Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 4
Después de dialogar por la noche con su esposo. Decidieron que Azul estaba mejor cuidada si pasaba tiempo en la oficina. Al ser administradora de marketing podía darse el tiempo de mantener a su niña junto a ella.
Sin embargo, eso no significaba que pudiera descuidarse. La mayor parte del día laboral se había pasado con los ojos pegados en Azul.
Sinceramente no sabía cómo entretenerla. Los libros de colorear, muñecas y juegos didácticos, muchas veces no ayudaban.
Su bebé necesitaba de más concentración y creyó que lo había logrado. Suspiró sintiéndose complacida.
Y siguió en lo suyo… Media hora después.
Bella seguía revisando los documentos en la computadora, una lectura rápida. No quería distraerse, así que miraba entre la pantalla y su hija.
La niña estaba sentada en el piso. La imponente vista del edificio se percibía en el cristal donde su hija armaba muy concentrada, un rompecabezas.
Su estómago se revolvía cada cierto tiempo. Sus nervios porque el cristal fuera a romperse y su hija caer desde el piso cuarenta la estaba alterando.
― Azul, aléjate del ventanal.
La niña se giró a verla, sonriéndole feliz se puso de pie caminando hasta donde estaba sentada y le dio los brazos.
Bella no dudó en sentarla en el regazo.
― ¿Por qué siempre estás en la computadora, mami?
― Estoy trabajando.
La mano de la niña se extendió por su cara, arrastrando sus pequeños dedos por mejillas y mentón. No dejaba de verla bajo esas pestañas rizadas.
― ¿Y por qué no hablas enojada? Papi hace eso todo el tiempo en el trabajo, lo he visto.
Las comisuras de los labios de Bella se curvaron. Estaba a punto de soltar una carcajada, imaginaba a su esposo todo alterado por todo, era mandón y gruñón.
Decidió mejor explicarle.
― Papi es un poco impaciente, Azul y su trabajo requiere hablar todo el día con distintos clientes. En mi caso solo estoy en la oficina trabajando en la computadora.
― Ah. Me gusta más el trabajo de papi. Su voz es fuerte como si estuviera enojado, mami.
― Su voz podrá ser muy fuerte ―repitió Bella―. En cambio contigo es un dulce cordero.
Las mejillas de la niña se pintaron de rosa. Parecía aludida por saber que su papá con ella era diferente.
La niña movió sus pies que colgaban desde el regazo, se quitó las bonitas sandalias rosas dejando sus pies desnudos. Mostrando las uñas pintadas de rosa fucsia.
Desde luego que Bella la traería siempre con los más hermosos vestidos y calzado. Era toda una mini diva de la moda para sus tres años, pero un desastre con el cabello.
Se había preguntado muchas veces si sería herencia de Edward el traer el cabello desordenado todo el tiempo.
Azul pasaba las manos tantas veces por el cabello que ningún lazo era capaz de mantenerse en esa melena dócil y cobriza.
La niña no dejaba de verla desde su posición. Escudriñando con atención su rostro.
»¿Por qué anoche no me dejaron entrar a su habitación? Escuché que estaban despiertos.
Bella abrió mucho los ojos. Aquí venían las preguntas, porque su niña preguntaba hasta exprimir la última gota de saliva que pudiera tener.
El pediatra había explicado que era una cualidad de los niños con capacidades intelectuales altas.
Apretó los labios y sin dejar de presionar las teclas, siguió viendo la pantalla.
― Tienes tu propia habitación y debes dormir en tu cama ―articuló.
Los diminutos dedos siguieron recorriendo su rostro, dándole una sensación de ternura y comodidad.
― A veces necesito su protección ―farfulló Azul―. Quiero estar en brazos de papi y que me cante bonito.
Bajó su vista, conectando con los ojos verdes de su niña.
― Eres una chantajista, Azul. Papá te llevó a dormir, era tiempo de nosotros para poder dormir.
― No estaban dormidos ―la niña insistió― escuché sus risas. ¿Papá te hacía cosquillas?
― No, señorita. Me contaba un chiste ―mintió.
La niña arrugó la frente. Su rostro analista lo decía todo, no creía lo que escuchaba.
― Papi no cuenta chistes.
Resopló. Si no ponía un alto a la conversación su hija no pararía nunca. Optó por ponerle las bonitas sandalias y peinó su cabellera con los dedos, dejando decente su melena.
― Anda, pequeña, iremos a comprar una malteada a la cafetería.
Era la única manera de cambiar de conversación.
La tomó de la pequeña mano y caminaron hacia los elevadores.
.
Bella y Azul estaban en la cafetería Starbucks. La niña cargaba en sus manos un vaso color rosa y morado, la famosa bebida unicornio de la popular cadena de cafeterías, esa que era especial para niños y que no contenía cafeína. Azul movía sus piernas desde su silla sin dejar de sorber la pajita, miraba curiosa a una mujer sentada en la mesa de al lado que tenía una barriga prominente de embarazo.
La mujer de melena rojo fuego volteó sonriente a ellas, nunca dejó de acariciar su enorme vientre.
A Bella le recorrió un escalofrío, incluso su cuerpo se estremeció y rápidamente frotó las palmas en sus brazos.
Hace dos meses se había hecho una prueba de embarazo que había resultado negativa, se habían puesto a celebrar por ello. Edward y ella no estaban listos para otro hijo, ya con Azul tenían suficiente.
Su niña drenaba fuerzas y emociones. Pero no era queja, no. Ellos gustarían hasta la última energía para ayudarle con sus capacidades intelectuales y saberla guiar para que aprendiera lo suficiente.
― Tú panza es enorme ―la niña señaló― ¿cuántos bebés son?
La mujer parecía sorprendida. Quizá le era extraño el vocabulario tan extenso de la pequeña. Los ojos azules de la pelirroja se centraron por un momento en Bella.
― Es solo un bebé y es niño ―confesó alegre.
La curiosidad de Azul fue más allá. Dejó su frapuccino en la mesa y bajó de un salto de la silla para acercarse a la desconocida.
Bella se puso en guardia y también se acercó.
― Oh… ―la niña seguía emocionada ante el gran vientre abultado―. ¿Mami así estabas tú?
Sonrió abochornada.
― Sí pequeña, mi vientre era así.
No mentía. Su vientre se había puesto muy grande y sus pies siempre estuvieron hinchados, lo recordaba como si hubiera sido ayer.
― Es tu única hija, ¿verdad?
Asintió a la pregunta de la pelirroja. No sabía porqué, pero la mujer le causaba confianza, se giró hacia su mesa y tomó sus bebidas para acompañarla.
― Sí, es mi única niña, mi bebé. ¿También es tu primer hijo?
― No. Es el cuarto, tengo un chico adolescente, unas mellizas de cuatro años y este bebé.
El rostro de Bella se había vuelto pálido. Eran demasiados hijos, aunque recordaba que su hermana, cuñada y amigas también tenían muchos niños, era una especie de epidemia el tener tantos hijos.
Sacudió la cabeza sintiendo de nuevo ese escalofrío.
― ¿Eres nueva aquí? ―la mujer continuó―. Hace poco que te veo en la cafetería. Me llamo Victoria.
Sus ojos fueron a la mano que la mujer tendió frente a ella.
― Un gusto, Victoria. Soy Bella Cullen y mi niña es Azul ―la saludó con un fuerte apretón―. Y sí, somos nuevas en la ciudad. Hace poco me integré al equipo corporativo ubicado en el edificio de enfrente. ¿A qué te dedicas?
― Soy la dueña de la tienda de vestidos de novias que está en la esquina.
Claro que recordaba que la tienda Fashion Bridal era uno de los lugares más elegantes que había visto desde que llegó a la ciudad.
― ¿Haces vestidos? ―Azul inquirió emocionada.
― Sí pequeña. Estudié diseño en alta costura, es un trabajo que amo. ―La mujer explicaba sin dejar de acariciar su vientre―. ¿Tú qué haces? ¿No estudias?
Dejó que su niña se desenvolviera.
Azul ya estaba sentada frente a Victoria con los codos apoyados. Se había arrodillado en la silla para poder alcanzar bien la mesa.
― Estudio preescolar. Por ahora estoy esperando una evaluación para enviarme al jardín de niños ―la niña explicaba contenta.
Victoria cerró la boca centrándose en el rostro de Bella.
Sucedía siempre lo mismo que su hija interactuaba con adultos. Ellos siempre terminaban asombrados y queriendo explicaciones, motivos y causas del porqué la niña era tan madura para conversar.
― Guau… ―fue lo único que exclamó la mujer― habla muy claro, mis hijas no saben aún los números ni el abecedario.
― ¿Por qué? ―Preguntó Azul a la vez que rascaba su melena―. No es difícil aprenderlos.
El celular de la pelirroja sonó insistente al grado de ponerse de pie. Hizo una mueca que se notaba que no quería irse.
― Lo lamento, me esperan en la tienda. Espero volvernos a ver por aquí, fue un gusto, adiós Azul ―agitó la mano hacia la niña y se despidió saliendo por la puerta.
Llevaba tiempo sin tener una conversación que no fuese de trabajo. No quería admitir, sin embargo echaba de menos al pueblo de Forks y sus vecinos chismosos.
― ¿Bella Swan?
Ella volteó a esa voz que sería capaz de reconocerla hasta en el mismísimo infierno.
Alec. Su perfecto e infiel exnovio estaba frente a ellas; vestido en un impoluto traje gris y su siempre pelo relamido.
Suspiró. Quería irse, pero debía ser educada.
Hola, aquí vamos con otro capítulo. Trataré de actualizar el viernes, antes díganme qué les pareció este capítulo. Recuerden que poco a poco irán apareciendo personajes, que aunque la historia no es larga serán parte de la trama.
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