CUARTA PARTE
ESTRELLAS
Hijo mío, hijo mío,
recuerda las cadenas
cuando el oro reinaba con riendas de
hierro rugíamos y rugíamos
y nos retorcíamos y gritábamos
por un nosotros, por un valle
de sueños más prósperos.
COSTIA DE LICO
50
TRUENOS Y RELÁMPAGOS
La Armada de la Espada está hecha pedazos.
Más de la mitad destruida. Un cuarto conquistado por mis barcos. El resto huyó con Echo o en pequeñas hordas desordenadas que se replegaron en torno a los pretores restantes para huir en dirección al Núcleo. Bajo el mando de Octavia, he enviado a Thraxa y a sus hermanas en veloces corbetas a perseguir a Echo y a rescatar a Kavax, que fue capturado por las fuerzas de esta mientras intentaba abordar el Pandora. Le pedí a Raven que fuera con Octavia para que las dos pudieran estar juntas, pero mi amiga fue al barco de la mujer y regresó media hora después de que el navío partiera, airada y silenciosa, negándose a hablar de lo que había sucedido.
Por su parte, Mustang está muerta de preocupación por Kavax, aunque intenta disimularlo. Ella misma habría encabezado la misión de rescate si no la necesitáramos en la flota principal. Estamos realizando todas las reparaciones posibles para que los barcos puedan viajar. Barrenamos las embarcaciones que no podemos salvar y registramos los escombros navales en busca de supervivientes.
Se establece una alianza provisional entre el Amanecer y los señores de las Lunas, aunque no durará mucho.
No he dormido nada desde el comienzo de la batalla, hace dos días. Al parecer, Rómulo tampoco. Tiene los ojos ensombrecidos por la rabia y el agotamiento. Ha perdido un brazo y un hijo en el enfrentamiento; y más, mucho más.
Ninguno de los dos podía arriesgarse a una reunión cara a cara. Así que lo único que nos queda es esta holoconferencia.
—Tal como os prometí, sois independientes —le digo.
—Y vosotros tenéis vuestros barcos —contesta. Detrás de él, se alza una hilera de columnas de mármol talladas con efigies ptolemaicas. Está en Ganímedes, en el Palacio Colgante. El corazón de su civilización—. Pero no serán suficientes para derrotar al Núcleo. El Señor de la Ceniza os estará esperando.
—Eso espero. Tengo planes para su señora.
—¿Zarpáis hacia Marte?
—No tardarás en saber hacia dónde zarpamos.
Guarda un silencio pensativo.
—Hay una cosa que me resulta curiosa acerca de la batalla. En ninguno de los barcos que abordaron mis hombres se han encontrado armas nucleares de más de cinco megatones. A pesar de tus afirmaciones. A pesar de tus… pruebas.
—Mis hombres sí han encontrado bastantes —miento—. Ven a verlo si no te fías de mí. No me parece extraño que las almacenaran en el Coloso. Monty desearía mantenerlas vigiladas en todo momento. Hemos tenido mucha suerte de que consiguiera tomar el puente de mando cuando lo hice. Los muelles pueden reconstruirse. Las vidas no.
—¿Han tenido esas armas alguna vez? —pregunta Rómulo.
—¿Arriesgaría el futuro de mi pueblo con una mentira? —Sonrío sin ganas—. Vuestras lunas están a salvo. Ahora os toca a vosotros definir vuestro futuro, Rómulo. No le mires los dientes al caballo regalado.
—Cierto —dice, aunque ahora ve el engaño con claridad.
Sabe que lo he manipulado. Pero es la mentira que debe venderle a su propio pueblo si quiere la paz. En estos momentos no pueden permitirse disputar una guerra conmigo, pero su código de honor lo exigiría si supieran lo que he hecho. Y si se enfrentaran a mí, probablemente les ganaría. Ahora tengo más embarcaciones que ellos. Pero me causarían daños suficientes para estropear mi verdadera guerra contra el Núcleo. De manera que Rómulo se traga mis mentiras. Y yo me trago la culpa de abandonar a cientos de millones de personas en la esclavitud y de firmar de mi puño y letra las condenas a muerte de miles de Hijos de Ares a manos de la policía de Rómulo. Los he avisado. Pero no todos escaparán.
—Me gustaría que tu flota partiera antes de que termine el día —dice Rómulo.
—Tardaremos tres días en registrar los escombros en busca de supervivientes —replico—. Nos marcharemos entonces.
—Muy bien. Mis barcos escoltarán a tu flota hasta las fronteras que acordamos. Cuando tu buque insignia cruce el cinturón de asteroides, no podrás regresar jamás. Si una sola nave bajo tu mando atraviesa esa frontera, será la guerra.
—Recuerdo las condiciones.
—Procura no olvidarlas. Dale recuerdos de mi parte al Núcleo. Yo, sin duda, le transmitiré tu cariño a los Hijos de Ares que dejas atrás.
Interrumpe la señal.
Partimos tres días después de mi conferencia con Rómulo y continuamos realizando reparaciones sobre la marcha. Los soldadores y mecánicos motean los cascos como percebes benignos. Pese a que perdimos más de veinticinco buques capitales durante la batalla, hemos ganado unos setenta más. Es una de las victorias militares más destacadas de la historia moderna, pero las victorias son menos románticas cuando tienes que fregar los restos de tus amigos del suelo. Es sencillo mostrarse osada en el momento, porque lo único que tienes es lo que puedes procesar: ver, oler, sentir, probar. Y eso, en realidad, es una porción muy pequeña de la tarta. Pero después, cuando todo se descomprime y desenreda poco a poco y el horror de lo que has hecho y de lo que les ha sucedido a tus amigos se torna evidente, es abrumador. Esa es la maldición de esta guerra naval. Luchas, luego pasas meses esperando ocupada tan solo en el tedio de la rutina, y después vuelves a luchar. Todavía no les he dicho a mis hombres hacia dónde nos dirigimos. Ellos no me lo preguntan personalmente, pero sus oficiales sí. Y les ofrezco la misma respuesta una y otra vez:
—Hacia donde debemos.
La mayor parte de mi ejército está formada por Hijos de Ares, y han sobrevivido a épocas difíciles. Organizan bailes y reuniones y obligan a los gaznates cansados de la guerra a engullir algo de alegría. Parece que funciona. Los hombres y las mujeres silban por los pasillos a medida que nos alejamos de Júpiter. Cosen las insignias de las unidades en los uniformes y pintan los caparazones estelares de colores llamativos. Las vibraciones aquí son diferentes a la fría precisión de la Marina de la Sociedad. Aun así, se relacionan principalmente con los de su color, solo se mezclan cuando se les ordena que lo hagan. No es tan armonioso como me había imaginado, pero es un comienzo. Me siento desconectada de todo ello a pesar de que sonrío y los comando lo mejor que sé hacerlo. Maté a diez hombres en los pasillos. Maté a otros trece mil de los míos cuando destruimos los muelles. Sus rostros no me acechan. Pero resulta complicado deshacerse de esa sensación de pavor.
Todavía no hemos sido capaces de establecer contacto con los Hijos de Ares. Las comunicaciones de todos los canales están suspendidas, lo cual quiere decir que Quicksilver ha conseguido destruir los repetidores, tal como prometió. Ahora mismo, los dorados y los rojos están igual de ciegos.
Le doy a Monty el funeral que habría deseado. No en el suelo de alguna luna desconocida, sino en el sol. Su ataúd está hecho de metal. Un torpedo con una escotilla a través de la que Mustang y yo deslizamos su cuerpo. Los Aulladores robaron el cadáver del sobresaturado depósito para que pudiéramos despedirnos de él en secreto. Con tantos muertos entre nuestras propias filas, no sería justo verme honrar así a un enemigo. Pocos lamentan la muerte de mi amigo. Si acaso lo recuerdan, el pueblo de Monty siempre lo conocerá como El Hombre Que Perdió La Flota. Un moderno Cayo Terencio Varrón, el idiota que permitió que Aníbal lo rodeara en Cannas. Para mi gente, no es más que otro dorado que se creía inmortal hasta que la Segadora le demostró que no era así. Es desolador cargar con el cuerpo de alguien muerto y querido. Como un jarrón que sabes que nunca volverá a contener flores. Ojalá Monty hubiera creído en la otra vida con tanta firmeza como yo creí una vez, como creía Ragnar. No estoy segura de cuándo perdí la fe.
No creo que sea algo que sucede sin más.
Puede que me haya ido desgastando poco a poco, que fingiera creer en el valle porque era más sencillo que la alternativa. Ojalá Monty hubiera pensado que se marchaba a un mundo mejor. Pero murió creyendo solo en los dorados, y cualquier cosa que tan solo cree en sí misma no puede penetrar felizmente en la noche.
Cuando llega mi turno de decirle adiós, contemplo su rostro y no veo más que recuerdos. Lo veo leyendo en la cama antes de la gala, antes de que le inyectara el sedante. Lo veo vestido de traje, suplicándome que vaya con Mustang y con él a la ópera en Agea, insistiendo en lo mucho que me deleitaría en la agonía de Orfeo. Lo veo riéndose junto al fuego en la finca de Clarke tras la batalla de Marte. Sus brazos a mi alrededor, y sus lágrimas, cuando regresé a la Casa de Marte, cuando no éramos más que unos críos.
Ahora está frío. Con los ojos rodeados de círculos. Toda promesa de juventud lo ha abandonado. Todas las posibilidades de tener una familia, hijos, alegría, de envejecer y hacernos más sabios juntos, se han desvanecido por mi culpa. Este momento me recuerda a Roan y noto que las lágrimas me inundan los ojos.
A mis amigos, especialmente a los Aulladores, no les ha hecho mucha gracia que haya permitido a Bellamy asistir al funeral. Pero no podía soportar la idea de lanzar a Monty hacia el sol sin que el Belona le diera un beso de despedida. Tiene las piernas encadenadas. Las manos inmovilizadas a la espalda con unas esposas magnéticas. Se las quito para que pueda decirle adiós como es debido. Y eso hace. Se agacha para darle un beso a Monty en la frente.
Raven, implacable incluso en estos momentos, vuelve a cerrar la pestaña de metal en cuanto Bellamy termina. Al igual que Mustang, la pequeña dorada ha venido por mí, por si acaso la necesitaba. Ella no le tiene ningún cariño al difunto, no puede querer a una persona que nos traicionó a Octavia y a mí. La lealtad lo es todo para ella. Y, en su opinión, Monty no la respetaba lo más mínimo. Mustang piensa lo mismo.
Monty la traicionó tan de buena gana como a mí. Por eso perdió a su padre. Y aunque comprende que Augusto no era el mejor de los hombres, no por eso dejaba de ser su padre.
Mis amigos esperan que pronuncie unas palabras. Pero no puedo decir nada que no los ponga furiosos. Así que, tal como me ha recomendado Mustang, les ahorro la indignidad de tener que escuchar elogios sobre un hombre que firmó sus sentencias de muerte y recito los versos más relevantes de una de sus obras favoritas:
Ya no deben preocuparte
ni la canícula ardiente
ni la tormenta de invierno:
tus trabajos en la tierra
han terminado, y regresas
a casa con tu salario.
Los niños y niñas de oro
vuelven al polvo a ensuciarse
como deshollinadores.
—Per aspera ad astra —susurran mis amigos dorados, incluso Raven.
Y con tan solo apretar un botón, Monty desaparece de nuestras vidas para comenzar su último viaje, para reunirse en el Sol con Ragnar y generaciones de guerreros caídos. Yo me quedo atrás. Los otros se marchan. Mustang se queda conmigo, sin apartar la mirada de Bellamy mientras lo sacan escoltado de la habitación.
—¿Qué planes tienes para él? —me pregunta cuando nos quedamos solos.
—No lo sé —respondo, molesta porque me pregunta eso en un momento así.
—Lexa, ¿estás bien?
—Sí. Pero ahora mismo necesito estar sola.
—De acuerdo. —No se marcha, sino que se acerca más a mí—. Esto no es culpa tuya.
—Te he dicho que quiero estar sola.
—No es culpa tuya.
La miro, enfadada porque no se va, pero cuando veo la ternura que reflejan sus ojos, lo abiertos que se muestran, siento que la tensión de mis costillas desaparece. Las lágrimas brotan espontáneamente y me ruedan por las mejillas.
Me rodea la cintura con los brazos y apoya la frente en mi pecho.
—No es culpa tuya.
Más tarde, mis amigos y yo cenamos juntos en el camarote que he heredado de Monty. Es una ocasión silenciosa. Ni siquiera Raven tiene mucho que decir. Ha estado bastante callada desde que Octavia se marchó, hay algo que la carcome por dentro. El trauma de los últimos días nos pesa a todos. Pero estos pocos hombres y mujeres sí saben adónde vamos, y es esa información la que hace su carga aún más pesada que la de los soldados normales. Mustang quiere quedarse conmigo, pero yo prefiero que no lo haga. Necesito tiempo para pensar. Así que cierro sigilosamente la puerta tras ella y me quedo sola. No sola a la mesa de mi camarote, sino en mi dolor. Mis amigos asistieron al funeral de Monty por mí, no por él. Solo Sefi ha mostrado consideración por su fallecimiento, pues a lo largo de nuestra travesía hasta Júpiter estudió las destrezas bélicas de Monty y sentía hacia él un respeto puro que los otros no pueden experimentar. Aun así, de todos mis amigos, al final solo yo quise a Monty tanto como se merecía. El camarote del emperador todavía huele a Monty. Hojeo los viejos libros de sus estanterías. Un trozo de metal de barco ennegrecido flota en una vitrina de exposición. Hay varios trofeos más colgados en la pared. Regalos de la soberana —«Por heroísmo en la batalla de Deimos»— y del archigobernador de Marte —«Por defender la Sociedad áurea»—. Las Tragedias tebanas de Sófocles están abiertas sobre la mesilla. No he cambiado la página. No he cambiado nada. Como si al preservar la habitación pudiera mantenerlo a él con vida. Un espíritu en ámbar.
Me acuesto para dormir, pero solo soy capaz de mirar al techo. Así que me levanto y me sirvo tres dedos de whisky de uno de sus decantadores y me pongo a ver el holotubo en el salón. La red no funciona debido a la guerra de pirateo. Estar desconectada del resto de la humanidad provoca una sensación escalofriante. Así que busco los viejos programas en el ordenador del barco y echo una ojeada a vídeos de piratas espaciales, nobles caballeros dorados, cazadores de recompensas obsidianos y de un atribulado músico violeta de Venus hasta que encuentro un menú con un catálogo de vídeos que se han reproducido recientemente. Las fechas más próximas son de la noche anterior a la batalla.
El corazón se me desboca en el pecho mientras los ojeo. Miro a mi espalda, como si estuviera espiando el diario de alguien. Algunos son interpretaciones ageas de la ópera favorita de Monty, Tristán e Isolda, pero la mayor parte son cortes de nuestra época en el Instituto. Me quedo allí sentada, con la mano en el aire, a punto de reproducir un corte. Pero me siento forzada a esperar. Llamo a Holiday por el intercomunicador.
—¿Estás despierta?
—Ahora sí.
—Necesito un favor.
—Como siempre.
Veinte minutos más tarde, Bellamy, encadenado de pies y manos, entra arrastrando los pies desde el pasillo para unirse a mí. Lo escoltan Holiday y tres Hijos. Les digo que pueden marcharse y le hago un gesto de agradecimiento a Holiday con la cabeza.
—Puedo cuidar de mí misma.
—Te ruego que me disculpes, señora, pero eso no es exactamente cierto.
—Holiday.
—Estaremos al otro lado de la puerta, señora.
—Podéis ir a acostaros.
—Solo grita si necesitas algo, señora.
—Vaya una disciplina de hierro la de esa chica —dice Bellamy incómodo, cuando Holiday se marcha. Está de pie en mi atrio circular de mármol, contemplando las esculturas—. Monty siempre supo cómo engalanar un lugar. Por desgracia, tenía el gusto de un primer violín de noventa años.
—Nació tres milenios más tarde de lo que le correspondía, ¿no crees? —le digo.
—La verdad es que creo que habría odiado la toga de Roma. Una moda inquietante, sin duda. En la época de mi padre hicieron grandes esfuerzos por recuperarla. Sobre todo, durante las borracheras y algunos de los clubes gastronómicos que tenían por aquel entonces. He visto las fotos. —Se estremece—. Un asunto terrorífico.
—Algún día dirán lo mismo de nuestros cuellos altos —digo acariciando el mío.
Ve el whisky que sujeto en una mano.
—¿Es una visita social?
—No exactamente.
Lo acompaño al salón. Sus andares son lentos y estruendosos con las botas de cuarenta kilos de peso dentro de las que le han sellado los pies, pero aun así encaja mejor que yo en la habitación. Le sirvo un trago mientras se sienta en el sofá, aún a la espera de algún tipo de trampa. Enarca las cejas al mirar el vaso.
—¿En serio, Lexa? El veneno no es tu estilo.
—Es un Lagavulin. Regalo de Charles a Monty tras el asedio de Marte.
Bellamy gruñe.
—Nunca me ha gustado mucho la ironía. El whisky, por el contrario… nunca hemos tenido una pelea que no pudiéramos solucionar. —Mira la bebida al trasluz—. Es muy bueno.
—Me recuerda a mi padre —digo mientras escucho el suave zumbido de los conductos de ventilación que pasan por encima de nuestras cabezas—. Aunque no es que lo que él bebía valiera para algo más que limpiar engranajes y matar neuronas.
—¿Cuántos años tenías cuando murió? —me pregunta.
—Unos seis, calculo.
—Seis. —Inclina el vaso, pensativo—. Mi padre no era un bebedor solitario. Pero a veces lo encontraba en su banco favorito, cerca de un sendero tenebroso en la cordillera del Monte, tomándose un whisky como este. —Bellamy se muerde el interior de la mejilla—. Aquellos eran mis momentos favoritos con él. Sin nadie alrededor. Solo águilas planeando en la distancia.
Me explicaba los tipos de árboles que había en la ladera. Le encantaban los árboles. Divagaba acerca de qué crecía dónde y por qué y a qué pájaros les gustaba anidar allí. Le gustaban especialmente en invierno. Era por el aspecto que les confería el frío. En realidad, nunca le presté mucha atención a lo que decía. Ojalá lo hubiera hecho.
Bebe un trago. Él distinguirá el espíritu del licor. La turba, la uva sobre la lengua, la piedra de Escocia. Yo nunca noto más sabor que el del humo.
—¿Eso es el Castillo de Marte? —pegunta Bellamy señalando con la cabeza el holograma que hay sobre el panel de control de Monty—. Por Júpiter, qué pequeño parece.
—Ni siquiera iguala el tamaño de los motores de una nave antorcha —digo.
—Las expectativas exponenciales de la vida te dejan alucinado.
Me echo a reír.
—Yo antes pensaba que los grises eran altos.
—Bueno… —Sonríe con malicia—. Si tu referencia es Raven… —Suelta una carcajada antes de recuperar la seriedad—. Quería darte las gracias… por invitarme al funeral. Ha sido… sorprendentemente amable por tu parte.
—Tú habrías hecho lo mismo.
—Ya. —No está muy seguro de ello—. ¿Ese era el panel de control de Monty?
—Sí. Les estaba echando un vistazo a sus vídeos. Ha visto la mayor parte de los de esta lista docenas de veces. No las estrategias ni las batallas contra otras casas. Sino los ratos más tranquilos. Ya sabes.
—¿Los has visto? —me pregunta.
—Quería esperarte.
Mis palabras lo sorprenden, y recela de mi hospitalidad.
De manera que pulso el botón de reproducción y los dos nos retrotraemos a los muchachos que éramos en el Instituto. Al principio resulta incómodo, pero el whisky dispersa pronto esa sensación y las risas brotan con más facilidad, los silencios se hacen más profundos. Vemos las noches en que nuestra tribu cocinaba cordero en el barranco del norte. Cuando exploramos las tierras altas, escuchando las historias de Harper junto a la hoguera.
—Esa noche nos besamos —confiesa Bellamy cuando Harper termina una historia acerca del cuarto intento de su abuela de construir una casa en un valle montañoso a cien kilómetros de la civilización sin la ayuda de un arquitecto—. Se estaba metiendo en su saco de dormir. Le dije que había oído un ruido. Fuimos a investigar. Cuando descubrió que el ruido lo provocaba yo tirando piedras en la oscuridad para quedarme a solas con ella, se dio cuenta de lo que quería. Qué sonrisa. —Se echa a reír—. Qué piernas. De las que están hechas para rodear las caderas de alguien, ya sabes a qué me refiero. —Se ríe—. Pero la señorita mostró su desacuerdo. Me dio una bofetada, me apartó de un empujón.
—Bueno, no era de las fáciles —digo.
—No. Pero me despertó al amanecer para darme uno o dos besos. Según sus condiciones, claro.
—Y esa fue la primera vez que tirar piedras ha funcionado con una mujer.
—Te sorprenderías.
Hay momentos de cuya existencia yo no sabía nada. Monty y Bellamy intentan pescar algo y Harper empuja a este último por la espalda. Él bebe un buen trago a mi lado mientras su versión más joven cae al agua y trata de arrastrar a Harper consigo. Vemos los momentos privados en los que Monty se enamoraba de Zoe mientras exploraban las tierras altas en la oscuridad. Los roces inocentes de sus manos cuando se paran a beber agua. Titus vigilándolos desde una arboleda, tomando notas en su terminal de datos. Vemos la primera vez que duermen acurrucados bajo las mismas sábanas en el torreón, y el momento en que Monty se la lleva a las tierras altas para robarle su primer beso; oyen pisadas de botas sobre las piedras y ven a Echo y a Vixus emerger de la neblina, con los ojos resplandecientes por los ópticos. Mataron a Zoe y, cuando Monty les plantó cara, lo tiraron por un barranco. Se rompió el brazo y el río lo arrastró. Cuando volvió, después de caminar durante tres días, yo ya estaba presuntamente muerta a manos del Chacal. Monty lloró por mí y visitó el túmulo que yo había construido sobre Zoe, solo para descubrir que los lobos lo habían excavado y se habían llevado su cadáver. Sufrió en soledad. El humor de Bellamy se vuelve sombrío al presenciarlo, y me recuerda la expresión de angustia de su rostro cuando volvió con Raven y descubrió lo que les había sucedido a Zoe y Monty. Y quizá porque se siente culpable de haberse aliado con Echo.
Hay más vídeos, más pequeñas verdades que descubrir. Pero el más visto según el holoplato es el de Bellamy diciendo que había encontrado dos nuevos hermanos y ofreciéndonos puestos de lanceros en la Casa de Belona. Parecía tan esperanzado entonces. Tan feliz de estar vivo. Todos lo estábamos, incluso yo, a pesar de lo que sentía por dentro. Mi traición parece aún más monstruosa viéndola desde fuera.
Relleno el vaso de Bellamy. Él guarda silencio bajo el resplandor del holograma. Monty está montando su yegua gris moteada en dirección contraria a la nuestra, observando sus riendas pensativamente.
—Lo hemos matado nosotros —dice al cabo de un momento—. Era nuestra guerra.
—¿Estás seguro? —le pregunto—. Nosotros no creamos este mundo. Y ni siquiera estamos luchando por nosotros mismos. Y Monty tampoco. Él luchaba por Abby. Por una Sociedad que ni siquiera reconoce su sacrificio. Sacarán provecho político de su muerte. Lo culparán. Murió por ellos y, sin embargo, se convertirá en un simple chiste.
Bellamy siente la repugnancia que yo buscaba. Ese es su mayor miedo. Que a nadie le importe que se vaya. Esa noble idea del honor, de una buena muerte… que era para el viejo mundo.
No para este.
—¿Cuánto tiempo crees que durará esto? —pregunta dubitativo—. Esta guerra.
—¿Entre nosotros o entre todo el mundo?
—Entre nosotros.
—Hasta que uno de los dos corazones deje de latir. ¿No es eso lo que tú mismo dijiste?
—Te acuerdas de eso… —Gruñe—. ¿Y la de todos los demás?
—Hasta que no haya colores.
Se echa a reír.
—Vaya, muy bien. Has apuntado bajo.
Lo observo dar vueltas al contenido de su copa.
—Si Augusto no me hubiera puesto con Julian, ¿qué crees que habría ocurrido?
—No importa.
—Imagina que sí.
—No lo sé —contesta con brusquedad. Se termina el whisky y se sirve otro, sorprendentemente ágil a pesar de las esposas. Enfadado, examina el vaso—. Tú y yo no somos como Monty o Clarke. No somos criaturas de matices. Tú solo tienes el trueno. Yo solo tengo el relámpago. ¿Recuerdas esas estupideces de mierda que decíamos cuando nos pintábamos la cara y montábamos por ahí a caballo como idiotas? Es la cruda verdad. Solo podemos obedecer a lo que somos. ¿Tú y yo, sin una tormenta? Simples personas. Pero danos esto. Danos conflicto… Cómo rugimos y restallamos.
Se burla de su propia grandilocuencia, con una ironía oscura tiñéndole la sonrisa.
—¿De verdad crees que eso es cierto? —le pregunto—. ¿Que solo podemos ser una cosa o la otra?
—¿Tú no?
—Octavia dice eso de sí misma. —Me encojo de hombros—. Yo me estoy jugando mucho a que no lo es. A que no lo somos. —Bellamy se echa hacia delante y esta vez es él quien me sirve a mí—. ¿Sabes? Charles siempre hablaba de que estaba atrapada por sí misma, por la decisión que había tomado, hasta que sintió que no estaba viviendo su propia vida. Que había algo detrás de él marcándole el ritmo, algo a los lados que le marcaba el camino. Al final, todo su amor, toda su bondad, su familia, no importaron. Murió como vivió.
Bellamy ve más que la mera duda en mi teoría.
Sabe que podría hablarle de Mustang, o de Raven, o de Octavia, que han cambiado. De ser diferente. Pero él ve el trasfondo porque en muchos sentidos el hilo de su vida es el más parecido al mío.
—Crees que vas a morir —dice.
—Como decía Charles, la cuenta llega al final. Y el final se acerca.
Me contempla con ternura, su whisky olvidado, la intimidad más profunda de lo que yo pretendía. He tocado parte de su mente. Puede que también él haya sentido que va camino de su propio entierro.
—Nunca había pensado en el peso que soportabas —comenta con cautela—. Durante todo el tiempo que pasaste entre nosotros. Años. No podías hablar con nadie, ¿verdad?
—No. Demasiado arriesgado. No era una buena forma de entablar conversación: «Hola, soy una espía roja».
No se ríe.
—Sigues sin poder hacerlo. Y eso es lo que te mata. Estás entre tu propia gente y te sientes una extraña.
—Eso es —digo alzando la copa. Titubeo, sin tener muy claro hasta qué punto puedo confiar en él. Y entonces el whisky habla por mí—. Es difícil hablar con alguno de ellos. Todos están muy frágiles. Raven con lo de su padre, con el peso de un pueblo al que apenas conoce. Octavia piensa que es malvada y no para de fingir que tan solo busca venganza. Como si estuviera llena de veneno. Creen que yo sé cuál es el camino. Que he tenido una visión del futuro gracias a mi esposa. Pero ya no la siento como solía. Y Mustang… —me interrumpo incómoda.
—Venga. ¿Qué pasa con ella? Vamos, mujer. Tú mataste a mis hermanos y yo maté a Titus. La situación ya es incómoda.
Esbozo una mueca por lo extraño del momento.
—Me vigila continuamente —contesto—. Me juzga. Como si estuviera llevando la cuenta de mi valía. Analizando si soy apta.
—¿Para qué?
—Para ella. Para esto. No lo sé. En el hielo sentí que ya le había demostrado todo lo que necesitaba saber, pero su actitud no ha cambiado. —Me encojo de hombros—. A ti te sucede lo mismo, ¿no es así? Servir al antojo de la soberana cuando Indra mató a Harper. Las… expectativas de tu madre. Estar aquí sentado con la mujer que te arrebató dos hermanos.
—A Karnus puedes quedártelo.
—En casa tenía que ser una joya.
—La verdad es que de pequeño me tenía cariño —explica Bellamy—. Lo sé. Cuesta creerlo, pero era mi héroe. Me dejaba participar en los enfrentamientos deportivos. Me llevaba de excursión. Me enseñó a tratar con las chicas, a su manera. Sin embargo, con Julian no era tan bueno.
—Yo también tengo un hermano mayor. Se llama Nyko.
—¿Está vivo?
—Es mecánico de los Hijos de Ares. Tiene cuatro hijos.
—Espera. ¿Eres tía? —pregunta Bellamy sorprendido.
—Varias veces. Nyko está casado con la hermana de Costia.
—¿En serio? Yo también fui tío una vez. Se me daba bien. —Mira al infinito, su sonrisa se desvanece y reconozco las sospechas que lastran lo más profundo de su alma—. Estoy harto de esta guerra, Lexa.
—Yo también. Y si pudiera devolverte a Julian, lo haría. Pero esta guerra es por él, o por los hombres como él. Las personas decentes. Es por los callados y mansos que saben cómo debería ser el mundo, pero no pueden gritar más alto que los cabrones.
—¿No tienes miedo de romperlo todo y no ser capaz de recomponerlo después? —pregunta con sinceridad.
—Sí —digo, y por primera vez me entiendo mejor de lo que lo he hecho desde hace mucho tiempo—. Por eso tengo a Mustang.
Clava la mirada en mí durante unos instantes largos y extraños antes de negar con la cabeza y reírse de sí mismo o de mí.
—Ojalá fuera más sencillo odiarte.
—El mejor brindis que he oído en mi vida.
Levanto la copa, él hace lo mismo y ambos bebemos en silencio. Pero antes de que se marche de mi camarote esa noche, le doy un holotubo para que lo vea en su celda. Me disculpo de antemano por su contenido, pero tiene que verlo. No se le escapa la ironía. Lo verá más tarde en su celda, y llorará y se sentirá más solo todavía, pero la verdad nunca es fácil.
