57
LUNA
Los Faros del Rubicón son una esfera de transpondedores, cada uno de ellos del tamaño de dos obsidianos, que flotan en el espacio a un millón de kilómetros del núcleo de la Tierra, envolviendo los dominios más íntimos de la soberana. Durante quinientos años, ninguna flota extranjera ha superado nunca sus fronteras. Ahora, dos meses y tres semanas después de que la noticia de la destrucción de la invencible Armada de la Espada haya llegado al Núcleo, ocho semanas después de que yo proclamara que navegábamos hacia Marte, diecisiete días después de que la soberana declarara la ley marcial en todas las ciudades de la Sociedad, la Armada Roja se acerca a la Luna dejando atrás los Faros del Rubicón sin disparar un solo tiro. Las naves antorcha de los Telemanus se sitúan a la vanguardia para quitar las minas y detectar cualquier posible trampa preparada por las fuerzas de la Sociedad. Las siguen los pesados destructores de Orión, repletos de obsidianos y pintados con los ojos que todo lo ven de los espíritus del hielo. A continuación va la flota Julii con el sol lloroso de Octavia y, adornando el pesado acorazado, el Pandora, las fuerzas de los reformistas: las nueras de Charles au Arcos, que han venido a buscar justicia, y las embarcaciones doradas y negras que lucen el león de Augusto, encabezadas por el maltrecho Dejah Thoris. Y mis propios navíos cierran la comitiva, guiados por el barco más grandioso jamás construido y robado, el indómito Estrella de la Mañana, engalanado con una guadaña roja de siete kilómetros de longitud a babor y estribor. No todos los agujeros que le hicimos con las Garras Perforadoras están ya reparados. Pero se ha sustituido la armadura que recubre el casco exterior. El Lincoln murió para conseguirnos esta nave. Y es un premio que merece la pena.
Nos quedamos sin pintura para la guadaña de abajo, así que es un cuarto de luna chapucero, el símbolo de la Casa Lune. Mis hombres piensan que es un buen augurio. Una accidental promesa a Abby au Lune de que la tenemos señalada.
La guerra ha llegado al Núcleo.
Hace tres días que saben que me acerco.
No podíamos ocultarles nuestra llegada a sus sensores, pero el caos reinante demuestra lo poco preparados que están para defenderse. Es una civilización en ebullición. El Señor de la Ceniza ha desplegado la Armada del Cetro, el orgullo del Núcleo, en formación defensiva en torno a la Luna. Las caravanas de embarcaciones comerciales procedentes del Confín congestionan la Vía Apia por encima del hemisferio norte lunar, mientras que las colas de navíos civiles escalonan su salida a lo largo de la Vía Flaminia, esperando a superar la inspección en el colosal astromuelle antes de descender hacia la atmósfera de la Tierra. Pero cuando cruzamos los Faros del Rubicón e invadimos el espacio de la Luna, los barcos parecen volverse locos. Muchos de ellos se apartan de la fila organizada para precipitarse hacia Venus, otros intentan superar los muelles sin someterse al control y lanzarse hacia la Tierra. Resplandecen mientras los cazas plateados y blancos y las rápidas fragatas armadas destrozan motores y cascos. Docenas de embarcaciones mueren para mantener el orden. Nos superan en número y cuentan con mucho más armamento, pero la iniciativa está de nuestra parte, al igual que el miedo que todas las civilizaciones tienen a los invasores bárbaros.
El primer baile de la batalla de la Luna ha comenzado.
—Atención, flota no identificada… —retumba la crispada voz de un bronce a través de una frecuencia abierta—. Aquí la Jefatura de Defensa de la Luna: estáis en posesión de propiedades robadas y además violando las regulaciones de la Sociedad sobre fronteras del espacio profundo. Identificaos y aclarad vuestras intenciones de inmediato.
—Disparad un misil de largo alcance contra la Ciudadela —digo.
—Eso está a un millón de kilómetros de distancia… —me informa el azul encargado de la artillería—. Lo interceptarán.
—Lo sabe perfectamente, maldita sea —lo reprende Raven—. Obedece la orden.
Para llegar hasta aquí pasando inadvertidos, hemos tenido que diseñar una campaña de contrainteligencia para gestionar no solo nuestras transmisiones con las células de los Hijos a lo largo y ancho del Núcleo, sino también las que se realizaban entre nuestros propios barcos y capitanes. El Chacal no estará en disposición de ayudar a la soberana, y tampoco la Classis Venetum, la cuarta flota de Venus. Ni la Classis Libertas, la Quinta flota del Cinturón interno, pues la soberana la ha enviado a Marte para socorrer al Chacal. Todos esos barcos estarán a tres semanas de distancia a máxima potencia según la órbita actual. La mentira ha funcionado. Los espías de mi barco han filtrado la información incorrecta que Raven les gritó tras su ahorcamiento y la soberana se la ha tragado.
Este es el riesgo de un imperio solar: todo el poder de todos los mundos no significa nada si reside en el lugar equivocado.
Veinte minutos más tarde, las plataformas de defensa orbital interceptan mi misil.
—Estamos recibiendo una conexión directa —dice detrás de mí el azul encargado de las comunicaciones—. Tiene etiquetas pretorianas.
—Al holo principal —le pido.
Un pretoriano dorado con rostro aguileño y pelo corto canoso en las sienes se materializa ante mí. La imagen aparecerá en todos los puentes de mando y holopantallas de la flota.
—Lexa de Lico —dice con un impecable acento culto de la Luna—, ¿estás en posesión del imperium de esta flota de guerra?
—¿Qué falta me hacen a mí vuestras tradiciones? —pregunto yo a mi vez.
—Muy bien —contesta el dorado, que mantiene la compostura a pesar de todo—. Soy el archilegado Lucio au Sejanus de la Guardia Pretoriana, primera cohorte. —He oído hablar de Sejanus. Es un hombre inquietante y eficiente—. He acudido en misión diplomática a vuestras coordenadas —prosigue con frialdad—. Solicito que detengas las hostilidades y le concedáis a mi lanzadera acceso a tu buque insignia para que podamos comunicarte las intenciones de la soberana y el Senado en…
—Denegado —digo.
—¿Disculpa?
—Si cualquier embarcación de la Sociedad se acerca a mi flota, dispararemos contra ella. Si la soberana desea hablar conmigo, que lo haga en persona y no a través de la boca de un lacayo. Dile a esa vieja bruja que hemos venido a luchar. No a charlar.
Mi barco es un hervidero de actividad. Hace solo tres días que les revelamos a nuestros hombres nuestro verdadero destino y están descabelladamente emocionados. Hay un cierto halo de inmortalidad en un ataque contra la Luna. Ganemos o perdamos, habremos manchado para siempre el legado de los dorados. Y en las mentes de mis hombres, y en las conversaciones de los planetas y las lunas del Núcleo que interceptamos con los intercomunicadores, se palpa verdadero miedo. Por primera vez en siglos, los dorados han mostrado debilidad. Acabar con la Armada de la Espada ha hecho más por la expansión de la rebelión de lo que mis discursos podrían haber hecho nunca.
Los soldados me saludan cuando, de camino a sus transportadores de tropas y naves sanguijuela, se cruzan conmigo por el pasillo.
Los escuadrones están predominantemente formados por rojos y grises desertores, pero también veo en cada cápsula técnicos de batalla verdes, maquinistas rojos y exploradores y miembros de la infantería pesada obsidianos. Reenvío la orden de permiso de despegue de la lanzadera al controlador de vuelo del Estrella de la Mañana con mi código de autorización. La aceptan y procesan. La mayor parte de los días confiaría en que la orden siguiera su curso sin más, pero hoy quiero asegurarme, así que me dirijo al puente de mando para confirmarla en persona. El capitán rojo a cargo de la seguridad
del puente grita a sus hombres para que presten atención cuando entro. Más de cincuenta soldados armados, rojos, grises y obsidianos, me saludan. Los azules continúan sus operaciones en sus fosos. Orión está en el puesto de observación delantera que una vez ocupó Monty. Tiene las manos gordezuelas cruzadas a la espalda. Su piel es casi tan oscura como su uniforme negro. Se da la vuelta para mirarme con esos enormes ojos pálidos y su ruin sonrisa blanca.
—Segadora, la flota está casi a punto.
La saludo cordialmente y me coloco a su lado para mirar por el ventanal.
—¿Qué pinta tiene?
—El Señor de la Ceniza ha preparado un despliegue defensivo. Da la sensación de que piensa que pretendemos realizar una Lluvia de Hierro antes de sacarlo de la luna. Una conjetura perspicaz. No tiene ningún motivo para cargar contra nosotros. Todos los demás barcos del Núcleo pondrán rumbo hacia aquí. Cuando lleguen, seremos la cucaracha acorralada entre el suelo y el martillo. Ha supuesto que precipitaremos el enfrentamiento, pero no hay otra opción.
—El Señor de la Ceniza conoce la guerra —comento.
—Eso es cierto. —Echa un vistazo a su terminal de datos—. ¿Qué es esto que me dicen sobre un permiso de despegue para una lanzadera Sarpedón desde HB Delta?
Sabía que se daría cuenta. Y no quiero darle explicaciones en este momento. No todo el mundo es tan compasivo como yo con Bellamy, ni siquiera después de que Raven le perdonara la vida.
—Voy a enviar a un emisario para que se reúna con un grupo de senadores —miento.
—Las dos sabemos que eso no es verdad —replica—. ¿Qué está pasando?
Me acerco más a ella para que nadie pueda oírnos.
—Si Bellamy permanece en la flota mientras disputamos esta batalla, alguien intentará burlar a los guardias y rajarle el cuello. Hay demasiado odio hacia los Belona para que se quede aquí.
—Pues entonces escóndelo en otra celda. No lo liberes —me pide—. Volverá con ellos de inmediato. Se sumará de nuevo a la guerra.
—No lo hará.
Orión mira por encima de mi hombro para asegurarse de que nadie nos está prestando atención.
—Si los obsidianos se enteran…
—Por eso precisamente no se lo he dicho a nadie —le explico—. Voy a liberarlo. Vas a autorizar el despegue de esa lanzadera. Déjala marchar. Necesito que me lo prometas. —Sus labios forman una línea delgada y dura—. Prométemelo.
Asiente y vuelve a mirar hacia la Luna.
Como siempre, tengo la impresión de que sabe más de lo que revela.
—Te lo prometo. Pero ten cuidado, niña.
Me reúno con Raven en el pasillo que lleva a las celdas de los prisioneros de alta seguridad. Está sentada sobre el contenedor de carga anaranjado y su graviplataforma flotante mientras bebe de una petaca y sujeta el achicharrador que lleva en la funda de la pierna con la mano izquierda. El pasillo está más tranquilo de lo que debería teniendo en cuenta quiénes lo ocupan, pero es en los hangares principales, los puestos de artillería, las salas de máquinas y las armerías donde la actividad de mi barco es abrumadora. No aquí, en la cubierta de prisioneros.
—¿Con qué te has entretenido? —pregunta Raven.
Ella también lleva un uniforme negro y se agita, incómoda, bajo su nuevo chaleco de combate. Le cuelgan las piernas y sus botas repiquetean al chocar la una contra la otra.
—Orión me ha estado haciendo preguntas en el puente de mando acerca del permiso de despegue.
—Mierda. ¿Ha descubierto por qué vamos a dejar que el águila vuele?
—Ha prometido dejarla marchar.
—Más le vale. Y más le vale también mantener la boca cerrada. Si Sefi se entera…
—Lo sé —aseguro—. Y también Orión. No se lo contará.
—Si tú lo dices…
Raven arruga la cara y se termina el contenido de la petaca. Luego mira hacia el otro extremo del pasillo. Mustang se acerca.
—Los guardias están reposicionados —informa—. Las patrullas marinas se han apartado del corredor 13-c.
—Bien. ¿Estás segura de esto? —le pregunto acariciándole la mano.
Ella asiente.
—No del todo, pero así es la vida.
—¿Raven? ¿Aún estás de acuerdo?
Mi amiga baja del contenedor de un salto.
—Obviamente. Estoy aquí, ¿no es así?
Raven me ayuda a manipular la graviplataforma para que cruce las puertas que desembocan en las mazmorras. El puesto de observación está vacío. Lo único que queda del equipo de Hijos que vigilaba a los prisioneros son envoltorios de comida y tazas con restos de tabaco. Raven me sigue desde la entrada hasta la sala decagonal rodeada de celdas de durocristal al tiempo que silba la tonada que compuso para Plinio.
—Si en los pantalones te meas… —canta cuando nos detenemos ante la celda de Bellamy.
La de Echo está enfrente. La mujer tiene la cara hinchada a causa de la paliza. Nos fulmina con la mirada sin moverse del camastro de su celda. Raven da unos golpecitos en el durocristal que nos separa de Bellamy.
—Arriba, arriba, señor Belona.
Bellamy se frota el sueño de los ojos y se sienta en la cama. Nos mira a Raven y a mí, pero se dirige a Mustang.
—¿Qué está pasando?
—Hemos llegado a la Luna —contesto yo.
—¿No estamos en Marte? —pregunta sorprendido.
Echo cambia de postura a nuestra espalda, tan sorprendida por la noticia como parece estarlo Bellamy.
—No, no estamos en Marte.
—¿De verdad vas a atacar la Luna? —murmura Bellamy—. Estás loca. No tienes suficientes barcos. ¿Cómo pretendes superar siquiera los escudos?
—No te preocupes por eso, cariño —le dice Raven—. Tenemos nuestros métodos. Pero dentro de poco este barco va a convertirse en un hierro candente. Y es probable que alguien entre y te vuele la cabeza. Nuestra Lexa se pone triste cuando piensa en ello. Y a mí no me gusta la Lexa triste. —Bellamy se limita a mirarnos como si hubiéramos perdido la cabeza—. Todavía no lo ha pillado.
—Cuando dijiste que estabas harto de esta guerra, ¿lo decías de verdad? —le pregunto.
—No entiendo…
—Es jodidamente simple, Bellamy —interviene Mustang—. ¿Sí o no?
—Sí —contesta Bellamy desde su camastro. Echo se incorpora para vernos bien—. Estoy harto. ¿Cómo podría ser de otra manera? Me lo ha arrebatado todo. Y todo por unas personas que solo se preocupan de sí mismas.
—¿Y bien? —le pregunto a Raven.
—Oh, por favor —protesta ella—. ¿Crees que voy a quedarme satisfecha con eso?
—¿A qué jugáis? —pregunta Bellamy.
—No es ningún juego, chaval. Lexa quiere que te libere. —El prisionero abre los ojos de par en par—. Pero necesito saber que no vas a intentar matarnos. A ti te va todo ese rollo del honor y las deudas de sangre, así que necesito que hagas un juramento para que pueda dormir tranquila.
—Yo maté a tu padre…
—En serio, deberías dejar de recordármelo continuamente.
—Si te quedas aquí, no podremos protegerte —le digo—. Creo que los mundos siguen necesitando a Bellamy au Belona. Pero aquí no hay sitio para ti. Y tampoco hay un lugar para ti junto a la soberana. Si me juras por tu honor que dejarás esta guerra atrás, te concederé la libertad.
Echo estalla en carcajadas detrás de nosotros.
—Esto es hilarante. Están jugando contigo, Bellamy. Te están tomando el pelo.
—Cállate, mocosa tóxica —le espeta Mustang.
Bellamy clava la mirada en Clarke mientras considera nuestra propuesta.
—¿Tú estás de acuerdo con esto?
—Fue idea mía —contesta ella—. Nada de esto es culpa tuya, Bellamy. Fui cruel contigo, y me arrepiento de ello. Sé que querías vengarte de Lexa, de mí…
—De ti no. Nunca quise vengarme de ti.
Mustang se estremece.
—… pero sé que has visto las consecuencias de la venganza. Sé que has visto lo que Abby es en realidad. Lo que mi hermano es en realidad. Solo eres culpable de haber intentado proteger a tu familia. No te mereces morir aquí.
—¿De verdad quieres que me vaya? —pregunta.
—Quiero que vivas —contesta ella—. Y sí. Quiero que te vayas y no vuelvas jamás.
—Pero… ¿irme adónde? —pregunta.
—A cualquier lugar que no sea este.
Bellamy traga con dificultad, intentando encontrarse a sí mismo. No solo tratando de comprender dónde reside su honor o deber, sino también de imaginarse un mundo sin ella. Sé la terrible soledad que siente incluso en este momento en que le concedemos la libertad. Una vida sin amor es la peor prisión de todas. Pero se lame los labios y le hace un gesto de asentimiento a Mustang, no a mí.
—Por mi padre, por Julian, prometo no alzarme en armas contra ninguna de vosotras. Si me soltáis, me marcharé. Y no regresaré jamás.
—¡Cobarde! —Echo golpea el cristal de su celda—. Condenado gusano llorón…
Le doy un ligero codazo a Raven.
—Sigue faltando tu decisión.
—Demonios, más os vale no equivocaros con esto, capullas.
Se mete la mano en el bolsillo, saca una tarjeta magnética que hace las veces de llave y la puerta de la celda de Bellamy se abre con un crujido estrepitoso.
—Hay una lanzadera esperándote en el hangar auxiliar de este nivel —le informa Mustang con un tono de voz neutro—. Está autorizada para despegar. Pero tienes que marcharte ya.
—Y «ya» quiere decir «ya», caraculo —le dice Raven.
—¡Van a pegarte un tiro en la nuca! —grita Echo—. Traidor.
Bellamy pone una mano vacilante en la puerta de la celda, como si le diera miedo empujarla y descubrir que sigue cerrada, que nos riamos de él y le arrebatemos todas las esperanzas que le hemos dado. Pero tiene fe y, endureciendo su expresión, la empuja. La puerta de la celda se abre hacia fuera. Bellamy sale para unirse a nosotras. Tiende las manos para que se las esposemos.
—Eres libre, tío —dice Raven al tiempo que golpea el contenedor naranja con los nudillos—. Pero tienes que meterte aquí dentro para que podamos sacarte de aquí sin que nadie te vea.
—Claro. —Se queda callado y se da la vuelta para tenderme una mano. La acepto y un extraño sentimiento de camaradería me invade el pecho—. Adiós, Lexa.
—Buena suerte, Bellamy.
Y también se detiene ante Mustang. Quiere estrecharla entre sus brazos, pero ella se limita a ofrecerle la mano, fría con él incluso en estos momentos. Bellamy mira los dedos de la chica y niega con la cabeza sin aceptar su gesto.
—Siempre nos quedará la Luna —dice.
—Adiós, Bellamy.
—Adiós.
El dorado se acerca al contenedor que Raven ha abierto y mira el interior. Titubea antes de entrar, pues quiere decirle algo a Raven, quizá darle las gracias por última vez.
—No sé si tu padre tenía razón. Pero era un hombre valiente. —Le tiende una mano igual que ha hecho conmigo—. Siento que no esté aquí.
Raven la mira con dureza, deseando odiarla.
Estas cosas no le resultan fáciles. Nunca ha sido un alma caritativa. Pero hace un gran esfuerzo y estrecha la mano que le ofrecen. Sin embargo, tengo la sensación de que algo va mal. Bellamy no la suelta. La expresión de su rostro se torna gélida. Gira el cuerpo. Tan rápido que no puedo evitar que tire de la mano de Raven y atraiga el cuerpo de mi pequeña amiga hacia sí justo en el instante en que rota la cadera y se mete a Raven bajo la axila derecha, como si estuvieran bailando, para poder arrebatarle el arma que lleva en la funda de la pierna. Raven tropieza y trata de coger el achicharrador, pero ya no está.
Bellamy lo empuja y se coloca detrás de ella con el arma apoyada contra su columna vertebral.
Raven tiene los ojos como platos y me mira aterrorizada.
—Lexa…
—¡Bellamy, no! —grito.
—Es mi deber.
—Bellamy… —Mustang da un paso al frente. Estira una mano temblorosa—. Te salvó la
vida… Por favor.
—De rodillas —nos ordena Bellamy—. Poneos de rodillas, demonios.
Siento que me tambaleo al borde del precipicio, que la oscuridad se extiende de nuevo ante mí. Que susurra para recuperarme. No puedo tratar de desenfundar mi filo. Bellamy me dispararía sin problemas antes de que llegara siquiera a tocarlo. Mustang se arrodilla y me hace un gesto para que la imite. Aturdida, sigo sus indicaciones.
—¡Mátalo! —está gritando Echo—. ¡Pégale un tiro a esa cabrona!
—Bellamy, escúchame… —le suplico.
—He dicho que de rodillas —le repite Bellamy a Raven.
—¿De rodillas? —Raven esboza una sonrisa maliciosa, con un brillo demente en los ojos—. Dorado estúpido. Te has olvidado de la Primera Regla de los Aulladores: nunca agaches la cabeza.
Coge el filo que lleva en la muñeca derecha e intenta darse la vuelta. Pero es demasiado lenta. Bellamy le dispara en el hombro haciendo que salga despedida hacia un lado. El chaleco de combate cruje. La sangre rocía la pared de metal. Raven se precipita hacia delante, con una mirada salvaje en los ojos.
—Por el dorado —susurra Bellamy, y dispara seis veces más a quemarropa contra el pecho de Raven.
