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Cruzando el Puente
Por Ladygon
Capítulo 5: Portales viajeros.
El Vacío vio eso que no le gustaba de los humanos. Esas criaturas eran tan tontas que no veían lo que tenían al frente con el verdadero sentido del peligro. No podía entenderlo, pero tampoco le interesaba. Solo le interesaba una cosa y solo una cosa.
—Tan tonto eres, tan tonto como Castiel y como la mayoría de los seres humanos —siguió diciendo el Vacío—. Seguirán molestando, no importa cuánto los desintegre, cuan polvo cósmico los convierta. A propósito, ¿cómo está tu hermano?
El cazador pestañeó varias veces. Sus palabras burlonas y amenazantes tenían su boca seca con la sensación de que perdería la vida de un momento a otro, sin comprender al Vacío en realidad. Eso era extraño, porque para él, los monstruos solo se remitían a querer solo una cosa y basta. No eran seres complicados, porque se guiaban por sus instintos, pero a esta altura del partido, ya no entendía nada, de nada.
—Eh, bien. Me está esperando. Debo volver con Cas —respondió con franqueza.
—¿Y si no vuelves?
Esta era la pregunta que debía cambiar su situación actual. Todo su espíritu así lo clamaba.
—Vendrá a buscarme y si él no regresa, vendrá la Reina Djinns con sus súbditos. Tiene varios, quizás los envíe de a poco.
—¿Maia? —preguntó extrañado.
Dean no supo de quién hablaba el Vacío, pero evocó la imagen de la reina de los djinns que tenía en su mente, entonces fue sincero, considerando que ese ser podría estar leyendo su mente. No sacaba nada con mentir o hacerse el inteligente.
—¿Así se llama? Ella misma ¿La conoces? —preguntó con curiosidad.
El Vacío tenía una mirada indescifrable en su rostro. Dean trató de pensar en algo, pero no pudo, solo quedó ahí, observando el rostro de su ángel, el cual parecía indescifrable. Si el Vacío estaba pensando en algo, no tenía idea como si hubiera quedado en blanco.
La última pregunta quedó en el aire y la respuesta parecía no estar presente. Era obvio que la conocía de algún lado. Un ser que no se caracterizaba por ser sociable, no podía conocer a una reina viva que no tenía forma de morir y llegar hasta acá. Al no ser que muriera en el Purgatorio o eso pensaba sin estar seguro. Ella llegaría acá y por alguna razón el Vacío la liberara.
—Piensas demasiado...
Ese era Castiel quien hablaba.
—¿Cas? ¿Eres tú?
Castiel se observó así mismo. Miró su cuerpo y sus manos, las cuales movió un par de veces. Sus ojos rodaron de un lado hacia el otro como buscando en su interior.
—Eso parece —concluyó.
—¿Y qué esperamos? ¡Vámonos de aquí! —exclamó Dean y tomó la mano de Castiel para salir corriendo de ese lugar.
Dean solo corría sin saber a dónde. Con tantas vueltas se había perdido, pero recordó lo dicho por la reina de que dejaría el portal abierto. Debía aparecer tarde o temprano.
—Dean, Dean, espera —decía Castiel.
Este no le escuchaba de lo concentrado que estaba en correr hacia la salida. Apretó la mano de Dean con fuerza y tampoco funcionó. Entonces se detuvo de improviso. El otro casi se soltó. No lo hizo por tener bien agarrado de la mano.
—¿Por qué te detienes? ¡Vámonos!
Tironeó sin moverlo ni un centímetro.
—No nos dejará irnos tan fácil —dijo Castiel.
—¿Y qué importa? Eso lo veremos después.
Ahí estaba su cazador, del cual estaba enamorado hasta la médula de su gracia luminosa. Si es que su gracia luminosa tuviera médula. Quería seguirlo al fin del mundo y esbozó una sonrisa. Asintió para dejarse llevar por el humano donde sea que fuera, porque a esta altura, no sabía dónde iban o en dónde estaban. Lo importante es que estaban juntos y que fue él, principalmente, quien vino a buscarlo para llevarlo con él, cosa que nunca pensó haría. Se sentía bien sentirse querido, aunque sea de esta forma.
Dean siguió corriendo, sabía que la entrada aparecería frente a él, porque era una luz y una luz en la oscuridad tan absoluta sería muy visible. Así que con esa idea en la cabeza de fondo, siguió corriendo hasta encontrarla. Lo hizo con unos pocos pasos hacia adelante. Vio la pequeña luz brillar con fuerza como si de una estrella lejana en el cielo se tratara.
—¡Ahí! —gritó Dean.
Siguió corriendo y esta se agrandaba a medida que se acercaba, hasta que tuvo el suficiente tamaño para saltar. Antes de hacerlo, miró hacia atrás para ver si seguía con Castiel, pese a que lo llevaba de la mano. Castiel lo miró con sus ojos llenos de ansiedad y supo que a quien se llevaba hacia su mundo humano era el verdadero. Saltaron fue de la oscuridad y cayeron muy bien parados al otro lado, siendo recibidos por la reina.
—Bienvenidos —dijo la hermosa mujer.
—¡Dean, Cas! —gritó su hermano.
Sam tenía una sonrisa radiante como si nunca lo hubieran secuestrado o torturado con visiones extremas. Dean estaba feliz de salir de ese lugar con Castiel de la mano y no quería soltarlo por nada del mundo. Así quedó frente a todos, con el ángel a su lado mientras trataba de recuperar el aliento.
—Cierra el portal —dijo Castiel.
No supo a quien se dirigía con esas palabras, pero lo comprendió al instante cuando vio a la reina levantar su mano y cerrar el portal al Vacío como si fuera una puerta de su casa. Eso llamó mucho la atención, pues no parecía una forma complicada de abrir portales como le pasaba a ellos cuando debían hacer uno. El caldero no estaba y tampoco estaban en el búnker, sino de regreso en el palacio de la reina. Arrugó el ceño sin entender nada.
—Hola Castiel. Estás tan guapo como siempre —alagó la reina.
Ella comenzó a rodearlo para escudriñar su estado.
—Emmh, hola Maia...
—Te estuve esperando todo este tiempo.
—Estuve ocupado —respondió Castiel medio cortado.
—Muriendo, ¿no?
A Dean le molestó el tono recriminatorio, porque es el mismo que él usaría. Fue extraño, pero no pudo evitar intervenir.
—No, estuvo ocupado salvando el mundo —defendió Dean.
La reina lo miró desafiante.
—Pensé que ese era trabajo tuyo, no de él.
Eso fue un golpe seco a una fibra sensible. Castiel miró a la reina con reproche y por fin vio en dónde se encontraba.
—¿Viajaron hasta aquí? —preguntó Castiel de improviso, rompiendo el ambiente.
—Nos trajeron —dijo Sam con las ansias de querer abrazarlo—. Pensé que te habíamos perdido.
—¿Qué pasó?, pensé que estábamos en el búnker, ¿por qué estamos en el palacio otra vez? —preguntó Dean.
—Fue la reina, ella trajo el portal con ella hasta acá y nos trajo a todos. No me preguntes cómo —pidió Sam—. Lo importante es que están de regreso.
Sin poder resistirlo más, fue y abrazó a Castiel como si de su hermano se tratara. Dean quedó de una pieza, porque ni él mismo hizo eso cuando lo encontró. Le dio ternura y al mismo tiempo el sentimiento de también querer hacer lo mismo. Sin embargo, se retuvo como siempre lo hacía cuando sentía ese impulso inspirado solo por Castiel.
El abrazo duró un instante efímero. Sam lo tomó de los hombros al final y lo miró al rostro.
—Te ves bien —concluyó.
—Gracias.
Esa respuesta escueta marca Castiel no dejó un rostro indiferente. Lo miraron con cariño y admiración. Todo esto fue interrumpido por la hermosa mujer que miraba con actitud suprema.
—Como cumplieron, pueden irse a su país. Castiel y yo nos quedaremos a reinar nuestro mundo como rey y reina. Vamos ángel mío, te mostraré lo que ha cambiado después de tu última visita.
Lo tomó del brazo a un confundido Castiel, quien se dejó guiar sin problemas, mientras a los cazadores ya lo estaban picoteando con la punta de las lanzas de los guardias. Dean pegó un salto dentro de su puesto para salir detrás de la pareja.
—¡Espera un momento! No puedes llevarte a Cas. Él debe volver a casa con nosotros —dijo Dean con decisión.
La reina lo miró despectiva.
—¿Y para qué volverá con ustedes? Él es mi esposo y mi rey elegido. Aquí tendrá todo lo que ustedes le negaron. Además, tú tienes a Sam —recalcó la reina—. Tú no lo necesitas, solo lo quieres a tu lado por capricho.
—¡Eso no es verdad! ¡Cas es mi familia también! —chilló Dean.
La reina solo lo miró y se largó a reír en su cara. Tanto Sam como Castiel la miraron sorprendido y Dean no daba de lo rojo que estaba, ya sea por la vergüenza o por el enojo. Esa bruja no se podía estar riendo de él, porque hablaba muy en serio.
—¡No te rías! ¡Es cierto! No tengo por qué explicarte nada a ti de lo que siento por Cas —dijo Dean, pero cuando se dio cuenta de sus palabras, calló de improviso.
La reina dejó de reírse y lo miró con fijeza, tanto que se sintió muy incómodo. Las palabras se quedaron atragantadas en su garganta. No pudo seguir dando explicaciones y todo lo que quiso decir algún día, porque hoy era ese día, volvió a dejarlo ir.
—¿Ves? No hay nada. Nada, verdaderamente importante —dijo la reina—. Debes irte ahora, antes de que cambie de idea y deje de ser amable.
Sam miraba la escena también con incomodidad. Sabía que era una disputa extraña y miró a Castiel, quien le devolvió la mirada. Había algo en esos ojos azules que siempre estuvo ahí, pero se veía de otra forma.
—¿Cas? —apeló Sam.
Castiel soltó el brazo de la mujer con suavidad y dio un par de pasos hacia adelante. Sabía lo que tenía que hacer, porque siempre lo hizo: dejar el corazón tranquilo de Dean.
—Me quedaré un tiempo con Maia —dijo Castiel.
La reina levantó una ceja con perspicacia.
—Un tiempo bien largo —puntualizó Maia.
La respuesta de Dean sería muy clara para Castiel. Sabía que se molestaría, daría media y vuelta y se iría. Eso estaba bien. Ellos debían salir de ahí muy rápido. Si ella quisiera los podría detener con un dedo. Castiel la primera vez que la vio, tuvo que luchar con sus guardias para lograr la fruta del árbol bíblico. Pensó lograría llegar, derrotando a los dijinns en su camino, pero no fue tan así. Ellos eran fuertes, no como los dijinns con los que se había enfrentado antes. Incluso la anterior reina, aunque no sabía que había una reina sobre otra reina, quizás una llamada emperatriz. Esa emperatriz solo levantó su mano y lo dejó pegado en la pared del palacio, sin poder moverse ni un centímetro. Después le dieron un beso desenfrenado y hubo una propuesta de matrimonio. Sin darse cuenta, ya tenía la fruta necesaria para el hechizo.
Solo faltaba cumplir con su promesa matrimonial. Algo que tenía pospuesto y no sabía si cumpliría a causa de su trato con el Vacío. No tenía mucho futuro por delante como tampoco sabía si el mundo lo tenía. No había mucho que perder cuando fue por la fruta y la misión era llevar la fruta no importando el cómo lo hiciera. Había cumplido y tenía consecuencias, pero estaba vivo. Todos estaban vivos, en especial Dean y no lo lamentaba.
La hermosa nariz de Dean se arrugó con enojo, como siempre le sucedía en esos momentos. Estaba ofendido y su orgullo tomaría las riendas de su ser. Lamentaba que se volvieran a despedir de esa forma triste y ya debería estar acostumbrado a eso. Sin embargo, esta vez no se disculparía.
—¿Te quedarás con ella? —preguntó Dean.
Eso lo sorprendió. Pensó saldría enojado con la escolta de los soldados djinns, echando una o dos palabrotas. En vez de eso, estaba recriminando su deseo de quedarse con una mujer hermosa. Achicó los ojos.
—Por supuesto, me quedo con ella. Ustedes deben irse pronto de aquí —dijo Castiel.
—No quiero irme.
Estaba siendo irrazonable.
—¡Dean! Si no te vas, Sam y tú morirán en manos de los djinns. Yo no podré hacer nada para protegerlos. Váyanse ahora que pueden.
Castiel estaba nervioso, pero no se le notaba. Había algo en él donde a veces se le notaba sus emociones, otras, las ponía en frío.
—Antes debo decirte algo —insistió Dean con ansiedad.
—Dean...
—¿Qué vas a decir? Eso no sirve de nada —observó Maia.
El corazón de Dean se estrujó, porque era cierto. No importa lo que había dicho antes, nada de eso funcionó y lo que dijera ahora no tenía ni sentido, ni valor. Perturbado con esta realidad, empezó a desesperarse y sentir impotencia. Por primera vez sentía esto tan fuerte, frente al ángel. Castiel dio la vuelta y Dean lo vio como en cámara lenta.
Castiel se iba. Esta vez para siempre. Nunca sintió ese para siempre, como lo sintió esta vez. Cada vez que veía al ángel irse de su lado, tenía esa sensación de que lo vería más adelante, incluso cuando se lo llevó el Vacío. Sin embargo, ahora, no sintió eso, sino algo terrible dentro de su ser y que clamara que hiciera algo al respecto, porque lo perdería definitivamente.
Fin capítulo 5
