47

INFIERNO

—¡Irrupción! —ruge Holiday.

La puerta se vence. Penetro a toda prisa en el campo de pulsos que rodea el punto de entrada. Todo se condensa. Imágenes, sonidos, el movimiento de mi propio cuerpo. Todo es una neblina. El dispersador de destellos de Holiday chirría a través de la abertura de dos metros del mamparo para freír todo nervio óptico no protegido que haya al otro lado. Estalla una granada de fusión secundaria. Franqueo el agujero entre el humo y me dirijo hacia la derecha, seguido de Octavia. Sefi va hacia la izquierda. El fuego enemigo nos alcanza de inmediato. Mi escudo emite el mismo sonido que un tejado de chapa cuando graniza. El final del pasillo es un caos de fogonazos de cañón y fuego de pulsos. Los proyectiles sobrecalentados cortan el humo. Disparo mi puño de pulsos y mi brazo se agita espasmódicamente. Me agacho y avanzo para no bloquear la entrada. Algo impacta contra mí. Me tambaleo hasta la pared izquierda mientras las partículas sobrecalentadas continúan brotando de mi puño. Las ráfagas de proyectiles de cañones de riel que chocan contra la barrera de energía antes de caer a mis pies hacen crepitar mi escudo. Cada vez hay más obsidianas en el pasillo, detrás de mí. Se mueven muy rápido. La atmósfera es una cacofonía. Mi mente táctica se centra en los hechos. Estamos acorralados. Los hombres mueren en la irrupción. Debemos avanzar.

Algo pasa silbando junto a mi cabeza.

Detona detrás de mí, en la entrada. Miembros y armaduras se desploman en el suelo. El yelmo amortigua el estruendo para protegerme los tímpanos. Me adelanto con paso vacilante, tratando de apartarme de la zona de la masacre.

Otra granada aterriza entre nosotros. Estalla cuando una obsidiana se abalanza sobre ella.

Más carne para la picadora. Debo reducir la distancia. No veo nada de lo que hay delante de mí. Demasiado humo. Fuego.

Al demonio con todo.

Con un rugido de frustración, activo mis gravibotas y salgo disparado como un cohete por el estrecho pasillo en dirección a nuestros atacantes. A ochenta kilómetros por hora, no dejo de disparar mientras me acerco. Octavia me imita. Es un escuadrón de veinte grises encabezado por un legado dorado con una brillante armadura plateada. Choco contra el dorado. Con el filo extendido, atravieso su escudo y le ensarto el cerebro. Nos derrumbamos contra el suelo. Se le queda el brazo pillado debajo de mí. Los grises del equipo de respuesta se dispersan y forman un círculo a mi alrededor mientras intento ponerme en pie.

Uno me dispara una carga de iones a la espalda.

Los destellos azules convulsionan sobre mis escudos y acaban con ellos. Le corto el cuello con el filo a uno de los grises. Otros dos me disparan contra el pecho. Mi armadura se abolla con los doce proyectiles. Me tambaleo. Un pesado cañón de riel con un cartucho perforador en la recámara me apunta a la cabeza. Me agacho y trato de escapar por un lado, pero me resbalo con un charco de sangre. Me caigo, el arma se dispara y abre un agujero del tamaño de la cabeza de un hombre en el suelo. Octavia se estrella contra los grises, precipitándose a uno y otro lado con sus gravibotas, como una bola de demolición furiosa. Pulveriza huesos entre las paredes y la pesada armadura que le protege el cuerpo. Las obsidianas se mezclan con los grises y los hacen pedazos con sus hachas de pulsos. Los grises gritan, se baten en retirada hacia la esquina, donde tienen apoyo armamentístico. Sefi le corta la pierna a uno de ellos, que cae al suelo y dispara su arma contra la pared. Ella lo decapita limpiamente desde atrás.

Esto es un horror.

El humo. Los cuerpos que se retuercen y la sangre que se evapora tras bullir en las heridas carbonizadas. La orina de un hombre agonizante forma un charco en torno a mi armadura y sisea cuando el cañón sobrecalentado de mi puño de pulsos la roza mientras Octavia me ayuda a levantarme.

—Gracias.

Su aterrador yelmo de pájaro asiente sin expresión.

Mientras el resto de mi pelotón franquea la entrada, avanzo hacia la esquina por la que varios de los grises han escapado. Otro equipo de respuesta enemigo coloca un arma pesada sobre una gravicápsula flotante a unos treinta metros de la puerta de un graviascensor. Al disparar, un cuarto de la pared que hay sobre mí se derrite. Le ordeno a Holiday que ocupe mi posición junto a la esquina con el rifle de mira de Trigg.

—Cuatro quincallas, un dorado —le digo—. Tienen montado un QR-13. Reviéntalos.

Ajusta el cañón multiusos de su rifle.

—Sí, señora.

Seis valquirias han caído en nuestro punto de irrupción. El yelmo de una mujer gigantesca se retrae hacia el interior de su armadura. Vomita sangre. La mitad de su torso humea, pues la armadura fundida todavía le está deshaciendo la carne. Intenta ponerse de pie, riéndose a causa del dolor, bajo los efectos del pan de Dios. Pero este es un nuevo tipo de guerra para estas mujeres, con heridas nuevas. Incapaz de sostenerse por sí misma, la obsidiana se derrumba sobre una hermana que llama a Sefi. La joven reina observa las heridas y ve que Octavia niega con la cabeza. Sefi, que ha aprendido más rápido que las demás, tenía claro lo que esta guerra podía costarle a su pueblo. Pero verlo con sus propios ojos es algo muy distinto. Le dice algo sobre el hogar a la mujer, algo acerca del cielo y las plumas bajo el crepúsculo estival. No veo la hoja que le clava a en la base del cráneo a la obsidiana agonizante

hasta que ya la ha sacado. Un holograma de la cara de Mustang aparece en la esquina de mi pantalla. Abro el vínculo.

—Lexa, ¿habéis irrumpido?

—Estamos dentro. Nos dirigimos hacia el puente. ¿Qué pasa?

—Tenéis que daros prisa. Están atacando mi barco con mucha fuerza.

—Estamos dentro. Se supone que debes largarte. Márchate a Tebe.

—Monty ha utilizado pulsos electromagnéticos. —Tiene la voz tensa—. Nuestros escudos nos han protegido, pero la mitad de los motores de mi flota están destrozados. Estamos inmovilizados, peleándonos con él. En cuanto tu Garra Perforadora atracó, el Coloso empezó a disparar a matar. Nos están devastando. Tienen muchas más armas que nosotros. Las baterías principales están ya a media carga.

Una sensación de náusea me sube de las entrañas. Monty puede vernos por las cámaras de su barco. Conoce la fuerza de mi partida de abordaje. Es solo cuestión de tiempo que llegue a su puente de mando. Pronto anunciará por el intercomunicador que si no me rindo la matará.

—Llega al condenado puente y cárgatelo, ¿entendido?

—Entendido. —Me vuelvo para enfrentarme a mis tropas—. Tenemos que movernos —digo—. Octavia, toma el mando del escuadrón. Voy a pasar a digital. Sefi, ponte delante.

—Holiday, cuando quieras —dice Octavia con impaciencia, caminando de un lado a otro por el pasillo—. La leoncita necesita nuestra ayuda. ¡Vamos! ¡Vamos!

—Relájate un poco —masculla Holiday mientras ajusta el rifle y selecciona la aplicación de disparo esquinero.

Las junturas del cañón rotan de manera que el arma se asoma por la esquina y envía el vínculo visual directamente al casco de la gris. Cuatro ráfagas rápidas salen disparadas del arma. Cada una con treinta balas del tambor de municiones que lleva en la parte de atrás de su armadura.

—Adelante.

Octavia y yo doblamos la esquina a toda velocidad devorando metros al tiempo que un gris intenta ocupar el lugar de su compañero ante el arma. Le corto el paso con mi puño de pulsos y Octavia intercambia una llave de kravat de cuatro movimientos con el dorado antes de atravesarle el pecho de una estocada. Lo remato con un tajo en la garganta. Holiday hace que sus comandos acarreen el QR-13 con nosotros; solo son capaces de seguir el ritmo de nuestras largas piernas debido a lo pesado de nuestra armadura. Mientras tratamos de llegar al puente lo antes posible, otros elementos de mi fuerza invasora se dirigen hacia las distintas funciones vitales del barco con renovado frenesí. Como relámpagos. Los grises no pueden moverse a esta velocidad porque dependen de la táctica, de las maniobras de salto de rana, de los disparos esquineros y de las técnicas de ocultación. Las obsidianas son simples arietes. Resulta tentador avanzar sin mesura, concentrarse únicamente en alcanzar el puente. Pero no puedo abandonar mi plan. Mis pelotones necesitan que los guíe sirviéndome del mapa de batalla que llevo en la pantalla de visualización. Hablando con los líderes de pelotones rojos y grises, coordino mientras corro siguiendo a Octavia, que nos conduce por el laberinto de pasillos de metal y emboscadas. Cuando los pelotones se quedan acorralados, utilizo el intercomunicador para mover a otros pelotones por graviascensores y pasillos para flanquear a los equipos de seguridad atrincherados. Es un baile intrincado. No solo corremos contrarreloj para evitar la destrucción de la nave de Mustang. También las naves sanguijuela deben de estar a punto de regresar. Monty lo sabe. Y menos de tres minutos después de nuestra entrada, el barco implementa el protocolo de confinamiento total. Todos los graviascensores, tranvías y mamparos se sellan para crear obstáculos en forma de colmena a lo largo y ancho del barco. Solo podemos avanzar de quince en quince metros. Es un sistema endiablado, acorrala a los equipos de abordaje mientras que los servicios de seguridad con llaves digitales corren tranquilamente por todo el barco, atacando por los flancos y creando rincones mortíferos y fuegos cruzados que pueden destrozar incluso a una partida de abordaje como la mía. No hay manera de combatirlo. Esta es la esencia de la guerra. No importa la tecnología ni la táctica, todo se reduce a terroríficos momentos ovillado en una esquina con la boca reseca mientras un amigo dispara fuego de cobertura y tú intentas no tropezarte con el equipamiento de alta tecnología que tienes enredado en torno al cuerpo mientras avanzas, con la cabeza agachada y las piernas temblorosas. No es la valentía, es el miedo a avergonzarte delante de tus amigos lo que hace que continúes moviéndote. Mientras nos abrimos paso fundiendo mamparo tras mamparo, las valquirias de Sefi alimentan la picadora. Nos tienden emboscadas por todas partes. Algunos de los mejores guerreros que he visto en mi vida caen con agujeros humeantes en la nuca de sus yelmos hechos por tiradores grises. Se derriten bajo el fuego de los puños de pulsos. Caen ante un caballero dorado flanqueado por siete obsidianos hasta que Octavia, Sefi y yo los derribamos con los filos.

Todo esto para llegar al puente de mando.

Todo esto para alcanzar a un hombre al que ayer podría haber tocado con tan solo estirar la mano. Si este es el coste del honor, prefiero ser una asesina indigna. Si le hubiera rajado la garganta a Monty entonces, las valquirias no sembrarían el suelo en este momento.

—Hombres y mujeres de la Marina de la Sociedad, os habla la Segadora. Vuestro barco ha sido abordado por los Hijos de Ares…

Oigo mi voz por el intercomunicador general del barco. Uno de mis pelotones ha alcanzado el servidor central de comunicaciones situado en la parte trasera del barco. Todas las partidas de abordaje de mi flota tienen copias del discurso que Mustang y yo grabamos juntas para cargarlo en los navíos enemigos tomados. Exhorta a los colores inferiores a unirse a mis unidades, a desactivar el protocolo de confinamiento si les es posible, a abrir las puertas manualmente si no y a saquear las armerías. La mayor parte de estos hombres y mujeres son veteranos. Es poco realista esperar una conversión masiva como la que logré en el Lincoln, pero cualquier granito de arena ayuda. El anuncio funciona solo parcialmente en el Coloso. Nos hace ganar un tiempo precioso cuando franqueamos varias puertas en cuestión de segundos en lugar de perder los minutos que nos costaría fundirlas. Monty también desconecta la gravedad artificial, pues al observar sus tácticas se da cuenta de que mis obsidianas no tienen experiencia en gravedad cero. Los grises de la Sociedad se abren camino por los pasillos como focas bajo el agua, tomándose la revancha contra mis valquirias flotantes, a las que les han arrebatado su tremenda velocidad, por haber aniquilado a tantos de sus amigos. Al final, uno de mis equipos reactiva la gravedad. Les pido que la reduzcan a un sexto de la estándar de la Tierra para que mi gente no se sienta abrumada por la pesada armadura que llevamos. Es una bendición para nuestros pulmones y nuestras piernas. Tras superar a un equipo de seguridad de grises, por fin llegamos al puente, magullados y ensangrentados. Me agacho, jadeando, y aumento la circulación de oxígeno en mi armadura. Empapada en sudor, activo en mi equipamiento la inyección de una dosis de estimulantes para evitar sentir el tajo que tengo en el bíceps, donde me ha alcanzado el filo de un dorado. La aguja se me clava en el muslo. Desde mis otros pelotones me llegan noticias de que han perdido el contacto con el enemigo, lo cual quiere decir que Monty los está concentrando, redirigiéndolos, probablemente hacia nosotros. De espalda a la puerta del puente, contemplo la antecámara circular, expuesta, y recuerdo que mi instructor de la Academia me explicó la letalidad geométrica del espacio para cualquiera que asedie un puente con diseño de brote estelar como este. Tres pasillos procedentes de tres direcciones distintas llevan a la habitación circular, que cuenta con un graviascensor en el centro. Es indefensible, y los marinos de Monty vienen hacia aquí.

—Monty, querido —lo llama Octavia dirigiéndose a las cámaras del techo mientras Holiday y su equipo instalan el taladro en la puerta—. Cómo te he extrañado desde lo del jardín. ¿Estás ahí? —Suspira—. Tendré que suponer que sí. Escucha, ya lo entiendo. Piensas que debemos de estar furiosos contigo por lo del asesinato de mi madre, la ejecución de nuestros amigos, las balas en la columna, el veneno y el año de torturas para la buena de la Segadora y para mí, pero no es así. Solo queremos meterte en una caja. Puede que en varias. ¿Te gustaría? Es muy poético.

Los tres comandos que le quedan a Holiday están poniendo cepos magnéticos en la puerta y montando su taladro térmico. La gris aprieta unos cuantos interruptores y el ojo del taladro comienza a girar como una centrifugadora. Sefi vuelve de su ronda de exploración. Su yelmo se retrae en su armadura.

—Muchos enemigos vienen del túnel. —Señala hacia el pasillo del medio—. He matado a su líder, pero vienen más dorados. No solo lo ha matado. Se ha traído su cabeza con ella. Pero cojea y le sangra el brazo izquierdo.

—Demonios. Ese es Flagelo —dice Octavia al ver la cabeza—. Estaba en mi casa en el colegio. Un tío muy simpático. Magnífico cocinero.

—¿Cuántos vienen, Sefi?

—Suficientes para darnos una buena muerte.

—Mierda. Mierda. Mierda.

Detrás de mí, Holiday le da un puñetazo a la puerta.

—Es demasiado gruesa, ¿verdad? —pregunto.

—Sí. —Se quita el casco de ataque. Tiene la cresta aplastada hacia un lado y el sudor le gotea por el rostro tenso—. Esta no es de GDY como las del resto del barco. Es de Industrias Ganímedes. Hecha a medida. Al menos el doble de gruesa que las demás.

—¿Cuánto tiempo tardaremos en atravesarla? —inquiero.

—¿A toda potencia? Unos catorce minutos —aventura.

—¿Catorce? —repite Octavia.

—Puede que más.

Me doy la vuelta y resoplo para liberar la rabia. Mis compañeras saben tan bien como yo que ni siquiera dispongo de cinco minutos. Llamo al intercomunicador de Mustang. No hay respuesta. Su barco debe de estar en las últimas. Maldita sea. No te mueras, Mustang. Simplemente no te mueras. ¿Por qué habré permitido que te separaras de mí?

—Cargaremos contra ellos —informa Octavia—. Por el pasillo del centro. Huirán como los zorros de los sabuesos.

—Sí —contesta Sefi, que ve en Octavia un espíritu más afín de lo que cualquiera de las dos podría haber pensado antes de derramar sangre juntas—. Yo te seguiré, hija del Sol. Hasta la gloria.

—A la mierda con la gloria —replica Holiday—. Dejad que el taladro haga su trabajo.

—¿Y sentarnos aquí a morir como florecillas? —pregunta Octavia.

Antes de que pueda decir una sola palabra, oigo a mi espalda el zumbido metálico que emiten los mecanismos hidráulicos de la pared cuando la puerta del puente de mando se abre.