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Cruzando el Puente
Por Ladygon
Capítulo 2: Nuestro perro Milagros.
Comenzó a caer por un espacio negro y sin fondo como una suerte de pesadilla recurrente que tenía a veces. Su caída no se detenía, eso lo asustó como no tenía idea. Siguió gritando sin control hasta la caída dura, pero una especie de elástico amortiguó. Cuando pudo ver dónde estaba, tenía cadenas bajo él y se incrustaron en su cuerpo, haciéndolo gritar otra vez. Lo comprendió: estaba en el infierno.
Sus manos atadas las movió y el dolor lo traspasó por entero. Siguió gritando, como la primera vez que cayó en el Infierno. La desesperación lo tenía tomado por completo, ni siquiera como aquella vez, porque ahora se puso a llorar como loco.
—¡Ayudaaaaaaaa, ayúdenme, por favor!
—¿Dean?
La voz lo sacó de sus gritos, porque reconoció inmediatamente esa voz.
—¿Sam? ¿Qué haces aquí?
—¿Cómo qué hago? Te vine a buscar, porque demorabas mucho.
—¡Qué! ¡Sácame de aquí idiota!
—¿Pero no quieres estar aquí? No entiendo, estamos en el Cielo. No pensé que te gustaran estas cosas.
—¿Cómo? ¡Qué no ves que esto es el Infierno!
—¡Qué!
—¡Sácame de aquí idiota!
Sam se puso nervioso y fue a desatarlo con las manos temblando, pero entonces una luz apareció en el cielo. Una luz muy potente.
—¿Qué es eso? —dijo Sam.
Dean se calló y miró hacia arriba. Quedó con la vista perdida en la luz que comenzaba a agrandarse mientras se acercaba. Una figura blanca luminosa se reflejó en las iris verdes de Dean. Esta venía hacia él, junto a un pitido intenso.
—Cas… —susurró.
Sam se veía confuso y miraba a Dean, luego trataba de dirigir su vista al brillo, tapando sus ojos con sus manos, pero no pudo hacerlo, porque necesitó sus manos para sus oídos. El cuerpo de Dean comenzó a elevarse y las cadenas se soltaban, una a una, a medida que quedaban tirantes. La luz se hacía más grande mientras bajaba y Dean subía hasta el ángel. Las alas luminosas aleteaban con lentitud a medida que llegaba hasta él.
Su hermano lo veía desde abajo como Dean volaba a los brazos del ángel. Los brazos de Dean seguían en su posición hacia atrás, pero cuando el ángel lo tocó en el antebrazo, Dean vio la imagen blanca de unos ojos azules con los mechones de su cabello, jugueteando en ondas al viento. Dean alzó sus brazos y lo abrazó.
El brilló y el pitido estalló en el lugar, volviendo todo blanco. La luminosidad se expandió por todas partes.
Cuando abrió los ojos, todo estaba borroso. Veía una figura en frente, un tanto alejada, pero no podía ver quién era. Trató de enfocarse, la veía y no la veía, hasta que sacudió la cabeza con fuerza. Enfocó otra vez y la vio; una mujer hermosa y despampanante sentada en un trono con incrustaciones de piedras preciosas.
Eso fue una aparición como una diosa y quizás lo era, se había enfrentado a esos tipos en su vida como cazador. Volvió a fijar la vista, ahora la veía muy claro: era un palacio, uno muy grande, con muchos súbditos. Estos súbditos estaban ahí frente a él en una fila perpendicular.
—Su majestad, despertó.
—¿De verdad? Esto nunca sucedió antes.
Ella se levantó con elegancia de su trono y comenzó a caminar hacia él con mucha seguridad. Se contorneaba como una modelo de pasarela, pero con el cuerpo curvilíneo, exuberante de un sueño húmedo. Dean casi perdió el aire al ver tal visión y por un momento pensó que estaba soñando en verdad.
La diosa siguió caminando hacia él con ese paso lento como si el mundo fuera suyo y quizás lo era. Ese mundo no parecía real, así que debía estar delirando de alguna manera, porque era imposible que existiera. Los senos de la mujer estaban a la altura de su cara gracias la altitud de la diosa y a él se le fueron los ojos hacia ahí.
—¿Por qué no quieres dormir? Aquí no hay nada para ti —dijo la mujer.
Dean quiso hablar, pero tenía la boca pastosa. Boqueó como un pez fuera del agua y su cabeza cayó hacia los lados sin gravedad.
—¿Qui… quién… eres…? —preguntó Dean sin poder fijar, ni la cabeza ni la vista.
—¿Quién soy? Deberías preguntarte ¿Quién eres tú? Ve y duerme tu sueño.
No pudo sostener su cabeza y esta cayó con peso muerto. Despertó en el Cielo en ese maravilloso puente y tuvo una suerte de deja vú, el cual no pudo recordar. Subió a su baby y volvió a Roadhouse con una sensación extraña.
Allá lo estaban esperando Bobby y Sam, quienes lo recibieron con preocupación.
—¿Dónde andabas? —preguntó Sam.
—Fui de paseo como te dije.
—¿Ah sí? ¿Y por qué demoraste tanto?
—¿Cómo?
—Saliste hace días.
—No puede ser, si solo llegué al puente y volví. No es tanto.
—Es suficiente. Recuerda que cuando llegué yo, fueron años.
—Entonces debieron ser años —interrumpió Bobby.
—¿Qué? —dijeron los hermanos al mismo tiempo.
Ambos se quedaron mirando con suspicacia. Entonces escucharon unos ladridos, Dean levantó la cabeza y miró por la ventana: era Milagros. Salió corriendo del bar.
—¡Milagros! —gritó Dean.
Milagros estaba sentado, pero cuando vio a Dean se levantó y comenzó a correr en dirección opuesta. Dean lo siguió y luego se detuvo de improviso. Atrás venía su hermano Sam.
—¿Qué sucede? ¿Por qué seguías a ese perro?
—¿Ese perro? ¡Es Milagros! Y ya lo seguí antes… es decir, tengo esa impresión —dijo Dean confundido.
—¿Milagros? —preguntó Sam.
Dean iba a seguir al perro, pero al escuchar a Sam, volteó de inmediato.
—Espera, ¿no conoces a Milagros?
—¿A ese perro?, no, ¿por qué? ¿Dónde lo conociste tú?
—¡Es Milagros! ¡El perro que recogimos después que Jack trajera a todos de vuelta! ¿No te acuerdas? Parece que morir de viejo te afectó la memoria.
Sam miró a su hermano con defecto, como siempre cuando lo insultaba con algo tonto. Negó con la cabeza repetidas veces.
—¿En serio no conoces a Milagros? —preguntó Dean ya más interesado.
Sam volvió a negar con la cabeza.
—Milagros, nuestro perro.
—Nunca tuvimos un perro.
—¿Qué?
Dean comenzó a mirar de forma significativa a Sam y este entendió al alisar su frente arrugada.
—¿Qué pasa chicos? —dijo Bobby.
Los ladridos de Milagros fueron insoportables, golpeaban los oídos.
—Esto no es real —concluyó Dean.
Sam miró para todos lados muy asustado y comenzaron a ver cómo se desvanecía todo frente a sus ojos.
—¡Dean! —gritó.
La oscuridad lo consumió mientras Dean veían con ojos sorprendidos lo que sucedía. Cuando cayó al abismo, recordó un rostro de mujer. Durante la siguiente oscuridad pataleó por permanecer erguido al caer. El miedo lo poseyó por completo, nunca había tenido tanto miedo en su vida y eso era mucho que decir. La tela se abrió al igual como sentía su cabeza.
Escuchaba murmullos a los lejos que cada vez se iban haciendo más claros. Después salió como en una nebulosa y las palabras eran confusas.
—¿Cómo puede pasar esto? —dijo la voz suave.
Esta voz no parecía estar enojada o furiosa, solo preguntaba con curiosidad. Sus ojos pestañearon y pudo abrirlos. Una nebulosa apareció al frente. Fue cuando supo que esto lo había vivido antes. Había pasado antes y casi sabía lo que vería adelante: esa mujer voluptuosa.
—¿Ya despertaste? —preguntó la voz.
Era la mujer tal como lo supuso. Tenía la boca pastosa y no podía hablar mucho. La cabeza estaba a punto de estallarle. Aun así, aguantó lo máximo posible, hasta que pudiera hablar. Esto pareció una eternidad.
—¿Quién eres? —preguntó Dean con voz muy débil.
—¿Vuelves a preguntar lo mismo? No eres muy inteligente —respondió la mujer con voz sensual.
—Lo siento, no tengo la cabeza bien puesta como para matarte.
Vio la sonrisa socarrona de la mujer y podría decir que fue bastante bonita. Dean quedó un tanto confundido con la respuesta de ella.
—¿Por qué tanta terquedad?
—¿Qué te puedo decir? ¿Así soy yo?
—Ya veo.
—Puedes seguir durmiendo —ofreció ella como el mismísimo diablo.
—No, gracias.
Ahí se despejó y miró bien para los lados. Estaba en un palacio, un verdadero palacio con trono y todo, pero no había rey. Los súbditos están a en todas partes, con dibujos en su rostro y cuerpo.
—¿Djinns?
—Algo así.
La mujer ya no estaba en su visión. Caminaba contoneándose de forma elegante hasta llegar al trono, donde se sentó como si estuviera en cámara lenta. Una bandeja de frutas le fue llevada por un sirviente semidesnudo.
Ella cruzó sus largas piernas antes de estirar su brazo. Lo hizo de forma lánguida, con mucha pereza. Dean todavía se estaba despejando cuando escuchó un quejido a su lado. Miró y era su hermano.
—Sam... Sam… despierta.
Los ojos de sus hermanos comenzaron a abrirse con pesadez. Dean comenzó a sentirse ansioso. La situación no era nada buena para ellos en estas circunstancias. Se puso en alerta como cuando está a punto de ser atacado.
—Despierta, tenemos problemas.
Sam se despejó en el momento y levantó la cabeza casi de un tirón.
—¿Qué pasa?
—La mujer.
Ella seguía con la misma actitud todopoderosa de siempre. Sus largas piernas cruzadas y exquisitas daban la sensación de sensualidad innata.
—¿Quién es? —preguntó Sam.
—Creo que ustedes ya lo saben —respondió ella, llevando a su boca una fruta extraña y darle una mascada muy sexy.
—La fruta prohibida.
—La Reina Djinn —dijo Sam.
—¿Ella? ¿Y qué quiere con nosotros? —preguntó Dean confundido—. Espérate, ¿dónde estamos?
Sam no dijo nada, solo miró asustado a todos lados.
—¿Qué quiero de ustedes? Quería que murieran, lentamente, pero en vista de la prisa, podría considerarlo.
—Solo te robamos unas frutas. No deberías exagerar tanto —dijo Dean con ironía.
—No solo fueron frutas —dijo la mujer—, sino un ángel.
—¿Cómo?
—¿En verdad creyeron que no existía nadie en este mundo para cobrar venganza por Castiel?
—¿Qué?
—Ella conoce a Cas —agregó Sam.
—¿De dónde?
—¿No lo recuerdas? La fruta, él trajo la fruta.
—¿Un membrillo? —preguntó Dean extrañado.
Recién Dean le puso atención a la fruta y sí, era extraña. Abrió los ojos y comprendió. La fruta del árbol del bien y del mal estaba ahí entre sus dedos. Aquella fruta del Paraíso que expulsó a Adán y Eva por comerla: la fruta prohibida.
Fin capítulo 2
