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Cruzando el Puente

Por Ladygon

Capítulo 8: El Árbol de la Vida.

Lo deseaba con todas sus fuerzas, pero más que eso, lo amaba con la misma desesperación de los besos. Esta vez no lo dejaría ir por nada ni nadie. Está dentro de él como si fuera parte de su ser. No solo la sangre le hervía, sino parte de su espíritu. Fue tan ciego todo este tiempo que no podía comprenderlo, ni creerlo. Demasiado idiota como para tratarse de él. Su mente ya no entendía nada de lo que estaba sucediendo a su alrededor. La mandó a volar para disfrutar del momento. Ahora estaba seguro de no necesitar nada más, salvo a su ángel hermoso. Esta vez no desaprovecharía la oportunidad de tenerlo tan cerca.

Los besos continuaron con la misma fogosidad, sin dejar de acariciarse por encima de la ropa. Esta comenzó a estorbar y Dean la tironeó con fuerza para arrancarla como pudiera. Sintió el impulso y la frustración por continuar con las barreras. Esta vez eran físicas, no las mentales que siempre tenía. Por un lado comprendió lo bueno de eso. Sonrió en el beso, con ese pensamiento, mientras su lengua juguetona hacía lo suyo.

Sintió el tirón de la ropa y la piel estuvo por fin descubierta. La oportunidad estaba dada, no podía desperdiciarla por nada del mundo. Ayudó con los pantalones, estos salieron volando de su cuerpo con rapidez y los otros pantalones también volarían sin dudas. Fue cosa de dos tirones para lograrlo. Podría decirse que era un experto quitándose la ropa, pero no era tan así. Además, estaba fuera de práctica. Hace tiempo que no hacía estas cosas, ni recordaba la última vez con una hermosa mesera. Tenía el control totalmente perdido y no le importaba para nada. Perder el control en el sexo, nunca le sucedió a tal extremo, donde perdió la cabeza como ahora mismo sucedía.

Las caricias en su cuerpo, solo aumentaban su calor a punto de sofocarse. Jadeó largo con ruidos sensuales y eso hizo temblar al ángel. Este lo disfrutaba mucho, aunque creía que eso no podía ser posible. Siendo ángel muchas cosas no podía disfrutar como un humano, pero al hacerlo lo sorprendió y por un momento perdió la atención de lo que hacía. Entonces, vio al hombre con los ojos cerrados y la boca abierta, jadeando. Fue una visión maravillosa llena de deseos. Amaba demasiado al cazador y no pudo evitar levantarlo con una mano en la cintura para llevarlo al diván.

Dean no sintió el piso en las plantas de sus pies. Sonrió otra vez entre sus labios, porque estaba mareado. Castiel aprovechó ese momento confuso para entrar con su lengua en otro de sus besos arrebatadores, mientras subía por su pecho para quitar la molestosa camisa. Lo trepó con muchas ganas y metió la mano dentro de la ropa interior. Dean pegó un salto al ver su entrepierna atrapada en esas manos. Tensó su cuerpo y todo movimiento cesó.

El momento de la lucidez había llegado y la hora de avanzar o retroceder. Odió este momento, pues no quería pensarlo, solo dejarse llevar.

—Dean...

Reaccionó al instante para abrazarlo con fuerzas para no dejarlo ir.

—Vamos Cas, no te detengas... no seas...

Iba a decir "aguafiestas", pero sus palabras murieron en sus labios. Castiel vio la mirada de súplica de su amado, entonces supo lo que tenía que hacer. Volvió a besarlo con emoción y se acomodó sobre él. Dean abrió las piernas para darle el espacio necesario. Eso selló todo, no había necesidad de nada más. Los besos continuaron sobre el pecho desnudo hasta la caída de los hombros, donde quedó atrapada. Acarició su trasero, lo masajeó y tanteó la entrada; Dean dio un largo gemido. A Castiel le fascinaba crear esa reacción en él. Entusiasmado, metió un dedo, Dean dio un respingo. El cuerpo de Dean volvió a tensarse, pero esta vez no se detuvo en nada como tampoco avanzó. Solo metió los dedos de su mano desocupada en la boca de Dean para que los chupara.

Fue la escena más erótica hasta el momento. La entrepierna molestaba en ambas partes, querían ser liberadas y esto no fue difícil, ya que levantó las piernas del cazador para dejar ese trasero descubierto. Así pudo manipularlo a su antojo, sacando los dedos mojados de la boca para colocarlos donde entraría por fin.

El corazón de Dean golpeaba en su pecho histérico. Su mente divagaba entre la razón y la locura. Adormecía su parte lógica, su parte reprimida, porque si lo hacía todo acabaría en nada. Necesitaba avanzar en esto prohibido. Su corazón así lo requería con desesperación y por esta razón, aceptaría lo que viniera. Ya no más resistencia de ningún tipo. Relajó su cuerpo y se dejó explorar en su interior, no importando cuánto dolía.

—¿Estás bien? —preguntó Castiel.

Dean asintió varias veces. Eso le extremadamente lindo al ángel. Subió por su cuello, pasando su lengua lujuriosa y logró estremecer el cuerpo bajo él. Intentó con otro dedo. Esta vez el empuje fue simple, un poco pausado. No quiso la brusquedad, porque quería que se diera muy suave, normal. La tranquilidad volvió, incluso el relajo del trasero fue dando el permiso para deslizarse. Castiel abrió los ojos sorprendidos y vio a Dean con los ojos cerrados, la boca semicerrada, buscándolo. Empezó a abrirlo de forma tierna muy pausada.

Volvió a besarlo, pero los besos ya no eran suficientes, ni siquiera los dedos. Así que los retiró con suavidad y presionó la entrada con su dureza. Dean no se tensó esta vez, estaba muy relajado, dejando que sucediera y eso le dio la suficiente confianza como para entrar en él con todo ese deseo guardado desde hace tantos años que parecían eones.

Dean resistió hasta la mitad, de ahí el cuerpo volvió a tensarse, para volver a relajarse. Castiel solo lo besaba, no sabía otra cosa qué hacer. Sabía que le gustaban sus besos por la forma devoradora con la cual los recibía con su lengua al enrollarla. Parecía ser suficiente con eso, Dean volvía a relajarse y dejarlo continuar. Cuando llegó al tope, la espalda se dobló y un gemido delicioso parecido a un grito, salió de su boca. Castiel quedó impresionado, por un momento se olvidó lo que estaba haciendo. Dean tuvo que recordárselo.

—¿Te quedarás así? —preguntó demandante. Castiel comprendió y comenzó su vaivén.

Lo siguiente que sucedió fue demasiado confuso para la mente de Dean. No pensó vivirlo de esa manera, pero si le llegaba la verdadera muerte en ese instante o cualquiera que viniera a molestarlo, le patearía el culo hasta el fin del universo. Lo decía en serio, porque se sentía como el ser más poderoso de todos, indestructible, sin todo ese miedo ni impotencia al verse sobrepasado por las circunstancias. Ahora los enfrentaría a todos sin ningún problema o esa era la sensación en ese instante y se sentía asombroso.

Amaba la sensación y amaba a Castiel con toda el alma que tenía, o creía tener todavía dentro de su cuerpo.

—¡Te amo Cas! —exclamó al abrazar su cuello con fuerza y perdió el aire.

Castiel sonrió con dulzura y ojos semicerrados.

—Yo también te amo Dean.

Eso fue todo, porque el vaivén adquirió un ritmo frenético dentro y fuera del cuerpo de Dean. El orgasmo los alcanzó y recorrió las espinas dorsales. Hinchados de gozo se derramaron juntos: Castiel dentro de Dean y Dean entre sus abdómenes, para regresar a una tensión maravillosa donde la culminación parecía no tener fin.

La respiración entrecortada de Dean no paraba y Castiel se quedó sobre él con aire perezoso, aunque no estuviera cansado en realidad. Dean sujetó su cabeza entre sus manos como si esta intentara salirse de su lugar e ir volando hacia otras latitudes. Castiel lo miró preocupado.

—¿Estás bien, Dean?

No le respondió, todavía estaba ocupado resolviendo el tema de la respiración. Seguía con los ojos cerrados mientras las endorfinas bailaban por su cerebro, haciendo una fiesta intensa. Castiel lo miró preocupado, pero no dijo nada. Tenía la voluntad de esperar a su amado todo el tiempo del mundo si lo requería y en esta ocasión, parecía requerirlo. Solo sonrió con dulzura y esperó en silencio.

Pasado un largo rato, no fue Castiel quien volvió a la razón a Dean, sino la reina. Maia entró triunfante, casi tirando la puerta y los encontró a los dos, todavía abrazados en el diván. Castiel se levantó con pereza; Dean confundido sin saber cómo cubrirse.

—No es necesario, ya he visto muchos cuerpos humanos desnudos —dijo la mujer—, ¿y bien? ¿Ya terminaron?

Castiel miró a Sam y ambos se avergonzaron. Sam giró rápido sobre su eje para darles la espalda. Maia se veía fastidiada con el espectáculo.

—Vístanse, deben irse —ordenó la reina.

Dean reaccionó de inmediato y saltó para ponerse de pie. Un dolor punzante lo hizo trastabillar, pero no dijo nada al respecto, solo miró con desafío a la reina antes de hablar.

—No me voy sin Cas —aseguró.

—¿Crees que Castiel se irá contigo, solo porque te cogió? Debes ser realista.

—Lo soy, por eso lo digo. Él me ama y yo a él. Me quedo si se queda y me voy, si se va. No me volveré a separar de él. No puedo y no quiero.

—Los humanos pueden muchas cosas que no quieren. Ya verás cómo esto será una cogida más entre tus conquistas, porque cuando te toque elegir entre tu hermanito y Castiel, elegirás a tu hermanito. Siempre ha sido así y siempre lo será.

—¿Y por qué nos dejaste solos?

—Porque Castiel te tenía ganas y bueno, puedo complacer a mi esposo en una última despedida con su ex.

—No soy su ex, soy su ahora. Cas...

Miró a Castiel y guardó silencio. Necesitaba confirmación de su enamorado, pero no podía exigirlo como acostumbraba. No quería seguir haciendo eso bajo ningún motivo. Algo en su interior le decía lo malo que era eso como si por fin pudiera escuchar su voz interior acallada durante tantos años de represión, desesperación, preocupaciones, tormentos, abusos y traumas que no lo dejaban en paz. Extraño, pero no sentía peligro en ese instante, aunque estuviera esa reina diosa ante él, viéndolo desnudo y vulnerable.

—Dean —dijo Castiel, recogiendo la ropa del suelo—. Debemos vestirnos.

Este último no dijo nada y tomó la ropa ofrecida. Ambos se vistieron bajo la mirada atenta de la reina y Sam, también terminó por voltear a mirarlos.

—Mi hermano tiene razón, eres desesperante —comentó la reina con los brazos cruzados.

No supieron a quién se refería, pero ninguno de los dos dijo nada o refutó esas palabras. Tenían la sensación de la certeza para ambos. Una vez que estuvieron vestidos, la reina se volteó y les hizo una seña de espaldas con su mano levantada. Castiel procedió a seguirla y los dos cazadores hicieron lo mismo de forma instintiva. No había hostilidad en el ambiente, lo cual mantenía sus ánimos tranquilos.

La reina los dirigió al patio donde estaba el Árbol de la Vida, cargado de la fruta prohibida. Ella caminó hasta este y Castiel mantuvo su distancia, al igual que los cazadores, los cuales lo imitaron. La mujer diosa caminaba como tal, no necesitó alzar demasiado el brazo para alcanzar una de las frutas. Esta levitó hasta su mano.

—Esta es la fruta del bien y del mal —dijo Maia—. Junto con este árbol representa el amor de los dioses por la humanidad. Yo soy su custodia y me ayuda a recordar su verdadero significado.

—Tú creaste ese árbol ¿No es cierto? —preguntó Sam con admiración—. Muchas gracias.

Maia solo sonrió. Dean comprendió en el acto la implicancia de tal revelación para la historia de la humanidad. Quería creer con todas sus fuerzas la verdad de lo que tenía al frente, pero dada su experiencia, no podía hacerlo. Los dioses siempre fueron seres malvados y egoístas que solo pensaban en ellos, en su diversión.

—Es cierto, lo somos. La gran mayoría lo es a causa de la soledad —respondió Maia a los pensamientos de Dean. Este abrió los ojos con sorpresa al ver la intrusión en su mente—. Aunque eso no es excusa, es una explicación para ustedes. Pueden imaginar el alcance de mis palabras si quieren o quizás, no puedan imaginarlo. Son humanos después de todo y somos diferentes, pero no tan diferentes como creen.

Fin capítulo 8