Disclaimer: Las cosas aquí contenidas son pura inspiración mía… y me parece una falta de respeto que Himaruya-Sama no haga canon a mi ship (¿?)
Notas de inicio:
Este capítulo salió raro, pero que sigue, ufff~ ¡Espérenlo!
One, Two, Three ¡Go!
~*~ El Rey de Piedra ~*~
"Sí pudieses pedir un deseo, ¿qué pedirías?"
Le habían preguntado aquello en alguna ocasión, Arthur respondió tontamente que deseaba escribir un libro. Quizás para vivir entre las memorias de una biblioteca por siempre. Quizás pensando que todos lo iban a leer en algún momento y les cambiaría la vida.
Pero cuando vio la enormidad de la biblioteca del Reino de Picas se cuestionó aquel deseo. Le llevaría una vida poder leer cada libro ahí almacenado.
¿Cuántos autores habían muerto y habían sido olvidados en esa biblioteca? ¿Cuántos lo serían en el futuro?
—Como encontrar una aguja en un pajar…— Murmuró para sí mismo en el amplio espacio, su voz fue escuchada solo por el silencio de la amplia habitación.
—Es una herencia familiar, generaciones y generaciones de coleccionistas…— Ofreció Alfred que lo seguía de cerca, Arthur asintió aun admirando la infinidad de lomos que llenaban los muebles caoba.
—Lucen impecables— Murmuró de pronto Arthur viendo que no había ni una mota de polvo en los muebles cercanos.
—Es un palacio grande, hay bastantes sirvientes que se encargan de toda la limpieza, debe haber cerca de 30… sin contar a las caballerizas y los jardineros…— Arthur estaba impresionado, en verdad que lo estaba y llevaba un buen rato con ese sentimiento.
—Y sin embargo no nos hemos cruzado con nadie hasta ahora…— Observó deslizando un dedo por los lomos, como si estuviera eligiendo de verdad alguna lectura. Aunque era más su afán por tratar de tocar todo para convencer a su cerebro que lo que estaba viendo era real.
—Deben estar en la recamara de la Reina, preparando todo… y en las cocinas, poniendo la cena en marcha…— Explicó Alfred paciente con él y tratando de informar todo con sumo detalle. —Lo que me recuerda, debemos darnos prisa, ya solo nos queda el rincón de los antepasados y con suerte podremos llegar a tiempo a la mesa para cenar— Arthur asintió distraído, y de forma natural volvió a engancharse del brazo de Alfred cuando este se lo ofreció. —¿Qué piensas hasta ahora del palacio? ¿Te parece cómodo? — Aquellas eran unas preguntas que Arthur llevaba rato evitando responder, pero siendo justo, Alfred llevaba un rato esperando aquellas respuestas y opiniones sobre su hogar.
—No creo que "cómodo" sea la palabra… más bien me parece impresionante, irreal— Mencionó Arthur con la voz suave, Alfred se quejó un poco.
—¿Irreal? ¿En serio? ¿Después de todo lo que te he mostrado? — Suspiró el monarca casi derrotado, empezaba a ver qué tan denso era Arthur en ese aspecto.
—No en un sentido que no me lo crea… más bien se trata de que no puedo creer que precisamente yo este viviendo esto…— Aclaró el británico, Alfred volvió a soltar otra protesta casi infantil.
—¿Te preocupa dormirte y despertar en tu departamento a la mañana siguiente? — La pregunta le removió algo al británico.
—Sí… exactamente eso— Respondió en un murmullo casi tímido.
—Me paso lo mismo cuando iba a ser mi ceremonia de coronación… Yo… estaba muy feliz, pero también me preguntaba constantemente ¿por qué yo, por qué a mí? ¿Qué había visto el reloj del tiempo en mí para marcarme como el Rey? A pesar de haber sido educado para ello, siempre estaba la opción de que el reloj no me otorgara la marca…— Alfred se detuvo ante un pasillo lleno de cuadros, habían llegado al salón de los Reyes.
Condujo a Arthur hasta uno en especial, era casi el rostro de Alfred mismo, en una versión más madura, con los rasgos asentados y con los ojos de un marrón oscuro.
—Vine aquí… estuve como tres horas evitando mirar este cuadro, solo leía la inscripción una y otra vez— Señaló el pie de la pintura, en una placa dorada se alcanzaba a leer "Salve Rey Albert Jones VI".
—Una parte de mi tenía miedo de enfrentarme a la mirada de mi padre, pensé que vería una mueca de decepción en su rostro, de tristeza por su amado Reino, pero cuando al fin me arme de valor y lo miré a los ojos yo… lo recordé, mirándome con cariño y orgullo, siempre me miraba así— Alfred levantó la mirada y se enfrentó al cuadro, Arthur hizo lo mismo y los ojos del Rey le parecieron vivos, tiernos y sobrios. La mirada de un Rey justo y al mismo tiempo un padre generoso.
—Parece que fue un buen padre…— Murmuró entonces Arthur, él no tenía tantos recuerdos así de su familia, sus padres se habían divorciado cuando él tenía apenas 12 años, su madre se había vuelto lúgubre y estricta, su padre… bueno, era otra historia, y no una que le gustase recordar.
—Lo fue… y un buen Rey— Alfred le sonrió con un gesto entristecido. —Todos aquí lo fueron, Picas es lo que es gracias a ellos…— Alfred continuó guiándolo por aquellas generaciones, respetando cada que Arthur se detenía en alguna imagen en particular.
—¿Qué hay de la Reina, tu madre? — Preguntó entonces Arthur cuando notó el patrón de Reyes y Reinas, uno junto al otro, a veces siendo dos hombres, dos mujeres o un hombre y una mujer, pero de alguna manera siempre uno junto al otro.
—Oh… no la conocí, murió cuando me trajo al mundo… después te mostraré su pintura, está arriba, en una de las torres, mi padre tenía una especie de altar ahí, le llevaba flores casi todos los días…— Aunque Alfred lo dijera con aquel tono despreocupado Arthur detectó el dolor ahí, lo único que se le ocurrió hacer fue presionar el brazo de Alfred ligeramente en señal de apoyo, Alfred le dio una sonrisa suave y ambos continuaron el paseo en silencio.
—¿Qué hay de ti? ¿Hay algún cuadro tuyo? — Alfred le sonrió casi tenso.
—No, el cuadro se pinta después de la coronación... — Explicó como si aquello le dijese todo a Arthur, cuando el británico lo miró interesado fue que el otro agregó más. —La maldición, me fue dada la misma noche de mi coronación, así que no... no hay un cuadro mío, por ahora…— Alfred le dio una sonrisa más tímida con la última frase. Aquello tenía sentido, pero también le dejaba mil dudas más.
¿Cómo había caído la maldición en Alfred? ¿Por qué el reloj lo había elegido para después condenarlo de aquella forma tan vil? ¿Y, qué pasaría si ellos alteraban el rumbo del destino estando ahí, en el pasado?
Tantas preguntas, tanto por descubrir, tantas puertas sin abrir, tantos libros sin leer, Arthur suspiró abrumado.
—Ven, vayamos al comedor, te encantará la cena— Alfred le ofreció su brazo y Arthur deslizó su mano para ser guiado nuevamente por los pasillos del palacio.
Fue al momento del contacto que Arthur lo notó, su corazón latía al compás del de Alfred, que a su vez se acompasaba al Gran Reloj del Tiempo. No supo de donde le llegó el pensamiento, pero de alguna forma supo que era así. Con tanta certeza como decir que aquel mundo mágico era real.
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La cena fue digna de la Realeza, solo así se podía haber descrito aquella comida de siete tiempos, incluyendo las sopas, entradas y el postre decorado con ganache de chocolate y fresas de huerto. Arthur se llenó al tercer platillo, pero hizo un esfuerzo para probar por lo menos los otros cuatro que le siguieron. Alfred en cambio se había llenado el estómago y la boca con cada una de las delicias que las sirvientas iban poniendo frente a ellos.
La platica fue escaza, no por falta de ganas, sino porque el comedor era tan amplio como todo el palacio mismo, incluso los roces de los cubiertos habían creado un eco molesto en el gran espacio, así que Arthur de alguna forma intimidado por ello apenas y abrió la boca. Y Alfred, había estado demasiado ocupado comiendo como para aportar algo tampoco.
Sin embargo, era agradable, tener la compañía del otro en algo tan simple como comer.
De pronto, Arthur no sintió una gran diferencia entre las cenas en su pequeña y nada lujosa sala de estar, a ese gran comedor atestado de manjares. Lo importante, estaba en la felicidad de Alfred y lo contagiosa que esta era.
—Lord Davie me regalo un caballo de caza cuando tenía ocho años, mi padre estaba furioso y fascinado por igual, era mejor que todos los caballos que teníamos en ese entonces… yo salí corriendo en cuanto el animal resoplo la primera vez— Arthur se rindió con el postre, era delicioso, pero su estómago estaba revuelto de tanta comida, así que decidió que prefería no hacer el esfuerzo.
—Suena a todo un acto heroico— Ironizó el británico con una sonrisa divertida, dejando la cuchara en la orilla del plato de porcelana en donde le habían servido, las sirvientas retiraron el plato de forma diligente con solo leer el lenguaje corporal de Arthur.
—Fue todo un escándalo, el pueblo entero empezó a rumorear que Lord Davie sería ejecutado por el Rey esa misma semana por haber puesto en peligro al príncipe, pero nada más lejos de la verdad— Alfred lamió el último chocolate de su cuchara de plata y la dejó en su platillo vacío, al igual que con Arthur, las sirvientas se apresuraron a levantar los platos. —Pero no los culpo, mi padre siempre era severo con sus Lords cuando se trataba de mi educación y seguridad…— El monarca se encogió de hombros.
—¿Así que lo mando a ejecutar? — Preguntó Arthur con cierta resistencia a creer en ello, Alfred sonrió abiertamente.
—No, le dio otra medalla de honor y lo puso a cargo de la administración de las caballerizas, deseando que bajo su cuidado y supervisión todos nuestros caballos fueran tan majestuosos como el que me regalo— Arthur sonrió a gusto con la historia, cada vez que Alfred le contaba aquellas cosas se sumergía por completo en la narración, por lo que era fácil para él alegrarse o entristecerse e incluso enojarse con los desenlaces de cada relato.
—¿Y qué paso con tu caballo? —
—Oh, sigue en las caballerizas, no es por nada, pero sigue siendo el mejor del establo, al final pude montarlo sin problemas, lo nombre "Corn"— Presumió el monarca con un guiñó que le causo cierto hormigueo en el estómago al británico. —Mañana deberíamos salir a montar un rato, podrás conocerlo y recorrer los campos conmigo, siempre es agradable tomar aire libre cuando se puede, o quizás podríamos cabalgar hasta el pueblo— Decidió de pronto el Rey con esa característica energía que empezaba a ser su marca propia.
—Nunca he montado un caballo…— Mencionó Arthur con cierto pánico en la voz, en el siglo en el que él vivía conseguir un caballo no era nada sencillo y aunque lo hubiese sido, Arthur dudaba bastante de sí mismo como para haberse acercado a uno aun con la oportunidad en puerta. De hecho dudaba de aceptar subirse a uno en esos momentos.
—Oh, no te preocupes, nuestros caballos son nobles, jamás te lastimarían, además, tienes la apariencia de un buen jinete— Argumentó Alfred con completa seguridad, Arthur decidió que no quería averiguarlo, pero antes de que pudiese argumentar algo, las pesadas puertas del comedor se abrieron de golpe dejando entrar a un Yao pálido y agitado.
—S-su Majestad… Están aquí… l-los Jokers, están aquí y solicitan audiencia Real, e-están en el salón del trono— Arthur sintió un escalofrío subir por toda su columna vertebral al ver a Yao tan agitado y no era para menos, eran ellos. Los Jokers, los seres que aparecían en sus sueños. O más bien pesadillas, paso saliva tan solo de imaginarlos.
Un miedo irracional lo invadió de un segundo a otro. Era como salir de un sueño hermoso y ser lanzado a una pesadilla.
—Claro, los atenderé enseguida, Yao, por favor, escolta a Arthur a los aposentos de la Reina y si la habitación aun no esta lista llévalo a la del Rey y hazle compañía hasta que vuelva, no te separes de él— Ordenó Alfred con una calma casi fría, poniéndose de pie y caminando hasta las puertas dobles por donde había aparecido Yao segundos antes, pero justo antes de salir por ellas, regreso en sus pasos y se inclinó al oído de Arthur.
—Cuida esto por mi ¿Sí? — Le dijo a Arthur depositando algo dorado y frío en mano del británico, cuando Arthur abrió su palma y vio el reloj en forma de Pica estuvo a punto de protestar, de reusarse a que Alfred se enfrentarse a aquellos seres sin su reloj, sin el canalizador de su magia, pero cuando levantó la mirada Alfred ya estaba cruzando la puerta en un destello azul índigo que se desvaneció demasiado rápido. Arthur presionó el reloj contra su pecho, acunándolo como un tesoro.
—Venga conmigo, Mi Señor Kirkland— Le llamó Yao un poco más recompuesto que antes pero aun agitado y tenso, Arthur se levantó de la mesa, dejando su pañuelo sobre la mesa con una mano y sin dejar de acunar el reloj de Alfred contra su pecho con la otra.
"Salve, Rey Alfred Jones I"
Recitó en su mente como una plegaría. Su corazón y el tiempo se sintió detenerse.
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Cuando Alfred entró en la sala del trono el tiempo se sintió estancado, el espacio era por completo diferente a como había sido cuando lo visitó horas antes con Arthur, las rosas estaban de un azul grisáceo, marchitas y secas. El polvo era un tapiz en el suelo y el oro parecía llevar años sin pulir.
Gilbert estaba recostado en el trono del Rey, Peter se asomaba desde atrás del mismo.
—Bienvenido de vuelta, Rey de Picas— Le dijo el albino con entusiasmo, la voz resonó en las paredes de tapiz agrietado. —Tardo bastante en llegar—
—Y ustedes en responder a mis llamados— Mencionó Alfred con firmeza, tal y como le habían enseñado a comportarse frente a un potencial enemigo, Gilbert descartó el comentario con un movimiento de la mano.
Peter le susurró algo al oído al mayor y se desvaneció detrás del trono, Alfred lo buscó por el salón con la mirada por si acaso, de pronto cayendo en cuenta, el que no estuviera ahí quería decir que podría estar con Yao y Arthur mientras Gilbert lo distraía ahí.
—Requiero una lectura de cartas…— Declaró de pronto lo primero que se le ocurrió pedir, tomando incluso por sorpresa al albino que sonrió grande un segundo después. —de ambos…— Aclaró por si acaso, Gilbert sonrió más amplio de nuevo y chasqueó los dedos.
Alfred se sintió ser arrastrado desde sus rodillas hasta estar de pronto sentado en una mesa redonda, frente a él estaba Peter y Gilbert, eso lo hizo sentir más tranquilo, siempre que pudiese tener a ambos Jokers a la vista.
—Somos dos contra uno, Majestad ¿No desea pedir la compañía de su Sota Real esta vez? — Preguntó el Joker mayor burlón, Alfred descartó la idea con un gesto de la mano igual al que el mismo Joker había usado antes con él.
—La lectura será para mí de todas formas, sin importar quién más este en la habitación— Declaró el Rey con cierta resignación a hacer aquello.
—Por supuesto…— Comentó Gilbert reteniendo una risa por lo bajo.
—Empecemos— Cortó Peter con gesto impaciente, barajeando sus cartas.
Alfred se movió incomodo en su silla cuando vio las cartas ser extendidas frente a él. Era un deja vú y no uno muy agradable.
—Tome solo una, Majestad— Dijo Peter con el tono tan duro y seco que el titulo en sus labios sonaba como una maldición.
Alfred tomó una del centro y le dio vuelta sobre la mesa. Era el Sol. Su luz iluminaba la pequeña ciudad bajo el, rayos cálidos de esperanza lo invadieron entre más veía la carta.
Peter guardó sus cartas en su capa al tiempo que Gilbert sacaba las suyas y las mezclaba con movimientos fluidos, cuando extendió las cartas una de ellas salió volando y cayó en la orilla de la mesa, boca arriba.
—Oh… es el mago, interesante resultado— Mencionó Gilbert extendiendo la mano hacía la carta, esta obedeció la orden y en un segundo había regresado a la mano de su dueño como si fuera un bumerang. Gilbert se la mostró con una sonrisa ladina. —Verá, Rey de Picas, esta no es su carta, pero si es la carta de su Reina— Alfred apretó lo puños en tensión ante la mención de aquello.
—Su Reina es el mago, lo sentimos en cuanto llegó aquí, la magia resuena en la magia después de todo— Mencionó Peter de forma calmada y casi hasta infantil, encogiendo sus hombros como respuesta a la tensión de Alfred.
—¿Sabe lo que un mago es capaz de hacer en un mundo mágico? — Preguntó Gilbert con un suspiro casi irónico. Alfred negó con la cabeza y el Joker frunció las cejas, cruzó miradas con Peter y el joven solo se encogió de hombros por segunda vez. —Magia, por supuesto— Aclaró Gilbert con una carcajada tardía por su ocurrencia. —En fin, Majestad, estará bien, el Sol, es después de todo, la mejor carta que pudo haber tomado de nosotros— Peter levantó la carta de la mesa y la metió junto al resto en su capa.
—Asegúrese de que su mago empiece a hacer magia… por el bien de Picas y del futuro próximo, tiene un mes antes de la coronación— Le recordó Peter con un suspiró, se levantó de su silla y se desvaneció al dar un paso lejos de la mesa.
La mesa misma desapareció segundos después y Alfred estuvo a punto de caer al suelo cuando la silla en la que estaba sentado tuvo el mismo destino.
—Espero que esta lectura haya sido interesante para usted, Rey de Picas… Lo veremos en un mes, depende de usted volver a recibir o no las mismas cartas que hace 300 años— Gilbert le dio una reverencia ondeando su capa y antes de que se enderezará se desvaneció también.
El aire se saturo del aroma de las rosas en flor, de pronto el brillo del oro pulido, el piso encerado y el elaborado tapiz lo abrumó un poco después de haber estado en un lugar tan opaco.
Había sido una prueba, se dijo, si fallaba de nuevo, su Reino sufriría aquel destino. Perdería la vida, su brillo, su magia. No podía fallar. No de nuevo.
Se tambaleó hasta la puerta y respiró hondo antes de abrirla.
Un mago.
Camino por los pasillos en busca de Arthur y su Sota, podía saber dónde estaban si prestaba la suficiente atención al sonido del segundero, cuando sintió el ritmo más y más cerca en su pecho, dudo un poco antes de abrir la puerta de la alcoba del Rey.
Pegó su frente a la puerta y se quedó ahí unos latidos más.
Un mago. Necesitaba a un mago. Necesitaba a Arthur. Pero ¿Arthur estaría dispuesto a acceder? ¿Y si no lograba nada en ese mes? ¿La historia se repetiría? ¿Tendría una tercera oportunidad?
Abrió la puerta y entró a la habitación.
