Los personajes le pertenecen a Meyer.

Bella Dama.

Un magnifico trato.


Estiró sus brazos y bostezó levemente, aún estaba medio dormida y la sensación de naufragar entre el sueño y la vigilia seguía presente. Con la punta de sus pies acarició la sabana, le encantaba eso, la sabana caliente y limpia le brindaba regocijo y algo parecido a la felicidad. Abrió los ojos de forma intempestiva y de pronto los hechos ocurridos la noche anterior cayeron sobre ella como una cascada de agua helada.

¡Estaba desnuda! ¡Desnuda en un hotel! ¡Desnuda y sola! Se levanta llevada por un resorte interno y se mira, está sola, pero la vergüenza recae sobre ella. Se tapa la boca e inmediatamente busca su ropa.

¡Mierda! ¡Mierda! ¿Qué te pasa, Isabella? ¿No qué no ibas a volver a hacer semejantes cagadas? No tienes dieciséis años, ya no eres esa, no lo eres.

Su cabeza es un maremágnum de pensamientos, flashes de la noche anterior, conversaciones, música, perros caliente y la lluvia. Parpadea y mira la falda blanca de su madre y de nuevo el desconsuelo la atormenta.

Desnuda se sienta al borde la cama que muestra la batalla entre ella y el señor Cullen. Toma su rostro con sus manos y cierra los ojos. Repasa todo. Los besos hambrientos, las manos que parecían querer abarcarlo todo. El sonido de la ropa mientras se desnudaba. Los murmullos, los sonidos, el gemido ahogado de ella cuando él toca su sexo y juega con su clítoris. El deseo que no termina, el grito cuando la hizo venir solo con sus dedos y su lengua, la urgencia porque él penetrase, la humedad de su cuerpo, el calor de su verga dura, el orgasmo compartido; el cómo ambos se quedaron viéndose cuando todo había terminado. La vuelta de la tormenta.

Sus brazos fuertes que la hicieron dormir.

¿Qué hora es? Se pregunta ¡Dios mío! Su mente se nubla ante el hecho de que ya debería estar en su trabajo. No lo piensa. Se viste como puede, no mira la falda que está sucia, le pide a su madre perdón, perdón por todo, una y otra vez, agarra su cabello con una coleta improvisada y corre fuera de la habitación. Va hasta recepción y agarra el teléfono y llama a su trabajo y con la voz tranquila inversamente proporcional a su miedo dice que tuvo un imprevisto con la tubería de su apartamento. La señora Mitchell habla calmadamente, es tan delicada, y Bella quiere llorar, recuerda como le mentía a su madre una y otra vez y ésta siempre le creía.

—No te preocupes querida, el daño de una tubería siempre es aterrador, si quieres te contacto con el plomero del hotel, es una maravillosa persona y le diré que te cobre barato.

Isabella se quiere sacar los ojos ¿por qué la gente buena siempre es tan inocente? Ojala que no lo fuera para sentirse menos culpable.

—No señora Mitchell, llamé a un plomero y en unos minutos estará acá, le prometo que en dos horas iré a trabajar.

—Isabella, no te apures—escucha a la mujer respirar levemente—todos estamos muy agradecidos contigo por las circunstancias que ocurrieron con —tose —Jane Lowell—tenías todo para demandar y sin embargo no lo hiciste, así que una o dos horas o si quieres el día para arreglar tu casa, no hay problema.

Bella ahoga un llanto y escucha la voz de la mamá preguntando si estaba bien "con que vengas sana a casa, mi amor, con eso me basta"

—Gracias señora Mitchell, se lo agradezco, de verdad.

Cuelga el teléfono y sale corriendo a tomar un taxi. Dentro del coche respira, pero no está tranquila ¡No era una cita! Sólo quería salir a caminar con alguien, intentar ser alguien diferente y de pronto ¡bum! ¡Ese hombre! ¡Esa lluvia! La falda perfecta de su madre arruinada, la soledad que entre los dos mediaba.

El rostro de Edward viene a su mente y como siempre que ella lo convoca una pregunta simple la interpela ¿Quién es ese hombre? Emana de él ese poder dado por su inteligencia, parece perderse entre la gente y no la entiende, es agresivo y grosero de forma silenciosa; anda por el mundo como si lo fueran a contagiar. No tiene piedad para herir, y cuando algo se sale de su esquema se lanza contra todo y lástima. Sin embargo existe ese otro hombre que lo sofoca y que él mismo no entiende, o que quizás no conoce. Bella no es psicóloga, ni poeta, pero es una mujer intuitiva, y cree haber visto un hombre diferente tras aquella fachada, pero como la mujer práctica que es, sabe que se ha equivocado muchas veces con las personas y siempre a aquellos a los que le brindó su confianza, terminaron decepcionándola. No debe importarle, ese hombre precioso y extraño se irá y ella para él será un retrato desleído en su memoria. Cierra los ojos y se encuentra en ese minuto cuando ella y él convertidos en ese animal bicéfalo y multiforme se enredaban en gemidos y contracciones; unos ojos profundos la penetraban de parte a parte, ojos que como cuchillos la desgarraron, la abrieron de par en par y le provocaron un dolor profundo que no era físico. Era como si Edward Cullen en algún microsegundo le hubiese compartido un sentimiento insoportablemente secreto el cual harto de esconder quisiera descargar sobre ella.

Al llegar a su casa y entrar un decaimiento la abatió, se sentía agotada, tan solo deseaba quedarse allí, quieta, sin tener que darle la cara a nadie. Fue hasta la cocina y se preparó un emparedado de atún y un té de manzana. Afuera seguía haciendo frío y éste se calaba hasta los huesos. Pero no, no era momento de dejarse vencer, a los quince minutos estaba dándose una ducha y diciéndose a sí misma que debía sobrevivir como siempre ¡Dios! ¿Por qué siento que algo ha cambiado y que no sé si estoy lista para continuar? Se pregunta.

Lava primorosamente la hermosa falda de su madre y ruega a todos los ángeles que ésta recupere su belleza. No quiere perder ese pedazo tan amado de Renée, al final la falda está de nuevo primorosa, huele a limpio y Bella se jura que no la volverá a tocar.

No es medio día aún y juega con el tiempo, de esa manera puede sostener la mentira del alcantarillado roto. Mira el reloj una y otra vez, algo la impulsa a salir de su apartamento, pero su corazón le dice que no, que se abstenga, no desea ver el rostro de Edward Cullen ese día. Sabe que lo que vivió con él ha sido demasiado íntimo y se siente demasiado desnuda y él debe sentirse igual. Ambos por primera vez dieron ese paso que dos amantes fugaces como son ellos dos no deben dar.

¿Vas a enamorarte, Isabella? ¡Por supuesto que no! no es mi tiempo, no ahora cuando entiendo que no es el amor lo que salva a una mujer ¿Quién dice que para ser feliz necesito un hombre? ¡Dios! Soy una ignorante, pero puedo ver más allá, mi sueño no es ser una mantenida, ni creo que sea una ciudadana de segunda por no casarme.

El discurso salía de su corazón, cuando Isabella se divorció de Jake tuvo esa iluminación en su vida ¿por qué se casó con ese hombre? ¿Realmente lo amaba? O ¿era más el miedo a ser una triste solterona de pueblo? Recuerda que las únicas posibilidades en Forks era casarse, ser la mesera de la única cafetería del lugar o tener el valor de huir; la mayoría escogían la primera, y ella no fue la excepción. El matrimonio era —según ella—la única forma de ser respetada. Creyó que fue suerte por haber agarrado al niño rico del pueblo, no sabía lo que eso le costaría. Diez años después no pensaba igual, el amor no hacía falta, no tenía miedo a estar sola, no buscaba quien la validara.

Sentada esperando que fueran la una de la tarde, Isabella vuelve a Edward Cullen y no entiende que jugarreta del destino la llevó hasta él. Compara a Edward con Jake y no se parecen en nada, y sin embargo los dos no le convenían. Jake era infantil, inmaduro y blandengue. Edward era seco, déspota y melancólico. Lidiar con la falta de coraje de Jacob fue para ella una pesadilla, lidiar con la extraña ausencia de Edward debía ser un infierno. ¿Quién puede con un hombre que nunca dará una señal de lo que piensa o quiere? su esposa debió ser una santa o una mujer muy fuerte. Siente una fuerte curiosidad ¿cómo se sentirá ser amada por un hombre como ese? Cierra los ojos y sacude la cabeza ¡horror! ¿Qué tipo de mujer aguanta alguien que parece tener una computadora por cerebro?, aun así Bella sonríe. Edward tenía algo de lo que Jacob carecía, y eso era la capacidad de pelear por lo que creía justo; su ex esposo nunca lo hizo, es más, la tiró a la corriente y se apeó en la orilla para ver si se ahogaba.

No, ella flotó, sobrevivió y estaba en el mundo, no necesitó de una mano que la salvara.

A la una de la tarde toma el autobús que la lleva al hotel, en medio del camino saca un pequeño espejo y se mira con detenimiento. Está maquillada, no mucho, pero desde que trabaja en el hotel lo hace de forma regular. La señora Mitchell le dijo en el primer día de trabajo que debía hacerlo, recuerda que al segundo día fue maquillada como si fuera una influencer de Instagram, muy lindo para las cámaras, pero en la vida real parecía como si un pastel de colores hubiera sido arrojado en su cara. La jefe la observó con detenimiento y con mucha sutileza limpió el exceso, diciéndole que el maquillaje era el poder pero que no exagerara con éste; desde ese día colores nudes eran su día a día. Tantos años de maquillaje y en un día entendió que ciertas delicadezas en su rostro la hacían mucho más bonita. Con casi treinta y parecía una chica de veinte, el cabello y la piel blanca eran sus aliados, además de su fabuloso culo. Cierra el espejo y observa las calles que se deslizan por la ventana, sonríe un poco, de las pocas calles de Forks a una enorme ciudad como Atlanta era un enorme paso, amaba eso, amaba tener todo ese espacio para ella y ser una más, no tenía por qué fingir nada frente a nadie. Esos veinte minutos hasta el hotel la llenaban de energía.

Se baja del bus y camina las tres calles que le faltan para llegar hasta su trabajo. Es un buen día, es un buen día, es un buen día, se repite como un mantra. Penetra al hotel por la puerta de servicio, saluda a todos y sus amigas le preguntan ¿cómo le ha ido con su alcantarilla?

—Bien, fue un pequeño daño.

— ¡Qué bien! Es horrible cuando se daña—Emily le sonríe con calidez—oye amiga ¿tienes novio?

Todas las mujeres dirigen su mirada hacia ella, Isabella se sorprende ante lo intempestivo y poco discreto de la pregunta, pero sabe que está entre mujeres y todas ellas han forjado una hermandad que a veces no tiene límites con lo privado.

—Por supuesto que no.

—Pero luces fabulosa, amiga.

Cora sonríe con picardía.

—Soy fabulosa, Cora—Contesta con su usual desparpajo.

Todas sueltan la carcajada. Isabella se pone sus zapatos planos de trabajo y se coloca el delantal y la malla para el cabello—Cora mi amiga, no necesito un chico para que se me vea mi piel fabulosa.

—El sexo es increíble.

—Yo tengo a Tobie—contrarresta Isabella con una luz maliciosa.

— ¿Tobie?—preguntan con curiosidad.

—Aja, mi vibrador precioso, no molesta, no pide dinero, y nunca se cansa.

Las fuertes risotadas inundan el lugar, y un ¡Dios, Bella! Se escuchan, pero de un momento a otro las carcajadas cesan. La señora Mitchell entra a escena y como siempre su elegante figura intimida a todas.

— ¿Pueden compartir el chiste?—lo dice sin malicia y con un aire divertido.

Todos abren los ojos y sin más ni más sueltan la risotada. Emily quien es la más vivaz dice entre risas que hablan del novio de Bella, Tobie.

—Oh querida, ojala que sea un buen chico.

Y las risotadas se convirtieron en carcajadas hilarantes las cuales se escuchaban por todo el piso del hotel.

—Oh señora Mitchell—Cora con los cachetes rojos la miró con ternura.

— ¿Qué?—pregunta con inocencia.

—Tobie es un vibrador.

Isabella cerró la boca ante la terrible indiscreción de su amiga.

La señora Mitchell imperturbable sonrío misteriosa—Mm, el mío se llama James, y es maravilloso.

Las risotadas se apagaron de un momento a otro y todas observaron a la dama que con un brillo en los ojos las retaba impunemente.

—Ojala Bella—dijo manteniendo su gracia y estilo—la tubería de tu casa ya están arregladas, necesito tu ayuda en el piso 7, hoy viene un equipo de fútbol femenino y esas chica son un desastre, coordina eso con Karla, por favor.

—Si señora.

La administradora dio un paso para marcharse, pero se detuvo—por favor arregla la habitación 305, el señor Cullen se fue esta mañana de regreso a Londres.

La mayoría de los empleados respiraron con alivio, Isabella entre abrió los labios y detuvo un suspiro.

Tomó los implementos de aseo en silencio, caminó hacia los ascensores con el rostro de aquel que sabe que va a cumplir su trabajo, no había ninguna emoción, no.

¿Se fue sin despedirse? ¡No tenía! Él y yo no teníamos nada, no me debe nada, lo sabías Bella, lo sabías, no te enojes con él, se fue, así debía ser, así tenía que ser ¡Podía decir adiós, al menos! ¡Cabrón! No te pongas con tonterías ahora, Isabella ¿qué esperabas? Una despedida con beso en la mano o con sexo en su habitación, ese hombre es extraño, no te hagas la sorprendida.

Lo sabía, él se iría de la misma manera en que llegó, en silencio, con aquel dejo de ausencia, diciendo que era un ave de paso.

Al llegar a su habitación todo estaba igual, pero diferente. Cierra la puerta y camina hacia las ventanas, abriendo las cortinas de aquel azul opaco que daba ese aspecto de extraña melancolía neblinosa, atmosfera en la que Edward colaboraba. Todo huele bien, la cama está tendida, seguro fue él, no hay polvo, los muebles parecen estar en su sitio. La licorera intacta, y el baño parecieran como si no hubiese sido ocupado en días, es como si no hubiese estado allí jamás ¿por qué ese hombre tiene que decir tácitamente que su presencia es solo una sombra que se desliza pero que no tenía ninguna sustancia? Bella no lo piensa con las mismas palabras, pero tiene aquella extraña intuición con Edward Cullen. No lo sabe, pero solo ella ha podido entender eso de él, su limpieza, su deseo de oler perfecto, de hablar perfecto, de parecer alguien que está más allá de lo humano es la aspiración tácita e inconsciente que ese hombre tiene para no parecer humano.

No hay nada allí, nada que lo recordara, ni siquiera una huella en el escritorio que utilizaba para escribir.

¿Y por qué le duele? ¿Por qué siente que la partida de ese hombre dejó una parte inconclusa en ella? Se sienta en el borde de la cama y le llega esa imagen de un hombre desnudo acabado de salir de la ducha con gesto hosco mirándola de arriba abajo como una intrusa.

Kate, Kate, Kate ¿Quién dijo él que era Kate? ¡Uno de esos personajes de libros pomposos que lee! No sabe y no entiende porque su partida le duele, y le duele demasiado, quizás es porque en las pocas semanas que lo conoció, si es que conocer era la palabra adecuada; Edward Cullen fue lo más cercano a un amigo que tuvo en su vida.

¡Cabrón!

Limpia una habitación que no necesita ser limpiada, por último la cama, quita las sabanas y los cobertores, y la funda de su almohada. Se la lleva a su nariz y el golpe de su olor llega hasta ella ¡finalmente! Algo que le dijese que ese hombre extraño había estado allí y que por un momento en el tiempo él la había reconocido.

Hubiera sido lindo que él se quedara unos días más, sentir que con ese desconocido ella tenía demasiadas cosas en común, vivir aquella soledad compartida.


Los días transcurrieron para Isabella como si viviera debajo del agua, todo era lento y monótono. De pronto estuvo consciente de que la rutina había tomado su vida por completo, y se vio a sí misma como una más en la ciudad. Su trabajo la absorbía y en esa rutinaria fluidez del ir y venir, todo era mecánico y poco emocionante.

De las ocho de la mañana a las tres de la tarde todo parecía igual como si se repitiera una y otra vez, recordó esa película con Bill Murray "El día de la marmota" y era siempre lo mismo ¿esa iba a ser su vida? Sabía que un ascenso iba a venir muy pronto. En unos años estaría a cargo de casi todo el personal de servicio; que quizás limpiar, servir y lavar ya no sería su trabajo, que vestiría el hermoso vestido oscuro que denotaba su rango en el hotel, que estaría sentada en una mesa coordinando a mucha gente, resolviendo problemas, contando los jabones, las toallas, los cubiertos. Seguramente su horario se extendería hasta las seis de la tarde al igual que su sueldo. Tendría el respeto de todos y la llamarían la señora Swan. Se vio contando sus arrugas, en el espejo y atreviéndose a poner un color rojo en su boca y recogiéndose el cabello en un eterno moño que no soltaría ni siquiera al llegar a su casa; una nueva casa, más grande, con más habitaciones, y totalmente sola. Sería su triunfo, pero en alguna parte, no sabe dónde una trampa se extendía frente a ella ¿era lo que deseaba en verdad? O ¿solo era la manera de decirse que ella escapó de ese destino de pequeña basura a la que muchos en su pasado la condenaron?

Se encontraba pensando en Edward Cullen más de lo que deseaba. Reconoció que ese hombre era lo más emocionante que le pasó en los últimos años, quizás en su vida. Ni Jacob había tenido ese impacto, es más su ex esposo fue para ella algo que se dio como algo predestinado, una carta ya marcada. La más bonita del pueblo, con el chico rico y tonto que intentaba escapar de la sombra de su padre, y quien vio en ella el peón para poder desafiarlo. Renée se lo dijo varios meses antes de casarse. Ella lo sabía. Jake nunca tuvo voz ni voto, estuvo siempre llevado por la voluntad de su padre quien jamás lo dejó desviarse un centímetro de su lado, y aparece ella, rebelde, pobre, hermosa y todo lo que Billy Black odiaba ¿Cómo pudo ser tan boba? No, lo intuía, sin embargo se dejó llevar por la trampa y se vio envuelta en ese pequeño infierno que era la casa Black. Un día pensó que Jake tendría los pantalones para retarlo, pero no fue así, es más, esperó que ella fuese la que lo defendiera y ¡lo hizo! Pero fue difícil librar una guerra cuando hasta el que se suponía era su único aliado no deseaba ni una mínima batalla.

Pero Edward era diferente y aún no entendía bien el porqué, no era amor ni nada parecido, aunque el deseo sexual por él en esas últimas semanas se hubiese exponenciado. Soñaba con su toque y su olor, a veces soñaba con sus ojos verdes sobre ella cuando la penetraba, y la sensación de su lengua húmeda recorriendo su piel. Se excitaba pensando en ese cuerpo alto, largo y definido; de pronto sin que lo pudiera controlar suspiraba como una colegiala. El tipo era el mejor sexo del mundo, un sexo que por no tener ningún compromiso fue apasionado e inmoral, algo que no la ataba con nada, por lo tanto presto a cometer locuras y a arriesgarse por un orgasmo más. Su deseo era sofocador y no intentó apagarlo, era lo único que la sacaba de sus días de sopor, podía escapar de la rutina pensando en él, por lo tanto se vio leyendo su nóvela cada noche después de llegar de la escuela nocturna. Sorprendentemente para ella—una enemiga acérrima de la lectura—se vio amando la historia del joven guerrero y su hermoso caballo blanco. Un chico cuya madre murió de amor, una mujer violada por otro guerrero, un rey salvaje de hermoso cabello blanco quien la raptó e hizo que ella por ese hombre se convirtiera en algo más que una sombra. El hijo de la concubina y el rey quien para todos era un bastardo se convirtió en un soldado peligroso rebelde quien osó levantarse contra el padre que amaba y odiaba. Kiryacos, de ojos negros y pelo nieve con un extraño don de ver el pasado y de comunicarse con los animales. Edward lleva al lector a un mundo de magia, sangre, sexo y amor trágico. A la mitad de la historia, Bella se enfrenta al dolor de la pérdida de sus amigos, su ejército y el enfrentamiento con el padre a quien ama y detesta. Isabella no duerme, camina en bosques donde hadas, brujas, sátiros, elfos hablan, un mundo de dos lunas, y animales fantásticos ¿cómo puede construir un mundo como ese? Está fascinada, fascinada con la narración y con el hombre que ha escrito un libro tan hermoso ¿Quién es ese? El que ella conoció casi no hablaba, parecía tan apegado a la realidad del mundo y a la lógica que le parece imposible que Edward sea capaz de escribir sobre mundos irreales y repletos de mitos y magia. Lo ve sentando frente a su computador, con sus papeles, sus lápices y todas sus herramientas de trabajo ¡Wow! Y ella destruyó sus escritos ¿puedes ser más tonta, Bella Swan? El fin de semana que no trabajó; sentada en su cama se hundió en los tres libros de la saga. No respiró, la historia de amor del guerrero con la esclava apenas se adivinaba en el primer libro, pero en el segundo estaba en todo su esplendor. Un amor nacido en medio de una batalla y alimentado por el odio y la sangre.

— ¡Dios mío! ¿Qué es esto?

Cuando lo terminó su corazón palpitaba a mil por hora, a la medianoche lloraba como una niña pequeña frente al final agridulce de Kiryacos anciano sentado bajo un árbol escuchando el susurro de las abejas y caminando los trazos del pasado tratando de tocar a su amante quien en el tiempo corría por los campos con su cabello azul al viento.

El llanto la atacó como jamás lo había hecho, era como si estuviera herida de muerte y los dolores de años y años se hubiesen juntado en aquella última página.

Esa noche durmió intranquila y se levantó como si un enorme aluvión la hubiese atropellado. La imagen de Edward Cullen no la dejaba y una ciega rabia se fue formando en su interior. Una rabia nacida de aquel libro, de su paso por su vida, de cómo la lectura concentrada y el repaso de sus semanas con él, Edward —y ella consciente sabía que no era su obligación—le negó algo, algo que quizás su esposa y esa diosa rubia tenía.

¿Celos? ¿Envidia? O el hecho de que por primera vez Bella sintió que alguien como ese hombre podía darle algo y ella no tenía como exigirlo.

— ¿Estás enferma?—fue la pregunta de todos.

—No, no lo estoy ¿por qué?

Cora se acercó en los casilleros del personal de servicio—hace días estás muy callada, Bella ¿podemos hacer algo por ti?

—Solo estoy cansada, chicas, eso es todo. Nunca pensé que el trabajo sería tan extenuante.

—Pero lo has hecho tan bien. Estamos muy orgullosas, se dice que pronto te darán otro ascenso.

Isabella sonrío forzadamente, todos vieron el gesto y cruzaron miradas cómplices, ella se dio cuenta que por ese gesto todos leyeron ese hastío que sentía.

—No se preocupen chicos, es que hay épocas, lo saben todos, además el hotel en esta temporada ha estado muy ocupado.

Ninguno dijo nada, estaban acostumbrados a una chica fuerte, maliciosa y que siempre estaba dispuesta a sonreír a pesar de lo duro del trabajo.


Limpiaba compulsivamente, le duelen los brazos de tanto fregar la pared del impecable baño. No hacía falta, una pasada más y cada pedazo de porcelana sería invisible. Bella necesitaba hacerlo, era su manera de controlar un caos interior que en ella emergía, estaba agotada, no dormía bien y esa insatisfacción que durante años escondía con suma cautela, resurgía en ella con una fuerza más allá de lo que podía soportar. El movimiento frenético, el hacer cosas que no le correspondían, el ir de arriba abajo en el hotel, el ayudar, cambiar, traer era su forma de aplastar el movimiento telúrico en su alma.

Llevaba siete días viviendo bajo el agua.

Escucha que alguien abre la puerta, el sonido es leve, los pasos son medidos, y algo cae pesadamente sobre la cama de la habitación. ¡No debía estar allí! Nadie debía estar en esa habitación hasta que ella no saliera. Se levanta con fuerza, el olor a cloro la marea y se sostiene de la pared, camina tratando de no caerse, parpadea y ruega que no vaya a hacer un papelón, la falta de sueño y toda la emoción a flor de piel pueden hacerle una mala jugada.

Ella abre los ojos y él está de espaldas.

— ¿Edward?

El hombre voltea con lentitud, tiene un abrigo negro, y un hermoso y atípico sombrero que lo hace ver imponente.

—Kate ¿me has extrañado?

Algo se revuelve en su estómago, y no sabe por qué pero gruesas lágrimas amenazan con salir ¡Dios no! ¡No ahora! Y el mundo se hizo oscuro, su cuerpo pierde el equilibrio y todo se convierte en algo oscuro que susurra muy lejos.

Se le hace difícil respirar, tose un poco y algo zumba a su alrededor. Manotea con fuerza y abre los ojos a la velocidad del rayo. Sus ojos se quedan viéndolo ¡Cabrón! Es el primer pensamiento que se le viene ¡No tiene derecho a ser tan hermoso! ¡Quiere matarlo! ¡Ni siquiera un hasta luego!

—Vaya, Kate—tiene una mueca cínica en su rostro—te desmayaste cual doncella.

Algo profundo nace en ella, y como si una fuerza poderosa la alentara, levanta su mano y le da una fuerte bofetada. Ésta resuena secamente y sin que le importe el mareo se levanta, trastabilla sobre sus pies; él la ha llevado a la cama ¿Cuánto tiempo estuvo desmayada? ¡Carajo! lo ve a él observándola, tiene la mano sobre su rostro golpeado, sin embargo sus ojos son profundos y enigmáticos.

—Vas a desmayarte de nuevo, Bella.

— ¡No te importa!

Trata de caminar pero el maldito cloro la ha dejado mal, y todo su cuerpo pide una tregua. Quiere vomitar. Lo ve levantarse con lentitud, se acerca, se acerca a ella y Bella solo quiere salir corriendo. Edward alarga la mano, pero una mirada asesina aniquila sus deseos de ayudar, él cierra sus puños, mientras que su mandíbula se torna dura e inflexible.

— ¿Debía despedirme, Isabella?

Bella quiere ir hacia su hermoso abrigo negro y vomitarle encima ¡vomitarle, lo juro por Dios!

—No tenías que hacer nada, no somos amigos.

Respira y convoca todas las fuerzas de su cuerpo y se yergue en su pequeña estatura, aún puedo tener un poco de orgullo, piensa—soy una camarera señor Cullen, usted es un hombre poderoso ¿por qué tener consideración?

—Porque somos amigos, Bella, por eso.

— ¡Ja! ¿Amigos? Pues usted me hizo saber que no lo somos.

Camina aún con la cabeza palpitando.

Edward abre la boca con lentitud ¿Por qué no sabe tratar a las mujeres? Sólo se fue, tratando de no dejar huellas, si no había recuerdos, no existían los dolores, pero al llegar a Londres los recuerdos, la rabia y la frustración llegaron a él. Su padre, hermano y ella como siempre haciendo su vida una mar de cosas tormentosas.

—Lo siento, Kate.

— ¡No me llamo Kate!—ella voltea—Soy Isabella, Isabella Swan—agarra el picaporte de la puerta—solo fue sexo, señor Cullen, nada sin importancia.

Abre la puerta y lo observa de arriba abajo—usted y sus palabras… ¿cómo…?—no fue de decir lo que sentía, no fue capaz de preguntarle ¿cómo alguien capaz de escribir libros hermosos, era incapaz de sentir nada humano?

Cierra la puerta con fuerza y camina hacia el ascensor. Jamás en su vida había sentido tanta rabia. Suspira entre cortado y cuando el ascensor baja lentamente hacia el piso de servicio, aprieta el botón y sin que nada la pudiera detener comienza a llorar como una niña pequeña.

¿Qué diablos me pasa? ¿Por qué lloro como una niña por un hombre que no me importa? ¿Acaso me volví loca?

Mas Isabella lo entendía, algo en ella sabía que Edward representaba sus deseos más íntimos de ser respetada, un hombre que ni siquiera en sueños imaginó y que de pronto apareció en su vida como una ráfaga. Deseaba eso que él representaba y lo que su madre soñó para ella: Jacob Black era un remedo, Edward Cullen era él hombre. No lo amaba, pero era un ideal, y estar a su lado la hizo especial, mejor. También era ese maldito libro, quizás había mejores, no lo sabía, pero aquella nóvela era como estar al lado de una puerta enorme que abría un mundo de maravillas que no entendía. Él era el mensajero. Palabras, le dijo, palabras, conocimiento, imaginación, ir más allá, y un más allá para ella solo significó casarse con el rico del pueblo, tener cosas lindas, y ser la madre de sus hijos ¡Ja! ¿Maternidad? Un sueño que ella misma acabó borracha. Más allá para Bella Swan no era nada, una cantidad de sueños prefabricados frente a un televisor y una hamburguesa extra grande con Coca Cola; pero Edward, oh, Edward, una imagen de una película perfecta donde él representaba ese algo en blanco y negro a lo que durante tres semanas ella pudo tocar: Edward Cullen era Paris.

Y la maldita nóvela se lo había mostrado.

Durante toda la jornada gruñó, un dolor sordo en su vientre la tenía de mal carácter, le gritó a una pobre camarera, no respondió al llamado de la señora Mitchell, caminaba como un animal encerrado y cada cinco minutos se miraba al espejo y éste reflejaba una furia interna que no la dejaba respirar, fue entonces que le pidió a Emily que le regalara un cigarrillo.

—Pero tú no fumas, Bella.

¡Ja! Rodó los ojos. Emily si supieras lo que he hecho en mi vida, te asustarías.

La mujer extendió un cigarrillo y ella sin dar explicaciones salió por la puerta de servicio hacia el enorme aparcamiento del hotel donde lo encendió y aspiró hasta la última gota de nicotina.

Esperaba calmarse, pero no, no podía ¿Quién se creía? ¿Quién se creía ese cabrón?

— ¡Estúpido! Ay si, ¿esperabas que me despidiera, Bella?—trató de remedar su pomposo acento— ¿Quién te crees? ¿Quién mierdas te crees?—mira hacia arriba y grita furiosa tirando la colilla de cigarrillo en el piso mientras la aplasta con su zapato.


Edward venía de la guerra, su furia aplacada por semanas en ese hotel, al llegar a Londres volvió a aparecer y con más fuerza. Ni siquiera el regalo y la sonrisa de quien más amaba lo dejaron descansar. Menos de un día y toda la tormenta estalló en su vida, de nuevo. Le dolía la mandíbula de apretarla durante semanas, sin embargo su sutil venganza era llevada con la precisión de un relojero suizo y no podía dejar de sentir esa victoria sangrienta cada vez que propinaba un golpe a quienes él consideraba sus enemigos. Sin embargo éstos de igual manera propinaban golpes y él esperaba con ansias devolverlos con mucho más fuerza, lo único que no permitía que su satisfacción fuese completa era todos aquellos daños colaterales que la decisión de Johanna había dejado, pero él debía respetar su memoria, y hacer respetar sus decisiones ¿cómo se atrevían a ser tan bajos y miserables? Pero no, no iba a permitir que la memoria de su esposa fuese manchada de semejante manera, iba a luchar, luchar hasta el final, algún día habría consciencia sobre cada palabra, acto y humillación y todos ellos estarían en ese lugar donde la venganza es perfecta.

Debía ser más estratégico y mucho más certero.

Al llegar a Inglaterra y con la violencia de su mundo, solo deseo volver a ese punto donde no sentía nada. Pero en ese lugar no sentir nada, nunca fue una opción.

El aire enrarecido y la atmosfera de crueldad que había a su alrededor se esparció hasta sus pulmones y se vio en medio de todos ellos, deseando volver al hotel en Atlanta y sentir que podía ser real con alguien.

La vio allí sentada en medio de todos ellos, una hermosa y exótica mujer capaz de salirse de sus esquemas, una mujer sin miedo, tan diferentes a su esposa y Tania. Se vio sonriendo con un vaso de vino en la mano y con su mueca cínica frente a su padre, su madrastra y Jasper. Tan sólo la posibilidad en sus ojos hizo que su padre clavara su mirada de hielo en él y se preguntara que pensaba su hijo bastardo para humillarlo más.

Se vio a sí mismo como un personaje de Dostoievski aniquilando el alma de uno en uno. No había sido suficiente con él y sus triunfos frente al inútil de Jasper. Necesitaba más.

En las noches frente a sus libros, papeles, y agenda de trabajo, Edward agobiado pensó en la fierecilla triste, de hermosa falda de raso blanco chupando su verga tan duro hasta hacer que él explotara como bomba atómica, hasta que él pudiera expulsar el veneno que tenía adentro ¿cómo una mujer cualquiera hizo que él tuviese ese solaz en su vida? ¿Amarla? No, Tania era su amor, Bella se había convertido en su amiga, su cómplice, alguien con quien estar desnudo tanto literal como metafóricamente era fácil ¿porqué con Johana y Tanía nunca ha sido así? Quizás porque su esposa era demasiado buena, y Tania era…Tanía.

¿Y si…? ¡No! él no podía hacerle eso a Isabella, maldita sea, sería una crueldad, no podía exponerla a semejante cosa ruin.

Sophie, su secretaria lo llama una noche en que después del desastre de su familia, él bebía y rumiaba su rabia y su abuela Esme huía de él como si tuviese lepra.

— ¿El idiota de tú marido aún existe?

—El idiota de mi marido está a mi lado, Edward.

—Dile que lo saludo.

Escucha una voz de hombre tras el teléfono—Dile que espero que se envenene—es la contestación que recibe.

Sonríe, el esposo de su secretaria, jamás ha negado su animadversión por él, son dos hombres muy diferentes que comparten a Sophie, quien puede con ambos.

—Bueno, esto es amor ¿no crees, Sophie?

Ella se carcajea, ama a ese Edward picarillo, ojala siempre fuese así, pero no, casi nunca lo es.

—La universidad pregunta ¿si vas a abrir el curso de literatura o el de política del siglo XX?

—No.

—Vamos, Edward, te mueres por irle a amargar la vida a tus estudiantes.

—Seguramente ellos me esperan.

— ¡Ja! Cómo se espera el apocalipsis, nunca te van a amar, pero todos saben que cómo maestro eres el mejor, es como ir a una olimpiada.

Edward bebe lentamente su trago de whisky y mira las lengüetas de fuego que forma la llama de la chimenea—estoy escribiendo una novela, no quiero ser interrumpido, eso es todo.

La mujer se queda en silencio, sabe muy bien que cuando escribe necesita esa soledad que alguien como él requiere. Recuerda la época en que escribió la saga y no fue buena, entre la enfermedad y la muerte de Johana, el deseo de ser el mejor, el odio acérrimo por su familia, y el pleito con la familia de su esposa todo fue un caos, ella sabe que sacó sus libros a pura voluntad y por orgullo.

—Entonces ¿la propuesta de llevar tus libros a la pantalla tampoco?

—No, odio las versiones cinematográficas de los libros, lo sabes.

—Son millones de libras.

—No necesito más dinero.

—Sueño con ver a Kyriacos en pantalla, Henry Cavil sería mi escogido.

Un ¡Oye, te oí! del esposo de Sophie se oyó por la línea telefónica.

—Tan solo por joder a tu marido lo haría.

—No lo dudo.

Ambos se quedan en silencio, el hijo pequeño de Sophie la llama, y eso a él lo llena de tristeza. Sophie lo entiende y susurra a su niño que en pocos minutos le leerá un cuento. El niño se aleja, Edward sabe que lo hizo tan solo para que él estuviese tranquilo.

—El Times y el New York Post están esperando tu entrevista.

Edward parpadea ¡Diablos! Se le había olvidado la entrevista, había ido a Estados Unidos por ello. Su respirar no traduce el agobio que su falta de compromiso le produce.

—En dos semanas la tendrán.

—Por favor, Edward, lidia tú con ellos, llámalos.

—Lo haré.

—Se diplomático, la última vez casi te despiden.

—No te quedarás sin trabajo.

—Lo sé.

—Eres demasiado arrogante, Sophie.

—Por supuesto, soy la asistente de Edward Cullen, merezco ser arrogante.

—Que no lo sepa tu esposo, se pondría celoso.

Lo dijo en tono de burla, pero Sophie sabía que su esposo sentía celos de aquel hombre. Edward tenía la costumbre de intimidar a otros hombres. Para un tipo de clase obrera como lo era su cónyuge su jefe representaba algo que no le gustaba.

Sophie iría en la mañana a su casa y se encontraría un Edward borracho, una Esme asustada y todo el trabajo de meses tirado a la basura.

— ¿Qué ocurrió? Anoche estaba tranquilo.

—Tania—fue la respuesta de la anciana. Una respuesta seca nacida del rencor por esa mujer—la muy idiota lo llamó para decirle que se había comprometido.

— ¡Pero si se divorció hace un año! ¡Esta mujer!

—Lo hace para tener el control, lo sé ¡perra! Y él…. ¡él!—señala a un Edward desplomado sobre un sillón— un hombre tan inteligente se deja manipular, pero ¿sabes cuál es la razón? Él todavía se siente ese chico que cree no merecer nada ¡y ella juega con eso! —La abuela comienza a llorar—la muy maldita ha hecho que todos sus logros sean nada, nada.

—No puedo entender el poder que ella tiene sobre él.

— ¡Es una serpiente!

Sophie se acerca a un Edward desplomado y casi inconsciente, quita un mechón de su cabello y lo tira hacia atrás—Cuando la conocí me pareció un ser tan frágil y hermoso, no es mala Esme, creo que los dos vienen de mundos terribles y ella está equivocada y él también.

—Si no hubiese existido, él hubiera sido feliz con Johana, pero no, al menos si lo amara un poco.

Sophie levanta su mirada, tiene puestos sus lentes y observa lentamente a Esme—Ese es el problema, querida, ella lo ama, pero se ama más a ella misma.

—No lo dejará ser feliz.

—No.

Al despertar de su resaca y al enfrentarse a la furia silenciosa de su abuela, Edward bañado y con la careta de dureza y frialdad la enfrentó.

—No iré a buscarla.

—Haz lo que quieras—sus ojos se llenaron de lágrimas—eres igual a tu madre, amando un imposible, dejándose consumir por ello ¿para que toda esta pantomima de ser el hombre de mundo y culto cuando al final sigues viviendo y respirando por alguien que te hace tanto daño? Por eso tu padre siempre tendrá la delantera, al final eres el niño parado en aquel portal viendo como es rechazado.

— ¡No soy ese niño!

Esme se para de la mesa, es delgada y ágil, mucho más baja que su nieto, pero alta para el promedio de las demás mujeres—¿No? lo eres querido, espero que entiendas el daño que has hecho y sabes a que me refiero.

El sonido de la pequeña cucharilla de té que Edward bebe religiosamente suena sobre el plato en que la tasa se sostiene.

—No es lo mismo.

Pero Esme no lo escucha, sube la escalera y baja con un bolso bohemio que no desentona con su look de mujer de avanzada, toma las llaves de su Toyota y la resuena fuerte.

Edward cierra los ojos, sabe a dónde va, el corazón le duele hasta no soportarlo.

— ¿Él es feliz, abuela?

Ella voltea con fuerza—Pregúntaselo tú, no cargaré con otra historia como la tuya, Edward, ya no.

Ese mismo día reservó los pasajes del avión, necesitaba hacer la entrevista y poner un océano de por medio. Una hora antes de llegar al aeropuerto se hace la promesa de no ser débil, ese Edward duro y sin corazón que durante años los hizo un sobreviviente debía volver, no era hora de desfallecer mucho menos ahora cuando estaba a portas de pelear en los grandes juzgados de Londres. Cualquier cosa y sería su ruina, no dejaría que nada se le interpusiera y mucho menos demostrarle a su padre que era vulnerable, sabía que si éste se daba cuenta, su padre lo destrozaría. Frente al espejo del baño a medio rasurar, Edward recuerda la reunión "familiar" de unos días antes. Los ojos azul hielo de su padre lo cercenaban de tajo a tajo mientras sonreía, nunca, jamás éste le diría una mala palabra, pero sus ojos y sus gestos lo decían todo y si algo le salía por su boca era una ironía cargada de ácido. Jasper y su madre siempre le hacían coro, sin embargo ambos le temían y se escudaban tras la espalda del viejo aristócrata.

—Nunca vas a serme sentir menos, no como lo hiciste con mamá.

Su misión en la vida era lastimar al viejo y a todo lo que éste representaba.

Al llegar a Atlanta el viento y un frío vigorizante le llena los pulmones, no piensa en Isabella, solo piensa en que está lejos y que la sensación de libertad que esto le da es algo que lo hace más fuerte.

El taxi se estaciona frente al hotel. Al poner un pie en la puerta el recuerdo de la mucama le llega como un golpe seco y fuerte. Su cuerpo hiperventila y comienza una especie de excitación que lo hace vibrar. La novela que había pausado durante semanas vuelve en imágenes y sabe él porqué, es porque Isabella es esa mujer de la que escribe. Es fascinante y aterrador. ¿Por qué una mujer como esa lo inspira? simplemente es tan diferente a lo que él ha conocido, porque Bella Swan es una musa imprevista y se le presenta como el personaje. Quizás cuando la novela termine su deseo por devorarla se agote.

Se siente como un vampiro de almas.

Talvez lo era. Y cuando ella se desmaya y le hace aquel reclamo es porque en alguna parte él había aspirado alguna parte esencial de Isabella Swan.

¿Acaso ese tiempo pasado junto no había sido importante?

Para Edward todas las mujeres de su vida habían tenido un efecto revelador en él. Tanía lo llevó por el camino de la locura, Johana por el de la ternura e Isabella quizás por el camino de ser un escritor, de ser por primera vez amigo de una mujer.

De alguna manera Isabella estaba pidiendo algo, algo que sólo él podía darle.

Ojala ella fuese fácil de leer.

Estaba agotado. Que semanas más terribles, ojala sus decisiones hubieran sido mejor pensadas, así no tendría que lidiar con las consecuencias. No deseaba que su familia sufriera ¿por qué los padres de Johana no permitían que ella descansara en paz?

Llamó a servicio y pidió que le trajeran algo suave para la cena, quería dormir un rato y bajar al gimnasio para poder poner su mente en orden. En dos días viajaría a Washington y haría la entrevista al senador Clark, quien era según los rumores uno de los postulados a las primarias presidenciales.

Esperó que Isabella llegase, pero ella no fue quien le trajo la cena. Una mujer morena fue quien hizo el trabajo, ésta lo observaba con recelo y curiosidad, él no la miró a la cara y esperó que ella y el mesero terminaran. Una ensalada cesar, con un postre de mandarina y un té de limón hicieron el trabajo de llenarlo, sin embargo el hambre peculiar que lo acuciaba lo hizo añorar carne y papas a la francesa. Esa sensación que hacía que sus dedos hormiguearan como si su cuerpo pidiese algo más. Hizo ejercicio casi dos horas y llegó a punto de caer en coma.

Se desnudó y quedó solo en su ropa interior, el sueño lo llevó a una parte oscura de su inconsciente. Allí atrapado en un mar negro parecía ahogado y con una sensación de claustrofobia de la cual no podía escapar. Aceite denso, aire enrarecido, una calma peligrosa. Todo era oscuro y silencioso. Su cuerpo era pesado y el deseo de despertar era imperante, pero algo lo retenía, de alguna forma en medio de aquel sueño negro la extraña atmosfera de un cuento de Lovecraft surgió de repente. Algo gimió dentro de él, el mar negro comenzó a ondear hacia alguna parte y un calor sofocante se concentró en su sexo, sus pulmones se ensancharon hasta que el aire olió a perfume, un perfume que él en ese estado no podía identificar. Su cuerpo empezó a pedir oxígeno, sus músculos se tensaron y su pecho resoplaba, quería despertar, alargar sus brazos y abrir sus ojos. Gemía, porque un poderoso placer lo anclaba al centro de mundo. Su pelvis comenzó a moverse como si aquel mar lo empujara a una tormenta, él braseaba hacia ese lugar, ese lugar donde el sol nunca decaía, y donde cada palabra era la correcta, nadaba, se hundía y volvía y él y su cuerpo eran estirados como una banda elástica que lo llevaba a los límites. Su garganta comenzó a hacer sonidos, necesitaba vocalizar cada embestida. Una oleada salvaje lo empujó hasta el fondo, sus pulmones reventaban y cada célula estaba por explotar, nada hacia la superficie, el dolor y el placer eran brutales y su cerebro lanzaba hacia sus pupilas enormes y poderosos rayos rojos.

Se hunde.

Vuelve.

Se quema.

Gime, le duele, placer, calor, ardor en cada átomo.

Grita, grita porque el orgasmo se concentra en su centro. No quiere despertar, pero lo necesita, necesita despertar porque en ese momento si sigue allí indefenso ante el placer puede explotar.

Ruge y abre los ojos, la luz lo lástima, su cuerpo se lanza hacia algo, algo poderoso y perfecto que sigue, el sueño sigue y la lucidez viene a él. Allí frente a él Isabella, que lo posee con su boca, el cabello oscuro como un enorme animal mitológico lo devora con la precisión de una máquina de tortura; sube y baja y el sonido de succión hace el placer más fuerte, el tiempo se detiene en aquel momento.

— ¡Dios!

No puede controlarse y se hunde en la almohada y agarra con fuerza la cabecera de su cama.

¿Ha sentido un placer así? ¿Alguna vez una mujer lo tomó de esa manera? ¡Tan libre! Animal y poderosa.

Sus testículos arden y ella los agarra con fuerza, en algún momento cuando la gran tormenta lo desea lanzar contra los riscos de la nada, ella se detiene. Él levanta la cabeza gritando ¡No! ella sonríe, lo reta con crueldad, está reclamando su adiós, su seremos amigos, su respeto; es entonces cuando él, Edward Cullen, se levanta, y en medio segundo la agarra de la cintura, levanta su falda y arranca sus bragas con fuerza, ella hace un gesto de triunfo y lo toma del cabello.

— ¡Tómame!

Edward la monta sobre él, coloca su verga en su centro y la penetra con la fuerza de un barco hacia el desastre.

Ahora ella le da el poder, es él en ese momento el capitán de ese navío, comanda la tormenta y deja atrás en el placer de follar a Bella Swan toda su vida de mierda.

—Contigo Isabella, he descubierto la palabra disculpa.

La ve vestirse frente a él, su cabello oscuro cae en punta sensualmente sobre su espalda.

—Pensé que dormías.

—No, estoy en medio de la tormenta.

Ella no sonríe, no entiende qué dice; se concentra en buscar sus zapatos y en conseguir la bandana que agarra su cabello.

—No me sobran los pantis ¿eh Edward?

—Viniste por fuego, Kate, fuego es lo que obtienes.

Ambos se miran por largos segundos, ambos respiran sincronizados, hay un silencio, y una complicidad en aquellos segundos.

—Quiero decirte Isabella, que si fue importante conocerte y que fui un idiota en no despedirme.

Ella hace ese gesto de risa irónica y triste que hace cuando todo es inevitable.

—En mi estupidez pensé que no era importante.

—No suelo hablar de mi madre con nadie.

—Lo sé, yo tampoco lo hago.

Él está desnudo, ella a medio vestir. Bella se sienta en el borde de la cama, pero mira hacia la puerta de salida.

—Hablar de la mamá hace que la gente se vuelva amiga, Edward.

—Así es. No te quise irrespetar.

Se levanta y ayuda que ella se recoja el cabello. Lo huele, y es el perfume limpio que él reconoce como algo íntimo y cálido.

—Ser cabrón es mi estilo.

Bella lo enfrenta y sonríe de medio lado.

—No puedo decir que es parte de tú encanto.

— ¿No?—él ríe malicioso.

—Es tu verga enorme, querido, es algo encantador—guiña un ojo con maliciosa inocencia.

Ambos carcajean.

Juntan sus frentes, son dos imanes que se atraen desde dos polos opuestos.

—Estar contigo es como ir de vacaciones a un lugar soleado, Bella, tomar mucha piña colada y escuchar música al lado de una fogata.

Bella lo observa sin parpadear.

—Tenía rabia.

—Lo sé.

—Somos amigos.

—Así es. Nunca he tenido amigos.

Bella le pone la mano sobre la mejilla y da golpecitos suaves.

—Un hombre bello como tú debería tener muchos amigos.

Se levanta con cuidado y mira su uniforme—Los animales del bosque habitan un territorio donde escuchan el viento, se alimentan de la tierra, su tierra, beben de la sábila de lo oscuro, son pura clorofila, sangre caliente y carne cruda. Son capaces de entender el proceso de la vida y la muerte como un ciclo vital, un mundo sin tiempo donde solo es el ahora, el amor es el ahora, el matar es el ahora, morir es ahora, pero todos ellos son hermanos en el tiempo, cada uno entiende su destino y de una manera enigmática lo comparten, es la belleza y la inocencia del instinto.

Él no se sorprende, es un pequeño párrafo de su libro.

— ¿Te gustó?

—Lo amé—exhala y se pone la mano en su pecho— nunca había leído un libro completo Edward, eres un buen maestro, aprendí cosas que una escuela no me enseñaría.

Da dos pasos hacia la puerta, Edward no sabe porque pero algo le dice que ser amigo de esa mujer es lo más importante que le ha ocurrido en los dos últimos años. Sabe que si no le regala esa oportunidad ella no la tendrá. Se perderá en ese hotel, en un uniforme y en pasar sus días soñando con algo que aún ella no entiende.

— ¿Bella?

Al llamado ella voltea, quiere llorar, un paso hacia la puerta y sabe que la despedida es inminente.

—Cásate conmigo—en un solo movimiento Edward se pone de píe, desnudo e imponente frente a ella, su piel es de mármol y sus músculos definidos por el ejercicio son notorios bajo la opaca luz de la habitación.

Isabella lo mira sin ver, parpadea y sacude su cabeza.

— ¿Disculpa?

—Cásate conmigo—su voz es dos octavas más gruesa.

—No es gracioso, Edward.

—Sería un buen trato, un magnifico trato.

—No te amo.

—Por eso, Bella, no nos amamos, no tendremos ese problema del amor mediando entre nosotros, el amor jode todo, ganaríamos.

—Yo no ganaré nada, Edward.

—Seré tu maestro, Isabella—agarra su pantalón y se lo coloca con elegancia— ¿has oído hablar de Pigmalión?

— ¡Por favor!—está en una montaña rusa sin frenos y la impaciencia toma el control.

—Quieres que te respeten, ser educada, una dama, yo te daré eso Isabella Swan.

Va hacia ella y la toma de la muñeca, arrastrándola hacia él—Kate, querida Kate, te daré el mundo si quieres, no es amor, es amistad, confianza ¿quieres estar aquí? ¿Seguir siendo una mucama? O ¿quieres esos sueños que están en una maleta junto con una hermosa falda blanca?

Ella deja de respirar ¡Loco! ¿Cómo va a casarse con un hombre que no conoce?

— ¡No voy a casarme contigo! ¡Con nadie! Ya lo estuve Edward y fue un infierno—se suelta y camina en círculos—el matrimonio es una cosa seria, mi marido era un idiota, pero lo amaba, ¿Cómo me casaré contigo sin amor?

—Oh vamos Bella, tenemos algo mejor.

— ¿Sexo?

Él hace su mueca burlona—muchos que se aman no explotan como tú y yo.

— ¡No te conozco!

—Me conoces, Isabella, más que nadie, eres muy fuerte, inteligente ¿Quieres quedarme aquí? ¿Deseas esta vida?

— ¡Es mi vida! Tengo esa maldita dignidad, no pasaré por ser una mantenida ¡lo odié!

—No serás una mantenida, vas a estudiar, aprender, ir a una universidad, yo te daré todo eso.

Isabella pega la espalda a la pared, algo no encaja, en él existen secretos, intenciones que no entiende, un lenguaje cifrado ¿qué es lo que quiere?

— ¿Qué quieres, Edward? Para mí esto es ganancia ¿qué quieres tú? No me mientas, por favor.

—Bella…

—Por favor.

Edward baja la cabeza, cierra los ojos y suspira.

—Quiero liberarme Isabella, mi vida es una cadena, estoy atado a mi pasado, a mi familia, a mi vergüenza Bella, me casé con Johana y la condené a amarme, amo a una mujer que me lastima, tengo mil ojos encima de mí ¡miles! Y yo solo quiero libertad.

—Quieres venganza.

En dos palabras ella resumió veinte años de rabia.

—También.

—Vas a lastimarme, Edward.

—No, porque no me amas Isabella, si me amarás esto nunca ocurriría.

El pecho de Isabella se levanta en una profunda exhalación, alarga su brazo y abre la puerta de la habitación. Intenta dar un paso fuera, pero el brazo de Edward atrapa su cintura y la lleva hacia él.

—Piénsalo Isabella—respira en su oído, el aire caliente es cómodo y perfecto para ella, por primera en semanas esa sensación de agobio se esfuma—voy a hacer de ti una dama, nadie dirá que no lo eres, mereces más Bella, lo sabes, esa hermosa falda blanca de tu madre es el símbolo de que estás para ser lo que ella deseaba, hazlo Isabella, date esa oportunidad…. —besa el lóbulo de su oreja— regálame la libertad.

—Sabes lo que deseo Edward, sé que me quedaré aquí para siempre, hace unos meses estaba feliz por ello, pero llegaste tú y me quitaste eso.

Edward la besa en el cuello y se queda allí por un momento.

—Me voy dos días Bella, cuando vuelva dime que si o dime que no, es tu decisión.

La libera, ella da la vuelta y dirige sus ojos a los verdes orbes que han tomado un cariz casi negro, y su rostro es una gran mascara de dureza.

Sale de la habitación. No le importa si las cámaras la observan. Está aterrada, entiende que una sola palabra puede definir su vida.

A los dos días Edward regresa.

—No quiero matrimonio religioso, Edward.

Él no muestra ninguna emoción.

—Será como tú quieras Bella, pero antes quiero decirte algo—respira con fuerza, luego baja su cabeza y por un segundo se fija en sus zapatos, que como siempre son impecables— lo único que no está comprometido aquí—y la mira directamente— es mi hijo Isabella, mi hijo y mi abuela. Ellos dos no están en la ecuación.

— ¿Tienes un hijo?— ¡Dios mío! ¿En qué carajos voy a meterme?

— ¿Es un problema, Isabella?—el tono de su voz es áspero.

Bella observa el brillo en aquella mirada, es ansiosa, repleta de angustia y fiera. Era la mirada de un padre.

—No.

—Gracias, Isabella.

— ¿Cómo se llama?

Una sonrisa dulce cambia el rostro de madera.

—Alexander, así se llama, era para él el regalo que le compré, es lo único bueno que tengo.


Hola chicas, un nuevo capítulo. Lo hice larguito para que todas estén contentas y explicar un poquito cómo fue lo del matrimonio. Vamos conociendo a este Edward, no es fácil de conocer. Espero que todas estén muy bien con esta pandemia que azota a todos, son tiempos complejos para todos, el encierro, la incertidumbre, el no saber hacia dónde vamos. Ojala que en algún punto esto nos sirva como experiencia y consciencia de que quizás estemos a portas de un cambio histórico de suma importancia para la humanidad. Gracias por leer, a las chicas que comentan, a las lectoras fantasmas que me acompañan.