49
COLOSO
Octavia está menos afectada que yo. Asume el mando mientras permanezco junto al cadáver de Monty. Los ojos inertes del emperador miran al suelo. Mi propia sangre me atruena los oídos. Y aun así la guerra continúa. Octavia se ha colocado sobre el foso de operaciones de los azules, con una expresión de gran determinación en el rostro.
—¿Rebate alguien que este barco pertenece ahora al Amanecer? —Ni un solo marinero abre la boca—. Bien. Seguid las órdenes y conservaréis vuestro puesto. Si no podéis obedecerlas, poneos en pie ahora y pasaréis a ser prisioneros de guerra. Si decís que podéis seguirlas pero no lo hacéis, os pegaremos un tiro en la cabeza. Elegid. —Siete azules se levantan. Holiday los acompaña hasta el exterior del foso—. Bienvenidos al Amanecer —les dice Octavia a los restantes—. La batalla dista mucho de estar ganada. Ponedme en comunicación directa con el Aullido de Perséfone y el Titán. En la pantalla principal.
—Suspendedlo —ordeno—. Octavia, haz esa llamada con tu terminal de datos. No quiero hacer público todavía que hemos tomado este barco.
Octavia asiente y toquetea su terminal de datos. Orión y Daxo aparecen en el holo. La mujer oscura habla primero.
—Octavia, ¿dónde está Lexa?
—Aquí —contesta ella a toda prisa—. ¿En qué estado os encontráis? ¿Sabéis algo de Clarke?
—Hemos abordado un tercio de la flota enemiga. Clarke está a bordo de una cápsula de escape y el Eco de Ismenia está a punto de recogerla. Raven está en los pasillos de su segundo buque insignia. Informes periódicos. Está haciendo progresos. Los Telemanus y Raa están en…
—Un enfrentamiento igualado —la interrumpe Daxo—. Necesitaremos que el Coloso incline la balanza. Mi padre y mis hermanas han abordado el Pandora. Están tratando de llegar a Echo…
Tengo la sensación de que su conversación transcurre a un mundo de distancia.
A través de mi dolor, siento que Sefi se acerca a mí. Se arrodilla junto a Monty.
—Este hombre era tu amigo —dice. Yo asiento, aturdida—. No se ha ido. Está aquí. —Se toca el corazón—. Está ahí.
Señala las estrellas en el holo. La miro sorprendida por la profundidad que me revela. El respeto que muestra hacia Monty no sana mis heridas, pero hace que parezcan menos profundas.
—Déjalo ver —dice refiriéndose a sus ojos.
Del dorado más puro, continúan mirando al suelo. Así que me desenrosco el guantelete y se los cierro con los dedos desnudos. Sefi sonríe y me pongo de pie a su lado.
—El Pandora se mueve lateralmente hacia el sector D-6 —informa Orión sobre el barco de Echo.
En la pantalla, los barcos Severo-Julii se están separando de la Armada de la Espada y se disparan unos a otros para intentar arrancarse las naves sanguijuela que los están sangrando. Echo transfiere el poder de los escudos a los motores y se aleja del enfrentamiento.
—Ahora hacia el D-7.
—Los está abandonando —dice Octavia, atónita—. Esa mierdecilla prefiere salvarse el culo. Los pretores de la Sociedad no deben de creerse lo que ven. Aunque yo acudiera con el Coloso a prestarles apoyo, las flotas continuarían igual. La batalla duraría otras doce horas y extenuaría a ambos bandos. Ahora, se desmorona.
No sé si es por cobardía o traición, pero Echo acaba de servirnos la batalla en una bandeja de plata.
—Nos ha dejado un hueco —dice Orión.
La mirada de la azul se pierde en el vacío cuando se sincroniza con los capitanes de su barco y con su propio navío para propulsar a los enormes buques capitales hacia la región que antes ocupaba Echo, lo cual los acerca al flanco del principal cuerpo del adversario.
—¡No la dejéis escapar! —gruñe Octavia.
Pero ni Daxo ni Orión pueden permitirse perder barcos para perseguir a Echo. Están demasiado ocupados sacando partido de su huida.
—Nosotros la atraparemos —dice Octavia para sí—. Motores preparados para una propulsión del sesenta por ciento, incremento del diez por ciento sobre cinco. Timonel, pon rumbo al Pandora.
Hago una valoración rápida. De nuestra pequeña batalla en la retaguardia de la zona de guerra, somos el único barco todavía apto para la batalla. El resto son escombros a la deriva. Pero el Coloso aún no ha realizado ninguna maniobra o declaración de que su puente ha sido tomado por el Amanecer. Y eso quiere decir que disponemos de una oportunidad que ni siquiera se me había ocurrido antes.
—Suspendedlo —ordeno.
—¡No! —Octavia se da la vuelta hacia mí—. Lexa, tenemos que atraparla.
—Necesitamos hacer otra cosa.
—¡Se escapará!
—Y nosotros le daremos caza.
—No si consigue la suficiente ventaja. Estaremos estancados aquí durante horas. Me prometiste a mi hermana.
—Y te la daré. Piensa en algo que no seas tú —le espeto—. Escudo del puente abajo.
Hago caso omiso de la mirada airada de la mujer y dejo atrás el cuerpo de Monty para escudriñar la negrura del espacio cuando el escudo de metal que hay al otro lado del ventanal de cristal se retrae hacia la pared. A lo lejos, los barcos titilan y destellan recortados contra el fondo marmóreo de Júpiter. Ío está más abajo que nosotros y en la distancia, a nuestra izquierda, la luna de Ganímedes resplandece, tan grande como una ciruela.
—Holiday, convoca a toda la infantería disponible para proteger el puente y poner el navío a salvo. Sefi, asegúrate de que nadie franquea esa puerta. Timonel, pon rumbo a Ganímedes. No aviséis a ninguna embarcación de la Sociedad de que hemos conquistado el puente. ¿Me he explicado con claridad? Nada de transmisiones.
Los azules siguen mis instrucciones.
—¿A Ganímedes? —me pregunta Octavia sin apartar la mirada del barco de su hermana—. Pero Echo, la batalla…
—Esta batalla está ganada. Tu hermana se ha encargado de ello.
—Entonces ¿qué estamos haciendo?
Los motores de nuestra embarcación retumban y nos desembarazamos de los restos del naufragio del Lincoln y del devastado grupo de asalto de Mustang.
—Ganar la siguiente guerra. Discúlpame.
Me mancho la cara con la sangre que me salpica la armadura a la altura de la rodilla y me cubro la cabeza con el yelmo que surge de mi armadura. La pantalla de visualización se despliega. Espero. Y entonces, como era de esperar, recibo una llamada de Rómulo. Dejo que destelle en la parte izquierda de mi pantalla y comienzo a resollar para que parezca que he estado corriendo. Acepto la llamada. Su rostro se extiende sobre el octavo izquierdo de mi visor. Está en un tiroteo, pero mi visión es tan limitada como la suya. Tan solo veo su rostro en su yelmo.
—Lexa, ¿dónde estás?
—En los pasillos —contesto. A continuación, jadeo y me agacho como si tratara de recuperar el aliento—. Tratando de llegar al puente del Coloso.
—¿Todavía no has entrado?
—Monty ha iniciado el protocolo de confinamiento. Es complicado avanzar —explico.
—Lexa, escúchame con atención. El Coloso ha alterado su trayectoria y puesto rumbo a Ganímedes.
—Los muelles —murmuro con intensidad—. Va a por los muelles. ¿Puede interceptarlo algún barco?
—¡No! Están fuera de posición. Si Abby no puede ganar, nos arruinará. Esos muelles son el futuro de mi pueblo. ¡Debes hacerte con ese puente de mando a toda costa!
—Lo haré, pero… Rómulo, tiene cabezas nucleares a bordo. ¿Y si los muelles no son su único objetivo?
El archigobernador empalidece.
—Detenlo. Por favor. Ahí abajo también hay gente de tu pueblo.
—Haré cuanto esté en mi mano.
—Gracias, Lexa. Y buena suerte. A mí la primera cohorte…
Se corta la conexión. Me quito el yelmo. Mis hombres me miran con fijeza. No han oído la conversación, pero ahora ya saben lo que estoy haciendo.
—Vas a destruir los astilleros de Rómulo en Ganímedes —dice Octavia.
—Mierda —masculla Holiday—. Puta mierda.
—Yo no voy a destruir nada —replico—. Intento abrirme paso por los pasillos. Trato de llegar al puente. Monty está dirigiendo esta maniobra como su último acto de violencia antes de que me haga con el mando.
A Octavia se le iluminan los ojos, pero incluso ella tiene reservas.
—Si Rómulo lo descubre, si lo sospecha siquiera, se volverá contra nuestras fuerzas y todo lo que hemos ganado hoy se convertirá en cenizas.
—¿Y quién va a decírselo? —pregunto mirando alrededor del puente—. ¿Quién va a decírselo? —Miro a Holiday—. Si alguien envía una señal al exterior, pégale un tiro en la cabeza. Si devasto los astilleros de Ganímedes, el Confín no nos supondrá una amenaza durante los próximos cincuenta años. Rómulo es nuestro aliado hoy, pero sé que será un peligro para el Núcleo si el Amanecer triunfa. Si debo perder a Monty por esta victoria, si debo abandonar a los Hijos de estas lunas, me llevaré algo a cambio.
Bajo la mirada. Unas huellas rojas siguen mi camino. Ni siquiera me había dado cuenta de que he pisado la sangre de Monty. Nos desenmarañamos de los escombros formados por la flota de Mustang y la mía y nos alejamos de Júpiter y de la propia Clarke en dirección a Ganímedes. Siento los latidos de la desesperación cuando los señores de las Lunas envían su nave más rápida para interceptarnos. La derribamos. Todo el orgullo y las esperanzas del pueblo de Rómulo residen en los remaches y las cadenas de montaje, en los talleres eléctricos de ese opaco círculo de metal gris. Todas sus promesas de poder e independencia futura están a mi merced. Cuando llego a la gema reluciente que es Ganímedes, sitúo al Coloso en paralelo al monumento industrial que han construido en la órbita de su ecuador. Las valquirias se congregan detrás de nosotros en el ventanal. Sefi contempla con sobrecogimiento la majestad y el triunfo de la voluntad dorada. Doscientos kilómetros de muelles. Cientos de camiones y cargueros. Lugar de nacimiento de los barcos más grandiosos del Sistema Solar, incluido el Coloso. Como cualquier buen monstruo mitológico, el hijo debe devorar a su padre antes de perseguir su verdadero destino. Y ese destino es encabezar el ataque contra el Núcleo.
—¿Esto lo han construido los hombres? —pregunta Sefi con serena veneración.
Muchas de sus valquirias se han arrodillado para contemplar la maravilla.
—Lo construyó mi pueblo —contesto—. Los rojos.
—Tardaron doscientos cincuenta años… Es la edad del muelle más antiguo de todos ellos —explica Octavia, que está a mi lado.
Cientos de cápsulas de escape brotan de su caparazón de metal. Saben por qué estamos aquí. Están evacuando a los gerentes de más alto rango, a los supervisores. No pretendo engañarme. Sé quién morirá cuando disparemos.
—Todavía habrá miles de rojos ahí abajo —me dice Holiday en voz baja—. Naranjas, azules…, grises.
—Ya lo sabe —dice Octavia.
Holiday no se aparta de mí.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo, señora?
—¿Querer? —pregunto con un tono de voz hueca—. ¿Desde cuándo algo de todo esto tiene que ver con lo que queremos?
Me vuelvo hacia el timonel, a punto de darle la orden, cuando Octavia me pone una mano sobre el hombro.
—Comparte la carga, querida. Esta me toca a mí. —Su voz de áurea resuena alta y clara—. Timonel, abrid fuego con toda la artillería. Lanzad los tubos del veintiuno al cincuenta contra su eje central.
Juntas, pegadas la una a la otra, vemos cómo el buque de guerra devasta el puerto indefenso.
Sefi contempla el panorama profundamente sobrecogida. Ha visto los holos de la guerra, pero, hasta ahora, sus batallas han sido de pasillos estrechos, hombres y tiroteos. Esta es la primera vez que las valquirias son testigos de lo que una embarcación bélica es capaz de hacer.
Y, por primera vez, la veo asustada.
Es un crimen que esta obra muera así. Sin canciones. Sin sonido. Nada más que el silencio y la mirada imperturbable de las estrellas para anunciar el final de uno de los más grandes monumentos de la Edad de Oro. Y, en el fondo de mi mente, oigo la vieja verdad de oscuridad de esa era que me susurra.
La muerte engendra muerte que engendra muerte…
Este momento es más triste de lo que pretendía. Así que me vuelvo hacia Sefi antes de que los muelles terminen de hacerse pedazos.
Los fragmentos desgajados caen hacia la luna, donde impactarán contra el mar o las ciudades de Ganímedes.
—Debemos rebautizar el barco —digo—. Me gustaría que eligieras el nombre.
Su rostro está manchado por la luz blanca.
—Tyr Morga —dice sin dudarlo.
—¿Qué significa eso? —pregunta Holiday.
Vuelvo la vista hacia el ventanal. Las explosiones siguen asolando los muelles y sus cápsulas de escape resplandecen recortadas contra la atmósfera de Ganímedes.
—Significa Estrella de la Mañana.
