55
LA INNOBLE CASA BARCA
—Eres una maldita maníaca —le digo a Raven en la enfermería de Virany. Ella se sujeta el cuello mientras se ríe de sí misma. Le doy un beso en la coronilla—. Una jodida loca, ¿lo sabes?
—Sí, bueno, esa jugada la he aprendido de ti, así que ¿qué dice eso de ti?
—Que ella también está loca —dice Becca desde la esquina.
Se está fumando un cisco. De sus fosas nasales brotan volutas de humo morado.
Raven esboza una mueca de dolor.
—Esto duele un montón. No puedo ni volver la cabeza hacia los lados.
—Te has hecho un esguince cervical, te has dañado el cartílago y tienes laceraciones en la laringe —dice la doctora Virany tras su escáner biométrico.
Es una mujer ágil y de piel bronceada, con esa especial quietud interior reservada a las personas que han visto los dos lados de la adversidad.
—Lo mismo que te he dicho yo en cuanto has entrado. De verdad, Virany, con todas esas herramientas que usas… ¿dónde está el arte?
La doctora pone los ojos en blanco.
—Si hubieras pesado diez kilos más, te habrías partido el cuello, Raven. Considérate afortunada.
—Menos mal que había cagado antes —refunfuña ella.
—El cuello de Lexa habría resistido la presión de cincuenta kilos más —alardea Becca distraídamente—. El índice tensor de sus cervicales…
—¿En serio? —pregunta Virany con un tono de voz hastiado—. ¿No puedes presumir más tarde, Becca?
—Tan solo comentaba mi propia maestría —contesta ella guiñándome un ojo.
Disfruta sacando de sus casillas a la dulce Virany. Desde que la contrató para ayudarla con su proyecto, ambas han pasado la mayor parte del día en el laboratorio de Becca, para disgusto de la doctora.
—¡Ay! —grita Raven cuando la mujer le da un golpe en la parte baja de la columna—. ¡Que es mi cuerpo!
—Lo siento.
—Florecilla —la provoco.
—Casi me rompo el cuello —replica Raven.
—Ya he pasado por eso. Al menos a ti no han tenido que darte latigazos.
—Preferiría que me los hubieran dado —dice con un gesto de dolor cuando intenta girar el cuello—. Sería mejor que esto.
—No si los latigazos te los hubiera dado Lincoln —replico.
—He visto el vídeo, tampoco te dio tan fuerte.
—¿Te han azotado alguna vez? ¿Me viste la espalda?
—¿Viste tú mi maldito ojo en el Instituto? El Chacal hizo que me lo sacaran con un cuchillo, y no me viste quejarme.
—Me tallaron el maldito cuerpo de arriba abajo —digo justo cuando las puertas se abren con un siseo para dejar entrar a Mustang—. Dos veces.
—Venga ya, al final siempre sacas a relucir lo de la puñetera talla —masculla Raven meneando los dedos en el aire—. Soy tan jodidamente especial, me pelaron los huesos y me hicieron empalmes en el ADN.
—¿Están siempre así? —le pregunta Virany a Mustang.
—Eso parece —contesta ella—. ¿Aceptarías un soborno para que les suturaras esas bocazas hasta que aprendan a no decir tantas palabrotas?
Becca sale de su letargo.
—Bueno, es una pregunta interesante…
Raven la interrumpe.
—¿Cómo lo lleva el dorado? —le pregunta a Mustang—. ¿Sabes algo?
—Se alegra de seguir teniendo lengua —contesta la chica. Le están suturando el pecho en la enfermería. Tiene hemorragias internas por las contusiones, pero sobrevivirá.
—¿Al final has ido a verlo? —pregunto.
—Sí. —Asiente, pensativa—. Estaba… emotivo. Me ha pedido que te dé las gracias, Raven. Dice que sabe que no se lo merecía.
—Y tiene toda la maldita razón —farfulla mi amiga.
—Sefi dice que los obsidianos lo dejarán en paz —digo.
—¿Los obsidianos? —pregunta Mustang. Mis palabras parecen haberla arrancado de sus pensamientos—. Todos ellos.
Me echo a reír de repente.
—Ni siquiera me había dado cuenta.
—¿Qué pasa? —pregunta Raven.
—Que ahora Sefi habla en nombre de los obsidianos, no solo de los valquirios. Y no ha sido una simple equivocación. El pantribalismo no estaba establecido antes de la revuelta —contesto—. Debe de haberla aprovechado para reunir al resto de los caciques bajo su mando.
—Es decir… ¿que ha dado un golpe maestro?
Suelto una carcajada.
—Eso parece.
—Ya veremos si aguanta. Pero aun así…, impresionante —dice Mustang—. Siempre nos han dicho que nunca desperdiciemos una buena crisis.
Becca se estremece.
—Los obsidianos con juegos políticos…
—Todo eso de ahí fuera… ¿era una estrategia o era real? —le pregunta Mustang a Raven.
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Es decir, tengo que salir del bucle en algún momento. Es una mierda, pero mi padre está muerto. No tiene sentido hacer arder el mundo hasta los cimientos para intentar traerlo de vuelta. ¿Sabes? Bellamy no mató a mi padre porque lo odiara. Ambos eran soldados haciendo lo que hacen los soldados, ¿sabes?
Mustang niega con la cabeza, incapaz de pronunciar palabra. De modo que le pone una mano en el hombro y ella se da cuenta de lo impresionada que la ha dejado. El elogio del silencio es el más sincero que Clarke puede ofrecerle, así que Raven le dedica una poco habitual sonrisa desprovista de ironía. Aunque el gesto se desvanece de su rostro en cuanto la puerta se abre y Octavia entra en la sala con los ojos enrojecidos y nerviosa.
—Tengo que hablar contigo —le dice a Raven.
—Largaos —ordena ella al ver que no nos movemos—. Todos.
Esperamos al otro lado de la puerta mientras Octavia y Raven hablan dentro.
—¿Cuánto tiempo crees que tardaremos en completar la travesía? —me pregunta Mustang.
—Cuarenta y nueve días —contesto, y aparto a Becca de la puerta a la que tiene pegada la oreja en un intento de escuchar lo que sucede dentro—. La clave está en mantener a los azules callados.
—Cuarenta y nueve días es mucho tiempo para que mi hermano haga planes. El engaño no funcionará.
—Nos proporcionará ventaja. Eso es lo único que importa.
Sabe que estos días me pesarán. Más allá del casco de nuestra nave, los mundos continúan girando. Persiguen a los rojos. Y a pesar de que hemos despertado el espíritu de los colores inferiores y obtenido otra victoria para esta rebelión, cada jornada que pasamos salvando la distancia que nos separa del Núcleo es otro día que el Chacal dedica a dar caza a nuestros amigos y la soberana a sofocar las insurrecciones que la asedian.
—Esto no lo curará todo —me advierte Mustang—. Pese a todo, los obsidianos no dejan de haber matado a siete prisioneros. Mi gente desconfía de esta guerra. De las consecuencias. Sobre todo si ahora Sefi ha unido a las tribus. Eso la hace peligrosa.
—Y más útil —añado.
—Hasta que vuelva a tener una opinión distinta a la tuya. Esto podría irse al traste en cualquier momento.
Mustang se yergue cuando Becca se aparta a toda prisa de la puerta de la enfermería, que se abre inmediatamente después. Raven y Octavia salen al pasillo, las dos luciendo una sonrisa.
—¿Por qué tenéis esa cara las dos? —pregunto.
—Por esto.
Raven me enseña un anillo de la Casa de Júpiter del Instituto. Le baila en el dedo. La miro con los ojos entrecerrados, sin entender muy bien qué significa. Me doy cuenta de que su propio anillo ha desaparecido y entonces lo veo embutido a duras penas en el meñique de Octavia.
—Me lo ha pedido —anuncia encantada.
—¿Qué? —balbuceo.
Mustang enarca las cejas.
—Pedido… que te…
—¡Sí, chavala! —exclama Raven resplandeciente—. Vamos a casarnos.
Raven y Octavia se casan siete noches después, en una ceremonia íntima celebrada en el hangar auxiliar del Estrella de la Mañana. Cuando Octavia me pidió que fuera yo quien la entregara tras darnos la noticia, me quedé sin habla. La abracé entonces como la abrazo ahora, antes de agarrarla del brazo y acompañarla por el pasillo flanqueado de Aulladores lavados y aseados y altísimos Telemanus. Nunca había visto a Raven tan limpia, hasta se ha peinado la alborotada cresta hacia un lado. Espera a su novia delante de Becca. La costumbre dicta que sea un blanco quien dé la bendición, pero a Octavia le entró la risa solo de hablar de tradiciones y pidió que fuera Becca quien oficiara la boda. A la violeta le brilla la cara. Demasiado maquillaje, pero sigue siendo un rayo de sol de todas formas. De tallista a esclavizadora, y de ahí a esclava y oficiante de ceremonias. Su camino no ha sido fácil, pero eso la hace aún más encantadora. Le hizo mucha ilusión que Payaso y Muecas le pidieran que se sumara a nosotros en la despedida de soltera de Raven, y aulló como el que más cuando ayer por la noche secuestramos a Raven en su habitación y la arrastramos a la cantina donde los Aulladores se reunieron para beber. La animosidad resultante de los disturbios no se ha aplacado por completo, pero la boda nos proporciona una sensación de nostálgica normalidad. Rodeados por la locura de la guerra, saber que la vida puede continuar nos otorga una esperanza especial. A pesar de que algunos Hijos se quejan de que la líder de los rojos se case con una dorada, Octavia ha hecho bastantes méritos para ganarse el respeto de los líderes del grupo. Y la valentía que demostró al irrumpir en el Estrella de la Mañana con Sefi y conmigo en Ilión ha contribuido a ese sentimiento. Derramó sangre por ellos, con ellos, así que mi flota está tranquila, en paz. Al menos por esta noche.
Nunca he visto a Raven tan feliz. Ni tan nerviosa como lo estaba en la hora anterior a la ceremonia, mientras se cepillaba el pelo en mi cuarto de baño. Aunque tampoco es que pueda hacerse mucho con una cresta.
—¿Es una locura? Ayer me parecía una buena idea —me preguntó mirándose en el espejo.
—Y hoy sigue siéndolo —le contesté.
—No me lo digas por decir. Quiero la verdad, tía. Tengo ganas de vomitar.
—Yo lo hice antes de casarme con Costia.
—Mentira.
—Le puse las botas perdidas a mi tío. —Sentí una punzada de dolor al recordar que Gustus ya no está—. No fue porque tuviera miedo de tomar la decisión errónea. Me asustaba que fuera ella la que se equivocara. Me daba miedo no estar a la altura de sus expectativas… Pero mi tío me dijo que las mujeres ven quiénes somos mejor que nosotras mismas. Por eso quieres a Octavia. Por eso luchas con ella. Y por eso te mereces que te ocurra esto.
Raven me miró con los ojos entornados a través del reflejo del espejo.
—Sí, pero tu tío estaba loco. Eso lo sabe todo el mundo.
—Pues entonces igual que yo. Todos estamos un poco chiflados. Especialmente Octavia. Tiene que estarlo para casarse contigo, ¿no?
Esbozó una enorme sonrisa.
—Toda la maldita razón.
Y le alboroté el pelo esperando más allá de toda esperanza que puedan disfrutar de este pequeño momento de felicidad y tal vez de más después de la boda. Es la única esperanza que podemos tener, en realidad.
—Ojalá mi padre estuviera aquí.
—Creo que, en algún lugar, se está partiendo el culo de que tengas que ponerte de puntillas para besar a tu novia —le dije.
—Siempre fue un capullo.
Ahora, Raven cambia el peso de un pie al otro cuando le entrego a Octavia y la mira a los ojos. Ni siquiera se percata de mi presencia. Es como si ninguno de los demás estuviéramos allí, para ellas no. La ternura que brota en estos momentos de la temperamental mujer me deja claro cuánto la ama. No es un tema del que Octavia vaya a hablar jamás. No es su estilo.
Pero las aristas con las que se enfrenta a todo y a todos están limadas esta noche. Como si viera a Raven como un refugio, un lugar donde puede estar a salvo.
Me acerco a Mustang cuando Becca comienza su florido discurso. No es ni la mitad de grandilocuente de lo que sospechaba. Me fijo en que Mustang asiente a medida que la violeta habla, así que deduzco que la ha ayudado a bajar el tono. Clarke me lee el pensamiento y se acerca a mí.
—Deberías haber oído el primer borrador. Era un espectáculo. —Me olisquea—. ¿Estás borracha? —Vuelve la vista hacia los Aulladores sonrojados y los Telemanus tambaleantes—. ¿Están todos borrachos?
—Chisss —le digo, y le paso una petaca—. Tú estás demasiado sobria.
Becca está finalizando la ceremonia.
—… un pacto que solo la muerte puede romper. Os declaro Raven y Octavia Barca.
—Julii —la corrige Raven enseguida—. Su casa es la más antigua.
Bajando la mirada hacia ella, Octavia niega con la cabeza.
—Lo ha dicho bien.
—Pero tú eres de los Julii —insiste Raven confundida.
—Ayer sí. Hoy prefiero ser de los Barca. Siempre y cuando a ti no te suponga un problema y yo no tenga que encogerme proporcionalmente.
—Me encantaría —asegura Raven con las mejillas relucientes.
Becca continúa y Raven y Octavia se dan la vuelta para mirar a sus amigos.
—Entonces os presento ante vuestros compañeros y ante los mundos como Raven y Octavia, de la Casa Barca de Marte.
Puede que la ceremonia haya sido íntima, pero la celebración es todo lo contrario. Se extiende a toda la flota. Si hay algo de lo que sepa mi pueblo, es de sobrevivir a las adversidades con regocijo. La vida no consiste solo en respirar, también consiste en ser. La noticia del discurso y el ahorcamiento de Raven se propagó por las embarcaciones cerrando las heridas. Pero este día es el que importa. El que reafirma la alegría de vivir de mi flota. Se celebran bailes en las corbetas más pequeñas, en los destructores, en las naves antorcha y en el Estrella de la Mañana. Bandadas de alas rápidas sacuden los puentes de mando en formación festiva. La bazofia y los licores de la Sociedad fluyen entre la muchedumbre en movimiento, que se reúne en los hangares para cantar y bailar alrededor de las armas de guerra. Incluso Kavax, empecinado en su miedo al caos y sus prejuicios contra los obsidianos, baila con Mustang. Embriagado, abraza a Raven y a Octavia e intenta, con torpeza, olvidar los estúpidos bailes de los dorados y aprender los de mi pueblo con la ayuda de una roja rellenita de cara risueña y las uñas llenas de grasa de una mecánica. Cyther, el extraño naranja que tanto me impresionó hace un año y medio en los garajes del Lincoln, está con ellos. Esta misma mañana ha terminado el proyecto especial de Mustang. Ahora está bebido y hace girar su desgarbado cuerpo sobre la pista de baile mientras Kavax ruge para animarlo. Daxo, que, como siempre, está sentado a un lado discretamente, niega con la cabeza ante las payasadas de su padre. Le ofrezco una copa.
—Es vino —digo.
—Gracias a Júpiter —contesta, y la acepta con elegancia—. Tu gente intenta una y otra vez hacerme beber una especie de disolvente para motores.
Escudriña su terminal de datos con recelo.
—He puesto a Holiday al cargo de la seguridad —le digo—. Esto no es una fiesta dorada.
Se echa a reír.
—Gracias a Júpiter también por eso. —Al fin bebe un sorbo de su vino—. Atolones Venusinos —dice—. Muy bueno.
—Tu padre es un espectáculo.
Señalo con la cabeza hacia la pista de baile, donde el gran hombre se balancea con dos rojas.
—No es el único —replica Daxo con perspicacia tras seguir mi mirada hasta Mustang, a la que Raven está haciendo girar una y otra vez.
Su rostro brilla y rebosa vida, aunque puede que sea a causa del alcohol. Tiene el pelo empapado de sudor y pegado a la frente.
—Te quiere, ¿sabes? —prosigue Daxo—. Pero tiene miedo de perderte, así que te mantiene a distancia. Es curioso cómo somos, ¿verdad?
—Daxo, ¿por qué no bailas? —pregunta Octavia acercándose a él resueltamente—. Siempre tan comedido. ¡Arriba! ¡Arriba! —Tira de él hasta obligarlo a levantarse y luego lo empuja en dirección a la pista de baile. A continuación, se desploma sobre la silla que ocupaba el Telemanus—. Mis pies. Saqueé el armario de Echo. Se me había olvidado que tiene pies de pichón.
Me echo a reír y Payaso se acerca a nosotros tambaleándose, borracho como una cuba.
—Octavia, Lexa. Una cosa. ¿Creéis que a Guijarro le interesa ese tipo? —pregunta apoyándose en una de las mesas mientras se bebe otra copa de vino de un trago. Ya tiene los dientes morados.
—¿El alto? —inquiere Octavia. Guijarro está bailando con un capitán gris de los Gárgolas—. Parece que le gusta.
—Es increíblemente guapo —dice Payaso—. Y tiene una buena dentadura.
—Supongo que siempre podrías interrumpirlos y pedirle que baile contigo.
—Bueno, no querría parecer desesperado.
—Júpiter no lo quiera —dice Octavia.
—Creo que voy a pedírselo.
—Me parece una buena idea —le asegura ella—. Pero deberías hacer una reverencia antes. Para ser educado.
—Ah. Entonces está decidido. Iré ahora mismo. —Se sirve otra copa de vino—. En cuanto me tome otra.
Le quito el vino de las manos y lo empujo hacia Guijarro. Holiday aparece junto al marco de la puerta para ver la torpe interrupción de Payaso. Le hace una reverencia a la Aulladora, echando la mano hacia atrás teatralmente.
—Ay, demonios. Lo ha hecho de verdad. —A Octavia se le escapa el champán por la nariz—. Deberías hacer lo mismo con Mustang. Creo que está intentando robarme a mi esposa. «Esposa». Qué palabra tan rara.
—El mundo es raro.
—Sí que lo es. «Esposa». ¿Quién iba a imaginárselo?
La miro de arriba abajo.
—A mí me parece que a ti te queda bien. —La rodeo con un brazo—. Me parece que te queda perfectamente.
Me sonríe, radiante.
—Señora —dice Holiday acercándose a nosotras.
—Holiday, ¿vienes a tomarte una copa? —La miro, y mi sonrisa se desvanece en cuanto veo la expresión de su rostro. Ha ocurrido algo—. ¿Qué ocurre?
Me aparta de Octavia.
—Es el Chacal —me dice en voz baja para no estropear el ambiente—. Está en el intercomunicador preguntando por ti. Conexión directa.
—¿Con cuánto retraso?
—Seis segundos.
En la pista de Baile, Raven sigue dando torpes vueltas con Mustang, ambas riéndose porque ninguna de los dos conoce el baile que ejecutan los rojos que los rodean. Clarke tiene el pelo de las sienes oscurecido por el sudor, los ojos brillantes por la alegría del momento. Ninguna de ellas siente el repentino pánico que me asalta, que invade el mundo más allá de estas paredes. No quiero que lo sientan. Esta noche no.
