56
A TIEMPO
Está sentado en una silla sencilla en el centro de mi sala de entrenamiento circular. Lleva un abrigo blanco con un león dorado a cada lado del cuello alto. Sobre su holograma resplandeciente, las estrellas son frías manchas de luz al otro lado de la cúpula de durocristal. Esta sala se construyó para adiestrarnos para la guerra, así que será en ella donde le concederé una audiencia a mi enemigo. No permitiré que pervierta esta embarcación en la que vivió Monty y donde mis amigos están de celebración apareciendo en cualquier otro lugar. A pesar de que está a miles de kilómetros de distancia, cuando me planto ante su imagen digital casi puedo percibir su olor a viruta de lapicero y oír el vasto silencio con el que llena las estancias. Es tan realista que si no fuera porque brilla pensaría que está aquí mismo. A su espalda, el fondo está difuminado. Me observa mientras entro en la habitación. No sonríe. No hay falsa amabilidad en su rostro. Pero está claro que la situación lo divierte. Le da vueltas a su lápiz óptico de plata con una mano. El único síntoma de su nerviosismo.
—Hola, Segadora. ¿Cómo van las festividades?
Intento que no note mi desasosiego. Pues claro que sabe lo de la boda. Tiene espías en nuestra flota. Hasta qué punto están cerca de mí, no lo sé. Pero no permito que ese pensamiento se expanda malignamente por mi interior. Si pudiera hacernos daño desde donde está, ya lo habría hecho.
—¿Qué quieres? —pregunto.
—Tú me llamaste la última vez. Pensé que debía devolverte el favor, sobre todo teniendo en cuenta el mensaje que te envié a través de tu tío. ¿Lo recibiste? —No contesto—. Al fin y al cabo, cuando llegues a Marte los cañones hablarán por nosotros. Puede que nunca volvamos a vernos. Raro, ¿verdad? ¿Viste a Monty antes de que muriera?
—Sí.
—¿Y lloró suplicándote que lo perdonaras?
—No.
El Chacal frunce el entrecejo.
—Pensé que lo haría. Es fácil engañar a un romántico. Y pensar que estaba allí cuando me llevé a su chica. Tú ibas corriendo por el pasillo gritando el nombre de Roan, y él levantó la vista confundido. Hundí una esquirla del cráneo de Harper en su propio cerebro con mi escalpelo. Me planteé dejarla vivir con daño cerebral. Pero imaginármela babeando por todas partes hizo que se me revolviera el estómago. ¿Crees que él habría seguido queriéndola si babeara?
Se produce un ruido junto a la puerta, fuera del rango de captura de la cámara. Mustang me ha seguido desde la boda. Tras asimilar la escena, me mira en silencio. Debería desconectar el holo. Dejar plantado al Chacal, pero parece que no soy capaz de separarme de él. La misma curiosidad que me ha traído hasta aquí me inmoviliza los pies.
—Monty no era perfecto, pero le importaban los dorados. Le importaba la humanidad. Tenía algo por lo que morir. Y eso lo convierte en mejor hombre que la mayoría —digo.
—Es fácil perdonar a los muertos —replica el Chacal—. Yo lo sé bien.
Un minúsculo espasmo de humanidad le recorre los labios. Puede que él no lo admita jamás, pero el tono de su voz me revela que no está libre de remordimientos. Sé que deseaba la aprobación de su padre. Pero ¿no podría ser que en realidad eche de menos a Augusto? ¿Qué haya perdonado a su padre ahora que ha muerto y que lamente su pérdida? ¿Será a eso a lo que se refiere?
Levanta una vara corta y dorada de su regazo. Si aprieta un botón, se transforma en un cetro coronado por la cabeza de un chacal encima de la pirámide de la Sociedad. Encargué que se lo hicieran hace más de un año.
—No me he separado de tu regalo —dice, y acaricia la cabeza del chacal—. A lo largo de mi vida, siempre me habían regalado leones. Nada que fuera realmente mío. ¿Qué dice de mí el hecho de que mi mayor enemiga me conozca mejor que cualquier amigo?
—Tú el cetro, yo la espada —digo haciendo caso omiso de su pregunta—. Ese era el plan. —Se lo regalé porque quería que se sintiese querido. Que pensara que era su amiga. Y lo habría sido, entonces. Lo habría ayudado a cambiar como lo hizo Mustang. Como tal vez lo haga Bellamy—. ¿Es como pensabas que sería? —le pregunto.
—¿Qué?
—El trono de tu padre.
Frunce el entrecejo mientras piensa qué táctica adoptar.
—No —responde al final—. No es lo que esperaba.
—Quieres que te odiemos, ¿verdad? —prosigo—. Por eso mataste a mi tío, aunque no necesitabas hacerlo. Te aporta determinación. Por eso me has llamado. Para sentirte importante. Pero yo no te odio.
—Mentirosa.
—No te odio.
—He matado a Lincoln, a tu tío, a Charles…
—Me das lástima.
Guarda silencio.
—¿Lástima?
—Archigobernador de todo Marte, uno de los hombres más poderosos de los mundos. Con potestad para hacer lo que se te antoje. Y no es suficiente. Nada ha sido nunca suficiente para ti, y nunca lo será. Finn, no estás intentando demostrar tu valor ante tu padre, ante mí, ante Clarke o ante la soberana. Estás intentando importarte a ti mismo. Porque estás roto por dentro. Porque odias lo que eres. Te gustaría haber nacido como Aden. Como Clarke. Desearías ser como yo.
—¿Como tú? —pregunta con desdén—. ¿Una roja asquerosa?
—No soy roja.
Le enseño mis manos desprovistas de emblemas.
Le repugnan.
—¿Ni siquiera has evolucionado lo bastante para tener un color, Lexa? No eres más que un Homo sapiens jugando en el reino de los dioses.
—¿Dioses? —Niego con la cabeza—. Tú no eres ningún dios. Ni siquiera eres dorado. No eres más que un hombre que piensa que un título lo engrandecerá. Un hombre que quiere ser más de lo que realmente es. Pero lo único que deseas de verdad es amor. ¿Me equivoco?
Suelta un bufido de desprecio.
—El amor es para los débiles. Lo único que tú y yo tenemos en común es nuestra hambre. Tú crees que no puedo saciarla. Que siempre ansío más. Pero mírate en el espejo y verás que la misma persona te devuelve la mirada. Diles a tus amiguitos rojos lo que quieras. Pero yo sé que te perdiste a ti misma entre nosotros. Ansiabas ser dorada. Lo vi en tus ojos en el Instituto. Vi esa fiebre en la Luna cuando te propuse que gobernáramos. La vi cuando llegaste en aquella cuadriga triunfal hasta los escalones de la Ciudadela. Es esa hambre lo que nos convierte en seres solitarios para siempre.
Y es entonces cuando me hiere en el alma.
Destapa ese miedo abisal que la oscuridad convirtió en mi realidad. El miedo a estar sola. A no volver a encontrar el amor jamás. Pero entonces Mustang se adelanta para colocarse a mi lado.
—Te equivocas, hermano —dice.
El Chacal se recuesta al ver a su hermana.
—Lexa tenía una esposa. Una familia a la que amaba. Tenía muy poco, pero era feliz. Tú lo tenías todo y eras desgraciado. Y siempre lo serás porque eres codicioso. —Los cimientos de la calma del Chacal comienzan a tambalearse—. Por eso mataste a nuestro padre y a Harper. Por eso mataste a Lincoln. Pero esto no es un juego, hermano. Esto no es uno de tus laberintos…
—No me llames hermano, puta. Tú no eres hermana mía. Te has abierto de piernas para una perra mestiza. Para una bestia de carga. ¿Quiénes serán los siguientes?, ¿los obsidianos? Apuesto algo a que ya están todos haciendo cola. Eres una vergüenza para tu color y para nuestra casa.
Avanzo hacia el holo, furiosa, pero Mustang me pone una mano en el centro del pecho y se vuelve hacia su hermano.
—Crees que nunca te han querido, hermano. Pero madre sí te quería.
—Si así era, ¿por qué no se quedó? —pregunta con aspereza—. ¿Por qué se marchó?
—No lo sé —contesta ella—. Pero yo también te quería y tú lo tiraste por la borda. Eras mi gemelo. Estábamos unidos de por vida. —Tiene los ojos humedecidos—. Te defendí durante años. Entonces descubrí que habías sido tú quien había hecho asesinar a Aden. —Parpadea para tragarse las lágrimas y niega con la cabeza cuando recupera su determinación—. Eso no puedo perdonártelo. No puedo. Tenías amor y lo perdiste, hermano. Esa es tu maldición.
Doy un paso al frente para colocarme a la altura de Mustang.
—Finn, vamos a por ti. Destrozaremos tus barcos. Invadiremos Marte. Atravesaremos las paredes de tu búnker. Te encontraremos y te llevaremos ante la justicia. Y cuando estés colgado en el patíbulo, cuando la puerta se abra por debajo de ti y tus pies ejecuten la Danza del Diablo, justo entonces te darás cuenta de que todo esto ha sido en vano, porque no quedará nadie que te estire de los pies.
La pálida luz del holo se desvanece cuando interrumpimos la conexión y nos deja solas bajo el techo de cristal y las estrellas.
—¿Estás bien? —le pregunto a Mustang.
Ella asiente mientras se seca los ojos.
—No esperaba ponerme a llorar así. Lo siento.
—Para ser justas, creo que yo lloro más. Pero te perdono.
Intenta sonreír.
—¿De verdad crees que podemos conseguirlo, Lexa?
Tiene los ojos rojos, las lágrimas han convertido en un borrón la máscara de pestañas que se había puesto para la boda y la nariz, que le moquea, se le ha puesto como un pimiento, pero nunca he visto una belleza tan inmensa como la suya en este instante. La crudeza de la vida discurre por todo su cuerpo. Todas las grietas y miedos que la convierten en quien es salen a la luz. Tan imperfecta y tempestuosa que quiero abrazarla y amarla mientras pueda. Y por una vez, me lo permite.
—Tenemos que hacerlo. Tú y yo tenemos toda una vida por delante —digo atrayéndola hacia mí.
Me parece imposible que una mujer como ella pueda querer que la abrace, pero Mustang apoya la cabeza contra mi pecho cuando la rodeo con los brazos y recuerdo lo perfectamente que encajamos el uno con el otro, y las estrellas y los minutos pasan a lo lejos.
—Deberíamos volver a la fiesta —me dice al final.
—¿Por qué? Tengo todo lo que necesito aquí mismo.
Bajo la mirada hacia la corona de su cabeza dorada y veo la oscuridad de sus raíces. Inspiro todo su aroma. Termine mañana o dentro de ochenta años, podría estar oliéndola durante el resto de mi vida. Pero quiero más. Necesito más. Le levanto la fina mandíbula con una mano para que me mire. Iba a decirle algo importante.
Algo memorable. Pero se me ha olvidado al verle los ojos. El abismo que nos separaba aún está ahí, lleno de preguntas, recriminaciones y culpa, pero es solo una parte del amor, parte de ser humanos. Todo está resquebrajado, todo está manchado excepto los frágiles momentos que se cristalizan en el tiempo y hacen que merezca la pena vivir la vida.
