Disclaimer: Las cosas aquí contenidas son pura inspiración mía… y me parece una falta de respeto que Himaruya-Sama no haga canon a mi ship (¿?)
Notas de inicio:
No sé que decir, realmente estoy insegura sobre este capítulo, pero a la vez lo amé…
Volví a leer a Maggie Stiefvater y a hablar con mi buen augurio, tan profundo que todo simplemente conecto de nuevo con esta historia~
A veces, hay que volver al pasado para encontrar las palabras que te van a ayudar a escribir la historia completa~
Y nada… solo quiero decirles ¡Feliz Halloween!
Esta noche les daré truco~
One, Two, Three ¡Go!
~*~ El Rey de Piedra ~*~
Estaba soñando.
Alfred lo sabía, lo sabía porque aquel pasillo era infinito, porque sabía que por más que corriera no podría salir de ahí y porque se estaba ordenando moverse, pero su cuerpo no respondía.
La pared era la que se movía o quizás fuera solo el cuadro frente a él, o quizás no era un cuadro, era un espejo. Se veía a sí mismo, estaba en su trono, vuelto piedra.
"El Rey encontrará el amor eterno, no, su amor lo encontrará a él"
La voz de uno de los Jokers se escuchó susurrada en su oído y también resonó al final del pasillo como un eco lejano.
"El pasado"
Pensó Alfred, y entonces todo se movió, demasiado rápido, demasiado abstracto. Hasta marearlo.
Su padre lo observó desde el cuadro, con la mirada cansada y apagada, una voz suave y femenina le susurró al oído con amor su nombre.
"El presente"
Intentó Alfred, entonces todo volvió a moverse, a reacomodarse. El cuadro le mostró un espejo, Alfred se estaba desvaneciendo en el reflejo, se observó las manos de bruma y aunque estaban bien, su reflejo le mostró como se desvanecía, sus dedos ya desdibujados.
A lo lejos escuchaba el resonar de un reloj. Tic, tac.
"El futuro"
Ordenó Alfred al espejo y este se movió de nuevo, le mostró una puerta de madera, cerrada.
Cuando estiró la mano para abrirla escuchó una risa al final del pasillo, lo distrajo un segundo, y entonces, cuando volvió la mirada a la puerta, está ya no estaba. El espejo estaba roto y los pedazos de vidrio caían a sus pies.
"Muéstrame el futuro"
Volvió a ordenar con firmeza, la puerta apareció al final de pasillo, Alfred al fin se pudo mover para ir ahí y alcanzarla, corrió minutos eternos, paso por millones de puertas más y justo cuando la alcanzó, está se transformó en humo. El reloj seguía sonando, el sonido era cada vez más ensordecedor. TIC, TAC.
"¡Muéstrame el futuro!
Gritó a la nada con desesperación. La puerta apareció frente a él. La abrió y salió.
Estaba en un jardín, los setos altos formaban un laberinto, su cuerpo avanzó hasta entrar en él y entonces lo vio, un destello azul y dorado, apenas una silueta lejana que se perdió entre los pasillos del laberinto, lo siguió porque debía encontrarlo, el reloj seguía sonando y tenía que alcanzarlo antes de que el reloj se detuviera. Tenía que…
"Pero si ya estamos bailando, Mi Rey"
La voz de Arthur lo dijo con una suavidad seductora. El reloj se detuvo justo cuando Alfred llegó al centro del laberinto. No había nadie ahí. Su Reina había desaparecido.
Y entonces, despertó.
Arthur lo observaba de cerca, lo había despertado y solo se limitaba a observarlo con el rostro contorsionado en una mueca preocupada.
—Sigues teniendo pesadillas…— Murmuró Arthur en la oscuridad, estaba cerca, solo observándolo a una distancia prudente, Alfred no sabía qué hora era, pero basto con pensar en ello para saber la respuesta 5:21 AM. Su reloj aún era una extensión de sí mismo y eso le dio la tranquilidad que la pesadilla le había quitado.
En esa realidad Arthur estaba ahí, y él aún era el Rey del Tiempo. Ahí aún tenía tiempo, pero ¿Cuánto?
—Lo siento ¿Te desperté? — Arthur negó ligeramente.
—También tenía una…— Aclaró despacio, con el tono cansado, Alfred tuvo que preguntarse, cuánto tiempo llevaba Arthur ahí, observándolo.
—¿Quieres contarme de que iba la tuya? — Arthur lo observó con cierto recelo, pero terminó por soltar un suspiro derrotado.
—Estaba en un salón de baile… Muy grande, era… El silencio era inquietante, de alguna forma… Y luego, esos seres, con colas y cuernos, aparecían y desaparecían al tiempo de una música un tanto macabra que sonaba solo ante su presencia— Y no hubo más, Arthur se estremeció un poco y Alfred intentó recordar lo que más lo había aterrado de su propia pesadilla, quizás si le decía algo a Arthur de su propio sueño iba a hacerlo sentir mejor, quizás iban a conectar los sueños y eventualmente...
—Son los Jokers…— Se encontró diciendo Alfred de pronto al caer en cuenta en la descripción de aquellos seres. —¿Te dijeron algo? — Arthur dudo un segundo, pero al final terminó negando.
—No, no en este sueño, solo estaban ahí… ¿Qué son? — Alfred quería saber sobre los sueños anteriores, pero también recordaba su propio sueño, su afán por perseguir algo o alguien lo llevaba a ver cómo desaparecía.
—Son seres sin ley, viven en los confines del tiempo y se mueven entre dimensiones… Ellos observan y juzgan, aconsejan a veces, pero solo cuando hay muy malos augurios de por medio…— Explicó Alfred saliendo de su sueño por completo, Arthur también se había acercado más, lo justo para sentarse en el sofá de una pieza y escucharlo atento.
—¿Por qué aparecen en mis sueños? — Alfred estuvo a un segundo de responder aquella pregunta con la honestidad que lo caracterizaba. Pero decidió que era muy pronto. Aún no.
Se enderezo mejor en el sillón y observó su reloj unos segundos, pronto iba a amanecer.
—Sabes… me dijiste que querías saber más sobre Picas, su historia, sus costumbres y su magia… Si tuvieras la oportunidad de viajar al pasado y verlo con tus propios ojos ¿lo harías? —
Arthur vaciló un momento, uno que para Alfred se sintió eterno.
—¿Tu reloj va a funcionar esta vez? — Le preguntó el británico con una sonrisa irónica. Alfred sintió su risa burbujear libre de la tensión que los rodeaba.
—Te mostraré que la magia existe, Arthur — El Rey le tendió la mano en invitación, Arthur lo dudo, pero de alguna forma se encontró poniendo su palma sobre la extendida de Alfred.
Si, Alfred debía mostrarle que la magia era real y que se podría enamorar de ella.
.
.
Los preparativos les llevaron cerca de una semana, Arthur pidió una licencia de ausencia en la universidad, Alfred y Yao le habían repetido que aquello no era necesario, que regresarían justo al momento en el que se fueran, estarían unos días en el pasado y volverían al minuto siguiente de ese presente. Arthur igualmente se anticipó cuando le dijeron que no podían hacerlo de inmediato, se requería preparación.
Alfred iba a usar toda su magia disponible ahí, lo cual no era mucha, así que tenía que prepararse para que todo saliera bien, además de buscar el momento exacto a donde irían del pasado.
Eventualmente, en el día a día, el Rey y su Sota lo habían incluido en su "circulo de magia", Arthur ciertamente sentía que estaba entrando a una secta donde se practicaba la brujería y esas cosas, pero se guardó sus opiniones para sí mismo.
No es que hicieran algo preocupante o demasiado drástico todavía, lo único que hacían era sentarse en un reloj de tinta que Yao había dibujado en el piso de su sala, Alfred colocaba el reloj de Pica en el centro y meditaban, con los ojos cerrados. Nada que Arthur no fuera capaz de hacer.
—El reloj está vibrando... — Comentó Alfred después de una semana entera en aquella rutina, a veces lo hacían una hora o poco menos sin que sucediera absolutamente nada, ese día se acababan de sentar.
Arthur y Yao enfocaron su mirada en el reloj, pero Arthur no vio nada diferente.
—También lo siento, Mi Rey ¿Arthur, tú lo sientes? — El británico negó despacio como respuesta.
—Está bien, concéntrate un poco más, es lejano y débil, tienes que abrirte al llamado— Alfred volvió a cerrar los ojos y Yao lo imitó, Arthur dio un suspiro y cerró los ojos también, se concentró más.
Nada.
—No está funcionando, Alteza — Murmuro Yao después de unos minutos. —Tenemos que ser tres, esa es la regla del tiempo... — Alfred solo asintió, sin abrir los ojos.
—Arthur, imagina el sonido del segundero, cuenta cada segundo después de mi — Y entonces Alfred empezó a contar a un ritmo constante, con la pausa de cada segundo.
Uno, Dos, Tres...
Arthur cerró los ojos y se concentró en el sonido de aquella voz, no supo en qué momento, pero de pronto su mente estaba contando por sí misma al ritmo de la voz de Alfred.
Veinte, veintiuno, veintidós...
El reloj en el piso empezó a avanzar también pero Arthur no lo vio porque tenía los ojos cerrados.
Treinta y tres, treinta y cuatro, treinta y cinco...
Arthur sintió un cosquilleo en todo el cuerpo, naciendo de su pecho o de su corazón y terminando en la coronilla de su cabeza, sabía que no podían detenerse, tenían que seguir contando al unisonó.
Escuchaba la voz de Alfred todavía, pero ya no era en voz alta, era en su mente.
"El portal se está abriendo, Altezas"
Informó Yao con un susurro breve y lejano, su voz se mezcló con los segundos.
Cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve...
Y sucedió.
Arthur sintió el vértigo de caer, todo fue luz azul y dorada, demasiado cegador, demasiado intenso, creyó que caerían para siempre, pero una mano lo sujeto en el abismo en el que se estaban hundiendo, era Alfred, aun en la oscuridad absoluta sabía que era él. Cerró los ojos y siguieron cayendo y cayendo...
.
.
Cuando Arthur pudo abrir los ojos, estaba en otro mundo, lo podía saber por los doseles de la cama, por la luz que se filtraba desde los ventanales al cuarto, por el damasco en el tapiz de las paredes y por el satín fresco de las sábanas.
Aquella habitación era del tamaño de su apartamento entero, olía a lavandas y a lilas, todos los ornamentos tenían bordados de Picas de oro sobre azul de Reyes. Era ostentoso de una forma agradable a la vista y luminoso como la luz del medio día.
Arthur tardó en orientarse y recordar cómo había llegado ahí, para cuando lo hizo su cabeza le reclamó el brusco movimiento de su cuerpo al erguirse en la cama, el vértigo aún estaba pegado a su piel.
Su mirada viajo por la habitación, absorbiendo detalles. ¿Era real?
Se detuvo en una silueta azul índigo pegada a la ventana, era él, sabía que era él, pero aun así dudo en llamarlo.
—¿Alfred? — Susurró con cierto temor, tenía tanto miedo de ser escuchado como de no serlo.
La silueta atendió su débil llamado, era Alfred, en todo su esplendor de un Rey, incluso cuando lo tuvo cerca fue difícil unir al Alfred que usaba sus pijamas y se sorprendía de todo con aquel galante Rey de Picas.
—Hey… fue un viaje bastante agitado para ti, Arthur… ¿Te sientes mejor? — Aquella era una buena pregunta, Arthur no sabía cómo contestarla, así que no lo hizo.
—¿Cuánto tiempo dormí? — Alfred le dio una sonrisa maliciosa.
—Tres días— Le respondió con el inicio de una carcajada mal contenida, Arthur frunció el ceño.
—Estoy hablando en serio— Gruñó cuando Alfred al fin libero la risa que estaba conteniendo.
—Poco más de veinte minutos ¡Oh! Veintisiete para ser exactos…— El Rey dijo aquello sacando su reloj del bolsillo de su chaleco para observar la hora, Arthur jamás había visto un gesto tan natural en alguien más, era como si aquel reloj hubiese estado entre los dedos de Alfred todo el tiempo.
"Una extensión de sí mismo"
Pensó Arthur para sus adentros.
—Bienvenido a Picas, Arthur— El británico se atrevió a sonreír, aquello era ilógico, increíble y bobo, pero, de alguna forma se sintió como si Alfred le hubiese dado la bienvenida a un lugar que era su hogar. Quizás en otro tiempo, en otra vida. —¿Te gustaría conocer el palacio? — Y de nuevo Alfred le extendió la mano, en esa ocasión portaba unos guantes blancos, Arthur sintió la fina tela cuando aceptó.
—¿Cómo es que llegamos aquí? — Preguntó Arthur mientras Alfred lo guiaba fuera de la habitación, Arthur desentonaba por completo en el ambiente pero aún así se dejó guiar por aquel largo e infinito pasillo de puertas altas y brocadas en azul y dorado.
—¿Te sigues cuestionando la magia? — Le rebatió Alfred con una sonrisa astuta, Arthur rodó un poco la mirada.
—¿Cómo sé que no estoy soñando? — Alfred volvió a soltar una de esas carcajadas limpias y sueltas.
—No tienes remedio, estoy seguro de que podría pasarte por enfrente un hada, tocar tu nariz y seguirías sin creer en ello…— Arthur, por un instinto extraño sabía a donde se dirigían, al salón vacío, el de sus pesadillas. Se resistió a entrar de un momento a otro, Alfred se detuvo dándole su tiempo.
—Las hadas son diferentes a esto… ellas son pequeñas y escurridizas, podrían estar por ahí ocultas, salir de vez en cuando y jugar bromas… Estamos hablando de un palacio entero aquí, creo que tengo permitido cuestionarme la verdad sobre esto…—
—Touché— Le respondió Alfred invitándolo a girar la perilla de la puerta, Arthur no sabía si estaría preparado para ver lo que había al otro lado. La giró de todas formas y cerró los ojos cuando empujo la puerta hacia adentro. Si eso era un sueño, podría despertar en cualquier momento.
El aroma cambio, o quizás se expandió por sus sentidos, Arthur detectó notas en el aroma que eran nuevas, abrió los ojos para descubrir y lo vio. Rosas, blancas y azules, flotando en nubes de azares blancos.
Era aquel salón de baile, pero en lugar de sentirse vacío, se sentía lleno, agradable y cálido, como encontrarse en un buen sueño. Como asomarse por la ventana en un día de primavera y descubrir que aquellos retoños de invierno habían florecido en hermosas flores.
—¿Este era salón de baile con el que soñabas, Arthur? — El británico respiró, quizás no fuera un sueño, se sentía real, tan real.
—Sí, es aquí…— Susurró avanzando por el espacio, capturando los detalles que ya conocía de memoria. Alfred avanzó a su espalda en completo silencio, dejándolo explorar a sus anchas.
—Podría mostrarte el salón de nuestros antepasados, disfrutarías mucho ver las pinturas… O quizás la biblioteca, noté que en tu hogar tenías muchos libros… No, no, debemos iniciar por el jardín, siempre ha sido mi parte favorita~— Alfred estaba tan emocionado como un niño y lo seguía de cerca.
Por fin llegaron a los tronos, eran dos, diferentes pero equilibrados, más allá estaba un banquillo para la Sota, a la izquierda del Rey, Arthur se permitió tocar la tela que recubría el trono, fue extraño lo familiar que se sentía en sus dedos. Miró a Alfred y este le dio una sonrisa dulce, paciente y emocionada.
—Te tratarán como un Rey aquí…— Aquella afirmación lo inquieto más de lo que lo emocionó, recordaba las pesadillas y la marca en su pecho.
¿Qué sucedería si se quedaba demasiado tiempo ahí?
—¿Cuándo volveremos? — Preguntó Arthur un poco ansioso. Alfred borró la sonrisa.
—Cuando hayas terminado tu investigación, no hay prisa, te prometo que volveremos y no habrá pasado nada, todo estará tal y como lo dejamos allá— Aquello no le deba tranquilidad, pero Alfred se notaba sincero y Arthur de verdad quería creer en que eso era real, le llevaría varios intentos.
—Altezas— Yao apareció en una de las puertas del gran salón, al igual que Alfred, llevaba la ropa en azul con bordados de Picas. Se inclinó en una reverencia similar a la que siempre le daba a Alfred, Arthur por fin tuvo que aceptar que el ambiente y la vestimenta hacían la diferencia, en lugar de verse extraño, se notaba natural y solemne. De nuevo fue consciente de su propia ropa.
—Habla, Yao— Ordenó Alfred sentándose en el trono del Rey, Arthur estaba fascinado por la escena, era más impresionante de lo que pensó que sería.
—Todo esta arreglado, Mi Rey, los aposentos de la Reina fueron puestos a su disposición para nuestro invitado… Conseguimos un vestuario completo con el mejor sastre de Picas, vendrá a la brevedad de mañana al medio día para tomar las medidas al joven Arthur, con un muestreo completo de telas y ropa, y el banquete estará servido para el momento en que usted lo ordené, Mi Rey— Arthur miró de lleno a Alfred después de escuchar todo aquello, Alfred le dio una sonrisa brillante.
—Se puede arreglar mucho en veintisiete minutos ¿No crees? Sobre todo cuando el tiempo es tu aliado~— Arthur estaba impresionado, más que en un sueño se sentía como flotando en un mundo idílico.
—¿Algo más de lo que deba ocuparme, Majestad? — Preguntó Yao desde su posición, aun con una rodilla tocando el suelo.
—Es todo, Yao… Ve a descansar, Arthur y yo vamos a recorrer el palacio juntos, di a las cocineras que estaremos en el comedor a las seis en punto— Y sin más Yao se levantó de su lugar, dio otra reverencia al Rey y una similar a Arthur antes de retirarse y cerrar las puertas detrás de sí mismo.
Arthur observó aquella puerta bastante más de lo normal.
—¿Y? ¿Qué me dices? ¿Biblioteca, jardín o pasillo de los antepasados de Picas? — Preguntó Alfred con el ánimo renovado.
Arthur suspiró hondo, su nariz y mente nubladas con el aroma de las rosas y las posibilidades infinitas.
¿Y si aquello fuera cierto? ¿Si todo eso que lo rodeaba fuera real y no un sueño? ¿A dónde iría? ¿Qué haría?
—Creo que… mencionaste que el jardín era tu favorito, quisiera saber el por qué…— Alfred sonrió grande y feliz, todo un Rey en su trono.
—Maravillosa elección, Arthur— Alfred se levantó del trono y le ofreció su antebrazo cuando estuvieron cerca de nuevo, Arthur se sonrojó ligero con el gesto, pero deslizó su propia mano en la de Alfred. Encajaban bien. —Déjame guiarte por mi mundo, tu me mostraste amablemente el tuyo, te dije que te devolvería el favor— Alfred le guiñó el ojo antes de avanzar, con Arthur moviéndose con él.
—Claro, cuando tuvieras tu palacio y eso… Espero que aun tengas esas riquezas que me prometiste antes de enviarnos a prisión— Alfred se rio divertido y Arthur se dejó contagiar por esa diversión.
—Oh Arthur… no tienes ni idea, el oro, las gemas preciosas o los objetos de valor no son la verdadera riqueza aquí…— Aquello Arthur lo podía intuir por sí mismo, pero no lo iba a admitir.
Fue entonces que llegaron a una puerta aun más grande y ostentosa que las de antes, Alfred lo invitó a abrirla primero, Arthur sentía su corazón ir más rápido y acelerado.
Alfred tenía razón, en ese mundo, regido por el tiempo, en donde un Rey tan solemne se volvía piedra y lo minutos parecían eternidades, no habría ninguna riqueza capaz de compararse con eso.
El oro y las gemas preciosas serían baratijas a lado de ese esplendor.
—Bienvenido a Picas, Arthur— Volvió a decir Alfred con aquella alegría en la voz. Una alegría que solo podía compararse a alguien que acababa de volver a casa.
Arthur aspiro el aire cálido y perfumando. También se sintió como en casa.
