53
SILENCIO
Después de que Mustang nos explique el resto de su plan a grandes rasgos y de que terminemos riéndonos mientras analizamos y diseccionamos sus fallos, nos deja para que sigamos dándole vueltas y se marcha con los Telemanus a reunirse con el resto de la flota. Yo me quedo con Octavia y los Aulladores para interrogar a Echo y supervisar las reparaciones de los barcos.
La belleza de Echo es algo del pasado.
Los daños que ha sufrido han sido catastróficos a nivel superficial. Tiene el hueso orbital izquierdo pulverizado. La nariz aplastada: Octavia se la había golpeado con tal brutalidad que han tenido que sacarle los huesos de la cavidad nasal con fórceps. La boca hinchada y los dientes tan destrozados que el aire se le escapa con un siseo entre los incisivos. Latigazo cervical y conmoción cerebral severa. Los médicos del barco pensaron que había sufrido un accidente de navegación hasta que encontraron la huella del blasón relampagueante de la Casa de Júpiter diseminada por toda la cara.
—Marcada por la justicia —digo, y Raven pone los ojos en blanco—. ¿Qué? Yo también puedo ser graciosa.
—Sigue practicando, Segadora.
Cuando interrogo a Echo, su ojo izquierdo es una masa negra e hinchada. El derecho me escudriña con rabia, pero la chica coopera. Quizás ahora se deba a que piensa que las amenazas contra ella tienen cierto mérito y que su hermana espera terminar el trabajo. Según ella, el último comunicado del Chacal informaba de que se preparaba para nuestro ataque contra Marte. Está reuniendo su flota en torno a la reconquistada Fobos y reclama los barcos de la Sociedad que hay en la Lata y en otras estaciones navales. Además, se está produciendo un éxodo de navíos dorados, plateados y cobres desde Marte hacia la Luna y Venus, que se han convertido en centros de refugiados para los patricios sin derecho a voto. Como Londres durante la primera Revolución Francesa o Nueva Zelanda después de la tercera guerra mundial, cuando los continentes rebosaban radiactividad. El problema de la información de Echo es que es difícil de verificar. Imposible, en realidad, con las comunicaciones a largo alcance e intraplanetarias básicamente de vuelta a la edad de piedra. Hasta donde sabemos, el Chacal podría haber preparado información de contingencia para que Echo nos la facilitara en caso de ser capturada y forzada a confesar. Si ella utiliza esos datos y nosotros actuamos de acuerdo con ellos, bien podríamos caer en una trampa. Cardo habría sido fundamental para nuestra comprensión de la información. Su asesinato por parte de Echo ha sido horrendo, pero tácticamente muy eficiente.
Holiday se une a mí en el puente de mando del Pandora mientras intento establecer el contacto. Estoy sentado con las piernas cruzadas en el puesto de observación delantero tratando de volver a iniciar sesión en el volcado de datos digital de Quicksilver. En el huso horario del barco, estamos en plena noche. Las luces se han atenuado. Una tripulación mínima de azules ocupa el foso, más abajo, para guiarnos de vuelta hacia nuestro encuentro con la flota principal. Varios asteroides sombríos rotan a lo lejos. Holiday se deja caer a mi lado.
—Coge fuerzas —me dice pasándome una taza de latón con café.
—Te agradezco el detalle —digo sorprendida—. ¿Tú tampoco puedes dormir?
—No. En realidad, odio los barcos. No te rías.
—Pues tiene que ser un problema para una legionaria.
—Y que lo digas. La mitad del trabajo de ser un soldado consiste en ser capaz de dormir en cualquier parte.
—¿Y la otra mitad?
—En ser capaz de cagar en cualquier parte, esperar y aceptar órdenes estúpidas sin volverte loco. —Le da unos golpecitos a la cubierta—. Es el zumbido de los motores. Me recuerda a las avispas. —Se quita las botas—. ¿Te importa?
—Adelante. —Le doy un sorbo al café—. Esto es whisky.
—Lo pillas todo enseguida. —Me guiña un ojo tal como lo haría un hombre—. Los marinos se siguen preguntando adónde vamos. Si les das la verdad podrían hacerse a la idea. Pero si no se lo revelas, ninguno de ellos pegará ojo por las noches.
—Hay cientos de espías en nuestra flota —le explico—. Es un hecho comprobado. No pienso enseñar mis cartas.
—Lo entiendo. —Señala mi terminal de datos—. ¿Nada aún?
—Los asteroides ya fastidian bastante, pero además la Sociedad está inhibiendo todas las señales que puede.
—Bueno, Quicksilver ha sido una dura competencia.
Permanecemos sentadas en silencio. La presencia de Holiday no resulta naturalmente tranquilizadora, pero sí sencilla. Es una mujer criada en una zona rural dedicada a la agricultura donde tu reputación tiene el mismo valor que tu palabra y tu perro de caza. Nos parecemos poco en muchos sentidos, pero
alberga un resentimiento que comprendo perfectamente.
—Siento lo de tu amigo —me dice.
—¿Cuál?
—Los dos. ¿Hacía mucho que conocías a la chica?
—Desde el colegio. Era un poco complicada, pero leal…
—Hasta que dejó de serlo —replica. Me encojo de hombros a modo de respuesta—. Octavia está bastante nerviosa.
—¿Ha hablado contigo? —le pregunto.
Se ríe suavemente.
—Ni por casualidad.
Se mete un cisco en la boca y lo enciende.
Niego con la cabeza cuando me ofrece una calada. Los conductos de ventilación del barco murmullan.
—El silencio es una putada, ¿verdad? —dice al cabo de un rato—. Pero me imagino que eso ya lo sabes después de lo de la caja.
Asiento.
—Nadie me pregunta jamás por eso —contesto—. Por lo de la caja.
—A mí nadie me pregunta por Trigg.
—¿Quieres que lo hagan?
—No.
—Antes no me molestaba —continúo—. El silencio.
—Bueno, lo llenas de más cosas a medida que te haces mayor.
—En Lico no había mucho que hacer, excepto sentarte por ahí y observar la oscuridad.
—Observar la oscuridad. Eso suena fatal. —Una ráfaga de humo sale despedida de su nariz—. Nosotros crecimos entre el maíz. Menos espectacular que lo tuyo. No había otra cosa hasta donde alcanzaba la vista. A veces, por la noche, me plantaba en la mitad de un maizal y fingía que era el mar. Lo oyes susurrar. No es tranquilo. No como te lo imaginarías. Es malévolo. De todas maneras, siempre quise largarme a otro lugar. No como Trigg. A él le encantaba Buenaesperanza. Quería alistarse en la comisaría local para ser policía o guardabosques. Habría sido feliz pasando el rato en aquel pueblucho hasta hacerse viejo, bebiendo con esos idiotas del bar de Lou, saliendo a cazar con la escarcha del amanecer. Yo era la que quería salir de allí. La que quería «oír el mar, ver las estrellas». Veinte años de servicio a la Legión. Un precio muy bajo.
Se burla de sí misma, pero me resulta curioso que haya decidido abrirse precisamente ahora. Ha venido a buscarme. Al principio pensé que era para consolarme. Pero el aliento de la corpulenta mujer huele a whisky. No quería estar sola. Y yo soy la única que conoció a Trigg, aunque fuera poco. Dejo mi terminal de datos.
—Le dije que no tenía que venir conmigo, pero en realidad sabía que lo estaba arrastrando. Le dije a mi madre que lo cuidaría. Ni siquiera he sido capaz de decirle que ya no está. Tal vez piense que hemos muerto los dos.
—¿Has podido decírselo a su prometido? —le pregunto—. Efraín, ¿verdad?
—Te acuerdas de él.
—Claro. Era de la Luna.
Holiday se me queda mirando un instante.
—Sí, Epfraín es de los buenos. Trabajaba en una empresa de seguridad privada de Ciudad de Imbrium. Estaba especializado en recuperar propiedades de alto valor: arte, esculturas, joyas. Un chico realmente guapo. Se conocieron en uno de esos bares temáticos durante un permiso que nos dieron en la Decimotercera. Ambientación de playa venusina. Eph no sabía lo nuestro, que Trigg y yo estábamos con los Hijos y todo eso. Pero hablé con él después de que te rescatáramos de la Luna, durante una salida en busca de suministros. Lo llamé desde una cafetería-web. Más o menos una semana después de que le dijera que Trigg había muerto me envió un mensaje diciendo que iba a unirse a los Hijos en la Luna, que estaría ilocalizable. No he vuelto a saber de él.
—Estoy segura de que está bien —le digo.
—Gracias. Pero las dos sabemos que la Luna es un montón de mierda ahora mismo. —Se encoge de hombros. Tras toquetearse durante unos instantes los callos que el levantamiento de pesas le ha provocado en las palmas de las manos, me da un ligero codazo—. Quiero que sepas que lo estás haciendo bien. Sé que no me lo has preguntado. Y que yo no soy más que una soldado raso. Pero lo estás haciendo bien.
—¿Trigg estaría de acuerdo?
—Sí. Y se mearía en los pantalones si supiera que vamos a atacar…
Se interrumpe de golpe cuando el holo que hay sobre nuestras cabezas pita suavemente o uno de los azules de comunicaciones me llama. Me apresuro a recuperar mi terminal de datos. Un único mensaje se está retransmitiendo a través de todas las frecuencias hasta el Cinturón. Nuestro primer contacto con Marte desde que atravesamos el cinturón de asteroides la primera vez.
—¡Proyéctalo! —exclama Holiday.
Obedezco y aparece una grabación. Es una sala de interrogatorios gris. Hay un hombre cubierto de sangre, encadenado a una silla. El Chacal entra en el plano al colocarse a su lado.
—¿Es ese…? —susurra Holiday a mi lado.
—Sí —contesto.
El hombre es mi tío Gustus. El Chacal tiene una pistola en la mano.
—Lexa. Ha pasado mucho tiempo. La verdad es que tenemos que hablar. Mis Montahuesos lo encontraron saboteando balizas en el espacio profundo. Sin duda, es más duro de lo que parece. Pensé que tal vez sabría lo que tienes en mente. Pero ha preferido morderse la lengua a hablar conmigo. Qué ironía para ti. —Se coloca detrás de mi tío—. No voy a pedir un rescate. No quiero nada de ti. Solo quiero que veas esto.
Levanta el arma. Es un esbelto tubo de metal gris del tamaño de mi mano. Los azules del foso ahogan un grito. Raven entra a toda prisa en el puente de mando justo cuando el Chacal acerca la punta de la pistola a la cabeza de mi tío. Gustus levanta la vista para mirar a la cámara.
—Lo siento, Lexa. Pero saludaré a tu padre de…
El Chacal aprieta el gatillo y siento que otra parte de mí se desliza hacia la oscuridad cuando mi tío se desploma sobre la silla.
—Apagadlo —ordeno aturdida.
El pasado vuelve a mí como un torrente: Gustus poniéndome el casco de una escafandra en la cabeza cuando era niña, mi pelea con él en las Laureales, la tristeza de sus ojos cuando nos sentamos bajo el patíbulo tras el ahorcamiento de Costia, su risa…
—El sello temporal lo sitúa hace tres semanas, señora —dice en voz baja Virga, la azul encargada de las comunicaciones—. No lo habíamos recibido a causa de las interferencias.
—¿Lo ha recibido el resto de la flota? —pregunto en un susurro.
—No lo sé, señora. Ahora las interferencias son marginales. Y está en una frecuencia de pulsos. Probablemente ya lo hayan visto. Además, yo mismo le pedí a Orión que no dejara de rastrear frecuencias con todos y cada uno de los barcos por si teníamos un golpe de suerte. Esto se filtrará.
—Uf, mierda —masculla Raven.
—¿Qué? —pregunta Holiday.
—Acabamos de prenderle fuego a nuestra propia flota —contesto con tono mecánico.
La frágil alianza entre los colores superiores y los inferiores saltará por los aires por culpa de esto. Mi tío era casi tan querido como Ragnar. Gustus ya no está. Me estremezco por dentro. Todavía no me parece real.
—¿Qué hacemos? —pregunta Raven—. ¿Lexa?
—Holiday, despierta a los Aulladores —ordeno—. Timonel, aumenta al máximo la potencia de los motores traseros. Quiero estar con la flota principal dentro de cuatro horas. Contactad con Mustang y Orión por el intercomunicador. Y con los Telemanus.
Holiday reacciona de inmediato.
—Sí, señora.
A pesar de las interferencias, consigo comunicarme con Orión y decirle que selle los puentes de mando de todas las embarcaciones y que aísle el control de las armas por si acaso alguien decide disparar al azar contra nuestros aliados dorados. Los azules tardan casi treinta minutos en establecer contacto con Mustang. Raven y Octavia ya están conmigo, al igual que Daxo. El resto de la familia de este último está en sus barcos. La señal es débil. La nieve de las interferencias oculta el rostro de Mustang cada pocos segundos. Clarke va caminando por un pasillo, flanqueada por dos dorados y varias valquirias.
—Lexa, ¿te has enterado? —pregunta al ver al resto detrás de mí.
—Hace media hora.
—Lo siento muchísimo…
—¿Qué está pasando?
—Hemos recibido el comunicado. Algún técnico imbécil lo ha pinchado en todos los sensores principales —confirma Mustang—. Se está viendo en los nodos de comunicación de los barcos de toda la flota. Lexa…, ya se están produciendo movimientos contra los colores superiores en varias de nuestras embarcaciones. Hace quince minutos que los rojos han matado a tres dorados del Perséfone. Y una de mis tenientes abrió fuego contra dos obsidianos que intentaban llevársela. Están muertos.
—La mierda ha llegado al ventilador —dice Raven. —Voy a evacuar a todo mi personal, volverán a nuestros barcos.
Se oyen disparos de fondo, detrás de Mustang.
—¿Dónde estás? —le pregunto.
—En el Estrella de la Mañana.
—¿Qué demonios haces ahí? Tienes que largarte.
—Todavía tengo hombres a bordo. Hay siete dorados en la cubierta de motores ofreciendo apoyo logístico. No pienso dejarlos atrás.
—Entonces enviaré a la guardia de mi padre —ruge Daxo desde una de las naves antorcha de su familia—. Ellos te sacarán.
—Eso es una estupidez —le espeta Raven.
—¡No! —exclama Mustang—. Si metes aquí a unos cuantos caballeros dorados, esto se convertirá en un baño de sangre del que no nos recuperaremos. Lexa, tienes que volver de inmediato. Es lo único que podría ponerle freno a todo esto.
—Todavía estamos a varias horas de distancia.
—Bueno, pues haz cuanto esté en tu mano. Y una cosa más… Han asaltado las celdas. Creo que van a ejecutar a Bellamy.
Raven y yo intercambiamos una mirada.
—Tienes que encontrar a Sefi y no separarte de ella —le digo—. Llegaremos pronto.
—¿Encontrar a Sefi? Lexa…, ella es quien los comanda.
