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PANDORA
Horas después de que Bellamy se haya marchado, Raven me despierta de un sueño inquieto. Me llama al terminal de datos con un mensaje urgente. Octavia ha entablado combate con Echo en el Cinturón. Solicita refuerzos, y Raven ya ha preparado su equipo y tiene a Holiday reuniendo un equipo de asalto. Mustang, los Aulladores y yo nos embarcamos en la única nave antorcha que les queda a los Telemanus, la más rápida de la flota en este momento. Sefi ha intentado venir con nosotros, ansiosa de más batalla, pero aun después de la victoria de Ío mi flota camina sobre el filo de la navaja. Su liderazgo es necesario para mantener la disciplina de los obsidianos. Es la pacificadora, y el remate del nuevo chiste favorito de Raven: ¿qué dices cuando una mujer de dos metros treinta de altura entra en una habitación con un hacha de batalla y varias lenguas en un gancho? Nada en absoluto.
Personalmente, me preocupa más que lo único que mantenga esta alianza unida sea un puñado de personalidades fuertes. Si pierdo a una de ellas, todo podría desmoronarse.
Avanzamos a toda velocidad, poniendo los barcos a prueba para alcanzar a Octavia, pero una hora antes de que lleguemos a sus coordenadas entre una maraña de asteroides que interfieren con el funcionamiento de los sensores, recibimos un breve mensaje codificado que lleva el sello de los Julii:
«Zorra capturada. Kavax liberado. Victoria mía».
Nos trasladamos en una lanzadera desde la esbelta nave antorcha de los Telemanus hasta la flota en espera de Octavia. Raven se toquetea con nerviosismo la pernera del pantalón. Octavia ha obtenido una victoria muy importante. Inició la persecución con veinte naves de asalto. Ahora posee casi cincuenta barcos negros: rápidos, ágiles, caros. Los típicos de una familia de comerciantes. Nada de los descomunales mastodontes que tanto les gustan a los Augusto y Belona. Todas las naves lucen el sol sollozante atravesado por una lanza de la familia Julii. Octavia nos espera en la cubierta del viejo
buque insignia de su madre, el Pandora. Tiene un aspecto espléndido y orgulloso, ataviada con un uniforme negro con el sol de los Julii sobre el pecho derecho, una ardiente línea naranja que recorre todo el pantalón y varios botones dorados y relucientes. Ha encontrado sus viejos pendientes de jade y los lleva en las orejas. Su sonrisa es amplia y enigmática.
—Buenas mujeres, bienvenidas a bordo del Pandora.
Kavax está a su lado, herido de nuevo, con una escayola en el brazo derecho y carne resonante cubriéndole el mismo lado de la cara. Las hijas que acudieron en su rescate lo flanquean ahora y se echan a reír cuando Kavax saluda a Mustang a gritos. Ella intenta mantener la compostura mientras corre hacia él y le rodea el cuello con los brazos. Le da un beso en la cabeza calva.
—Mustang —dice él alegremente. La aparta de sí y baja la cabeza—. Mis disculpas. Mis más profundas disculpas. No puedo evitar que me capturen una y otra vez.
—No eres más que una damisela en apuros —interviene Raven.
—Eso parece —admite Kavax.
—Solo prométeme que esta será la última vez, Kavax —dice Mustang. Él lo hace—. ¡Y estás herido de nuevo!
—¡Es un arañazo! Solo un arañazo, mi señora. ¿No sabes que la magia corre por mis venas?
—Hay alguien que se muere de ganas de verte —anuncia Mustang volviendo la mirada hacia la rampa de nuestra lanzadera.
Silba y, dentro, Guijarro libera a Sófocles.
Unas zarpas repiquetean a mi espalda y luego por debajo de mí cuando el animal pasa corriendo entre las piernas de Raven, a punto de tirarla al suelo, para encaramarse de un salto al pecho de Kavax. El Telemanus besa al zorro con la boca abierta. Octavia pone cara de asco.
—Pensé que te habías metido en un lío —le gruñe Raven a la chica.
—Te dije que lo tenía bajo control —asegura ella—. ¿A qué distancia se ha quedado el resto de la flota, Lexa?
—A dos días.
Mustang echa un vistazo a su alrededor.
—¿Dónde está Daxo?
—Daxo se está encargando de las ratas de las cubiertas superiores. Todavía queda algún Único de los acérrimos. Sacarlos de sus escondijos ha sido una lata —contesta Octavia.
—Apenas hay daños… —comento—. ¿Cómo lo has conseguido?
—¿Cómo? Soy la verdadera heredera de la Casa de Julii —responde Octavia con orgullo—. De acuerdo con el testamento de mi madre y por nacimiento. Los barcos de Echo, que legalmente son mis barcos, estaban gestionados por soplones, por aliados pagados. Se pusieron en contacto conmigo, pensaban que toda la flota iba detrás de mi pequeña partida de hostigamiento. Me suplicaron que los salvara de la malísima Segadora…
—¿Y dónde están ahora los hombres de tu hermana? —pregunto.
—He ejecutado a tres y destruido sus barcos como ejemplo para el resto. Los pretores desleales que he podido capturar están pudriéndose en las celdas. Los leales a mi madre y a mí han tomado el mando.
—¿Y nos seguirán? —pregunta Raven con brusquedad.
—Me siguen a mí —contesta ella.
—Eso no es exactamente lo mismo —le digo.
—Claro que no. Son mis barcos.
Está un paso más cerca de recuperar el imperio de su madre. Pero solo podrá culminar el resto del proceso en tiempos de paz. Aun así, la situación le confiere una independencia espeluznante. La misma que obtuvo Monty cuando ganó barcos tras la Lluvia del León. Esto pondrá su lealtad a prueba, y Raven no parece estar muy cómoda con la situación.
Mustang y yo nos miramos con el entrecejo fruncido.
—Hoy en día la propiedad es una cosa curiosa —dice Raven—. Tiende a ser opinable.
Octavia se crispa ante el desafío.
Mustang se entremete:
—Creo que lo que Raven quiere decir es: ahora que has logrado tu venganza, ¿sigues teniendo la intención de venir con nosotros al Núcleo?
—Aún no me he vengado —replica Octavia—. Echo todavía respira.
—¿Y cuando ya no lo haga? —insiste Mustang.
Octavia se encoge de hombros.
—No se me dan bien los compromisos.
El humor de Raven se ensombrece aún más.
Docenas de prisioneros atestan las celdas del pabellón. La mayoría son dorados. Algunos azules y grises. Todos de alto rango y leales a Echo. Un cañón de enemigos que me fulminan con la mirada tras las rejas. Recorro el pasillo en solitario, disfrutando de la sensación de que tantos dorados sepan que soy su captora.
Encuentro a Echo en la penúltima celda.
Está sentada con la espalda apoyada contra las barras que separan su celda de la contigua. Excepto por los moratones que luce en una mejilla, está tan bella como siempre. Boca sensual, ojos ardientes tras unas pestañas espesas. Está reflexionando bajo las pálidas luces de la mazmorra. Tiene las gráciles piernas cruzadas debajo de ella y se hurga una ampolla del dedo gordo del pie con unas manos de uñas negras.
—Me había parecido escuchar los pasos de la Segadora —dice con una sonrisilla seductora. Me recorre lentamente con la mirada, de abajo arriba, devorando cada centímetro—. Te has hinchado a proteínas, ¿verdad, querida? Vuelves a estar tremenda. No te preocupes. Yo siempre te recordaré como una gusana sollozante.
—Eres la única Montahuesos que queda viva en la flota —le digo mirando hacia la celda adyacente a la suya—. Quiero saber cuáles son los planes del Chacal. Quiero saber las posiciones de su tropa, sus rutas de suministros, las fuerzas de su guarnición. Quiero saber qué información posee sobre los Hijos de Ares. Quiero saber qué ideas tiene respecto a la soberana. ¿Están confabulados? ¿Hay tensión?
¿Está realizando el Chacal algún movimiento contra ella? Quiero saber cómo derrotarlo. Y, sobre todo, quiero saber dónde están las malditas armas nucleares. Si me das toda esa información, vivirás. Si no, morirás. ¿Te ha quedado claro?
No se ha inmutado ante la mención de las armas. Tampoco la mujer de la celda de al lado.
—Más claro que el agua —contesta Echo—. Estoy más que dispuesta a cooperar.
—Eres una superviviente, Echo. Pero no te estaba hablando a ti.
Estampo la mano contra los barrotes de la celda contigua, donde una dorada más baja, de rostro oscuro, está sentada mirándome con ojos salvajes. Su rostro es afilado, como solía serlo su lengua. Tiene el pelo rizado y más dorado que la última vez que la vi: se lo ha aclarado artificialmente, al igual que los ojos.
—Te hablaba a ti, Cardo. La que nos facilite más información de las dos, conservará la vida.
—Un ultimátum diabólico —aplaude Echo desde el suelo—. Y luego dices que eres roja. Creo que te encontrabas más cómoda con nosotros de lo que lo estás con ellos. ¿Me equivoco? —Rompe a reír—. No, ¿verdad?
—Tenéis una hora para pensarlo.
Echo a andar para alejarme de ellas y dejar que lo rumien.
—Lexa —me llama Cardo a mi espalda—. Dile a Raven que lo siento. ¡Lexa, por favor!
Me doy la vuelta y regreso despacio a su celda.
—Te has teñido el pelo —le digo.
—La pequeña bronce solo quería encajar —ronronea Echo al tiempo que estira sus largas piernas. Le saca a Cardo más de una cabeza y media—. No culpes a la pigmea, tenía unas expectativas poco realistas.
Cardo clava la mirada en mí, con las manos aferradas a los barrotes.
—Lo siento, Lexa. No sabía que esto llegaría tan lejos. No podría haber…
—Sí, lo hiciste. No eres idiota. Y no seas tan patética como para asegurar que lo eres. Entiendo que pudieras traicionarme a mí —digo con lentitud—. Pero sabías que Raven estaría allí. Igual que los Aulladores. —Agacha la cabeza, incapaz de mirarme a los ojos—. ¿Cómo pudiste hacerle algo así? ¿Y a los demás?
No tiene respuesta. Le toco el pelo con una mano.
—A nosotros nos gustabas tal como eras.
