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LUZ AGONIZANTE

La sangre mana a chorros del pecho de Raven y me salpica la cara. Mi amiga se tambalea. Deja caer su filo. Se desploma de rodillas contra el suelo y ahoga un grito de horror. Me abalanzo sobre ella bajo el cañón del arma humeante de Bellamy. Raven se ha llevado las manos al pecho, confundida. Un hilillo de sangre le brota de la boca y le cae por el chaleco hasta mancharme las manos. Tose sobre mí para expulsarlo. Está desesperada por ponerse en pie. Por reírse de la situación. Pero no lo consigue. Le tiemblan los brazos. Tiene la respiración entrecortada. Los ojos como platos, un miedo salvaje, profundo, primario en su interior.

—No te mueras —le suplico ansiosa—. No te mueras, Raven. —Tirita entre mis brazos—. Raven. Por favor. Por favor. No te mueras. Por favor. Raven…

Sin una última palabra, sin una súplica o un destello de personalidad, se queda inmóvil, chorreando sangre. Su pulso se apaga mientras las lágrimas me resbalan por la cara y Echo empieza a reírse.

Grito horrorizada.

Por la cruda maldad que siento en el mundo.

Mientras me mezo en el suelo con mi mejor amiga.

Abrumada por esta oscuridad, el odio y la indefensión.

Bellamy me mira, implacable.

—Recoge lo que sembraste —me dice.

Me levanto con un sollozo terrible. Me da un golpe en un lado de la cabeza con el achicharrador. No me derrumbo. Resisto el golpe y saco el filo. Pero él me da otros dos golpes y caigo. Me arrebata el filo y se lo pone a Mustang en la garganta cuando la chica intenta ponerse en pie. Me apunta a la cabeza con el achicharrador, lo miro a los ojos y está a punto de apretar el gatillo.

—¡La soberana la querrá con vida! —grita Mustang.

—Sí —contesta Bellamy con tranquilidad, derrotando a su rabia—. Sí, tienes razón. Para poder despellejarla hasta que tú nos reveles vuestros planes de batalla.

—Bellamy, sácame de esta condenada celda —sisea Echo.

El dorado mueve el cadáver de Raven con un pie y saca la tarjeta magnética para abrirle la puerta. Cuando Echo sale de la celda, lo hace como una reina. Sus alpargatas de prisionera dejan pequeñas huellas sobre la sangre fresca de Raven. Le da un rodillazo en la cara a Mustang, que cae al suelo. Yo veo borrosa y siento náuseas a consecuencia de una contusión. El calor de la sangre de Raven se filtra a través de mi camisa y me resbala por el vientre. Por encima de mí, Echo suspira.

—Uf. La Trasgo sigue chorreando por todas partes.

—Vigílalos y quítales los terminales de datos —ordena Bellamy—. Necesitamos un mapa.

—¿Adónde vas?

—A coger unas esposas.

Le lanza el achicharrador.

Cuando Bellamy desaparece por la esquina, Echo se sienta a horcajadas sobre mí. Me aprieta el arma contra los labios.

—Abre. —Me da un puñetazo en la vagina—. Abre.

Con los ojos en blanco a causa del color, abro la boca. Ella me mete dentro el cañón del achicharrador. El metal extraño me presiona el velo del paladar. Mis dientes arañan el acero negro. Estoy a punto de vomitar. Siento la bilis que me sube por la garganta. Me mira a los ojos con odio, encorvada sobre mi cabeza, introduciéndome el cañón en la faringe mientras convulsiono y solo lo saca cuando vomito en el suelo.

—Gusana.

Me escupe y nos quita los terminales de datos y los filos, y le pasa a Bellamy los de Raven cuando el dorado regresa del puesto de vigilancia. Me ponen un arnés de prisionero, una combinación de bozal y chaleco metálicos que me inmoviliza los brazos y me los pegan al pecho de manera que los dedos de cada mano tocan el hombro contrario. Luego me introducen en el contenedor que habíamos traído para él, obligándome a doblar las rodillas para entrar. Soy incapaz de frenar la caída con las manoss, por lo que me golpeo la cabeza contra el plástico del fondo. A continuación, tiran a Raven y a Mustang encima de mí como si fueran basura y cierran de un portazo. La sangre de Raven me gotea sobre la cara. La mía se escapa a través de la brecha que tengo en un lado de la cabeza.

Estoy demasiado conmocionada para llorar o moverme.

—Lexa… —murmura Mustang—. ¿Estás bien?

No le contesto.

—¿Has encontrado un mapa? —oigo que Bellamy le pregunta a Echo fuera del contenedor.

—Y un inhibidor de señal para las cámaras —contesta ella—. Yo empujaré. Tú lo manejas, si puedes.

—Claro que puedo. Vamos.

El inhibidor se activa y la graviplataforma comienza a moverse arrastrándonos con ella. Si Raven y Mustang no estuvieran encima de mí, podría acuclillarme y empujar la tapa con la espalda, pero su peso me mantiene inmovilizada contra el suelo del pequeño contenedor. Hace calor. Huele a sudor. Me cuesta respirar. Estoy indefensa aquí dentro. Soy incapaz de impedir que utilicen la ruta que yo había despejado para Bellamy. Soy incapaz de detenerlos mientras nos empujan por el hangar desierto y la rampa de la nave y comienzan a realizar las comprobaciones previas al vuelo.

—Lanzadera S-129, autorizada para despegue, en espera para desactivación de escudo de pulsos —dice el oficial de vuelo a través del intercomunicador desde el lejano puente de mando mientras los motores se calientan—. A punto para el lanzamiento.

Desde las entrañas del barco de guerra, mis enemigos me arrancan del consuelo de mis amigos, de la seguridad de mi pueblo y del poderío de mi ejército que se prepara para el combate. Contengo la respiración, esperando a que la voz de Orión salga del intercomunicador. Que obligue a la nave a permanecer en el hangar. Que los alas rápidas fulminen sus motores. Pero no sucede nada de eso. En algún lugar, mi madre estará preparando té, preguntándose dónde estoy, si estoy a salvo. Rezo por que no pueda sentir este vacío a través del vacío, este miedo que me consume a pesar de mi cacareada fuerza y estúpidas fanfarronadas. Tengo miedo a pesar de lo que sé. No solo por mí, sino también por Mustang.

Oigo a Echo y a Bellamy, que están hablando junto al contenedor. Bellamy ha emitido una señal de emergencia desde la nave. Apenas unos instantes después, una voz fría restalla en el intercomunicador.

—Lanzadera Sarpedón, aquí la nave de asalto Kronos. Habéis emitido una señal de peligro para un Olímpico. Por favor, identificaos.

—Kronos, aquí el Caballero de la Mañana. Código de autorización 7-8-7-eco-alfa-9-1-2-2-7. He escapado de la prisión a bordo del buque insignia del enemigo y solicito escolta y permiso para atracar. Echo au Severus-Julii está conmigo. Transportamos una carga valiosa. El enemigo nos persigue.

Se produce un silencio.

—Entendido, código aceptado. Manteneos a la espera en el intercomunicador. La siguiente voz que oiréis será la del Caballero Proteico.

Un segundo después, la voz de Indra retumba por toda la nave haciendo que me invada el pánico. Consiguió sobrevivir a los páramos de hielo y volver a casa.

—¿Bellamy? Estás vivo.

—De momento.

—¿Qué es esa carga tan importante?

—La Segadora, Clarke y el cuerpo de Ares.

—El cuerpo… Quiero verlos.

Oigo el retumbar de unas botas que se acercan al contenedor. La tapa se abre y Bellamy saca a Mustang con brusquedad. Luego me saca a mí y me tira al suelo de un empujón delante del holograma. Pequeña y oscura en el proyector holográfico, Indra nos observa con una calma sobrenatural. Echo me apunta a la cabeza con el achicharrador de Raven mientras Bellamy agarra la cabeza de mi amiga por la cresta para que se le vea la cara.

—¡Demonios, Belona! —exclama Indra con la voz, ahora sí, teñida de emoción—. Demonios. Lo has conseguido. La soberana querrá verte en la Ciudadela.

—Antes de eso, necesito que me asegures que a Clarke no se le hará ningún daño.

—¿De qué hablas? —pregunta Echo recelosa por lo cerca de ella que están Bellamy y su filo—. Es una traidora.

—Y la meterán en la cárcel —contesta él—. Pero no la ejecutarán. Ni la torturarán. Tienes que darme tu palabra. O haré que este barco dé la vuelta. Lexa mató a tu hermana. ¿Quieres vengarte o no?

—Tienes mi palabra —contesta Indra—. A ella no se le infligirá daño alguno. Estoy segura de que Abby no se opondrá. La necesitamos para solucionar las cosas con el Confín. Vamos a enviar escuadrones para interceptar vuestra nave. Redirigíos hacia el vector 41'13'25, rodead la luna y esperad que el León de Marte establezca contacto para facilitaros instrucciones de atraque. No podemos autorizar que vuestro barco aterrice, pero el archigobernador Augusto está a punto de reunirse con la soberana en la Ciudadela. No creo que le importe bajaros en su nave.

—¿El archigobernador está aquí? —pregunta Bellamy—. No veo sus embarcaciones.

—Claro que está aquí —replica Indra—. Él siempre supo que Lexa no tenía intención alguna de ir a Marte. Toda su flota está en el otro extremo de la Luna a la espera de que los rojos ataquen la de mi padre. Él mismo ha tendido esta trampa.