Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 5
― Estás… muy cambiada.
Bella desvió su vista hacia la puerta. Le separaban dos malditos metros para salir y olvidar que estaba sosteniendo una conversación con Alec.
¿Por qué de todas las personas que conocía y no veía de años tenía qué ser él?
»Supe que te casaste y que vivías en Washington. Supongo que ella es tu hija y que también ya vives en Chicago.
― Sí ―murmuró un escueto monosílabo.
El tipo frente a ella no pareció convencerle la respuesta. Se acercó más, casi invadiendo su espacio personal.
― Lamento mucho lo que pasó entre nosotros.
No podía ser posible que se estuviera disculpando. Su cinismo era mayor que rayaba en lo ridículo.
Apretó los labios sintiendo que no tenía sentido conversar con un hombre tan vanal como él, que lo único que había podido expresar en los quince minutos que tenía frente a ellas, era sobre el último diseñador que hacía sus trajes a la medida.
Pensar que ella también fue una perra superficial, la desanimó.
― Alec, estamos en otra etapa de nuestras vidas. Soy feliz y espero que tú igual lo seas.
― Realmente no lo soy.
― ¡Qué lástima! ―ella verbalizó, sintiéndose hipócrita.
― De verdad, incluso…
― Mami ―su hija se hizo presente tirando de su mano― quiero irme.
La cargó en brazos, anclando el menudo cuerpo en su cadera.
― Es muy bonita ―Alec se refirió a Azul―. Imagina que podría ser nuestra.
― Lo dudo ―la mueca en sus labios lo decían todo. Era una ofensa decir que su niña podía ser de ambos―. Azul es de mi esposo y mía.
Los orbes azules de Alec se mantuvieron tranquilos ni un solo disturbio o incomodidad. Lo que la hacía sentir que estaba bien.
― Mami… ―insistió su niña ahora tocando su rostro con la pequeña palma― quiero irme. Me siento mal, creo es la presión de nuevo.
Puso los ojos en blanco, acercó los labios a la mejilla rosada de Azul y dejó un beso ruidoso.
― Vámonos princesa ―susurró volviendo a besar su mejilla. Suspiró y miró hacia el hombre―. Adiós, Alec.
No quería mentir y decir que había sido un gusto. Porque estaba muy lejos de haberlo sido. Tampoco quería mencionar un «hasta pronto», así que, un adiós era suficientemente bueno.
― ¿Tu hija tiene problemas de tensión?
― No.
Ella solo le dio media sonrisa de esos labios rojo brillante y caminó a su lado para salir de la cafetería. Estaba por hacerlo cuando la mano de Alec detuvo su caminar, haciéndola retroceder.
― Bella, ¿por qué no nos vemos? Podemos salir a tomar un café, los dos… solos y conversar de nuestras vidas.
Azul arrugó la nariz sin ocultar que estaba enojada. Bella se alejó, zafando su brazo del agarre. De verdad no tenía ni ánimo para conversar con él y quería dejarlo claro.
― Alec, nosotros no somos amigos ―le recordó―. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi y créeme no fue en los mejores términos. Terminé gritando que ojalá te murieras, lamento haberlo hecho. Nosotros estamos mejor lejos del uno.
El hombre rubio inclinó levemente la mirada.
― Entiendo, no vayas a pensar que estaba pidiendo una cita o algo parecido.
― Créeme que no estoy pensando en nada, Alec. Es mas, te aseguro que al salir del establecimiento me olvidaré por completo que nos encontramos.
― Me acabó de mudar a la ciudad, no tengo ningún amigo y pensé…
― Alec, no es necesario que me cuentes tu vida. No quiero saber.
― ¿Por qué? Pensé que éramos amigos.
Bella estaba anonadada por tanto cinismo. Alec la había dejado por su mejor amiga, ¿en serio creía que podían ser amigos?
Soltó una risa ligera. Su patética conversación con él era absurda, aparte de aburrida.
Azul desvaneció su pequeño cuerpo en los brazos de ella. Estaba flácida y con una mueca de enfado. Por supuesto que conocía ese drama de su niña.
― Tengo que irme. No fue un gusto verte.
Caminó lejos de él. Apenas cruzó la puerta y pudo respirar el aire limpio que le ofrecía la ciudad.
~o~
Edward estaba simplemente desparramado en un sofá, con los ojos a punto de cerrarse y quedarse dormido.
― Papi, despierta.
Sonrió. Se puso de costado y miró hacia abajo donde su pequeña gruñona estaba escondida debajo de la mesita de centro.
― ¿Qué haces ahí?
― Mami habló con un tipo, no me agradó ―su hija le confesó en voz muy baja.
Como hombre cavernícola que su mujer decía que era, se puso en guardia. Sentándose en el sofá, ayudó a su niña a salir del escondite y la sentó con él.
Echó una mirada hacia la habitación, el sonido de la ducha aun se escuchaba, indicando que su mujer seguía seguramente embadurnándose todas esas lociones que la hacían oler deliciosos.
Frunció las cejas.
Se suponía que su hija debería estar dormida, porque hacía una hora la había ido a acostar. En cambio estaba sentada con él, dispuesta a soltar todo lo que se había guardado en la cena.
― ¿Qué tipo?
― Un tal Alec. Un hombre flacucho y sin gracia.
Su cerebro empezó a procesar y trabajar a velocidad. Se detuvo justamente donde recordó el nombre, era un ex.
― ¿Dónde lo vio?
― En la cafetería del edificio.
Estrechó los ojos y la vena de su frente se resaltó.
― ¿Hablaron mucho?
La niña movió la cabeza y su cabello despeinado cayó cubriendo los ojos verdes. Rápidamente con su pequeña mano, lo acomodó. Dejando su rostro despejado.
― No mucho ―susurró, cubriéndose la boca―. Él le dijo que por qué no salían a tomar un café, solos.
― ¿Ah sí?
― No te preocupes, papi. Mi presión se alteró y todo solucionado.
Él chocó su palma con la de su niña. Siendo notorio la gran diferencia de tamaño, compartieron una sonrisa cómplice.
― Edward, ¿dónde estás? ―escuchó a Bella hablar desde la habitación.
― Es hora de dormir ―le dijo a su niña, tomándola de los pies y llevando su cuerpo colgando.
Azul estaba ahogándose de risa, ella disfrutaba de la forma en que su papá la cargaba.
Bella abrió la puerta y los vio.
Él también vio a su hija con el pequeño cuerpo colgando. Muchas veces pensaba que debía ser más sutil con ella y tratarla como una verdadera princesa frágil. No obstante, no estaba en su naturaleza que su niña fuera débil, claro que él estaba ahí para protegerla, pero debía darle mucha seguridad en sí misma, era lo que realmente Azul tenía.
La delicadeza y feminidad la obtendría de su madre, pero con él tenía fuerza, sobre todo esa seguridad que le ayudaba a vencer sus miedos.
― ¿Qué hace Azul despierta? ―le preguntó.
Atinó encogiéndose de hombros como si fuese un crío y llevó a su hija al dormitorio. Era tiempo de dormir y soñar bonito.
.
Regresó y Bella estaba en la cama leyendo un libro bajo la suave luz de la lámpara de noche.
Se quitó el pantalón de mezclilla y la camiseta que vestía, dejándolo tirados en el piso.
― La ropa no va ahí.
Él resopló y de mala gana la levantó, llevándola al cesto de la ropa sucia. No entendía cómo se daba cuenta de todo si tenía los ojos clavados en el jodido libro.
Desnudo caminó a la cama, sí, porque aprovechó y también quitó su bóxer, dejándolo en el cesto.
Metiéndose bajo las sábanas frías, se acercó al cuerpo de su mujer.
― No me dirás que viste a tu ex ―él dijo casual con su mirada en el techo.
Ella cerró su libro de finanzas de golpe. Boquiabierta se sentó en la cama, viéndolo.
― Azul ―susurró indignada―, ustedes son tan… cómplices.
― Lo somos. Pero ese no es el tema ―la miró directamente a los ojos. Estaba encabronado y no iba a ocultarlo―. ¿Qué te dijo ese afeminado?
― Fue un maldito encuentro casual, Edward.
Quiso reír, así que apretó los labios en línea recta. Ella era tan mal hablada como él, quizá eso era lo que más le volvía loco, que fuera una cabrona y que nunca se quedara callada.
― Quiero jodidos detalles, señora.
Puso una mano en la nuca de ella y la atrajo a sus labios, besándola con rudeza.
Perdió la batalla cuando su mujer se subió encima de él.
Probablemente las jodidas explicaciones podían esperar.
Coló los largos dedos debajo del camisón que cubría el cuerpo tentativo de su mujer, incluso más allá de la tela de encaje que cubría el monte venus.
La empezó a estimular. Cautivado con las muecas de placer que ella hacía al tener sus dedos entrando y saliendo.
― Mi amor… ya ―le rogó, retorciéndose.
― Montame ―gruñó.
No fue necesario quitarle las bragas, solo las hizo un lado y la penetró. Tomó sus caderas, ayudándole a marcar los movimientos.
Suaves jadeos y gemidos empezaron a musicalizar la habitación. Era un tono muy bajo que no saldría de las paredes.
Él se aseguró de acallar con besos los gemidos altos que su mujer no lograba moderar.
Sus embestidas fueron más fuertes y certeras. Sus caderas no pararon de arremeter contra la cavidad mientras los brazos fuertes de él la sostenían.
Con una mano, apresó su rostro de forma ruda y la hizo mirarlo.
― Di qué eres mía, ¡dilo!
Los ojos cafés de Bella brillaron y asintió. Adivinaba que estaba disfrutando tanto cómo él, sus ojos no podían mentirle.
Ella disfrutaba sentirse dominada.
― Soy tuya ―murmuró quedando sin energía.
Era una jodida diosa cuando se corría.
Y era suya.
Ni un jodido amanerado siquiera podía acercarse a su mujer.
Él gruñó satisfecho, se había corrido dentro de su esposa.
Relajado y de mejor ánimo se recostó de espalda llevando el cuerpo de su mujer encima de su pecho
Apenas recuperó su respiración y dijo:
― Ahora quiero que me expliques, ¿qué hace ese pendejo en la ciudad?
Hola, ¿qué les parece la complicidad de Azul y Edward? Hacen un buen equipo papá e hija, ¿no creen?
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