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DIENTES

Me sumo a Raven, Mustang y Octavia en la sala de vigilancia de las mazmorras. Dos técnicos se recuestan en sillas ergonómicas mientras varias docenas de holos flotan a su alrededor a un tiempo.

—¿Han dicho algo ya? —pregunto.

—Todavía no —contesta Octavia—. Pero las aguas están agitadas y he subido la calefacción.

Raven observa a Cardo en el holodispositivo.

—¿Querías hablar con Cardo? —le pregunto.

—¿Con quién? —pregunta enarcando las cejas—. Nunca había oído hablar de ella.

Está claro que verla de nuevo le ha hecho daño. Sufre todavía más porque se dice a sí misma que debe ser dura, pero esta traición, la de una de sus propios Aulladores, la destroza por dentro. Aun así, lo disimula. No estoy segura de si es por Octavia, por mí o por ella misma.

Probablemente por las tres cosas.

Al cabo de varios minutos, Echo y Cardo están empapadas de sudor. Siguiendo mis recomendaciones, hemos puesto las celdas a cuarenta grados centígrados para incrementar su irritabilidad. También hemos aumentado una pizca la gravedad. Lo justo para que ni siquiera lo perciban. Hasta el momento, Cardo no ha hecho más que llorar y Echo ha estado tocándose el moratón de la mejilla para ver si su rostro ha sufrido algún daño perdurable.

—Tienes que trazar un plan —dice Echo perezosamente a través de los barrotes.

—¿Qué plan? —pregunta Cardo desde el rincón más alejado de su propia celda—. Van a matarnos, aunque les demos la información.

—Eres una estúpida llorona. La cabeza bien alta. Estás degradando tu cicatriz. Eres de la Casa de Marte, ¿no es así?

—Saben que las estamos escuchando —dice Raven—. Al menos Echo.

—A veces no importa —interviene Mustang—. Los prisioneros de gran inteligencia suelen jugar con sus captores. Es la confianza en sí mismos lo que puede hacerlos aún más vulnerables a la manipulación psicológica, porque creen que siguen controlando la situación.

—¿Y eso lo sabes gracias a tu extensa experiencia como torturada? —pregunta Octavia con ironía—. Dímelo a mí.

—Silencio —pido, y subo el volumen del holo.

—Voy a contárselo todo —le está diciendo Cardo a Echo—. Nada de esto me importa ya una mierda.

—¿Todo? —repite Echo—. Tú no lo sabes todo.

—Sé lo suficiente —asegura Cardo.

—Yo sé más.

—¿Y quién iba a confiar en ti? —le espeta Cardo—. ¡Psicópata matricida! Si supieras lo que la gente pensaba realmente de ti…

—Oh, querida, es imposible que seas tan tonta. —Echo suspira compasivamente—. Da mucha pena mirarte.

—¿Qué quieres decir?

—Utiliza la cabeza, pequeña mentecata. Al menos inténtalo, por favor.

—Que te den, zorra.

—Lo siento, Cardo —dice Echo arqueando la espalda contra los barrotes—. Es el calor.

—O la locura sifilítica —masculla Cardo, que ahora camina de un lado a otro de la celda rodeándose el cuerpo con los brazos.

—Qué… grosera. Sin duda, tiene que ver con tu educación.

Me planteo sacar a Cardo de la celda, extraerle la información que está dispuesta a ofrecer.

—Podría ser una artimaña —dice Mustang—. Un ardid diseñado por Echo por si acaso las capturaban. O puede que sea cosa de mi hermano. Sería típico de él propagar información errónea. Sobre todo, si se han dejado atrapar sin más.

—¿Que se han dejado atrapar sin más? —repite Octavia indignada—. En los depósitos de cadáveres de esta nave hay más de cincuenta muertos dorados que no estarían de acuerdo con esa afirmación.

—Tiene razón —interviene Raven—. Deja que continúen. Puede que Echo se abra más cuando la llevemos a una habitación.

Echo cierra los ojos y apoya la cabeza contra los barrotes, consciente de que Cardo le preguntará qué quería decir con lo de que «usara la cabeza». Y, claro está, Cardo lo hace.

—¿Qué has querido decir con lo de que si se lo cuento todo ya no sería de utilidad?

Echo la mira a través de los barrotes.

—Querida. Es evidente que no has pensado mucho en la situación. Yo estoy muerta. Tú misma lo has dicho. Puedo intentar negarlo, pero… mi hermana va a dejarme como un gato callejero. Le pegué un tiro en la columna y me pasé casi un año jugando a verterle ácido en la espalda. Me despellejará como si fuera una cebolla.

—Lexa no se lo permitiría.

—Es roja, para ella no somos más que demonios con coronas.

—Ella no haría algo así.

—Pues yo conozco una Trasgo que sí.

—Se llama Raven.

—¿Ah, sí? —A Echo no podría importarle menos—. La moraleja es la misma. Estoy muerta. Puede que tú tengas alguna oportunidad. Pero solo necesitan que una de nosotras esté viva para darles la información. La pregunta que debes hacerte es si te mantendrán con vida una vez que se lo cuentes todo. Necesitas una estrategia. Algo que dejarte en el tintero. Para ir negociando gradualmente.

Cardo se acerca a los barrotes que las separan.

—No me estás engañando. —Su voz transmite valentía—. Pero ¿sabes qué? Tú estás acabada. Lexa va a ganar, y tal vez sea lo mejor. Y ¿sabes qué? Yo voy a ayudarla. —Cardo aparta la mirada de Echo para levantarla hacia la cámara que hay en la esquina de su celda—. Te contaré lo que está planeando,

Lexa. Deja que…

—Sacadla —dice Mustang—. Sacadla de ahí ahora mismo.

—No… —murmura Octavia a mi lado cuando ve lo mismo que Mustang.

Raven y yo miramos a las mujeres confundidos, pero Octavia ya está a medio camino de la puerta.

—¡Abrid la celda treinta y uno! —les grita a los técnicos antes de desaparecer en dirección al pasillo.

Cuando nos damos cuenta de lo que ocurre, Raven y yo salimos corriendo tras ella y, por el camino, derribamos a un verde que está ajustando una de las holopantallas. Mustang nos sigue. Irrumpimos en el pasillo y nos abalanzamos sobre la puerta de seguridad de las mazmorras. Octavia la golpea una y otra vez mientras grita que la dejen entrar. La puerta emite un zumbido y entramos volando tras ella.

Dejamos atrás a los aturdidos guardas de seguridad, que están reuniendo su equipamiento, y penetramos en el bloque de celdas. Los prisioneros no paran de gritar. Pero aun así oigo el húmedo chop, chop, chop antes de llegar a la celda de Echo y verla encorvada sobre Cardo. Tiene las manos empapadas de sangre, metidas entre los barrotes que separan sus celdas. Sujeta con los dedos el pelo rizado de Cardo. Los restos destrozados del cráneo de la Aulladora se doblan contra los barrotes cuando Echo tira una última vez de la cabeza de Cardo hacia ella. Octavia abre de golpe la puerta magnetizada de la celda. Echo se pone en pie una vez completada su macabra hazaña y levanta las manos inocentemente en el aire mientras le regala una sonrisilla arrogante a su hermana mayor.

—Ten cuidado —la provoca—. Ten cuidado, Octy. Me necesitas. Soy la única que aún puede venderos información. A no ser que quieras caer en las fauces del Chacal, tendrás…

Octavia le parte la cara a Echo. Oigo el crujido del hueso a diez metros de distancia. La joven retrocede, tratando de escapar. Pero Octavia la sujeta contra la pared y la golpea. Mecánicamente, sumida en un tenebroso silencio. Levantando el codo una y otra vez, impulsándolo desde las piernas. Tal como nos enseñan. Echo clava los dedos en los musculosos brazos de su hermana, pero cuando los impactos se tornan húmedos y turbios, los relaja. Octavia no se detiene. Y yo no la detengo porque odio a Echo, y esa parte pequeña y oscura de mi ser quiere que sienta dolor. Raven pasa a mi lado como una exhalación y se abalanza sobre Octavia. Le sujeta el brazo derecho a la espalda y la agarra por el cuello con el izquierdo. La zancadillea y consigue tumbarla de espaldas en el suelo; después la inmoviliza rodeándole la cintura con las piernas. Liberada de la presa de su hermana, Echo se desploma hacia un lado. Mustang se precipita hacia ella para evitar que se abra la cabeza contra el borde afilado del camastro de metal soldado. Me arrodillo y meto las manos entre los barrotes para tomarle el pulso a Cardo, aunque ni siquiera sé por qué me molesto. Tiene la cabeza destrozada. La miro con fijeza.

Preguntándome por qué no estoy horrorizada ante el espectáculo.

Una parte de mí ha muerto. Pero ¿cuándo ocurrió? ¿Por qué no me di cuenta?

Mustang grita solicitando un amarillo. Los guardias contestan a la llamada.

Me sacudo.

Raven suelta a Octavia, que tose por la presión del cuello y la aparta de un empujón, furiosa. Mustang está agachada sobre Echo, que ahora ronca al tratar de respirar con la nariz rota. Tiene la cara triturada. Los labios partidos y llenos de trozos de dientes. Si no fuera por el pelo y los emblemas, ni siquiera se distinguiría que es dorada. Octavia sale de la celda sin siquiera mirarla, abriéndose paso entre los guardias grises con tanta brusquedad que tira a dos al suelo.

—Octavia… —la llamo a su espalda como si hubiera algo que decir.

Se vuelve hacia mí, con los ojos rojos no por la rabia, sino por una tristeza insondable. Tiene los nudillos apretados y abiertos.

—Cuando era pequeña le hacía trenzas en el pelo —dice con contundencia—. No sé por qué es así. Por qué yo soy así.

La mitad de uno de los dientes rotos de su hermana sobresale de la carne que le separa los nudillos de los dedos corazón y anular. Se lo arranca y lo levanta para mirarlo al trasluz como una niña que descubre un cristal de mar en la playa. Luego se estremece, horrorizada, y lo deja caer sobre la cubierta de acero. Mira a Raven, que está detrás de mí.

—Te lo dije.

Ese mismo día, más tarde, mientras los médicos se ocupan de Echo, los Hijos registran los efectos personales de Cardo en su camarote de la nave antorcha, el Tifón. Bajo el fondo falso de un armario, encuentran una piel de lobo apestosa y curtida. Raven se queda sin palabras cuando Muecas se la trae.

—Cardo se encargó de cortar la suya —dice Payaso cuando los Aulladores originales que han sobrevivido se reúnen en torno al ataúd de Cardo en la plataforma de lanzamiento del tubo escupidor. Mustang les concede espacio y lo observa todo desde la pared. Guijarro, Muecas y Raven están con nosotros—. Cuando el Chacal crucificó a Echo en el Instituto, Cardo se cortó su propia piel.

—Se me había olvidado —digo.

Raven resopla.

—Qué mundo este.

—Lexa, ¿te acuerdas de cuando la hiciste enfrentarse a Zoe cuando esta no era capaz de despellejar la oveja? Intentabas que se endureciese —dice Guijarro con una breve carcajada.

Raven también se ríe.

—¿Por qué te ríes? —pregunta Payaso—. Tú todavía estabas por ahí comiendo setas y aullando a la luna en aquella época.

—Estaba vigilando —dice Raven—. Siempre estaba vigilando.

—Eso da miedo, jefa —dice Muecas con un tono de voz de broma—. ¿Y qué hacías mientras vigilabas?

—Masturbarse entre los arbustos, obviamente —contesto yo.

Raven gruñe.

—Solo cuando todo el mundo estaba dormido.

—Qué asco. —Guijarro frunce la nariz y se guarda la capa de Aullador en la mochila—. Sigue aullando, pequeña Cardo.

Apenas soy capaz de soportar la ternura de sus ojos. No hay recriminación. Ni furia. Tan solo la ausencia de una amiga. Me recuerda lo mucho que quiero a esta gente. Como con Monty, todos nos despedimos de ella por turnos y después la lanzamos hacia el sol para que se una a Ragnar y Monty en su último viaje. Payaso y Guijarro se marchan agarrados de la mano, con Muecas burlándose de ellos continuamente. Raven y yo nos quedamos atrás y sonrío al verlos. Mustang aún no se ha movido

de su puesto junto a la pared.

—¿Qué ha querido decir Octavia con lo de «te lo dije»? —le pregunto.

Raven mira a Mustang.

—Bah, ya no importa. —Hace amago de marcharse, pero titubea—. Lo ha cancelado.

—¿Qué ha cancelado? —pregunto.

—Lo nuestro.

—Ah.

—Lo siento, Raven —dice Mustang—. Octavia tiene muchas cosas en la cabeza en esos momentos.

—Sí. —Raven se apoya contra la pared—. Sí. Probablemente sea culpa mía. Le dije… —Esboza una mueca—. Le dije que la… quería antes de la batalla. ¿Sabéis qué me dijo?

—¿Gracias? —aventura Mustang.

Raven se estremece.

—No. Solo me dijo que era una idiota. Puede que tenga razón. Tal vez viera más de lo que había. Ya sabéis, me entusiasmé demasiado.

Clava la mirada en el suelo, pensativa.

Mustang me hace un gesto con la cabeza para que diga algo.

—Raven, eres muchas cosas. Eres apestosa. Eres bajita. Tu gusto en cuestión de tatuajes es cuestionable. Tus gustos en cuestión de pornografía son… eh… excéntricos. Y tus uñas de los pies son realmente raras.

Se vuelve para mirarme.

—¿Raras?

—Las tienes muy largas, amiga. Esto… deberías cortártelas.

—No. Me van bien para agarrarme a las cosas.

La miro con los ojos entrecerrados, sin tener muy claro si está bromeando, y sigo de la mejor manera que sé.

—Solo te digo que eres muchas cosas, chavala. Pero idiota no es una de ellas.

No da ninguna muestra de haberme oído.

—Cree que el veneno le corre por las venas. A eso se refería en las mazmorras. Dijo que terminaría por estropearlo todo. Así que mejor acabar con ello de raíz.

—Solo está asustada —añade Mustang—. Especialmente después de lo que acaba de pasar.

—Te refieres a lo que está pasando… —Se sienta junto a la pared y apoya la cabeza en ella—. Empieza a parecer una profecía. La muerte engendra muerte que engendra muerte…

—Ganamos en Júpiter… —digo.

—Podemos ganar todas las batallas y aun así perder la guerra —farfulla Raven—. El Chacal tiene algo guardado en la manga y Abby solo está herida. La Armada del Cetro es más grande que la Armada de la Espada, y sacarán las flotas de Venus y Mercurio. Nos triplicarán en número. Va a morir mucha gente. Seguramente, la mayor parte de las personas que conocemos.

Mustang sonríe.

—A no ser que cambiemos el paradigma.