insignia. Parece que Monty ha lanzado a más de quince mil hombres contra nosotros en sus naves sanguijuela. La mayoría estarán ya en el Lincoln a estas alturas. Buscándome por todas partes. Capullos estúpidos. Monty ha apostado

fuerte, y se ha equivocado. Y yo acabo de meter a tres mil obsidianos desquiciados en un buque de guerra prácticamente vacío.

El Poeta va a cabrearse mucho.

—Diez —informa Holiday.

—¡Valquirias, a mí! —grito, y levanto las manos indicando una formación triangular.

Las cien obsidianas pisotean los escombros del economato y se agrupan detrás de mí, tal como les enseñamos a hacer durante nuestra travesía hasta Júpiter. Sefi está a mi izquierda, Octavia a mi derecha y Holiday detrás. La puerta de metal sobrecalentada se comba. Los rojos y los grises se apartan. A lo largo del túnel que he excavado, en los diez niveles, equipos muy parecidos a este se estarán preparando para irrumpir igual que nosotros. Otras dos Garras Perforadoras han alcanzado también el objetivo.

Dos mil obsidianos irrumpen por sus túneles.

Grises, rojos y unos cuantos dorados simpatizantes los comandarán contra las fuerzas de seguridad que utilizan tranvías y graviascensores para trasladarse hacia el nuevo frente de batalla del interior del barco.

Esto va a ser una tormenta de fuego.

Combate en espacios cerrados. Humo. Gritos.

Lo peor de la guerra.

—Escudos a máxima potencia —digo en nagal volviéndome hacia las valquirias. Unos escudos iridiscentes se propagan sobre sus armaduras—. Acabad con todo lo que lleve un arma. No toquéis nada que no la lleve. Da igual de qué color sean. Recordad nuestro objetivo. Despejadme un camino. ¡Hyrg la, Ragnar!

—¡Hyrg la, Ragnar! —braman golpeándose el pecho, entregándose a la locura de la guerra.

La mayoría se habrán tomado sus hongos alucinógenos en la lanzadera. No sentirán dolor.

Se mueven como una masa compacta, ansiosas por el fragor de la batalla. Octavia vibra a mi lado. Recuerdo cuando, sentada a su lado en el laboratorio de Becca, me contó que le encanta el olor de la batalla. El sudor rancio de los guantes. El aceite de las armas. Los músculos con tirones y las manos temblorosas de después. Me doy cuenta de que en realidad es su honestidad lo que le gusta. Una batalla nunca miente.

—Octavia, quédate a mi lado —le digo—. Formaremos pareja en la hidra si nos topamos con dorados.

Njar la tagag… —dice Sefi detrás de mí.

—… syn tjr rjyka!

«No hay dolor. Solo dicha», corean sumidas en el abrazo del pan de Dios.

Sefi comienza el grito de guerra. Su voz es más aguda que la de Ragnar. Sus dos hermanas de alas se suman a ella. Luego sus veinte hermanas de alas, hasta que docenas de ellas inundan el intercomunicador con un cántico que me insufla una sensación de grandeza. Mi mente le dice a mi cuerpo que vuele. Por eso cantan los obsidianos. No para sembrar el terror. Sino para sentirse valientes, para sentir familiaridad en lugar de soledad y miedo.

El sudor me recorre la columna.

El miedo no es real.

Holiday desactiva su seguro.

Njar la tagag

Mi filo adopta su forma rígida.

Mi arma de pulso se estremece y gime, poniéndose a punto.

Me tiembla todo el cuerpo. Tengo la boca llena de cenizas. Ponte la máscara. Esconde a la mujer. No sientas nada. Velo todo. Avanza y mata. Avanza y mata. No soy una mujer. Ellos no son hombres.

La intensidad del cántico aumenta.

—… syn tjr rjyka!

El miedo no es real.

Si me estás viendo, Costia, ha llegado el momento de que cierres los ojos.

La Segadora ha llegado. Y se ha traído el infierno con ella.