48

EMPERADOR

Entramos en tropel en el puente de mando esperando una emboscada. Sin embargo, reina la calma. Está despejado, con las luces atenuadas, tal como le gusta a Monty. De unos altavoces ocultos brota música de Beethoven. Todo el mundo continúa en sus puestos. Los rostros demacrados están iluminados por luces pálidas. Dos dorados caminan por la amplia pasarela de metal que pasa por encima de los fosos para desembocar en la parte delantera del foso, donde Monty está de pie orquestando su batalla ante una proyección holográfica de treinta metros de ancho. Los barcos bailan entre los sensores. Rodeado de disparos, pasa de unas imágenes a otras, emitiendo órdenes como un magnífico director conjurando la pasión de una orquesta. Su mente es un arma hermosa y terrible. Está destruyendo nuestra flora. Los depósitos de oxígeno del Dejah Thoris de Mustang derraman llamas mientras el Coloso y sus tres destructores escolta continúan martilleándolo con sus cañones de riel. Los hombres y los escombros flotan en el espacio. Y esta es solo una parte de la gran batalla. La mayoría de su ejército, Echo entre ellos, está persiguiendo a Rómulo, Orión y los Telemanus en dirección a Júpiter. A nuestra izquierda, a veinte metros de distancia, cerca de la armería del puente, un escuadrón táctico de obsidianos y grises sujetan sus armas y escuchan atentamente a sus comandantes dorados, que los preparan para defender el puente contra mí. Y justo a nuestra derecha, ante el panel de control situado junto a la puerta ahora abierta, invisible e insignificante para todos los demás ocupantes del puente, tiembla una pequeña rosa ataviada con un uniforme de ayuda de cámara. Bajo sus manos, la pantalla del código de acceso emite un resplandor verdoso. Su silueta delgada parece frágil recortada contra el telón de fondo de la guerra. Pero la expresión del rostro de la mujer es desafiante, mantiene el dedo sobre el botón de apertura de la puerta y su boca dibuja la más placentera de las sonrisas cuando la cierra a nuestras espaldas.

Y todo esto en tres segundos. El comandante de infantería dorado nos ve.

Los lobos, por muy bellos que sean cuando aúllan, matan mejor en silencio. Así que apunto hacia la izquierda y las obsidianas se abalanzan contra los soldados que escuchan al dorado. El hombre les grita que se den la vuelta, pero Sefi ya ha caído sobre sus hombres antes de que ellos puedan levantar las armas. Baila entre ellos con sus hojas agitándose contra caras y rodillas.

Sus valquirias se precipitan sobre los demás.

Solo se disparan dos pistolas antes de que el cuerpo del dorado caiga deslizándose del filo de Sefi y se estampe contra el suelo.

Unos grises nos disparan desde el otro lado del foso. Holiday y sus comandos se encargan de ellos. Mi yelmo se retrae.

—Monty —gruño mientras mis hombres prosiguen con la matanza.

Le ha dado la espalda a su batalla para mirarme. Toda su nobleza y toda la frialdad de su sangre de emperador se desvanecen para dar paso a un hombre atónito, anonadado. Octavia y yo cruzamos el puente a grandes zancadas. A ambos lados, los azules levantan la mirada hacia nosotros desde el foso, confundidos y asustados, a pesar de que su barco continúa inmerso en una batalla. En silencio, los dos pretorianos de Monty se acercan a nosotros. Ambos llevan la armadura negra y morada adornada con el cuarto de luna plateado de la Casa de Lune. Octavia y yo formamos pareja en la hidra sobre el puente de metal. Ella a la derecha, yo a la izquierda. Mi pretoriana es más baja que yo. No lleva el yelmo puesto y tiene el pelo recogido en un moño tirante. Está dispuesta a proclamar los grandes laureles de su familia.

—Me llamo Felicia au…

Amenazo con asestarle un latigazo en la cara. Ella levanta la espada y Octavia ataca en diagonal y la ensarta a la altura del ombligo. La remato con una decapitación limpia.

—Adiós, Felicia. —Octavia escupe y se vuelve hacia el último pretoriano—. Estos jóvenes de hoy no tienen enjundia. ¿Tú eres de la misma calaña?

El hombre deja caer el filo y se arrodilla, murmurando algo acerca de la rendición. Octavia está a punto de cortarle la cabeza de todas maneras, pero me mira por el rabillo del ojo. A regañadientes, acepta la rendición del hombre y, tras darle una patada en la cara, se lo entrega a nuestras obsidianas, que guardan el puente.

—¿Te gustan las Garras Perforadoras? —pregunta Octavia situándose a la izquierda de Monty, sedienta de sangre—. Ahí tienes una buena ración de justicia poética, cabrón traicionero.

Los azules siguen mirándonos, sin tener muy claro qué deben hacer. La partida de abordaje que venía a por nosotros ocupa ahora nuestro lugar al otro lado de la puerta del puente de mando. Nos hemos dejado el taladro, pero tardarían al menos diez minutos en fundir el metal. El intercomunicador que Monty lleva en la cabeza zumba con voces que solicitan órdenes. Los escuadrones que había enviado al ataque avanzan ahora a la deriva, sobreexpuestos. Sus comandantes, acostumbrados a que los dirija una mano invisible, vuelan ahora a ciegas hacia la batalla global. Es el fallo de la estrategia de Monty. La iniciativa individual crea ahora caos, porque la inteligencia central acaba de quedarse muda.

—Monty, dile a tu flota que se retire —exijo. Estoy empapada de sudor. Me ha dado un tirón en la pantorrilla. Me tiembla la mano de pura extenuación. Doy un paso brusco hacia el frente. Mi bota retumba sobre el acero—. Hazlo.

Clava la mirada en algo situado a mis espaldas, en la rosa que nos ha dejado entrar en el puente. La traición de una amante y no la de un señor tiñe su voz.

—Amatea, ¿tú también?

Su tristeza no avergüenza a la joven, que cuadra los hombros y se afianza en su puesto. Se quita el blasón de la rosa que lleva en el cuello, señal de que es propiedad del gens Fabii, y lo tira al suelo.

Un escalofrío recorre a mi amiga.

—Pero qué idiota romanticón.

Octavia se echa a reír. Salvo la distancia que me separa de Monty. Mis botas dejan un rastro de huellas de sangre sobre su cubierta de acero gris. Señalo al dispositivo que hay a su espalda y que muestra la agonía del barco de Mustang. Veo las estrellas que titilan a través de los agujeros de su casco, pero los destructores continúan castigándola.

—¡Diles que dejen de disparar! —digo apuntándolo con el filo. Él tiene el suyo en la cadera. Sabe que empuñarlo contra mí tiene muy poco sentido—. Hazlo ahora.

—No.

—¡Es Mustang! —replico.

—Ella ha elegido su destino.

—¿Cuántos hombres has enviado? —le pregunto con frialdad—. ¿Cuántos has enviado al Lincoln para traerme aquí? ¿Quince mil? ¿Cuántos hay en esos destructores?

Retiro la funda protectora del terminal de datos que llevo en el antebrazo izquierdo y proyecto el diagnóstico del reactor del Lincoln. Se ilumina con una luz roja intermitente. Hemos revertido el flujo refrigerante para que el reactor se sobrecaliente. Un ligero incremento en la potencia de salida y se producirá una explosión nuclear.

—Diles que cesen el fuego o perderán la vida.

Levanta su elegante barbilla.

—No puedo dar tal orden sin traicionar mi conciencia.

Ya sabe lo que eso significa.

—Entonces esto será culpa de ambos.

Vuelve la cabeza con brusquedad hacia el azul que se encarga de sus comunicaciones.

—Cyrus, pide a los destructores que realicen una maniobra evasiva.

—Demasiado tarde —dice Octavia mientras elevo la potencia de salida del generador.

La luz palpitante de mi terminal de datos adquiere un maligno tono carmesí que nos baña a todos. Y en el holograma que hay detrás de Monty, el Lincoln comienza a expulsar llamaradas azules. Respondiendo a toda prisa a su emperador, los destructores detienen su ataque contra Mustang y tratan de escapar, pero una luz brillante implosiona en el centro del Lincoln envolviendo las cubiertas de metal y retorciendo el casco a medida que los espasmos de energía van avanzando hacia el exterior. La onda expansiva alcanza los destructores y, con los cascos arrugados como un papel, los barcos se estampan unos contra otros. El Coloso se estremece a nuestro alrededor y también nos desplazamos por el espacio, pero sus escudos resisten. El Dejah Thoris flota a la deriva, con las luces apagadas. Solo puedo rezar por que Mustang esté viva. Me muerdo el interior de la mejilla para recuperar la concentración.

—¿Por qué no te has limitado a utilizar tus armas? —pregunta Monty, turbado por la pérdida de sus hombres, de sus destructores, por verse tan superado—. Podrías haberlos paralizado…

—Me estoy reservando esas armas —digo.

—No te salvarán. —Me da la espalda—. Mi flota ha conseguido que la tuya huya. Diezmarán los barcos que te quedan, volverán aquí y recuperarán el Coloso. Entonces veremos lo bien que se te da defender un puente.

—Poeta estúpido. ¿No te has preguntado dónde está Raven? —le pregunta Octavia—. No me digas que le has perdido la pista con todo este lío. —Hace un gesto con la cabeza en dirección a la pantalla en la que su flota persigue a las fuerzas de los señores de las Lunas y Orión hacia Júpiter—. Está a punto de hacer su entrada.

Cuando comenzó la batalla, la más exterior de las cuatro lunas interiores de Júpiter, Tebe, estaba en el punto más alejado de su rotación. Pero a medida que la lucha avanzaba, su órbita fue acercándola cada vez más hasta hacerla interponerse en el camino de la parte de mi ejército que se bate en retirada, a poco menos de veinte mil kilómetros de Ío. Encabezada por el buque insignia de Echo, la flota de Monty salió en su persecución, tal como era de esperar, para completar la destrucción de mis fuerzas. Lo que no se imaginaron era que mis barcos habían tenido desde el principio la intención de atraerlos hacia Tebe, el proverbial caballo muerto. Mientras yo negociaba con Rómulo, varios equipos de sondeainfiernos excavaban cuevas en la cara de la desierta Tebe. Ahora, mientras los cruceros de guerra y las naves antorcha de Monty pasan junto a la luna, Raven y seis mil soldados en caparazones estelares salen disparados de las cavernas. Y del otro lado de la luna despegan dos mil naves sanguijuela cargadas con cincuenta mil obsidianos y cuarenta mil rojos que gritan. Los cañones de riel vomitan. El fuego antiaéreo se inicia en el último momento. Pero mis fuerzas rodean al enemigo y se aferran a sus cascos como una nube de mosquitos de alcantarilla de la Luna para introducirse en sus entrañas y hacerse con las naves desde el interior.

Aun así, incluso mi victoria conlleva traición.

Rómulo tenía sus propias naves sanguijuela de dorados preparadas para lanzarse desde la superficie de la luna. Él también quería capturar barcos para poder contrarrestar mi botín. Pero yo necesito los navíos más que él. Y mis rojos han tapiado las entradas de sus túneles justo en el momento en que Raven despegaba. Para cuando Rómulo se dé cuenta del sabotaje, mi flota ya sobrepasará en número de naves a la suya.

—Me habría resultado imposible atraerte hacia un cinturón de asteroides, así que yo misma te he creado uno —le explico a Monty mientras observamos el desarrollo de la batalla.

—Bien jugado —susurra él.

Pero los dos sabemos que el plan tan solo funciona porque yo tengo cien mil obsidianos y él no. Su flota cuenta con, como mucho, diez mil. Más probablemente siete mil. Aun peor, ¿cómo podría haber sabido que tenía tantos cuando todos los demás ataques de los Hijos de Ares han recaído sobre las espaldas de los rojos? Las batallas se ganan meses antes de que se disputen. Nunca dispuse de los barcos suficientes para ganarlo. Pero ahora mis naves continuarán huyendo, continuarán escapando de sus armas mientas mis hombres hacen pedazos sus cruceros de guerra desde el interior. Poco a poco, sus navíos se convertirán en mis navíos y dispararán contra las embarcaciones con las que comparten formación. Nadie puede defenderse de eso. Monty puede purgar los barcos, pero mis hombres tendrán equipamiento magnético, máscaras de respiración. Solo matará a los suyos.

—La batalla está perdida —le digo al delgado emperador—. Pero todavía puedes salvar las vidas. Dile a tu flota que se rinda.

Niega con la cabeza.

—Estás acorralado, Poeta —le dice Octavia—. No hay forma de escapar. Ha llegado el momento de hacer lo correcto. Ya sé que ha pasado mucho tiempo desde la última vez…

—¿Y destruir lo que queda de mi honor? —pregunta en voz baja mientras un grupo de veinte hombres con caparazones estelares penetran en el hangar trasero de un destructor cercano—. Creo que no.

—¿Honor? —repite Octavia con desdén—. ¿Qué honor crees que te queda? Éramos tus amigos y nos entregaste. No solo para que nos mataran, sino para que nos metieran en cajas. Nos electrocutaran. Nos quemasen. Para que nos torturaran día y noche durante un año.

Aquí, ataviada con su armadura, resulta difícil imaginar que esta guerrera haya sido la víctima en algún momento de su vida. Pero sus ojos reflejan esa tristeza especial que surge de haber visto el vacío. De sentirse arrancada del resto de la humanidad. Su voz está cargada de emoción.

—Éramos tus amigos.

—Juré proteger la Sociedad, Octavia. Hice el mismo juramento que vosotros dos el día que recibimos la cicatriz de nuestra cara ante nuestros superiores. Proteger la civilización que le trajo el orden al hombre. En vez de cumplirlo, mirad lo que habéis hecho vosotros.

Mira con asco a las valquirias que aguardan a nuestras espaldas.

—No vivas en un cuento de hadas, necio llorón —le espeta ella—. ¿Crees que le importas algo a alguno de ellos? ¿A Echo? ¿Al Chacal? ¿A la soberana?

—No —contesta con tranquilidad—. No albergo tales ilusiones. Pero esto no tiene nada que ver con ellos. No tiene nada que ver conmigo. No todas las vidas están destinadas a ser cálidas. A veces el frío es nuestro deber. Incluso aunque nos aparte de nuestros seres queridos. —La mira con lástima—. Nunca serás lo que Lexa quiere. Tienes que saberlo.

—¿Crees que estoy aquí por ella? —le pregunta.

Monty frunce el entrecejo.

—Entonces ¿es por venganza?

—No —contesta ella furiosa—. Es más que eso.

—¿A quién intentas engañar? —le pregunta Monty volviendo la cabeza hacia mí—. ¿A ella o a ti?

La pregunta pilla a Octavia por sorpresa.

—Monty, piensa en tus hombres —intervengo—. ¿Cuántos más tienen que morir?

—Si tanto te importa la vida, diles a los tuyos que dejen de disparar —replica el Poeta—. Diles que entren en razón y comprendan que la vida no es libre. No lo es sin sacrificio. Si todo el mundo se lleva lo que quiere, ¿cuánto tiempo pasará antes de que no quede nada?

Me rompe el corazón oírle pronunciar esas palabras.

Mi amigo siempre ha tenido su propia manera de ver las cosas. Sus propias mareas que suben y bajan. El odio no está en su naturaleza. Tampoco lo estaba en la mía.

Nuestros mundos nos han convertido en lo que somos, y todo este dolor que sufrimos es para reparar la locura de los que vinieron antes, de los que modelaron el mundo a su imagen y nos dejaron las sobras de su banquete. Los barcos estallan en sus iris y bañan su pálido rostro en una luz furiosa.

—Todo esto… —susurra al sentir que se acerca el final—. ¿Tan adorable era ella?

—Sí. Era como tú —contesto—. Una soñadora.

Monty es demasiado joven para parecer tan viejo. Si no fuera por las arrugas de su cara y el mundo que nos separa, parecería que fue ayer cuando se acuclilló ante mí mientras yo temblaba en el suelo del Castillo de Marte tras asesinar a Julian, cuando me dijo que, cuando te arrojan a las profundidades, solo hay dos opciones: continuar nadando o ahogarte. Si hubiera sabido de dónde venía él, lo habría querido más. Habría hecho cualquier cosa por mantenerlo a mi lado y mostrarle el amor que se merece.

Pero la vida es el presente y el futuro, no el pasado.

Es como si nos miráramos el uno al otro desde orillas lejanas y el río se ensanchase, rugiera y se oscureciese hasta que nuestros rostros se convirtieran en pálidas esquirlas de luna en mitad de la noche. Más ideas de los muchachos que éramos que de las personas que somos. Veo que la determinación toma forma en su rostro. La resolución lo aleja de esta vida.

—No tienes por qué morir.

—He perdido la mayor flota jamás reunida —dice dando un paso atrás y tensando la mano en torno a la empuñadura de su filo. A su espalda, la pantalla muestra la trampa de Raven destrozando el cuerpo principal de su flota—. ¿Cómo puedo seguir adelante? ¿Cómo puedo soportar esta vergüenza?

—Conozco la vergüenza. Vi morir a mi esposa —contesto—. Y luego me suicidé. Hice que me colgaran para acabar con todo aquello. Para escapar del dolor. He sentido esa culpa todos y cada uno de los días desde entonces. Esa no es la salida.

—Se me rompe el corazón por la persona que eras —dice—. Por aquella muchacha que vio morir a su esposa. Se me rompió el corazón en aquel jardín. Se me rompe ahora al saber todo lo que sufriste. Pero mi único consuelo era el deber, y ahora me lo has arrebatado. Toda la penitencia que he intentado hacer… desaparecida. Amo la Sociedad. Amo a mi pueblo. —Suaviza la voz—. ¿Lo entiendes?

—Sí.

—Y tú amas al tuyo. —No me está juzgando, no me está concediendo el perdón. Solo una sonrisa—. No puedo ver cómo se desvanece el mío. No puedo ver cómo lo consumen las llamas.

—Eso no sucederá.

—Sí. Nuestra era está acabando. Noto que los días se acortan. La breve luz que se atenúa sobre el reino del hombre.

—Monty…

—Deja que lo haga —dice Octavia a mi espalda—. Él eligió su destino.

La odio por ser tan fría incluso en estos momentos. ¿Cómo es posible que no vea que, bajo sus actos, Monty es un buen hombre? Sigue siendo nuestro amigo, a pesar de lo que nos ha hecho.

—Lamento lo que ocurrió, Octavia. Recuérdame con cariño.

—No lo haré.

Él le dedica una sonrisa triste mientras se arranca la insignia de emperador del hombro izquierdo y la aprieta entre sus dedos para tratar de sacar fuerzas de ella. Pero entonces la lanza al suelo. Tiene los ojos llenos de lágrimas cuando se arranca la otra.

—No me merezco esto. Pero obtendré la gloria por la derrota de este día. Más de la que tú lograrás con tu vil conquista.

—Monty, escúchame. Esto no es el final. Esto es el comienzo. Podemos reparar lo que se ha roto. Los mundos necesitan a Monty au Fabii. —Titubeo—. Yo te necesito.

—No hay espacio para mí en tu mundo. Éramos hermanos, pero si tuviera el poder necesario para hacerlo, te mataría.

Estoy en un sueño. Incapaz de alterar las fuerzas que se mueven a mi alrededor. De impedir que la arena se me resbale entre los dedos. Yo puse todo esto en marcha, pero no tuve el ánimo, la fuerza, la astucia o lo que demonios se necesitase para detenerlo. No importa lo que diga o haga, perdí a Monty en el momento en que descubrió lo que soy. Doy un paso hacia él, pensando que puedo arrebatarle el filo de la mano sin matarlo, pero adivina mis intenciones y levanta una mano lastimeramente. Como si quisiera consolarme y suplicarme clemencia para que lo deje morir como vivió.

—No te muevas. La noche se cierne sobre mis ojos.

Me mira con los ojos llenos de lágrimas.

—Sigue nadando, amigo —le pido.

Con un gesto de asentimiento, se enreda el látigo del filo en torno a la garganta y yergue la espalda.

—Soy Monty au Fabii, del gens Fabii. Mis ancestros caminaron sobre el Marte rojo. Cayeron sobre la Vieja Tierra. He perdido la batalla, pero no me he perdido a mí mismo. No me convertiré en prisionero. —Cierra los ojos. Le tiembla la mano—. Soy la estrella en el cielo nocturno. Soy la espada en el crepúsculo. Soy el dios, la gloria. —Deja escapar una exhalación entrecortada. Tiene miedo—. Soy el dorado.

Y allí, sobre el puente de mando de su buque de guerra invencible, mientras su célebre armada queda reducida a cascotes detrás de él, el Poeta de Deimos se quita la vida. En algún lugar el viento aúlla y la oscuridad susurra que me estoy quedando sin amigos, que me estoy quedando sin luz. La sangre se desliza desde su cuerpo hacia mis botas. Un fragmento de mi propio reflejo atrapado en sus dedos rojos.