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LA TRASGO Y EL DORADO

Mi lanzadera de asalto atraca en la cubierta auxiliar del Estrella de la Mañana, donde se suponía que Mustang nos estaría esperando. Pero no está allí. Y tampoco los dorados a los que iba a rescatar. En su lugar nos recibe una camarilla de Hijos de Ares, encabezada por Teodora. Ella no lleva ningún arma y parece estar fuera de lugar entre los hombres con armaduras, pero todos ellos la obedecen. Me cuenta lo que ha ocurrido. La muerte de mi tío desencadenó algunos enfrentamientos que se intensificaron hasta convertirse en tiroteos por ambas partes. Ahora varios navíos están sumidos en el conflicto, incluso este buque insignia.

—Los hombres de Sefi han capturado a Mustang, junto con Bellamy y el resto de los prisioneros de los colores superiores, Lexa —anuncia Teodora mientras evalúa al resto de mis tenientes.

—Condenados salvajes —farfulla Octavia—. Si la matan, se acaba.

—No la matarán —digo—. Sefi sabe que Mustang está de su parte.

—¿Por qué haría Sefi algo así? —pregunta Holiday.

—Justicia —contesta Octavia.

Raven la mira.

—No —digo—. No, creo que se trata de algo totalmente distinto.

—Condenadamente fantástico. —Octavia hace un gesto con la cabeza en dirección al espacio—. Parece que los Telemanus están empeñados en mandar todo esto al carajo.

Otra lanzadera entra en el hangar detrás de nosotros. Nos acercamos a ella cuando aterriza. Antes de que la rampa termine siquiera de bajar, todo el clan de los Telemanus salta a la cubierta. Daxo, Kavax, Thraxa y otras dos hermanas que no conozco bajan pesadamente tras ellos. Van armados hasta los dientes, a pesar de que Kavax todavía lleva el brazo en cabestrillo. A sus espaldas llegan otros treinta dorados de su Casa. Son un maldito ejército.

—Van a conseguir que nos maten a todos —dice Holiday.

A mi lado, una perpleja Raven mira al grupo de guerreros que acaba de desembarcar.

—La muerte engendra muerte que engendra muerte… —murmura para romper su inusual silencio.

—Kavax, ¿qué demonios haces? —le pregunto mientras su familia cruza el hangar.

—Clarke necesita nuestra ayuda —contesta a gritos.

No se detiene hasta que yo me interpongo en su camino y le impido continuar avanzando hacia el interior del barco. Durante un instante, creo que va a pasar por encima de mí.

—No la dejaremos a merced de unos salvajes.

—Os dije que os quedarais en vuestro barco.

—Por desgracia, nosotros obedecemos órdenes de Clarke, no tuyas —replica Daxo—. Conocemos las consecuencias de nuestra presencia aquí. Pero haremos lo que sea necesario para proteger a nuestra familia.

—Incluso Mustang os dijo que no os presentarais aquí con caballeros.

—La situación ha cambiado —ruge Kavax.

—¿Queréis que esto se convierta en una guerra? ¿Queréis que nuestra flota quede hecha añicos? La manera más rápida de conseguirlo es entrar ahí con una demostración de fuerza de los dorados.

—No permitiremos que Clarke muera —asegura Kavax.

—¿Y si la matan por vuestra culpa? —pregunto. Es lo único que consigue hacerlo pensar—. ¿Y si le cortan la garganta cuando irrumpáis ahí?

Doy un paso hacia él para que pueda ver el miedo que también refleja mi rostro y para que solo Daxo y él puedan oír lo que le digo:

—Escúchame, Kavax, el problema de lo que quieres hacer es que solo les deja una alternativa a los obsidianos: defenderse. Y sabes de lo que son capaces. Deja que yo gestione esto y la recuperaremos. Si no, mañana estaremos contemplando su ataúd.

Kavax se vuelve para mirar a su esbelto hijo, su influencia moderadora, y ver qué piensa. Y, para alivio mío, Daxo asiente.

—Muy bien —dice Kavax—. Pero yo iré contigo, Segadora. Niños, esperad mis órdenes. Si caigo, entrad con toda la furia.

—Sí, padre —contestan.

Con un suspiro de alivio, me vuelvo hacia mis hombres.

—¿Dónde está Raven?

Raven se ha escabullido mientras discutíamos; con qué propósito, no lo sé. Nos lanzamos en pos de ella por los pasillos, Octavia detrás de nosotros. Holiday va en cabeza, recibiendo información de otros Hijos de Ares a través del implante óptico de su ojo. Sus hombres han localizado un tumulto en el hangar principal. Están celebrando un juicio contra Bellamy por el asesinato de varias docenas de Hijos de Ares y, por supuesto, por el del propio Ares. Ni rastro de Mustang. ¿Dónde estará? Se suponía que iba a mantenerse fuera de la vista de todo el mundo.

Que se reuniría con nosotros si podía. ¿La habrán atrapado? Quizá le haya sucedido algo peor. Cuando llegamos al pasillo que lleva al hangar, hay tal cantidad de gente que apenas podemos abrirnos paso, tenemos que ir apartando a rojos y obsidianos para lograr avanzar.

Todos gritan y empujan. A lo lejos, cerca del centro del hangar, veo a varias docenas de obsidianos y rojos a horcajadas sobre la pasarela de veinte metros de altura que cruza parte del hangar por encima de la multitud. Sefi está en medio de todos ellos. Siete dorados penden muertos de la pasarela, suspendidos por ligaduras de cable de goma. Sus pies cuelgan cinco metros por encima de la muchedumbre, les han arrancado la cabellera. Las columnas vertebrales de los áureos son más resistentes que las de los humanos medios. Cada uno de esos hombres y mujeres habrá tenido una muerte horrible, tras varios minutos de anorexia cerebral, viendo a la multitud que los insultaba y escupía, que les lanzaba tuercas, llaves inglesas y botellas. Desde sus barbillas a sus pechos, la sangre se coagula formando una larga cenefa. Sefi la Silenciosa les ha arrancado la lengua. Bellamy y varios prisioneros más esperan su ejecución sobre la pasarela, arrodillados junto a sus captores, ensangrentados y maltratados. Mustang no está con ellos, gracias a Júpiter.

Han desnudado a Bellamy hasta la cintura y le han tallado una falce sangrienta sobre el amplio pecho.

—¡Sefi! —grito, pero es imposible que me oiga.

No veo a Raven por ningún lado. Hay más de veinticinco mil personas en un espacio con capacidad para diez mil. Muchas de ellas van armadas. Algunas están heridas por la batalla de la semana pasada. Todas intentan colarse en el hangar para presenciar la ejecución. Los obsidianos destacan como titanes entre las masas, como enormes peñascos en un mar de colores inferiores. No debería haber concentrado a la mayor parte de los heridos y de las tripulaciones rescatadas en este hervidero de dolor. La multitud ya se ha dado cuenta de que estoy aquí y comienza a apartarse para dejarme pasar, coreando mi nombre como si pensaran que he venido a ver cómo se hace justicia. Esta barbarie me hiela la sangre. Uno de los hombres que mantiene inmovilizado a Bellamy es un técnico verde que me ofreció café en Fobos. A gran parte de los demás no los reconozco. Uno por uno, los Hijos que me rodean se van percatando de mi presencia. El silencio se extiende a mi alrededor como una ola. Por fin, Sefi, desde la pasarela, se fija en mí.

—¡Sefi! —gruño—. Sefi. —Por fin me oye—. ¿Qué haces?

—Lo que tú no eres capaz de hacer —contesta en su propia lengua.

Su tono no transmite furia, sino la aceptación de que está realizando un acto desagradable pero necesario. Como si un espíritu de la venganza hubiera descendido desde el Hel. El pelo blanco le cuelga suelto a la espalda. Su cuchillo está cubierto con la sangre de las lenguas que ha sajado. Y pensar que he puesto las manos en el fuego por ella… Que le permití bautizar esta nave. Pero que un león te permita acariciarlo no quiere decir que esté domesticado. Kavax está horrorizado ante el espectáculo. Está casi a punto de llamar a sus hijos, y lo haría si Octavia no lo agarrara por el brazo y lo convenciera de lo contrario. La mirada de Octavia también refleja miedo. No solo por lo que ve en la pasarela, sino por lo que podría pasarle aquí. No debería haberme traído a los dorados.

Hay momentos en la vida en los que caminas tan concentrado en tu tarea que te olvidas de bajar la mirada hasta que te encuentras hundida hasta las rodillas en arenas movedizas. Yo estoy justo en ese punto. Rodeada de una muchedumbre impredecible, con la vista levantada hacia una mujer con la sangre de Alia Gorrión de Nieve corriendo por sus venas. Mi única defensa consiste en un pequeño círculo de Hijos de Ares y dorados. Holiday está desenfundando un achicharrador. El filo de Octavia se mueve bajo su manga. He sido demasiado impulsiva al entrar aquí. Todo esto podría irse al garete muy rápidamente.

—¿Dónde está Mustang? —le pregunto a Sefi—. ¿La has matado?

—¿Matarla? No. La hija del León nos sacó del hielo. Pero se interpuso en el camino de la justicia, así que está encadenada.

Entonces está a salvo. Gracias a Júpiter.

—¿Eso es lo que crees que es esto? —vocifero—. ¿Justicia? ¿Es eso lo que se les administró a los amigos de Ragnar que tu madre colgó de las cadenas de las Torres?

—Este es el código del hielo.

—Ya no estás en el hielo, Sefi. Estás en mi barco.

—¿Es tuyo? —A los colores inferiores que hay entre la multitud no les sientan muy bien estas palabras—. Nosotros lo hemos pagado con nuestra sangre.

—Todos hemos pagado el precio —admito—. ¿Qué había de bueno en el hielo? Abandonaste aquel lugar porque sabías que era malo. Sabías que vuestros señores habían modelado vuestras costumbres. Dijiste que me seguirías. ¿Te has convertido en una mentirosa?

—¿Y tú? Le prometiste a mi pueblo que estaría a salvo —me grita Sefi apuntándome con su hacha. El peso de la pérdida le aplasta los hombros—. He visto las obras de estas gentes. He visto las guerras que luchan. Los barcos que pilotan. Las palabras no bastarán. Estos dorados solo hablan un idioma, el de la sangre. Y mientras ellos sigan viviendo, mientras ellos sigan hablando, mi pueblo no estará a salvo. El poder que poseen es demasiado grande.

—¿Crees que esto es lo que Ragnar quería?

—Sí.

—Ragnar quería que tú fueras mejor que ellos. Mejor que esto. Que fueras un ejemplo. Pero puede que los dorados tengan razón. Tal vez no seáis más que asesinos. Perros salvajes. Lo que os forzaron a ser.

—Nunca seremos nada hasta que ellos hayan desaparecido —me dice, y su voz retumba por todo el hangar—. ¿Por qué defenderlos? —Arrastra a Bellamy hacia sí—. ¿Por qué llorar por alguien que ayudó a matar a mi hermano?

—¿Por qué crees que Ragnar te agarró la mano en lugar de la espada cuando murió? No quería que centraras tu vida en la venganza. Es un objetivo vacío. Él quería algo más para ti. Quería un futuro.

—He visto los cielos, he visto los infiernos, y sé que nuestro futuro es la guerra —dice Sefi—. La guerra hasta que ellos se desvanezcan en la noche.

Acerca aún más a Bellamy y alza el cuchillo para cortarle la lengua. Pero antes de que lo haga, el disparo de un puño de pulsos le arranca el arma de la mano y Ares, señor de esta rebelión, aterriza con estruendo sobre la pasarela ataviado con su casco de llamas afiladas. Los obsidianos se apartan de él cuando se incorpora, se sacude el polvo de los hombros y retrae el yelmo hacia el interior de su armadura.

—¿Qué hace? —me pregunta Octavia, y yo niego con la cabeza.

—Capullos de mierda —gruñe Raven—. Estáis tocando mi propiedad. —Cruza la pasarela dando grandes zancadas en dirección a Sefi—. Chis. Lárgate. —Varias valquirias le interceptan el paso. La nariz de mi amiga les queda a la altura del pecho—. Quitaos de en medio, sacos albinos de vello púbico.

Las obsidianas solo se retiran cuando Sefi les dice que lo hagan. Raven pasa junto a los dorados encadenados dándoles golpecitos juguetones en la cabeza antes de dejarlos atrás.

—Ese es mío —dice señalando a Bellamy—. Quítale las manos de encima, señorita. —Ella ha vuelto a coger el cuchillo y no lo aparta—. Le cortó la cabeza a mi padre y la metió en una caja. Así que, a no ser que quieras que yo te haga lo mismo a ti, hazme el favor de quitarle las manos de encima a mi propiedad.

Sefi da un paso atrás, pero no envaina el cuchillo.

—Esta deuda de sangre es tuya. Su vida te pertenece.

—Evidentemente. —Raven le hace gestos para que se aleje—. Levántate, florecilla inmunda —le ladra a Bellamy al tiempo que le pega una patada con la bota y tira del cable que le rodea el cuello—. Ten algo de dignidad. Ponte de pie. —Bellamy se incorpora con dificultad. Tiene las manos a la espalda, la cara hinchada por los golpes y la falce en el pecho amoratado—. ¿Mataste a mi padre?

Bellamy baja la mirada hacia ella. No hay ni rastro de humor en su expresión, solo orgullo, y no la vanidad superficial que he visto en él a lo largo de los años. La guerra y la vida le han arrebatado ese espíritu vigoroso. Este es el rostro, el comportamiento de un hombre que no quiere más que morir con dignidad.

—Sí —contesta en voz alta—. Yo lo maté.

—Me alegro de que lo hayamos aclarado. Es un asesino —grita Raven a la multitud—. ¿Y qué les hacemos a los asesinos?

La muchedumbre grita pidiendo la vida de Bellamy. Y Raven, después de llevarse la mano a la oreja con gran ceremonia como si no los oyera, se la entrega. Tira a Bellamy de la pasarela de un empujón. El dorado cae a plomo hasta que el cable que tiene alrededor de la garganta se tensa y detiene su descenso. Bellamy se queda sin aire. Patalea. Se le enrojece la cara. La multitud ruge con ansia, coreando el nombre de Ares. Las masas no tienen alma, se alimentan del miedo, la inercia y los prejuicios. No conocen el espíritu de Bellamy, la nobleza de un hombre que habría muerto por su familia pero que fue maldecido con la vida mientras todos ellos sucumbían. Ven a un monstruo. Un antiguo dios de dos metros diez, ahora prácticamente desnudo, humillado, ahogándose en su propia arrogancia. Yo veo un hombre que intenta dar lo mejor de sí mismo en un mundo al que no le importa una mierda. Se me rompe el corazón. Aun así, no me muevo, porque sé que no solo estoy presenciando la muerte de un amigo, sino el renacimiento de otro. Mi compañía no lo entiende. El terror empaña la expresión de Kavax. La de Octavia también. A pesar de que la dorada no ha sentido mucha lástima por Bellamy a lo largo de todo este tiempo, me da la impresión de que lamenta el salvajismo que ve en Raven.

Es una carga horrenda para cualquier mujer.

Holiday saca su arma, con la vista clavada en los rojos que nos rodean y apuntan a Kavax. Pero se están perdiendo el espectáculo. Atemorizada, observo a Raven cuando se encarama de un salto a la barandilla, con los brazos abiertos de par en par, abarcando a su ejército. Debajo de ella, Bellamy se balancea y muere mientras, desde el suelo, la multitud juega a ver quién es capaz de saltar lo bastante alto para tirarle de los pies. Ninguno de ellos lo consigue.

—Me llamo Raven au Barca —grita mi amiga—. ¡Soy Ares! —Se da un puñetazo en el pecho—. He matado a cuarenta y cuatro dorados. A quince obsidianos. A ciento trece grises con mi filo. —La masa brama su aprobación, incluso los obsidianos—. Solo Júpiter sabe a cuántos más con barcos, cañones de riel y puños de pulsos. Con bombas nucleares, cuchillos, palos afilados…

Hace una pausa dramática. El público patea el suelo.

Raven se golpea el pecho de nuevo.

—¡Soy Ares! ¡Una asesina también! —Se pone las manos en las caderas—. ¿Y qué les hacemos a los asesinos?

Esta vez no responde nadie.

Raven no pretendía que lo hicieran. Agarra el cable del cuello de uno de los dorados arrodillados, se lo enreda alrededor del suyo y, mirando a Sefi con una sonrisilla enloquecida, guiña un ojo y salta de espaldas desde la barandilla. La muchedumbre grita, pero el chillido atónito de Octavia es el más agudo. El cable de Raven se tensa. Patalea, asfixiándose junto a Bellamy. Sacudiendo los pies. Silenciosa y terrible.

El rostro carmesí se le va poniendo morado, como el de Bellamy. Los dos oscilan juntos, la Trasgo y el dorado, suspendidos sobre la multitud enardecida que ahora sale en estampida hacia la escalera para intentar llegar a la pasarela y cortar el cable de Raven. Pero, en su locura, sobrecargan la escalera, que se separa de la pared. Octavia está a punto de despegar con sus gravibotas para salvarla. Se lo impido.

—Espera.

—¡Se está asfixiando! —exclama frenética.

—En efecto.

El que cuelga de ese cable no es una niña.

No es una huérfana con el corazón roto que necesita que la rescate. Es una mujer que ha estado en el infierno y ahora cree en el sueño de su padre, en el sueño de mi esposa. Es una mujer a la que yo protegería con mi propia vida aun cuando muriera por salvar el alma de esta rebelión. Kavax está paralizado, con la vista clavada en Sefi, quien a su vez observa la curiosa escena. Sus obsidianas están igual de confundidas. Levantan la mirada hacia ella en busca de sus directrices. Ragnar creía en su hermana. En su capacidad de ser mejor que el mundo que les habían dado, un mundo en el que la clemencia no existe, en el que el perdón no se conoce. Y la impresión que producen en ella es muy intensa. En silencio, levanta el hacha y la deja caer sobre el cable de Raven y después, a regañadientes, sobre el de Bellamy. En algún lugar, Ragnar sonríe.

Los dos caen dando vueltas en el aire hasta que la turba los recoge.

Kavax no se ha movido desde el salto de Raven. No ha dejado de mirar a Sefi con una mirada de profunda confusión. Todavía tiene la mano en el intercomunicador para llamar a sus hijos, pero lo pierdo entre la multitud. Los Hijos de Ares y los Aulladores han formado un círculo estrecho en torno a su líder y apartan a los demás a empellones. Raven, a gatas, tose tratando de recuperar el aire. Corro hacia ella y me arrodillo a su lado mientras Holiday ayuda a Bellamy, que resuella en el suelo a mi izquierda.

Guijarro le cubre el cuerpo desnudo y ensangrentado con su capa de Aullador.

—¿Puedes hablar? —le pregunto a Raven.

Ella asiente. Los labios le tiemblan por culpa del dolor, pero sus ojos son todo fuego. Le ofrezco mi brazo y la ayudo a levantarse. Alzo un puño para pedir silencio. Los Hijos se ponen a gritar al gentío hasta que las veinticinco mil respiraciones se acompasan con los latidos del corazón de mi pequeña amiga. Ella los mira, asombrada por el amor que ve, por la veneración, por los ojos húmedos.

—La esposa de Lexa… —grazna Raven, que tiene la laringe dañada—. Su esposa —dice más gravemente— y mi padre nunca se conocieron. Pero compartieron un sueño. El de un mundo libre. No construido sobre cadáveres, sino con esperanza. Con el amor que nos une, no con el odio que divide. Hemos perdido a muchos. Pero no estamos acabados. No estamos vencidos. Seguimos combatiendo. Pero no luchamos para vengar a los que han muerto. Luchamos los unos por los otros. Peleamos por los que aún viven. Peleamos por los que todavía no viven.

»Bellamy mató a mi padre… —Se acerca al dorado y traga saliva con dificultad antes de volver a alzar la vista—. Pero lo perdono. ¿Por qué? Porque él protegía el mundo que conocía, porque tenía miedo.

Octavia se abre paso hasta el círculo y mira a Raven mientras esta pronuncia las últimas palabras de su discurso como si estuvieran dirigidas a ella y solo a ella.

—Somos la nueva era. Y si estamos destinados a marcar el camino, más nos vale convertirlo en una vía mejor. Soy Raven au Barca. Y ya no tengo miedo.